ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis
habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo
de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero,
al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que
tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy
lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues
nada de lo que quieres averiguar has de saber.
HERMES
Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia.
PROMETHEO
Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que
juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus
tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja.
HERMES
Paréceme que te recreas con tu presente fortuna.
PROMETHEO
¡Que me recreo! ¡Que no viera yo recrearse así a todos mis enemigos! Y
a ti entre ellos.
HERMES
Pues qué, ¿a mí también me culpas de tus infortunios?
PROMETHEO
En una palabra; yo abomino a todos esos dioses que colmados por mí de
beneficios, tan inicuamente me pagan.
HERMES
Ya veo que grave dolencia te hace perder la razón.
PROMETHEO
Adolezca yo si es dolencia odiar a los enemigos.
HERMES
Dichoso, serías intolerable.
PROMETHEO
¡Ay de mí!
HERMES
Palabra es esa que Zeus no conoce.
PROMETHEO
Pero el tiempo va envejeciendo y enseñándolo todo.
HERMES
Y sin embargo todavía no has aprendido tú a ser prudente.
PROMETHEO
Cierto, que entonces no te dirigiera yo la palabra, siervo.
HERMES
¿No piensas decir nada de lo que padre desea?
PROMETHEO
Y en verdad que debiéndole tanto debería corresponder al beneficio.
HERMES
¿Te burlas de mí como si fuese un niño?
PROMETHEO
Pues que, ¿no eres tú un niño, y aun más cándido todavía, si esperas
que has de saber algo de mí? No hay tormento ni artificio con que Zeus
me reduzca a hablar si antes no suelta estas afrentosas cadenas. Por
tanto, que caiga sobre mí la llama abrasadora y la nieve de cándidas
alas; que rujan los truenos habitadores de las entrañas de la tierra;
que todo se conmueva y se confunda todo, que nada me doblará para que
declare a manos de quién ha de caer Zeus de su tiranía.
HERMES
Considera tú si eso puede remediarte.
PROMETHEO
De antes está todo ello visto y determinado.
HERMES
Ante los males presentes resuélvete, temerario, resuélvete a pensar
cuerdo una vez siquiera.
PROMETHEO
En vano me importunas exhortándome; como si hablases a las ondas del
mar. Que jamás se te ponga en mientes que por temor a sentencias de
Zeus me he de hacer de ánimo femenil y he de tenderle las manos como
una mujer, suplicando a ese aborrecidísimo que me suelte de estas
cadenas. Lejos de mí eso.
HERMES
Mucho he hablado, lo sé, y que hablaré en vano, porque tu corazón no se
mueve ni ablanda con ruegos, antes como potro recién puesto al yugo,
así tú tascas el freno, y te resistes violento, y forcejeas contra las
riendas. Pero en vano sacas fuerzas de tu necio consejo; menos que nada
puede la pertinacia del desaconsejado. Considera qué tempestad y grande
ola de males caerá sobre ti sin remedio de no rendirte a mis razones.
Hará padre saltar en pedazos esa áspera cumbre con la fulmínea llama
en medio del estampido del trueno, y sus despojos cubrirán tu cuerpo y
te estrecharán con pesados y roqueros brazos. Después de largo espacio
de tiempo volverás a la luz; pero el can alado de Zeus, el águila
carnicera vendrá a ti, convidado importuno, todos los días, y voraz
te arrancará la carne a pedazos, y se cebará con el negro manjar de
tus hígados. Y no esperes el fin de este suplicio hasta que un dios no
se preste a substituirte en tus trabajos, y quiera bajar a la obscura
morada de Hades y a las caliginosas profundidades del Tártaro. Con
que así, determina. No es esto fingida baladronada, sino dicho muy de
veras; que la boca de Zeus no sabe decir mentira, y todas sus palabras
se cumplen. Mira bien, pues, en derredor tuyo, y reflexiona, y no
tengas nunca la arrogancia por mejor que la prudencia.
CORO
Parécenos que Hermes no habla fuera de propósito, pues que te exhorta
a deponer tu pertinacia y seguir la sabia cordura. Escúchale; que es
vergonzoso para un sabio aferrarse en su falta.
PROMETHEO
Ese ha vociferado su embajada a quien ya la sabía. Pero en que un
enemigo padezca malamente bajo el poder de su enemigo, no hay afrenta.
¡Caiga, pues, sobre mí el afilado rizo del fuego; conmuévase el éther
con el estampido del trueno y el huracán de los vientos desatados; que
la tormenta sacuda la tierra en la raíz misma de sus hondos cimientos;
que invadan las olas del mar con bárbara furia los celestes caminos
de los astros; que arrastre mi cuerpo el irresistible torbellino de
la necesidad hasta el fondo del negro Tártaro! ¡Como quiera no podría
darme la muerte!
HERMES
¡Esas son las palabras y razones que es posible oír de los mentecatos!
¿Qué le falta a tu demencia? ¿Por ventura a tratarte mejor se calmarían
tus furores? Pero a lo menos vosotras, que os doléis de sus miserias,
alejaos de estos lugares al punto. El horrendo rugir del trueno os
dejaría atónitas.
