Llegó a cumplirse la palabra de maldición de un padre; no ha faltado,

no. La terca resolución de Layo ha dado fruto. Y mis ansias por la

ciudad no cesan; que están aún en todo su rigor los oráculos de los

dioses. -- ¡Oh príncipes dignos de perpetuo llanto, ved ahí la inaudita

hazaña que habéis acometido! ~(Traen a la escena los cuerpos de

ETEOCLES y POLINICES.)~ Ya están aquí; no las palabras, sino las

calamitosas y lastimeras realidades. Hélas ahí, que ellas mismas se

ofrecen a nuestros ojos. Patente está la relación del mensajero.

¡Dobles congojas! ¡Dobles víctimas de un mutuo homicidio! Dobles

males, compartidos entre dos sin ventura. Es la ruina, que hoy quedó

consumada. ¿Y qué diré yo sino que en esta casa hacen su habitación

infortunios sobre infortunios? Ea, amigas, al viento dad los gemidos,

golpead con ambas manos vuestra cabeza, e imitad el acompasado batir

de los remos, propicio són para los navegantes que de continuo hace

bogar por el Aqueronte la gemebunda barca de negras velas hacia la

región donde nunca fijó Apolo su planta; lugar sin luz que a todos los

mortales recibe, y siempre está con las fauces abiertas, hambriento de

devorarlos. ~(Salen ANTÍGONA e ISMENE.)~ Pero mirad aquí a Antígona

e Ismene, que vienen a un amargo oficio: a endechar sobre sus dos

hermanos. Sin duda que dejarán que salga del fondo de su amoroso pecho

el justo dolor que las atormenta, mas razón es que antes de su canto

entonemos nosotros el lúgubre y desapacible himno de las Erinnas y que

luego cantemos el odioso cántico de Edes. ¡Ay hermanas, las de más

infelices hermanos de cuantos ceñimos nuestras vestiduras con femenil

cíngulo, no imaginéis que hay engaño en mis lágrimas y sollozos, sino

que mis ayes salen del fondo de mi pecho!

~(Divídese el CORO.)~

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, temerarios, a quienes ni persuadieron amigos, ni quebrantaron

tribulaciones! ¡Desdichados, que por la fuerza quisisteis haceros

dueños de la casa de vuestros padres!

SEGUNDO SEMICORO

¡Desdichados, sí, que con ruina de su casa hallaron desdichada muerte!

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, destructores de los muros de vuestra casa, que en un amargo

reinar teníais puestos los ojos; ya habéis dirimido con el hierro

vuestras discordias!

SEGUNDO SEMICORO

¡Bien cumplió la formidable Erinna la maldición de vuestro padre Edipo!

PRIMER SEMICORO

¡Los dos pasados de parte a parte el costado izquierdo!

SEGUNDO SEMICORO

Sí; pasados de parte a parte costados que salieron de unas mismas

entrañas.

PRIMER SEMICORO

¡Ay, ay, infelices! ¡Ay, maldiciones que habéis traído un mutuo

fratricidio!

SEGUNDO SEMICORO

¡Herida que los pasó de parte a parte!

PRIMER SEMICORO

¡Herida que los hirió en su cuerpo y en su casa!

SEGUNDO SEMICORO

Con el indecible furor de la fatal discordia, invocada por la

imprecación de un padre.

PRIMER SEMICORO

Los gemidos invaden la ciudad; gimen las torres; gime este suelo, que

amaba a sus dos hijos. Ahí quedan para los que vengan después las

riquezas que a esos infelices les trajeron la discordia, y al fin la

muerte.

SEGUNDO SEMICORO

Lleno de ira el pecho, partieron entre sí esas riquezas, de modo que

cada cual tuviese igual parte; pero sus amigos no dejarán de maldecir

el hierro que los concertó, y que a ninguno hizo gracia de la vida.

PRIMER SEMICORO

Sí ahí están muertos a hierro.

SEGUNDO SEMICORO

Y abiertas a hierro los esperan... Acaso alguno preguntará qué. ¡Dos

suertes de tierra cavadas en la sepultura de sus padres!

