le cupo a cada cual en suerte. Ya Tideo brama de furor frente a la
puerta Prétida. El adivino no le deja pasar las aguas del Ismeno porque
las entrañas de las víctimas no le son favorables; y Tideo, fuera de
sí y ansioso de pelear, se desata en voces, como hambriento león en
silbos al calor del mediodía y provoca con denuestos al sabio vate
hijo de Oídeo, acusándolo de retroceder medroso, con bajeza de ánimo,
ante la pelea y la muerte. Y gritando así, sacude el triple penacho;
la crinada cabellera hace negra sombra al yelmo, y bajo la trémula
mano claman terror las resonantes y cóncavas labores de su broncíneo
escudo. En él lleva esta arrogante empresa: un cielo, hecho a cincel,
todo encendido por los astros, en medio del cual brilla resplandeciente
la luna llena, gloria de las estrellas y ojo de la noche. De esta
suerte está a la orilla del río, y salta loco de ufanía con el soberbio
aparato de sus armas, y vocea, y llama a combate, no de otro modo
que fogoso corcel, en oyendo el són de la corneta, se ensaña con el
espumante freno, y quiere lanzarse a la batalla. ¿Quién le opondrás?
Una vez que la puerta de Preto sea forzada ¿quién será poderoso a
hacerle frente?
ETEOCLES
No me asusto yo de afeites de hombre ninguno; ni los motes hacen
heridas, ni muerden penachos y sonoros cobres sin la lanza. Y en cuanto
a esa noche que dices hay en el escudo, resplandeciente con los astros
del cielo, acaso esa locura pudiera ser profecía para alguno. Por que
si cae sobre sus ojos la noche de la muerte, vendrá a ser esa arrogante
empresa bien justa, y verdadera, y significativa para su mantenedor, y
el agorero de su propia afrenta. Yo pondré contra Tideo por defensor de
esa puerta al virtuoso hijo de Astaco, de muy generosa sangre, honrador
del trono del honor, y aborrecedor de jactanciosas frases. Tímido sólo
para toda acción fea, jamás conoció la cobardía. Trae su estirpe de
aquellos hombres nacidos de la siembra de Cadmo, que perdonó Ares,
y es de pura raza thebana. Tal es Melanippo. Ahora Ares jugará a los
dados la victoria, mas como quiera la ley de la sangre designa a
Melanippo para defender de la lanza enemiga a la madre que le parió.
CORO
Así los dioses den ahora a mi mantenedor tan buena fortuna como
justicia le asiste al alzarse en armas por la ciudad; pero temo ver el
fin sangriento de los que van a morir por los que les son caros.
ESPÍA
Sí, quieran los dioses darle buena suerte. La puerta de Electra tocóle
a Capaneo, el cual es otro gigante mayor que el sobredicho, cuya
arrogancia no razona a lo humano. Amenaza las torres con estragos que
jamás permita la fortuna, y dice que, quiera el cielo o no quiera, que
él ha de destruir la ciudad, y que la ira misma de Zeus, que se clavase
en el suelo a su paso, no le detendría en su camino. Para él lo mismo
se le da de relámpagos y rayos que de los calores del mediodía. Tiene
por empresa un hombre desnudo armado de encendida tea, y que dice en
letras de oro: “Yo incendiaré la ciudad.” Contra un tal hombre como
éste envía... Mas ¿quién le hará cara? ¿Quién esperará sin temblar a
hombre que viene tan arrogante?
ETEOCLES
Ventaja sobre ventaja. La lengua es el verdadero acusador de los vanos
pensamientos de los hombres. Capaneo amenaza, pronto a hacer lo que
dice, y menosprecia a los dioses, y suelta su lengua con necia alegría,
y, mortal como es, lanza a voces arrebatadas palabras que llegan hasta
el mismo Zeus. Pero confío que ha de venir sobre él, y con razón, el
ignífero rayo, y nada semejante a los ardores del sol de mediodía. Tan
baladrón y todo, contra él está designado un hombre que arde en coraje,
el impetuoso Polifónte, defensa bastante del puesto con el favor de su
patrona Artemisa y de los demás dioses. Dime otro de los destinados por
la suerte para las restantes puertas.
CORO
Perezca quien se gloría lanzando tan terribles amenazas contra la
ciudad. Que el golpe del rayo le destruya antes que invada mis hogares,
y me arroje con lanza soberbia de mi virginal retiro.
