Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa su

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre

=iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. Las

acotaciones escénicas aparecen entre ~virgulillas~.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido respetada, con

normalización de las variantes a la grafía más frecuente.

* No obstante, se han puesto tildes a ciertas mayúsculas que las

necesitaban y se ha completado el emparejamiento de los signos de

exclamación e interrogación.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el

párrafo que contiene la llamada.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

_TRAGEDIAS DE ESQUILO_

_ESQUILO_

_Tragedias_

_Versión directa del griego por D.

Fernando Segundo Brieva Salvatierra_

[Ilustración]

_Universidad Nacional

de México._

=_1921_=

[Ilustración]

_NOTA PRELIMINAR_

La tragedia griega se ocupa --más directamente que la epopeya y la

lírica-- en los problemas de la vida, en el misterio que rodea a la

voluntad humana, en las leyes superiores que presiden nuestros destinos.

Florece en el siglo V, antes de Cristo, y se derivó del ditirambo, coro

en el culto de Dionisos (Baco), que se distinguió por su exaltación

y violencia de sentimientos dolorosos. Los cantores simulaban ser

sátiros y demás entidades del cortejo de Dionisos, y se entregaban a

apasionadas lamentaciones con motivo de los patéticos episodios de

la leyenda del dios. Con el tiempo, este coro vino a ser precedido

por un recitado en que acaso se exponía algún trance doloroso de la

divinidad; más tarde el narrador se tornó actor; además de los mitos

báquicos se utilizaron los de otros dioses y héroes; y desapareció el

coro de sátiros que no tenía ya razón de ser en leyendas diversas del

culto de los viñadores y se le relegó el drama satírico. El ditirambo

al evolucionar pierde su carácter lírico y se vuelve dramático: la

acción o trama se precisa y Esquilo finalmente da a la tragedia griega

su forma definitiva, como Lope de Vega hizo con la comedia española.

La tragedia no perdió nunca su carácter religioso; no fué sino un

acto público por medio del cual la ciudad procuraba tener propicio

al dios. La organizaban magistrados y se representaba únicamente en

las fiestas de Baco (en Atenas --donde florece de modo exclusivo--

durante las Grandes Dionisíacas, las Leneas y las Pequeñas Dionisíacas

o Dionisíacas de los demos o barrios). Así pues, la tragedia difiere

totalmente de nuestro drama moderno.

“Un bello espectáculo religioso, danzas, cantos, una acción simple y

fuerte, he aquí lo que el público pedía;”[1] y he aquí, cabe agregar,

lo que comprendía una tragedia griega. Acaso la humanidad no ha vuelto

a tener nunca espectáculo tan magnífico: en el que, dentro de la mayor

simplicidad de concepción, se sucedían las danzas austeras del coro,

los cantos líricos al son de la flauta, las exclamaciones orgullosas de

algún rey insensato, a quien los dioses enloquecen antes de perder.

[1] A. y M. Croiset, _Histoire de la Littérature Grecque_, tomo III.

Esquilo ennobleció la tragedia; la purificó de elementos extraños y la

hizo apta para recibir y contener el más alto pensamiento filosófico

y religioso. Nació en Eleusis --Ática-- el año de 525 antes de Cristo.

Era _eupátrida_, es decir, noble; y se distinguió como soldado en la

guerra contra los persas, que invadían Grecia con el propósito de

conquistarla. Combatió en Marathón, Salamina y Platea, y estas jornadas

gloriosas dejaron honda huella en las ideas centrales de su obra.

Comienza su carrera literaria a los veintiséis años. El número de sus

obras, según Suidas, era de noventa. Sólo nos restan siete tragedias,

algunos títulos de otras y fragmentos. En las fiestas de Dionisos

se celebraban concursos trágicos; cada concurrente presentaba tres

tragedias y un drama satírico; el _arconte_ concedía o negaba el coro,

con lo cual se representaban las obras de los vencedores. Esquilo fué

premiado en doce concursos por lo menos. Viajó tal vez por Tracia, y

de seguro por Sicilia. Murió en esta isla, en Gela, año de 456 antes de

Cristo.

Esquilo tomó sus asuntos del acervo de leyendas y mitos homéricos. No

es tampoco un pensador original en el sentido de que haya descubierto

nuevos sistemas filosóficos. Para él la fatalidad está por encima de

las pasiones humanas y del capricho de los dioses. Nuestros destinos,

al igual que el reinado de Zeus, están sometidos a una ley superior

y misteriosa. Por sobre la divina inconciencia de los protagonistas,

el autor recuerda a los espectadores que nuestras acciones tienen un

sentido oculto, y que fatalmente nos apresuramos a nuestra ruina y

total aniquilamiento cuando impíamente pensamos escapar al destino.

La terrible fatalidad pesa no sólo sobre los individuos, sino también

sobre las familias enteras, y así presenciamos, en la casa de los

Labdácidas y los Atridas, la lenta y dolorosa expiación de un antiguo

crimen.

Un hondo sentimiento religioso y un exaltado amor patrio animan toda

la obra de Esquilo. Sin duda constituyen su auditorio atenienses

que van olvidando ya las virtudes antiguas, generaciones escépticas

que comienzan a perder el sentido de la seriedad de la vida y de la

dolorosa corriente de los sucesos.

