CAPÍTULO X.

John Brown.

Ocioso habría sido esperar que cuestión como la de Cuba, teórica y de

poco inmediata aplicación en sustancia, hubiera vuelto á tratarse al

término de la presidencia de Buchanan, cuando era evidente que cada

nuevo día, acercando los hombres y las cosas á la crisis prevista de

1860, agravaba la preocupación general, y acrecía los temores del

porvenir que á todos embargaban. En ese tiempo además, perdida ya por el

partido demócrata la mayoría en la Cámara de Representantes, sentía muy

disminuído su poder, aunque conservaba intactas sus posiciones en el

Senado.

Menos de dos meses antes de reunirse el nuevo Congreso ocurrió de

improviso, el 16 de Octubre de 1859, en las cercanías mismas de la

ciudad de Washington, un suceso, que á las pocas horas resultó ser la

más descabellada empresa, pero cuya simple noticia, dada la inflamable

naturaleza de los elementos allegados en la república por la lucha

encarnizada de los partidos, pareció caer como chispa desprendida del

firmamento sobre un vasto y abierto almacén de pólvora, á determinar

inmediatamente y sin remedio la inmensa conflagración que tanto se

temía.

Un grupo de hombres venidos de los estados del Norte se apoderó por

sorpresa en una noche oscura y lluviosa del arsenal que poseía el

gobierno en Harper's Ferry á orillas del Potomac en el estado de

Virginia; tomó las armas y pertrechos de guerra allí guardados, proclamó

la emancipación general de los esclavos invitándolos á reunirse y

organizar con los invasores el núcleo primero de una gran insurrección.

Eran diez y ocho individuos nada más, número que no aumentó, pues los

contados negros que á la fuerza se agregaron, de poco pudieron servir

azorados ante la súbita invasión y embrutecidos por la larga

servidumbre. A las treinta y seis horas se hallaron todos estrechamente

cerrados dentro del Arsenal por vecinos de la ciudad, milicias de los

alrededores, y una compañía de soldados de marina con dos cañones que

acudió desde Washington mandada por el coronel Roberto Lee, el mismo que

menos de dos años después sería renombrado general en jefe del ejército

de la Confederación rebelde. Los asediados reducidos á menos de la mitad

continuaron defendiéndose valerosamente, respondiendo sin cesar al

nutrido fuego de la tropa y los milicianos, aguardando intrépidamente el

asalto del edificio aislado en que por último se atrincheraron. Cuando

terminó todo al amanecer del martes, vióse que del grupo entrado el

domingo por la noche en el Arsenal diez habían perecido, cinco de los

restantes, gravemente heridos, cayeron prisioneros; de estos últimos uno

era John Brown y todos, con dos más capturados poco después, debían al

mes y medio ser ahorcados públicamente.

Tocaba conocer de la causa á los tribunales de Virginia; la instruyeron

y fallaron conforme á leyes, que interpretaron naturalmente en su más

estricto sentido: ni hubiera sido procedente esperar otra cosa de dueños

de esclavos en Virginia tomando parte en el proceso como jurados, cuando

la voz de la vindicta pública reclamaba sin piedad en todos los estados

del Sur castigo ejemplar para lo que sinceramente consideraban como el

más odioso de los atentados.

John Brown fué un aventurero de heroicas proporciones, y como héroe

efectivamente se condujo desde la hora en que forzó las puertas del

arsenal de Harper's Ferry hasta el instante mismo en que el verdugo

ajustó el lazo en torno de su cuello. Quizás el nombre glorioso que ha

dejado parezca á muchos en marcada discrepancia con el acto de

imprudente, desatentado arrojo en que su reputación se funda y con otros

actos también de venganza implacable, terrible, que cometió durante su

residencia en Kansas; pero la justicia popular sin titubear reconoció y

aplaudió la corona de mártir y de santo, que en sus sienes

inmediatamente pusieron los que con él trabajaban por la redención de

los esclavos, hora por hora confirmada después por un pueblo entero en

los años formidables en que al campo de tantas mortíferas batallas

corrían millares y millares de voluntarios y de quintos, entonando como

cántico de guerra, Marsellesa de la salvadora revolución, el himno que

lleva su nombre, y gritando en coro la célebre frase final, el

estribillo inmortal de sus estrofas: "el cuerpo de John Brown yace en

polvo dentro del sepulcro, pero su alma marcha al combate con nosotros".