ESPÍA
Voy, pues, a decir a quien señaló en seguida la suerte para otra de
las puertas. Salió la tercer jugada del cobrizo fondo del yelmo, y fué
para Eteoclo, a quien toca llevar su gente sobre la puerta de Neis. Él
entonces hace revolverse a las yeguas, que relinchan impacientes bajo
el freno, codiciosas de volar a las puertas. Los férreos bocados silban
con rudo estilo, cubiertos del resuello espumoso que se exhala de las
dilatadas narices. El escudo que lleva está pintado con nada humilde
adorno: un hombre armado, que va subiendo los peldaños de una escala
arrimada a una torre enemiga que quiere destruir; el cual vocifera
estas palabras escritas: “Ni el mismo Ares podrá arrojarme de esta
torre.” Envía también contra éste un hombre que sea capaz de apartar de
Thebas el yugo de la esclavitud.
ETEOCLES
He aquí a quien puedo enviar, y pienso que con alguna fortuna: a
Megareo, hijo de Creonte, del linaje de los hombres sembrados. Ya
partió a su puesto. No ostentan sus manos pomposos alardes; pero no
retrocederá por temor a estrepitosos relinchos de caballos fogosos,
antes bien o morirá, pagando así a la patria la deuda de su crianza, o
se apoderará de los dos hombres y de la ciudad del escudo, y alhajará
con estos despojos la casa de su padre. Cuéntame las baladronadas de
otro; di, y no omitas palabra alguna.
CORO
Pido a los cielos ¡oh defensor de mis hogares! que seas afortunado en
tu empresa, y que les sea contraria a nuestros enemigos. Como ellos con
enfurecido ánimo se desatan en amenazas insolentes contra la ciudad,
así los mire airado Zeus justiciero.
ESPÍA
El cuarto, a quien corresponde la puerta de Atenea Onca, es el gigante
de Hippomedonte, de desaforada estatura, que viene a nosotros con
grandes voces. Como comenzase a voltear un enorme disco que trae,
quiero decir, el círculo de su escudo, temblé de miedo; no diré lo
contrario. Y no era ningún torpe el grabador de empresas que cinceló
en él este asunto: Tifón arrojando por la igniespirante boca la
negra humareda, ágil hermana del fuego. Y todo alrededor de la honda
cavidad del disco, está todo él incrustado de entrelazadas madejas de
serpientes. En cuanto a Hippomedonte, da jubilosos alaridos de guerra,
y lleno del furor de Ares corre a la lucha arrebatado y loco como una
bacante, y despidiendo terror de sus ojos. Fuerza es guardarse bien
de la acometida de un tal enemigo, que ya su arrogancia ha llevado el
terror a aquella puerta.
ETEOCLES
Ante todo, Palas Onca, que asiste en la ciudad vecina a esa puerta,
perseguirá con su odio la insolencia de ese hombre, y le rechazará de
sus polluelos como a dragón dañoso. Además el adversario que se le ha
elegido es el insigne hijo de Enopo, Hiperbio, que está deseoso de
probar su suerte en este trance de fortuna. Y nada hay que tacharle ni
en la apostura, ni en el valor, ni en el arreo de las armas. Con razón
los ha juntado Hermes, porque irán enemigo contra enemigo, y llevarán
en sus escudos dioses enemigos. Pues si Hippomedonte tiene a Tifón
respirando llamas, en el escudo de Hiperbio está sentado Zeus, firme
y reposado, con el rayo ardiente en la diestra; y nadie vió todavía
a Zeus vencido de vencedor alguno. ¡Y he aquí cuánto vale la amistad
de los dioses! nosotros estamos con los vencedores; ellos con los
vencidos, porque si Zeus pudo más en la pelea que Tifón, así es natural
que suceda ahora con los dos contrarios. Zeus que está en el escudo de
Hiperbio, será su salvador según reza la empresa.
CORO
Yo confío que quien lleva en el escudo y pone enfrente de Zeus una
figura que le es odiosa, el cuerpo de un dios sepultado bajo la tierra,
imagen por igual aborrecida de los hombres y de los eternos dioses, que
ha de dejar su cabeza en nuestras puertas.
ESPÍA
Que sea así. Pero voy a hablar del quinto, que está apostado en la
puerta del Bóreas, junto al sepulcro del divino hijo de Zeus, Anfión.
