Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en
práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría
se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades
que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le
suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un
colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus
ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la
mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la
proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840;
"escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes
ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más
activos de corazón".
La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que
condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino
templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases
más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados
teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la
que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto
posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.
Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de _El Salvador_, por el
barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó
otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del
porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa,
antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al
nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás
jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos
floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes
formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce
artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á
guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas
cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas
cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde
á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente,
y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la
plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en
rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y
anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas
sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable
allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas
solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los
domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.
Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y
clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en
Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran
venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida
para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía,
paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es,
hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas
abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra,
estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no
acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos
de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública.
Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de
progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el
monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los
estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en
cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la
gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien
sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas,
completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los
negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan
insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener
presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece
años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:
Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á
la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un
curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de
física; la geografía y cronología completas; y por último toda la
historia antigua hasta la caída del Imperio romano.
En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo
ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el
colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de
un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se
quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del
bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como
decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había
sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por
satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del
cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de
trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.
En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que
trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso
apostolado.
Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para
cultivar el corazón de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes
á compensar el influjo esterilizante del pernicioso régimen intelectual
impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos
poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el
prestigio de su carácter, su influencia personal, la aureola que á los
ojos de todos, grandes y pequeños, le creaba esa tan feliz combinación
de un saber extraordinario con la más ardiente y previsora caridad. En
el ejercicio del arte de la educación, lo mismo que en todas las
aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las
facultades especiales, decidido á emplearlas sin tasa en su ministerio,
basta á menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para
salvar los inconvenientes de la más escabrosa situación.
Lo verdaderamente admirable en José de la Luz era el conjunto de sus
cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios,
leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria, ó un perfume
que necesariamente se desvanece en sus _Aforismos_, en las áridas
páginas del _Informe_ sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia
privada, si llegara ésta á reunirse y publicarse. Los que tuvieron la
dicha de conocerlo é íntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable
tarea sería pintarlo y explicarlo hoy á los que en Cuba han venido al
mundo después, y con pena se dirán que la hermosa figura ha de ir
menguando y esfumándose en el horizonte de la historia cubana á medida
que van desapareciendo de la escena sus discípulos. Yo debo á la fortuna
el privilegio de haber vivido á su lado los doce años mejores de mi
existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para
mí Luz más que un escritor, que un filósofo, que el jefe de un gran
colegio, fué un prodigio de bondad y abnegación, un ser completo,
seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningún otro he
conocido jamás. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante
intimidad con él, viéndolo en todas las situaciones, en buena salud y
durante penosas enfermedades, en la alegría y en la tristeza, en sus
horas de satisfacción mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en
períodos amargos cuando la ingratitud ó la injusticia disparaban contra
él saetas envenenadas, ó bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de
los varios desastres de su vida doméstica atormentaba su corazón, jamás
sorprendí en aquel noble espíritu un instante de desaliento, un rasgo de
cólera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.
Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad
de la vida de algunos personajes célebres, se han preguntado varios si
no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un
papel distinto, y á ocasiones hasta opuesto al que en la vida real
desempeñaron. Es lo cierto que á menudo así sucede; pero los discípulos
de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios
brotaban los preceptos de la moral más elevada, en cuyo rostro nunca
hubo máscara ninguna, á quien nadie superó en la pureza y austeridad de
sus costumbres.
Pronto se vió que el colegio respondía positivamente á una necesidad en
el país, y fué preciso agrandar el edificio para dar cabida á los
numerosos internos que de toda la isla acudían. La marcha general del
establecimiento quedó regulada desde el primer día conforme á las ideas
particulares del director, y con tanto acierto y seguro resultado que
hasta lo último se respetaron y conservaron sin alteración sustancial.
Lo que había llamado método explicativo fué, por decirlo así, norma de
las clases, no sólo de lectura, donde era una necesidad, sino de toda la
enseñanza del colegio, con objeto de habituar los alumnos á darse cuenta
exacta de lo que aprendían, á no confiar nada á la memoria únicamente y
solicitar explicaciones de todo, tanto mientras duraban las clases como
á otras horas del día, para lo cual estaba siempre el director en la
casa y dispuesto á resolver las dudas y dificultades de todos.
Traspasó al colegio su biblioteca particular muy numerosa y escogida, y
como otra de las reglas generales era exigir de los alumnos, una vez
todas las semanas, composiciones originales y breves en aquellas clases
en que la materia lo consentía, muchos acudían al director en busca de
una indicación como punto de partida, ó de libros donde estudiar más
extensamente el tema de la disertación, y él, amoldándose al grado y
carácter de la inteligencia de cada uno, los ayudaba siempre de algún
modo á salir airosamente del empeño. "El arte de escribir con
perfección debe contarse entre los privilegios del genio", había dicho
en el _Informe_ sobre el _Instituto_; es lo cierto que no se tendía en
el colegio á formar artistas de frases, pero aconsejaba siempre
adiestrarlos todo lo posible, "para hacer perder á los jóvenes aquel
horror por la composición que les hiela la mano, al empuñar la pluma".
En cuanto al régimen interno era la costumbre emplear pocos castigos y
del carácter más anodino posible; mantener la mayor familiaridad entre
alumnos y profesores, nada de ceremonias, ningún uniforme, ningún
besamanos, cuidando siempre de avivar el afecto como más segura vía por
donde ahuyentar el menosprecio. El director era cariñosamente llamado
por todos sin excepción _Don Pepe_, nombre que desde mucho antes se le
daba por todo el país. Aplicóse también desde el principio la regla de
preparar los alumnos de más juicio y mayor edad para maestros,
confiándoles pequeñas clases de menores, formando así con ellos un grupo
intermedio entre el cuerpo de profesores y la masa de los educandos, lo
que ayudaba eficazmente á aunar y solidarizarlo todo.