No es fácil encontrar en la historia muchos ejemplos de temperamento

fanático tan característico y tan completo como el de este rudo

abolicionista americano, ni entre los feroces adalides del Viejo

Testamento, ni entre los sectarios modernos de Oliverio Cromwell; y de

esas dos grandes familias de guerreros religiosos procede John Brown,

pues descendía de uno de los puritanos que desembarcaron de la _Flor de

Mayo_ en las costas de Massachusetts, y porque su verdadera, casi única

educación, en la juventud y en la edad madura, fué la incesante lectura

de la Biblia, de la que sabía grandes pedazos de memoria, y repetía

constantemente cuando hablaba ó escribía versículos de los libros

hebreos. Por espacio de más de cuarenta años, de los sesenta que vivió,

quizás no apartó un día su pensamiento y su voluntad del propósito á que

desde muy temprano juró consagrarse[36], declarando, según sus propias

expresiones, guerra eterna al esclavizamiento de los negros; y cumplió

el juramento, bien organizando al principio colonias de negros libres

en Nueva Inglaterra, ó favoreciendo en todo tiempo la fuga de esclavos

de los estados del Sur al Canadá, ó batiéndose como un león en las

guerrillas sangrientas de Kansas, ó preparándose para la aventura final

en que halló la muerte. Tan inquebrantable era la fortaleza de su

espíritu que, conforme á la relación de un testigo, (uno de los rehenes

que tomó desde las primeras horas de su entrada en el pueblo) cuando se

defendía ya cerca del fin, acorralado en la casa de máquinas del

Arsenal, con uno de sus hijos muerto á su lado, otro gravemente herido y

moribundo, gritaba para infundir ánimo á los pocos que quedaban moviendo

el brazo y el rifle que tenía en la mano, mientras con la otra mano

seguía ansiosamente los signos de vida en el pulso del hijo agonizante.

Al caer prisionero estaba acribillado de heridas de arma blanca, pues

peleó cuerpo á cuerpo hasta desfallecer; y cuando diez días después

debió comparecer ante el tribunal fué llevado tendido en un catre; desde

él respondía á los jueces y habló con serenidad pasmosa, admitiendo

todos los cargos ciertos y rechazando con energía toda sugestión de

excusa por causa supuesta de demencia. Algo repuesto ya de las heridas

marchó el 2 de Diciembre con frente erguida hasta el lugar de la

ejecución; allí, colocado sobre la trampa del tablado y con un gorro

sobre los ojos, lo mantuvieron de pie un cuarto de hora, y en ese largo

espacio de tiempo permaneció erecto, sin el menor signo de

estremecimiento, sin que por un segundo flaqueara su extraordinaria

energía[37].

[36] _Life and Letters of John Brown_ por _F. B._ SANBORN (1885).

[37] Th. HIGGINSON, _John Brown of Osawatomie_, en _Enc. of

American Biogr._ (_Appleton_, 1888.)

Seres de tal temple, en quienes no oscila por terror una sola molécula

del metal de su carácter, aún sometidos á las pruebas más violentas,

nunca se sacrifican en balde, y es incalculable la impresión que dejan

sobre los que presencian esos alardes de heroica constancia ó los oyen

relatar por los asombrados circunstantes, impresión que necesariamente

repercute por rumbos imprevistos y labora eficazmente en beneficio de la

causa inspiradora y confortadora de esfuerzos tan sobrehumanos. En la

situación de la república el suplicio de John Brown, decretado sin duda

de acuerdo con la ley vigente y aplicado á un delito agravado en su

consumación por derramamiento de sangre y destrucción de propiedades,

apareció vestido de colores muy diferentes, no sólo ante las masas

irreflexivas, sino ante hombres tan honrados y serenos como Emerson,

como Thoreau, como varios otros, y mientras esos dos ilustres pensadores

comparaban el suplicio en la horca del prisionero de Harper's Ferry con

la crucifixión de Jesús, lágrimas infinitas de fecunda simpatía caían

como fructificante semilla sobre un suelo preparado á recibirla durante

muchos años de predicación y de enseñanza.

Del otro lado del Océano se siguieron también con palpitante interés las

escenas del proceso, y desde la roca de su destierro voluntario en honor

de la libertad se oyó la gran voz del poeta francés enalteciendo el

heroísmo del prisionero. En el dibujo original y vigoroso en que luego

trazó Víctor Hugo como empresa sublime el suplicio final, inscribió este

emblema de su vida y de su muerte: _Pro Christo sicut Christus_.

John Brown es el único responsable de ese suceso para la posteridad,

tanto en lo que tuvo de bueno y de malo, de heroico y de reprensible: él

solo concibió el plan, y solo dispuso su ejecución. A pesar de sus

relaciones personales con los abolicionistas de Nueva Inglaterra, que

apreciaban en su justo valor su entereza y energía y le facilitaron

auxilios pecuniarios, la obra fué de él exclusivamente, y la puso en

planta como arrastrado por fuerza irresistible, como resultante final de

todos los actos é impulsos de su vida. Nadie sabía cabalmente los

detalles; algunos de los que en parte llegaron á conocerlos al través de

sus místicas é incompletas revelaciones, adivinaron su insensata,

irrealizable naturaleza; pero era imposible contenerlo, tenía fatalmente

que marchar hacia donde lo llevaban su ilusión y su extravío.