Jura por la lanza que sustenta, y que lleno de arrogancia tiene en
más veneración que a un dios, y la quiere más que a las niñas de sus
ojos, que a despecho de Zeus ha de asolar la ciudad de Cadmo. Quien así
vocifera es un hombre de hermoso rostro, casi niño, aún no salido de la
mocedad, retoño de una madre habitadora de las selvas. Apenas apunta en
sus mejillas el ligero bozo, que con la edad crece y se torna espesa
barba; pero de niño sólo tiene rostro y nombre. Allá está retándonos,
con la fiereza en la mirada y la crueldad en el corazón. Y tampoco éste
se llega a nuestras puertas sin alardear de jactancioso. Juega un ancho
y broncíneo escudo, que defiende en redondo su cuerpo, y en él lleva la
figura de la afrenta de nuestra ciudad; la Esfinge carnicera, hecha de
bulto y con primoroso arte claveteada, y toda resplandeciente. Bajo sus
garras tiene un Cadmeo, de modo que contra él vengan la mayor parte de
nuestros dardos. Mas no parece que el árcade Parthenopeo viene a hacer
tráfico de la guerra, y deshonrar el término de una larga jornada.
Extranjero educado en Argos, este tan valeroso guerrero, por pagar a
los Argivos los cuidados de su crianza, amenaza ahora nuestras torres
con estragos que jamás cumplan los dioses.
ETEOCLES
¡Si alcanzasen de los dioses para sí lo que contra nosotros piensan
con esas sus impías vanidades! ¡A buen seguro que no pereciesen todos
con entera y miserabilísima ruina! También para ese, que tú dices el
Arcade, hay un hombre nada jactancioso, pero cuya mano sabe lo que hay
que hacer; Actor, hermano del que he nombrado antes, el cual no dejará
que una vana lengua sin obras corra suelta dentro de nuestros muros
para aumento de nuestras desdichas, ni que entre jamás quien ostenta
en el enemigo escudo la imagen de una fiera, el más aborrecido de los
monstruos, que cuando se halle puesta a la espesa nube de dardos que
sobre ella irán de la ciudad, se revolverá acusadora contra quien la
lleva. Con la voluntad de los dioses, saldrán verdades mis palabras.
CORO
Tus razones penetran hasta el fondo de mi pecho; pero los cabellos
se me erizan de horror al oír las soberbias amenazas de esos hombres
impíos y arrogantes. ¡Así hagan los dioses que perezcan en esta tierra!
ESPÍA
El sexto, de quien hablaré al punto, es Anfiareo el adivino, varón
prudentísimo, y en el combate por extremo valeroso. Apostado frente
a la puerta Homolois, ahora maldice a Tideo el violento; ahora
clavando airado sus ojos en ese tu hermano, desdichado juguete del
destino, parte en dos su nombre por afrenta, y le grita: “¡Polinices,
homicida, perturbador de la república, autor de todos los males de
Argos, evocador de las Erinnas, ministro de la Muerte, y para Adrastro
consejero de estas maldades! ¡Cierto, prosiguen sus labios, que tal
hazaña será agradable a los dioses, y para los que nos sucedan hermosa
de contar y de oír! ¡Arrojar sobre la patria un ejército extraño, y
asolar la ciudad de tus padres y los templos de los dioses de tu propia
tierra! ¿Qué sentencia habrá que haga enmudecer la causa de una madre?
¡Cómo ha de estar jamás de tu parte la patria entregada por obra tuya
al hierro enemigo! Adivino de mi propia suerte, bien sé que he de
quedar sepultado en este suelo, y le he de fecundar con mis despojos.
Peleemos, sin embargo, que no temo muerte deshonrosa.” Así dice el
adivino, jugando un escudo todo de cobre, bien forjado, pero en cuyo
centro no campea empresa alguna. No quiere parecer el mejor, sino
serlo, cuidadoso de coger los frutos del hondo surco que la sabiduría
abrió en su mente, del cual brotan las cuerdas resoluciones. Aconséjote
que contra este hombre despaches adversarios diestros y valerosos; que
es temible el que venera a los dioses.
