CAPÍTULO XI.

Campaña de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.

Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores

demócratas, más de medio año los separaba ya del asalto de Harper's

Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compañeros habían perdido

la novedad del interés, y en el rápido sucederse de cosas

extraordinarias en ese período eran ya episodios de una historia lejana,

que á jueces más desapasionados, no á políticos militantes, tocaba

juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias más violentas

todavía, que cambiaban la escena y transformaban la posición de los

personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de

redoblado vigor había celebrado su Convención en Chicago y escogido

candidatos para la campaña presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma

del absorbente partido demócrata había estallado en la Convención de

Charleston, dividiéndolo en dos fracciones irreconciliables con

tendencias y programas absolutamente diferentes.

El malhadado empeño de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos

estados con intereses que los atasen á la suerte de los que ya penaban

bajo esa perniciosa institución, designio que desde sus albores en 1854

había desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos,

confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado después los

ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin

una oposición robusta dotada de espíritu indomable é intentos bien

definidos,--se había vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo

formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado,

ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema

meramente local que resolverían por sí solos los habitantes de cada

territorio, quedó desarticulado y sin eficacia al decidir la mayoría de

los colonos en Kansas que no les servía, que no lo querían. Entonces los

políticos del Sur abandonaron la enseña del senador de Illinois,

renegaron de su sistema, echándolo á un lado como arma sin filo ú objeto

baldío, y quedó el antiguo adalid rodeado únicamente de amigos

personales, mal mirado por los que habían creído en él como signo de

victoria y ya no sentían respeto ó simpatía ni por su persona ni por sus

ideas.

Las doctrinas expresadas en el fallo del Tribunal supremo satisfacían

ampliamente á esos políticos, la adhesión firme del Presidente de la

república los llenaba de confianza, y juzgando que apoyos tan robustos

en la apariencia valían mucho más que una teoría controvertible y

gastada, dedicaron sus fuerzas á aprovecharlos hábilmente y buscar para

la próxima campaña un candidato, que á la blandura y buena voluntad de

Buchanan añadiese más pericia y más constancia, que fuese más entero,

menos sensible al miedo. Una vez Presidente el candidato dotado de esas

cualidades sobraría espacio, no sólo en Kansas ó Nebraska, sino en Cuba,

Méjico, la América central, para propagar la esclavitud y levantar

nuevos estados comprometidos á mantenerla. La demencia y la ambición se

unían y corrían disparadas al abismo.

No era, pues, susceptible de acomodamiento la ruptura entre Douglas y

Buchanan y quedaron uno enfrente del otro, á pesar de aproximarse las

elecciones, como enemigos declarados. Douglas contaba siempre con la

mayor parte de los demócratas, y estaba seguro de ser por lo menos

candidato; pero su posición en el partido era más delicada que la de

Buchanan; éste no aspiraba á la reelección, desde mucho antes había

ofrecido no solicitarla, y sus amigos, al ir en busca de manos menos

débiles é inexpertas á quienes confiar la suerte de la causa en tan

apremiante situación, se hallaban libres del temor de ofenderlo y

contaban tranquilos con el auxilio de la influencia oficial ejercida por

la Presidencia y por el mundo de empleados repartidos en todos los

estados.

Cuando los delegados del partido, parciales de Douglas y seguidores de

Buchanan, se reunieron en Charleston, entonces como ahora política y

mercantilmente la ciudad más importante del batallador estado de la

Carolina del Sur, la discordia vino con ellos. No pudo haberse escogido

más adecuado lugar para iniciar la obra destructora, para comenzar la

guerra sin cuartel de votos y programas dentro del partido, que la

ciudad misma donde principiaría menos de un año después la verdadera

guerra de sangre y fuego, donde resonarían los primeros cañonazos que

hicieron arriar la bandera nacional en el fuerte Sumter y rompieron los

diques á la inundación.

No estuvo Douglas presente en la Convención de Charleston, ni se estila

que asistan los candidatos de antemano designados, pero sus admiradores

y amigos componían más de la mitad del número total de los delegados.

Necesitábanse dos terceras partes para formar mayoría, antes de tratar y

resolver la cuestión de personas era preciso ocuparse en redactar y

aprobar el programa, la "plataforma", y era lo espinoso de la empresa.

