al nido de sus dulces hijuelos, durante la noche ocultadora de las
cosas, y deseando ver tan caros objetos y hallar el sustento para
nutrirlos, cuyo penoso trabajo soporta placentera, se adelanta al
día, y antes de rayar el alba sube a la cima del abierto follaje, y
fijamente mira, esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, así
estaba mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la región del
cielo bajo la cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo,
viéndola suspensa y ansiosa, permanecí como el que anhelante querría
otra cosa, pero se calma con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo
medió entre ambos momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el
de ver de un instante a otro iluminarse más el cielo. Y Beatriz dijo:
--He ahí la legión del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de
la rotación de estas esferas.
Me pareció que ardía todo su semblante; y tenía los ojos tan llenos
de alegría, que debo seguir adelante sin más explicación. Cual en los
plenilunios serenos Trivia ríe entre las ninfas eternas, que iluminan
el cielo por todas partes, así vi yo sobre millares de luces un Sol,
que las encendía todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre
nosotros; y a través de su viva luz aparecía tan clara a mis ojos la
divina substancia, que no podían soportarla.
--¡Oh Beatriz--exclamé--, Guía dulce y querida!
Ella me dijo:
--Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. Allí están la
Sabiduría y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vías
por tanto tiempo deseadas.
Así como el fuego de la nube, dilatándose de modo que ésta no puede
contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita
hacia abajo, de igual suerte mi mente, engrandeciéndose más entre
aquellas delicias, salió de sí misma, y no sabe recordar lo que fué de
ella.
--Abre los ojos y mírame cual soy; has visto cosas que te han dado
fuerza suficiente para sostener mi sonrisa.
Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visión
olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginación,
cuando oí proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no
se borrarán jamás del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora
resonasen todas aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron
más pingües con su dulcísima leche para venir en mi ayuda, no
expresarían la milésima parte de la verdad, al pretender cantar tan
santa sonrisa, y el resplandor que comunicaba a aquel santo rostro:
por lo mismo, al describir yo el Paraíso, es forzoso que mi sagrado
poema salte como un hombre que encuentra cortado su camino. Quien
considere el peso del asunto y el hombro mortal que soporta la carga,
no censurará el que éste tiemble bajo su gravedad. El derrotero que
hiende mi atrevida proa no es a propósito para una pequeña embarcación,
ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.
--¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia
el hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la
Rosa[174] en que el Verbo divino encarnó; y allí están los lirios[175]
por cuyo aroma se descubre el buen camino.
[174] La Virgen María, llamada por la Iglesia Rosa Mística.
[175] Los bienaventurados.
Así dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus
consejos, me lancé nuevamente a la batalla de mis débiles párpados.
Y así como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un
prado de flores iluminado por un rayo de Sol que atravesaba por entre
desgarrada nube, del mismo modo distinguí entonces una multitud de
esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el
origen de donde estos fulgores procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar
campo libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte.
El nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por mañana y tarde,
concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego; y
cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de
la fulgente estrella que vence arriba, como venció abajo, desde el
interior del cielo descendió una llamarada, que tenía la forma de un
círculo como una corona,[176] y rodeó a la estrella girando en torno
suyo. La melodía que más dulcemente se deje oír en la Tierra, y que más
atraiga el ánimo, parecería una nube que desgarrada truena, comparada
con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro
con que se engalana el más claro cielo.
[176] El arcángel San Gabriel.
--Yo soy el amor angélico, que giro difundiendo la sublime dicha,
nacida del vientre que fué morada de nuestro deseo; y giraré, Señora
del Cielo, mientras acompañas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la
suprema esfera en donde habitas.
Así se dejaba oír la circular melodía, y todas las demás luces hacían
resonar el nombre de María. El manto real de todas las esferas del
mundo, que más se inflama y anima bajo el hálito y las perfecciones de
Dios, tenía sobre nosotros tan distante la faz interna, que no me era
posible distinguir su aspecto desde el sitio en que me encontraba; por
lo cual no tuvieron mis ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama
coronada, que se elevó en pos de su divina primogenitura. Y semejantes
al niño que tiende los brazos hacia su madre después de haberse
alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente
se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolongó hacia
arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María. Después
permanecieron ante mi vista cantando "Regina coeli" tan dulcemente,
que jamás ha huído de mí el placer que me causaron.
