Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido

romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio que supera mis fuerzas;

ni acierto a articular palabra, ni a averiguar nuestras desventuras.

Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las

tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y aun cuando te

haga verter lágrimas, habla, y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién

escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos

que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos?

MENSAJERO

Xerxes vive, y ve la luz del día.

ATOSSA

Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche.

MENSAJERO

Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia Artembares, que

mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó

saltando de la nave al mar con ligero salto Dadaces, el caudillo de mil

guerreros. Tenagón, el más valiente entre los hijos de la Bactriana,

queda también en aquella isla de Ayax, de continuo azotada por las

olas. Lilayo, Arsames y Argestes, los tres, vencidos junto a la isla

criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De

una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del

Nilo en Egipto; Adeves, y Feressenes; los tres, y además Farnuco.

Murió Matallo el Crisio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja,

espesa y erizada, goteaba sangre; teñía su cuerpo el encendido color

de la púrpura. Arabos el Mago, y Artames el de Bactriana, que guiaba

treinta mil soldados caballeros en negros corceles, allí perecieron, y

tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y

Anfistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo,

triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Misio,

y Tharibis, Lirnense de nación, gallardo soldado, que capitaneaba

doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente

muertos. Siennesis, caudillo de los cilicios, el primero por el valor

de su ánimo, pereció con gloria. Él solo dió muchísimo que hacer a

los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por

el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas

desgracias que nos rodean.

ATOSSA

¡Ay de mí; ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que

imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser una causa

tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato, y dime:

¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar

en batalla con la armada de los Persas?

MENSAJERO

Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los

bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían

los Helenos eran trescientas naves, y de ellas diez de reserva; pero

Xerxes, y esto lo sé bien, contaba con mil bajo su mando, fuera de

doscientas siete que sobresalían por muy veleras. Esta es la cuenta

justa. ¿Te pareceremos ahora que no teníamos bastante fuerzas para

aquel combate? Pero sin duda no le plugo a algún dios mantener su

balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este

modo nuestra armada quedó destruída. Los dioses protegen a la ciudad de

la diosa Palas.

ATOSSA

Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas?

MENSAJERO

Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres.

ATOSSA

Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los

primeros a acometer? ¿Acaso los Helenos, o fué mi hijo, ensoberbecido

con la multitud de sus naves?

MENSAJERO

¡Oh reina, algún dios vengador, algún mal genio venido no sé de

dónde, fué a no dudar el primer principio de toda nuestra desgracia!

Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Xerxes

como así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos

no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los

bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida

con callada y secreta fuga. El que lo oyó, no recelando engaño en el

Heleno, ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos

los capitanes de nave, que tan pronto como el sol deje de enviar sus

rayos sobre la tierra, y la obscuridad se enseñoree del dilatado

templo del éther, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres

órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras

formadas en círculo todo alrededor de la isla de Ayax. “Porque si los

Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina

que los amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza.” Tal dijo

con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de avenirle de

parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina

se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros

amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se

puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves,

ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada;

toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los

capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se

iba pasando, y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida

secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por

sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de

la parte de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo

de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas

costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus

juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado Peán como

para huír, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín

con su voz enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a

una señal de los jefes azotan los remos a una vez con acompasado golpe

las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada

helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la

guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír

ya de cerca estas voces que de ellas salían: “¡Oh! hijos de la Hélade,

andad, libertad a la patria; libertad a vuestros hijos, a vuestras

esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas

de vuestros mayores. Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha.” Por

nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había

ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en

una nave nuestra; era una nave helena que había comenzado el abordaje,

y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una

escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia

resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vió

apretada en una angostura, donde no se podían valer los unos a los

otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre, y quebraban

andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección,

acometieron entonces en redondo, y comenzaron a herir por todas partes;

nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, lleno

todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados.

Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos

habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa, y pónese

en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de

otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos

hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos

y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz, y nos arranca

de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que

vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no

podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en sólo un

día murió muchedumbre tan numerosa.

ATOSSA

¡Ay! ¡verdad! ¡Qué grande piélago de males se ha precipitado sobre los

Persas y sobre toda la raza de los bárbaros!

MENSAJERO

Pues bien puedes creer que eso no es ni la mitad de nuestras

desgracias. Otra calamidad ha venido sobre los Persas, tal, que pesa

tanto como aquéllas, y también dos veces más.

ATOSSA

¿Y qué desdicha más funesta pudiera haber ya? Habla. ¿Qué calamidad es

esa que dices que ha venido sobre el ejército, y que supera los más

terribles de los males?

MENSAJERO

Toda aquella juventud persa, sin iguales en el valor, por su generosa

sangre insignes, y en la fidelidad a su señor siempre los primeros,

toda ella pereció con infame y miserable muerte.

