CAPÍTULO VII.

Campaña electoral en Illinois. Lincoln y Douglas.

Esa elección de nuevo senador en el Estado de Illinois por cumplirse los

segundos seis años de Douglas en el puesto, fué (luego que abortó en

Washington el plan de la admisión de Kansas) el acaecimiento capital de

1858, y el país siguió sus diversas fases con apasionada curiosidad.

Ordena la Constitución de los Estados Unidos que los senadores federales

no sean elegidos directamente por el pueblo, sino por las asambleas y

senados particulares de cada Estado, pero prácticamente acontece lo

mismo que en las elecciones presidenciales, y el precepto constitucional

respetado en la forma resulta ilusorio en la realidad. Al ser elegidos

los miembros de esos cuerpos particulares, si es año en que toca elegir

senador federal, van ya todos ellos comprometidos á nombrar una persona

públicamente designada de antemano por la Convención del partido, y á

menudo se ve dirigir é intervenir en la campaña ante el sufragio

universal á los mismos individuos que han de pretender después el cargo

senatorial ante el sufragio restringido. Es claro que en esos casos ni

siquiera se guardan las apariencias, el pueblo encuentra ocasión de

conocer y apreciar las opiniones, las facultades oratorias, el aspecto

personal de los candidatos; manifiesta su voluntad en plena posesión de

cuanto necesita para ilustrarla, y cuando escoge miembros de asambleas

locales designa al mismo tiempo el ciudadano que quiere hacer senador de

los Estados Unidos. No lástima, por tanto, ningún interés esencial la

desviación introducida por la práctica en el cumplimiento del precepto

constitucional.

La cuestión asumía por varios conceptos carácter excepcional. Los

motivos de Douglas al desertar ruidosamente de su partido en materia tan

importante como la suerte de Kansas, problema en que se creía él más

genuino y leal intérprete de la verdadera doctrina «democrática», iban á

ser por primera vez oficial y directamente juzgados por el pueblo de

Illinois, Estado que por su población era el cuarto entre los treinta y

uno de la federación[23]; Douglas mismo, además, que tan cerca estuvo de

sobrepujar á Buchanan y obtener la candidatura presidencial, que

alimentaba todavía fundadas esperanzas de conseguirlo en la próxima

ocasión, que era el hombre de estado más conspicuo, de mayor reputación

en el país, se presentaba armado en el palenque y resuelto á entrar en

combate desplegando todos sus recursos, pues era de vida ó muerte

política para él el lance que jugaba.

[23] El cálculo de su puesto entre los Estados es ligeramente

anticipado; el Censo nacional en que aparece Illinois con 1.711.951

habitantes, es el de 1860, poco menos de dos años después de la

fecha á que en el texto se alude.

Pero esa campaña electoral en un pedazo del interior de los Estados

Unidos es famosa, inolvidable para la posteridad, por el gran papel

histórico que estaba reservado, que allí empezó á representar ante los

ojos del pueblo americano, que más adelante representaría ante el mundo,

otro personaje, el adversario precisamente que venía á disputar con

Douglas la palma de senador, Abraham Lincoln, unánimemente designado ya

por el partido republicano de Illinois como único capaz de luchar con

armas de fuerza igual contra enemigo de pujanza tan probada.

Las armas á la verdad no eran iguales sino superiores, y fueron

manejadas con tal destreza y tanto vigor que el nombre de Lincoln,

abogado del foro de Springfield, capital de Illinois, apenas conocido

más allá de los lindes del Estado, corrió inmediatamente repetido de

boca en boca y desde esa época contado en el partido republicano como

uno de sus jefes más hábiles y valientes. Apenas supo que era el

candidato de la Convención reunida en Springfield para la senaduría, se

halló que tenía trazado en su mente todo el programa conforme al cual

había de llevarse á término la campaña y lo expuso en un discurso, que

sus biógrafos más recientes[24] califican como el más cuidadosamente

preparado de su carrera política, que pronunció de memoria sin tener

delante ni notas ni borrador, revelando con ello el valor que daba á ese

primer paso de una marcha decisiva, en que le tocaba el honor de ser

portaestandarte de un gran partido á más grandes cosas destinado. Desde

las frases iniciales descúbrese ya el aspecto original de su elocuencia,

mística al mismo tiempo que sobria, precisa, concluyente, en que entran

por muy poco los adornos del arte, combinando en proporciones bastante

altas las condiciones únicas que permiten desdeñar sin riesgo los

auxilios de la retórica, es decir, perfecta sinceridad de sentimientos,

no creados para el caso, sino nacidos y educados al calor de antiguas

convicciones, y cabal percepción en todos sus aspectos del objeto

supremo á que tienden sus palabras.