_Julio Torri._

[Ilustración]

_PROMETHEO ENCADENADO_

~Aparecen CRATOS y BÍA, HEFESTOS y PROMETHEO~

CRATOS

Ya estamos en el postrer confín de la tierra, en la región escytha,

en un yermo inaccesible. Impórtate, pues, Hefestos, cuidar de las

órdenes que te dió padre; amarrar a este alborotador del pueblo al alto

precipicio de esas rocas con invencibles trabas de diamantinos lazos.

Pues hurtó tu atributo, el fulgurante fuego, universal artífice, y lo

entregó a los mortales, por que así aprenda a llevar de buen grado la

dominación de Zeus, y dejarse de aficiones philantrópicas.

HEFESTOS

Cratos y Bía, cumplido está por vuestra parte el decreto de Zeus, y

nada os embaraza ya. Cobarde ando yo para encadenar en este precipicio

que azotan las tormentas, a un dios de mi propia sangre; puesto que

fuerza me es tal osadía; que es grave cosa acudir con tibieza a los

mandatos de padre. Mal que a los dos pese, Prometheo, hijo magnánimo

de la consejera Themis, te ataré con broncíneos e indisolubles nudos

a este risco apartado de toda humana huella; donde jamás llegará a ti

figura ni voz de mortal alguno, sino que tostado de los lucientes rayos

del sol, mudarás las rosas de la tez. Vendrá la noche, ansiada de ti,

y te ocultará la luz con su estrellado manto; de nuevo enjugará el

sol el rocío de la mañana; pero el dolor del presente mal te abrumará

sin tregua, que aún no ha nacido tu libertador. He ahí lo que te has

granjeado con tu philanthrópica solicitud! Dios como eres, sin temer la

cólera de los dioses, a los mortales honraste más de lo debido, y en

pago guardarás esta desapacible roca, en pie derecho, sin dormir, sin

tomar descanso; y vano será que lances muchos lamentos y gemidos, que

son recias de mover las entrañas de Zeus, y tirano nuevo siempre duro.

CRATOS

¡Eh, basta! ¿A qué es vacilar y lamentarse en balde? ¿Cómo no abominas

al dios más aborrecido de los dioses, a quien entregó tu atributo a los

mortales?

HEFESTOS

¡Son tan poderosos la sangre y el trato!

CRATOS

Concedo. Mas ¿cómo te será dado desobedecer los mandatos de padre? ¿No

temes más esto?

HEFESTOS

Siempre fuiste sin misericordia y lleno de ferocidad.

CRATOS

No es remedio lamentarle. No te canses, pues, necio, en lo que nada

aprovecha.

HEFESTOS

¡Oh maniobra aborrecidísima!

CRATOS

¿Por qué la detestas? que cierto es que tu arte no tiene culpa de los

males presentes.

HEFESTOS

Con todo ello, así a otro cualquiera le hubiese tocado en suerte, que

no a mí.

CRATOS

Todo es dado a los dioses menos el imperio; sólo Zeus es libre.

HEFESTOS

Lo conozco, y nada tengo que replicar.

CRATOS

¿Por qué, pues, no te das prisa a rodearle la cadena? No te vea padre

reacio.

HEFESTOS

Prontas están las esposas, que se pueden ver.

CRATOS

Tómalas, pues; martíllalas junto a las manos con toda tu fuerza, y

clávalas a la roca.

HEFESTOS

Ya está terminada esa faena, y bien pronto.

CRATOS

Remacha más; aprieta, que nunca se afloje: que es diestro en encontrar

salidas aun de lo imposible.

HEFESTOS

Sujeto queda este brazo indisolublemente.

CRATOS

Y ahora este otro; sujétale con la anilla; firme, porque aprenda que es

un buscador de ardides menos diestro que Zeus.

HEFESTOS

Sino es él, nadie con razón podría quejarse de mí.

CRATOS

Híncale duro en medio del pecho el fiero diente de diamantina cuña.

HEFESTOS

¡Ay, Prometheo, cómo lloras tus trabajos!

CRATOS

¿De nuevo andas vacilando y lloras a los enemigos de Zeus? ¡que no te

lastimes de ti algún día!

HEFESTOS

Estás viendo ante tus ojos espectáculo horrendo de ver.

CRATOS

Estoy viendo a ése llevar su merecido. Conque échale una cadena a los

costados.

HEFESTOS

Fuerza me es hacerlo; no porfíes más.

CRATOS

Pues todavía te mandaré más, y te apretaré con mis voces. Ve por

debajo, y átale fuerte las piernas.

HEFESTOS

Hecho está ya, y no en mucho tiempo.

CRATOS

Remacha ahora los clavos en los agujeros de los grillos, firme; que es

severo el veedor de esta obra.

HEFESTOS

Cual es tu rostro, así habla tu lengua.

CRATOS

Tú ablándate, mas no me dés en cara con la arrogancia y aspereza de mi

condición.

HEFESTOS

Pues ya tiene ceñidas a los miembros las cadenas, marchemos.

CRATOS

Insoléntate aquí ahora, y robando sus atributos a los dioses, aplícalos

a los séres de un día. ¿Quiénes serán los mortales para aliviarte tus

penas siquiera un punto? Con falso nombre te llaman Prometheo los

bienaventurados, pues tú mismo necesitas un Prometheo para saber con

qué traza te desenredarás de este artificio.

