del nombre de Jehová, y sobre cada una de estas opiniones se
ha discutido mucho.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_
"Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo," entonó
todo el Paraíso con tan dulce canto, que me embriagaba. Lo que veía
me parecía una sonrisa del Universo, pues mi embriaguez penetraba por
el oído y por la vista. ¡Oh gozo!, ¡oh inefable alegría!, ¡oh vida
entera de amor y de paz!, ¡oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis
ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que había
venido primero empezó a lanzar más vivos destellos, transformándose su
aspecto cual aparecería el de Júpiter, si éste y Marte fueran aves y
trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aquí a su placer
los oficios de cada uno, había impuesto silencio a todo el coro de los
bienaventurados, cuando oí estas palabras:
--No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues verás demudarse
el de todos éstos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi
puesto, mi puesto, mi puesto, que está vacante a los ojos del Hijo de
Dios, ha hecho de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre,
que al perverso caído desde aquí[185] sirve allá abajo de complacencia.
[185] Lucifer.
Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol
por mañana y tarde a las nubes opuestas a él; y cual mujer honesta que,
segura de sí misma, se ruboriza tan sólo al escuchar las faltas ajenas,
así vi yo a Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que
hubo en el cielo cuando la pasión del Poder Supremo. Después, con voz
tan alterada, que no fué mayor la alteración de su semblante, continuó
en estos términos:
--Mi sangre, así como la de Lino y la de Cleto,[186] no alimentó a
la Esposa de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que
adquiriese aquella vida virtuosa por la que Sixto y Pío, Calixto y
Urbano derramaron su sangre después de muchas lágrimas. No fué nuestra
intención que una parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la
derecha y otra a la izquierda de nuestro sucesor, ni que las llaves
que me fueron concedidas se convirtieran en una enseña de guerra para
combatir contra los bautizados, ni que estuviese representada mi imagen
en un sello para servir a privilegios vendidos y falsos, de que con
frecuencia me avergüenzo e irrito. En todos los prados se ven allá
abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. ¡Oh justicia de Dios!,
¿por qué duermes? Los de Cahors y los de Gascuña se preparan a beber
nuestra sangre. ¡Oh buen principio, en que fin tan vil has de venir a
parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipión defendió
en Roma la gloria del mundo, lo socorrerá en breve según imagino. Y
tú, hijo, que todavía has de volver abajo, llevado por el peso de tu
cuerpo mortal, abre allí la boca y no ocultes lo que yo no oculto.
[186] Papas y mártires, sucesores de San Pedro.
Así como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores,
cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo
vi elevarse aquel éter puro, y despedir hacia lo alto los vapores
triunfantes que allí se habían detenido con nosotros. Mi vista seguía
sus semblantes, y los siguió hasta que la mucha distancia me impidió ir
más adelante: por lo cual mi Dama, reparando que había cesado de mirar
hacia arriba, me dijo:
--Baja la vista y advierte cuánto has girado.
[187] Cuando el Sol está en Capricornio, o sea en diciembre y
enero.
Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez a la Tierra,
había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la
mitad hasta el fin; de modo que veía más allá de Cádiz el insensato
paso de Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se
convirtió en dulce carga:[188] y aun habría descubierto mayor espacio
de este globulillo, a no ser porque el Sol me precedía bajo mis pies
un signo y algo más. El amoroso espíritu con que adoro siempre a mi
Dama ardía más que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella
los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido
para cautivar la vista y atraer los espíritus, ya en cuerpos humanos,
ya en pinturas, todas juntas serían nada en comparación del placer
divino que me iluminó cuando me volví hacia su faz riente: la fuerza
que me infundió su mirada me apartó del bello nido de Leda,[189] y me
transportó al cielo más veloz.[190] Sus partes vivísimas y excelsas
son tan uniformes, que no sabré decir cuál de ellas escogió Beatriz
para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme,
sonriéndose tan placentera, que parecía regocijarse Dios en su
semblante:
[188] Las playas fenicias, donde Júpiter, transformado en
toro, robó a Europa.
[189] Del signo de Géminis.
[190] Al cielo llamado Primer móvil.
