A los dos días de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de
Marzo de 1857, publicó el Justicia mayor, ó Regente del Tribunal supremo
de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayoría de los jueces
en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en
vindicación de su libertad.
Es celebérrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en
nación compuesta de más de treinta Estados, independientes entre sí
respecto de toda cuestión de derecho común, civil ó criminal, y cuyos
códigos particulares en unos protegían el régimen de la esclavitud y en
otros ni siquiera lo reconocían, habían por fuerza de ocurrir á menudo
conflictos sobre la condición de individuos pasando á cada instante de
un Estado libre á otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente,
hacía el tribunal encargado por la Constitución de zanjar esas
dificultades, oyendo en grado de apelación un caso particular, ya
tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que
declaraba esclavos á los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer
y dos hijas. La importancia histórica de esa sentencia estriba en sus
considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecían,
con el objeto confesado de calmar las reñidas controversias sobre la
legalidad de la admisión de esclavos en los Territorios, y, al efecto,
aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental
por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensañados
contrincantes vino el malhadado documento á precipitarse como enérgica
levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando
las diferencias políticas hasta un grado no visto todavía.
Dred Scott, esclavo de un médico militar domiciliado en el estado de
Missouri, había residido algún tiempo sirviendo á su dueño en regiones
de la república donde no existía la esclavitud, y á su vuelta,
enardecido por violento castigo corporal á que se le sometió, dedujo
demanda de emancipación apoyándose en la jurisprudencia inglesa, vigente
como derecho común en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo
que pone el pie donde no sea legal la condición servil. Años hacía que
la demanda seguía su curso con varia fortuna en diferentes tribunales,
hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones,
local y nacional, de los Estados y de la Federación, que funcionan al
lado una de otra y completamente separadas el todo en país, llegó en
grado final ante la Corte suprema en Washington. Movió el caso vivísimo
interés; abogados de gran reputación acudieron espontáneamente, sin
retribución directa y atraídos sólo por la importancia de la materia, á
informar en estrados las dos veces que abrió el tribunal la vista de la
causa, ambas en 1856, la primera antes de la elección de Buchanan, la
segunda después. De esta manera una precedió y la otra siguió á la
encarnizada campaña que tanto ruido y tanto polvo hizo ese año en todo
el ámbito del país.
Si el alto tribunal se hubiese limitado á desairar las pretensiones del
esclavo y simplemente confirmar por los mismos ó parecidos fundamentos,
como un instante lo pensó, la sentencia apelada, sin perder el caso su
grave y dramático carácter hubiera excitado la opinión pública por breve
espacio y caído pronto en el olvido, máxime cuando se supo dos meses
después que toda la familia Scott había recobrado la libertad, en virtud
de manumisión voluntariamente otorgada por un nuevo dueño á cuyo poder
había pasado. Mejor hubiera sido así mil veces; se habría evitado la
peligrosa prueba de echar por pasto á la furia de los partidos el nombre
y la respetabilidad del más elevado tribunal de la república. El
tribunal también habría renunciado á la tarea imprudente de discutir y
resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestión
de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la
tentación que hizo á los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser
tildada como error de juicio y extralimitación de facultades, la
rectitud del propósito la explica y excusa cumplidamente.
¿A qué, en efecto, se reducía la diferencia de motes y colores entre los
dos grandes partidos acampados frente á frente desde la última lucha
electoral y en perdurable son de guerra?--A interpretar diversamente
cada uno el espíritu de la Constitución, á negar ó afirmar que en el
Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto
espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia
muy honda y trascendental, que no podía, como otras contiendas de
partido, resolverse en cambio de nombres ó trueque de personas, porque
envolvía inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.
El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitución misma con el
encargo de interpretar y fijar la significación de sus artículos, voz de
la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del
pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garantía
suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los
bandos, facciones é injusticias coaligadas,--pudo muy bien creerse
investido de la misión de terciar en esa guerra deplorable de opiniones,
y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasión oportuna de
pronunciar también sentencia sobre ese otro pleito capital, no vaciló en
prestar el patriótico servicio de resolver la intrincada cuestión que
turbaba los ánimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque á tanto
alcanzase su jurisdicción, punto de suyo discutible, el resultado
defraudó las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situación
política, envalentonó á los intransigentes del partido sudista, exasperó
á los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones,
llegó la polémica á un grado de ardor inesperado.
