Proyectos de anexar la isla de Cuba.
No hay en la historia de los Estados Unidos período más triste que el
cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio
de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia
posible, se atienda sólo á los tres primeros años y se prescinda del
ruinoso y vergonzoso epílogo, de los cuatro revueltos y miserables meses
últimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguración de
Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unión
se concertaron y organizaron á ciencia y paciencia del primer magistrado
de la República, dueño del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional
y formar ellos solos una nueva confederación independiente, mientras el
infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia,
confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba
sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del país
lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse á los actos de
rebelión de los conjurados.
Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imaginó
suficientemente capaz de aquietar los ánimos de amigos y enemigos, de
resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las
dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la
amenazada unión de los estados. Movíanlo, sin duda, excelentes
intenciones, pero engañado por su vacilante voluntad, por su cortedad de
vista, su inteligencia limitada, ideó realizar la ardua empresa, ajustar
el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza
todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la
alucinación más extraña y menos disculpable en el jefe supremo de una
poderosa nación, creyó que desavenencias tan graves podían componerse,
favoreciendo sin medida la parte más extremada, la que se jactaba de
desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeño,
la que veinte veces había obtenido completa satisfacción y formulaba,
después de cada jornada victoriosa, mayores y más exageradas
pretensiones.
Es difícil todavía comprender y juzgar imparcialmente su conducta, y
persisten en sus país, á despecho del tiempo transcurrido, dos
corrientes de opinión en sentido muy diferente. Por de contado que no es
ya lícito repetir los fallos precipitados, violentamente hostiles, de
los primeros días de la contienda civil, harto excusados por la
angustiosa situación de horas tan críticas, que atormentaron sin piedad
al pobre hombre, penetrando hasta el retiro en que se mantuvo encerrado
los últimos siete años de su vida, hasta su fallecimiento en 1868 á los
setenta y siete años bien cumplidos. La acusación injusta de perfidia,
de complicidad directa en la traición cometida por algunos miembros de
su gabinete, sólo una vez pareció condensarse y formularse en hechos
determinados, ante cuya enunciación no era dable permanecer callado ni
indiferente, á pesar de la estoica dignidad en que le plugo envolverse;
redactó y publicó entonces una vindicación de sus actos en las
postrimerías de su presidencia. Años después Ticknor Curtis, distinguido
autor de una apreciable «_Historia de la Constitución de los Estados
Unidos_», tomó enérgicamente su defensa en un extenso trabajo, que puede
leerse abreviado y sin faltarle ningún rasgo esencial en la
_Enciclopedia de Biografía americana_ de Wilson y Fiske [28]. En ambos
escritos sostiene Curtis la rectitud perfecta de la conducta oficial de
Buchanan; por lo demás su carácter privado jamás ha sido por nadie
mancillado ni tampoco el constante, apasionado respeto á la ley
fundamental de la república, que fué norma de su existencia, virtud
informante de sus actos.
[28] GEORGE T. CURTIS, _Life of President Buchanan_. 2 v 1.
1883.--_Appleton Cycl. of American Biography_, vol. 1.
Más cerca de la verdad parece H. von Holst, y no creo se aparte mucho de
la equidad histórica, al decir que «la debilidad, la terquedad y la
presunción fueron los elementos que en desastrosa combinación crearon el
carácter de Buchanan y suministraron los hilos para urdir la tela de su
desgraciada política.» [29]
[29] VON HOLST, _ut. ant_, vol. VI, pag. 48.
Debióse el triunfo de su candidatura en la Convención, como ya he
apuntado, á la necesidad de asegurar para el partido los cincuenta y
cuatro votos que representaba el estado de Pennsylvania, donde era muy
estimado; también al decidido empeño de evitar á toda costa que fuese
Douglas el preferido, pero se granjeó la protección indispensable de los
principales caudillos del Sur merced á su larga residencia en el
extranjero, lo que le había permitido pasar por neutral entre las dos
tendencias que opuestamente preponderaban en el partido y lo mantenían
en equilibrio siempre inestable, circunstancia que prestaba á su
candidatura un cierto matiz de transacción, mientras en realidad sería,
y con más fuerza que ninguno de sus antecesores, lo que después
paladinamente se dijo de él: «hombre del Norte con las ideas del Sur».