Sobre ello se empeñó la batalla, y se elevó la barrera insuperable que

de un partido compacto hizo dos facciones contrapuestas. Una comisión de

treinta y dos miembros, uno por cada estado, fué el campo de Agramante,

y al cabo de ardorosas discusiones, en que sólo pudieron acordar puntos

secundarios (uno de ellos la adquisición de Cuba), volvió el grupo

dividido en dos, trayendo escritos dos programas radicalmente

diferentes, imposibles de confundirse para formar el documento único que

se le pedía. Los quince estados del Sur con dos más del Norte redactaron

y votaron un texto, en que afirmaban doctrinas sobre la superior

inmunidad de la esclavitud como institución política y social, á que ni

al Congreso ni á las asambleas locales era lícito tocar, salvo para

protegerla y para ayudarla á extenderse en los Territorios, sin trabas

de ninguna especie. La minoría, compuesta de los restantes quince

estados, todos del Norte, se redujo á enunciar nuevamente las

resoluciones del programa de 1856 en Cincinnati, agregando que las

divergencias de opinión existentes dentro del partido respecto á las

facultades del Congreso ó las asambleas territoriales sobre la

esclavitud eran problemas de derecho constitucional, cuya solución

únicamente correspondía al Tribunal Supremo; y á su fallo se sometían.

La diferencia entre ambos programas es muy marcada, aunque la minoría se

empeñó en aminorarla y disfrazarla; y resaltó más todavía en los

discursos que de uno y otro lado escuchó la Convención. Fué ésta, no

cabe duda, la vez primera que el choque de las dos fracciones del

partido defensor de la esclavitud desgarró los velos, hizo surgir la

verdad desnuda y repercutir, por fin, dentro de los muros de la

Convención el eco sonoro de las opiniones realmente abrigadas por los

estados sudistas. La adusta verdad penetró en aquel recinto y, al

atravesarlo un instante en lento y ominoso vuelo, fué saludada en las

galerías por los aplausos del pueblo, que muy pronto iba á sacrificar

por ella sus vidas y haciendas; así fué sobre todo cuando Yancey, uno

de los delegados de Alabama, á cuya voz parecían los demás obedecer,

expuso francamente, sin exaltación apasionada, con la serena firmeza del

mandatario fiel que recita las últimas y bien meditadas instrucciones de

su mandante, que todos los males y desmedros hasta esa fecha sufridos

nacían de la menguada defensa de la esclavitud, formulada por miembros

prominentes del partido, al admitir que la institución era vituperable

en su esencia y merecía respeto, sólo en virtud de derechos adquiridos,

sólo en gracia de la protección constitucional. No, su legitimidad

absoluta debía declararse superior á toda discusión, porque ella era un

beneficio tan indisputable para el blanco como para el negro, los

esclavos una propiedad tan perfecta y sacrosanta como otra cualquiera y

atentar contra ella no debía jamás impunemente consentirse.

Sea cual fuere el juicio que en nombre de los derechos humanos, de la

moral social, de la ciencia económica, se pronuncie sobre la esclavitud,

y es claro hoy que sólo puede ser la más abrumante condenación,

inapelablemente confirmada por los resultados mismos, por las

prodigiosas ventajas de la abolición en las regiones donde existía, no

sería sin embargo equitativo desconocer lo que hubo de viril y grandioso

en la conducta de los que en Charleston proclamaron la resolución de

mantener en lid abierta sus opiniones é ir con ellas á sus últimas y

temibles consecuencias, destruyendo el partido, destruyendo la Unión,

si no había otro remedio, pero siempre á costa de su sangre y de cuanto

poseían sobre la tierra.

No fué, por tanto, esa Convención como las anteriores torneo de

guerreros disimulados, en que las intenciones se escondían detrás de

palabras escogidas de propósito con ese objeto. Si los amigos de

Douglas, temerosos de desquiciar la fábrica política, reincidieron en el

antiguo y estéril error de tratar como detalle secundario la cuestión

esencial, y buscar fórmulas artificiosas para decir poco y conservar en

apariencia unidas las más opuestas interpretaciones, los que por boca

del sagaz y elocuente Yancey pregonaron el reto á muerte y descubrieron

sus pechos, fueron hombres animosos cuyas ideas miserablemente torcidas

pueden merecer indignado vituperio, pero cuyo tranquilo valor arranca

respetuosa admiración[39].

[39] Véase la interesante relación escrita por un periodista de

Cincinnati, MURAT HALSTEAD, testigo de la Convención ese año (_The

Convention of 1860_) y también la discusión del Senado entre Jeff.

Davis y Douglas en varias sesiones de Mayo de 1860: _Cong. Globe_

1st. Sess. 36th. Congress. Los discurso de Douglas están en el

_Apéndice_.