~(Vanse CRATOS y BÍA y HEFESTOS.)~

PROMETHEO

¡Oh divino éther, y alígeras auras, y fuentes de los ríos, y perpetua

risa de las marinas ondas; y tierra, madre común, y tú, ojo del sol

omnividente; yo os invoco! Vedme cuál padezco, dios como soy, por obra

de dioses. Contemplad cargado de qué oprobios lucharé por espacio de

años infinito. ¡Tal infame cadena tuvo para mí el nuevo rey de los

felices! ¡Ay! ¡que lamento el mal presente y también el futuro! ¿Cuándo

asomará el término de mis penas? Mas, ¿qué digo? Cuanto ha de suceder,

bien lo sé de antemano: ningún mal inesperado me avendrá. Forzoso me es

llevar mi destino lo mejor que pueda, como quien conoce que el rigor

del hado es invencible. Con todo ello ni puedo hablar de mis desdichas,

ni soy poderoso a callarlas. Sin ventura yo, que dispensando favores a

los mortales, sufro ahora el yugo de este suplicio. Tomé en hueca caña

la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestro de toda industria,

comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de

mis delitos, puesto al raso y en prisiones. ¡Ay de mí! ¿Qué rumor, qué

invisible perfume me envuelve con sus alas? ¿Es divino o mortal, o uno

y otro? ¿Viene a esta postrera roca de espectador de mis males, o qué

quiere en fin? ¡Miradme encadenado, dios infeliz, enemigo de Zeus,

hecho el odio de cuantos pisan su estancia, por mi extremado amor a los

mortales! ¡Ah! ¿Qué ruido de aves oigo otra vez junto a mí? Susurra el

aire con el leve meneo de sus alas. Cuanto se me acerca póneme espanto.

~(Aparecen las OCEÁNIDAS en un carro alado.)~

CORO

Nada temas, que amiga viene a ese risco esta bandada con acelerado

aleteo. A duras penas persuadí el ánimo de padre; mas al fin las

veloces auras me han traído. El eco del golpeado hierro penetró en lo

profundo de mis antros; hízome vencer mi tímida modestia, y sin calzar

corrí a ti en este alado carro.

PROMETHEO

¡Ay! hijas de la fecunda Tethis, hijas del padre Océano, que se

revuelve en torno a la tierra con incansable curso; ved, considerad

qué guardia tan poco envidiable haré en la cima de este precipicio,

aprisionado con tales cadenas.

CORO

Viéndote estoy, Prometheo, y una nube de temerosas lágrimas cubre mis

ojos al contemplar tu cuerpo consumido en esas rocas entre afrentosos

y diamantinos hierros. Nuevos timoneles rigen el Olimpo; Zeus manda a

su gusto con desaforadas leyes; lo que ayer era grande, desaparecido es

hoy de ante nuestra vista.

PROMETHEO

¡Y si me hubiese arrojado en las entrañas de la tierra, en lo profundo

del caliginoso imperio, común hospedaje de los muertos, en el inmenso

Tártaro, después que me aherrojó con estas bárbaras e indisolubles

cadenas! De esa suerte, ni dios, ni otro ninguno de los séres se

recrearía en mis males; pero ahora, ¡desdichado! juguete de los

vientos, soy con mi padecer regocijo de mis enemigos.

CORO

¿Cuál de los dioses será tan fiero de corazón que se recree en estas

lástimas? ¿Quién no se dolerá de tus males, si no es Zeus? Él, que

airado siempre, siempre recio de condición, oprime al celeste linaje,

y que no cederá mientras no sacie su encono, o por ventura alguno con

cualquiera industria no le arranque un poder difícil de arrebatar.

PROMETHEO

Y en verdad que afrentado y todo como estoy con estas viles cadenas

que amarran mis miembros, todavía el rey de los bienaventurados

habrá necesidad de mí, porque le haga parar mientes en una su nueva

resolución que le ha de privar del cetro y sus honores. Y no me

ablandará con encantadas y melosas frases, ni por temor a fieros y

amenazas se lo he de descubrir, en tanto que no me suelte de estos

ásperos hierros, y me dé satisfacción de este ultraje.

CORO

¡Siempre temerario! ¡Ni aun en estos acerbos pesares desmayas un punto!

Pero eres demasiado suelto de lengua. Temo por tu suerte, y penetrante

terror conturba mi ánimo. ¿Cuándo te verás en el puerto tocando al

término de tus desdichas? Que el hijo de Cronos es de natural adusto y

duro de corazón.

PROMETHEO

Sé que es áspero, y que hace ley de su albedrío; mas algún día será

blando de entrañas cuando de esta misma suerte sea tundido por la

desdicha, y entonces bajará su indomable orgullo, y solícito cual yo,

vendrá a mi amistad y concierto.

CORO

Descúbrenoslo todo; cuéntanos en qué delito te cogió Zeus para

castigarte tan afrentosa y cruelmente. Habla, si no ha de apenarte su

relato.

PROMETHEO

Doloroso me es de referir; dolor callar; de cualquier modo desdicha.

