Ningún niño se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando

despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los

espejos de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa, que corre a fin

de que se perfeccione la vista; y apenas se bañó en ella la extremidad

de mis párpados, me pareció que la larga corriente se había vuelto

redonda. Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy

distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se

ocultaba, así me pareció que adquirían mayor alegría las flores y las

centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del cielo. ¡Oh

esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la

verdad! Dame fuerzas para decir cómo lo vi.

Hay allá arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura

que sólo funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular

por tanto espacio, que su circunferencia sería para el Sol un cinturón

demasiado anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado

sobre la cumbre del Primer Móvil, que de él adquiere movimiento y

potencia; y así como una colina se contempla en el agua que baña su

base, cual si quisiera mirarse adornada cuando es más rica de verdor y

flores, así, suspendidas en torno, en torno de la luz, vi reflejarse en

más de mil gradas todas las almas que desde nuestro mundo han vuelto

allá arriba. Y si la última grada concentra en sí tanta luz, ¡cuál no

será el esplendor de esta rosa en sus últimas hojas! Mi vista no se

perdía en la anchura ni en la elevación de esta rosa, sino que abarcaba

toda la cantidad y la calidad de aquella alegría. Allí, el estar cerca

o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin interposición

de causas secundarias, no ejerce ninguna acción la ley natural. Hacia

el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente

y exhala un perfume de alabanzas al Sol que allí produce una eterna

primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que

quiere hablar, y dijo:

--¡Mira cuán grande es la reunión de blancas estolas! ¡Mira qué gran

circuito tiene nuestra ciudad! ¡Mira nuestros escaños tan llenos, que

ya son pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde

tienes los ojos fijos a causa de la corona que está colocada sobre

él, antes que tú cenes en estas bodas se sentará el alma de gran

Enrique, que será augusta en la Tierra,[202] el cual irá a reformar

la Italia antes que se halle preparada para ello. La ciega codicia

que os enferma, os ha hecho semejantes al niño que muere de hambre

y rechaza a su nodriza. Entonces será prefecto en el foro divino un

hombre,[203] que abierta y ocultamente no irá por el mismo camino que

aquél; pero poco tiempo le tolerará Dios en su santo cargo; porque será

arrojado donde está Simón Mago por sus merecimientos, y hará que el de

Alagna[204] se hunda más.

[202] Aquí Dante finge predecir en 1300 la coronación del

emperador Enrique VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308.

[203] El papa Clemente V.

[204] El papa Bonifacio VIII. (Véase el Infierno, canto XIX.)

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_

En forma, pues, de blanca rosa se ofrecía a mi vista la milicia santa

que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra, que volando ve y

canta la gloria de aquel que la enamora y la bondad que tan excelsa la

ha hecho, como un enjambre de abejas, que ora se posa sobre las flores,

ora vuelve al sitio donde su trabajo se convierte en dulce miel,

descendía a la gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde allí

se lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor.

Todas estas almas tenían el rostro de llama viva, las alas de oro, y

lo restante de tal blancura, que no hay nieve que pueda comparársele.

Cuando descendían por la flor de grada en grada, comunicaban a las

otras almas la paz y el ardor que ellas adquirían volando; y por más

que aquella familia alada se interpusiera entre lo alto y la flor, no

impedía la vista ni el esplendor, porque la luz divina penetra en el

universo según que éste es digno de ello, de manera que nada puede

servirle de obstáculo.

Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna,

tenía todo él la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. ¡Oh

trina luz, que centelleando en una sola estrella, regocijas de tal

modo la vista de esos espíritus!, mira cuál es aquí abajo nuestra

tormenta. Si los bárbaros, procedentes de la región que cubre Hélice

diariamente girando con su hijo a quien mira con amor,[205] se quedaban

estupefactos al ver a Roma y sus magníficos monumentos, cuando Letrán

superaba a todas las obras salidas de manos de los hombres, yo, que

acababa de pasar de lo humano a lo divino, del tiempo limitado a lo

eterno, y de Florencia a un pueblo justo y santo, ¿de qué estupor no

estaría lleno? En verdad que, entregado a tal estupor y a mi gozo, me

complacía el no oír ni decir nada. Y como el peregrino que se recrea

contemplando el templo que había hecho voto de visitar, y espera, al

volver a su país, referir cómo estaba construído, así yo, contemplando

la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya hacia arriba,

ya hacia abajo, ya en derredor, y veía rostros que excitaban a la

caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes

adornadas de toda clase de gracia. Mi vista había abarcado por completo

la forma general del Paraíso, pero no se había fijado en parte alguna:

entonces, poseído de un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para

preguntarle sobre algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero

cuando esperaba una cosa, me sucedió otra: creía ver a Beatriz, y vi un

anciano[206] vestido como la familia gloriosa. En sus ojos y en sus

mejillas estaba esparcida una benigna alegría, y su aspecto era tan

dulce como el de un tierno padre.

[205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa

mayor, junto con su hijo Bootes o Arturo.

[206] Beatriz ha cumplido ya su misión, y desaparece del

lado de Dante, sustituyéndole San Bernardo, símbolo de la

contemplación y del amor a María, de quien impetra luego que

alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez porque

para esto no basta la ciencia teológica, y se necesita de la

Gracia.

--Y ella ¿dónde está?--dije al momento.

A lo cual contestó él:

--Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo;

y si miras el tercer círculo a partir de la grada superior, la verás

ocupar el trono en que la han colocado sus méritos.

Sin responder levanté los ojos, y la vi formándose una corona de los

eternos rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo

profundo del mar no distaría tanto de la región más elevada donde

truena, como distaban de Beatriz los míos; pero nada importaba, porque

su imagen descendía hasta mí sin interposición de otro cuerpo.

--¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi

salvación, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas

cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha

sido necesaria. Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad

por todas las vías y por todos los medios que para hacerlo han estado a

tu alcance. Consérvame tus magníficos dones, a fin de que mi alma, que

sanaste, se separe de su cuerpo siendo agradable a tus ojos.

Así oré; y aquella que tan lejana parecía, se sonrió y me miró,

volviéndose después hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me

dijo:

[207] Dios, eterna fuente de bien.

--A fin de que lleves a feliz término tu viaje, para lo cual me han

movido el ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardín;

pues mirándolo se avivará más tu vista para subir hasta el rayo

divino. Y la Reina del Cielo, por quien ardo enteramente en amor, nos

concederá todas las gracias, porque yo soy su fiel Bernardo.

Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Verónica, y no

se cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice

para sí mientras se la enseñan: "Señor mío Jesucristo, Dios verdadero,

¿era tal vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad

de aquél, que entregado a la contemplación, gustó en el mundo las

delicias de que ahora goza.

--Hijo de la gracia--empezó a decirme--, no podrás conocer esta

existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aquí abajo. Ve

mirando los círculos hasta el más remoto, a fin de que veas el trono de

la Reina a quien está sometido y consagrado este reino.

Levanté los ojos; y así como por la mañana la parte oriental del

horizonte excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del

mismo modo, y dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle

a la cumbre de un monte, vi en el más elevado círculo una parte del

mismo que sobrepujaba en claridad a todas las otras; y así como allí

donde se espera el carro que tan mal guió Faetón,[208] más se inflama

el cielo y fuera de aquel punto va perdiendo la luz su viveza, de

igual suerte aquella pacífica oriflama[209] brillaba más en su centro,

disminuyéndose gradualmente el resplandor en todas las demás partes.

En aquel centro vi más de mil ángeles que la festejaban con las alas

desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en su actitud. Ante

sus juegos y sus cantos vi sonreír una beldad, que infundía el contento

en los ojos de los demás santos. Aun cuando tuviera tantos recursos

para decir como para imaginar, no me atrevería a expresar la mínima

parte de sus delicias.

[208] El carro del Sol.

[209] La Virgen María.