Declarada y afirmada la discordia en tan concluyentes términos, no había

más camino que suspender las sesiones é ir á reunirse en otra parte. La

fracción más violenta fué á Richmond á dar sus votos á John G.

Breckenridge, de Kentucky. El resto en Baltimore eligió casi

unánimemente á Douglas. Así fué á caer, por fin, sobre los hombros del

ambicioso senador de Illinois la blanca vestidura oficial de

pretendiente tan deseada y esperada, pero vino en circunstancias bien

duras y bien tristes, cuando el éxito era improbable, cuando faltaba

apenas un año para que inopinada y prematuramente viniese la muerte á

poner término á su carrera, sin haber logrado el premio de sus

servicios, de su indomable energía.

Antes de que el fraccionado partido demócrata hubiese completado ese

laborioso malparto, se había celebrado en la ciudad de Chicago la

Convención de los republicanos; la cabal armonía y el entusiasmo de sus

acuerdos auguraban el triunfo futuro.

Situada á orillas del lago de Michigan, uno de esos vastos receptáculos

que son otros tantos mares interiores de la frontera septentrional de

los Estados Unidos, al borde de una inmensa pradera que por cientos y

cientos de millas extiende su fértil suelo en la dirección del sudoeste,

contaba entonces Chicago unos ciento doce mil habitantes y era la ciudad

más poblada de Illinois, del estado en que había tenido lugar el célebre

duelo oratorio entre Lincoln y Douglas, sus dos más distinguidos

ciudadanos. Para albergar la Convención fabricaron en pocos días un

edificio de barro y madera, capaz de contener los seiscientos delegados

y una cuarta parte siquiera de las treinta y tantas mil personas que

habían venido, escoltándolos, á solemnizar con su presencia ese crítico

momento de la historia de la nación. Diéronle el nombre indio de

Wigwam, que representa vestido á la inglesa el que los nómades

Algonquines usaban en su dialecto para designar las chozas puntiagudas

de ramas y corteza de árbol, donde temporalmente se abrigaban en la

época de sus correrías.

No tropezó con dificultad alguna esta Convención para redactar su

plataforma; seis años de lucha perenne, de incesantes acometidas contra

las doctrinas disolventes de sus adversarios, habían fijado

inalterablemente los principios en que el partido fundaba su acción y la

libre cooperación de sus adherentes. Lo esencial era proscribir, como

peligrosa heregía política, el flamante dogma que suponía á la

Constitución llevando á los Territorios por su propia naturaleza la

sanción de la esclavitud, y afirmar por el contrario que la condición

normal de todo Territorio era la libertad de sus pobladores, y que ni

Congreso ni asamblea particular ni persona alguna pública ó privada

tenía el derecho ó la facultad de comunicar carácter legal á la anómala

institución donde previamente no existiese[40].

[40] Resoluciones 7ª y 8ª de la plataforma republicana. Véase _Life

and Speeches of A. Lincoln and H. Hamlin_. Columbus (Ohio) 1860.

Estas ideas llenaban desde años antes la atmósfera política en los

estados del Norte, y los millones de individuos que las habían respirado

renovando en tanto tiempo su modo de ser y su conciencia respondieron

con ansiosa simpatía al programa, que las condensaba y formulaba para

facilitar la lucha y el triunfo definitivo. Si la Convención lograba

asimismo resolver atinadamente la cuestión de personas, más importante

que nunca esa vez, designando el candidato idóneo para personificar

tales ideas y despertar la fe y confianza indispensables, era infalible

que surgiría en el Norte un movimiento impetuoso hacia las urnas

suficiente á asegurar la victoria en todo el país.

¿Quién sería ese candidato?--Entre los nombres que se oían repetir, uno

había que sobre todos descollaba por la grande y extendida reputación,

los eminentes servicios á la causa de la libertad, la importancia del

estado de que era ciudadano y lo proponía; el de Seward, antiguo

gobernador de New-York y durante doce años el más hábil y elocuente de

los miembros republicanos del Senado. La delegación neoyorquina, la más

numerosa, pues representaba el estado más poblado, fué á la Convención

con instrucciones de nombrarlo, y hasta el último escrutinio emitió por

él los sesenta votos que le correspondían: "Venimos de un gran estado y

traemos un grande hombre de estado", dijo Evarts, jefe de la delegación.