[24] JOHN G. NICOLAY y JOHN HAY, _Abraham Lincoln_, copioso y

admirable trabajo publicado originalmente en el _Century Magazine_,

New-York, de Noviembre 1886 á Febrero 1890.

Empieza el discurso como un sermón de iglesia, sin que sea esto querer

colocarlo como ejemplo de oratoria untuosa, recitando el versículo

conocido del Evangelio de San Marcos: «Una casa dividida contra sí misma

no puede permanecer»; y desde el exordio, llevando á los oyentes _in

medias res_, continúa de esta manera: «No creo que pueda nuestra patria

indefinidamente subsistir con una mitad esclava y otra libre. No espero

que la Unión se disuelva ni que la casa se derrumbe, espero, sí, que

cesará de hallarse dividida. Tendrá que ser lo uno ó lo otro. O bien los

adversarios de la esclavitud contendrán el ulterior desenvolvimiento de

ese régimen hasta aquietar el espíritu público, convencido al fin de

dejarlo en el camino de su extinción definitiva; ó bien sus defensores

lo llevarán aun más lejos, hasta reconocerlo por igual en todos los

estados, en los antiguos y en los nuevos, en el Norte y en el Sur.»

En torno de este dilema, con tan enérgica precisión formulado, giró la

discusión por parte de Lincoln y escrupulosamente se mantuvo siempre en

el terreno político, sin dar á sus acometidas contra la esclavitud el

tono agresivo y revolucionario que afectaban los abolicionistas; porque

cumple no olvidar que ese hombre, que cuatro años después debía expedir

bajo su nombre y su exclusiva responsabilidad de supremo jefe militar la

proclama justiciera que desde el día primero de Enero de 1863 otorgaba

la libertad á cuatro millones de negros esclavos, y dejaría en la

historia estela luminosa como uno de los más grandes benefactores de la

humanidad, no era entonces ni fué jamás abolicionista en el sentido

sectario de la palabra, como tampoco sería exacto incluirlo en el grupo

de fanáticos sublimes que consagran su vida, sin soñar en premio ni

beneficio personal, á la realización de remotos elevados ideales.

Abrigaba dentro de su generoso corazón inagotable caudal de

benevolencia, que abundantemente se esparcía por todo su ser, y daba á

las rudas facciones de su desairado rostro esa viva y honda expresión de

melancolía y de piedad, que lo envuelve como una aureola. Los

sufrimientos y la horrible crueldad, que necesariamente acompañan al

yugo de la esclavitud, despertaban en su alma profunda y ansiosa

simpatía por la suerte de la raza infortunada; pero su sagacidad

práctica, su innato amor de la justicia le mostraban y recomendaban

también la otra faz del arduo problema, y claramente veía que en aquel

período de discusión pacífica, en aquella comunidad en que parecían

equilibrarse impulsos diametralmente contrarios, la solución no debía

atropellar opiniones, intereses respetables crecidos al amparo de

derechos por largo tiempo tenidos como indudables. No es de extrañarse,

por consiguiente, que en otro discurso pronunciado pocas semanas

después, volviendo sobre uno de los extremos del dilema, declarase que

la extinción final anhelada por él como adversario de la esclavitud no

tenía en su mente plazo fijo de un día, ni de un año, ni de dos, y

podría muy bien retardarse acaso un siglo entero, "pero no me queda

duda" agregaba "que vendrá y se realizará en los mejores términos para

ambas razas _en la hora señalada por Dios_".