Cuando Bernardo vió mis ojos atentos y fijos en el objeto de su

ferviente amor, volvió los suyos hacia él con tanto afecto, que

infundió en los míos más ardor para contemplarlo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_

Atento a su dicha, aquel contemplador asumió espontáneamente en sí el

cargo de maestro y empezó por estas santas palabras:

--La herida que María restañó y curó fué abierta y enconada por aquella

mujer tan hermosa que está a sus pies.[210] Debajo de ésta, en el

orden que forman los terceros puestos, se sientan, como ves, Raquel

y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la bisabuela[212] del Cantor

que en medio del dolor producido por su falta dijo "Miserere mei,"

puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a medida que

en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la séptima

grada para abajo, como desde la más alta a la misma grada, se suceden

las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aquéllas

son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, según

como se fijó en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la

flor está provista de todas sus hojas, se sientan los que creyeron

en la venida de Jesucristo; y en la otra, en que los semicírculos se

ven interrumpidos por algunos huecos, se sientan los que creyeron en

El después de haber venido; y así como en esa parte el glorioso trono

de la Señora del cielo y los otros escaños inferiores forman tan

gran separación, así en la opuesta está el trono del gran Juan que,

siempre santo, sufrió la soledad y el martirio, y el Infierno después

durante dos años;[213] y así también debajo de él, formando a propósito

igual separación, está el de Francisco; bajo éste el de Benito, bajo

Benito Agustín y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aquí

de círculo en círculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina;

porque uno y otro aspecto de la Fe llenarán por igual este jardín. Y

sabe que desde la grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo,

nadie se sienta por su propio mérito, sino por el que contrajo otro, y

con ciertas condiciones; porque todos ellos son espíritus desprendidos

de la Tierra antes que estuviesen dotados de criterio para elegir la

verdad. Fácil te será cerciorarte de ello por sus rostros y también por

sus voces infantiles, si los miras y los escuchas bien. Ahora dudas,

y dudando guardas silencio; pero yo soltaré las fuertes ligaduras con

que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la extensión de

este reino no puede tener cabida un asiento dado por casualidad, como

tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo cuanto ves

se halla establecido por eterna ley, de modo que aquí cada cosa viene

justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la

verdadera vida no son aquí "sine causa" más o menos excelentes entre

sí. El Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que

ninguna voluntad se atreve a desear más, creando todas las almas bajo

su dichoso aspecto, las dota según quiere de más o menos gracia: en

cuanto a esto baste conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa

y claramente por la Sagrada Escritura en aquellos gemelos a quienes

agitó la ira en el vientre de su madre.[214] Por lo tanto, es preciso

que la altísima luz corone de su gloria a los espíritus según sea el

color de los cabellos de tal gracia. Así pues, sin consideración al

mérito de sus obras, se hallan ésos colocados en diferentes grados,

distinguiéndose tan sólo por su penetración primitiva. En los primeros

siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la inocencia,

la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fué menester

que los varones todavía inocentes adquiriesen la virtud por medio

de la circuncisión; pero cuando llegó el tiempo de la Gracia, toda

aquella inocencia debió permanecer en el Limbo, si no había recibido el

perfecto bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que más se asemeja

a la de Cristo, pues sólo su resplandor podrá disponerte a ver a Cristo.

[210] Eva.

[211] Beatriz es la imagen de la Teología, y Raquel de la vida

contemplativa.

[212] Ruth, bisabuela de David.

[213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos años,

porque murió antes que Jesucristo.

[214] Esaú y Jacob.

Vi llover sobre ella tanta alegría, llevada por los santos espíritus,

creados para volar por aquella altura, que todo cuanto antes había

visto no me había causado tal admiración, ni me había mostrado mayor

semejanza con Dios. Y aquel amor[215] que fué el primero en descender

cantando "Ave, María, gratia plena," extendió sus alas delante de

ella. A tan divina cantinela respondió por todas partes la corte

bienaventurada, de tal modo que cada espíritu pareció más radiante.

[215] El arcángel San Gabriel.

--¡Oh Santo Padre, que por mí te dignas estar aquí abajo, dejando el

dulce sitio donde te sientas por toda una eternidad! ¿Qué ángel es ese,

que con tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado está

que parece de fuego?

Con estas palabras recurrí nuevamente a la enseñanza de aquel que se

embellecía con las bellezas de María, como a los rayos del Sol se

embellece la estrella matutina. Y él me respondió:

--Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ángel y en un

alma, se encuentran en él, y así queremos que sea; porque es el que

llevó la palma a María, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro

peso. Pero sigue ahora con la vista según yo vaya hablando, y fija la

atención en los grandes patricios de este imperio justísimo y piadoso.