No podía á juicio de muchos confiarse la causa antiesclavista á manos

más hábiles que las del hombre que, sosteniendo desde el año de 1850 la

admisión de California como estado sin esclavos, había afirmado en los

debates del Senado que "una ley más alta" que la Constitución misma

ordenaba respetar en los Territorios los intereses superiores de la

justicia y la libertad; y que desde entonces, vigilante centinela, había

permanecido á pie firme en la avanzada trinchera, cerrando el paso y

esgrimiendo las armas contra los diversos proyectos, que se habían ido

sucediendo por espacio de siete años y bajo el amparo de dos

Presidentes, con objeto de entronizar la esclavitud en tierras, que

según otra frase de Seward en la misma ocasión ya aludida[41], eran

parte del patrimonio común de la humanidad, sobre el cual no tenía la

nación facultades arbitrarias ó ilimitadas. Pero estaba Seward dentro

del partido en situación muy parecida á la de Douglas en el suyo durante

la Convención de 1856; la brillante y larga vida pública lo había puesto

demasiado en evidencia, le había acarreado enemistades, lo había á

menudo forzado á sostener soluciones radicales de opositor

inconciliable, circunstancias todas que quitaban probabilidades de buen

éxito á su candidatura. El partido era, además, muy nuevo todavía, se

componía de miembros venidos de contrarias direcciones, y deseaba

conservar el equilibrio de sus dos alas no tomando en ellas el

candidato, ni Seward que pasaba por excesivamente radical, ni Chase, de

Ohio, futuro gran ministro de hacienda durante la guerra, que entonces,

por haber figurado antes entre los demócratas, era tenido por más tibio

ó moderado de lo que la ocasión exigía.

[41] Sesión del Senado de Marzo 11 de 1860.

El primer escrutinio suele ser en esas asambleas un acto de puro

cumplimiento, y así se le llama y considera. Cada estado mienta

generalmente al más ilustre ó al predilecto entre sus hijos; entona en

su loor breve panegírico y le da sus votos. Como muchos estados hacen lo

mismo, es claro que no puede haber resultado definitivo, y esta vez del

modo que Nueva York votó por Seward, votaron Ohio y Pensilvania por

Chase y por Cameron, Missouri por Bates, Illinois por Lincoln, por el

mismo estilo varios otros. A ocasiones sucede también en contiendas muy

reñidas que ni siquiera se oye en las primeras votaciones el nombre del

que ha de ser finalmente elegido, como por ejemplo en la Convención de

1852. Pierce fué designado en ella al cabo de cuarenta y nueve pruebas

infructuosas, y en muchas no había tenido un solo voto. Esta vez

aparecieron pronto los dos competidores entre quienes se concentraba la

lucha: Seward 173 votos, Lincoln 102; y se preveía que á uno de los dos

estaba reservado el premio, y que no surgiría á última hora lo que en el

lenguaje técnico de esos juegos olímpicos de la política llaman "un

caballo negro", un competidor no mencionado todavía, que todos los

delegados acaban por aceptar cansados de luchar en balde por sus

favoritos.

Abraham Lincoln, que desde la interesante campaña senatorial, en que

Douglas lo venció con tanto trabajo, había alcanzado extensa

notoriedad, disfrutaba de reputación muy inferior á la de Seward; no

había desempeñado como éste cargos de trascendental importancia, pues

sólo fué por un bienio miembro de la Cámara en Washington, honor que no

traía aparejado gran prestigio, y en el que tampoco dijo nada muy

notable; no había sido ni Gobernador de estado ni senador federal,

cargos los más altos de la república después del de Presidente, y aun á

veces á este último preferido. Era en resumidas cuentas, por lo que

extrínsecamente aparecía, un oscuro abogado de pocas letras, que en la

práctica ordinaria de las remotas regiones de su residencia había tenido

más oportunidades de ejercer la fuerza muscular que el saber, y que, al

rezar de la leyenda, había pasado rajando leña en la frontera salvaje la

época de la vida que otros emplean en colegios y universidades. Aquellos

entre los delegados que esto sabían, naturalmente extrañaban que pudiese

alguien preferirlo á estadista de tanto mérito y nombradía como Seward;

pero gran parte del pueblo americano, obedeciendo á instinto más certero

y profundamente nacional, no sólo simpatizaba con el carácter y

antecedentes del abogado de Illinois, sino que adivinaba muy bien detrás

de la ruda y vulgar corteza de ese tronco, robustamente desarrollado en

las tierras vírgenes del occidente, el rico y generoso corazón y la

vivificante savia que por él circulaba.

