La Víspera de la guerra civil.
¡Terrible la situación de los Estados Unidos, desde el triunfo electoral
del partido republicano en Noviembre de 1860 hasta que pudo Lincoln
aplicar, por fin, en Marzo del año siguiente, sus robustos brazos á la
desamparada rueda del timón, é imprimirle las primeras vueltas para
sortear el abismo á que corría la nación, en que iba á hundirse
positivamente!--¿Qué país se encontró jamás en trance tan
extraordinario?--Una mitad de los habitantes disolviendo por su propia
voluntad el pacto nacional, desmontando la máquina gubernamental; la
otra mitad inmóvil, absorta, contemplando, sin darse cuenta exacta, la
obra de destrucción que estaba consumándose, sin medios tampoco de
evitarlo. La capital de la república, los centros todos de donde
irradiaba la acción federal, ministerios, hacienda, el ejército, la
marina, las posiciones artilladas de las costas del Atlántico, del golfo
de Méjico y del Pacífico, en manos de hombres en completo acuerdo ó en
íntima simpatía con la fracción más valiente, más audaz, mejor
disciplinada del partido vencido en las urnas electorales; y esos
hombres, dueños del poder, árbitros de la situación, se mantenían á la
cabeza de los negocios públicos, bajo la sombra del presidente
Buchanan, para que sus correligionarios y amigos en los estados del Sur
impunemente, sin que nadie lo impidiese, pudieran realizar la empresa
nefasta de dividir la nación y crear la Confederación del Sur, antes del
momento crítico de entregar el mando á los nuevos elegidos.
La indecisión que en Octubre sintió parte de los estados del Sur, al
aprestarse á las violentas resoluciones, se transformó en el mes de
Noviembre, al anuncio del triunfo de los amigos de Lincoln, en febril
impaciencia de romper los lazos que los unían á la grande y famosa
nación republicana creada en 1787, desprenderse y formar una nueva
república, más pequeña sin duda y menos fuerte, pero homogénea y en
condiciones de proteger y fomentar el régimen interno, causa verdadera
del rompimiento.
A mediados de Diciembre, una Convención, convocada según las formas de
la legalidad, acordó por unanimidad disolver "la unión existente entre
la Carolina del Sur y otros estados con el nombre de Estados Unidos de
América", y el primero de Febrero inmediato habían ya hecho lo mismo
otras convenciones reunidas en Mississipi, Florida, Alabama, Georgia,
Luisiana y Tejas. Tres días después, la nueva Confederación de esos
siete estados quedaba provisionalmente organizada, y el 18 fueron
instalados Jefferson Davis y Alejandro Stephens como su presidente y su
vicepresidente. La constitución, promulgada acto seguido, era en
sustancia la misma de los Estados Unidos, con sólo diferencias de
detalle y el encargo especial de "reconocer y defender" la institución
de la esclavitud de los negros, "tal como actualmente existe en los
Estados Confederados de América", nombre que asumía la nación acabada de
fundar. Todos los edificios, aduanas, casas de moneda, arsenales,
fortalezas, sobre los cuales flotaba la bandera con las estrellas y las
bandas, izaron la nueva insignia; los individuos que los custodiaban, ó
los pequeños destacamentos que los guarnecían, los entregaron ó
capitularon; ni otra cosa hubieran podido hacer, perdidos y sin recursos
como se encontraban, cubiertos como isletas en el mar, por las oleadas
de la vasta y formidable insurrección. Solamente los fuertes de la bahía
de Charleston, de Pansacola y los cayos de la Florida permanecieron en
poder del gobierno federal.
Esos siete estados no hacían más que aplicar las doctrinas políticas por
ellos predicadas y sostenidas constantemente, que ya en 1831 y 1832 la
Carolina había invocado dando los primeros pasos en la senda de la
separación, y que lógicamente se desprendían del principio superior de
derecho que Calhoun había tantas veces definido, precisado y
elocuentemente defendido, que sus discípulos habían enérgicamente
mantenido. Según ese principio, la constitución era un pacto entre
estados soberanos, independientes entre sí para todo aquello que no
estuviese expresamente delegado al gobierno general, y esos estados
recobraban su absoluta independencia y soberanía, cuando se consideraban
lesionados en sus derechos é intereses, porque no sólo no los habían
enajenado, sino que eran el fundamento, la razón de su existencia antes
de formar la Unión.
