CAPÍTULO VI.

Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisión de Kansas.

El primer año de la presidencia de Buchanan fué el más fúlgido momento

de fortuna disfrutado por el partido esclavista. Todavía hoy pudiera

supersticiosamente creerse y decirse que el destino quiso engañarlo por

última vez, en la hora misma que lo esencial estaba á punto de perderse,

y, poniéndole delante el espejismo de la victoria, llevarlo seguramente

con ojos deslumbrados á la catástrofe definitiva. Hallábase en posesión

absoluta de cuantos recursos eran de apetecerse para cimentar

indestructiblemente su predominio: poder ejecutivo, poder legislativo,

supremo cuerpo judicial, todo laboraba y conspiraba en su favor.

Nadie acogió con más regocijo que Buchanan la declaración judicial que

sancionaba la extensión de la esclavitud en los Territorios; los

intransigentes del Senado y de la Cámara de Representantes tuvieron la

satisfacción de oir decir en su nombre, en un mensaje especial, de 2 de

Febrero de 1858, que Kansas era ya un Estado con tanta verdad y tanto

derecho como otro cualquiera de la Unión, como Georgia ó las Carolinas,

con esclavos como ellos, y por los mismos títulos digno de formar parte

de la gloriosa federación. Si el Congreso seguidamente atendía las

sugestiones del Presidente, aprobaba la situación á que se había llegado

en Kansas por medios bien merecedores de reprobación, y admitía la nueva

comunidad bajo la constitución que subrepticiamente, sin consulta real

del pueblo, acababan de promulgar,--¡qué hermosa manera de coronar los

esfuerzos de los últimos cuatro años! El equilibrio entre las dos

secciones quedaba en el acto restablecido, y no habría ya peligro de

perderlo nuevamente, pues el horizonte inmediato se vestía también de

gratísimos colores; Tejas, el Estado enorme, de cerca de trescientas mil

millas cuadradas de superficie, podía legalmente ser dividido en cuatro

Estados, y en vez de dos, mandar ocho representantes al Senado,

cualquiera que fuese la cifra de su población; más lejos los vastos

espacios anexados después de la guerra contra Méjico ofrecían su fértil

suelo á colonos venidos de todos lados para organizarse pronto del mismo

modo y en las mismas condiciones que Kansas, y entonces, no diez y seis,

sino veinte, veinticinco Estados, explotados por el trabajo de los

negros esclavos, lucharían ventajosamente en Washington por medio de sus

delegados contra los ávidos industriales y comerciantes del Norte, y

tendrían en las manos los medios de exigir é imponer el respeto y la

conservación de sus instituciones peculiares.

Pero el ardiente deseo los arrastraba demasiado lejos, como poseídos

del frenesí que la fortuna vierte sobre aquellos que quiere perder,

según el célebre apotegma que la Edad media atribuía al poeta cómico

latino. El cúmulo de lisonjeras esperanzas comenzó á desmoronarse cuando

más alto y compacto parecía. Apenas se dibujó claramente ante los

correligionarios del Norte lo que se escondía detrás de esas apariencias

y vieron hasta donde soñaban ir sus aliados del Sur con el Presidente de

la República á la cabeza, se negaron algunos á continuar en tan tortuosa

dirección, invadidos de mortal angustia al hallar inconciliables el amor

de libertad que los animaba y la distinta situación legal que debía

surgir de la ejecución de sus acuerdos. La opresiva duda se propagó con

rapidez, y como tiene que suceder donde la voluntad popular es soberana

y no carece de ocasiones de manifestarse, repercutió entre los miembros

de la Casa de Representantes, desprendió de la mayoría imperante

suficiente número de votos para que fuese rechazado el _bill_ del Senado

sobre la admisión de Kansas de la manera convenida, y la bien maquinada

intriga cayó al suelo desbaratada.

Fué el naufragio definitivo de la cuestión, cuando más orgullosamente

navegaba y desplegaba velas y grímpolas; naufragio sin posible

salvación, aunque se empeñasen en excogitar las más ingeniosas

combinaciones. La misma numerosa mayoría que la había acogido y

prohijado con tanto afecto en el Senado, corría riesgo de disolverse,

porque llevaba en el seno una herida incurable; Douglas, creador y

firme mantenedor de la alianza entre representantes del Norte y del Sur,

la había abandonado en tan críticos momentos y había votado con la

minoría, es decir, contra la entrada de Kansas. Su defección tenía á la

larga que sentirse como golpe mortal.

El fallo de la Corte suprema había sido terrible para el hábil senador

de Illinois; sólo por prodigios de sofística destreza había logrado

armonizarlo en los primeros días con sus doctrinas sobre el derecho

popular de aceptar ó rechazar la esclavitud, y, mientras la insoluble

antinomia no salía de la esfera teórica, bastaron subterfugios para

acallarla. Pero si hubiera consentido ahora la transformación que por

fraude y por violencia se pretendía consumar en Kansas, mermarían y aun

quizás se desvanecerían su influencia y popularidad en el estado libre

de que era senador, ante cuyos habitantes tenía precisamente que acudir

ese año solicitando reelección. Con su perspicacia y prontitud

habituales vió y corrió al peligro. Combatió el _bill_, votó en contra,

dejó sin miedo caer sobre su cabeza las iras del Presidente de la

República, la execración de sus antiguos aliados y sus colegas. Era

luchador bastante fuerte para habérselas con todos, y aunque amargamente

deplorara el golpe de muerte que asestaba, un interés personal,

inmediato, superior, le ordenaba defender el puesto desde donde ejercía

su influencia en el país. No lograr la reelección equivaldría á

perderlo todo de una vez. Por el contrario, reelegido, le sobraría

tiempo para recobrar luego su puesto en la plana mayor de su partido, si

le conviniese, y aplicar los recursos nunca agotados de su maravillosa

estrategia.

Hombres y glorias de América · 第 11 / 44 题