No había vivido Lincoln ni inerte ni olvidado en los dos años que entre

la campaña senatorial y la fecha de la Convención pasaron; en 1859 fué

al estado de Ohio, que celebraba elección de gobernador, y pronunció

discursos que ayudaron eficazmente al triunfo del partido, y se leyeron

en otras partes con sumo interés. A principios de 1860 fué invitado á

hablar en Nueva York, la gran metrópoli comercial, ante un auditorio

numeroso de prohombres del nuevo partido ganosos de conocerlo, y en su

discurso, muy extenso y muy notable, que afianzó su creciente

reputación, demostró que nadie se daba cuenta más cabalmente que él y

exponía mejor, sin declamaciones ni invectivas, con cierta curiosa

mezcla de gravedad y buen humor, de las opuestas tendencias, del

inextricable nudo que obstruía el desarrollo armónico de la unión de los

estados, así como de la manera más rápida y segura de llegar á

desenlazarlo sin romperlo violentamente. No era, pues, su candidatura

expediente á última hora imaginado para resolver la situación y derrotar

á Seward; la fuerza latente que traía y pronto se desenvolvió podía

sorprender á una parte de la Convención, pero estaba por otros muy

prevista y preparada. Lincoln mismo, avezado como el que más á manejos y

combinaciones electorales, á las mil y una habilidades, tratos ocultos,

agasajos y cambalaches con que detrás de bastidores se organiza esa

especie de comedias políticas, para ensayarla primero en las

Convenciones, y representarla después al aire libre en infinito número

de teatros, no desperdició medio alguno de asegurar el éxito popular,

confeccionando de antemano cuanto requería la tramoya escénica para

desencadenar el torbellino de entusiasmo que llevó al voto unánime los

delegados en medio de frenéticas aclamaciones[42]. No hubo más que tres

escrutinios, al tercero los votos se precipitaron, como una avalancha,

en favor de Lincoln; el representante mismo de Seward, Evarts, pidió la

declaratoria de unanimidad, é instantáneamente comenzó la famosa campaña

cuyo decisivo resultado marca la era nueva, el primer momento de la

nueva vida de los Estados Unidos.

[42] Véase la obra de _Herndon y Weik, The true story of a great

life_, 3 vol. Chicago, 1889.

Seward quedó vencido, el desaire vivamente le dolió, y no contribuía á

restañar la herida la comparación de su admirable hoja de servicios

repleta de honores en buena lid conquistados, de acciones memorables en

treinta años de campañas, con la fungosa reputación del rival

afortunado, nacida casi de improviso en un encuentro local dos años

antes, en el que ni siquiera resultó vencedor, sin que ni entonces ni

luego tuviese ocasión de adquirir la práctica de los negocios públicos,

el _usus rerum_ tan necesario para desempeñar el primer puesto de una

gran nación, tan indispensable en aquel período en que se adivinaban

trastornos profundos, alteraciones nunca vistas en la organización y

marcha ulterior de la república. Disimuló el despecho, que sin embargo

fué muy grande aunque magnánimamente comprimido, como dice su amigo y

panegirista Ch. F. Adams[43], y se puso al servicio del partido otra vez

con leal energía, resignado al triste privilegio de ser nuevo ejemplo de

la conocida ingratitud de las repúblicas. Corrió la misma suerte que

Henry Clay, Daniel Webster, tantos otros. Las repúblicas, que á veces se

enamoran hasta el frenesí de héroes militares y glorias escandalosas, á

menudo abandonan y rechazan sin piedad á los que por largo tiempo les

han prestado con menos ruido y más talento servicios eminentes.

[43] _Memorial Address_ by CHARLES FRANCIS ADAMS.--New-York, 1873.

Hubo en campaña cuatro distintas candidaturas presidenciales: las dos ya

mencionadas de Douglas y de Breckenridge, sostenidas por las fracciones

opuestas del partido demócrata; la de Lincoln apoyada por los

republicanos; y la cuarta, de Bell, ciudadano del estado de Tennessee,

obra de la asociación independiente que en 1856 sostuvo á Fillmore, y

que dejando á un lado la cuestión especial de la esclavitud pretendía

afirmar únicamente el mantenimiento de la unión constitucional y

convocar bajo esa bandera todo el país.