¡Oh cuánta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas
riquísimas por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! Allí
viven y gozan del eterno tesoro que conquistaron en el destierro de
Babilonia, donde hicieron dejación del oro. Allí triunfa de su victoria
bajo el alto Hijo de Dios y de María, y juntamente con el antiguo y el
nuevo concilio, el que tiene las llaves de tal gloria.
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOCUARTO_
¡Oh compañía escogida para la gran cena del cordero bendito, el cual
os alimenta de tal modo, que vuestro apetito está siempre satisfecho!
Ya que por la gracia de Dios éste prueba prematuramente lo que cae de
vuestra mesa, antes de que la muerte ponga fin a sus días, pensad en su
deseo inmenso, y refrescadlo algún tanto: vosotros bebéis siempre en la
fuente de donde procede lo que él piensa.
Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas
sobre polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y
como las ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte,
que a quien las observa le parece que la primera está quieta y la
última vuela, así también aquellos glóbulos, danzando diferentemente,
me hacían estimar su velocidad o lentitud por el grado de sus
resplandores. De aquel conjunto de bellas luces vi salir un fulgor tan
alegre y esplendente, que superaba a todos los demás. Tres veces giró
en torno de Beatriz, cantando de un modo tan divino, que mi fantasía no
ha podido retener su encanto; por lo cual mi pluma pasa adelante sin
describirlo, pues para pintar tales pliegues carece de matices, no ya
la lengua, sino la misma imaginación.
--¡Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu
ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!
De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigió su
aliento hacia mi Dama, y le habló como he dicho. Y ella contestó:
[177] San Pedro.
--¡Oh luz eterna del gran Barón a quien nuestro Señor dejó las llaves
que llevó abajo desde este goce maravilloso! Examina a éste como te
plazca con respecto a los puntos fáciles y difíciles de la Fe, que te
hizo andar sobre el mar. A ti no se te oculta si él ama bien, y espera
bien y cree; porque tienes la vista fija donde todo está patente; pero
ya que este reino ha conseguido ciudadanos por medio de la Fe veraz, es
bueno que para glorificarla le toque a él hablar de ella.
Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro
propone la cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo
preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar
pronto a contestar a tal examinador y a tal profesión.
--Dí buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?
Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales
palabras; después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido
ademán para que dejara brotar el agua de mi fuente interior.
La gracia divina que me permite confesarme con tan alto
primipilo--exclamé,--haga claros y expresivos mis conceptos.
Después continué:
--Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido
hermano,[178] que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe
es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que
no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia.
[178] San Pablo.
Entonces oí:
--Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las
substancias, y no entre los argumentos.
A lo cual contesté:
--Las profundas cosas que aquí se me manifiestan claras y patentes
están tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia
sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de
substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra
luz; por eso toma el nombre de argumento.
Entonces oí:
--Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se
entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.
Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después
añadió:
--Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero
dime si la tienes en tu bolsa.
Le respondí:
--Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su
cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí
resplandecía:
--Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te
proviene?
--La abundante lluvia del Espíritu Santo--le contesté--, que está
esparcida sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que
me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece
obtusa toda otra demostración.
Después oí:
--¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva
proposición, que así te han convencido?
Respondí:
--La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras
subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro
ni dió golpes en el yunque.
Se me contestó:
--Dí, ¿quién te asegura que aquellas obras hayan existido? ¿Acaso te lo
asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro
testimonio?
--Si el mundo se convirtió al cristianismo sin necesidad de
milagros--dije yo--esto sólo es un milagro tan grande, que los otros no
son la centésima parte de él; porque tú entraste pobre y famélico en el
campo a sembrar la buena planta que en otro tiempo fué vid y ahora se
ha convertido en zarza.
Terminadas estas palabras, resonó en las esferas de la sublime y
elevada corte un "Alabemos a Dios" con la melodía que se canta allá
arriba. Y aquel Barón que examinándome así me había llevado de rama en
rama hasta acercarnos a las últimas hojas, volvió a empezar de esta
manera:
--La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este
punto, como abrirse debía: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella;
mas ahora es preciso que expliques lo que crees y el origen de tu
creencia.