PRIMER SEMICORO

Hasta la que fué su morada envían sus ecos mis desconsolados ayes; ayes

por ellos; ayes por mí, y por mis propias desventuras. Duelo cruel, que

huye toda odiosa alegría, y hace que con no fingida pena desfallezca

el corazón, y se deshaga en lágrimas por los dos príncipes hermanos.

SEGUNDO SEMICORO

Mas sea lícito decir de los tristes, que ellos fueron causa de grandes

males para sus conciudadanos y para esas invasoras haces de extranjeros

que en inmensa muchedumbre han perecido en la pelea.

PRIMER SEMICORO

¡Infeliz de la que los parió, sobre todas cuantas mujeres llevaron

nombre de madres! Que recibió por esposo a su propio hijo, y de él

concibió a los que así acabaron ahora matándose el uno al otro con

aquellas manos nacidas de un mismo seno.

SEGUNDO SEMICORO

Sí, los dos a quienes un mismo seno había concebido, muertos quedan a

la vez por una herencia amarga, en furioso combate que ha puesto fin a

su querella.

PRIMER SEMICORO

Ya la enemistad cesó, y en la sangrienta y empapada tierra se juntaron

sus vidas. ¡Ahora sí que son de una sangre!

SEGUNDO SEMICORO

Cruel dirimidor de discordia es el huésped del otro lado del mar, el

agudo hierro al fuego forjado. Cruel también es Ares, e inicuo partidor

de riquezas, que ha sacado verdadera la maldición de un padre.

PRIMER SEMICORO

¡Míseros de ellos, que cada uno tiene la parte de infortunios que le

regaló Zeus, y bajo su cuerpo una riqueza sin fondo: la tierra!

SEGUNDO SEMICORO

¡Oh casa en desastres fecunda! Todo acabó. Ya toda esta raza entera ha

desaparecido. Las Furias de la maldición paterna lanzan con desapacible

són agudos alaridos de triunfo. Ate ha erigido su trofeo en la puerta

donde los dos hermanos se pasaron con las mortales lanzas, y, vencedor

de ambos, reposa el Destino.

ANTÍGONA

~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~

Tú diste y recibiste la muerte.

ISMENE

~(Dirigiéndose al de ETEOCLES.)~

Tú has muerto matando.

ANTÍGONA

A hierro mataste.

ISMENE

A hierro moriste.

ANTÍGONA

¡Qué miserias has procurado!

ISMENE

¡Qué miserias has padecido!

ANTÍGONA

¡Salid, gemidos!

ISMENE

¡Salid, lágrimas!

ANTÍGONA

Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos.

ISMENE

Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida.

ANTÍGONA

¡Ay!

ISMENE

¡Ay!

ANTÍGONA

El dolor enajena mi mente.

ISMENE

Dentro del pecho angústiase el corazón.

ANTÍGONA

¡Ah, ah, merecedor de ser llorado por siempre!

ISMENE

¡Y tú también, desdichado entre los desdichados!

ANTÍGONA

De mano amiga recibiste la muerte.

ISMENE

Tú diste muerte al amigo.

ANTÍGONA

Doble desastre que referir.

ISMENE

Doble desastre que considerar.

ANTÍGONA

Doble aflicción, que está aquí, ¡a mi lado!

ISMENE

Desgracias de hermano, desgracias hermanas también, que me hacen

vecindad desdichada.

ANTÍGONA

¡Horrendo de decir!

ISMENE

¡Horrendo de mirar!

CORO

¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra

de Edipo, negra Erinna; y cuán formidable eres!

ANTÍGONA

¡Ay!

ISMENE

¡Ay!

ANTÍGONA

¡Qué de horrendos males...!

ISMENE

Le ofreció a éste su hermano de vuelta del destierro.

ANTÍGONA

¡Y después que le mató, no entró en Thebas!

ISMENE

Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida.

ANTÍGONA

¡Sí, la perdió!

ISMENE

¡Y quitó a éste la suya!

ANTÍGONA

¡Mísera raza!

ISMENE

¡Calamidad miserable!

ANTÍGONA

Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo.

ISMENE

Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros.

ANTÍGONA

¡Horrendo de decir!

ISMENE

¡Horrendo de mirar!