Mientras tanto el presidente Buchanan, que había toda su vida militado
bajo las mismas banderas y compartido todas las ideas y sentimientos
dominantes en esos siete estados irreconciliables, que se hallaba
entonces rodeado de ministros y consejeros en perfecta simpatía, en
confesado acuerdo con los jefes esclavistas, afirmaba oficialmente, al
abrirse las sesiones del Congreso, que si bien carecían á su juicio los
estados del Sur del derecho de abandonar la Unión, ni él como
Presidente, ni el Congreso, ni nadie, tenía otorgadas por la
Constitución facultades de oponerse con la fuerza de las armas y
compelerlos á permanecer dentro de la Unión. Esto, que semeja una
paradoja, y envuelve positivamente una contradicción, era no obstante la
opinión de un crecido número de personas en el Norte. Contando
precisamente con ello y con la inacción del Presidente, procedieron los
conjurados, y aprovecharon los tres ó cuatro meses que la suerte les
ofrecía para organizarse y prepararse á hacer frente á quienquiera que
se opusiese.
Años después, decidido ya por las armas el conflicto, proclamaba
Buchanan todavía las mismas opiniones; y en la defensa que escribió y
publicó de los últimos actos de su administración, reconoce con
satisfacción que la guerra no fué iniciada por el gobierno de su sucesor
con el objeto de sujetar por la fuerza á los estados, sino aceptada para
hacer cumplir y ejecutar en el territorio rebelado las leyes vigentes,
pues tal era el deber ineludible del poder ejecutivo. Lincoln, en
efecto, á pesar de representar ideas tan diferentes, política tan
opuesta, siguió durante varias semanas, en la apariencia al menos, el
mismo sistema de contemporización y espectativa que su predecesor, y
aguardó que los confederados de Charleston cañoneasen y tomasen el
fuerte Sumter, arriasen la bandera nacional y alzasen otra en su lugar,
para romper el silencio y convocar las milicias ciudadanas en defensa de
la Unión.
La cuestión de legalidad es, empero, muy poco interesante ya á estas
horas; en esa ocasión, como en tantos otros momentos críticos de la
historia de la civilización, las circunstancias llevaron á los
individuos y, sin saberlo, muchos se encontraron arrastrados por los
sucesos más allá de líneas en que hubieran querido confinarse. Ocioso
también sería ya discutir si cometieron delito político de traición los
que desmembraron la república y organizaron la Confederación. La
conducta del vencedor, nunca bastante encomiada, absteniéndose de
procesar criminalmente, después de la victoria, á ninguno de sus
adversarios, consintiendo el sobreseimiento de la causa abierta contra
Jefferson Davis, demostró que, calmadas las pasiones, la nación entera
convenía implícitamente en que no era posible perseguir como traidores á
quienes, después de todo habían ajustado su conducta á opiniones siempre
y por doquiera pública y abiertamente proclamadas. Su fe política, nunca
renegada, ordenaba prestar obediencia y acatamiento, en primer lugar al
estado de que eran ciudadanos, en segundo á la Unión, vigente sólo
mientras durase el consentimiento de los estados que la habían creado.
Eso hicieron, y casi todos ellos abandonaron la patria común con el alma
desgarrada, esperando salvar derechos esenciales, que juzgaban en
peligro y consideraban del número de aquellos que no se consienten
perder ni se dejan arrebatar, antes de haber consumado el último
sacrificio para defenderlos.
"En vuestras manos, descontentos compatriotas, en vuestras manos y no en
las mías, está la tremenda resolución de si ha de haber ó no guerra
civil. Para que la haya, es preciso que vosotros mismos seais los
agresores", dijo Lincoln la primera vez que habló como Presidente al
pueblo de los Estados Unidos.
Y la guerra vino, y duró lo que nadie había podido imaginar. Todavía, al
inaugurarse la segunda presidencia de Lincoln el 4 de Marzo de 1865,
parecía en situación de durar algún tiempo más, acaso "hasta que
desapareciese toda la suma de riqueza acumulada durante doscientos
cincuenta años por el trabajo esclavo, ó hasta que cada gota de sangre,
arrancada por el látigo, fuese compensada por otra igual arrancada por
el hierro". Por fortuna, cuando pronunciaba Lincoln estas últimas
palabras de su segunda oración inaugural, faltaban pocas semanas para el
desenlace final, para que por siempre quedase decidido que la unión de
los Estados era un pacto perpetuo é indestructible.
Pero la historia de la sangrienta guerra civil es materia demasiado
grande para los límites reducidos de este bosquejo; si ha de tener éste
algo de completo en su inevitable brevedad, debe poner punto final al
ascender Lincoln á la presidencia de los Estados Unidos, al terminar el
conflicto en el terreno pacífico de la palabra hablada ó escrita, al
comenzar la guerra devastadora.