Había, además, dado prendas durante su plenipotencia en Europa, cuando
fué á Ostende y á Aquisgran para confabularse con Mason y con Soulé, sus
colegas de Francia y España, y lanzar juntos el célebre, escandaloso
documento diplomático, conocido con el nombre de _Manifiesto de
Ostende_, en que se anunció al mundo que la diplomacia de los Estados
Unidos consideraba la anexión de la isla de Cuba como requisito
necesario del desenvolvimiento nacional, que su traspaso por medio de
contrato de compraventa pacíficamente concertado sería tan beneficioso
para España como indispensable á la república angloamericana, pues de
otra manera podría ésta muy bien creerse en el caso de resolver por si
sola la cuestión, atendiendo únicamente al interés de su seguridad y de
su paz interna.
Esa idea de anexar la isla de Cuba, desde mucho tiempo antes acariciada
por casi todos los políticos norteamericanos sin distinción de partido,
por juzgarla tan fácilmente realizable como lo había sido la cesión de
Luisiana y de las Floridas, adquiridas de Francia y de la misma España;
idea que no apartaban de la mente y modificaba siempre su conducta en
asuntos de política extranjera, como claramente lo indicaban las
reservas y condiciones con que aceptaron el proyecto de Congreso
americano concebido por Simón Bolívar y abortado después en Panamá,--fué
convirtiéndose poco á poco en artículo permanente del programa de los
esclavistas, los que tramaban acrecer así la influencia de que gozaban
en el gobierno, y aplicar solapadamente la fortuna general de la nación
al triunfo particular de sus intereses especiales. La evolución de este
plan, cuya próxima aplicación venía á revelar el manifiesto de Ostende,
halló nuevo resorte motor en Pierre Soulé, exsenador de Luisiana,
ministro plenipotenciario en España, ardiente entre los más ardientes
defensores de la esclavitud, que había ido á Madrid á estudiar los
medios más eficaces de impulsar la anexión de la isla, y había provocado
después la entrevista en Bélgica con sus colegas. Buchanan, por su
parte, prohijó gustoso el plan y no vaciló en estampar el primero su
firma al pie del documento, bien persuadido de halagar así los
instintos más vivaces del partido y de trabajar en beneficio de sus
intereses políticos.
La obra de los tres diplomáticos nació por su propia esencia condenada á
no traer consecuencia práctica de especie alguna, trasunto del completo
error en que vivían los estadistas americanos al suponer que el gobierno
de Madrid _quería_ y _podía_ efectivamente desprenderse de Cuba por
medio de un contrato, cuando lo uno no era cierto y lo otro no era
realizable. Soulé, más impetuoso y de vista más perspicaz que los demás,
aconsejaba al gabinete de Washington precipitar un rompimiento con
España, aprovechar el momento aquel en que la guerra de Crimea tenía á
Europa inquieta y ocupada, y ganar por las armas lo que buenamente no se
conseguía; pero el presidente Pierce titubeó, bien á su pesar, ante la
resistencia de su secretario de Estado. Negóse éste rotundamente, por
razones de política interior, á entrar por esa senda, la osada sugestión
fué desatendida y fracasó todo, quedando su recuerdo como una prueba más
del desconcierto y relajación que la absorbente cuestión de la
esclavitud introducía en la diplomacia, lo mismo que en las otras ramas
del gobierno.