Lincoln, nacido en Febrero de 1809, tocaba entonces, á la edad de

cuarenta y nueve años, el punto culminante y luminoso de la lenta y

difícil ascensión de su contrastada existencia; allí se produjo en él

algo grande y decisivo, como una transfiguración definitiva, y de la

empinada cumbre no descendió más, continuó siempre en las alturas,

rodeado á menudo de relámpagos en el período de la guerra civil,

contemplado, admirado por millones de seres humanos, hasta la trágica

catástrofe que terminó prematuramente su carrera y preparó la merecida

apoteosis final. Era una naturaleza excepcionalmente robusta, como bien

lo indicaban su estatura gigantesca, su fuerza muscular, extraordinarias

ambas aun en aquellas sociedades primitivas del Oeste á medio civilizar

en que pasó su juventud, y en las que no escaseaban coyunturas de

practicar ejercicios corporales. Había emprendido muchos caminos,

trabajando siempre duramente para ganar la subsistencia; en ninguna de

sus ocupaciones: colono, agricultor, patrón de lanchas surcando

afluentes del Mississipi ó el Mississipi mismo hasta la delta de su

desembocadura, oficial de voluntarios en la guerra contra indios

salvajes, luego comerciante al por menor, auxiliar de agrimensor,--supo

descubrir ó aprovechar ocasiones de prosperar con rapidez. Nunca, en

resumen, desplegó la necesaria dosis de energía y actividad, como

embargado por un ideal oscuro de superioridad moral que vagamente

entreveía, y tras el que tendía las alas fatigadas de su espíritu un

poco lento, un tanto perezoso, aunque lleno siempre de generosas

ambiciones.

En todo ese tiempo fuéle apenas dado cultivar su inteligencia más allá

de las primeras letras aprendidas en la niñez, y ya en edad de hombre

trató de estudiar la gramática de su lengua, que por cierto no llegó á

poseer y dominar completamente. Más adelante comenzó estudios

imperfectos de jurisprudencia con intención de ejercer la abogacía,

profesión que al fin exclusivamente abrazó. Su variada experiencia de

los hombres y las cosas, su perspicacia ingénita, su talento vigoroso de

orador natural dilataron inmediatamente el horizonte, permitiéndole,

allí donde el derecho y la política venían á ser una misma ocupación,

emplear y satisfacer al cabo su amor viril de libertad y de justicia,

único sentimiento tal vez capaz de excitarlo hasta el grado de

intensidad en que se realizan acciones grandes y famosas.

Fué elegido cuatro veces miembro de la legislatura local, y una vez, en

1846, de la Cámara de Representantes en Washington; mas la política de

términos medios y efímeras transacciones que en la fecha imperaba agotó

muy pronto todo el interés que lograron los negocios públicos

inspirarle, y por último se encerró estrechamente durante seis años en

la práctica de su profesión. Este período de relativa tranquilidad y

meditación se intercaló entre las dos épocas de su vida pública muy á la

sazón y afortunadamente; en él pudo perfeccionar sus conocimientos

incompletos, cultivar sus facultades, llegando por medio del estudio

asiduo de la dialéctica y las matemáticas, unido al manejo constante de

los negocios forenses, á contraer el hábito de exponer clara y

metódicamente las más complicadas cuestiones, de eslabonar fuertemente

su argumentación, ir derechamente á la verdad, derribando falacias,

atacar con vigor el flanco débil del adversario y usar siempre el

lenguaje más sencillo y comprensible, dotes todas que después tan

señaladamente lo distinguieron, y encubren ó compensan ciertos defectos

inevitables, ciertos otros rasgos extravagantes que traían su origen de

la instrucción limitada, de los hábitos formados en la juventud, de las

compañías vulgares y las ocupaciones desagradables de gran parte de su

existencia, como por ejemplo la tenacidad importuna con que introducía

cuentos, anécdotas y chistes, de muy mal gusto á menudo, en graves ó

solemnes conversaciones.

Mucho había cambiado ya cuando la cuestión de Kansas y la supresión de

la línea del Missouri, trocando en 1854 la faz de las cosas y anunciando

luchas reñidas, le hicieron salir de su retiro y le avivaron la ambición

de servir la patria otra vez y combatir sin tregua la funesta política

iniciada por la plana mayor de Washington, política en que su propio

Estado, bajo el nombre y dirección de Douglas, asumía tan directa y

peligrosa responsabilidad. Contribuyó enérgicamente á la organización y

disciplina del partido republicano prestándole toda su influencia y su

palabra. Marchaba tan rápidamente su reputación, que ya en 1856 se vió

apuntar su futuro prestigio nacional en la Convención de Filadelfia,

donde obtuvo desde el primer escrutinio más de cien votos electorales

para la Vicepresidencia de la república; la mayoría de los delegados

entonces no lo conocía, prefirió otro candidato, muy ajena de

presentir, al escuchar allí por primera vez las sílabas del nombre

oscuro de Abraham Lincoln, que habían de ser dentro de cuatro años el

signo seguro de victoria inscrito en los estandartes del partido.

Hombres y glorias de América · 第 12 / 44 题