CAPÍTULO VIII.

Duelo de oradores.

Cuando de Washington llegó Douglas á defender personalmente en Illinois

su candidatura senatorial, fué acogido por sus partidarios entre

vítores, músicas y luminarias; desde las primeras reuniones el

entusiasmo provocado por su presencia anunciaba el mismo triunfo fácil y

completo de luchas anteriores. Para orador de plaza pública contaba

Douglas con dos grandes ventajas: vigor físico extraordinario y

resistencia infatigable; su talento de tribuno popular, compuesto por

partes iguales de audacia y habilidad, sabía seducir la multitud

halagando malas y buenas pasiones, sabía imponer despóticamente su

opinión afectando confianza y envolviéndose en el manto de su autoridad

y prestigio como antiguo y nunca vencido jefe del partido demócrata.

Su posición era, sin embargo, en aquel encuentro extremadamente

delicada. La política de íntimo acuerdo entre miembros del partido en el

Norte y en el Sur, que á él debía el grande impulso y militante aspecto

tomados desde 1854 al abolir el compromiso y fomentar la colonización de

Kansas en favor de los dueños de esclavos, subió á su apogeo en 1857 con

la sentencia del Tribunal Supremo y las recientes combinaciones

fraguadas para arraigar más firmemente la debatida institución; pero en

realidad las cosas habían corrido mucho más allá de lo que Douglas

deseaba, y vinieron á dejar minada por la base la posición que ocupaba,

pues si conforme á la interpretación del Tribunal á nadie era lícito

oponerse al establecimiento de la esclavitud en los Territorios,

resultaba ilusoria, inútil, la facultad por él tan encarecida de

resolver como atribución de la soberanía popular lo que la ley

constitucional tenía ya concedido y reconocido. La contradicción de

ambas teorías era evidente, la una inutilizaba la otra, y entre la

interpretación de un simple senador y el fallo inapelable de la Corte no

podía vacilarse al elegir. Douglas así lo confesaba con el hecho de

apartarse en el Senado de la mayoría de sus colegas, de votar contra el

partido que él mismo había conducido tantas veces á la victoria, de

ofrecer, en fin, el raro espectáculo de un general en jefe disparando

contra sus tropas en el momento decisivo de un asalto, sólo por disentir

respecto á un punto de táctica constitucional. De ahí para el candidato

un doble peligro que era menester conjurar:--si defendía la doctrina del

Tribunal con todas sus consecuencias, se enajenaba partidarios en el

Norte, en su propio Estado, y podía perder la senaduría;--si la

repudiaba ó atenuaba en cuanto no ajustase á su vieja idea de soberanía

popular, ahuyentaba número mayor de partidarios en el Sur y perdía

seguramente la esperanza lisonjera de llegar á la Presidencia de la

República.

Todo esto comunicaba á la campaña muy dramático interés, y aumentó más

cuando se supo que Lincoln tenía resuelto retar su adversario á combate

singular ante el pueblo, esto es, proponerle recorrer juntos los pueblos

y ciudades, hablar, y refutarse recíprocamente sus argumentos ante los

mismos auditorios. El cartel no podía ser rehusado. No eran raras en

aquellas regiones justas oratorias de la misma especie, y en esa vez el

vigor de los contendientes, el alto honor que disputaban, el aprecio de

que gozaban, contribuyeron, además de la importancia de la cuestión

sobre que versaba el litigio, á excitar palpitante curiosidad. Acordaron

reunirse en siete ciudades diferentes, cada sesión duraría tres horas,

el que primero hablase dispondría de una hora, el contrincante de hora y

media para replicar, y se reservarían los restantes treinta minutos para

aquél á quien hubiese tocado abrir el debate.

Conocíanse muy bien de antemano ambos adversarios, habiéndoles sobrado

ocasiones de encontrarse desde la época en que casi á un mismo tiempo

llegaron por rumbos diferentes á establecerse en Illinois en busca de

fortuna. Lincoln, que era cuatro años mayor, llegó primero, de Kentucky

en el Sur, Douglas poco después, de Vermont en el Norte. Domiciliados

allí obtuvieron los dos al fin, si no riquezas, bienestar y

consideración, aunque Douglas, como más activo y emprendedor, se había

abierto mejor y más pronto su camino; ya en aquella fecha había ganado

dos veces y disfrutado durante doce años el envidiable puesto en el

Senado nacional, que para Lincoln todavía era una esperanza incierta,

demasiado ambiciosa quizás. La lucha, á pesar de que por momentos asumió

tono muy violento, se mantuvo, en suma, libre de improperios demasiado

odiosos.

No estaba Lincoln destinado á ser senador de los Estados Unidos. En

cuanto á ese objeto final fué derrotado sin duda en la contienda, pero

ganó innegablemente en la discusión la palma de la victoria y de ella

brotó toda su gloria futura. El tomo en que se imprimieron sus discursos

en esos debates circuló profusamente en el país, y hasta el triunfo de

1860 fué el arma mejor de guerra de que dispuso el partido

republicano[25]. La discusión velozmente se extendió fuera del círculo

estrecho de la elección de una asamblea local y un senador, y se elevó á

espacios superiores y más vastos, como previniendo ó anunciando la gran

lucha que tres años después había de trabarse. Acaso Douglas, aplicado

intensamente á la imprescindible necesidad de conservar la dignidad

senatorial, no veía esa faz de los debates tan clara como Lincoln mismo,

en quien el interés personal era menor y la ambición menos definida

todavía, menos ardiente. Cuéntase que antes de dirigir Lincoln á su

rival cierto famoso interrogatorio en el segundo de los encuentros, en

Freeport, aconsejado por sus amigos de aplazar una de las preguntas,

porque podría perjudicarle y hasta costarle la pérdida de la elección,

replicó: "se trata para mí, señores, de levantar caza de mayor cuantía;

si Douglas contesta, nunca llegará á ser Presidente de los Estados

Unidos, y la campaña de 1860 importa cien veces más que la

presente[26]".