Luego que nació el odio en los inmortales, alzóse la discordia entre

ellos. Quiénes querían derribar a Cronos del trono, y que Zeus

reinase; quiénes, al contrario, esforzábanse por que jamás llegase a

imperar sobre los dioses. En este trance, en vano yo con mejor consejo

traté de persuadirlos; no lo conseguí. Despreciando los hijos del cielo

y de la tierra, los Titanes, con altanero ánimo, industria y maña,

jactábanse de alcanzarlo sin fatiga por sólo la fuerza. Pero ya mi

madre Themis, la Tierra, un solo sér con multitud de nombres, habíame

profetizado, y no una vez sola, que no con fuerzas y violencias se

había de alcanzar la victoria, mas con la astucia. Tal les mostré con

razones, y ni aun se dignaron mirarme. En resolución, que puesto en

esto, me pareció lo mejor tomar conmigo a mi madre y acudir de grado

al deseo de Zeus. Gracias a mí, los caliginosos senos del profundo

Tártaro encierran hoy al antiguo Cronos y a sus defensores. Y ahora,

ese tirano de los dioses, favorecido por mí con tales servicios, con

esta fementida paga me corresponde: que es achaque de la tiranía no

fiarse de los amigos. A lo que me demandabais, por qué así me afrenta,

yo os satisfaré. Tan pronto como el nuevo señor se sentó en el paterno

trono, luego repartió entre los dioses a cada cual su merced, y ordenó

el imperio; mas para nada tuvo cuenta con los míseros mortales; antes

bien, imaginaba aniquilarlos y crear una nueva raza. Ninguno le salió

al paso en sus intentos, sino fuí yo. Yo me arresté; yo libré a los

mortales de ser precipitados hechos polvo en el Hades profundo. Por

esto me veo ahora abrumado con tan fieros tormentos, dolorosos de

sufrir, lastimosos de ver. Movíme a piedad de los hombres, y no soy

tenido por digno de ella, mas tratado sin misericordia. ¡Espectáculo

ignominioso para Zeus!

CORO

De férreas entrañas será y hecho de dura roca quien no se ablande con

tus quebrantos. ¡Quién no los hubiese visto, que en el alma me duele

verlos!

PROMETHEO

Cierto que para los amigos debo de estar miserable de ver.

CORO

¿Pero no fuiste más allá con tus propósitos?

PROMETHEO

Por mí han dejado los mortales de mirar con terror a la Muerte.

CORO

¿Y qué remedio encontraste contra ese fiero mal?

PROMETHEO

Hice habitar entre ellos la ciega Esperanza.

CORO

Grande bien es ese que dispensaste a los mortales.

PROMETHEO

Pues sobre esto, además, puse el fuego en sus manos.

CORO

¿Y ahora poseen el esplendente fuego los séres de un día?

PROMETHEO

Por él aprenderán muchas artes.

CORO

¡Y por esos crímenes te trata Zeus tan afrentosamente! ¡y ni aun te

rebaja un punto la pena! Pero ¿no hay señalado término alguno a tu

aflicción?

PROMETHEO

Ningún otro sino cuando a él le parezca.

CORO

¿Y cuándo le parecerá? ¿Cuál es tu esperanza? ¿No ves que has errado?

Mas decir que erraste, a mí no me es grato y a ti ha de dolerte.

Dejémos esto, y busca alguna salida a tus desventuras.

PROMETHEO

Cómodo es a quien tiene el pie fuera de males dar consejos y

advertencias al que los pasa. Todo eso ya lo sabía yo. De voluntad

erré, de voluntad; no lo negaré. Favoreciendo a los mortales me buscaba

trabajos, mas no podía imaginarme que con tal suplicio me había de

consumir en esta altiva roca, teniendo por morada el solitario yermo de

este monte. Pero no lloréis mis males presentes. Echad pie a tierra, y

escuchad las desdichas que me amenazan, porque lo sepáis todo hasta el

fin. Venid, venid en lo que os pido, doleos ahora con quien se duele;

que el infortunio, vagando en torno nuestro, ahora se acerca a uno,

ahora a otro.

CORO

No lo dices a esquivas, Prometheo. Con leve planta dejo el ligero carro

y el éther, pura región de las aves, y desciendo a este escarpado

risco; que deseo oír todas tus cuitas.

~(Aparece el OCÉANO en un carro alado.)~

OCÉANO

A ti vengo, Prometheo, haciendo una larga jornada en este alado

monstruo, que rijo sin otro freno que mi voluntad. Porque ten entendido

que me duelo de tus desgracias. A ello me obliga la sangre; así lo

juzgo; pero, fuera del parentesco, no hay quien tenga en mi amistad

más parte que tú. Ya verás tú cómo es verdad esto que digo, y que no

está en mi genio hablar vano y lisonjero de favores. Conque anda; dime

en qué se te puede favorecer. Jamás podrás decir que hubo para ti un

amigo más firme que el Océano.

PROMETHEO

¡Bah! ¿qué es esto? ¿También tú vienes de espectador de mis males?

¿Cómo te has atrevido a dejar la corriente de tu nombre y tus nativos y

roqueros antros para venir a la tierra madre del hierro? ¿Llegaste a mí

curioso de mi suceso, o compasivo de mis desdichas? ¡Contempla, pues,

un espectáculo! ¡Mira a este amigo de Zeus, que le ayudó a afirmar su

tiranía, de qué rigores se ve oprimido!

