hecho Zeus que se ejecuten los divinos anuncios. Imaginábame yo que
los dioses habían de tardar largo tiempo en llevarlos a cabo; pero
cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se
junta con él, y le ayuda a despeñarse. Ya brotó para los nuestros la
fuente de todos sus infortunios, y mi hijo ha sido quien la ha hecho
brotar con su inconsiderada y juvenil audacia ¡Él, que esperaba que
había de encadenar al sagrado Helesponto como a un esclavo, e impedir
que corriesen las divinas aguas del Bósforo! ¡Él, que con echar a sus
ondas unos grillos bien forjados, presumió forzarle a torcer su natural
impulso, y abrir ancho camino para su inmenso ejército! ¡Desaconsejado
mortal que creía que había de ser más poderoso que todos los dioses,
y que Poseidón! ¿Cómo pudo ser, para hacer tal, que la demencia no
se hubiese apoderado de mi hijo? ¡Ah! Temo que aquellos tesoros que
alcancé con tantos esfuerzos no sean ahora presa del primero que quiera
ocuparlos.
ATOSSA
Tal fué la enseñanza que sacó el arrebatado Xerxes de comunicar con
hombres funestos. Decíanle que tú habías ganado con tu lanza grandes
riquezas para tus hijos, mientras que él con flojedad de ánimo
reducíase a jugar la lanza en su palacio, sin aumentar nada la herencia
de su padre. De continuo estaba oyendo oprobios como éstos de boca
de aquellos malvados, y al fin determinó mover su ejército y llevarle
contra la Hélade.
LA SOMBRA DE DARÍO
¡Grandísima hazaña en verdad la de ellos y por siempre memorable!
¡Calamidad que ha desolado a la ciudad de Susa, como ninguna de cuantas
cayeron sobre ella desde que Zeus todopoderoso quiso conceder a un
solo hombre el honor de imperar sobre toda la rica Asia, empuñando
el cetro real! De Media era el primer rey de nuestro pueblo. Otro
Medo perfeccionó su obra; su hijo, hombre en quien la prudencia llevó
siempre el timón de sus resoluciones, Cyro, fué quién le sucedió,
tercer rey nuestro y varón afortunado que una vez en el trono dió paz a
todos sus súbditos. Él unió a su imperio a Lidios y Frigios y subyugó
por fuerza de armas la Jonia entera. Siempre recto en sus pensamientos,
jamás se trajo sobre sí la ira del cielo. Su hijo reinó el cuarto, y
después de él Merdis, oprobio de la patria y de su antiguo trono. El
noble Artafernes con la ayuda de sus parciales, con quienes se conjuró,
sorprendióle en su palacio, y le dió muerte. Con esto entró a reinar
Marafis, y luego el mismo Artafernes, séptimo de nuestros príncipes.
Por fin, la suerte vino a darme lo que tanto hacía que deseaba; pero
con guerrear tantas veces, y mandar ejércitos numerosísimos, nunca mal
como este traje sobre mi reino. Mas mi hijo Xerxes es mozo, y como mozo
piensa, y no se acuerda de mis mandatos. Bien claro lo veis, antiguos
compañeros míos, cuantos ejercimos la suprema potestad en Persia, todos
juntos, no causamos jamás desastres tan grandes como el presente.
CORO
Y en fin, ¿qué determinas? ¡oh Darío, oh señor! Después de lo ya
sucedido, ¿cómo haremos aún para que el pueblo persa vuelva a su
antigua gloria?
LA SOMBRA DE DARÍO
Jamás llevéis vuestras armas contra los Helenos, así fuesen más
poderosos que el ejército de Xerxes; porque hasta la tierra misma pelea
por ellos.
CORO
¿Cómo has dicho? ¡Que pelea por ellos...! ¿De qué suerte?
LA SOMBRA DE DARÍO
Matando de hambre a los ejércitos más grandes y poderosos.
CORO
Pero tal ejército aprestaríamos escogido y bien dispuesto...
LA SOMBRA DE DARÍO
El mismo ejército que ahora queda en los campos de Hélade no tendrá
salvación ni en la retirada.
CORO
¿Qué dices? ¿Pues no ha atravesado ya el Helesponto, de vuelta de
Europa, todo el ejército de los bárbaros?