Marcy, pues, el secretario Marcy únicamente, fué quien anuló el grande
arranque de Soulé, y aunque no faltaron en el gabinete de Pierce otros
ministros para apoyar los proyectos del plenipotenciario, miedo de
dislocar el Consejo y deseos de no fraccionar el partido contuvieron
por último al Presidente. Contribuyó, además, al desenlace el haberse
calmado en el país la efervescencia causada por las intenciones é ideas
que se suponían al general Marqués de la Pezuela durante el breve
período de nueve meses que gobernó con facultades extraordinarias la
isla de Cuba. Había llegado ese general provisto de instrucciones,
redactadas á instancias de la Gran Bretaña, para reprimir enérgicamente
la trata de África, que clandestinamente se toleraba todavía, y pareció
por un momento inclinado á poner la mano sobre la institución misma de
la esclavitud, desplegando en favor de la raza negra un interés, una
solicitud, que ningún otro había mostrado allí jamás. Esto, á juicio de
muchos de los prohombres del partido esclavista norteamericano,
equivalía á precipitar lo que llamaban la «africanización» de la isla,
amenaza de convertirla pronto en algo semejante á la situación de Haití,
y el ejemplo podía ser muy contagioso y forzar desde luego á los Estados
Unidos á prevenir la repercusión en su suelo y la probable propagación
de tan horrorosa epidemia. La alarma, empero, nació y murió en el mismo
año; el marqués de la Pezuela encontró acérrima hostilidad en la parte
más influyente y poderosa de la población de Cuba, y á poco, de resultas
de un pronunciamiento victorioso, cambió en Madrid la escena, se ordenó
su relevo, y fué confiada la administración de la isla á otro militar de
ideas contrarias, de carácter muy diferente y con opuesto género de
instrucciones.
Buchanan continuó siendo de los que siempre creyeron en lo fácil de la
compra, en que dependía de más ó menos millones de pesos, y con su
obstinación genial y su constante anhelo de complacer á los dueños de
esclavos no renunció á la esperanza sino la mantuvo viva y presente en
su memoria. La protestación de la fe, redactada en nombre del partido
para acompañar la candidatura presidencial, había prometido todos los
esfuerzos necesarios para asegurar «la supremacía en el golfo mejicano»
(_to insure our ascendency in the Gulf of Mexico_), y poco antes de
verificarse las elecciones, había mostrado Buchanan tomar tan á pechos
esa promesa, que decía: «si logro como Presidente resolver la cuestión
de la esclavitud y anexar después á la Unión la isla de Cuba, exhalaré
el espíritu tranquilo y traspasaré el gobierno á Breckenridge,» esto es,
al Vicepresidente que iba á ser nombrado junto con él[30].
[30] Carta del senador Brown á Adams, 18 de Junio de 1856. GREELEY,
_American Conflict_, vol. 1.
Engolfado durante la primera mitad de su presidencia en la procelosa
cuestión de Kansas, faltóle tiempo que dedicar á la isla de Cuba, y
solamente cuando el Congreso modificó hasta reducirlo á casi nada su
plan de organizar el nuevo estado esclavista, pudo consagrarse á sus
nunca borradas aficiones anexionistas y cumplir la palabra empeñada en
la conferencia de Ostende. El momento parecía propicio. Douglas mismo,
su gran rival dentro del partido, el que había con sus ataques despojado
de toda autoridad y valer el plan sobre Kansas, libre ya del susto de
perder su puesto en el Senado, volvía también los ojos codiciosamente
hacia el Golfo mejicano. Recorriendo Estados del Sur en busca de
aplausos para remendar su popularidad menguada por sus últimos
desplantes y discursos en el Senado y en Illinois, y para recuperar
hasta donde fuese posible el afecto de esa importante sección, había ido
pregonando de ciudad en ciudad la necesidad de adquirir la isla de Cuba
y había llegado hasta el extremo de decir que era un caso de
incontrastable actualidad, superior á toda discusión, pues sonaba ya la
hora de extender la mano y asir lo que el destino ordenaba á la nación
como ley de su engrandecimiento[31].
[31] Discursos en Memphis, New Orleans y Baltimore. (Nov. 1858 á
Enero 1859), citados por NICOLAY _and_ HAY _Cent. Mag._ XXXIV. pag.
383.