ETEOCLES
¡Ah destino, que asocias a un hombre justo con los más impíos de
los mortales! ¡Cierto que en toda empresa nada hay peor que la mala
compañía, y su fruto es bien desabrido! El campo de la maldad rinde
por cosecha la muerte. Embárquese el bueno con navegantes malvados
y puestos a toda mala obra, y perecerá con toda aquella ralea
aborrecida de los dioses. O que el justo viva entre hombres inhumanos
y olvidadizos de los dioses, y se hallará cogido en la misma red
que ellos, y como ellos caerá, y con razón derribado por el divino
azote que alcanzará a todos. He aquí ahora este vate; hablo del hijo
de Ecleo; varón prudente, bueno, justo y piadoso; profeta insigne,
confundido mal de su voluntad con estos hombres impíos y procaces, que
hacen tan larga expedición para haber de volverse huyendo; pues Zeus
mediante, con ellos sufrirá la misma funestísima suerte. Imagínome que
no ha de atacar las puertas; no por cobardía ni por flaqueza de ánimo,
mas porque sabe que ha de perecer en lucha. Si es que de algún fruto
tienen que ser para él los oráculos de Loxias, el cual ha por costumbre
siempre callar o decir verdad. No obstante, contra él pondremos un
hombre que guardará la puerta; al esforzado Lasthenes, que no da
cuartel; en el entendimiento anciano; en el cuerpo mozo y de bríos; en
el mirar pronto; y nada tardo de manos para llevarlas a la siniestra y
tirar de la desnuda lanza. En cuanto a la victoria... sólo el cielo
puede darla a los hombres.
CORO
Escuchad, dioses, nuestras justas plegarias, y haced que la victoria
sea de la ciudad. Volved los desastres de la guerra contra los
invasores de nuestro suelo. ¡Que Zeus los arroje de nuestras torres, y
los aniquile con su rayo!
ESPÍA
Diré, en fin, el que viene sobre la séptima puerta: es tu propio
hermano. ¡Qué de maldiciones echa contra la ciudad, y qué desdichas
le promete! Que en asaltando nuestras torres; luego que se haga
proclamar en la comarca a voz de pregón, y que entone el triunfal Peán,
celebrador de nuestra ruina, que correrá a encontrarse contigo; y que,
o te matará, aunque muera sobre tu mismo cuerpo, o que si vives, que se
ha de vengar de ti con un deshonroso destierro como aquel con que tú
le afrentaste. Tales amenazas lanza a voces el arrebatado Polinices, e
invoca a los dioses gentilicios de la tierra patria porque miren a sus
súplicas. Y tiene un escudo recién forjado, de hermosa hechura, encima
del cual lleva un doble emblema esculpido con todo arte. Es una mujer
que va guiando grave y serena a un hombre hecho de oro, al parecer
soldado; la cual dice, al tenor de la leyenda: “Yo soy la Justicia:
y volveré del destierro a este hombre; y tendrá la ciudad patria, y
la posesión de la casa de sus padres.” Esto es lo que trazan nuestros
enemigos. Tú ahora ve a quién piensas despachar contra Polinices.
Porque jamás tendrás que reprender a este hombre por sus noticias, pero
tú sólo eres quien ha de entender de regir la nave de la ciudad.
ETEOCLES
¡Oh raza mía de Edipo, digna de llanto, por los dioses enloquecida y
por los dioses grandemente odiada! ¡Ay de mí, que al fin se cumplen hoy
las maldiciones de mi padre! Mas no es hora esta de llorar y dolerse;
no salgan de aquí más insoportables lamentos. Polinices, merecedor del
nombre que tienes, yo te digo que pronto veremos cómo se cumplen tus
emblemas y si las letras de oro del escudo, tan vanas como tu orgullo
necio, te restituyen en la ciudad. Porque, si la Justicia, esa virgen
hija de Zeus, acompañase tus obras y pensamientos, por ventura pudiera
suceder así. Pero ni cuando saliste del obscuro seno de tu madre, ni
en la niñez, ni en la mocedad, ni al cerrar la barba, nunca jamás te
creyó digno ni de mirarte. Y no pienso que ha de ponerse de tu lado
para oprimir a la patria; que no haría verdadero su nombre, sino antes
falsísimo, si asistiese a quien por condición está pronto a toda mala
obra. En esta confianza, yo iré a encontrarme con él; yo mismo. ¿Y
qué otro con más justicia que yo? Yo iré contra él; príncipe contra
príncipe, hermano contra hermano, enemigo contra enemigo. Trae cuanto
antes las crépidas de campaña, la lanza y el escudo para las piedras.
~(Vase el ESPÍA.)~
CORO
¡Oh Eteocles, para mí el más querido de los hombres! ¡oh hijo de Edipo,
no quieras hacerte semejante en condición a quien tan feamente has
denostado! Que Argivos y Cadmeos vengan a las manos; baste con esto.