LA SOMBRA DE DARÍO
Bien pocos serán entre tantos, si es que no ha de negar su fe a los
oráculos de los dioses quien tiene delante de sus ojos lo que hasta
ahora ha sucedido. No se cumplen a medias los oráculos jamás. Y si esto
es así, mi hijo llevado de sus vanas esperanzas, deja allí grande
copia de gente escogida. Allá acampan en los llanos que riegan las
aguas del Asopo, codiciado beneficio del suelo de Beocia; y allá les
aguarda que padecer los últimos y más crueles males, merecido pago de
su insolencia y de sus impías resoluciones. Porque así que entraron en
la Hélade, no retrocedieron temerosos ante el despojo de las imágenes
de los dioses, ni ante el incendio de los templos, sino que las aras
fueron destruídas, y las estatuas de los bienaventurados con bárbara
furia arrancadas de sus asientos, y unas contra otras derribadas. Los
que cometieron estas maldades, ya están padeciendo males nada menores;
pero otros quedan por venir todavía. Aún no se alcanza a divisar el
fondo debajo de ellos; aún están manando. Tal de cadáveres hacinados
quedará en los campos de Platea, entre ríos de cuajada sangre vertida
por la lanza doria, los cuales hasta la tercera generación estarán
hablando a los ojos de los hombres, y diciéndoles con mudas lenguas:
“No os ensoberbezcáis demasiado los que habéis de morir. De la flor
de la soberbia, sale luego la espiga del crimen; la mies que se coge
es mies de lágrimas”. Vosotros ahora, considerad el condigno pago que
tuvieron aquellos delitos; guardad memoria de Atenas y de la Hélade.
Nadie mire desdeñoso y atediado su presente fortuna, ni por codicia
de las ajenas venga a perder las riquezas propias. Jamás deja sin
castigo Zeus justiciero la soberbia desenfrenada, ni se olvida de pedir
estrecha cuenta de nuestras acciones. Por tanto, vosotros que poseéis
la prudencia, amonestad a Xerxes con atinados consejos; enseñadle a
deponer su arrogante audacia, y a no pecar contra los dioses. Y tú,
anciana y querida madre de Xerxes, vuelve a tu estancia; toma para él
las vestiduras que te pareciere oportuno, y sal al encuentro de tu
hijo. Porque con la furia del dolor todas sus ricas vestiduras las
hizo girones sobre su mismo cuerpo. Y consuélale con blandas y dulces
palabras; que bien lo sé, que tan sólo oyéndote a ti cobrará ánimos. Yo
vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros ancianos,
salud, y aun en los males mismos dad el alma a la alegría, mientras
el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los
muertos.
~(Húndese la SOMBRA DE DARÍO.)~
CORO
Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy afligen a los
bárbaros y los que han de sobrevenir aún.
ATOSSA
¡Oh Destino, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me
hiere más es oír la fealdad e ignominia con que viene mi hijo hechas
harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia; tomaré cuanto
sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al
encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo.
~(Vase.)~
CORO
¡Oh dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra
república cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el
invencible Darío, aquel rey igual en grandeza a los mismos dioses!
Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas, y las leyes
gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras
guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la
victoria a nuestros hogares.
¡Y cuántas ciudades tomó sin pasar el río Halys ni moverse del augusto
hogar de su palacio! Tal como las palustres ciudades del mar Estrimonio
vecinas a las mansiones de los Tracios, y a las que fuera del lago se
asientan en la tierra firme, bien circuídas de muros, las cuales todas
le acataban por su rey y señor. Y las engreídas y jactanciosas que
se levantan en entrambas orillas del prolongado estrecho de Helles,
junto con las de la sinuosa Propóntide, y las de la boca del Ponto. Y
las islas que ciñe el mar cerca del dilatado promontorio que avanza
en las ondas, al cual se avecinan: Lesbos, la olivífera Samos, Chíos,
Paros, Naxos, Miconos y Andros que está al lado de Tenos, y con ella se
toca. También dominó aquellas islas de alta mar que se asientan entre
una y otra costas: Lemnos, y la sagrada mansión de Ícaro, y Rodas y
Cnido, y las ciudades ciprias, y Pafos, y Solos, y aquella Salamina
cuya metrópoli es ahora causa de este llanto. En fin, bajo el imperio
y auspicios del gran Darío, hízose dueña el Asia de las opulentas y
populosas ciudades de la parte griega de la Jonia. Que entonces era
invencible el esfuerzo y valor de nuestros guerreros, y de aquellos sus
aliados venidos de todas las naciones de la tierra; pero ahora trocaron
los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este
desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla
naval.