--¡Oh Santo Padre!, ¡oh Espíritu, que ves lo que creíste con tal
firmeza, que dirigiéndote hacia el sepulcro venciste a pies más
jóvenes!--empecé a decir--: quieres que te manifieste el orden de las
cosas en que creo, y además me preguntas el motivo de mi creencia.
Pues bien, yo te respondo: Creo en un solo y eterno Dios, que sin ser
movido, mueve todo el Cielo con amor y con deseo; y en apoyo de tal
creencia, no sólo tengo pruebas físicas y metafísicas, sino que también
me las suministra la verdad que de aquí llueve por medio de Moisés, por
los profetas, por los salmos, por el Evangelio, y por lo que vosotros
escribistéis después de haberos iluminado el ardiente Espíritu. Creo
en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan trina y una, que
admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza divina de que
ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la doctrina
evangélica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta
convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en
el cielo.
Cual señor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo,
congratulándose por la noticia en cuanto éste se calla, de igual
suerte me bendijo cantando y giró tres veces en derredor de mi frente,
luego que me callé, aquel apostólico fulgor, por cuyo mandato había yo
hablado: tanto fué lo que mis palabras le agradaron.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOQUINTO_
Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos
el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de
muchos años, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello
redil, donde dormí corderillo enemigo de los lobos que le hacen la
guerra; entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos, y
tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque allí
entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me
rodeó Pedro de aquel modo la frente. Después se adelantó hacia nosotros
un resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los
vicarios que Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me
dijo:
--Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a
Galicia.[179]
[179] El apóstol Santiago.
Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas
y arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes
acogerse mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se
nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se
detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi
rostro. Beatriz dijo entonces riendo:
--¡Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra
basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has
simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres
en todo su esplendor.
--Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que
llega aquí arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.
Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo
resplandor: entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los
habían inclinado con su excesivo peso.
--Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres,
antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus
condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime
por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo,
dime en qué consiste ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te
proviene.
Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las
plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de
esta suerte:
--La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto
de esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra
multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a
Jerusalén, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre
que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que él
refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no
le serán de difícil resolución, ni le servirán de jactancia: responda,
pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.
Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en
aquello en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:
--La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida
por la gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas
que me comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón
fué el supremo cantor[180] del Supremo Señor, "Que esperen en ti los
que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo
conoce teniendo mi fe? Tú me has inundado después con su oleada en tu
Epístola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra
lluvia.
[180] David.
Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama
rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:
--El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la
palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con
ella te deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la
Esperanza te promete.
Yo le contesté:
--Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben
aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término
lo veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá
en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu
hermano[181] nos manifiesta más claramente esta revelación, allí donde
trata de las blancas vestiduras.
[181] San Juan en el Apocalipsis.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó
primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron
todos los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan
viva, que si Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un
mes de un solo día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va
y toma parte en la danza, sólo por festejar a la recién venida, y no
por vanidad u otra flaqueza, así vi al esclarecido esplendor acercarse
a los otros dos, que seguían dando vueltas cual era necesario a su
ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las mismas palabras con la
misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas como esposa inmóvil y
silenciosa.
--Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el
que fué elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después
que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos
en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar,
concluye por no ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que
me fué dicho:
--¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi
cuerpo es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos
hasta tanto que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las
dos luces que se elevaron antes son las únicas que existen en este
bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir
en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente
con el dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así
como, para descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un
silbo los remos que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a
Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en
el dichoso mundo!
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOSEXTO_
Mientras yo permanecía indeciso a causa de mi deslumbrada vista, salió
la fúlgida llama que la deslumbró una voz, que llamó mi atención
diciendo:
--En tanto que recobras la vista que has perdido mirándome, bueno es
que hablando conmigo compenses su pérdida. Empieza, pues, y dime adónde
se dirige tu alma, y persuádete de que tu vista sólo está ofuscada,
pero no destruída; pues la Dama que te conduce por esta región luminosa
tiene en su mirada la virtud que tuvo la mano de Ananías.
Yo dije:
--Venga tarde o temprano, según su voluntad, el remedio a mis ojos, que
fueron las puertas por donde ella entró con el fuego en que me abraso.
El bien que esparce la alegría en esta corte es el "alfa" y el "omega"
de cuanto el amor escribe en mí, ya sea leve o fuertemente.