Sangre es que puede expiarse. ¡Pero la muerte de dos hermanos así
suicida!... No hay vejez para tal mancha.
ETEOCLES
Cualquier mal que me aviniere, como sea sin ignominia, venga en buena
hora; que en la muerte está el único bien. Mas no dirás que hay gloria
en lo que sobre desdicha es vergüenza.
CORO
¿Y aún lo intentas, hijo? No te arrastre esa funesta y loca ansia de
pelea que llena tu alma. Desecha de ti ese primer impulso de una mala
pasión.
ETEOCLES
Pues que el cielo da prisa por el desenlace, láncese viento en popa
a las ondas del Cocyto, que son su herencia, toda esta raza de Layo
aborrecida de Febo.
CORO
Es un cruelísimo deseo ese que te punza y muerde, y te incita a cometer
un homicidio de bien amargos frutos; a derramar una sangre que para ti
es sagrada.
ETEOCLES
No; es la maldición de mi padre que se apercibe ya a cumplirse. Llena
de odio y con los ojos secos y sin lágrimas, llégase a mi lado y me
grita: Primero la venganza y después la muerte.
CORO
Pero tú no la provoques. Por guardar una vida inocente no has de ser
motejado de cobarde. Ni Erinna descarga sobre nuestra morada su negra
tormenta, cuando las manos se conservan puras, para que nuestras
ofrendas sean aceptas a los dioses.
ETEOCLES
Ya los dioses no se curan de nosotros. Además, que ha de poner
admiración el beneficio que traerá nuestra muerte. ¿A qué, pues,
andamos halagando todavía a nuestro mortal destino?
CORO
Sí, ahora que te estrecha. Porque ese mal espíritu que agita tu alma,
quizá mudándose con el tiempo se vuelva en viento más blando; pero
ahora está hirviendo aún.
ETEOCLES
Es la maldición de Edipo que se agita hirviente. ¡Harto verdaderas son
esas visiones de nocturnos fantasmas que se me aparecen partiendo la
herencia de mi padre!
CORO
Créete de mujeres por más que no les tengas amor.
ETEOCLES
Podéis decir cosas que sean de hacer, pero sin hablar mucho.
CORO
No tomes el camino de la séptima puerta.
ETEOCLES
Tus palabras no quebrantarán la resolución de mi ánimo airado.
CORO
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
ETEOCLES
Justa o no, los dioses honran siempre la victoria.
CORO
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
ETEOCLES
Lenguaje es ese que un soldado no puede aprobar.
CORO
¿Quieres, pues, gozarte en la sangre de tu propio hermano?
ETEOCLES
Si los dioses me lo conceden, no escapará él de la muerte.
~(Vase ETEOCLES.)~
CORO
¡Estoy transida de terror! Esa diosa, ruina de las casas y en
nada igual a los otros dioses; la de los decretos infalibles; la
vaticinadora de infortunios; esa Erinna invocada por un padre, va
al fin a cumplir las airadas imprecaciones del insensato Edipo. La
discordia, que perderá a sus hijos, precipita el desenlace.
El hierro extranjero, venido de los Cálibes de la Escithia, será el
fiero y cruel partidor de la hacienda paterna, que hará las suertes, y
a cada uno le dará para que habite, en vez de dilatados dominios, la
tierra que pueda ocupar después de muerto.
Cuando heridos y despedazados con mutuos y mortales golpes, caigan ya
sin vida; luego que el fondo mismo de la tierra haya bebido su roja
sangre, ya negra y cuajada, ¿quién ofrecerá sacrificios expiatorios?
¿Quién lustrará sus cuerpos? ¡Oh desdichas nuevas de esta casa, que
venís a juntaros con sus antiguos males!
Con aquella vieja culpa de Layo, bien pronto castigada, y que hoy vive
en su tercera generación. Por tres veces habíales advertido Apolo desde
aquella ara de Pithia, centro de la tierra, que muriese sin hijos si
quería ver salva a la ciudad. Dejóse él vencer de temerarios consejos
de amigos; fué contra la voluntad del dios, y engendró su propia
muerte; a Edipo el parricida, que osó sembrar una estirpe sangrienta
en la sagrada tierra de su madre, donde fué sustentado. La demencia
juntó a los insensatos esposos, y a modo de un mar, trajo sobre
nosotros olas de males. Cayó la una, y otra más terrible se levanta
ahora, y muge en torno a la popa de la ciudad. Tan sólo una tabla de
salvación hay de por medio; el espesor de una torre; y no para mucho,
que bien me temo que con sus reyes va a caer también Thebas.