ATOSSA

¡Ay de mí sin ventura! ¡Oh calamidad desdichada! ¡Amigos! -- ¿Con qué

muerte dices que perecieron?

MENSAJERO

Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las

naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros el dios Pan. Allí

era donde Xerxes había enviado sus tropas, por que cuando deshecho el

enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil

presa en él, y acabar con todo el ejército heleno; y además para que

pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase

en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los

cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo

día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los

vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde

volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas

de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe

sobre ellos, y cortan, y degüellan y hacen cuartos a los infelices,

hasta que no quedó a vida ni uno solo. Xerxes, que vió aquel océano de

desastres, lanzó un ay lastimero. Porque tenía su trono en una elevada

colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga

sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en

retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga.

He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora.

ATOSSA

¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los Persas!

¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! ¡No fueron bastantes

los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathón, sino que

imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta

infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida

de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto

sobre ellos?

MENSAJERO

Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huír siguiendo

el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra

que se había salvado, parte perecieron en Beocia, ahogados de sed junto

a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás sin alientos

atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo

de Melias, regados por las saludables aguas del Esperquio. De allí

llegamos a los campos de Acaia y a las ciudades thesalias, afligidos

con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y

sed; plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y

Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de

Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún

dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuera de tiempo, que

heló toda la corriente del sagrado Estrimonio. Y tal hubo entonces, que

de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba

con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo.

Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó

a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales.

Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar

sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida

y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado

tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados

los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves

instantes dió el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron

salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos;

y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde

tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que

clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la

verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de

los males con que el cielo afligió a los Persas.

CORO

¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos

pies encima de toda la raza persa!

ATOSSA

¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara

visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! ¡Y

vosotros, con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello,

puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas cosas

hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia

trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de

los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin

remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más

favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide la

amistad verdadera. Consolad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo;

acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los

males ya sufridos.

~(Vase.)~

CORO

¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército

de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y

Ecbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus

débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas

que esperaban con amor ardentísimo volver a aquel dulce consorcio

apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida

juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho

solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás.

Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de

los que ya no vivirán entre nosotros.

Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Xerxes los llevó

¡oh dolor!, ¡oh dolor! Xerxes los perdió. Xerxes lo entregó todo

imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fué

que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros

flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente?

A todos los llevaron ¡oh dolor! las aladas naves de negras proas; a

hombres de tierra y a los hombres de mar, y ¡oh dolor! a todos los

perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos

oído, apenas pudo escapar de manos de los jonios, atravesando los

ásperos caminos y tierras de la helada Tracia.

Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por

el Destino implacable ¡ay! ¡ay! flotan dispersos frente a las costas

de Cicrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos

dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes.

El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos;

los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan;

¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los

padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los

dioses. ¡Oh ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo

para vuestro dolor!

Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya

no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya

no escucharán de rodillas la voluntad del que fué su señor. El imperio

del rey quedó aniquilado.

Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a

hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a

doblegarse. La isla de Ayax encierra en sus sangrientos campos y en las

ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas.

~(Sale ATOSSA.)~

ATOSSA

Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre

el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra, al paso que

si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece

que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se

ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los

dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos

clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y

pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esta angustia, otra

vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella

lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas

propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y

sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente

miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las

limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se

engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa,

sin que falte el odorífero fruto del obscuro olivo cuyas ramas ostentan

el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas

de la omnifecunda tierra. Conque, oh amigos, acompañad con himnos mis

ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar

en honor de los dioses subterráneos estas libaciones que la tierra

beberá bien pronto.

CORO

¡Oh reina, honor de los Persas, haz tú llegar esas libaciones a las

obscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que

nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno

de la tierra! -- Ea pues, sagradas deidades infernales; Gea, Hermes, y tú

rey de los muertos, restituíd el ánima de Darío de las tinieblas de esa

mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros

infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda

decirnos cuándo tendrán fin.

¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes,

que en vuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes

acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de

revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo?

Conque ea, oh Gea, y vosotros todos, dioses que guiais a los mortales a

vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel

espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad

arriba, a la luz, a quien fué cual ninguno de cuantos sepultó nuestro

patrio suelo.

¡Oh amada tumba!, ¡ah amada tumba, que escondes a un alma tan amada!

¡Oh Aidoneo, Aidoneo, así consientas en enviarnos a la luz a Darío!

¡Ay! ¡A quien fué un rey cual él lo fué! ¡él, Darío!

Jamás en la guerra que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus

soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los

Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó

sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí!

¡Oh rey!, ¡oh antiguo monarca nuestro!, ven, acércate; aparece en lo

alto de ese monumento; levántate ostentando el pie calzado con el rojo

coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven,

generoso Darío.

Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros

presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se

cierne sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció

toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío!

¡Oh tú cuya muerte fué tan llorada de los que te amaban! ¡oh señor,

señor! ¿cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto

imperio que fué tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron

aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino

despojos de naves, tristes y miserables despojos?

~(Aparece la SOMBRA de DARÍO.)~

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos

Persas! ¿qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se

estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que

fué mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y

al verla, profunda turbación se apodera de mi alma: vosotros también

estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís, y me evocáis

con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las

sombras sempiternas. Salida es esta nada fácil, sobre todo porque los

dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no

para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad,

y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de

tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los Persas?

CORO

Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso

hablar en tu presencia.

LA SOMBRA DE DARÍO

Pues que acudiendo a tus ayes vengo del profundo, nada de prolijas

razones; dímelo todo brevemente, y acaba. Depón esa reverencia que me

tienes.

CORO

Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas

de decir a amigos.

LA SOMBRA DE DARÍO

Ya que el antiguo respeto se te representa en tu ánimo, y te embarga,

pero tú, ~(a ATOSSA)~ anciana que un día fuiste la compañera de mi

lecho, noble esposa, da tregua al llanto y a los gemidos, y dime: ¿qué

sucede? Habla sin rebozo. Dió naturaleza por patrimonio a los humanos

las adversidades. Del mar y de la tierra salen infortunios infinitos, y

vienen sobre el hombre cuando su vida se dilata algún tanto.

ATOSSA

¡Oh tú, cuya venturosa fortuna superó la prosperidad de todos los

hombres; pues mientras viste la luz del sol, pasaste los serenos años

de tu vida en felicidad envidiable, siendo como un dios para los

Persas! ¡Ahora también te digo dichoso, que moriste antes de ver el

abismo de nuestros infortunios! Oye en breves razones todo lo sucedido.

Para decirlo con una sola palabra: pereció el poderío de los Persas.

LA SOMBRA DE DARÍO

Y ¿de qué modo? ¿Ha sido el azote de la peste, ha sido la discordia,

quién ha destruído el reino?

ATOSSA

Nada menos que eso, sino que todo nuestro ejército quedó exterminado

cerca de Atenas.

LA SOMBRA DE DARÍO

¿Y cuál de mis hijos fué el que llevó allí sus armas? dime.

ATOSSA

El impetuoso Xerxes, que despobló todas las dilatadas llanuras del

continente de Asia.

LA SOMBRA DE DARÍO

Y ¿cómo se aventuró el desdichado en ese necio intento; por tierra, o

por mar?

ATOSSA

Por mar y por tierra. Dos ejércitos formaban la expedición; dos frentes

presentaban al enemigo.

LA SOMBRA DE DARÍO

¿Pero de qué manera la gente de a pie pudo llevar a cabo la travesía de

piélago tan dilatado y profundo?

ATOSSA

Uniendo Xerxes con cierto artificio entrambas orillas del estrecho de

Helles a fin de tener un paso para el ejército.

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Y tal puso por obra para cerrar el ancho Bósforo!

ATOSSA

Así fué. Algún dios sin duda le ayudó en esta resolución.

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Ah! algún dios enemigo y poderoso que vino a trastornar su mente.

ATOSSA

A la vista está el desastrado fin que todo ello tuvo, y qué de males

nos ha traído.

LA SOMBRA DE DARÍO

Mas acaba, ¿qué desastre les ha sucedido para que así los lloréis?

ATOSSA

Rota y deshecha la armada, acarreó la perdición del ejército de tierra.

LA SOMBRA DE DARÍO

¿De ese modo, pues, todo nuestro pueblo ha sido completamente

exterminado por el hierro enemigo?

ATOSSA

Sí, como que hoy llora desierta la ciudad de Susa la pérdida de todos

sus defensores.

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Oh vana defensa y auxilio de un tan poderoso ejército!

ATOSSA

También pereció el pueblo entero de los Bactrianos, y todos en la flor

de la edad.

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Oh infeliz, y qué vigorosos y valientes auxiliares ha perdido!

ATOSSA

Dicen que tan sólo Xerxes, abandonado de todas sus tropas y con no

muchos de los suyos...

LA SOMBRA DE DARÍO

¿Llegó al fin a ponerse en salvo? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Se ha salvado?

ATOSSA

Dándose por muy contento llegó al puente que unía a entrambas regiones.

LA SOMBRA DE DARÍO

¿Y dicen si está ya salvo en nuestra tierra? ¿Y es esto verdad?

ATOSSA

Sí, cierto. Es voz enteramente confirmada, y sobre la cual no hay

discrepancia alguna.

LA SOMBRA DE DARÍO

Tragedias · 第 5 / 17 段