[20] Bryce, obra cit. vol. I. pag. 24.
Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra
las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que gozó después de
gran reputación en el foro y en la política, dijo en su arenga, entre
otras frases que leídas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones
muy esparcidas, que la extensión de la esclavitud era lo único que podía
preservar incólume la libertad de la república. Taney, presidente de la
Corte, afirma en la minuta por él redactada como resumen de las
opiniones y acuerdos de la mayoría, que "el pueblo americano", en cuyo
nombre se escribieron la Declaración de Independencia de 1776 y la
Constitución de 1787, no incluía en su expresión colectiva á los negros
africanos ni á sus descendientes nacidos en América, y que á éstos sólo
se aludía en el segundo de esos instrumentos como á una especie
particular de propiedad, de ningún modo como individuos revestidos del
carácter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego
sin temor esas afirmaciones á sus naturales consecuencias, deducía que
el Congreso no podía impedir que los ciudadanos acudiesen con sus
bienes, es decir, con sus esclavos, á establecerse en las tierras no
colonizadas todavía y pertenecientes por igual á todos los miembros de
la Unión, y eran por tanto ilegales los célebres pactos ó compromisos,
desde el de Missouri hasta otros más recientes, que habían puesto trabas
á esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial
al millón y medio de personas que había votado el programa de la
Convención de Filadelfia y proclamaba la perfecta é inatacable ortodoxia
de las doctrinas contrarias.
Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se
eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del íntegro magistrado
que estuvo veintiocho años á la cabeza del Tribunal supremo; otra se le
ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la más floreciente del mismo
Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa región, muchos otros en
el resto del país, enaltecieron á porfía las virtudes del hombre
público, la pureza, la honradez, el valor cívico, el tesón
inquebrantable desplegado hasta en los últimos límites de la ancianidad,
móvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto más célebre de su
vida, la sentencia que redactó y leyó en el caso de Dred Scott, es una
fecha lúgubre de la historia americana, un día de los que se señalan con
piedra negra, punto de partida de la más infausta peripecia para
aquellos mismos que en aquel instante parecían triunfar definitivamente
en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra
fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareció en el
acto con el carácter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivió lo
bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace;
cuando preparaba el general Grant la última campaña, murió, á fines de
1864, á los ochenta y siete años de edad, en los días mismos en que el
estado de Maryland abolía voluntariamente la esclavitud, decretaba la
ruina de la institución social que los abogados que hablaron y los
jueces que fallaron contra Dred Scott habían creído destinada á durar
perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos
humanos no alcanzan á divisar todavía".[22]
[21] _Taney_ por _F. M. Bird_. Apéndice al tomo XXIII de la _Enc.
Britannica_, 9ª edición.
[22] Palabras del discurso de R. Johnson, citadas por _Pike, First
blows of the civil war_.
Ha dejado, pues, Taney, á pesar de sus raras prendas personales, una
reputación nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la
gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocupó también
por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fué el gran
intérprete de la Constitución, el jurisconsulto sin rival á quien,
después de Washington, debe más que á ninguno agradecer la república
norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido
sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria
oposición la venia del Senado cuando el Presidente lo nombró Primer
Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en
el recinto de la justicia con tan elevadas funciones á quien se había
engolfado demasiado en la política de combate durante el gobierno
despótico y agitado del general Jackson, de cuyos más autoritarios
desmanes había sido secreto consejero y público defensor. Bien
justificado quedó ese temor con el tono, la forma é intención de los
considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que
se mire será siempre una obra política, con un fin político, redactada
con la parcialidad y exclusivismo de los papeles políticos.