CORO
Dime, aconséjame cualquiera otra cosa, y serás obedecido; pero esas
palabras que has pronunciado no las puedo tolerar. ¿Cómo? ¡Tú me mandas
rendir culto a la cobardía! En los males que haya de padecer, con él
quiero entrar a la parte; que yo aprendí a odiar a los traidores, y no
hay ruindad que más me repugne que esa.
HERMES
Pues acordaos de lo que a tiempo os he advertido, y cuando os asalte
el mal no acuséis a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os hirió con
improviso golpe. En verdad que no, sino vosotras mismas, que a ciencia
cierta, y no a deshora ni con cautela, seréis cogidas por vuestra
locura en la red del infortunio, de la cual nadie se desenvuelve.
~(Vanse HERMES y las OCEÁNIDAS.)~
PROMETHEO
Ya las palabras son obras. La tierra se agita, y el eco del trueno ruge
en sus hondas entrañas; y las inflamadas vueltas del rayo fulguran en
el aire; y el polvo se levanta en revuelto torbellino, y los ímpetus
todos de los vientos se desatan, y en encontrados soplos se chocan en
porfiada pelea; y el mar y el aire se encuentran y confunden. Contra mí
a no dudar, y de parte de Zeus, viene esta furia poniendo espanto. ¡Oh
deidad veneranda de mi madre!, ¡oh éther, que haces girar la luz común
para todos, viéndome estáis, cuán sin justicia padezco!
[Ilustración]
[Ilustración]
_LOS SIETE SOBRE THEBAS_
~Aparece ETEOCLES, el CORO y PUEBLO.~
ETEOCLES
Ciudadanos de Cadmo: menester es que en la ocasión hable quien vela
por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano, y
sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: ¡un
dios lo hizo!; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo
Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y
contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus, defensor,
y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! Hora es esta de
que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad,
y el que ha tiempo que salió de ella, y el que sustenta un cuerpo
lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la
ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados
de sus honores; y a los hijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza
que tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba
cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes
habíais de ser sus habitadores fieles, que la han de cubrir con sus
escudos en este trance. Hasta el presente día sin duda que algún dios
se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias
a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy,
el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su
oído y ánimo con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los
augurios nos anuncia que anoche se juntaron los Aqueos, y determinaron
el ataque decisivo contra la ciudad. Ea, pues, lanzaos a las almenas
y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad
las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y
apostados en las avenidas tened buen ánimo, y no temáis a una turba
de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi
parte he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de
perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa.
ESPÍA
Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote
nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos.
Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un
herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina
víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza,
asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando
en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos
cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas que han de ser en el
hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus
ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo
en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no
se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he
dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra
la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los
guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de
las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a
toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica
el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles.
Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes
que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre
onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión
de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y
fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera,
estarás a salvo de todo golpe.
ETEOCLES
¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh
Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de
enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los
cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se
alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo
sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como
nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena
fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses.
~(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)~
CORO
¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha
dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre
innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que
se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero
bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los
equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y
brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte
se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que
nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan
con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su
vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será
en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me
postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos
tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! -- ¿A qué
es tardar gimiendo tanto? -- ¿Oís o no oís el choque de los escudos?
¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras
súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe
de una sola lanza! -- ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este
pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco
de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste
algún día! -- Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid;
echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican
temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros
de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares.
-- ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos!
Porque los Argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de
las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con
lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo
el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan
las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. -- Hija
de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda
de la ciudad. -- Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas
los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos,
líbranos de estos terrores. -- Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad
que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. --
Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu
sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que
sin duda escucharán tus oídos de diosa. -- Numen tutelar, Matador de
lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos
de nuestros enemigos. -- ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu
arco, propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros
el estruendoso rodar de los carros! -- ¡Augusta Hera! En los cubos de
las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa!
-- ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué
te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te
depararán los cielos en estas desventuras? -- ¡Ay, ay! -- Una granizada
de piedras viene sobre las almenas de las torres. -- ¡Oh propicio
Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los
escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate!
-- Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada
señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. -- ¡Oh deidades
prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta
tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una
lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes
que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad,
protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados
ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas
abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra.
~(Sale ETEOCLES.)~
ETEOCLES
Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer
bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores?
¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar,
y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en
la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que
como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay
peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este
correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los
ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros
mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir
con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o
mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de
muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en
público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se
entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño.
¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura?
CORO
¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los
carros, y el girar rechinante del cubo de las ruedas, y el gemir de
esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin
dormir jamás.
ETEOCLES
¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto
encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la
combatida nave?
CORO
Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los
bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí
el fragor de la funesta tempestad que a modo de apretada nieve caía
sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz
suplicante, por que tiendan su auxilio sobre la ciudad.
ETEOCLES
Orad por que los muros resistan el empuje de los sitiadores.
CORO
Pues en verdad que de los dioses depende.
ETEOCLES
Mas también es común sentencia, que ciudad tomada los dioses la
abandonan.