~(Sale Xerxes solo, con los vestidos desgarrados y en desorden y sin
ningún aparato ni pompa real. En la mano trae el arco de sus flechas.)~
XERXES
¡Ay infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía
esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la Fortuna en la nación
persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las
fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh Zeus! ¡Ojalá que con
aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubieses
sepultado en las sombras fatales de la muerte!
CORO
¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército! ¡Ay de la grandeza y
majestad del imperio de los Persas! ¡Ay del marcial continente y de
los ricos arreos de aquellos soldados que acaba de segar el Destino!
La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la
cual Xerxes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas
mansiones de Hades. -- ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta
tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso!
Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha
perecido. ¡Ay ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina y
señora de Asia! ¡Cayó postrada de rodillas!
XERXES
¡Heme aquí; yo soy el miserable, el digno de ser lamentado por toda mi
raza; yo, que nací para ruina de la tierra de mis padres!
CORO
Y estas serán las aclamaciones con que salude y celebre tu vuelta;
tristes voces, doloridos lamentos, el lacrimoso y funerario cántico del
plañidor Mariandyno.
XERXES
¡Dejad salir las lágrimas, los ayes y los gemidos, porque ya estáis
viendo cómo se ha mudado el Destino y cómo se ha vuelto contra mí!
CORO
Sí; yo dejaré que salgan mis quejas y mis ayes; yo rendiré tributo de
duelo y de plañidos a las desgracias de nuestro pueblo; a esa tremenda
calamidad que ha sepultado en las ondas a toda una generación que ahora
está llorando la patria. Yo clamaré una vez y otra con doloridas y
lacrimosas voces.
XERXES
Ares nos la arrebató, Ares que se puso de parte de los Jonios, que
combatió en su armada, y segó la infausta llanura del mar y las
malaventuradas costas. ¡Ay, ay! clama a grandes voces, y pregunta todo
cuanto quieras.
CORO
¿Dónde está aquella multitud amiga, dónde los que te escoltaban, como
Farandaces, Susas, Pelagón, Agdabatas, Dotamas, Psammis y Susiscanes,
que abandonaron a Ecbatana en tu seguimiento?
XERXES
Allí los dejé muertos. Cayeron de sus naves tirias, y arrastrados
por las olas hasta las costas de Salamina, se estrellaron contra sus
ásperos riscos.
CORO
¡Ay, ay! ¿Y dónde tienes a Farnuco y al valeroso Ariomardo? ¿Dónde al
rey Sevalces y al noble Lileo? Y aún te he de preguntar: ¿Y Menfis? ¿y
Tharibis? ¿y Masistres? ¿y Artembares? ¿y Hystekmas?
XERXES
¡Ay de mí! Todos cayeron de un solo golpe. Sus míseros cuerpos
palpitantes aún, yacen en la costa mirando a la antigua, a la odiosa
Atenas.
CORO
¿Y aquel que era siempre tu ojo fiel, que contaba diez mil a diez mil
tus soldados persas; Alpisto, el hijo de Batanoco ... hijo de Sesames
el de Megabactes? ¿Y Partho? ¿Y el grande Oibares? ¿Dónde los has
dejado? ¿Dónde los has dejado?
XERXES
¡Oh! ¡los enemigos!
CORO
¡Males más fieros y terribles anuncias con esto a los generosos Persas!
XERXES
Tú me haces renovar la memoria de aquellos buenos compañeros, y avivas
en mí su amor vehementísimo. Tú que me hablas de calamidades tan
terribles y horrendas, y que no son para olvidadas jamás. De lo hondo
de mi pecho clama por ellos mi corazón con grandes voces.
CORO
¿Y tantos otros a quienes con tan vivo deseo esperamos? ¿Y Xantho, que
mandaba diez mil Mardos? ¿Y el belicoso Ancares? ¿Y Diaxis y Arsaces,
capitanes de la caballería? ¿Y Cedadates? ¿Y Litimna? ¿Y Tolmo, que
jamás se hartaba de pelea?