La sentencia resolvía una causa particular en apelación ante el tribunal
y expresaba la opinión de la mayoría, de seis de los ocho jueces que lo
componían, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas
incrustadas en sus párrafos, de la aprobación innecesariamente impartida
al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la
perpetuidad de la esclavitud, y más que todo de la imprudente dureza con
que, para demostrar que los fundadores de la nación no pudieron haber
invitado la raza negra á gozar de la grande obra que edificaban, traza
hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin
hondo desagrado:
"A juicio del tribunal, las historias de la época y el lenguaje
empleado en la Declaración de Independencia demuestran que ni la
clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus
descendientes libres ó no libres, eran entonces reconocidos como
parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los términos
generales empleados en ese memorable documento. Difícil es darse
hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada
prevalecían en la opinión pública del mundo civilizado en la época
de la Declaración y cuando se escribió y adoptó la Constitución. La
historia de todas las naciones europeas lo revela del modo más
inequívoco. Más de un siglo hacía que eran los negros considerados
como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de
asociarse á los blancos en sus relaciones políticas y sociales,
inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco
estuviese obligado á respetar, así como de poder ser justa y
legítimamente reducidos á servidumbre en su propio beneficio. Eran
vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancías cuando
hay alguna ganancia que reportar".
Y armado con su lógica despiadada, continuaba el juez diciendo:
"que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las
palabras de la Declaración de Independencia que afirman la igualdad
de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la
suscribieron aparecería en completa y flagrante contradicción con
los principios mismos que establecían, y en vez de la simpatía del
género humano que buscaban, habrían recibido y merecido vituperio
universal".
Es triste é ineluctable condición de anomalías sociales de la especie de
la esclavitud el arrastrar á tales extremos aun á individuos dotados de
nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato
íntimo, según el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no
sólo nunca compró esclavos, sino que otorgó la libertad á cuantos por
herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego á los que por razón
de edad no podían cabalmente gozar del beneficio de la manumisión; pero
nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las
ideas del partido demócrata, no pudo resistir al deseo de echar en la
agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presidía, halló la
mayoría de sus colegas dispuesta á acompañarlo en la aventurada empresa,
y cometió el error imperdonable. Error de que él mismo fué la víctima
primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma
permanecerán eternamente adheridas á su nombre, y se necesita tener bien
presente toda la buena fe, todo el desinterés personal del hombre para
comprenderlas y atenuarlas.
El fin anhelado no se alcanzó ni siquiera aproximadamente, ni aun en el
primer momento; el mal en vez de aliviarse persistió agravándose, y
contribuyó, por contrario efecto, á cerrar el paso á todo acuerdo
posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestión de la
esclavitud.
Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedían desde
algunos años atrás el reconocimiento de sus derechos y de su carácter de
amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de
arruinar la fábrica política, no habrían de ceder ó disminuir sus
altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la
legalidad, la corrección constitucional de su programa. El miedo del
porvenir, que tan justamente les infundió el número inesperado de votos
reunido por la candidatura adversa, comenzó instantáneamente á minorar,
gracias al poderoso apoyo de la aprobación judicial; exageraron sus
pretensiones al mismo tiempo que crecían su orgullo y espíritu
dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto á la
ley, la sumisión á la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y
siempre vivos en la república, unidos al antiguo deseo de evitar á toda
costa el desquiciamiento de la Unión, decidirían á la masa del pueblo á
permitir la realización de sus designios.
El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fué, como
dije, contrario á lo previsto; los que procedían impulsados por ideas de
moral y religión se exaltaron hasta el frenesí al encontrarse con la
justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecían á
un plan político, los moderados, que esperaban tarde ó temprano el
triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada
cambiaron, porque sabían bien que la sentencia por Taney publicada
resolvía sólo el caso concreto á que se refería, y acatándola á ese
único respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son
errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez
arrollado pacíficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las
opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiarían
poco á poco, por juego y obra de la misma Constitución tan falsa y
lastimosamente ahora interpretada y aplicada.
Las cosas por tanto continuaron por breve término en idéntica posición;
la gran batalla de principios y de programas tenía que trabarse y
decidirse todavía en su verdadero terreno, la intervención de los jueces
excitó de antemano las masas combatientes y les proporcionó gritos de
guerra más nuevos y estruendosos.