Quizás ese ardor anexionista era, tanto en Douglas como en Buchanan,
mucho menos real y sincero, mucho más superficial de lo que inducía á
creer el vigor de las frases aludidas, porque uno y otro eran personajes
arraigados en el Norte y jefes políticos cuyas mejores y más numerosas
tropas se encontraban en el Sur, y todo venía en último resultado á
resolverse para ellos en maniobra estratégica, en una manera de lograr
posición ventajosa, con el principal objeto de infundir á sus
seguidores la cohesión y unidad de propósito, de que en ese momento
lamentablemente carecían. No era de creerse, por tanto, aunque lo
dijeran, que los moviese la intención de librar á España de lo que
consideraban carga tan inútil como peligrosa, para ofrecerle, en cambio,
suma considerable de dinero contante, cuyo rédito anual fuera por sí
solo superior al sobrante de las rentas de la isla. Ni mucho menos había
de impulsarles interés por los hijos de Cuba, agobiados por el
despotismo colonial de una metrópoli, que en pleno siglo XIX confiaba
todavía á duros y atrasados gobernantes militares la misión de aplicar
en sus últimas posesiones de América las ideas exclusivas y tiránicas de
los azarosos tiempos de la conquista. Esos aspectos de la cuestión
servían para deslumbrar embelleciéndola, para encubrir el fondo de
intriga electoral ó de combinación de grupos, que era realmente lo único
capaz de excitar y poner en movimiento á políticos de esa laya, cuyas
miradas no iban más allá de las conveniencias del partido.
Cualquiera hubiera podido adivinar lo que á Buchanan ocurriría, al tocar
ahora de nuevo este asunto, con recordar lo que él mismo había
consignado diez años antes, siendo secretario de Estado del presidente
Polk, en un despacho oficial, en que daba al representante americano en
Madrid la orden de ofrecer al gobierno español la suma de cien millones
de pesos, si lo encontraba dispuesto á ceder por dinero la isla de
Cuba[32]. En el mensaje al Congreso de 6 de Diciembre de 1858 saca á
relucir la misma idea, cambiada sólo la forma de su aplicación; y
pronosticando futuras negociaciones decía que antes de todo juzgaba
indispensable tener á su disposición los medios de hacer algún anticipo
al gobierno español, inmediatamente después de firmado el tratado que se
ajustase, sin necesidad de aguardar su ratificación por el Senado. Al
mes siguiente el senador Slidell, amigo íntimo de Buchanan, sucesor de
Soulé en la representación del Estado de Luisiana, (el mismo que
navegando junto con Mason de la Habana á Europa fué apresado en alta mar
y devuelto en libertad ante la enérgica reclamación de la Gran Bretaña),
presentó un _bill_ para autorizar el Presidente á gastar treinta
millones de pesos con el fin de facilitar negociaciones encaminadas á la
adquisición de Cuba.
[32] Buchanan á Saunders, 17 de Junio de 1848. El informe de
Slidell (_Cong. Globe_, 2nd. Sess., 35th. Congress,--_Append._)
cita el párrafo esencial de ese despacho junto con otros
antecedentes.
Es un axioma histórico irrefragable: los Estados Unidos jamás
comprendieron á España, como España jamás comprendió á los Estados
Unidos. Estaban éstos destinados en virtud de la marcha fatalmente
lógica de las cosas á arrancar un día á España por la fuerza sus últimas
posesiones, y España, la inmensa mayoría de los españoles, jamás se
resignó á prever la cuestión, á preparar por medio de un contrato su
retirada en condiciones relativamente ventajosas. No hay más triste y
penoso ejemplo de invencible obcecación por parte de España. Nunca hizo
cosa alguna ni á tiempo ni sinceramente por conciliarse el respeto ó el
afecto de sus hijos, fué al contrario sin escrúpulo ahondando el lago de
sangre derramada por la bárbara represión, y tuvo al mismo tiempo la
candidez de creer ganarse la buena voluntad del gobierno de los Estados
Unidos con pequeñas concesiones de detalles ó vagas promesas de ventajas
comerciales insignificantes. No tenía la magnanimidad de reconocer la
isla como virtualmente perdida y de tratar con sus descendientes para
salvar honrosamente lo que todavía era susceptible de ser salvado, como
tampoco tuvo el sentido práctico de aceptar las garantías materiales y
morales que los Estados Unidos una y otra vez solemnemente le
ofrecieron. En realidad no sintió un solo instante la gravedad infinita
de la situación, porque á su juicio una nación de héroes, robustecida
por gloriosas tradiciones de tantos siglos, poco debía temer á una
república anárquica de mercaderes, nacida ayer como un hongo en terreno
demasiado fértil y engrandecida súbitamente sin cohesión ni armonía de
sus partes componentes. Así, cuando llegó la hora de la crisis
inevitable, lo perdió todo en una sola brevísima campaña, á que se
precipitó con la impasibilidad del que tiene ojos y no ve las señales de
los tiempos, del que tiene oídos y no percibe el ruido precursor de la
tempestad.
