--Aquel que abarcó con su compás hasta las extremidades del mundo, y

encerró en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo

dejar sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder,

que su entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los

entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que

era la criatura más excelente, por no esperar la luz de la gracia

divina, cayó del Cielo antes de ser confirmado en ella. De aquí resulta

que las criaturas menos perfectas que aquélla son pequeños receptáculos

para contener aquel bien sin fin, único que puede medirse a sí mismo.

Aun nuestra vista, que es casi un rayo de la mente divina de que están

llenas todas las cosas, no puede, por su naturaleza, ser tan penetrante

que discierna su principio sino bajo una apariencia muy lejana de la

verdad. La vista que recibe vuestro mundo sólo penetra en la justicia

sempiterna como el ojo se interna en el mar; que aunque vea el fondo

cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso piélago; y sin embargo, el

fondo existe, pero su profundidad misma lo oculta. No existe luz si

no procede del Sér tranquilo que no se turba nunca; fuera de él no

hay más que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno. Bastante

he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que

hacías tan frecuentes preguntas, pues tú decías: "Un hombre nace en

la orilla del Indo, y allí no hay quien hable de Cristo, ni quien lea

o escriba con respecto a él; todas sus acciones y deseos son buenos,

y en cuanto puede ver la razón humana, no ha pecado ni en obras ni en

palabras: si muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que

le condena? ¿Dónde su falta, si no cree?" Ahora bien: ¿quién eres tú,

que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas de

distancia con un palmo de vista? En verdad que quien hablando conmigo

sutiliza por ver los rayos de la justicia divina, tendría razón para

dudar de su rectitud, si no estuviese sobre vosotros la Escritura. ¡Oh

animales terrestres!, ¡oh inteligencias burdas! La primera voluntad,

que es buena por sí misma, que es el Sumo Bien, no se ha separado jamás

de sí misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma; ningún bien

creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos.

Cual cigüeña que se revuelve sobre el nido, después de haber alimentado

a sus hijos, y así como uno de éstos, ya alimentado, la mira, del mismo

modo empezó la bella imagen a agitarse sobre mí, e igualmente elevé mis

ojos hacia ella, que movía sus alas, impelidas por tantos espíritus.

Al dar vueltas, cantaba y decía: "Mis notas son tan incomprensibles

para tí, como el juicio eterno para vosotros los mortales." Luego

que aquellos refulgentes ardores del Espíritu Santo se detuvieron,

sin dejar de formar el signo que hizo a los Romanos temibles en el

mundo,[155] el mismo signo continuó diciendo:

[155] El águila.

--A este reino no ha subido jamás quien no creyó en Cristo, ni antes

ni después de que éste fuera enclavado en el santo leño: pero mira;

muchos que exclaman "Cristo, Cristo," estarán menos próximos a él en

el día del juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y

a tales cristianos causará vergüenza el Etíope, cuando se dividan los

dos colegios, uno enteramente rico, y otro miserable. ¿Qué no podrán

decir los Persas a vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen

en el que se escriben todos sus desprecios? Allí se verá, entre las

obras de Alberto, la que en breve agitará la pluma, y por la cual

quedará desierto el reino de Praga. Allí se verá el daño que ocasiona

junto al Sena, falsificando la moneda, el que morirá herido por un

jabalí.[156] Allí se verá la insaciable soberbia que enloquece del tal

modo al escocés y al inglés, que no pueden sufrir el verse contenidos

en los límites de sus Estados.[157] Se verá la lujuria y la molicie

del de España, y del de Bohemia, que jamás conoció ni quiso conocer el

valor.[158] Allí se verá también marcada con una I la bondad del Cojo

de Jerusalén,[159] mientras que lo contrario a ella tendrá por marca

una M. Se verá la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla

del fuego, donde terminaron los prolongados días de Anquises;[160] y

para demostrar su mezquindad, se emplearán muchas abreviaturas en su

escrito, a fin de que en poco espacio se contengan muchas palabras.

Y a la vista de todos aparecerán las vergonzosas obras del tío y del

hermano,[161] que han envilecido tan egregia estirpe y dos coronas.

Allí serán conocidos el de Portugal y el de Noruega,[162] y el de

Rascia, que alteró los cuños de Venecia.[163] ¡Oh Hungría feliz, si no

se deja guiar mal! ¡Oh dichosa Navarra, si se defendiese con el monte

que la rodea! Todos deben creer que ya, en presagio de esto, Nicosia y

Famagusta se lamentan y claman contra su bestia, que no discrepa de las

otras.