OCÉANO

Viéndote estoy, Prometheo, y aunque seas tan avisado, todavía quiero

aconsejarte lo que te estará mejor. Reconócete, y pues que hay nuevo

tirano entre los dioses, muda tú también de procederes. Porque si

así lanzas ásperos y punzantes dicterios, con estar Zeus sentado tan

alto y lejos de ti, pudiera oírte de modo que el rigor del presente

mal le tuvieras por juego. Conque deja esa arrogancia, desdichado,

y aplícate al remedio de tu miseria. Quizá te parezca que esto que

digo son vejeces; pero estos premios vienen, Prometheo, de una lengua

demasiado jactanciosa. Tú no eres nada humilde, ni cedes a los males;

antes quieres sobre los presentes traerte otros. Mas si te aprovechas

de mis lecciones, no obrarás en tu propio mal, considerando que reina

un monarca duro y nada sujeto a dar razón de sus obras. Y ahora parto,

y probaré si puedo librarte de estos males. Tú, aquiétate y no seas

demasiado atrevido de lengua; pues, ¿no sabes, discreto por extremo

como sin disputa eres, que el castigo marca la lengua temeraria?

PROMETHEO

Dígote que eres feliz, porque después de haber osado tomar parte

conmigo en mis penas, aún estás sin que Zeus te culpe. Mas déjalo ya;

no te dé cuidado. En manera alguna le persuadirías; que no es blando

de persuadir. Y tú ándate con tiento, mirando bien no te acarree algún

daño esta jornada.

OCÉANO

Mejor consejero eres de los demás, con mucho, que no de ti propio; con

hechos, no con palabras, lo atestiguo. Pero no me estorbes que corra

solícito. Me precio, me precio, sí, de que Zeus me otorgará la gracia

de alzarte esta pena.

PROMETHEO

Gracias, te lo agradezco, y nunca jamás dejaré de agradecértelo; porque

en verdad que no omites diligencia. Pero no te molestes, pues cuando

quisieras procurar algo por mí, cansaríaste en balde, sin aprovecharme

nada. Conque estate quieto, y hurta el cuerpo al peligro; que, ya que

soy desdichado, no quisiera por ello que a más que a mí alcanzasen mis

desdichas. Cierto que no. Ya me traspasa el infortunio de mi hermano

Atlas, que está a pie firme manteniendo en ambos hombros la columna

del cielo y la tierra, abrumadora pesadumbre. Ya me lastimo viendo

derribado por victoriosa fuerza al terrígena habitador de los cilicios

antros, espantable monstruo de cien cabezas; a Tifón el impetuoso,

que hizo frente a los dioses. Silbaba muerte por sus horrendas fauces,

terrífico fulgor centelleaban sus ojos, como si hubiese de derrocar al

empuje de su brazo la tiranía de Zeus; pero el dardo que jamás duerme,

vino sobre él. Respirando fuego descendió el rayo, y derribóle de

su arrogante jactancia. Herido en las entrañas mismas; abrasado por

la llama; asombrado del trueno, cayó aquel poderoso valor. Y ahora

yace allá, cuerpo inútil, tendido junto a la angostura del mar, y

aprisionado bajo las raíces del Etna, de cuyas altas cumbres, donde

Hefestos forja el hierro candente, romperán un día ríos de fuego que

devoren con fieras mandíbulas los abundosos y dilatados campos de

Sicilia. Tal cólera vomitará Tifón con insaciable e igniespirante

torbellino de ardientes saetas, aún carbonizado por el rayo de Zeus.

Mas a ti no te falta experiencia, ni necesitas de mis lecciones.

Guárdate a ti mismo como sabes, que yo apuraré esta mi suerte hasta

tanto que el ánimo de Zeus no aplaque su cólera.

OCÉANO

¿No conoces, pues, Prometheo, que las razones son médicos del ánimo

enfermo?

PROMETHEO

Si a tiempo se trata de calmar el corazón; no si se quiere reducirle

por fuerza cuando el furor le hincha.

OCÉANO

Pero en intentarlo y procurarlo, ¿qué mal ves tú que haya? Dime.

PROMETHEO

Un trabajo excusado y una vana simplicidad.

OCÉANO

Déjame que enferme de ese achaque; que lo mejor para el sabio es no

parecerlo.

PROMETHEO

Tendríase por mía tu culpa.

OCÉANO

Claro se ve que con esa respuesta me despides.

PROMETHEO

Porque no sea que el dolerte de mí te ponga en enemistad...

OCÉANO

¿Con quién acaba de sentarse en el omnipotente trono, por ventura?

PROMETHEO

Guarda que alguna vez no se irrite su ánimo.

OCÉANO

Maestro es en verdad tu infortunio, Prometheo.

PROMETHEO

Marcha, pues. Tórnate, y mantente en esos pensamientos.

OCÉANO

Lo dices a quien se apresura a ponerlo por obra; que ya este cuadrúpedo

alado se apresta a surcar la dilatada región del éther, querencioso de

echarse a descansar en su establo.

~(Vase.)~

CORO

¡Ay Prometheo, acongójanme tus fieras desdichas! Un raudal de lágrimas

brota de mis piadosos ojos, y baña mis mejillas con sus húmedas

fuentes. ¡Infelices hazañas son éstas! Reinando con sólo la ley de su

albedrío, muestra Zeus su soberbio poder a los antiguos dioses.

Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y

magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas

desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia;

y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva

escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna

Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso

mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las

agudas lanzas.

Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el

tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta

sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso

polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando

unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el

caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas

linfas, lloran su miserable angustia.

PROMETHEO

No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro

en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro

que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas

callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males

de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y

cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino

porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero,

viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de

los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no

confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas

halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas

en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había

para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera,

ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto

que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros.

Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la

composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal

hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que

ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus

cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los

caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más

que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares.

¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro

ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño!

CORO

¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo,

andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no

aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte.

PROMETHEO

Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas

ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio

ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con

la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables

preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades.

Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero

que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y

díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces

salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de

corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos

tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre

sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas

a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y

en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse

a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos,

antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las

preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre,

el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró

antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse

temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los

hombres todas las artes.

CORO

No te cuides ahora de ellos fuera de lugar, y te abandones a ti propio

en el infortunio; que yo tengo buena esperanza de que aún has de ser,

suelto de esas cadenas, no menos poderoso que Zeus.

PROMETHEO

No tiene decretado todavía que eso suceda el Destino que todo lo

consuma, sino que después de abrumado de males y tormentos infinitos,

entonces escaparé de estas prisiones. Y la industria puede mucho menos

que el Hado.

CORO

Pero... y el timón del Hado ¿quién lo rige?

PROMETHEO

La trimorfe Moira y las memoriosas Erinnas.

CORO

¿Y es Zeus menos poderoso que ellas?

PROMETHEO

Cierto que sí. No podría esquivar la fortuna que le está deparada.

CORO

¿Pues qué le espera a Zeus más que reinar por siempre?

PROMETHEO

Eso no podrías tú llegar a saberlo. No me aprietes a instancias.

CORO

Sagrado secreto debe de ser el que ocultas.

PROMETHEO

Hablad de otro asunto. En manera ninguna es tiempo de publicarlo, antes

ha de ocultarse todo lo más posible; que como le guarde, yo escaparé de

estos inmerecidos lazos y miserias.

CORO

Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer

su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme

a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto

a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le

ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no

desfallezca nunca.

Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que

se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado

por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía

fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo

tu natural impulso.

Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un

día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada

flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres?

Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de

Zeus.

Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán

diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor

de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi

hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de

thálamo!

~(Sale IO.)~

IO

¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo

azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito

te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta

sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el

espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a

ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora

mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí

de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y

hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula

deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me

arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija

de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah!

¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese

tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame

bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis

votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener

ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores.

CORO

¿Oyes el clamor de la bicorne virgen?

PROMETHEO

¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la

Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de

Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas.

IO

¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada.

¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas

de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino

azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que

perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada

con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan

cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que

sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo

sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante.

PROMETHEO

Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas,

sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus

ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo.

IO

¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero

Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes?

PROMETHEO

Poco ha que acababa su relación lastimosa.

IO

Así pues, ¿no me concederías a mí también la gracia?...

PROMETHEO

Di cuál es la que pides; que no habrá cosa que yo no te diga.

IO

Dime quién te encadenó a ese risco.

PROMETHEO

El decreto de Zeus y la mano de Hefestos.

IO

Mas ¿por qué delito estás cumpliendo esa pena?

PROMETHEO

Tan sólo con lo que te he indicado te basta.

IO

Muéstrame a lo menos siquiera cuándo llegará el término del errante

correr de ésta sin ventura.

PROMETHEO

Mejor que saberlo te es ignorarlo.

IO

No, no me ocultes lo que aún tengo que padecer.

PROMETHEO

Pero no te envidio el presente.

IO

En fin, ¿por qué tardas en decírmelo todo?

PROMETHEO

No es mala voluntad de mi parte, sino que temo herirte el corazón.

IO

No mires por mí más de lo que yo quisiera.

PROMETHEO

¿Lo quieres? Fuerza será hablar. Escucha, pues.

CORO

Todavía no. Dame a mí también parte en tus mercedes. Sepamos primero

por ésta la historia de sus dolores, sus fieros infortunios. Las

pruebas por que le resta pasar, tú se las revelarás después.

PROMETHEO

A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más

por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras

desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha.

IO

No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis.

Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta

desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la

horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los

sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas

razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez,

cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por

ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres

de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de

los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y

establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales

sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me

determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él

envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por

averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los

enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas

de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y

terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa

y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta

los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el

encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias

vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su

pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder

y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi

frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante

tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas,

y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue,

el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas.

Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo

siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del

furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis

sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas

no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan

aborrecible peste como la compostura de la frase.

CORO

Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis

oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir,

dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y

hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al

considerar tu triste historia.

PROMETHEO

Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta.

CORO

Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano

qué le aguarda que sufrir todavía.

PROMETHEO

Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras.

Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo

demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la

mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria,

y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol

asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus

entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de

certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven

bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca,

enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas

mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro;

húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río

Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de

pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes,

de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus

aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas

de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a

las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún

día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde

avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda

de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te

enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la

misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será

también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso

quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se

llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo

de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual

de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone

a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la

relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio

de tus desventuras.

IO

¡Ay de mí!

PROMETHEO

¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de

tus males?

CORO

¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies?

PROMETHEO

Sí; un mar desencadenado de crueles dolores.

IO

¡A qué es ya vivir! ¿Y al punto no me arrojaré de esta escarpada roca

de modo que me estrelle contra el suelo, y descanse de todas mis penas?

Mejor es morir de una vez que padecer malamente por todos los días de

la vida.

PROMETHEO

Mal podrías tú llevar mis trabajos. ¡A mí el Destino no me deja morir!