Tanto orgullo en medio de tanta debilidad era para Buchanan enigma
indescifrable, y en el mensaje al Congreso decía que era cosa de
devanarse los sesos llegar á comprender que España, por conservar una
colonia poco importante (_comparatively unimportant_), rehusase hacer lo
que sin titubear ejecutó Napoleón primero, quien era "tan celoso como el
que más del honor y los intereses de su nación, y no fué por nadie
vituperado al aceptar un equivalente pecuniario en cambio de la
Luisiana, cedida á los Estados Unidos".
Mientras Slidell redactaba, en nombre de la Comisión de relaciones
extranjera el informe que debía abrir en el Senado la discusión de su
_bill_, llegó á Madrid el texto del Mensaje presidencial, é
inmediatamente exclamó en las Cortes el general O'Donnell que se
exigiría cumplida satisfacción por tamaña injuria inferida al honor
nacional, y la asamblea en masa, mayoría y minoría confundidas en la
misma indignación, aplaudió y se adhirió á la vehemente protesta del
primer ministro. No por eso sin embargo, se arredró la obstinación de
Slidell, mantuvo los términos de su escrito como previendo, y de
antemano contestando, el episodio de las Cortes, pues decía: "España es
un país de golpes de estado y pronunciamientos, el omnipotente ministro
de hoy acaso sea mañana un fugitivo..... Una crisis puede surgir en que
la dinastía misma corra riesgo de ser derribada por no poder disponer
prontamente de alguna fuerte suma de dinero efectivo"[33].
[33] _Cong. Globe_. 2nd. Sess. 35th. Congress, _Appendix_. pag. 90.
El escrito de Slidell es un trabajo notable, ordenado, repleto de útiles
datos estadísticos tomados en buenas fuentes. Reúnelos por pura vanidad
de informante escrupuloso, pues advierte desde el exordio que discutir
la importancia para los Estados Unidos de la adquisición de Cuba es
tarea tan innecesaria como empeñarse en "demostrar un problema elemental
de matemáticas ó uno de esos axiomas de moral filosófica universalmente
aceptados en todo tiempo", y que "en ninguna otra cuestión de política
nacional se ha pronunciado en forma tan unánime la opinión general". Al
enumerar las ventajas que á su juicio reportarían España y los Estados
Unidos, la una cediendo la isla y los otros adquiriéndola, no olvida al
pueblo cubano y evita tratarlo como simple mercadería, pues afirma como
punto averiguado é indudable que "una mayoría inmensa, más que favorece,
ardientemente desea, la anexión", y añade: "Extraño en verdad, sería que
así no fuese, privada como se encuentra Cuba de todo género de
influencia en los asuntos de interés local, sin representación en las
Cortes, gobernada por hordas sucesivas de empleados famélicos, enviados
por la madre patria á ganar fortunas y volver en seguida á disfrutarlas
en los lugares de donde vienen. Menos que hombres serían si viviesen
contentos bajo ese yugo".
No es más sombrío este último cuadro de lo que era en Cuba la realidad,
pero le faltaba algo esencial. Si lo trazaba el senador con objeto de
encarecer la fácil ejecución de su proyecto, no daba el valor que
debiera á otra parte de la población de Cuba, sobre la cual no pesaba el
yugo con la misma fuerza, que hasta lo estimaba cómodo y ligero, con tal
que siguiese oprimiendo duramente á la masa de los nacidos en el país.
Componíase entonces de unos sesenta mil individuos nacidos en España,
todos hombres, casi todos en el vigor de su edad, para quienes la patria
viva y varonilmente amada no era el suelo que los sustentaba, sino la
península remota del otro lado del Océano; que temían sin cesar algo de
hostil en torno y lo husmeaban con ojo avisor y ceño fruncido,
conscientes de la injusticia perenne de que eran cómplices satisfechos;
y que mientras la bandera metropolitana los conservase en posesión
tranquila de sus privilegios y monopolios repugnaban con honda antipatía
cuanto podía venir de la vecina república angloamericana. El gobierno no
estaba tampoco en capacidad de ejecutar cosa alguna sustancial en la
isla sin el concurso de esa parte de la población.