[156] Felipe el Hermoso.

[157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra.

[158] Alfonso, rey de España. Wenceslao, rey de Bohemia.

[159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusalén,

estará marcada con una I (uno): es decir, que será igual a

uno, mientras que sus maldades llevarán por marca una M (mil),

serán iguales a mil.

[160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragón, que gobierna la isla

de Sicilia, donde está el fuego del Etna.--Dice la vileza,

porque Fadrique, después de la muerte de Enrique VII, abandonó

vilmente la causa de los gibelinos.

[161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragón,

tío aquél y hermano éste de dicho Fadrique.

[162] Dionisio el Agrícola, rey de Portugal. Noruega, en

tiempo de Dante, tenía su rey propio.

[163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la

antigua Dalmacia, sobre el Adriático, cuyo rey falsificó los

ducados de Venecia.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMO_

Cuando Aquél que ilumina el mundo entero desciende de nuestro

hemisferio, de tal modo que el día se extingue en todas partes, el

cielo encendido antes por él solo, aparece súbitamente sembrado de

luces, en las cuales se refleja una sola. Y aquel estado del cielo

me vino a la imaginación, cuando la enseña del mundo y de sus jefes

cerró su bendito pico; porque brillando mucho más todos aquellos vivos

resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi

memoria. ¡Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! ¡Cuán

ardiente me parecías en medio de aquellos efluvios sonoros, que sólo

respiran santos pensamientos!

Después que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la

sexta estrella cesaron en sus cantos angélicos, me pareció oír el

murmullo de un río que límpido desciende de roca en roca, mostrando la

fecundidad de su elevado manantial. Y así como el sonido adquiere su

forma en el cuello de la cítara, y en los orificios de la zampoña el

soplo del que la toca, así también subió de improviso aquel murmullo

por el cuello del Aguila, como si éste estuviese perforado. Prodújose

allí una voz, que salió por su pico en forma de palabras, según las

esperaba mi corazón, donde las escribí:

--Debes ahora mirar fijamente--empezó a decir--aquella parte de mí

misma que en las águilas mortales contempla y soporta la luz del

Sol; porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen

centellear el ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos

los demás. Aquel que, haciendo las veces de pupila, luce en medio,

fué el cantor del Espíritu Santo, que transportó el arca de ciudad en

ciudad: ahora conoce el mérito de su canto en la parte que fué obra

de su propia voluntad, por la remuneración que proporcionalmente ha

recibido. De los cinco que forman el arco de mi ceja, el que está más

próximo al pico consoló a la viuda de la pérdida de su hijo;[164] ahora

conoce cuán caro cuesta no seguir a Cristo, por la experiencia que

tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en la parte

superior de la circunferencia de que hablo, dilató su muerte para hacer

verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de Dios

son invariables, aunque una ferviente oración consiga allá abajo que

suceda mañana lo que debería suceder hoy. El otro que sigue se hizo

griego conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado

por una buena intención que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que

el mal resultado de su buena acción no le es nocivo, por más que haya

sido causa de la destrucción del mundo. Aquel que ves en el declive

del arco fué Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de

Carlos y Federico vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un

rey justo, y así lo manifiesta por el resplandor de que está rodeado.

¿Quién creería en el mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera

en este arco la quinta de las luces santas? Aunque su vista no penetre

hasta el fondo de la divina gracia, demasiado conoce ahora lo que en

ella no puede ver el mundo.

[164] El emperador Trajano. (Véase el canto X del Purgatorio.)

[165] Ezequías, rey de Judá, a quien Dios, escuchando sus

ruegos, concedió quince años más de vida para arrepentirse de

sus culpas.

[166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es,

trasladó de Roma a Bizancio la capital del Imperio romano, con

las leyes romanas y con el Aguila imperial, por ceder al Papa

la ciudad eterna.

[167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya pérdida se

lamenta Sicilia, así como de ver vivos a Carlos el Cojo y

Fadrique de Aragón.

Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y después calla,

contenta de la última melodía que la satisface, tal me pareció la

imagen, satisfecha del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas

son lo que son: y aun cuando yo hiciese allí visibles mis dudas como el

vidrio manifiesta por su transparencia el color de que se ha revestido

su superficie, esas mismas dudas no me permitieron esperar la respuesta

callando, sino que con su fuerza hicieron salir de mi boca estas

palabras: "¿Qué cosas son esas?": por lo cual conocí en los nuevos

destellos que despedían aquellas almas dichosas la alegría que les

causaba responder a mis preguntas. Después, con el ojo más inflamado,

me respondió el bendito signo, para no tenerme por más tiempo entregado

a mi asombro:

--Veo que crees estas cosas, porque yo las digo; pero no comprendes

cómo pueden ser: de suerte que, aunque creídas, no por eso están menos

ocultas. Tú haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su

nombre, pero que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta.

"Regnum coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la

viva esperanza, cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a

la manera que el hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen

porque quiere ser vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te

causan asombro la primera y la quinta almas que forman el arco de

la ceja, porque ves adornada con ellas la región de los Angeles. No

salieron paganas de sus cuerpos, como crees, sino cristianas, teniendo

fe viva, la una en los pies que debían ser crucificados, y la otra en

los que ya lo habían sido. Una de ellas, saliendo del Infierno donde

nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvió a habitar su cuerpo

en recompensa de una viva esperanza; de una viva esperanza, que rogó

fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su voluntad

pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su carne

en que permaneció poco tiempo, creyó en Aquél que podía ayudarla; y

al creer, se abrasó de tal modo en el fuego de un verdadero amor,

que después de su segunda muerte fué digna de venir a participar de

estos goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan

profunda, que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar

hasta su manantial, cifró allá abajo todo su amor en la justicia; por

lo cual de gracia en gracia Dios abrió sus ojos a nuestra redención

futura, y creyendo en ella, no soportó por más tiempo la fetidez

del paganismo, reprendiendo por su causa a las gentes pervertidas.

Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda derecha del carro, le

bautizaron más de mil años antes de que se instituyera el bautismo. ¡Oh

predestinación!, ¡cuán remota está tu raíz de la vista de aquellos que

no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed circunspectos

en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no conocemos aún

todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante ignorancia;

porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y queremos lo que

Dios quiere.

Tal fué el suave remedio que me dió aquella imagen divina para aclarar

mi vista. Y así como un buen tocador de cítara hace acompañamiento a un

buen cantor con la vibración de las cuerdas, adquiriendo de este modo

mayor atractivo el canto, así mientras hablaba, recuerdo que vi a los

benditos resplandores agitar sus llamas al compás de las palabras, como

los párpados que se mueven acordes y al mismo tiempo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOPRIMERO_

Mis ojos se habían fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y el ánimo

con ellos se había separado de todo otro objeto. Ella no sonreía:

--Pero si yo riese--empezó a decirme--, te quedarías como Semele,

cuando fué reducida a cenizas; pues mi belleza, que, según has visto,

brilla más cuanto más asciende por las gradas del eterno palacio, si no

se moderase, resplandecería tanto, que tu fuerza mortal perecería ante

su fulgor como la rama destrozada por el rayo. Nos hemos elevado al

séptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho del ardiente León,

difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el fuerte influjo

de aquél. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus ojos un

espejo para la imagen que se te aparecerá en este espejo.

[168] Al cielo de Saturno.

Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante

dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirigí hacia otro

objeto, conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial,

considerando que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo

sentía contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo,

lleva el nombre de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció

muerto todo mal, vi una escala del color del oro en que se refleja

un rayo de Sol, y tan elevada, que mis ojos no podían seguirla. Vi

además bajar por sus escalones tantos resplandores, que pensé que todas

las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas allí. Y así,

como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al

romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan

algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban,

y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían aquellos

fulgores que habían ido descendiendo hasta que se detuvieron en un

escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a

resplandecer tanto, que yo decía entre mí: "Conozco el amor que me

anuncias." Pero Aquélla, de quien espero la orden para hablar o callar,

permaneció inmóvil: así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar

nada. Por lo cual, ella, que leía en la vista de Aquél que lo ve todo

el deseo que yo ocultaba, me dijo:

--Puedes manifestar tu ardiente anhelo.

Entonces empecé de esta suerte:

--Mis méritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de

aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te

ocultas en tu alegría, dame a conocer la causa que tanto te aproxima

a mí, y dime por qué no se oye en esta esfera la dulce sinfonía del

Paraíso, que tan devotamente resuena en las de abajo.