--En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que
naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo demás gira en torno
suyo; y este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento más
que la mente divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y
la influencia que vierte sobre las demás cosas. La luz y el amor la
circundan, así como él circunda a los otros cielos inferiores; y ese
círculo de luz y de amor lo dirige y lo comprende tan sólo Aquél que
rodea con él a este cielo. Su movimiento no está determinado por otro
alguno; pero los demás están medidos por éste, lo mismo que diez por
la mitad y el quinto. Ahora puedes comprender cómo el tiempo tiene sus
raíces en este tiesto, y en los otros las hojas. ¡Oh concupiscencia,
que de tal modo sumerges en ti a los mortales, que a ninguno le es
posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece la voluntad
en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas
ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia sólo se encuentran en los
niños; y después cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus
mejillas. Hay quien ayuna balbuceando todavía, y luego que tiene la
lengua suelta, devora cualquier alimento en cualquier época; y también
hay quien, balbuciente aún, ama y escucha a su madre, y cuando llega
a hablar claramente, desea verla sepultada. No de otro modo la piel
de la bella hija del que os trae la mañana y os deja la noche, siendo
blanca al principio, se ennegrece después.[191] Y a fin de que no te
maravilles, sabe que en la Tierra no hay quien gobierne; por lo cual
va tan descarriada la raza humana. Pero antes de que el mes de enero
deje de pertenecer al invierno, a causa del centésimo de que allá abajo
no hacen caso, estos círculos superiores rugirán de tal suerte, que
la borrasca, por tanto tiempo esperada, volverá las popas donde ahora
están las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el
verdadero fruto venga en pos de la flor.
[191] La Naturaleza humana.
[Ilustración]
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_CANTO VIGESIMOCTAVO_
Después que aquella que eleva mi alma al Paraíso me manifestó la verdad
contrapuesta a la vida actual de los míseros mortales, recuerda mi
memoria que, así como el que ve en un espejo la llama de una antorcha
encendida detrás de él, antes de haberla visto o pensado en ella,
se vuelve para cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve
que los dos están acordes, como la nota musical con el compás, así
hice yo al contemplar los hermosos ojos en donde tejió amor la cuerda
que me sujetó: y cuando me volví, y se vieron heridos los míos por
lo que aparece en aquel cielo toda vez que se observe con atención
su movimiento, distinguí un punto que despedía tan penetrante luz,
que es preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su
aguda intensidad. La estrella que más pequeña parece desde la Tierra,
colocada a su lado, como una estrella cerca de otra, parecería una
luna. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz
que le traza, cuando el vapor que lo forma es más denso, distaba del
centro de aquel punto un círculo de fuego, girando tan rápidamente,
que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel Cielo que más
velozmente gira ciñendo al mundo. Este círculo estaba rodeado por
otro, y éste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el quinto
el cuarto, y después por el sexto el quinto; sobre éstos seguía el
séptimo, de tan gran extensión, que la mensajera de Juno[192] sería
demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedía con
el octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se movía con más
lentitud según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara
el que menos distaba de la luz purísima; porque, según creo, participa
más de su verdad. Mi Dama, que me veía presa de una viva curiosidad, me
dijo:
[192] Iris.
[193] Estos nueve círculos luminosos son formados por los
nueve órdenes angélicos, y su punto céntrico es Dios.
--De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel
círculo que está más próximo a él, y sabe que su movimiento es tan
rápido a causa del ardiente amor que le impulsa.
Le contesté:
--Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas,
tu explicación me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se
pueden ver las cosas tanto más rápidas cuanto más apartadas están de su
centro: así es que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y
angélico templo, cuyos únicos confines son el amor y la luz, necesito
todavía oír cómo es que el modelo y la copia no van del mismo modo;
porque yo en vano reflexiono en ello.
--Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: ¡tan
sólido se ha hecho por no haber sido tocado!
Así dijo mi Dama; después añadió:
--Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza
sobre ello el ingenio. Los círculos corpóreos son anchos y estrechos,
según la mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto
mayor es su bondad, más saludables son los efectos que produce; y el
cuerpo mayor contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes
igualmente perfectas. Ahora bien, este círculo en que estamos, que
arrastra consigo todo el alto universo, corresponde al que más ama y
más sabe; por lo cual, si te fijas en la virtud y no en la extensión
de las substancias que te aparecen dispuestas en círculos, verás una
relación admirable y gradual entre cada Cielo y su inteligencia.