XERXES
¡Allá quedan sepultados; allá quedan sepultados! No los llevaron
en entoldadas literas, ni detrás los acompañaba fúnebre cortejo.
Perecieron aquellos caudillos de nuestro ejército y perecieron sin
gloria.
CORO
¡Ay dioses! ¡ay! ¡Qué desastre habéis enviado contra nosotros!
¡Desastre inesperado; desastre no visto jamás, desastres digno de que
le contemple la mirada de Ate!
XERXES
Golpe es el que nos ha herido cual los que la Fortuna suele dar en la
vida.
CORO
Sí, ella es quien nos ha herido. Bien claro está. ¡Calamidad inaudita!
¡calamidad inaudita! Con bien menguada suerte abordamos a la armada
Jonia. ¡Infeliz es en las armas la gente de los Persas!
XERXES
¿Y cómo no serlo, cuando con ejército tan poderoso fuí miserablemente
destrozado?
CORO
¡Verdad! ¡cómo no, cuando ha perecido por completo el poderío de la
Persia!
XERXES
¿Ves lo que me resta de todos mis arreos y pompa militar?
CORO
¡Lo veo, lo veo!
XERXES
Este carcaj...
CORO
¿Qué es lo que dices que has salvado?
XERXES
El carcaj donde guardo mis flechas.
CORO
¡Miserable resto de tesoros tan ricos!
XERXES
Hemos perdido todos nuestros defensores.
CORO
¡No huye del combate el pueblo jonio!
XERXES
Es un valerosísimo pueblo. ¡No me esperaba yo la derrota que he
presenciado!
CORO
¿Dices, pues, que nuestra armada ha huído en derrota?
XERXES
Al contemplar aquel desastre, rasgué mis vestiduras.
CORO
¡Ay, ay de mí!
XERXES
¡Ay! Es poco decir ¡ay! para tamaña desdicha.
CORO
Sí, que son desdichas que doblan y triplican la desdicha más grande.
XERXES
¡Tristísimas para nosotros; pero bien alegres para nuestros enemigos!
CORO
¡Quedó abatida nuestra pujanza!
XERXES
Vedme sin ninguno de los que me escoltaban.
CORO
Amigos infelices, que han perecido en el mar.
XERXES
Llora, llora nuestra pérdida, y vuélvete a tus hogares.
CORO
Lloro sí, y no me dejan hablar los sollozos.
XERXES
Responde a mis clamores con tus clamores.
CORO
Triste consuelo de sus desdichas para los desdichados.
XERXES
Acompaña mi fúnebre canto con tus tristes acentos.
CORO
¡Ay, ay! ¡oh dolor!
XERXES
¡Desastre que nos abruma!
CORO
¡Desastre del cual me duelo en el fondo de mi alma!
XERXES
Hiere tu pecho, hiérele, y llora por mi causa.
CORO
¡Ay infortunio! ¡ay infortunio!
XERXES
Responde a mis clamores con tus clamores.
CORO
¡Oh, mi señor, no necesitas decírmelo!
XERXES
Alza hasta el cielo tus sollozos.
CORO
¡Ay, ay de mí! De nuevo acompañaré mis gemidos con tristes extremos de
dolor.
XERXES
Hiere tu pecho al lúgubre són del canto misio.
CORO
¡Oh desdichas, desdichas!
XERXES
Mésate la blanca barba.
CORO
¡Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza! ¡Oh miserabilísima desventura!
XERXES
Lanza agudos ayes.
CORO
Así haré.
XERXES
Desgarra tu ancha túnica con toda la fuerza de tus manos.
CORO
¡Oh desdichas, desdichas!
XERXES
Mésate los cabellos, y llora nuestra perdida armada.
CORO
Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza. ¡Oh miserabilísima desventura!
XERXES
Báñense en lágrimas tus ojos.
CORO
¡Sí que me deshago en lágrimas!
XERXES
Responde a mis clamores con tus clamores.
CORO
¡Ay, ay de mí!
XERXES
Vuelve a tus hogares llorando nuestra ruina.
CORO
¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor!
XERXES
Sí; resuene en toda la ciudad.
CORO
¡Ay, ay! lloremos más todavía; lloremos más.