En los primeros años no vivía Luz en el edificio mismo del colegio, sino
en una casa próxima con su esposa y con su hija; mas antes de salir el
sol estaba siempre presente para recibir los alumnos al bajar de los
dormitorios y reunirlos en una pequeña capilla; ahí, todos de rodillas,
él solo de pie en el centro, recitaba una oración por él mismo
compuesta y que repetían en coro, breve acción de gracias al Señor "por
todos los beneficios dispensados durante el día anterior y
principalmente por la tranquilidad de nuestras conciencias". En ella se
intercalaban otras cosas en días fijos, como el místico soneto atribuído
entonces á Santa Teresa; "No me mueve, mi Dios, para quererte..." que se
decía siempre los viernes así como los sábados la Salve á la Virgen
María. Esta costumbre fué perdiéndose, y á medida que iba Luz por sus
males levantándose menos temprano por la mañana acabó por suprimirse.
Nunca hubo en el colegio profesor ó empleado que fuese tan religioso
como él, jamás autorizó ni con su enseñanza, ni con sus actos la entera
supresión de las prácticas de la Iglesia por sus discípulos, y es un
hecho que los numerosos alumnos del Salvador que salieron de allí tibios
ó indiferentes en materia religiosa no siguieron sus huellas.
Las clases superiores de filosofía, es decir, de lógica, psicología y
moral estuvieron en toda época á su cargo, y cuando allá hacia el fin de
sus días no le era posible desempeñarlas, se suponían siempre en la
lista de profesores como reservadas para él, y confiadas á un interino,
cuyo nombre no se imprimía en el elenco. En sus tiempos de buena salud
daba una clase superior de lengua latina, en la cual se estudiaban
gramatical y literariamente los grandes autores, y para los ejercicios
de versión del castellano al latín traducía él mismo y dictaba trozos
de los diálogos de Luis Vives, comparaba los trabajos con el original
haciendo resaltar la elegante latinidad del famoso valenciano que mucho
admiraba. También tomó para sí al principio la clase de alemán, y por
algún tiempo otra en que, bajo el nombre de religión, explicaba historia
sagrada é interpretaba directamente del texto del Padre Scio capítulos
de la Biblia.
Pero su verdadera cátedra era la que ocupaba una vez por semana, los
sábados, á la hora en que se suspendían los trabajos hasta el lunes
siguiente, y desde ella improvisaba durante veinticinco ó treinta
minutos un sermón laico, tomando por lo general como punto de partida
algunos versículos de los Evangelios, con mayor frecuencia de las
epístolas de San Pablo. Era siempre una sencilla y vigorosa lección de
moral práctica al alcance de todos, pero á veces arrebatado por súbita
inspiración se elevaba agrande altura, irguiéndose lleno de energía,
agitando sus largos brazos con el libro abierto en una mano, alzando la
voz que era de un timbre grave y varonil; y sacudiendo la atmósfera
moral de aquel recinto, de tal manera que hombres y niños, pues muchos
de los empleados se agolpaban á las puertas del salón, creían sentir
pasar sobre sus cabezas algo sobrenatural, algo como una voz potente y
vibrante de profeta anunciando, adivinando un misterioso porvenir.
Mientras vivió el fundador, continuó la casa, como he dicho, bajo su
dirección inmediata: ésta duró unos catorce años, después continuó
abierta cerca de ocho más con José María Zayas, su colaborador, al
frente, hasta zozobrar por último en la tormenta política producida por
la insurrección de 1868. Son las tres fechas capitales de su historia;
la fundación en 1848, la muerte de Luz en 1862 y la supresión en 1869.
Aparte de esto hubo otros graves momentos, otras crisis peligrosas que
amenazaron su existencia.
En 1850 perdió Luz á Luisa, su única hija, de diez y seis años de edad,
cuya inteligencia y cuyo corazón había él educado y cultivado con
amoroso esmero, y cuya sonrisa embellecía su vida de abnegación,
austeridad y sacrificios. Muchos temieron que fuese el golpe demasiado
rudo para aquella organización depauperada por los padecimientos, y en
los primeros días se le vió en efecto, sumido en invencible melancolía;
pero de esta clase de dolores suele la voluntad, á costa de vigoroso
esfuerzo, lograr señorío completo, cuando el paciente sabe imponerse
algún gran deber, ó descubrir algún sendero oculto y escarpado que
recorrer en bien de sus semejantes. Así fué, y pronto reanudó sus tareas
del colegio, volviendo á hacer todo lo que antes hacía, con el mismo
afectuoso interés, sin aludir en ningún caso á la hija perdida, sin
pronunciar una palabra que pudiera autorizar á nadie para dirigirle
frases vulgares de consuelo ó simpatía. Algunas veces el que lo mirase
con atención, cuando escuchaba de pie en el umbral de un cuarto de
clase la lección de un niño ó la explicación de un profesor, podía
adivinar la presencia constante de la imagen adorada, porque algo de
súbito empañaba sus ojos, como si una nube pasara oscureciendo el fulgor
de sus pupilas; pero "el espartano", como él mismo se llamaba, el herido
espartano continuaba siempre dueño de sí mismo, sin ceder á la debilidad
de buscaren lamentos inútiles alivio á su dolor. Todos, como obedeciendo
á una consigna, se abstenían con sumo cuidado de la más leve alusión al
triste suceso. Por esa razón ocho años después, en el discurso con que
terminaban siempre los exámenes de fin de año, y que esa vez compuso y
leyó en su nombre Antonio Angulo, el discípulo querido, causó en todos
la mayor sorpresa oirle decir que por su conexión con el colegio tenía
la dicha de mantener vivos en su corazón los dulces y puros sentimientos
de la paternidad, ventura de que parecía _haberme privado para siempre
un terrible é inescrutable decreto del Eterno_. Fué tan profunda la
emoción entre alumnos, profesores y amigos allí presentes, á causa del
inquebrantable silencio guardado tanto tiempo, que pareció la alusión en
el primer instante un rasgo de excesiva audacia del discípulo, y apenas
osaban volver la vista hacia el maestro, por miedo de ver su rostro
surcado de lágrimas imprudentemente arrancadas en presencia de tan
numeroso público.