Puro y sereno, como queda el hemisferio del aire cuando Bóreas sopla
con la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la
niebla que antes lo obscurecía todo, y haciendo que el cielo ostente
las bellezas de toda su comitiva, quedé yo cuando mi Dama me satisfizo
con sus claras respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante
como las estrellas en el cielo. Cuando hubo terminado sus palabras,
empezaron a chispear los círculos, como chispea el hierro candente; y
aquel centelleo, que parecía un incendio, era imitado por cada chispa
de por sí, siendo éstas tantas, que su número se multiplicaba mil
veces más que el producido por la multiplicación de las casillas de un
tablero de ajedrez.[194] Yo oía cantar "Hosanna," de coro en coro, en
alabanza del punto fijo, que los tiene y siempre los tendrá en el lugar
donde siempre han estado: y aquella que veía las dudas de mi mente dijo:
[194] La multiplicación duplicada de las casillas del tablero
de ajedrez produce una cantidad asombrosa, en esta forma:
1.ª casilla, 1; 2.ª, 2; 3.ª, 4; 4.ª, 8; 5.ª, 16; 6.ª, 32;
hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas
de trillón. Cuéntase que el inventor del ajedrez fué un
indiano, el cual presentó el nuevo juego a un rey de Persia;
y habiéndole ofrecido éste darle lo que pidiese, pidió un
cuartillo de grano, duplicado y tantas veces multiplicado
cuantas eran las casillas del tablero. El rey se lo concedió
riéndose; pero no pudo pagarle, porque no hubo en todo el
reino bastante grano para ello.
--Los primeros círculos te han mostrado los Serafines y los Querubines.
Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto
cuanto pueden, y pueden tanto más, cuanto más altos están para verle.
Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de
la presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes
saber que es tanto mayor su gozo, cuanto más penetra su vista en la
Verdad, en que se calma toda inteligencia. Aquí puede conocerse que
la beatitud se funda en el acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo
cual viene después; y siendo las obras meritorias engendradas por la
gracia y la buena voluntad, la medida de la contemplación procede así
de grado en grado. El otro ternario, que germina en esta primavera
eterna de modo que no le despoja el Aries nocturno, canta perpetuamente
"Hosanna" con tres melodías, que resuenan en los tres órdenes de
alegría de que se compone. En esa jerarquía están las tres diosas:
primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es el de
las Potestades. Después, en los dos penúltimos círculos giran los
Principados y los Arcángeles: el último se compone todo de angélicos
festejos. Todos estos órdenes tienen sus miradas fijas arriba, y
ejercen abajo tal influencia, que así como ellos son atraídos por Dios,
atraen lo que está debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195]
a contemplar esos órdenes, que los nombró y distinguió como yo. Pero
Gregorio[196] se separó de él después; así es que en cuanto abrió los
ojos en este cielo, se ha reído de sí mismo. Y si un mortal ha revelado
en la Tierra una verdad tan secreta, no quiero que te admires; porque
el que la vió aquí arriba[197] se la descubrió, con otras muchas cosas
referentes a las verdades de estos círculos.
[195] San Dionisio Areopagita, en su libro =De coelesti
hierarchia=.
[196] San Gregorio el Grande, que modificó el orden de los
ángeles seguido por San Dionisio.
[197] San Pablo, que fué transportado al cielo, e instruyó a
San Dionisio.
[Ilustración]
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_CANTO VIGESIMONONO_
Silenciosa y con el rostro risueño permaneció Beatriz, mirando
fijamente al punto que me había deslumbrado, tanto espacio de
tiempo como el que media desde el momento en que el cenit mantiene
en equilibrio a los dos hijos de Latona, cuando éstos, cobijados
respectivamente por Aries y Libra, se forman una misma zona del
horizonte, hasta que uno y otro rompen aquel cinto cambiando de
hemisferio.[198] Después empezó así:
[198] Quiere decir que Beatriz guardó silencio, mirando
fijamente a Dios sólo un instante. Los hijos de Latona son el
Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el mismo horizonte,
uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en
balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese
equilibrio aparente, ascendiendo el uno a nuestro hemisferio,
y pasando el otro al hemisferio opuesto.