Aquellos dos que ves sentados allá arriba, más felices por estar

sumamente próximos a la Augusta Señora, son casi dos raíces de esta

rosa. El que está a la izquierda es el padre, cuyo atrevido paladar fué

causa de que la especie humana probara tanta amargura.[216] Contempla a

la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a quien Cristo confió

las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se sienta aquel que

vió, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que debía atravesar

la bella esposa que fué conquistada con la lanza y los clavos;[218] y

próximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas órdenes vivió de maná la nación

ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a Pedro,

contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar

"Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia

se sienta Lucía, que envió a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste

los párpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que

te adormece, haremos punto aquí, como un buen sastre, que según el

paño con que cuenta, así hace el traje y elevaremos los ojos hacia el

primer Amor, de modo que, mirándole, penetres en su fulgor cuanto te

sea posible. Sin embargo, a fin de que al mover tus alas no retrocedas

acaso creyendo adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que

necesitas, e impetrarla de aquella que puede ayudarte: sígueme, pues,

con el afecto, de modo que tu corazón acompañe a mis palabras.

[216] Adán, cabeza del Antiguo Testamento.

[217] San Pedro, cabeza del Nuevo Testamento.

[218] San Juan Evangelista.

[219] Moisés, que está cerca de Adán.

Y comenzó a decir esta santa oración:

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMOTERCIO_

"Virgen madre, hija de tu hijo, la más humilde al par que la más alta

de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna, tú eres la

que has ennoblecido de tal suerte la humana naturaleza, que su Hacedor

no se desdeñó de convertirse en su propia obra. En tu seno se inflamó

el amor cuyo calor ha hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres

aquí para nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales

vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, señora, y tanto vales,

que todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere

que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que

te implora, sino que muchas veces se anticipa espontáneamente a la

súplica. En ti se reúnen la misericordia, la piedad, la magnificencia,

y todo cuanto bueno existe en la criatura. Este, pues, que desde la más

profunda laguna del universo hasta aquí ha visto una a una todas las

existencias espirituales, te suplica le concedas la gracia de adquirir

tal virtud, que pueda elevarse con los ojos hasta la salud suprema. Y

yo, que nunca he deseado ver más de lo que deseo que él vea, te dirijo

todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin de que disipes

con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condición mortal,

de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te ruego

además, ¡oh Reina, que puedes cuanto quieres!, que conserves puros sus

afectos después de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos

de las pasiones humanas: mira a Beatriz cómo junta sus manos con todos

los bienaventurados para unir sus plegarias a las mías."

Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por mí oraba, me

demostraron cuán gratos le son los devotos ruegos. Después se elevaron

hacia la Luz eterna en la cual no es creíble que la mirada de criatura

alguna pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin

de todo anhelo, puse término en mí, como debía, al ardor del deseo.

Bernardo sonriéndose me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo había

hecho ya por mí mismo lo que él quería: porque mi vista, adquiriendo

más y más pureza y claridad, penetraba gradualmente en la alta luz que

tiene en sí misma la verdad de su existencia. Desde aquel instante, lo

que vi excede a todo humano lenguaje, que es impotente para expresar

tal visión, y la memoria se rinde a tanta grandeza. Como el que ve

soñando, y después del sueño conserva impresa la sensación que ha

recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, así estoy yo ahora;

pues casi ha cesado del todo mi visión, y aun destila en mi pecho la

dulzura que nació de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su forma

la nieve, y así también se dispersaban al viento en las ligeras hojas

las sentencias de la Sibila.

[220] Los ojos de la Virgen María.

¡Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los

mortales! Presta a mi mente algo de lo que parecías, y haz que mi

lengua sea tan potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu

gloria a las generaciones venideras; pues si se muestra algún tanto a

mi memoria y resuena lo mínimo en mis versos, se podrá concebir más tu

victoria.