Aquella misma voz que había desvanecido el miedo causado por mi súbito
deslumbramiento, excitó nuevamente en mí el deseo de hablar, diciendo:
--Es preciso que te limpies en una criba más fina: es preciso que digas
quién dirigió tu arco hacia tal blanco.
--Los argumentos filosóficos--contesté--, y la autoridad que desciende
de aquí, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por sí mismo,
apenas es conocido, enciende tanto más el amor, cuanta mayor bondad
encierra. Así pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se
funda esta prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna
otra cosa aquella esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los
demás bienes existentes fuera de ella no son más que un rayo de su luz.
Esa verdad la ha declarado a mi inteligencia aquel que me demuestra el
primer amor de todas las substancias eternas. Me la declaran también
las palabras del veraz Hacedor, que dijo a Moisés hablando de sí mismo:
"Yo te mostraré reunidas en mí todas las perfecciones." Tú también me
la declaras en el principio de tu sublime anuncio, que publica en la
Tierra el arcano de arriba más altamente que ningún otro.
[182] Dios.
Y yo oí:
--Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la
autoridad divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime
todavía si te sientes atraído hacia él por otras cuerdas, y dime con
cuantos dientes te muerde este amor.
No se me ocultó la santa intención del águila de Cristo; pues comprendí
hasta dónde quería llevar mi confesión: por eso empecé a decir:
--Todos los estímulos que pueden obligar al corazón a volverse hacia
Dios concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi
existencia, la muerte que El sufrió para que yo viva, y lo que espera
todo fiel como yo, juntamente con el conocimiento antedicho, me han
sacado del piélago de los amores tortuosos, y me han puesto en la playa
del recto amor. Amo las hojas que adornan todo el huerto del Hortelano
eterno en la misma proporción del bien que aquél les comunica.
Apenas guardé silencio, resonó por el Cielo un dulcísimo canto; y
mi Dama decía con los demás: "¡Santo, Santo, Santo!" Y así como la
aparición de una luz penetrante desvanece el sueño, excitando el
sentido de la vista, el cual acude a la claridad que atraviesa las
membranas; y el despertado la rehuye, aturdido en su repentino desvelo,
mientras no le ayuda la facultad estimativa, de igual suerte ahuyentó
Beatriz todo entorpecimiento de mis ojos con el rayo de los suyos,
que brillaba a más de mil millas: entonces vi mejor que antes, y casi
estupefacto pregunté quién era un cuarto resplandor que distinguí con
nosotros. Mi Dama me dijo:
--Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma
creada por la Virtud primera.[183]
[183] Adán.
Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y después se
levanta por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado
mientras ella hablaba, e irguiéndome después a impulsos del deseo de
preguntar que me abrasaba; por lo que empecé de esta suerte:
--¡Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! ¡Oh padre antiguo, de
quien toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te
suplico que me hables; tú ves mis deseos, los cuales no te manifiesto
por oír más pronto tus palabras.
A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los
movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer
alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegría
que le causaba complacerme. Después dijo:
--Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que tú aquello
de que estés más cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio
son las demás cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres oír
cuánto tiempo ha que Dios me colocó en el excelso jardín en donde ésa
te preparó a subir tan larga escala; por cuánto tiempo deleitó mis
ojos; la verdadera causa de la gran ira, y el idioma inventado por mí
de que hice uso. Sabe, pues, hijo mío, que el haber probado la fruta
del árbol no fué la causa de tan largo destierro, sino solamente
el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu Dama hizo
partir a Virgilio, estuve deseando esta compañía por espacio de cuatro
mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanecí en
la Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas
treinta veces. La lengua que hablé se extinguió completamente antes
que las gentes de Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque
ningún efecto racional fué jamás duradero, a causa de la voluntad
humana, que se renueva según la posición y la influencia de los astros.
Es cosa muy natural que el hombre hable; pero la naturaleza deja a
vuestra discreción que lo hagáis de este o del otro modo. Antes que yo
descendiese a las angustias infernales, se daba en la Tierra el nombre
de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegría que me circunda;
ELI se le llamó después y así debía ser; porque el uso de los mortales
es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su puesto a otra
nueva. En el monte que se eleva más sobre las ondas estuve yo, con
vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es segunda
después de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro cuadrante.