--Yo te diré sin preguntar lo que deseas oír, porque lo he visto
desde allí donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto
de adquirir para sí ningún bien (que esto no puede ser), sino a fin
de que su esplendor, reflejándose en las criaturas, pudiera decir:
"Existo," el Eterno Amor, en su eternidad, antes que el tiempo fuese, y
de un modo incomprensible a toda otra inteligencia, se difundió según
le plugo, creando nuevos amores. No es decir que antes permaneciera
ocioso y como inerte; pues el proceder del espíritu de Dios sobre estas
aguas no tuvo antes ni después. La forma y la materia pura salieron
juntamente con una existencia sin defecto, como salen tres flechas de
un arco de tres cuerdas; y así como la luz brilla en el vidrio, en el
ámbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no
media intervalo alguno, así también aquel triforme efecto irradió a
la vez de su Señor, sin distinción entre su principio y su existencia
perfecta. Simultáneamente fué también creado y establecido el orden
de las substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron
colocadas en la cima del mundo. A la parte inferior fué destinada
la potencia pura; y en el medio unió a la potencia y a la acción un
vínculo que nunca se desata. Jerónimo escribió que los ángeles fueron
creados muchos siglos antes de que fuera hecho el otro mundo; pero
esta verdad está escrita en varios pasajes de los escritores del
Espíritu Santo, y la podrás observar si bien la examinas, como que
hasta la misma razón la ve en parte; pues no podría comprender que los
motores permanecieran tanto tiempo sin su perfección. Ahora sabes ya
dónde, cómo y cuándo fueron creados estos amores; de modo que están
extinguidos tres ardores de tu deseo. No contarías de uno a veinte
con la prontitud con que una parte de los ángeles turbó el mundo de
vuestros elementos. La otra parte quedó aquí, y empezó la obra que
contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la
caída fué el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la
Tierra, pesando sobre él toda la gravedad del mundo. Esos que ves aquí
fueron modestos, reconociendo la bondad que los había hecho dispuestos
a tan altas miras; por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo
exaltadas por la gracia que ilumina y por su mérito, que poseen una
plena y firme voluntad. Y no quiero que dudes, sino que tengas completa
certidumbre de que es meritorio recibir la gracia en proporción del
amor con que se la pide y acoge. En adelante, puedes contemplar a
tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si has entendido mis
palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se lee que la
naturaleza angélica es tal que entiende, recuerda y quiere, te diré
más todavía para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se
confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, después de
haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de éste
para quien nada hay oculto; así es que su vista no está interceptada
por ningún nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria
para recordar un concepto separado de su pensamiento. Allá abajo,
pues, se sueña sin dormir, creyendo unos y no creyendo otros decir
la verdad; pero en éstos hay más falta y más vergüenza. Los que allá
abajo os dedicáis a filosofar, no vais por un mismo sendero; tanto
es lo que os arrastra el afán de parecer sabios e ingeniosos: y aun
esto se tolera aquí con menos rigor que el desprecio de la Sagrada
Escritura o su torcida interpretación. No pensáis en la sangre que
cuesta sembrarla por el mundo, y lo grato que es a Dios el que uniforma
humildemente sus ideas a las de aquélla. Sólo por parecer docto, cada
cual se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los
predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna
retrocedió cuando la pasión de Cristo, y se interpuso a fin de que la
luz del Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocultó
por sí misma, razón por la cual este eclipse fué tan sensible para
los Españoles y los Indios, como para los Judíos. No tiene Florencia
tantos Lapi y Bindi[199] como fábulas se pronuncian durante un año
y por todas partes en el púlpito; así es que las ovejas ignorantes
vuelven del pasto repletas de viento, sin que les sirva de excusa no
haber visto el daño. Cristo no dijo a su primer convento: "Andad y
predicad patrañas al mundo," sino que les dió por base la verdad: y
ésta sonó en sus bocas de tal modo, que al combatir para encender la
Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y lanza. Ahora,
para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de excitar
la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la
punta de esa cogulla anida tal pájaro,[200] que si el vulgo lo viese,
no admitiría las indulgencias de aquellos en quienes confía; por las
cuales ha crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas
de su autenticidad, se agolparía la gente a cualquier promesa de ellas.