Entre los cubanos también la idea anexionista no era tan universalmente
acogida como Slidell supone; las dos expediciones desembarcadas en la
isla á las órdenes del general Narciso López y otros conatos
revolucionarios prematuros, malogrados, se estrellaron contra la
indiferencia popular, y probaron que no bastaba esa idea á despertar un
gran movimiento de entusiasmo patriótico, como el que á la voz de
independencia se vió tan velozmente cundir en 1868, precisamente cuando
toda excitación del lado de los Estados Unidos había ya cesado, y nadie
en ellos hablaba de la compra de la isla. Pero es positivo que el yugo
bajo el cual doblaban la cerviz era insoportable, y cuantos allí
recibían alguna instrucción, por rudimentaria y escasa que fuese,
hubieran saludado con júbilo y apoyado la anexión con tal de sacudir el
oprobioso y humillante régimen.
No tardó mucho en aparecer que el plan bosquejado por el Presidente en
su Mensaje era una quimera, destituído de toda probabilidad de vida. A
pesar del inteligente auxilio prestado por Slidell con su proposición de
ley y con su informe, á pesar del absoluto dominio que el partido
demócrata ejercía en el Senado, eran aquellos los días finales de la
segunda y última "sesión" del trigésimo quinto Congreso, cuya existencia
legal terminaba el 4 de Marzo de 1859, y la minoría del Senado, grupo ya
muy respetable por su número, el sobresaliente mérito de algunos de sus
miembros y el gran papel que su programa, el programa del porvenir,
representaba en el país, podía fácilmente impedir por medios
estrictamente parlamentarios que llegase el _bill_ á votación
definitiva. Antes de la clausura había que votar los presupuestos, y por
la táctica de ocupar con discursos de oposición el limitado tiempo
reservado á la cuestión, la hora fatal de la suspensión daría al traste
con el Mensaje y con el _bill_.
Así literalmente aconteció. Estaba á la cabeza de la oposición el
senador de Nueva York William H. Seward, hombre de suma habilidad,
crítico sutil, formidable polemista parlamentario, en quien la fama
pública señalaba un futuro Presidente, que no dejó pasar tan favorable
coyuntura sin dirigir las estocadas de su palabra acerada contra los que
gobernaban, atentos solamente á intereses de partido. Buchanan estaba
irremediablemente desprestigiado por el desastroso fin de su empeño de
sancionar la entrada de Kansas con la constitución esclavista; el
secreto de su debilidad política era ya la fábula del país, y parecía
alarde de extraordinaria simplicidad en él solicitar en esos momentos
que el Congreso le diera prueba tan grande de confianza en su tacto é
imparcialidad, entregándole treinta millones de pesos para gastarlos del
modo que le ocurriese, en una fantástica negociación cuyos detalles eran
un misterio, puesto que ni existían ni podían ser previstos todavía;
para que cayesen en el abismo de su ignorante presunción, y de todas
suertes quedasen gastados y perdidos en caso de que el Senado no
aprobara el tratado, si algún tratado llegaba á ajustarse. No había, por
consiguiente, de escatimar Seward ante pretensión tan extravagante las
sarcásticas expresiones de lástima y desdén que el caso sugería.
Por cualquier lado que se mirase tomaba ello en efecto visos tan fuera
de lo común, tan raros, que muchos dudaron siempre de que seriamente
promoviesen Buchanan y su amigo y consejero Slidell la cuestión de
confianza esperando de veras que el Congreso los siguiese por ese
camino. Cuando se vió á Slidell abandonar por último el punto dejando la
lucha suspendida indefinidamente, quedaron todos convencidos de que
había sido una mera apariencia, nada más que deseo de causar un poco de
ruido, de poner al partido, gracias á su apetito conocido de nuevos
territorios con esclavos, en condiciones de recuperar la influencia y
ascendiente que visiblemente disminuían.