¡Cumplidas están ya las antiguas maldiciones! ¡Ya se hacen las funestas
paces! Las calamidades cuando vienen no pasan de largo, sino que
descargan. Afanoso el hombre, amontona sobre el bajel riquezas en
demasía, y luego tiene que arrojarlas de lo alto de la popa. Porque ¿a
quién admiraron más los hogares de sus conciudadanos y la pública Ágora
henchida de atropellada muchedumbre? ¿A quién dieron más honor y gloria
que a Edipo cuando limpió la comarca de la peste que le arrebataba sus
hombres? Mas así que el infeliz se dió razón de su miserable consorcio,
no pudiendo llevar su dolor, y lleno el pecho de rabia, añade a sus
males otros dos males nuevos. Con bárbara furia arranca con la mano
parricida aquellos sus ojos que tenían que encontrarse con el rostro de
sus hijos, y ¡ay de mí! horrorizado de su nefanda obra, lanza tremendas
maldiciones sobre los que engendró. ¡Que alguna vez dividan entre sí
espada en mano la herencia de sus padres! Tiemblo que la veloz Erinna
vaya a cumplirlas ahora.
~(Sale un MENSAJERO.)~
MENSAJERO
Tened buen ánimo, hijas con tanto regalo criadas por vuestras madres.
La ciudad escapó del yugo de la servidumbre. Vinieron por tierra los
fieros de aquellos hombres arrogantes; Thebas boga ya por mar serena,
y el fondo del bajel no se ha abierto al continuo azotar de las olas.
Las torres se mantienen en pie y nos escudan; las habíamos asegurado
con defensores poderosos cada cual de ellos para guardar la que le
estaba encomendada.
En lo más hemos tenido buen suceso: en seis de las puertas; pero de la
séptima se ha apoderado el augusto Apolo, sagrado guía de los siete
príncipes, haciendo así que en la raza de Edipo llegue a cumplirse el
castigo de la antigua temeridad de Layo.
CORO
¿Qué nuevo desastre es ese que ha venido sobre la ciudad?
MENSAJERO
La ciudad está en salvo; pero los reyes que fueron engendrados de una
misma sangre...
CORO
¿Quiénes? ¿Qué dices? Túrbase mi mente con el terror que me ponen tus
palabras.
MENSAJERO
Vuelve en ti ahora, y escucha. La raza de Edipo...
CORO
¡Ay de mí desdichada, que soy adivina de males!
MENSAJERO
La tierra ha bebido su sangre, que derramaron el uno contra el otro.
CORO
¡Y hasta ahí llegaron! ¡Espantable crimen! Pero... ¡acaba!
MENSAJERO
Murieron los dos dándose mutua muerte.
CORO
¡Y así con las manos fraternales se han arrancado la vida!
MENSAJERO
Demasiado cierto es. Ambos quedan en el polvo.
CORO
¡Y así a los dos juntos esperaba un mismo destino!
MENSAJERO
Sí, él acabó por fin con la infeliz raza. ¡Cosas para ser celebradas
con alegrías y con llanto! Salva está Thebas; pero los príncipes, los
dos caudillos hermanos se sortearon con el bien forjado hierro escytha
la plena posesión de sus riquezas y tendrán cuanto de tierra puedan
ocupar en su sepultura, con que habrán alcanzado los funestos votos de
su padre.
~(Vase.)~
CORO
¡Oh gran Zeus! ¡oh dioses tutelares de la ciudad, que habéis defendido
estas torres de Cadmo! ¿Por ventura deberé yo alegrarme y celebrar con
regocijadas voces la salvación de Thebas, libre ya de todo riesgo, o
lloraré a esos tristes e infortunados caudillos, últimos de su raza?
¡Bien cumplieron con sus nombres; que con harta fama y reñida pelea han
perecido llevados de su impío consejo!
¡Oh negra maldición de la raza de Edipo al fin cumplida! Un hielo de
muerte se derrama por todo mi corazón. Fuera de mí como una Tiade,
rompo en funerario canto, vertiendo lágrimas sobre los ensangrentados
cuerpos de los que tan miserablemente han acabado. ¡Cierto que con mal
sino se cruzaron sus lanzas!