Con esto engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos
que son peores que puercos, pagando en moneda sin cuño. Mas, poniendo
fin a esta larga digresión, vuelve ya tus ojos hacia la vía recta,
de modo que el camino y el tiempo se abrevien. La naturaleza de los
ángeles aumenta tanto su número de grado en grado, que no hay palabra
ni inteligencia mortal que pueda llegar a significar ese número; y si
examinas bien lo que reveló Daniel, verás que en sus millares no se
manifiesta un número determinado. La primera luz que ilumina toda la
naturaleza angélica penetra en ella de tantos modos cuantos son los
esplendores a que se une. Así pues, como el afecto es proporcionado
a la intensidad de la visión beatífica, la dulzura del amor es en los
ángeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la altura
y la extensión del Poder Eterno; pues ha formado para sí tantos espejos
en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como antes de
haberlos creado.
[199] Nombres muy comunes en Florencia.
[200] El demonio.
[Ilustración]
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_CANTO TRIGESIMO_
Acaso arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros, y este
mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente, cuando el centro del
cielo que vemos más profundo empieza a ponerse de modo, que algunas
estrellas van perdiéndose de vista desde la Tierra; y a medida que
viene adelantando la clarísima sierva del Sol, el cielo apaga de una en
una sus luces hasta la más bella. No de otra suerte desapareció poco a
poco a mi vista el triunfo de los coros angélicos, que siempre festeja
en torno de aquel punto que me deslumbró, pareciéndome contenido en
lo mismo que él contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido
al amor me obligó a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto
hasta aquí se ha dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola
alabanza, sería poco para llenar el objeto. La belleza que en ella
vi no sólo está fuera del alcance de nuestra inteligencia, sino que
creo con certeza que su Hacedor es el único que la comprende toda. Me
confieso vencido por este pasaje de mi poema más de lo que con respecto
a otro punto lo fué jamás autor trágico o cómico; porque así como
el Sol ofusca la vista más trémula, del mismo modo el recuerdo de la
dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer día que vi su rostro
en esta vida, hasta mi actual contemplación, no se ha interrumpido la
continuación de mi canto; pero ahora es preciso que mi poema desista de
seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo artista que llega
al último esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la anuncie una
trompa de mayor sonido que la mía, que conduce al término su difícil
tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una guía solícita:
--Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al
cielo que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de
verdadero bien, lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aquí verás
una y otra milicia del Paraíso, y una de ellas bajo aquel aspecto con
que la contemplarás en el juicio final.
[201] Del Primer móvil al Empíreo.
Como súbito relámpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo
de la facultad de distinguir los mayores objetos, así me circundó una
luz resplandeciente, dejándome velado de tal suerte con su fulgor, que
nada descubría.
--El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante
saludo al que entra en él, a fin de disponer al cirio para recibir su
llama.
No bien hube oído estas palabras, cuando me sentí elevar de un modo
superior a mis fuerzas, y adquirí una nueva vista de tal vigor, que no
hay luz alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi
en forma de río una luz áurea, que despedía espléndidos fulgores entre
dos orillas adornadas de admirable primavera. De este río salían vivas
centellas, que por todas partes llovían sobre las flores, pareciendo
rubíes engastados en oro. Después, como embriagadas con aquellos
aromas, volvían a sumergirse en el maravilloso raudal; pero si una
entraba en él, otra salía.
--El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo
que estás viendo, me place tanto más cuanto es más vehemente; pero es
preciso que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.
Así me dijo el Sol de mis ojos. Luego añadió:
--El río y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las
hierbas son nada más que sombras y prefacios de la verdad: no es decir
que estas cosas sean en sí de difícil comprensión; pues el defecto está
en ti, que no tienes aún la vista bastante elevada.