[25] _Lincoln-Douglas Debates_, publicados junto con otros

discursos de Lincoln. Columbus (Ohio) 1860.

[26] _Nicolay and Hay._ Cent. Mag. vol. XXXIV pag. 191.

Esa pregunta famosa, que tan caro costó á Douglas haber absuelto, tendía

á hacerle declarar si legalmente existía entonces algún medio de excluir

la esclavitud, en el caso de que se le antojase á cualquier ciudadano

entrar en un territorio y establecerse acompañado de sus esclavos. El

Tribunal supremo tenía resulto por su fallo _que no_, resolución

festejada, encomiada y pregonada por las masas del partido demócrata

como preciosa garantía del cumplimiento de sus deseos. Si Douglas por el

contrario contestaba _que sí_, y construía para salir del escabroso paso

alguna sofística explicación, salvaría tal vez su candidatura de

senador, pero sacrificaría por lo inmediato lo más grande que estaba

detrás, la primera magistratura del país.

Contestó en efecto que la sentencia válida y vigente de la Corte

resolvía la cuestión solamente en lo abstracto, y que en las asambleas

locales residía la facultad de dictar reglamentos hostiles, para hacer

imposible la aplicación de la doctrina legal. A lo cual Lincoln

instantáneamente replicó: «Yo califico de injusta é improcedente la

decisión del Tribunal y lealmente pido su revocación; el juez Douglas se

revuelve enfurecido contra los que pretendemos una cosa tan natural, y

propone, en cambio, quitarle en la realidad toda su fuerza y su valor

legal, pero aparentemente dejándola en pie. Jamás ha brotado idea más

monstruosa por los labios de persona que á sí mismo se respete».

Douglas era demasiado avisado para no ver el lazo que le tendían, para

no adivinar el abismo en que con su respuesta podía caer; probablemente

en el apuro prefirió atender á lo más urgente y fiar el porvenir á su

destreza y su fortuna. Logró la reelección, pero la frase fatal

pronunciada en Freeport se le adhirió como túnica maldita, neutralizó la

mejor parte de su habilidad y energía, embarazó todo ensayo de

reconciliación con su partido, y la futura presidencia tocó precisamente

al rival vencido, que le arrancó la amañada respuesta.

La suma trascendencia de los principios de moral pública y privada que

se hallaban frente á frente, la importancia de sus consecuencias

políticas y sociales, el movimiento dramático de esa especie de pugna

cuerpo á cuerpo, por decirlo así, entre dos hombres eminentes, imprimen

excepcional alcance á los discursos pronunciados en la campaña, y

permiten, á despecho de graves imperfecciones, leerlos todavía con

algún interés, con bastante provecho. Los de Lincoln son superiores,

porque dejando pronto á un lado la cuestión de personas, se elevan á

terreno más abierto, en que es más puro el aire y más franco el

horizonte, abordan prontamente la situación más alta desde donde,

contemplada la institución de la esclavitud bajo todos sus aspectos

reales, es posible fijar la horrible injusticia en que se funda y las

perniciosas consecuencias con que pervierte y abruma á los mismos que la

defienden y ciegamente la fomentan. Medidos conforme á reglas precisas

del arte, no son por de contado obras maestras, ni mucho menos; la

desgracia de versar siempre sobre el mismo tema, de tener que amoldarse

á auditorios demasiado numerosos de campesinos iliteratos, pronunciados

á menudo al aire libre, deformados por la necesidad de modificar ó

extirpar á cualquier costa errores arraigados, los atesta de lugares

comunes y monótonas repeticiones. Pero la sinceridad con que busca

Lincoln armonizar el respeto á la ley con el fervor moral de sus

convicciones, infunde vida y calor á las palabras; y como abrigaba

siempre en lo íntimo de su ser una vena poética, no muy rica, pero de

buena ley é inagotable, el delicioso aroma acude de cuando en cuando á

la superficie y revela con delicados y sutiles efluvios su presencia.

Entre un total de doscientos cincuenta y dos mil votos recogidos

apareció en favor del partido demócrata una mayoría de poco más de mil

sufragios, y al, reunirse la legislatura de Illinois en el mes de

Enero, fué reelegido Douglas para el Senado por cincuenta y cuatro

votantes; Lincoln reunió cuarenta y seis. La derrota no era un desastre,

y sin jactancia había lugar de confiar en el porvenir, dadas las

circunstancias especiales que militaron por Douglas. El desaliento no

debía por tanto dominar al vencido, pero no es de extrañar que al cabo

de tan largo y penoso esfuerzo sintiera Lincoln la resignada tristeza

que revelan las siguientes líneas de una carta privada: «Mucho me alegro

de haber entrado en la lucha. Hallé el medio, que no hubiera tenido de

otro modo, de hablar y ser oído sobre la grande, la perpetua cuestión

del día, y aunque ahora me sepulte en el olvido y no se acuerde nadie

más de mí, he dejado vestigios cuyo valor en pro de la causa de la

libertad durarán mucho tiempo después que haya yo salido de la

escena.»[27]

[27] Carta al Dr. Henry, Nov. 19 de 1858. (_Cent. Mag._ XXXIV, pag.

306.)

Las trazas eran más profundas de lo que él mismo se figuraba, y aunque

su ambición siguiese entonces reducida á buscar y lograr en otra

oportunidad el cargo de Senador, honor mucho más alto le reservaban sus

compatriotas llenos de gratitud, llenos de confianza en quien tanta

energía y vigor intelectual acababa de desplegar.

Hombres y glorias de América · 第 13 / 44 题