Siquiera la muerte sería el fin de mis sufrimientos; mas ahora no hay

término a mis males mientras Zeus no caiga de la tiranía.

IO

¿Pues acaso es posible que Zeus caiga jamás del imperio?

PROMETHEO

Paréceme que te alegrarías de ver ese desastre.

IO

¿Y cómo no, yo que tan miserablemente estoy padeciendo por su causa?

PROMETHEO

Bien puedes tener por cierto que eso ha de suceder.

IO

¿Quién le despojará del tiránico cetro?

PROMETHEO

Él a sí mismo con sus desatentadas resoluciones.

IO

¿Cómo? Explícate si no hay mal en ello.

PROMETHEO

Hará boda tal que algún día le duela.

IO

¿Con diosa o con mortal? Dímelo, si se puede decir.

PROMETHEO

¿Y a qué? No se debe hablar de esto.

IO

¿Será derribado del trono por su esposa?

PROMETHEO

Ella parirá un hijo más fuerte que su padre.

IO

¿Y no habrá para él medio de esquivar este infortunio?

PROMETHEO

Ninguno, a no ser que yo, libre de estas cadenas...

IO

¿Y quién será el que te libre a despecho de Zeus?

PROMETHEO

Uno de tus descendientes. Así está decretado.

IO

¿Qué has dicho? ¿Que un hijo mío te ha de sacar de males?

PROMETHEO

Cierto. Tu tercer descendiente después de otras diez generaciones.

IO

Todavía no está muy fácil de alcanzar tu vaticinio.

PROMETHEO

No busques más ya la averiguación de tus desdichas.

IO

No me niegues ahora el bien, después de habérmele ofrecido.

PROMETHEO

De los dos secretos te revelaré uno u otro.

IO

¿De cuáles dos? Muéstramelos y dame a elegir.

PROMETHEO

Doy. Elige, pues, y te diré o los dolores que aún te esperan, o quién

ha de libertarme.

CORO

Concédenos que obtengamos de ti ambos favores. No desoigas mis ruegos.

Sepa ella por ti el término de su errante carrera; yo el nombre de tu

libertador, que lo ansío.

PROMETHEO

Pues que tanto lo deseáis, no me negaré a deciros nada de lo que

pedís. Primero a ti, Io, te contaré el errante curso de tu agitada

carrera. Grábalo bien en las tablillas de tu memoria. Después que

hayas pasado el río, confín de ambos continentes, hacia las encendidas

puertas orientales por donde el sol asoma, atravesado ya el estrépito

del undimugiente mar, llegarás a los Gorgôneos campos de Cisthene.

Allí habitan las hijas de Forco. De ellas, tres son las antiguas

doncellas de rostro de cisne, con un único ojo y un diente común, a

las cuales jamás visitó el sol con sus rayos ni en la noche la serena

luna. No lejos están las otras tres hermanas, aladas, de cabellera de

serpientes: las Gorgonas, a los humanos aborrecibles. Ningún mortal

en viéndolas podría retener en su pecho el aliento de la vida. Con

esto ya te digo de qué has de guardarte. Mas atiende a otro temeroso

espectáculo. Huye los grifos de corvo pico, mudos canes de Zeus. Huye

también los Arimaspos, guerreros de un solo ojo, incansables jinetes

que pueblan las orillas del aurífero Pinto. No te acerques a ellos.

Llegarás después a la postrera tierra que baña el río Ethíope, cerca

del nacimiento del sol; habitación de un pueblo negro. Sigue serpeando

las riberas del río hasta la catarata donde el Nilo precipita de lo

alto de los montes Biblios la corriente de sus sabrosas y venerandas

aguas. El te encaminará a la tierra triangular que ciñe con sus brazos,

y allí, en fin, tú y tus hijos fundaréis colonia dilatada. Tal es el

decreto del Destino. Ahora, si en esto hay algo de oscuro para ti, y

que no alcances, vuelve a preguntar, y apréndelo bien, que más vagar

tengo que quisiera.

CORO

Si algo te queda o te olvidaste de decir sobre su triste historia,

dilo; mas si lo hablaste todo, concédenos a nuestra vez la merced que

te hemos pedido. Acuérdate de ella.

PROMETHEO

Io ha oído ya el término y remate de su peregrinación; mas porque vea

que no me ha escuchado en vano, yo le diré qué trabajos ha sufrido

antes de llegar aquí, dándole este testimonio de mis palabras. Dejaré

multitud de sucesos, y voy al término mismo de tus errantes aventuras.

Cuando llegaste a los Molossos campos y a la empinada Dodona donde

está la fatídica sede de Zeus Thesprocio, ¡extraño prodigio! por las

agoreras encinas fuiste saludada claro y sin enigmas, como quien había

de ser ínclita esposa de Zeus: si es que hay en esto cosa que pueda

lisonjearte. De allí, picada del tábano, te lanzaste, siguiendo la

costa, hasta el ancho golfo de Rea, de donde retrocediste, siempre

acongojada por tus furiosos saltos. Y sabe que, en la futura edad,

aquel marino seno se llamará mar Jonio para perpetuo monumento de tu

paso. Sírvate esto para que conozcas que ve mi espíritu más que a

primera vista parece. Lo que aún queda, decirlo he por igual a todas

vosotras, volviendo sobre el hilo de mi primer discurso. Hay una ciudad

en la extrema región de Egipto, Canopos, a la boca misma del río,

junto a las arenas que acarrean sus aguas. En ella te volverá Zeus la

razón acariciándote con serena mano; tan sólo con tocarte. Y parirás

al negro Épafo, así dicho del modo de ser engendrado, el cual cogerá

los frutos de cuanta tierra riega el Nilo en su dilatada corriente.

Su quinta generación, femenil linaje de cincuenta doncellas, bien a

su pesar tornará a Argos huyendo de incestuosas bodas con sus primos.

Ellos, abrasados de deseo, como halcones en persecución de palomas,

acosaránlas codiciosos de unas bodas que jamás debieron pretender.

Un dios las defenderá, y la tierra pelasga recibirá los sangrientos

cuerpos de sus perseguidores. Audaz matanza los acechará en la noche

hiriéndolos con femeniles manos. Cada esposa hundirá en la garganta del

esposo agudo hierro de dos filos, y le arrancará la vida ¡Tal venga

Cipris para mis enemigos! Mas el amor ablandará a una de las desposadas

para que no dé muerte a quien comparte su lecho; su resolución

flaqueará, y puesta a escoger, antes querrá ser motejada de cobarde

que no de sanguinaria. De ella nacerá en Argos regia estirpe. Pero

el recorrer por sus puntos estos sucesos largo discurso pediría. Con

todo ello diré que de esta semilla brotará un hombre arrojado, por sus

flechas famoso, que me librará de estos tormentos. Tal es el oráculo

que me reveló la Titánide Themis, mi antigua madre. Cómo y cuándo, eso,

ni podría reducirse a breve espacio, ni tú ganarías con saberlo.

IO

¡Ay! ¡ay de mí, ay de mí! ¡Otra vez el delirio! Insano furor enciende

y enajena mi alma. El tábano me punza con aguijón ardentísimo.

Estremecido de terror el corazón palpita con rudo golpear dentro del

pecho; giran mis ojos en sus órbitas; el furioso viento de la rabia me

arrastra; mi lengua no obedece, y turbado el pensamiento en vano lucha

con las ondas de mi acerbo infortunio.

~(Vase.)~

CORO

¡Qué sabio que era, qué sabio el primero que en su mente pensó, y con

su lengua proclamó, que casarse entre iguales es el mejor partido, y

que quien vive de sus manos no ha de codiciar bodas ni con el regalado

de la fortuna ni con el ensoberbecido de su linaje!

Jamás, jamás, oh Moira, me vea yo en el lecho de Zeus. Jamás me una por

esposa a ninguno de los celestiales. Me estremece ver a la casta virgen

Io tan fieramente atormentada por Hera con las crueles penas de un

correr sin descanso.

Una boda igual nada de temible tiene para mí; no la temo. Pero ¡que

jamás se fije en mí la inevitable mirada de un dios poderoso! ¡Luchar

sin lucha; camino sin salida! No sé qué sería de mí, porque no alcanzo

cómo había de esquivar la resolución de Zeus.

PROMETHEO

Y con todo ello ese Zeus, aun cuando de ánimo tan arrogante, todavía

alguna vez ha de ser humilde. Un hymeneo se dispone a celebrar que

ha de derribarlo del poder, y derrumbar su trono, y desaparecerle de

los que ahora le contemplan. Entonces se cumplirá en sus ápices la

imprecación que lanzó su padre Cronos al caer de su secular imperio.

Y contra este desastre, fuera de mí, ninguno de los dioses podría

mostrarle remedio cierto. Yo lo sé y de qué modo. Asiéntese ahora en

su trono muy sosegado y seguro; confíese en el tronante estampido que

retumba en las alturas; vibre en su diestra el rayo igniespirante; que

todo ello de nada le servirá para no haber de caer con ignominiosa e

irreparable caída. Tal contendiente va a buscarse, invencible monstruo

que encontrará un fuego más poderoso que el rayo, y un estampido que

asorde el trueno, y hará saltar hecha astillas la lanza de Poseidón,

el tridente, azote que alborota el mar y sacude la tierra. Cuando se

estrelle contra su desgracia entonces aprenderá cuánto va de imperar a

ser esclavo.

CORO

Sin duda haces predicciones de tus deseos para con Zeus.

PROMETHEO

Lo que ha de cumplirse, y yo deseo, eso es lo que predigo.

CORO

Y ¿acaso es de esperar que a Zeus le venza alguien?

PROMETHEO

Y aún han de abrumar su cerviz trabajos más pesados que estos míos.

CORO

¿Cómo no temes soltar esas palabras?

PROMETHEO

¿Y qué habrá que haga temer a quien por su sino no puede morir?

CORO

Mas pudiera enviarte Zeus aflicciones más dolorosas que éstas.

PROMETHEO

Hágalo pues. Todo lo espero.

CORO

Sabios los que doblan su rodilla ante Adrastea.

PROMETHEO

Ruega, reverencia, adula siempre al que manda. Para mí Zeus menos que

nada me importa. Haga, mande como quiera en este breve tiempo; que no

imperará mucho sobre los dioses. Mas he aquí a su correo, al ministro

del nuevo tirano. De seguro que viene a anunciarme alguna cosa nueva.

~(Sale HERMES.)~

HERMES

A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas

sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es

a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las

cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo

punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien

ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda.

PROMETHEO

Tragedias · 第 1 / 17 段