La retirada del _bill_ se verificó sin embargo con toda solemnidad, á
guisa de funerales de alta clase, conduciendo Slidell el duelo con suma
gravedad y manifestando deplorar vivamente el triste fin de la malograda
proposición. Como último honor pidió que el Senado una vez más hiciera
constar su simpatía profunda; dos tercios y más de los senadores se
prestaron gustosos á dar esa prueba de amor puramente platónico. En la
inmensa mayoría entró el partido íntegro con sus jefes ilustres; Douglas
y Jefferson Davis, los dos polos de la agrupación, cabezas de sus dos
alas extremas, votaron en un mismo sentido, y todos nuevamente afirmaron
que era necesaria la adquisición de la isla. Agregó entonces Slidell que
renunciaba á su derecho de mantener la proposición en la orden del día,
por no estorbar en aquella hora avanzada de la espirante sesión la
discusión de los presupuestos y entorpecer el servicio público, pero que
se reservaba renovarla en la siguiente legislatura; todo lo cual no era
más que cumplimiento de oración fúnebre, el _bill_ estaba bien muerto y
sin esperanza de resurrección. Con el aparente aplazamiento caía
definitivamente la cortina, terminaba la última escena de la larga
tragicomedia, que hubiera podido intitularse: "Tentativas de anexar á
Cuba", y estuvo representándose á pedazos y á intervalos durante más de
veinticinco años en la escena política[34].
[34] Slidell, sin embargo, cumplió aparentemente su palabra. Apenas
se abrió el nuevo Congreso el 5 de Diciembre, anunció otra vez su
_bill_, lo presentó, y en 30 de Mayo dijo que, convencido de que ya
no podía discutirse, decidía retirarlo. Buchanan también afectó
persistir en sus ideas, y en el Mensaje de Diciembre 19 de 1859
dijo que su opinión sobre la adquisición de Cuba por medio de
«justa compra» continuaba siempre igual. _Cong. Globe._ 36th.
Congress 1st. Sess.
Comedia, sí, pero por parte de los Estados Unidos solamente, tenazmente
aferrados á su antigua idea de compra y aumento de territorio por
"negociaciones honorables", como decía Buchanan en el Mensaje citado;
fieles al empeño de suponer á España hasta ansiosa de ceder á Cuba por
dinero, empeño que alimentaban, unas veces con reflexiones de historia
filosófica, como las de Everett en un conocido despacho diplomático[35],
afirmando que la decadencia española comienza al iniciarse en el siglo
XVI la aplicación de su sistema colonial, y que "á partir de la pérdida
de las más de sus colonias en el XIX había entrado en una corriente
rápida de progreso desconocida desde la abdicación de Carlos V"; otras
veces dirigiendo encubiertas amenazas, cuyo vano carácter tenían
perfectamente penetrado los hombres de Estado en España, bien seguros de
que en aquella fecha, dada la actitud de Francia é Inglaterra, no
llegarían á transformarse en actos de hostilidad.
[35] Everett, Secretario de Estado, al conde Sartiges, ministro de
Francia, Diciembre 1º de 1852, con motivo de la Convención
tripartita propuesta para garantizar á España la posesión de Cuba.
Mas lo que en Washington podía parecer extraña y mal coordinada comedia,
tomaba desgraciadamente en Cuba doloroso aspecto y provocaba trágicos
sucesos, que costaron muchas lágrimas y sangre generosa. Mientras los
políticos norteamericanos hablaban sin medida en el Congreso ó ensayaban
en las Cancillerías sus estériles ajustes, nobles esperanzas de poner
término á su condición de colonos oprimidos excitaban á los cubanos, y
juzgando algunos que les incumbía el deber de probar que eran dignos del
anhelado rescate, que no eran esclavos afeminados, corrieron á las armas
sin detenerles la certeza del desastre en pelea tan desigual, se
lanzaron al campo estimulados por noble impaciencia, y murieron en lid
desesperada, ó ascendieron impávidos las gradas del patíbulo, ó expiaron
lentamente en presidios lejanos su imprudente arrojo.
España, por desgracia para ella y para Cuba, no aplicaba otro remedio á
la situación que consejos de guerra y sentencias de muerte ó de cadena,
ni corregía tampoco su sistema de explotación y predominio puramente
militar. Cada año los hijos del país se sentían más lejos de ella, más
agraviados, más hostiles, hasta que al fin llegase un día en que no
quedase un solo lazo de afecto entre la colonia y la metrópoli, en que
la venganza y el interés se aunasen para aconsejar todas las locuras,
todos los sacrificios.