CORO

¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra

de Edipo, negra Erinna, y cuán formidable eres!

ANTÍGONA

¡Bien lo sabes tú, que experiencia hiciste de ella!

ISMENE

Y tú, que no lo aprendiste más tarde.

ANTÍGONA

Cuando volviste a la ciudad.

ISMENE

Cuando lanza en mano le provocaste.

ANTÍGONA

¡Ay dolor!

ISMENE

¡Ay desdichas!

ANTÍGONA

Para mi casa y para la patria.

ISMENE

¡Ay, y más aún para mí!

ANTÍGONA

¡Ay acaudillador de estas discordias!

ISMENE

¡Ay príncipe sin ventura!

ANTÍGONA

Los dos dignos de lástima sobre todos los hombres.

ISMENE

Caísteis ¡ay de mí! bajo la maldición de un padre.

ANTÍGONA

¡Ay de mí! El destino os arrastró al crimen.

ISMENE

¡Ay! ¿En qué lugar daremos tierra a sus cuerpos?

ANTÍGONA

¡Ay! En el lugar más honrado.

ISMENE

¡Oh, sí! ¡Reposen los infelices junto a su padre!

~(Sale un PREGONERO.)~

PREGONERO

Según mi deber, os anuncio el juicio y sentencia de los magistrados

del pueblo de Cadmo: Eteocles, que amó a su patria, recibirá en esta

tierra honrada sepultura. Él, por defendernos de enemigos, delante de

nuestra ciudad arrostró la muerte; él ha sido hallado puro y sin tacha

en presencia de la religión de sus padres; él murió allí donde para un

joven guerrero es hermoso el morir. Ahí tenéis lo que me está mandado

que anuncie respecto de Eteocles; mas en cuanto a su hermano Polinices,

que su cadáver insepulto sea arrojado fuera de aquí a que le devoren

los perros, como a quien habría sido el asolador de la tierra de Cadmo,

si no hubiese salido un dios al encuentro de su lanza. Pero aun después

de muerto sufrirá la expiación el sacrílego; ese, que en deshonor de

los dioses, arrojó invasor ejército sobre su patria con el ansia de

su conquista. Así se tiene por justo que lleve el premio, recibiendo

de las hambrientas aves de rapiña ignominiosa sepultura; y que ni con

piadoso oficio manos amigas ningunas echen sobre su cuerpo amontonada

tierra; ni tenga funerario culto de endechas y plañidos, ni le paguen

los suyos tributo de honrosas exequias. Tal es la sentencia del Senado

Cadmeo.

ANTÍGONA

Pues yo les digo a esos mismos que están al frente de la ciudad, que

si nadie más quiere venir conmigo a sepultarle, yo le sepultaré, yo.

Yo arrostraré el peligro por dar sepultura a mi hermano, y no me

avergonzaré de haber negado obediencia a la ciudad en esto. ¡Son muy

poderosas aquellas entrañas donde a los dos nos engendraron una madre

infeliz y un padre sin ventura! Y así, alma mía, tú que aún estás sobre

la tierra, toma parte, y de voluntad, y con afecto de hermana, en el

infortunio de quien ya es muerto. No sepultarán los lobos sus carnes

en los hondos vientres; que ninguno se lo imagine. Aun mujer como soy,

yo misma encontraré como le abra la fosa y como le forme un túmulo; yo

misma le llevaré en mis brazos, y le envolveré en los anchos pliegues

de este velo de finísimo lino cysino. Y nadie mande lo contrario.

~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ Descansa; medio habrá de

ponerlo por obra.

PREGONERO

Te prevengo que no lo intentes contra el voto de la ciudad.

ANTÍGONA

Te prevengo que no me notifiques decretos inútiles.

PREGONERO

¡Qué arrogante es la plebe luego que escapa del peligro!

ANTÍGONA

Sea arrogante. Pero no quedará insepulto mi hermano.

PREGONERO

¿Y honrarás tú con la sepultura a quien la ciudad tiene por enemigo?

ANTÍGONA

Aún no recibieron sus hechos marca alguna de manos de los dioses.

PREGONERO

Antes que pusiese a la ciudad en peligro, cierto que no.