CORO
En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por
asalto, y abrasada su gente por el fuego enemigo.
ETEOCLES
Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que,
como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen
suceso que salva.
CORO
Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas
veces levanta al desvalido de entre sus males, y desvanece la densa
niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos.
ETEOCLES
A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer
sacrificios a los dioses, y consultar los oráculos; a ti callar y
permanecer dentro de casa.
CORO
Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y
nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay
de odioso y reprensible en esto que digo?
ETEOCLES
No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no
vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Permanece serena, y no hagas
extremos de dolor.
CORO
Oí de improviso estrepitoso tumulto, y trémula y aterrada me refugié en
esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses.
ETEOCLES
Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con
sollozos, que con esa carnicería de hombres se alimenta Ares.
CORO
¡Oigo el relinchar de los caballos!
ETEOCLES
Si lo oyes, haz como si no oyeses.
CORO
Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos como si los enemigos la
rodeasen.
ETEOCLES
Sobre estos negocios basta con que yo determine.
CORO
Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito.
ETEOCLES
¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Thebas.
CORO
¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes!
ETEOCLES
¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio?
CORO
¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria!
ETEOCLES
Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera.
CORO
Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos.
ETEOCLES
¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado! ¡las mujeres!
CORO
Míseras como los hombres cuya ciudad es tomada.
ETEOCLES
¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas, y augurando males?
CORO
Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua.
ETEOCLES
Si me otorgases una corta merced que yo te demandara...
CORO
Dila cuanto antes, y así la sabré pronto.
ETEOCLES
Que calles, ¡infeliz! y no atemorices a nuestros amigos.
CORO
Me callo. Sufriré con los demás lo que está decretado.
ETEOCLES
Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero
apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo:
que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y
depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado Peán,
jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria
Hélade; compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos
a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan
nuestros campos, y a los que vigilan y presiden nuestra pública Ágora,
y a la fuente Dircea, sin que exceptúe las aguas del Ismeno; digo, que
hago voto, si alcanzamos próspero suceso, y la ciudad se salva, de
enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar
en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los
trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos,
que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos
como éstos has de hacer tú a los dioses; pero no con gemidos, y vanos
y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero
marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de
séptimo, que apostados en las avenidas de las siete entradas de los
muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los
espías, y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad
lo enciendan todo.
~(Vase.)~
CORO
Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como
paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido,
y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en
mi alma, aumentan mis terrores. -- El ejército todo viene derecho en
apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas
partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas
piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la
ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este
suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y
el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía
Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de
Tetis? Enviad, pues, dioses tutelares de mi patria, contra los que
están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que
hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras
lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos
para ser los defensores de Thebas.
Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el
Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa
de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta
en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas
fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a
modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad
resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de
que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma.
Y bien de llorar sería para las delicadas doncellas dejar sus casas por
un camino odioso, ya agostadas por bárbara fuerza, que arrebató los
frutos verdes aún, antes que un legítimo hymeneo los gozase. ¡Qué por
más dichoso tengo a quien muere, que no a éstas sin ventura! ¡Ay de mí,
que ciudad entrada luego padece muchos infelicísimos males! Los unos
haciendo cautivos a los otros, y dándoles muerte, y llevando a todas
partes el incendio; la ciudad entera toda ella envuelta e infestada de
humo; mientras el domador de los pueblos, Ares, atropella toda piedad,
y sopla enfurecido.
Dentro de muros estrépito temeroso; fuera, una valla de picas que a
modo de torre inexpugnable encierra a los vencidos. Al bote de lanza
de un hombre cae muerto otro hombre. Resuena en el aire el vagido
lastimero de los recién nacidos que espiran ensangrentando con su
propia sangre el materno pecho que les sustenta. Tras de esto aquel
correr codicioso de acá para allá, seguido de su hermano el pillaje. El
afortunado, que hizo presa, se encuentra y topa con otro afortunado,
rico de despojos, y el apocado, que va con las manos vacías, deseoso de
su parte, incita a voces a quien como él va de vacío. Y no la buscan
menor ni siquiera igual, sino cada cual mayor que la de los otros. ¿Qué
podrá esperarse después de esto?
Derramados por el suelo toda suerte de frutos son dolor de quien se los
halla, y amargura de los ojos del ama cuidadosa. Revueltos en confuso
montón, corren muchos en sórdidas y vilísimas ondas los regalados dones
de la tierra. Las tiernas doncellas esclavas sufren con nuevo dolor,
como a un enemigo más poderoso, el servil lecho de quien las logró por
su buena fortuna. Su esperanza es que venga la sempiterna noche y les
libre de sus lastimosísimos dolores.
PRIMER SEMICORO
¡Oh amigas! he ahí el espía que llega, y según me parece trae alguna
nueva del ejército. Bien de prisa viene, y apretando el paso.
SEGUNDO SEMICORO
Y aquí está el rey en persona, el hijo de Edipo, a saber las nuevas que
el espía tan oportunamente trae. También a él apenas le deja la prisa
fijar la planta en el suelo.
~(Salen ETEOCLES y el ESPÍA.)~
ESPÍA