Por la intensidad del vivo rayo que soporté sin cegar, creo que me

habría perdido, si hubiera separado de él mis ojos; y recuerdo que

por esto fuí tan osado para sostenerlo, que uní mi mirada con el

Poder infinito. ¡Oh gracia abundante, por la cual tuve atrevimiento

para fijar mis ojos en la Luz eterna hasta tanto que consumí toda mi

fuerza visiva! En su profundidad vi que se contiene ligado con vínculos

de amor en un volumen todo cuanto hay esparcido por el universo:

substancias, accidentes y sus cualidades, unido todo de tal manera,

que cuanto digo no es más que una pálida luz. Creo que vi la forma

universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me siento

poseído de mayor alegría. Un solo punto me causa mayor olvido, que el

que han causado veinticinco siglos transcurridos desde la empresa que

hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. Así es que mi mente en

suspenso miraba fija, inmóvil y atenta, y continuaba mirando con ardor

creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir

jamás en separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien,

que es objeto de la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de

ella es defectuoso lo que allí perfecto. Desde este punto, a causa de

lo poco que recuerdo, mis palabras serán más breves que las de un niño

cuya lengua se baña todavía en la leche materna. No porque hubiese más

de un simple aspecto en la viva luz que yo miraba, pues siempre es

tal como antes era, sino porque mi vista se avaloraba contemplándola,

su apariencia única se me representaba en otra forma según iba

alterándose mi aptitud visiva. En la profunda y clara substancia de la

alta luz se me aparecieron tres círculos de tres colores y de una sola

dimensión:[221] el uno parecía reflejado por otro como Iris por Iris, y

el tercero parecía un fuego procedente de ambos por igual. ¡Ah!, ¡cuán

escasa y débil es la lengua para decir mi concepto! Y éste lo es tanto,

comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su

pequeñez.

[221] La Santísima Trinidad.

¡Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes,

y que siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te

complaces en ti misma! Aquel de tus círculos, que parecía proceder de

ti como el rayo reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos

lo contemplaron en torno, parecióme que dentro de sí con su propio

color representaba nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija

atentamente en él. Como el geómetra que se dedica con todo empeño a

medir el círculo, y por más que piensa no encuentra el principio que

necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva imagen. Yo quería ver

cómo correspondía la efigie al círculo, y cómo a él estaba unida; pero

no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido iluminada mi

mente por un resplandor, merced al cual fué satisfecho su deseo.

Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía; pero ya eran movidos mi

deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente,

por el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas.

FIN

_INDICE_

Pág.

"La Commedia" 5

INFIERNO

Canto Primero 25

Canto Segundo 29

Canto Tercero 33

Canto Cuarto 39

Canto Quinto 45

Canto Sexto 51

Canto Séptimo 55

Canto Octavo 59

Canto Nono 63

Canto Décimo 67

Canto Undécimo 73

Canto Duodécimo 77

Canto Décimotercio 83

Canto Décimocuarto 89

Canto Décimoquinto 95

Canto Décimosexto 99

Canto Décimoséptimo 105

Canto Décimoctavo 109

Canto Décimonono 118

Canto Vigésimo 119

Canto Vigésimoprimero 128

Canto Vigésimosegundo 129

Canto Vigésimotercio 135

Canto Vigésimocuarto 141

Canto Vigésimoquinto 147

Canto Vigésimosexto 153

Canto Vigésimoséptimo 157

Canto Vigésimoctavo 161

Canto Vigésimonono 165

Canto Trigésimo 171

Canto Trigésimoprimero 177

Canto Trigésimosegundo 183

Canto Trigésimotercio 189

Canto Trigésimocuarto 195

PURGATORIO

Canto Primero 203

Canto Segundo 207

Canto Tercero 211

Canto Cuarto 217

Canto Quinto 223

Canto Sexto 229

Canto Séptimo 235

Canto Octavo 241

Canto Nono 247

Canto Décimo 251

Canto Undécimo 255

Canto Duodécimo 261

Canto Décimotercio 265

Canto Décimocuarto 271

Canto Décimoquinto 277

Canto Décimosexto 283

Canto Décimoséptimo 289

Canto Décimoctavo 293

Canto Décimonono 299

Canto Vigésimo 305

Canto Vigésimoprimero 311

Canto Vigésimosegundo 315

Canto Vigésimotercio 321

Canto Vigésimocuarto 325

Canto Vigésimoquinto 331

Canto Vigésimosexto 337

Canto Vigésimoséptimo 343

Canto Vigésimoctavo 347

Canto Vigésimonono 351

Canto Trigésimo 357

Canto Trigésimoprimero 361

Canto Trigésimosegundo 367

Canto Trigésimotercio 373

PARAISO

La Divina Comedia · 第 27 / 28 段