IV

Designó Luz en su testamento las personas á quienes debían ser

entregados sus manuscritos, para que hiciesen, con ellos y los demás de

sus trabajos sueltos y ya impresos que considerasen merecedores de ser

salvados del olvido, una edición de sus escritos, si la juzgaban

oportuna ó útil. Fueron: en primer lugar José María Zayas, su ya

mencionado continuador en el manejo del colegio, abogado, literato y muy

distinguido profesor de humanidades; en segundo lugar, Antonio Bachiller

y Morales, el eminente erudito y americanista, advirtiéndoles que podían

servirse de los auxilios de sus discípulos José Bruzón y Jesús B.

Gálvez. Los papeles nunca llegaron á manos de Bachiller, no salieron de

poder de Zayas, y éste murió algún tiempo después sin haber emprendido

la tarea. Uno de sus hijos comenzó la publicación en 1890, titulándola

así: Obras de don José de la Luz Caballero coleccionadas y publicadas

por Alfredo Zayas y Alfonso; aparecía por entregas y desgraciadamente

quedó interrumpida hacia la mitad del tomo segundo[61].

[61] Merece todo aplauso el editor, por el acometimiento de la

empresa y muy de desear es que pudiera llevarla á término, aunque

la corrección del texto ha sido muy descuidada y las erratas

numerosas. Sobran notas por innecesarias, pues lectores capaces de

seguir con interés artículos sobre filosofía no han menester que se

les diga por el editor quienes fueron Feuerbach, ó Laplace ó

Gioberti; y faltan otras, pues no se nos dice quienes fueron los

que con Luz contendieron en las polémicas firmando; _El Adicto_,

_El Ecléctico_, etc.

Choca bastante la sección inicial: "Varias opiniones acerca de don

José de la Luz". Las dos primeras citas, sobre todo la segunda,

parecerían una burla insertadas en otra parte y por otra persona;

mientras que algunas otras hostiles, tomadas de periódicos poco

serios ó de escritores políticos, disuenan y causan desagradable

impresión.

Además ¿qué puede hoy á nadie importar que la condesa de Merlín

haya dicho que Luz era "un químico de primer orden"? La condesa fué

una brillante mujer de sociedad y amena autora de memorias, pero su

voto en materias científicas pesa muy poco. Luz no fué químico de

primero ni de segundo orden: conocía el mecanismo de la ciencia y

podía enseñar sus elementos: nunca pretendió otra cosa.

Durante su primer viaje á Europa hizo Luz imprimir en París el año de

1830 una traducción del _Viaje por Egipto y Siria_, de Volney, que salió

de casa de Didot en dos hermosos volúmenes en cuarto. Luz no dió su

nombre, la portada dice: "obra escrita en francés por C. F. Volney, y

traducida al castellano con notas y adiciones por un habanero". Conforme

advierte en el prólogo, tenía comenzado ese trabajo desde 1821, y en

París lo completó, agregándole notas y apéndices curiosos é

interesantes. Haberse dedicado desde muy joven á trabajo de esa especie

y rematarlo tan cumplidamente en medio de las distracciones de su

excursión, da buena idea de la temprana gravedad y constancia de su

carácter. El _Viaje_ es en concepto universal lo mejor que escribió

Volney, en un tiempo tan famoso como autor de _Las Ruinas de Palmira_;

nada tiene de lo mucho de exagerado y declamatorio que con razón se

tilda en esta última obra, es una descripción tan minuciosa como exacta

y erudita de las dos regiones, escrita en un estilo sobrio y hasta seco.

La traducción es excelente, modelo de elegante fidelidad. Las adiciones,

de la más sólida erudición.

Entre los escritos originales de Luz, tanto impresos como inéditos al

tiempo de su fallecimiento, descuellan dignos realmente de interés los

siguientes: 1° Los _Aforismos_ sobre diversas materias, en número de más

de trescientos: 2° La _Oración fúnebre_ en elogio de Nicolás Escovedo,

llena de unción, de elocuencia y de ternura, lo mejor como obra de arte

de todo lo que escribió, aunque no sea el arte sino emoción pura y

sincera lo que en ella predomina: y 3° á despecho de su carácter

técnico, el extenso trabajo sobre la creación del Instituto Cubano,

proyecto muy completo, estudiado hasta en sus mínimos detalles, en

algunas cosas semejante al que realizó en su provincia natal Jovellanos,

"el genio y perseverancia de nuestro inmortal Jovellanos", como dice;

pero acomodado con suma habilidad y juicio á las circunstancias

especiales de la isla en 1833, cuando los pocos estudios que había en

toda ella organizados languidecían, sometidos al clero regular ó

secular, y era forzoso no ir en son de guerra contra la poderosa

organización.

Consta este Informe de dos partes[62] que abrazan: las enseñanzas, los

medios de establecerlas y aprovecharlas, reglamentos, cuestiones

prácticas; ambas secciones precedidas de una disertación general,

escrita con claridad y vigor, en que plantea y resuelve rápidamente, con

gran precisión, algunos espinosos é interesantes problemas de pedagogía.

Esta introducción recuerda, sin serle inferior, el tratado que con el

título de "Ideas respecto á educación" _Some thoughts concerning

education_, escribió Locke; mas si en esta materia, lo mismo que en las

demás disquisiciones filosóficas de Luz, es evidente, reconocida y

confesada la influencia del célebre pensador inglés, obsérvase siempre,

tanto en el plan y pormenores como en los consejos que dirige á los

maestros, (no desaprovechando ocasión de agrandar las cuestiones de

educación, y de elevarse al más alto punto de vista para mirarlas por

todas sus fases) que no trabaja el filósofo cubano para la aristocrática

Inglaterra del siglo XVIII, como Locke; que no olvida un instante que en

aquella especialísima sociedad cubana, con los negros (esclavos

entonces en su inmensa mayoría) constituyendo las capas más bajas, y con

la burocracia militar española en la cúspide, no podía existir ni sombra

de aristocracia, pues los pocos "títulos de Castilla" que se oían

pregonar, eran un vano y hasta humillante oropel; la masa de los

habitantes de raza blanca formaba, por tanto, en cuanto á las relaciones

sociales de la vida, una verdadera democracia, aunque en lo político por

de contado sin fuerza ó autoridad de ninguna especie. La ambición

pedagógica de Luz seguía, por consiguiente, rumbo muy diverso del de

Locke; de acuerdo con la fecunda transformación inspirada por el

_Emilio_ de Rousseau, que tan felizmente aplicaron y agrandaron Basedow,

Pestalozzi y demás continuadores, tendía á formar no grandes señores ni

atildados académicos, sino hombres de acción enérgicos, preparados á

bastarse por sí solos; así lo declara explícitamente: "hombres más bien

que académicos es lo que trata de formar el Instituto Cubano"; y en otro

lugar, fija siempre la vista en las necesidades peculiares de la patria,

agrega que sólo con ese sistema podrían llegarse á "curar algunas

dolencias morales que le aquejan"; es decir, aunque por prudencia no lo

advierta, la esclavitud y su secuela de males infinitos.

[62] "Informe presentado á la Real Junta de Fomento, de Agricultura

y Comercio de esta isla en sesión de 11 de Diciembre de 1833, en el

expediente sobre traslación, reforma y ampliación de la Escuela

Náutica establecida en el pueblo de Regla, refundiéndola en un

Instituto científico con arreglo á las necesidades del país. Por la

diputación inspectora del mismo establecimiento. Imprímese por

acuerdo de la misma Junta". Habana, 1834.

Lo demás que nos ha quedado de Luz, compuesto en su mayor parte de

artículos de polémica sobre cuestiones filosóficas, improvisados en

pocas horas las más de las veces para salir en papeles diarios,

conserva menos valor; la "Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin"

combate el análisis amañado y hostil que hizo este profesor francés del

Ensayo de Locke sobre el entendimiento humano; es un simple

fragmento,[63] en extremo minucioso, que no concluye nada, y cuyo

propósito real está mejor, más clara y vigorosamente presentado, en

forma aforística, en dos elencos anteriores, que contienen las materias

filosóficas sobre que debían ser examinados sus discípulos en 1839 y

1840.

[63] Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin. Primera parte.

Imprenta del Gobierno. Habana, 1840.--Son pliegos sueltos que

terminan bruscamente en la página 144.

Propendió siempre el talento de Luz á expresarse en forma sentenciosa; y

en numerosos aforismos, escritos á veces en tiras sueltas de papel, en

viejos sobres de cartas, en el margen de sus libros, depositó su

profunda sabiduría, su larga experiencia, la tristeza que le producía el

convencimiento de la inutilidad de sus esfuerzos en aquella colonia

esclavizada, y también algún hondo y secreto dolor de su corazón. "Hay

pensamientos (dijo en uno de ellos, fechado: 1847) que al surgir son

como raíces maestras que se quieren llevar todo el terreno", frase

desgarradora que descubre al hombre detrás del pensador, que vívidamente

trae á la memoria el recuerdo de aquel grave y melancólico rostro,

abstraído ó atormentado en una de sus horas de fatiga.

Es esencia de todo aforismo comprimir en una frase ó párrafo breve una

suma de pensamientos ó de observaciones; como ha dicho un escritor

inglés,[64] es lo contrario de una disertación ó de una declamación;

nunca debe ser enigmático ni vulgar, no caer en el "truísmo" ni en el

acertijo. Todas las literaturas ofrecen numerosos ejemplos, desde el

libro apócrifo de la Sabiduría, atribuído á Salomón hasta muchos otros

en nuestros días, y los aforismos de Luz reúnen á veces muy felizmente

todos los caracteres enumerados en esa excelente definición.

[64] _John Morley_, Aphorisms. An address. London, 1887.

Algunos, brevísimos, abren con una sola línea vasto horizonte, como éste

que, semejando á primera vista simple juego de palabras, sugiere todos

los horrores de la trata de África, tal como en Cuba impunemente se

practicaba:

"En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro".

Otras veces, extendiéndose un poco más, encierra en unos cuantos

renglones una profunda observación histórica, condensa toda la conducta

de España hacia sus colonias de América durante siglos en cuatro breves

sentencias, estrechamente ligadas entre sí, como eslabones de una

cadena:

"Al fundar una nueva familia, para animarla y fomentarla es preciso

concentrar en ella todo nuestro calor vital.

"¿Por qué las madres-patrias han sido una excepción á esta ley?

"Decir que porque han sido madrastras más que madres es una petición de

principio, como dirían los escolásticos.

"La razón verdadera es que las colonias no tuvieron su origen en el amor

sino en el interés. Las metrópolis, señoras y no madres".

Este otro admirable apotegma es como trasunto de la existencia toda del

hombre lleno de bondad inagotable que lo trazó:

"Toca á algunos atesorar virtudes para distribuir consuelos."

Entra también en la naturaleza del aforismo, y lo advierte el mismo

eminente publicista ya citado, que la idea más trillada sea á veces

susceptible de encerrar tanta fuerza como si se acabara de descubrir,

cuando se presenta de una manera original, aguda, exenta de trivialidad.

A esa categoría corresponden los siguientes que á granel inserto aquí:

"La buena y la mala fortuna, los dos escultores de la naturaleza para el

pulimento de la materia humana."

"Esperar que las aguas del interés dejen de seguir su natural cauce

suele ser la ilusión de los buenos y los patriotas. Mas para mejorar el

mundo se necesitan esas ilusiones."

"La infancia gusta de oir la historia, la juventud de hacerla, la vejez

de contarla."

"Existen almas generosas que quieren las alas no tanto para volar con

ellas como para cubrir á los demás."

"Piedra filosofal que convierte en oro todas las escorias, una mujer

amante."

Era tanto esa forma la vestidura natural de sus ideas, que casi siempre

sus arengas de fin de año en el colegio, muy á menudo sus pláticas

semanales, empezaban y acababan con aforismos. "Sembremos fe y brotarán

á raudales la esperanza y la caridad," fué el principio de una de ellas,

mientras otra, en que había aludido á los triunfos de Napoleón III,

vacilante á veces sobre su trono á causa de las antinomias de su

política, del terrible pecado original de que nunca pudo librarse,

concluía de esta manera: "Antes quisiera yo que se desplomasen, no digo

tronos de emperadores, los astros mismos del firmamento, que ver caer

del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo

moral".

En el mismo tono, no ya solemne, antes bien humilde, pero igualmente

breve y expresivo, se le oía, pocos días antes de morir, cuando fijando

sus ojos de águila mortalmente herida en el pariente que le sugería,

según la frase vulgar, la oportunidad de ponerse bien con Dios,

replicaba: "Siempre, durante toda mi vida, hijo mío, he estado bien con

Dios". Y acaso nunca se habrá pronunciado con más sincero fervor el

nombre de la Divinidad; de la Divinidad comprendida en su más amplio

sentido, sin sombra de fanatismo ni de hipocresía, como tampoco de

estrechez dogmática, por un hombre puro, que sin esfuerzo, cediendo al

rumbo natural de su inteligencia, al impulso poderoso de su carácter, de

su temperamento, había logrado conciliar dentro de su conciencia las

doctrinas de austera filosofía científica, fundada en la experiencia,

con la fe más robusta en los auxilios de una religión consoladora. La

fe, la mística confianza en un poder sobrenatural, era la atmósfera en

que vivía, en que se ensanchaba su corazón atribulado, y sin vacilar lo

proclamaba: "El misticismo es el refugio de las almas puras contra esta

podredumbre que llamamos mundo", escribía en 1852; y en 1856, como

sintiéndose más firme, más seguro, agregaba: "La filosofía es el

misticismo de las almas fuertes". Pocos quizás habrán desplegado

fortaleza mayor, confianza más plena y reflexiva en la divinidad así

considerada, sin caer en el quietismo, ni en la indiferencia por los

detalles de la vida cotidiana, sin abandonar uno solo de los deberes

prácticos que su posición demandaba, y que tan abnegadamente desempeñó.

Haber logrado conciliar dos tendencias intelectuales, tan distintas no

es caso en extremo raro, y en todo el siglo XVIII, lo mismo que á los

principios del XIX, no faltaron espíritus sagaces que, partiendo del

empirismo fecundo de la escuela analítica creada en Inglaterra por

Locke, y manteniéndose dentro de los límites de la experiencia,

guardaban fe profunda en el Supremo Hacedor, y creían, como lo expresó

Luz en el lenguaje figurado, á veces pomposo y en él tan natural que

"las ciencias eran los ríos que nos llevan al mar insondable de la

Divinidad."

Pero su misticismo conserva bien el sello de su generosa personalidad;

sobrepone siempre la caridad á la fe y aun á la esperanza; no es, como

felizmente se ha dicho[65], de los que por conducir á Dios apartan de la

humanidad; es, por el contrario, de aquellos que cifran su anhelo en

acelerar el progreso de la civilización, por medio de la difusión de las

luces y el mejoramiento de la vida social.

[65] _J. M. Guardia_, Revue Philosophique, Paris. Février 1892.

Ni el dogma, ni el misterio indescifrable le importan tanto como la

función social y el interés de la especie humana. "La religión,"

predicaba, "es una potencia armonizadora, consuelo de los desgraciados y

freno de los favorecidos de la fortuna: _sperate miseri, cavete

felices_". Este pensamiento bajo diversas formas aparece en varios de

sus escritos.

Con ardor igual pregonaba y defendía sus opiniones filosóficas, y en la

reñida polémica que sostuvo con los partidarios habaneros de las

doctrinas de Victor Cousin, desplegó la más impetuosa energía,

arrollando y desbaratando al adversario, aunque sin apelar por supuesto

en ocasión alguna al denuesto ó á la injuria, bien que contra él no hubo

empacho de esgrimir esas armas.

Esas opiniones, que cauta y reflexivamente abrazó después de largas

meditaciones y estudio detenido de las obras originales de los filósofos

más eminentes, son en su esencia las doctrinas de John Locke, creador de

la metafísica moderna, como dijo D'Alembert; pertenece, pues, Luz á la

gran escuela cuyo método es proceder siempre por medio de la observación

directa, para edificar únicamente sobre la base de la experiencia.

Siguiendo por donde navegaron tanto Locke mismo como sus continuadores

franceses é ingleses del siglo XVIII, sabe no sólo evitar muchos de los

escollos y las falsas corrientes que alargaron innecesariamente el

viaje, sino que se guarda bien de quedarse inmóvil, estacionado en las

aguas á que los otros llegaron. Utilizando los progresos de la

investigación científica en todas direcciones, va intrépidamente más

lejos, é indica á sus alumnos cuanto había que aprender por medio de la

fisiología del cerebro, tanto en el hombre como en la serie de los

animales, avanzándose hasta afirmar que el sistema de las localizaciones

cerebrales era "la tendencia irresistible de todo el andar de la

ciencia", y que "la patología es ahí la experimentadora, el instrumento

de la fisiología".

Respecto de las cuestiones religiosas se hallaba probablemente muy de

acuerdo en el fondo con lo que expuso Locke sobre "la infalibilidad de

las Escrituras y la racionalidad del cristianismo"; pero ya en ese

mundo, ya dentro de esa atmósfera, su sangre latina, su temperamento

meridional, desarrollaron un fervor de convicción, un acento apasionado

de que no hay rastro en las producciones del escritor inglés, y que

sirvieron para dar salida al tropel de sentimientos de amor y caridad

anidados en su pecho, conciliando la ternura con el misticismo.

Es sabido que fué el eclecticismo la última, la más abigarrada, aunque

la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción

europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII; debió la

mayor parte de su éxito y predominio temporal al carácter literario y

erudito que desde luego asumió, bajo la dirección de Victor Cousin, el

cual fué filólogo, anticuario, bibliófilo, literato, orador académico,

jefe de secta, todo menos pensador original ó investigador desinteresado

de verdades filosóficas. Los desequilibrios de la política francesa y el

régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se

estableció al impulso de la insurrección popular de 1830, convirtieron á

Cousin en una especie de pontífice puesto á la cabeza de la instrucción

pública del país; y á la filosofía que había enseñado desde su cátedra

de profesor de la Sorbonne en doctrina oficial, transmitida por la

falanje disciplinada de maestros, que ocupaban todos los empleos en

escuelas, liceos y universidades. La novísima filosofía, cómoda,

especiosa, albergaba y acariciaba en su seno las cosas más heterogéneas,

aliando la claridad y simetría oratoria de la literatura clásica

francesa al idealismo relativo de la filosofía escocesa, á la crítica de

Kant, al idealismo absoluto de Hegel, amén de otros ingredientes, sin

olvidar los precursores y antepasados que contó Hegel muchos siglos

antes en Alejandría. Había hallado pronto en la Habana excelente

acogida, lo mismo que en casi todas las naciones latinas de Europa y

América. El carácter de disciplina oficial, que tan impregnado traía

desde Francia, le sirvió desde luego de pasaporte, y es lo cierto que al

reformarse en la isla de Cuba los estudios universitarios se sentaron

como catedráticos de la Facultad de Filosofía, por nombramiento del

gobierno, sin preceder concurso ni oposición, cuantos en la ruidosa

polémica con Luz habían combatido del lado del eclecticismo, quedando de

ese modo determinado el sistema filosófico que allí debía enseñarse,

bajo los auspicios de las autoridades, que en otras cosas eran, sin

embargo, opuestas á toda innovación.

Todo era á Luz antipático en la nueva filosofía: la forma y el fondo, el

método y las ideas, el abuso de la retórica y el vago idealismo. Su

constante anhelo de inculcar á la juventud otra clase de principios lo

decidió á combatirla con todas sus fuerzas, aceptando la discusión

pública como un deber ineludible, y emprendiendo, casi enteramente

solo, una cruzada contra lo que juzgaba pernicioso charlatanismo. La

campaña en definitiva fracasó; no pudo él prever ni la coalición de los

intereses particulares, más poderosa que el amor de la verdad, y que

contra él logró congregar toda una hueste en torno de los hermanos

González del Valle, principales campeones eclécticos; ni la suspicacia

de un gobierno despótico, que miraba con mal encubierto recelo toda

discusión sobre cuestiones abstractas, y que nunca había contado á Luz

entre sus paniaguados; ni por último la fatiga física que la lucha

violenta tenía que producir en organización tan nerviosa é impresionable

como la suya, y que ya entonces presentaba signos de prematuro

decaimiento.

Quedó, pues, la tarea incompleta, la polémica súbitamente interrumpida;

suspendida también después, á la segunda entrega, una _Refutación_ en

que destruía uno á uno los cargos de Cousin contra Locke. Todo ello

difícilmente pudiera hoy interesar á los lectores. El largo medio siglo

transcurrido y los progresos de las ciencias encaminadas por otros

rumbos han minado para todo tiempo construcciones tan artificiales,

caprichosas y endebles como el espiritualismo ecléctico de Cousin. De

Cousin mismo como filósofo muy pocos se acuerdan ya en su propia patria;

apenas se oye pronunciar su nombre, ni aún en la famosa _Sorbonne_,

donde tronó y fulminó como el Júpiter omnipotente de la filosofía; se

han alterado en puntos esenciales sus doctrinas, descartando de ellas lo

que él más apreciaba, y haciendo imperar casi exclusivamente el

criticismo kantiano; y ni siquiera se usan ya los textos que, por orden

suya y bajo su inspiración, escribieron sus discípulos.

Siempre será de lamentarse la parte de Luz en esa polémica, porque en

ella consumió sus fuerzas inútilmente, y se condenó á no hacer otra cosa

en el período mejor de su vida, en el único en que corrieron parejas la

salud del cuerpo y la madurez de sus facultades. Fué provocado y, en su

carácter de profesor libre de filosofía, no podía declinar el reto y

rehuir la lucha; pero si no hubiese malgastado su tiempo de esa suerte,

habría quizás podido presentar al público sus doctrinas en "una obra

propiamente sintética," como se proponía y lo anunció al principio de la

_Impugnación_; sabríamos entonces con precisión hasta donde seguía la

metafísica de Locke, y desde donde se apartaba de ella para armonizarla

con los adelantos de las ciencias positivas, y habría en la bibliografía

cubana un libro más, de alto valer, suficiente él solo para demostrar

que, á pesar de sus infortunios y mísera situación política, se

cultivaban y ricamente prosperaban en Cuba estudios que en otras

regiones del continente estaban en la infancia todavía.

Hombres y glorias de América · 第 21 / 44 题