En 1852 sobrevino una nueva invasión del mismo morbo asiático, que
arrebató dos años antes á la hija de Luz, penetrando esta vez en el
colegio y llevándose en pocas horas uno de los pupilos. Fué preciso
cerrar la casa temporalmente. Durante esta suspensión estableció José
María Zayas en otro lugar de la ciudad y por su sola cuenta un nuevo
colegio, que denominó _Colegio Cubano_ y puso en duda peligrosa la
reapertura del Salvador, porque la voz pública, sin razón especial, pues
la epidemia había diezmado por igual toda la ciudad, tachaba de
insalubre el barrio del Cerro, y porque gozaba Zayas del prestigio de
haber sido principal colaborador de Luz. Recibió éste el golpe con su
ecuanimidad genial, y sin formular, en voz alta por lo menos, queja
alguna de tan inesperada competencia, abrió las puertas del colegio, una
vez desaparecida la epidemia, y reanudó las tareas, aumentando la carga
sobre sus hombros y encargándose por algún tiempo de nuevas clases,
entre las que resultaban vacantes por la retirada de Zayas, sus dos
distinguidos hermanos, Juan Bruno y Francisco, y algún otro profesor.
Aunque el nuevo colegio de Zayas no debía vivir mucho tiempo, era
evidente que, dados los rumores persistentes sobre la insalubridad del
barrio del Cerro, sería imprudente seguir con el _Salvador_ donde
estaba, luchando sin seguridad de triunfo contra arraigada preocupación.
No quedó por último más recurso que trasladarlo al centro de la ciudad,
y abandonó Luz, bien á su pesar, el viejo edificio, que aun irregular y
agrandado á pedazos, compensaba muchos inconvenientes con sus arbolados
y su frescura.
Los cinco años que permaneció el colegio en el interior de la capital,
en una casa no pequeña pero encajada en un montón de otras y sin la
abundancia de luz y aire á que se estaba acostumbrado, parecieron á
todos largo y penoso cautiverio. En ese período perdió Luz su anciana
madre, á cuyo lado había vuelto en busca de cariñoso abrigo, y determinó
entonces no salir más del establecimiento ni de noche ni de día,
resuelto á no contar con más familia en lo adelante que sus discípulos,
sus hijos espirituales, para usar la frase con que á ellos se refiere en
su testamento.
El cautiverio duró hasta mediar el año de 1859; disipadas las
preocupaciones del público volvió el Salvador al mismo Cerro, aunque no
á casa tan amplia ni á terreno tan vasto como antes. Pero la salud de
Luz decaía visiblemente, el orden interior del establecimiento sufría
por falta de una mano experta que llevase las riendas y evitase al
director descender á multitud de pormenores. Temiendo, pues, que la
acción recrudecida de sus antiguos padecimientos lo debilitase
demasiado, aceptó de los compatriotas distinguidos que lo habían ayudado
pecuniariamente en la traslación al Cerro la proposición de confiar
nuevamente la vicedirección á J. M. Zayas, que con tan buen éxito la
había desempeñado al principio y se manifestaba ahora pronto á
continuarla. Asentir no le costó ningún esfuerzo, porque lo pasado
apenas había dejado vestigios en su memoria, y siempre había apreciado
en Zayas uno de los mejores discípulos del colegio primero que dirigió á
su vuelta de Europa. Causóle en seguida verdadera satisfacción observar
que, en cuanto á carácter, el que volvía á su lado era casi un José
María Zayas distinto del de antes, como domado por la edad, suavizado
por la influencia de la familia, la esposa y los hijos que ahora le
acompañaban.
Desde esa fecha todo siguió su marcha sin otro grave tropiezo: la hábil
organización bastó para resistir los efectos del inmenso vacío que dejó
la desaparición del fundador en 1862, continuando el colegio abierto y
con idéntico crédito hasta la orden gubernativa de la clausura en 1869.
No mucho pudo hacer Luz en él durante sus últimos tres años. Ya no
desempeñaba ninguna clase, accesos frecuentes aumentaban su debilidad y
acercaban el triste desenlace, pero con la fisonomía llena de expresión,
la voz entera y los ojos brillantemente húmedos como siempre, la
delgadez de los miembros y la inclinación de las espaldas revelaban
solas su constante decaimiento. No podía ya escribir, á menudo ni
siquiera leer, mas la curiosidad con que seguía los vaivenes de la
política en el mundo no se extinguía, ni tampoco su interés por cuanto
en ciencias ó en letras se publicaba de notable; varios de sus
discípulos antiguos se encargaban de ir dándole cuenta de lo más
importante, y era un encanto oirlo disertar elocuentemente sobre los
más variados asuntos, juzgar seguramente, por los datos que se le
suministraban, autores y libros, en el lenguaje familiar, expresivo, que
le era habitual y producía tanta impresión.
Recibía siempre las grandes revistas inglesas, se hacía leer sobre todo
la _Westminster Review_, muy atento al movimiento filosófico en la
patria de Locke, siguiendo con intensa curiosidad el desarrollo y final
engrandecimiento de la escuela que parte del ilustre autor del "Ensayo
sobre el entendimiento humano", continúa con Hume, Bentham, Stuart Mill,
y comenzaba en aquellos mismos momentos á descubrir los nuevos y
dilatados horizontes en que debían brillar como astros rutilantes el
libro de Darwin sobre el origen de las especies y la vasta
generalización de Herbert Spencer. No es decir por de contado que
adivinase Luz las grandes y fecundas consecuencias de lo que no hacía
más que apuntarse; ni que las mágicas fórmulas: evolución, selección
natural, supervivencia del mejor, penetrasen en sus oídos revelándole
desde luego el secreto de todo lo que contenían. Era él y lo fué hasta
el fin, sensualista convencido, "positivista" sólo en el sentido en que
puede también decirse de John Locke, aunque la innata tendencia mística
había ido pronunciándose más y más en su espíritu, por la influencia de
las penas físicas, de los infortunios, de la fatiga del que ha luchado
en terreno donde todo le ha sido hostil, hombres, cosas, elementos.
Pero su alma de investigador sincero, de amante fiel y ardoroso de la
verdad filosófica, alimentaba en su pecho eterna simpatía por cuantos
buscaban, cualquiera que fuese el rumbo, la solución de los antiguos y
espinosos problemas, que él también se había planteado y tratado de
resolver con sus propios recursos.
Su adhesión á la escuela experimental era tan firme, tenía raíces tan
hondas que ni siquiera las había sacudido el estudio á que, con
entusiasta curiosidad, se había consagrado de los filósofos alemanes,
leyéndolos asiduamente, meditando largamente sus profundos sistemas,
para lo cual le era de preciosa utilidad el conocimiento perfecto que de
la lengua llegó á poseer, como rara vez lo obtienen extranjeros de raza
latina cuando no han sido educados allí mismo. Ni aun el ilustre Kant,
que tan excepcional posición ocupa en el desarrollo del pensamiento
filosófico moderno, logró conquistarlo enteramente, bien que lo
reconocía en cierto modo como el continuador de Locke[51]. Una de las
veces que lo cita, en el curso de sus polémicas, no olvida añadir: "¡y
cuidado que yo no soy ningún partidario suyo!" En otra ocasión de la
misma controversia sobre el escepticismo había dicho: "Ocioso es
recordar que no pertenezco á la escuela de Schelling"[52].
[51] Obras de don José de la Luz, tomo II, pag. 131.
[52] Ibid. Pág. 124.
Con la mayor atención estudió tanto á Kant y Schelling como á Fichte y á
Hegel; por él tuvo la juventud cubana alguna idea de las originales y
atrevidas teorías de esos sublimes idealistas, pero siempre acompañada
en sus lecciones de todos los correctivos necesarios para evitar el
abismo en que forzosamente caen cuantos, abandonando el camino lento y
seguro de la experiencia, confían orgullosamente á la imaginación la
tarea de descubrir é iluminar con su fumosa antorcha senderos
diferentes.
"Nadie mejor que yo" dijo en otro lugar "podía á mansalva haber recogido
mies abundante de Alemania, y aun haberme dado importancia con
introducir en el país el idealismo de esa nación á quien idolatro; pero
he considerado en conciencia, á pesar de haberme tomado el trabajo de
estudiarlo, que podía más bien dañar que beneficiar á nuestro
suelo"[53].
[53] Luz, Obras. Tomo II, pag. 288. Rodríguez inserta el mismo
párrafo con ligeras diferencias. En ese mismo artículo, de 1º de
Mayo de 1840, refiriéndose á los idealistas alemanes, agrega Luz
estas palabras curiosas: "¡Ojalá que esos hombres extraordinarios,
honra de su país y de su siglo, á quienes sobran conocimientos,
tuvieran todos un poco más de la ingenuidad y candor que no falta á
su inferiorísimo _Filolezes_!"--Filolezes fué el seudónimo usado
por Luz en toda la polémica, así como en el folleto contra las
doctrinas de Victor Cousin.
Incomprensible sería que quien se expresaba de ese modo, en tan reposado
y convencido tono; quien había resistido á la seducción de esos grandes
metafísicos, leídos en su lengua y estudiados en el momento de su
brillante novedad, acabara por dejarse caer en brazos de otro filósofo
alemán de cuantía mucho menor, Krause, en realidad un pigmeo al lado de
Hegel ó de Schelling, creador de un sistema que es una especie de
eclecticismo, pues reúne bajo la enseña de "la armonía" multitud de
cosas diferentes, traídas de aquí y allá, á las que por su cuenta poco
agrega de valor trascendental. Sin embargo, una y otra vez, en Cuba y
fuera de Cuba, se le ha contado entre los seguidores de ese filósofo; un
crítico español contemporáneo, Menéndez y Pelayo, después de leer la
biografía escrita por J. I. Rodríguez afirma que "no yerran los que
quieren emparentarlo con los krausistas y con Sanz del Río"; y el
malogrado Antonio Angulo y Heredia, el discípulo en quien fundó Luz
tantas esperanzas, dijo en una conferencia del Ateneo de Madrid que
había mirado Luz "con singular predilección ese gran sistema de divina
consoladora armonía creado por el inmortal espíritu de Krause"[54].
[54] Goethe y Schiller. Lecciones en el Ateneo de Madrid por D.
_Antonio Angulo y Heredia_. Madrid, 1863.
No hay una línea en los escritos impresos de Luz ni se recuerda frase
alguna de sus discursos improvisados en el colegio, que justifique ni
aun vagamente esa extraña predilección. Angulo mismo en un folleto
publicado posteriormente atenuó mucho la fuerza de sus palabras
agregando que sólo había querido apuntar que tuvieron Luz y Krause
algunas ideas parecidas[55].
[55] El Pensamiento Español y la Instrucción Pública en Cuba.
Madrid, 1863.
En materias puramente literarias no alcanzaba Luz el mismo alto nivel
que en filosofía ó en ciencia pedagógica, como lo revelan el andar lento
y sólido, el estilo sin adornos del Informe sobre educación y la forma
rigurosamente dialéctica de que poco se aparta en las polémicas.
Solamente en los aforismos descubre á veces algún empeño de perfeccionar
y variar su estilo, y ahí mismo en pos del vigor más bien que de la
belleza de la expresión. Por tendencia natural de su espíritu buscaba
antes que todo en las obras de arte el carácter moral, el interés
humanitario, la aplicación práctica, directa, á las necesidades de la
civilización universal; otras manifestaciones de poesía más pura ó más
elevada, ajenas á toda idea de utilidad social lo mismo que á todo
optimismo convencional, despertaban menos su simpatía. Así, por ejemplo,
prefería á Lessing entre los escritores alemanes, no se cansaba de
admirar y recomendar el hermoso poema dramático "Nathan el sabio" como
insuperable dechado de generosidad y nobleza de sentimientos elocuentes.
No es decir que fuese insensible á la gran poesía; en la pared de su
gabinete particular había lugar para un solo cuadro, y lo llenaba un
magnífico retrato del autor de _Fausto_ grabado sobre acero.
A ningún poeta moderno ha dirigido alabanzas tan calurosas y cordiales
como á Alejandro Manzoni, hasta tocar en alguna de ellas el límite
último de la hipérbole. De la oda célebre á la muerte de Napoleón, _Il
Cinque Maggio_, dice que "fué dictada por Dios", que con ella "quedaron
vencidas y superadas todas las inspiraciones"[56]. Estos elogios, que
deben parecer excesivos aun á admiradores de esa magnífica composición,
nacieron de la vivísima simpatía que sintió tanto por el hombre como por
el poeta, "el alma más pura", agrega, "de cuantas han respirado el aire
de las letras en el siglo XIX, una de las más eminentemente religiosas
que en el mundo fueron y más llenas de amor patrio". Encima del artista,
encima del poeta, colocaba al creyente, al patriota, al sincero y
piadoso apologista de la religión cristiana; ensalzaba al católico
entusiasta y convencido, por razones idénticas á las que motivaban sus
aplausos al juicioso y tolerante Lessing.
[56] Obras, tomo I, pag. 93.
Esas frases hiperbólicas son una opinión juvenil, el eco de una primera
impresión, de un primer arranque de admiración. No mucho menor fué entre
otros el efecto de la oda desde el momento de su aparición; pruébalo el
sinnúmero de traducciones que se han hecho, la prontitud con que se
sirvió de ella Lamartine para tomarle lo mejor que hay en una de sus
_Meditaciones_, titulada _Bonaparte_, que con tan robustos versos
parafraseó la Avellaneda. Hoy, sin embargo, sería difícil sostener que
_Il cinque Maggio_, sea la mejor de las siete ú ocho obras maestras que
en el género lírico, incluyendo los tres coros de sus dos dramas, nos ha
dejado Manzoni; éste mismo, según cuenta César Cantú, su biógrafo y
amigo[57], la estimaba en poco, la llamaba jocosamente _quella
corbelleria_, y para explicar los defectos que le reconocía, recordaba
que era la única de sus poesías compuesta en menos de tres días. Otra
oda hay, parecida en el metro y corte de las estrofas, idéntica en
estilo y precisión de lenguaje poético, _La Pentecoste_, escrita un año
después, que con mejor tino crítico ponía Luz en altísimo lugar y
frecuentemente recitaba, en especial la bella imagen de la palabra de
los Apóstoles después de la bajada del Espíritu santo, comparada con la
luz que envuelve los objetos y suscita los diferentes colores, en la
estrofa que sublimemente termina así:
L'Arabo, il Parto, il Siro
In suo sermón l'udi.
[57] Alessandro Manzoni, Reminiscenze di _Cesare Cantù_, Milano,
1855.
Su amor al poeta favorito era tan grande que, á pesar de admirar y leer
mucho á Cervantes, de quien decía que era "el verdadero rey de España",
"el escritor más original que ha existido", ponía inmediatamente al lado
del Don Quijote la preciosa novela _I promessi sposi_, que releía á
pedazos muy á menudo y de la que citaba á cada paso frases y palabras.
_Don Abbondio_, el cura de la pequeña aldea lombarda, era para él, igual
que para Gioberti en su "Ensayo sobre lo bello", un personaje tan
animado, tan magistral y eternamente creado como el Sancho Panza
inmortal del humorista español. Nunca probablemente se detuvo á
considerar que con todas sus innegables excelencias produce en gran
parte el novelista milanés la impresión de haber escrito un libro de
propaganda, medio histórico y medio religioso, no tan interesante como
las buenas novelas de Walter Scott, su verdadero modelo, y de propósito
concebido con el primordial objeto de enaltecer la moral de la iglesia,
ya antes defendida por él con tanto calor como saber en una extensa
refutación de ciertos pasajes de la historia de Italia de Sismondi. Las
figuras trazadas con mayor esmero, Fra Cristoforo, Federigo Borromeo,
las escenas más vívidamente reproducidas, como el bello y largo final en
el lazareto, dejan la obra un poco lejos del arte más desinteresado, más
humano y generoso á que pertenece el Don Quijote. Pero á consideraciones
de este género habría, es muy probable, respondido Luz que no entibiaban
su admiración, pues en su poética no entraba esa distinción para
imponerla á obras de arte y aquilatar sus méritos.
En los últimos años llegó á ser el colegio, en virtud de la creciente
nombradía del director, como un lugar de peregrinación: deseaban con
frecuencia conocerlo algunos de los extranjeros que pasaban durante el
invierno por la ciudad, muchos cubanos de otras partes de la isla venían
á menudo con sus familias, con hijos á veces todavía en la primera
infancia, alumnos futuros, pidiéndole, como Franklin á Voltaire para su
nieto, que posase la mano sobre sus cabezas en señal de bendición.
Entre los extranjeros vino un día la distinguida poetisa Julia Ward,
esposa del célebre filántropo de Boston Samuel Howe, y en la historia de
su viaje impresa poco después en Nueva York habla ella de Luz con tan
fervoroso aprecio como pudiera haberlo hecho el cubano más
reverente[58]. Esa visita dejó en Luz imborrable recuerdo, porque con
Julia Ward tuvo el honor de conocer á un hombre excepcional, Teodoro
Parker, uno de los grandes apóstoles de la abolición de la esclavitud en
los Estados Unidos, quien herido ya de muerte por la enfermedad que
debía arrebatarlo al mundo en el año siguiente de 1860, viajaba en busca
de cielo más propicio que el de la Nueva Inglaterra. El nombre del
ilustre abolicionista sólo en voz muy baja podía ser pronunciado
entonces en Cuba por temor de excitar la cólera fácilmente excitable de
los dueños de esclavos; Luz que con ansia lo aguardaba estrechó con
júbilo la mano del intrépido reformador que, con la palabra, con la
pluma, con esfuerzo personal incesante de más de veinte años, había
logrado despertar la patria de vergonzoso letargo y precipitar la hora
de la justicia y la redención. Cuando los estados esclavistas se
confederaron y declararon la guerra al gobierno de los Estados Unidos en
1861, ya el pobre Parker había expirado en Italia, cuyo clima menos
ardiente que el de Cuba tampoco pudo atajar el mal devorador. Más de una
vez pensaría Luz en el modesto túmulo del cementerio protestante de
Florencia, donde yacía el apóstol, para deplorar que no hubiese vivido
siquiera un año más, que no hubiese visto abrirse la crisis final,
consumación de la obra á que se había consagrado y en que había gastado
todas las potencias de su ser.
[58] A Trip to Cuba by Mrs. _Julia Ward Howe_. New York, 1860.
Luz también debía morir antes de ver definida la marcha de la guerra
civil americana, antes de que el triunfo de la Unión y de la
emancipación de los esclavos apareciese como seguro, cual lo anhelaba y
tal como durante las primeras inciertas y confusas campañas militares
apenas parecía lícito esperarlo. A veces, acongojado por el temor de la
posible separación, buscaba consuelo pensando que siempre quedarían dos
naciones republicanas de vastísima extensión, que por lo menos la
libertad política no sufriría menoscabo esencial y que la redención de
la raza esclava vendría siempre por la acción del tiempo: ilusiones que
se forjaba para atenuar la gravedad del desastre, si lograban vencer los
estados confederados y crear una nación con la esclavitud inscrita por
base del pacto social.
Todas sus simpatías iban hacia el norte de los Estados Unidos, hacia las
ideas y formas de la Nueva Inglaterra, hacia las dos escuelas literarias
que allí florecían en torno de Emerson y de Prescott. Emerson
particularmente era uno de sus autores más amados. La forma sentenciosa,
el idealismo superior, y hasta la osadía aventurada de imágenes en prosa
que distinguen al autor de tantos admirables "ensayos", de los
incomparables retratos ó croquis biográficos titulados "Hombres
representativos", eran cualidades como de propósito reunidas para
entusiasmarlo, pues se conformaban á maravilla con sus ideas, con su
manera de pensar y de escribir. ¡Qué hombre, qué frase, qué imagen!
exclamaba recordando las palabras de Emerson sobre Webster, después de
la capitulación en que el gran tribuno sacrificó en favor de los
adalides esclavistas las opiniones de toda su vida: "Cada gota de la
sangre de sus venas tiene ojos que miran hacia abajo".
Sus opiniones respecto del porvenir político de Cuba nunca variaron;
creía que, mientras existiese en la isla la esclavitud, era locura
pensar que por la fuerza pudiera sacudirse el yugo de España, que las
sangrientas tentativas de lucha por la anexión á los Estados Unidos eran
movimientos meramente superficiales, sin honda correspondencia en el
país, y que el deber de un hombre en su posición era preparar las
nuevas generaciones para las rudas faenas que más adelante forzosamente
vendrían, acostumbrándolas á la tolerancia, á la fe en el esfuerzo
individual, á la laboriosidad paciente, al hábito de manejarse y
gobernarse por sí solos en los negocios ordinarios de la vida,
inspirándoles invencible repugnancia á toda forma de servidumbre,
material, moral ó intelectual. Mientras tanto daba el ejemplo de la
dignidad silenciosa y virilmente resignada, absteniéndose de relaciones
directas con las autoridades superiores de la colonia y respetando
escrupulosamente las leyes y reglamentos. Así, aunque era cierto que
desde las esferas del gobierno no se miraba su colegio con ojos
favorables, nada podían legalmente hacer contra él, pues mostraba en los
exámenes públicos todos los años, siempre presididos por algún
representante oficial, que allí no se enseñaba cosa alguna que tendiese
á subvertir el orden existente. Cuando venían los agentes de policía á
pedir "de orden superior" que el colegio figurase en alguna lista de
suscripción con fines políticos, como la guerra de Marruecos en 1860 ú
otro suceso por el estilo, siempre contribuía, agregando á veces en voz
baja: "doy al César lo que es del César". Sólo en una ocasión resistió
indignado. Tratábase de regalar, por suscripción bautizada de popular,
una espada de honor al general O'Donnell por sus triunfos en esa misma
campaña contra los moros que le valieron el título de duque de Tetuán.
Con la frente roja de emoción respondió Luz al empleado de policía: que
había ya contribuído como era su deber á los gastos de la guerra, pero
que ahora rehusaba, pues se trataba de glorificar á alguien de quien
tenía graves y particulares motivos para sentirse personalmente
agraviado. Aquella alma dulce y blanda, que todo lo condonaba y
olvidaba, no podía perdonar los desafueros inexpiables de O'Donnell en
Cuba, sátrapa feroz entre los feroces.
Discípulos y colaboradores se comunicaban día tras día la pena que les
causaba verlo ir decayendo constantemente, y todos veían ya muy claro
que el noble maestro no llegaría á edad muy avanzada. En los últimos
tiempos no atendía al colegio con la asiduidad y consagración
primitivas; á menudo se sentía incapaz de salir de su aposento, y en
balde lo buscaban sus alumnos para contarle sus cuitas, comunicarle sus
dudas ó pedirle su protección. El cuerpo se rendía, pero la inteligencia
persistía incólume, no desmayaba su actividad y pedía siempre con
interés noticias literarias y políticas. Uno de los profesores le leyó
las líneas elocuentes que sirven de prólogo á _Los Miserables_, cuya
primera parte era lo único llegado á la Habana, mientras él vivía;
conmovido por las frases vigorosas en que anuncia el poeta el propósito
generoso y compasivo de su obra, decía con tristeza que sentiría morirse
antes de ver terminada la publicación. Y así sucedió, la empobrecida
constitución cesó de funcionar, sin enfermedad bien determinada, por
fatiga natural de los órganos, murió tranquilamente el 22 de Junio de
1862, pocos días antes de cumplir sesenta y dos años.
Los funerales tuvieron lugar en la tarde del día siguiente, y no
obstante lo que en contrario se ha escrito[59], es notorio que fueron un
acto de recogimiento silencioso, de tristeza sincera y profunda, sin
mezcla de ningún otro sentimiento. Como en virtud de las leyes severas
que regían no era permitido pronunciar discursos en el cementerio,
solamente en la sala del colegio, antes de sacar en hombros el cadáver,
en presencia de un número reducido de personas, hablaron brevemente
algunos compatriotas distinguidos, en representación de la Universidad,
de la Academia de ciencias, del colegio _El Salvador_, todos en el tono
más grave y solemne, rigurosamente ajustado á la seriedad imponente de
la ocasión. Un gran concurso de gente acompañó después á pie el cadáver
hasta el camposanto, sin que se profiriese un grito ó se hiciese cosa
alguna distinta de lo que se solía en los entierros; la diferencia
únicamente consistió en el número extraordinario de los presentes y en
el no fingido dolor que á todos afectaba[60].
[59] En la Historia de los Heterodoxos españoles por D. _Marcelino
Menéndez_ y _Pelayo_ se dice: "El entierro de Don Pepe (así le
llamaban cariñosamente sus innumerables discípulos) fué una
verdadera algarada contra España, malamente consentida por el
Capitán General y uno de los más temerosos amagos de la
insurrección de 1868." (Tomo III, pag. 716, nota.) Imposible
imaginar nada más contrario á la verdad de lo ocurrido. No hubo en
el entierro ni una palabra, ni un gesto contra España; todos al
contrario estaban ese día agradecidos al gobierno del general
Serrano por los honores dispensados al cadáver.
El cambio de política de Serrano ocurrió algunos días después,
motivado al parecer por una poesía de J. Fornaris, publicada en un
periódico el 29 de Junio, por lo que se suprimió el periódico, se
amonestó al Censor y se tomaron otras medidas coercitivas. La
composición de Fornaris, que puede leerse en la biografía de Luz
por Rodríguez, no justifica tanta cólera.
[60] No me encontraba yo en la Habana, viajaba por Inglaterra en
esos momentos. Al volver, hallé que el maestro me había recordado
en sus últimos días, dejándome una cantidad en su testamento para
que hiciese un viaje por Italia "como complemento de mi educación".
El legado nunca fué por mí reclamado, más que satisfecho con el
honor del recuerdo.
Cuando en la mañana de ese día fatal cundió por la ciudad la noticia de
que había fallecido el sabio y santo "maestro de la juventud cubana",
prodújose emoción tan intensa que á los oídos y la vista de todos, hijos
de Cuba lo mismo que españoles y extranjeros, se reveló cuan inmenso era
el lugar ocupado en el corazón del país por el débil y modesto anciano
que en ese momento desaparecía, tocando apenas los umbrales de la
ancianidad, después de haber vivido sin más hogar ni más familia que el
grupo de alumnos y profesores de un instituto privado de educación, casi
del todo sin necesidades, como un anacoreta, más estrictamente que
ninguno sometido á las reglas austeras de la casa, durmiendo en un catre
abierto todas la noches, entre dos estantes, en un rincón del aposento
donde se apiñaban los volúmenes de su rica biblioteca.
Para algunos de los jefes superiores de la administración de la isla,
empleados venidos de España á formar la burocracia militar y civil que
la regía, y que frecuentemente se sucedían unos á otros traídos ó
llevados por los vaivenes de la política, fué signo ominoso aquel duelo
universal, causado por la muerte de un hombre sin carácter oficial.
Vieron con no disfrazada hostilidad que el Capitán general de la
colonia, Don Francisco Serrano, futuro duque de la Torre, en quien
residían las facultades de omnímodo dictador, que delegaba la metrópoli
á sus procónsules de América, influído por algunos hijos del país entre
sus amigos particulares, había dispuesto que el gobierno se asociase al
sentimiento unánime del país, reconociendo los méritos eminentes del
difunto educador por medio de ciertos honores, como invitar al entierro
varias corporaciones oficiales, y cerrar durante tres días los
Institutos de educación. Alarmados con tan desusado proceder, pidieron
al voluble Capitán general que resarciese al menos el daño ya causado,
ordenando que en el acto cesase toda manifestación pública en memoria de
Luz, que volviese el país á su quietud y silencio habituales, y ni se
pusiesen en letra de molde ni se pronunciasen públicamente las sílabas
de su nombre y apellido. La orden era susceptible de inmediata y
completa ejecución, merced al régimen de censura previa é irresponsable
á que estaba allí sometida la imprenta; y desde aquel mismo momento el
que hubiese juzgado solamente por apariencias podía haber pensado con
asombro que el eterno olvido envolvía ya en su propia patria la memoria
del hombre eminente, que había consagrado su fortuna, su posición
independiente, su saber, su prestigio como el primer literato del país,
á la tarea oscura de educar niños, de templarles el alma, como decía,
para sostener la ardua lucha de la vida.
Unicamente dentro del recinto del hogar doméstico, era lícito recordarlo
y encomiarlo sin provocar las iras de la autoridad. Por fortuna
continuaba siempre abierto el Colegio, sus lecciones se conservaban
escrupulosamente por un grupo de discípulos fieles, y todos los años, en
una noche del mes de Diciembre, al terminar los exámenes generales que
el instituto celebraba para satisfacción de las familias, era costumbre
que el director y algunos de los profesores evocasen, en discursos
esmeradamente preparados, la memoria del gran educador, cuya gloria,
inmarcesible en aquella casa, era el lazo que á todos estrechaba. Esos
discursos, reverentes y cariñosos, animados por honda, intensa gratitud,
escuchados con ávido interés, con fe vivísima, producían, en virtud del
entusiasmo con que eran acogidos, efecto mucho más grande de lo que
podían imaginar los mismos oradores, y á veces á más de uno pareció que
la sombra querida del maestro surgía inopinadamente, y pasando al
través de la puerta de cristales de la biblioteca misma en que había
estado expuesto su cadáver, venía á colocarse en el centro del grupo
compacto de sus discípulos, tomaba la palabra, como en tantas ocasiones
idénticas, y pronunciaba una de aquellas oraciones admirables, que aun
los más jóvenes alumnos entendían, gracias á la exquisita naturalidad de
su lenguaje sin aliño, y que hacía vibrar al unísono todos los
corazones, arrebatados por el raudal de amorosos sentimientos en medio
del cual brotaban sus frases apasionadas.
Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los años,
en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba á unos cuantos
centenares de cubanos, transformaba, por así decirlo, la fiesta privada
en ceremonia patriótica de importancia trascendental; convertía la
tranquila casa de educación en templo solitario donde, siquiera una vez,
de año en año, se rendía homenaje á la virtud desinteresada, á la
verdad, á la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde
se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de
aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la
úlcera de la esclavitud doméstica, humillada por la férrea mano que la
doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada más
que murmurada, en un rincón de la ciudad, por unas cuantas familias y
unos pocos fieles discípulos, tenía que llegar á los oídos de la
autoridad como un desacato, é influyó sin duda en el Gobierno, cuando
en 1869 suspendió al colegio la autorización de la enseñanza secundaria,
para forzarlo á cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.
Mas ya en esa fecha las cosas habían sufrido en la isla cambio profundo.
El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se había
extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa
perturbación subterránea, pues el gobierno ocultaba ó alteraba las
noticias. Cuando con certeza se supo que la insurrección propagada por
todo el Camagüey corría hacia las Villas, varios de los profesores
abandonaron la capital para incorporarse á las filas revolucionarias,
otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera,
puede decirse que el decreto hostil no hizo más que apresurar el
inevitable desenlace.
Horas amarguísimas habría tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en
suerte la misma cifra de años que á otros compañeros de su juventud,
hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se
disiparía el hermoso sueño de gloria y de fortuna que había imaginado
para todos y cada uno de sus discípulos. Para él la muerte temprana fué
también, como para Agrícola, según las palabras de Tácito, favor que lo
libró de mayor desgracia: _ita festinatæ mortis grande solatium_.
De esa manera evitó al menos, ser testigo de la dispersión y clausura
del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de
crueldades de las contiendas civiles; el país aterrado; las nuevas de
tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas
asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis
Ayestarán, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer año de
medicina, otros muchos, bárbaramente condenados y sacrificados. La
muerte fué esta vez también consuelo piadoso de la fortuna.