XERXES
Caminad con tácitos y lentos pasos en señal de duelo y gemid.
CORO
¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor!
XERXES
¡Ay trirremes mías! ¡armada mía destrozada!
CORO
Yo te seguiré con doloridos ayes.
[Ilustración]
_LA ORESTIADA_
_I.--AGAMEMNÓN, II.--LAS COÉFORAS, III.--LAS EUMÉNIDES_
[Ilustración]
I
_AGAMEMNÓN_
~Aparece el ATALAYA puesto en vela en el terrado de palacio. Al
comenzar la acción es todavía noche cerrada.~
ATALAYA
Pido a los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia
sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo
el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones
de los astros de la noche, brillantes reyes que lucen en el dilatado
éther, y marcan a los mortales el invierno y el verano; cuándo se
ponen, y cuándo hacen su salida. Ahora, como siempre, estoy esperando
la señal de la hoguera, el esplendente fuego que nos ha de traer la
nueva de la toma de Troya; que así lo manda el duro corazón de una
mujer imperiosa y dominante, que la está aguardando. Llega la noche,
mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le
visitan los sueños; en vez del sueño, el terror es quien se sienta a
mi cabecera y no me deja cerrar los ojos a un tranquilo descanso. Y
si quiero cantar o tararear buscando remedio contra el sueño que me
acomete, entonces rompo en lágrimas, lamentando los infortunios de
esta casa, que ya no se ve en la prosperidad que la tenía aquel su amo
de otros tiempos. ¡Ojalá venga por fin el dichoso instante que me vea
libre de esta fatiga! ¡Ojalá aparezca en medio de las sombras el fuego
de la buena nueva! -- ¡Ah! ¡ah! ¡Salve, oh lucero de la noche, que
anuncias la luz de un claro y nuevo día, y a la ciudad de Argos le das
la señal de regocijados y festivos coros en celebración de un feliz
suceso! Sí, no hay duda; en verdad te lo digo, esposa de Agamemnón;
que en seguida saltes del lecho, y que en todo el palacio se levante
jubiloso himno que salude esta luz venturosa. Tomada es Ilión. Esa
luminaria encendida lo está anunciando. Yo mismo seré, yo, quien daré
comienzo al preludio, y guiaré los coros de la fiesta; yo, que voy a
llevar la dicha a mis señores; que esta hoguera ha sido para mí una
jugada redonda. ¡Así me sea dado ver la vuelta de mi Rey a su casa,
y estrechar su mano querida entre mis manos! Lo demás lo callo: un
enorme buey pesa sobre mi lengua. A poder hablar, bien claramente se
explicaría este palacio. Por lo que hace a mí, de buen grado hablaría
con quien me entendiera; para los que no, como si nada supiese.
~(Vase.)~
~(Sale el CORO. Comienza a alborear. Al aparecer CLITEMNESTRA en escena
es ya de día.)~
CORO
Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores
de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de
Atridas, a quienes honró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y
cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves,
que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho
lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados
sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los
remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido
desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto
de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su
excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya
Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo
y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también
Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro
a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó
de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras
luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga,
y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a
los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De
cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que
está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones
serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no
son aceptos sacrificios de fuego.
En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa
de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo,
permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas
como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco
demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su
imperio Ares.
Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita,
seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más
fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un
sueño que anduviese vagando en pleno día.
Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es
ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios
que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en
las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y
los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que
presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante
llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de
las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia
morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi
ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista
de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi
congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón.
Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la
partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo
celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que
no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió
cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos
cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al
frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la
venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes
de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la
lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de
devorar en la dilatada y espléndida región de los cielos a una liebre
preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de
su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero
que venza por fin la buena fortuna!
El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces
aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos
Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el
prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará
esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será
tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas
por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes
lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con
vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento
de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y
triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la
casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el
de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con
tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!
No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos
cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en
los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de
los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el
prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero
también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador,
yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos
contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a
un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde
no habrá festines; artífice impío de crímenes entre los que son de
una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El
rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la
astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una
hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con
ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada,
presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes.
Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes
cánticos, pero que venza por fin la buena ventura.
¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre,
si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en
mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no
hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse.
El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando
fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes;
ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y
feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de
triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia.