En el año último del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, nació José
Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya
entonces daba nombre á la calle donde estaba. La calle se llama siempre
de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostería, que ocupa toda la
manzana de casas é incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en
aquella época el más importante de la ciudad, derribado por el ciclón
terrible de 1846. Fué su madre doña Manuela Caballero, mujer de grandes
virtudes, cuya memoria quedó indeleblemente impresa en su alma desde muy
temprano como insuperable modelo de la práctica constante y austera del
deber más estricto, y de ella probablemente heredó la lucidez de la
inteligencia y el puro vigor de su carácter. El público cubano, para
distinguirlo de otros del mismo nombre, le agregó siempre el apellido
materno, aunque él hasta el fin firmó solamente con el de su padre.
Corrió tranquila su niñez educado por eclesiásticos instruídos, y por
algún tiempo acarició el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo
el ejemplo de su tío carnal el P. Agustín Caballero y otros miembros de
la familia; idea que no abandonó tan pronto, pues al graduarse de
bachiller en jurisprudencia, ya de veinte años de edad, vestía aun
hábitos religiosos conforme á las órdenes menores que tenía recibidas.
Pero en un país cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y
esclavos, negros y blancos, y donde se creía naturalmente indispensable
un código terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces
para mantener quietos y anuentes al yugo á los oprimidos, los
sacerdotes, como encargados del registro de la población y de los varios
detalles prácticos del único culto consentido, tenían que ser
instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran víctima esos
seres desvalidos. No podía Luz avenirse á ejercer en tales condiciones
un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunció, como más adelante
renunciaría al ejercicio de la abogacía, convencido de que la
organización de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se
sentaban, venidos de España, sin arraigo en el país y amovibles al
capricho de los ministros que entraban y salían tan á menudo por las
oficinas de Madrid, no consentían independencia y apenas dignidad
profesional en el abogado.
Cuando salió del Seminario Conciliar, más versado en teología que en
otros ramos del saber, necesitó completar por su propia cuenta su
educación; hizo profundos estudios científicos y literarios, coronados
desde principios de 1828 por un viaje de más de tres años por los
Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania é Italia. Iba de
antemano provisto del conocimiento teórico perfecto de los idiomas de
esos países, adquirió luego tal dominio del acento, la entonación
peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que
fué siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente
lenguas extranjeras. De las antiguas conocía bastante el griego; el
latín le era, gracias á su primera educación eclesiástica, casi tan
familiar como el castellano.
Al volver á la patria, completada su peregrinación, no tardó en decidir,
ante el estado del país, cual debía ser la ocupación de toda su
existencia. La educación primaria y secundaria, la instrucción pública
en general, se encontraba entonces en el más miserable estado, de todas
las necesidades del país la menos atendida, á pesar de la gran
prosperidad material que desde principios del siglo había ido
lográndose.
Cuba no era ya la poco importante factoría, el simple punto de escala de
las escuadras ó convoyes que iban y venían de Méjico y el mar Caribe.
Todos los desastres sufridos por las metrópolis europeas en América, por
la Gran Bretaña lo mismo que por España y Francia; es decir, la
fundación do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo
Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva república
angloamericana, la derrota final de la dominación española en el
continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron
para Cuba como un beneficio particular, que contribuyó poderosamente á
aumentar su población, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas
fueron suprimidas las trabas absurdas é inicuas que le prohibían todo
género de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que había
vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas
hermanas, Méjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran
dificultad y sólo gracias al socorro que de Méjico le mandaban podía
equilibrar sus gastos y sus ingresos, vió en muy poco tiempo tiempo
duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro
hasta el punto de no requerir más limosna de nadie, de satisfacer
ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender á las llamadas
"necesidades de la Península", remitiendo á Madrid desde 1827 un millón
anual de pesos fuertes, que penetró en el presupuesto español bajo el
título de "sobrante de Ultramar". Ese millón estaba también destinado á
crecer rápidamente, y en 1861 mandaba Cuba á España más de cinco
millones de pesos anuales en efectivo, amén de muchas otras partidas
especiales que nada tenían que ver con los intereses de la isla, como el
déficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo, ó la
abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la
Habana[45].
[45] Para los datos incluídos en este párrafo y el siguiente,
véanse: _Pezuela_, Necesidades de Cuba. Madrid, 1865.--_Saco_,
Papeles sobre Cuba.--Id. Papeles póstumos, Habana,
1881.--_Zaragoza_, Insurrecciones de Cuba. Madrid, 1872.
Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se invertía en
favorecer la instrucción pública. Los conventos de frailes y de monjas
eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal
instaladas vivían lánguidamente, sin estímulo, sin ser por nadie
vigiladas, dedicadas sobre todo á enseñar á rezar. El Ayuntamiento, sin
iniciativa, con recursos escasísimos, sin facultades ni aun en asuntos
locales, se reducía á pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos á
la Sección de educación de la _Sociedad Patriótica_, como se llamaba
primero, ó _Sociedad Económica_, como dispuso la suspicacia de las
autoridades que debía titularse, asociación puramente privada que, por
medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos
entre los amigos, sostenía escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por
extender su influencia educadora más allá del recinto de la capital. Luz
fué desde luego miembro de la Sociedad, después durante nueve años su
director, y prestó en el puesto grandes servicios á la instrucción
pública.
Dió á luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de
lectura, con objeto de propagar el método explicativo en las escuelas, y
desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del
armónico desarrollo intelectual, de hacer á los alumnos repetir de coro
palabras y frases de cuya significación no tenían la menor idea. Al año
siguiente redactó el informe sobre la creación de un Instituto cubano ó
escuela práctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y
detallado, de que más adelante trataré, y cuya realización hubiera
llenado mucho mejor y mucho más temprano el vacío que incompletamente
ocupó la _Real Universidad Literaria_, establecida en 1842. Sucedía ésta
á la que con el nombre de _Pontificia_ había estado exclusivamente en
poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhábiles manos vegetaba
como institución de la Edad media en beneficio de preocupaciones
anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz
hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fué la Universidad de
la Habana, organizada para formar únicamente médicos, abogados ó
farmacéuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia práctica y dotado
al país de ingenieros, navegantes, químicos, arquitectos, librándolo de
la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer
para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su
agricultura y su incipiente industria.
En seguida se encargó temporalmente de la dirección de un colegio ya
establecido[46], luego abrió clases privadas en su casa, hasta que
obtuvo autorización de profesar públicamente filosofía, é inauguró un
curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco,
curso que duró hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la
enseñanza, no acompañados por idea alguna de lucro, pues la posición de
fortuna de su familia lo mantenía libre de ese cuidado, eran para él la
más agradable ocupación, pero le acarrearon disgustos. Publicaba
programas muy detallados de las materias filosóficas que enseñaba, con
ocasión de los exámenes públicos en que mostraba los adelantos de sus
alumnos, y originóse de esos programas una polémica ardiente en los
periódicos con futuros profesores de la Universidad, ya próxima á
establecerse, á propósito de las doctrinas del entonces celebérrimo
profesor francés Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y
superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo.
En otras controversias apasionadas se vió envuelto por la misma época
sobre asuntos de interés público relacionados con el primer ferrocarril
establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837,
sin auxilio de la metrópoli, donde no los hubo sino en fecha posterior.
A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le
trajeron, de la exaltación á que á veces lo arrastraba el ardor de sus
convicciones, cayó víctima de una afección del sistema nervioso, y se
vió forzado á suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.
[46] Colegio de San Cristóbal, llamado habitualmente de Carraguao,
nombre del barrio en las afueras de la ciudad donde se encontraba.
En una casa de salud de París vivía á mediados de 1844, al cuidado de un
facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le llegó la noticia
inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por
edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado.
Tratábase de una supuesta conspiración de negros esclavos contra sus
amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario á muchas
personas respetables, nacidas en el país, con objeto de hacerlas
impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que
había pasado en Santo Domingo, y sin más pretexto que el considerar las
hostiles á la trata de África, que tan descarada como ilegalmente se
practicaba todavía en la isla con la sanción tácita de los gobernadores.
Sentíase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda
culpa, que sin vacilar determinó, no importándole las consecuencias,
volver á la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolución
bien aventurada pero bien digna de su intrépido corazón, pues sabía
demasiado que el régimen político de la colonia no brindaba garantías de
equidad; porque la causa se instruía conforme á los duros é
inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla
en esa fecha más despóticamente que ninguno el general Leopoldo
O'Donnell, duque futuro de Tetuán, quizás en todo el universo el hombre
de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo
mismo que después en España, y que joven entonces, provisto de omnímodas
facultades, no obedecía siquiera al freno de la experiencia ni soportaba
la menor contrariedad.
No conocía Luz personalmente á O'Donnell que había tomado posesión de
su destino después de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo
procónsul estuviese fuertemente prevenido contra él, pues uno de sus
primeros actos al presidir como Capitán general una sesión de la
Sociedad Económica había sido ordenar verbal y ásperamente que la
Sociedad borrase del número de sus miembros á un inglés, antiguo cónsul
de la Gran Bretaña, David Turnbull, expulsado de la isla como
abolicionista. Y precisamente había debido ese animoso extranjero el
continuar inscrito á la intervención de Luz que, como Director, aunque
ausente á causa de sus males, había propuesto y obtenido por medio de
enérgica y elocuente comunicación que la Sociedad anulase el acuerdo de
la expulsión de Turnbull, tomado con atropello de artículos terminantes
de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal é
innecesaria afrenta dirigida á un hombre que ya no residía en la isla,
eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolición de
la esclavitud, por lo menos de la supresión sincera del tráfico de
negros con África; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio
para los que buscaban cómplices, directos ó indirectos, de la imaginada
conspiración.
En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fué
llevado á la cárcel pública merced al notorio mal estado de su salud,
que debió no obstante, dejar comprobar por la visita de tres médicos
designados por el fiscal[47], y quedó arrestado en sus habitaciones. Al
cabo de un año largo de preguntas, repreguntas, confesión con cargos y
demás trámites del procedimiento criminal, se mandó reunir el Consejo de
guerra; ante él compareció Luz por medio de un militar encargado de su
defensa, al que dió como única instrucción la orden de reducirse
solamente á pronunciar las siguientes palabras: "Don José de la Luz y
Caballero libra su defensa en el mérito de los autos y la justificación
del tribunal". Así en efecto lo hizo el oficial escogido, que fué Andrés
Foxá, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mérito y
miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos
en las Antillas.
[47] José de la Luz Caballero, Estudio crítico, por Manuel
Sanguily. Habana, 1890. Págs. 375 y 376.
En Octubre de 1845, á los catorce meses de vuelto á su país, se falló la
absolución libre, no de él únicamente sino de las demás personas, ó de
su amistad ó del círculo de sus relaciones, que habían sido procesadas
al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los
procesos del año anterior, de las numerosas escenas trágicas, las
sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como
esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares
ante el país aterrorizado.
Corrió Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisión
preventiva, lo que en su situación podía haberle costado la vida, como
sucedió á un respetable letrado amigo suyo, Martínez Serrano, fallecido
en el calabozo. Si por dicha evitó esa prueba, tuvo que soportar la
humillación de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar,
condenado más adelante á presidio por sus desmanes y desafueros, que
venía una y otra vez á tenderle lazos groseros por medio de preguntas
capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.
Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en interés de su salud
comprometida que, desdeñando la absurda acusación, hubiese permanecido
en París y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un
hombre como él, de su categoría moral en el país, no podía proceder así,
aunque fuese lo más prudente ó lo más práctico; el apóstol de la verdad
y la justicia en aquella pobre tierra víctima de tanta mentira y tanta
iniquidad no debía aparecer un solo instante como si tuviese algo que
ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran éstos
injustos ó venales ó feroces conocidamente.
Su retorno inesperado fué un servicio patriótico, que sirvió no
solamente para engrandecer su ya extendida reputación de intachable
rectitud, sino para aclarar la situación general, disipando nieblas de
propósito acumuladas por la encarnizada persecución; para fijar la
opinión pública extraviada por la perversidad de los acusadores[48];
para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacían todavía en las
prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fué la
impresión general al circular la nueva de que, á pesar de sus
padecimientos, venía Luz desde Europa á ponerse enfrente de sus
acusadores.
[48] ...fijó la opinión pública que desde su llegada absolvió á los
acusados absolviéndolo á él.--_Bachiller y Morales_, artículo
publicado en La América, Madrid, 1862.
La imagen de ese año siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba
y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro
de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuración de negros y
mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fué como idea
muy vaga ó proyecto sin comienzo de ejecución, mientras que la represión
fué de la más bárbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razón.
Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos
otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos á
confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorización
expresa de O'Donnell[49]. Había en la Habana, Matanzas y demás ciudades
un cierto número de mulatos libres, ricos y generalmente considerados;
casi sin excepción todos fueron encausados, algunos perdieron la vida,
ni uno solo salvó su fortuna.
[49] Oficio del Capitán general de 6 de Mayo de 1844, cuya frase
principal se cita en la biografía de Luz, por J. I. Rodríguez, de
que se habla después. Pág. 144.
Entre las primeras víctimas se contó el mulato conocido en literatura
bajo el nombre de _Plácido_, que se llamaba Gabriel de la Concepción
Valdés, hijo natural de una bailarina española y de un peluquero de
color. Conforme á la condición de la madre nació libre, pero su aspecto
físico lo hacía de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para
ayudarlo á salvar esa insalvable barrera las facultades poéticas de que
estuvo dotado, el estro poderoso que á ocasiones lo eleva tan alto.
Tenía treinta y cinco años cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.
Es coincidencia bien extraña que entre los cargos principales que se
hicieron á Luz en el proceso, de todos, el más preciso, se funde en una
alusión de _Plácido_[50] en su declaración instructiva, alusión de un
todo inexacta, de que Luz ni siquiera dignó defenderse, pues nunca
conoció personalmente á _Plácido_, y cuando él llegó á la Habana hacía
ya tiempo que el pobre vate había sido ajusticiado. Pero sobre esa
declaración, lo mismo que sobre las demás de los condenados entonces á
muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesará
la sospecha de ser una suplantación infame de los fiscales, que en el
secreto del sumario las tomaron y redactaron.
[50] _Sanguily_, Estudio crítico. Pág. 226.