La conmoción en los estados del Sur indicó cuan certeramente fué el

golpe dirigido al punto vulnerable, y aunque casi á un tiempo mismo

circularon las noticias de la tentativa y de su fracaso, el susto

enardeció la indignación; los que desesperadamente luchaban por

conservar su antigua supremacía en el gobierno general no habían de

sentir pronto calmada la cólera producida por el repentino ataque tan

derechamente encaminado al corazón, á la entraña esencial de su

organismo y su poder. Al reunirse el 5 de Diciembre el Congreso, tres

días después de la ejecución de Brown, parecía flotar sobre el Senado

como una sombra negra el trágico episodio de Harper's Ferry; á los pocos

minutos de abierta la primera sesión pidió el senador de Virginia,

Mason, que una comisión especial investigara minuciosamente lo ocurrido

y propusiese cuanto juzgase necesario para evitar su repetición; la

comisión, que sin tardanza puso manos á la obra, constaba de tres

individuos de la mayoría y dos de la oposición republicana, descollando

entre los primeros Jefferson Davis, jefe parlamentario del ala extrema

esclavista, como lo sería después de la Confederación del Sur.

Entretanto Buchanan, en quien la medianía del espíritu no consentía el

grado de imparcialidad que su alta posición requería, creyó oportuno

vituperar desde luego en su Mensaje anual "á los que predicaban

doctrinas abstractas", y con dudosa benevolencia advertirles que "no

debía sorprenderles que sus exaltados secuaces fuesen un poco más lejos

que ellos mismos y tratasen de llevar á la práctica por medio de la

violencia sus doctrinas". Con estas palabras echaba nuevo combustible

sobre una hoguera, que por sí tenía sobrados elementos para crecer y

extenderse.

Al cabo de más de seis semanas de estudios, investigaciones y examen de

testigos, presentó Mason su informe en nombre de la mayoría; tan extenso

era que él mismo renunció _motu proprio_ su derecho de leer el

manuscrito, reduciéndose á citar los párrafos finales, en realidad los

que hoy nos importan, pues de los antecedentes del suceso sabemos por

revelaciones posteriores cosas que la Comisión no logró averiguar y

mucho se hubiera alegrado de conocer[38]. Insiste Mason en esos párrafos

con no encubierta fruición en la desastrosa suerte que cupo á cuántos

tomaron parte activa en el atentado, para decir que de las veintidós

personas que según Brown componían su partida "siete fueron ejecutadas,

diez murieron dentro del Arsenal, y como de las cinco restantes cuatro

se habían quedado del lado de Maryland custodiando armas, sólo una en

definitiva hay cuyo paradero se ignore y la manera como logró escapar".

[38] Encuéntranse en la obra ya citada por F. B. SANBORN.

Respecto al encargo principal, fiado á la Comisión, de excogitar los

medios de evitar en lo futuro esas agresiones, responden en tono amargo

los informantes que nada pueden proponer, y que si los demás estados "no

consideran de su incumbencia, por razones de política general, ó

simplemente por el deseo de preservar la Unión, prevenir ocurrencias de

ese género, la Comisión no acierta á descubrir ninguna otra garantía de

mantener la paz entre los estados de la federación". Sombría y

formidable reflexión, que no era vana amenaza en la mente de los que la

proferían el 15 de Junio de 1860, cifra demasiado exacta de la

temperatura política, no sólo del Senado, del país entero. Unos y otros,

demócratas y republicanos, esclavistas y antiesclavistas, se aprestaban

para la crisis por tantos anuncios indicada, y no rebajaban, antes al

contrario exageraban sus respectivas pretensiones. Toda veleidad de

acuerdo ó transacción había desaparecido, en el Sur principalmente, que

aspiraba ya á obtener del Congreso códigos para reglamentar la

esclavitud en los territorios, dando así por resuelta la cuestión que

para sus adversarios era litigiosa todavía. Iba el Sur aun más lejos y

voces imprudentes pedían la trata de África, la importación legal de

negros esclavos. En el Norte la resistencia se acentuaba, se esparcían

las ideas agresivas de los abolicionistas, se exaltaba la memoria de

John Brown, se repetía con Seward que el conflicto entre los dos

elementos era _irreprimible_, era incontenible.

En efecto, las dos mitades de la república eran ya como dos máquinas

potentes partidas de extremos opuestos de la misma línea y en acelerado

movimiento. El choque inevitable no era ya cuestión de años sino de

meses.

Hombres y glorias de América · 第 15 / 44 题