--Tu oído es tan débil como tu vista--me contestó--; aquí no se canta

por la misma razón que Beatriz no sonríe. He descendido tanto por las

gradas de la escala santa, sólo para recrearte con mis palabras y con

la luz de que estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho

más solícita; pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y más

que el mío, según te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero

la alta caridad, que nos convierte en siervas atentas a la voluntad que

rige al mundo, nos designa el sitio en que, según puedes ver, estamos

colocadas.

--Bien veo--dije yo--, ¡oh sagrada lámpara!, que un amor libre basta en

esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que

me parece sumamente difícil de comprender es por qué fuiste tú entre

todas tus compañeras la destinada a este cargo.

Aun no había pronunciado la última palabra, cuando la luz, haciendo

un eje de su centro, giró con la rapidez de una rueda. Después me

respondió la amorosa alma que estaba dentro de ella:

--La luz divina se fija en mí penetrando en la que me envuelve, y su

virtud, unida a mi vista, me eleva tanto sobre mí misma, que veo la

suma esencia de que aquélla emana. De aquí proviene la alegría con que

brillo; porque a la claridad de mi visión junto la de la luz que me

rodea. Pero el alma que más brilla en el cielo, el serafín que tiene

más fijos los ojos en Dios no podrá satisfacer tus preguntas; porque

lo que deseas saber penetra tan profundamente en el abismo del decreto

eterno, que está muy apartado de toda vista creada; y cuando vuelvas al

mundo mortal, refiere lo que te digo, a fin de que nadie presuma llegar

al fondo de tal arcano. La mente, que aquí es luz, en la Tierra es

humo; considera, pues, cómo podrá comprender allá abajo lo que aquí no

comprende, por más que el cielo la enaltezca.

Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandoné la cuestión, y me

limité a rogarle humildemente que me dijese quién era.

--Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se

elevan unos peñascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos

altura. Aquellos peñascos forman una eminencia que se llama Catria,

al pie de la cual hay un yermo consagrado únicamente al culto del

verdadero Dios.

Así empezó a hablar por tercera vez; y continuando luego, añadió:

--De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con

legumbres y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores,

satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro producía

fértilmente para esta parte de los cielos, y ahora está tan vacío,

que será preciso que en breve lo sepa el mundo. En aquel sitio estuve

yo, Pedro Damián; y Pedro el Pecador en la casa de Nuestra Señora,

a orillas del Adriático. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fuí

llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se transmite de

malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de elección del

Espíritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento de

cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro

lado los apoyen, ¡tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que

vaya detrás quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus

cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. ¡Oh

paciencia de Dios, que tanto soportas!

[169] San Pedro y San Pablo.

Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de

escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron

a detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor

tan alto, que nada en el mundo puede asemejársele: su estruendo me

ensordeció de tal modo, que no comprendí lo que dijeron.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VEGESIMOSEGUNDO_

Mudo de estupor me volví hacia mi Guía, como un niño que se acoge

siempre a quien le inspira más confianza: y aquélla, como la madre que

socorre prontamente al hijo azorado y pálido con su voz consoladora, me

dijo:

--¿No sabes que estás en el cielo? ¿No sabes que todo el cielo es

santo, y que lo que en él se hace procede de un buen celo? Si el grito

que acabas de oír te ha conmovido tanto, ahora puedes pensar cómo te

habría perturbado aquel suave cántico unido a mi sonrisa. Y si hubieras

comprendido lo que se rogó al exhalar ese grito, conocerías la venganza

que verás antes de tu muerte. La espada de aquí arriba no hiere nunca

demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los que

la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vuélvete hacia otro lado,

y verás muchos espíritus ilustres, si diriges tus miradas según te

indico.

Volví los ojos como ella quiso, y vi cien pequeñas esferas, que se

embellecían unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel

que reprime en sí el agudo estímulo del deseo, y no se aventura a

preguntar, temiendo excederse, cuando la mayor y más brillante de

aquellas perlas se adelantó para contentar mi curiosidad: después oí en

su interior:

--Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habrías

expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no

tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento

que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda

está Casino fué frecuentada en otro tiempo por gentes engañadas y mal

dispuestas. Yo soy el que llevó allí el nombre de Aquél que enseñó en

la Tierra la verdad que tanto nos enaltece;[170] y lució sobre mí tanta

gracia, que aparté a las ciudades circunvecinas del impío culto que

sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos,

abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos

santos. Aquí están Macario y Romualdo; aquí están mis hermanos, que se

encerraron en el claustro y conservaron un corazón perseverante.