Por esa causa fué la lucha durante los primeros meses más desordenada y

confusa de lo que era de esperarse, dada la completa y larga discusión

de ideas que precedió, pero como en el fondo se trataba de la

conservación ó el desmembramiento de la patria, y de ello más ó menos

vagamente todos se daban cuenta, muchos se hubieran contentado (y así

suele suceder en situaciones tan penosamente críticas) con aplazar la

catástrofe, si evitarla no era posible. Los votos, por esta razón, se

repartieron entre todos, aunque en muy desiguales proporciones. El duelo

en realidad tenía lugar entre Lincoln y Breckenridge, entre republicanos

resueltos á contener, limitar y, al cabo, suprimir la esclavitud, y

demócratas decididos á aventurarlo todo, incluso la unidad nacional, por

la perpetua continuación y el engrandecimiento de esa misma institución;

pero muchos, sin desconocer la terrible disyuntiva, querían engañarse,

cerrar los ojos, no ver más allá del horizonte inmediato de la lucha de

palabras, no oir el ruido de guerra que detrás de ellas fatalmente

retumbaba. El recurso era demasiado vano, la esperanza demasiado falaz;

mas el recuerdo de lo pasado contribuía á robustecer el uno, alimentar

la otra. ¡Había navegado tanto tiempo la patria entre los mismos

amenazantes escollos, había sufrido tantas veces sin zozobrar la misma

tempestad, era en fin tan duro renunciar á la ilusión de que algo á

última hora acontecería que aquietase como iris de bonanza los elementos

enfurecidos y alejase el desastre!

Desde una sala del Capitolio de Springfield, donde plantó sus reales

durante la campaña, vigilaba Lincoln la marcha ascendente de su

candidatura y su fortuna, pues, al contrario de Douglas y de

Breckenridge, se abstuvo de tomar parte directa en los episodios del

combate, de recorrer el país y excitar, con ardorosos discursos, el

entusiasmo de sus partidarios. Ya en Octubre se acumulaban signos

anunciadores de victoria, los estados del Norte redoblaban llenos de

confianza sus esfuerzos, mientras que los del Sur, especialmente los que

ocupaban la vasta faja de tierra desde las costas de las dos Carolinas

en el Atlántico hasta las orillas del río Grande, que corre entre Tejas

y Méjico, sentían aproximarse la hora sombría de las resoluciones

supremas, el instante tremendo de dar por terminada la lucha de

programas y de votos y comentar silenciosamente los preparativos de otra

especie de guerra; ó de inclinar humildemente la frente, resignarse á

los términos imperiosos del vencedor y reunir lo que fuese aun posible

salvar del arruinado edificio de su poder.

El punto inicial de la gran rebelión americana, ha dicho un escritor, es

el 5 de Octubre de 1860[44], día en que el gobernador de la Carolina del

Sur dirigió una circular secreta á varios colegas de otros estados,

preguntando lo que harían si triunfaban los partidarios de Lincoln para

el colegio electoral, y afirmando que la Carolina se adheriría al

primer estado que diese la señal de separación, que la daría ella misma

si se le ofrecía seguirla. Las respuestas, que vinieron lentamente, no

fueron todas tan explícitas como el interrogante las deseaba, aunque

ninguna repulsaba la atrevida sugestión, pero por ese camino la Carolina

siempre había marchado más pronto y más lejos que los demás. Faltaba

entonces un mes para el día de la elección popular, cinco para el cambio

de gobierno en la capital de la república.

[44] JOHN NICOLAY, _The Outbreak of Rebellion_. New-York, 1881.

Votaron por Lincoln todos los estados sin esclavos, menos parte de uno;

eran diez y ocho, que hacían ciento ochenta votos electorales, es decir,

la mitad y cincuenta y siete más, lo que aseguraba ampliamente su

elección. Sumados los números resulta que de cuatro y medio millones de

sufragios obtuvo Lincoln cerca de dos, Douglas cerca de uno, y más de

medio millón cada uno de los otros dos, Bell y Breckenridge. Esas

cifras, sin embargo, daban á Douglas en el colegio electoral doce votos

solamente, mientras que los dos competidores con menos sufragios en el

escrutinio popular reunían en el colegio setenta y un votos el uno y

treinta y nueve el otro, pues se contaban, como es sabido, no en masa,

sino por estados.

El triunfo de Lincoln fué por tanto relativo, cual lo había sido el de

Buchanan cuatro años antes, pero como las posiciones eran contrarias

producía en la marcha del país un cambio radical, arrastraba

forzosamente las tan temidas, tan anunciadas trascendentales

consecuencias.

La historia de la república emprendía distinto derrotero, el largo

encadenamiento de los sucesos iniciaba una nueva serie de eslabones:

_magnus nascitur ordo_.

Hombres y glorias de América · 第 16 / 44 题