ANTÍGONA

Había padecido sin razón, y volvió males por males.

PREGONERO

Mas por uno cometió el crimen contra todos.

ANTÍGONA

La divina Eris es siempre la última que habla. Yo le sepultaré. No

hables más.

PREGONERO

Sigue, pues, llevándote sólo de tu consejo; mas en cuanto a mí te lo

prohibo.

CORO

¡Ay, ay! ¡oh Erinnas, que así os ufanáis con vuestras obras; peste,

que arruinas los linajes, y ahora has destruído de raíz toda la

raza de Edipo! ¿En qué pararé? ¿Qué hacer yo? ¿Qué partido tomar?

~(A POLINICES.)~ ¿Cómo me determinaré a no llorarte, ni acompañar

tu cuerpo hasta la sepultura? Mas tiemblo, y retrocedo por temor a

los ciudadanos... ~(A ETEOCLES.)~ Tú a lo menos tendrás muchos que

te lloren; ¡pero este infeliz irá sin otro duelo ni llanto que las

lágrimas de una hermana! ¿Quién habrá que pueda resignarse a esto?

~(Divídese el CORO.)~

PRIMER SEMICORO

Haga lo que quiera la ciudad con los que lloran a Polinices; nosotras

iremos con Antígona, y le haremos las exequias, y le daremos sepultura.

Su duelo toca también a toda la raza de Cadmo; y en punto a justicia a

las veces el pueblo muda de pareceres.

SEGUNDO SEMICORO

Pues nosotras con éste, como a una mandan la ciudad y la justicia.

Porque después de los felices dioses y del poder de Zeus, él fué sobre

todos quien salvó de la ruina a la ciudad de Cadmo; él quien contuvo la

ola de extranjeros próxima a inundarla.

[Ilustración]

[Ilustración]

_LOS PERSAS_

~(Aparece el CORO DE ANCIANOS.)~

CORO

Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas

que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y

dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el

hijo de Darío, el mismo rey Xerxes nuestro señor, para que velásemos

por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando

males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí

con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de

Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un

mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon

sus ciudades, y partieron los de Susa y los de Ecbatana, y los que

habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos a caballo, de ellos

en naves, de ellos con lento caminar, a pie y en apretadas haces,

formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres,

y Artafernes, y Megabactes, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes

súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa.

Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables,

y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con

ellos, Artembares, que combate a caballo; y Masistres, e Imayo el

valeroso, buen flechero; y Farandaces, que con mano firme rige el

carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas;

Susiscanes, y Pegastagón, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames,

gobernador de la sagrada Menfis; y Ariomardo, que guarda a la antigua

Thebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan

junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados

Lidios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente; a

los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arteo. Y la

opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y

seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al

sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la

esclavitud; Mardon y Tharibis los de incansable lanza, y sus misios

de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de

innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de

la fina puntería de sus flechas. Y en fin, los pueblos todos de Asia,

armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta

de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y

esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo; y

las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo

que no se acaba jamás.

Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera.

Convirtió el estrecho de Helles la Atamántida en bien claveteado puente

de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la

cerviz el yugo de su dominación.

Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su

prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por

tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. Él, hijo de

esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos

dioses.

Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de

miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva

contra los guerreros de poderosa lanza a Ares el del certero arco.

¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres,

que pruebe a detener con él, como con valladar firmísimo, las nunca

vencidas olas de los mares? Que es el ejército persa imposible de

resistir, y su pueblo de ánimo esforzado.

Ya de antiguo la fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del

cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos

jinetes, y asolaciones de ciudades.

A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos

barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la

vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de

los vientos.

Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién

tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la

calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con

halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fué dado

salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza!

¡Ay ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se

encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada

de sus hijos; con que a su ayes responden los ayes de la fortaleza

de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales

lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de lino.

Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y

los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino

promontorio común a entrambos continentes.

Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el

amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de

dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan

sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la

abandonó con el ansia ardiente de pelea.

Ea, pues, ¡oh Persas! nosotros que tenemos nuestro consejo en esta

antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que

estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el

rey Xerxes, el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro

pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió

vencedor el empuje de la aguda lanza?

Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de

los dioses; es la madre del rey; nuestra reina. Caigamos de rodillas,

y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben

a su majestad.

~(Sale ATOSSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la

majestad real.)~

¡Salve, altísima señora de los Persas de rica y holgada vestidura;

anciana madre de Xerxes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su

lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios,

si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros

soldados.

ATOSSA

Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con

Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan

el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la

fortuna poderosa derribe con el pie entre nubes de polvo la grandeza

que levantó Darío, no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un

doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el

más rico tesoro sin hombres que lo guarden, ni luce la fortuna para el

menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas

no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa;

que ojo de una casa es sin duda la presencia del dueño. Por tanto,

Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en

que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución.

CORO

Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran

alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de

hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón.

ATOSSA

Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso

su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas

ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha.

Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente

vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria.

Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a

las mujeres de nuestros tiempos; hermosas sin tacha, y hermanas, como

de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una

patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo

que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi

hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales

el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha,

y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y

encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja

las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí

los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose

de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que

cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después

que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una

fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses

que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo una águila que

viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos!

Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella

batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada

el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son éstas en

verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas.

Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa,

llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera

vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una

vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra.

CORO

Ni queremos, oh madre, que nuestras palabras te pongan inmoderado

temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los

dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de

ti, y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio,

y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los

muertos; que así es debido. Conjúrale con fervoroso pecho a aquel Darío

tu esposo, a quien dices que viste anoche, por que del seno de las

regiones infernales envíe a la luz lo que sea de buen agüero para ti y

para tu hijo, y haga que se desvanezca en la obscuridad de las entrañas

de la tierra lo que os sea contrario. He aquí lo que de corazón te

digo y la razón me previene previsora. Y en cuanto a lo que nos has

revelado, juzgamos que en resolución todo acabará por tener para ti

buen suceso.

ATOSSA

Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi

hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo

cual lo deseamos! Entremos en palacio, y hagamos al punto cuanto

mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que

habitan en los senos infernales. Mas, oh amigos, yo quisiera saber de

vosotros, dónde dicen que está asentada Atenas.

CORO

Lejos de aquí, a occidente; hacia donde se pone Helios nuestro señor.

ATOSSA

¿Y tanto desea mi hijo tomar esa ciudad?

CORO

Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey.

ATOSSA

De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados?

CORO

Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los Medos.

ATOSSA

¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas?

CORO

Tienen una fuente de riqueza; un tesoro que la tierra les regala.

ATOSSA

¿Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas?

CORO

Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el

escudo.

ATOSSA

¿Quién es su rey y el señor y caudillo de su ejército?

CORO

No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno.

ATOSSA

¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores?

CORO

Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío.

ATOSSA

¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado en

los padres de los que partieron!

CORO

A lo que me parece, pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí

llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. Él traerá noticias

ciertas, que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota.

~(Sale un MENSAJERO.)~

MENSAJERO

¡Oh ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de

riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe!

¡Cayó y pereció la flor de los Persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el

primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas fuerza es que os descubra

todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas, el ejército entero de los

bárbaros ha perecido.

CORO

¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, Persas que

oís estas lástimas.

MENSAJERO

Sí, todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol

de mi patria contra lo que esperaba.

CORO

¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este

inesperado desastre!

MENSAJERO

Presente estaba yo. No será de oídas, oh Persas, como os haré la triste

relación de las desventuras que nos han sobrevenido.

CORO

¡Oh dolor! En vano juntaron sus armas todos los numerosos pueblos de

Asia, y fueron contra la funesta Hélade.

MENSAJERO

Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus

alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron!

CORO

¡Oh dolor! ¡Conque los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las

ondas, y sin vida, son arrebatados por la corriente entre los flotantes

despojos de nuestras naves!

MENSAJERO

De nada nos sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque

poderoso de las naves enemigas.

CORO

¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses

con total perdición lo acabaron todo! ¡Ay, ay, armada nuestra destruída!

MENSAJERO

¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh,

Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo!

CORO

¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! ¡Harto de recordar serán tantas

Persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; y todo en

vano!

ATOSSA

Tragedias · 第 4 / 17 段