[170] San Benito abad, que dió a conocer allí la religión

cristiana.

Lo contesté:

--El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo

y observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que

inspira el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por

eso te ruego, padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la

gracia de ver tu imagen descubierta.

--Hermano--me respondió--: tu elevado deseo se realizará en la última

esfera, donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos

son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus

partes permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira

entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la

pierdas de vista. El patriarca Jacob la vió prolongarse hasta arriba,

cuando se le apareció tan llena de ángeles; pero ahora no retira

nadie sus pies de la tierra para subirla, y mi regla sólo sirve abajo

para gastar papel. Los muros que eran una abadía se han convertido en

cavernas; y las cogullas en sacos de mala harina. La más sórdida usura

no es tan contraria a la voluntad de Dios, como lo es el fruto de esas

riquezas que tanto enloquecen el corazón de los monjes, porque todo lo

que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden por Dios, y no

a los parientes o a otros más indignos. La carne de los mortales es

tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que transcurre

desde el nacimiento de la encina hasta la formación de la bellota.

Pedro empezó su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y

con ayunos; Francisco basó su orden en la humildad: y si atiendes al

principio de cada orden, y consideras después adonde han llegado, verás

lo blanco cambiado en negro. Más admiración causó en verdad ver al

Jordán retrocediendo y al mar huír cuando Dios quiso, que la causará

ver remediados estos males.

Así me dijo, y después se reunió a sus demás compañeros, que a su

vez se reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto.

La dulce Dama con un solo ademán me impulsó a subir tras ellos por

aquella escala: tanto fué lo que su virtud venció mi grave naturaleza:

y jamás aquí abajo, donde se sube y desciende naturalmente, hubo un

movimiento tan rápido que pudiera igualar a mi vuelo. Así pueda volver,

¡oh lector!, a aquel piadoso reino triunfante, por el que lloro con

frecuencia mis pecados golpeándome el pecho, como es cierto que vi el

signo que sigue al Tauro,[171] y me encontré en él en menos tiempo del

que necesitarías para meter y sacar un dedo del fuego. ¡Oh gloriosas

estrellas!, ¡oh luz llena de gran virtud, en la que reconozco todo mi

ingenio, cualquiera que ésta sea! Con vosotras nacía, y se ocultaba

con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172] cuando sentí

por vez primera el aire toscano; y cuando más tarde se me concedió la

gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fué también

permitido pasar por la región en donde estáis. A vosotras dirige ahora

devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria en

la difícil empresa que la atrae.

[171] La constelación de Géminis.

[172] El Sol.

--Estás tan cerca de la última salvación--empezó a decirme Beatriz--,

que debes tener los ojos claros y penetrantes; así pues, antes de que

llegues a ella, mira hacia abajo y contempla cuántos mundos he puesto

bajo tus pies, a fin de que tu corazón se presente tan gozoso como

pueda ante la triunfante multitud que alegre acude por esta bóveda

etérea.

Recorrí con la vista todas las siete esferas, y ví a nuestro globo

tan pequeño, que me reí de su vil aspecto: así es que apruebo como

mejor parecer el de quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse

verdaderamente probo el que sólo piensa en el otro mundo.

Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fué causa de

que yo la creyera enrarecida y densa. Allí, ¡oh Hiperión!, pudieron

soportar mis ojos la luz de tu hijo, y vi cómo se mueven próximas a él

y en derredor suyo Maya y Dione. Allí me apareció Júpiter atemperando a

su padre y a su hijo;[173] allí distinguí con claridad sus frecuentes

cambios de lugar, y todos los siete planetas me manifestaron su

magnitud, su velocidad, y la distancia a que respectivamente se

encuentran colocados. Aquel pequeño punto que nos hace tan orgullosos

se me apareció por completo desde las montañas a los mares, mientras

que yo giraba con los eternos Gemelos. Después fijé mis ojos en los

hermosos ojos.

[173] Saturno y Marte.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOTERCERO_

La Divina Comedia · 第 24 / 28 段