ciento y más años ha estado girando por el primer círculo del monte,
fué mi hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas
su prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde
oye sonar aún tercia y nona, estaba en paz, sobria y púdica. No tenía
gargantillas, ni coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni
cinturones más llamativos a la vista que la persona que los lleva.
Al nacer, no causaba miedo la hija al padre, porque la época del
matrimonio y el dote no habían salido aún de los límites regulares. No
estaban entonces las casas vacías de moradores; no había llegado aún
Sardanápalo a enseñar lo que se puede hacer en una cámara. Montemalo
no era aún vencido por Uccellatoio, el cual, así como le excede en
la subida, le excederá en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti
con cinturón de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del
espejo sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los
del Vecchio contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus
mujeres dedicadas a la rueca y al huso. ¡Oh afortunadas! Cada una de
ellas conocía el lugar donde había de ser sepultada, y ninguna se
había visto abandonada en el lecho por causa de Francia. La una velaba
su cuna, y para consolar a su hijo usaba el idioma que constituye la
primera alegría de los padres y de las madres: la otra, tirando de la
blanca cabellera de su rueca, charlaba con su familia de los troyanos,
y de Fiésole y de Roma. En aquellos tiempos se habría mirado como una
maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello, como hoy causarían
asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de tanta calma, y de
tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles conciudadanos,
me hizo nacer la Virgen María, llamada a grandes gritos, y en vuestro
antiguo Baptisterio fuí a un tiempo cristiano y Cacciaguida. Moronto
y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa procedía del valle del Po, y
de ella viene tu apellido. Después seguí al emperador Conrado, que me
concedió el título de caballero; tanto fué lo que le agradé por mis
buenas acciones. Tras él fuí contra la maldad de aquella ley, cuyo
pueblo usurpa vuestro dominio, por culpa del Pastor. Allí aquella torpe
raza me libró del mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde
el martirio llegué a esta paz.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOSEXTO_
¡Oh nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca me admiraré
de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aquí abajo, donde nuestros
afectos languidecen; pues yo mismo, allá donde el apetito no se tuerce,
quiero decir, en el cielo, me vanaglorié de poseerte. A la verdad,
eres como un manto que se acorta en breve, de modo que si cada día
no se le añade algún pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con
sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fué la primera en someterse y
en cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron
esta vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algún tanto
apartada, sonrióse, pareciéndose a la que tosió cuando Ginebra cometió
la primera falta de que habla la crónica.[147] Yo empecé a decir:
[147] Según cuenta la crónica de la Tabla redonda, la camarera
de la reina Ginebra tosió al notar el primer mal paso dado por
su señora, llevada del amor a Lanzarote.
--Vos sois mi padre; vos me infundís aliento para hablar; vos me
enaltecéis de modo, que soy más que yo mismo. Por tantos arroyos se
inunda de alegría mi mente, que se goza en sí misma al considerar que
puede contener tanta sin que la abrume. Decidme, pues, ¡oh mi querido
antepasado!, quiénes fueron vuestros predecesores, y cuáles los años en
que comenzó vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebaño de
San Juan, y cuáles las personas más dignas de elevados puestos.
Como se aviva la llama del carbón al soplo del viento, así vi yo
resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareció más
bella a mis ojos, más dulce y suave fué también su acento cuando me
dijo, aunque no en nuestro moderno lenguaje:
--Desde el día en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre,
que hoy es santa, se libró de mi peso, este Planeta fué a inflamarse
quinientas cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados
y yo nacimos en aquel sitio donde primero encuentra el último distrito
el que corre en vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con
respecto a mis mayores; lo que fueron o de dónde vinieron, es más
cuerdo callarlo que decirlo. Todos los que se encontraban entonces en
estado de llevar las armas, entre la estatua de Marte y el Baptisterio,
formaban la quinta parte de los que ahora viven allí; pero la
población, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo
y de Fighine, se veía pura hasta en el último artesano. ¡Oh!, ¡cuánto
mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras fronteras
en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros, y
soportar la fetidez del villano de Aguglión y del de Signa, que tiene
ya los ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que está más
degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino
benigna como una madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho
florentino, y cambia y trafica, se habría vuelto a Semifonti, donde
andaba su abuelo pordioseando: los Conti estarían aún en Montemurlo;
los Cerchi en la jurisdicción de Ancona, y quizá aun en Valdigrieve
los Buondelmonti. La confusión de las personas fué siempre el
principio de las desgracias de las ciudades, como la mescolanza de los
alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae más pronto
que un cordero ciego; y muchas veces corta más y mejor una espada
que cinco. Si consideras cómo han desaparecido Luni y Urbisaglia, y
cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa
difícil de creer el oír cómo se deshacen las familias, puesto que las
ciudades mismas tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como
vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho,
porque vuestra vida es muy corta; y así como los giros del cielo de
la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo
hace con Florencia la Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que
voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama está
envuelta en la obscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia
los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos
ilustres caballeros; he visto también con los de la Sannella a los
del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes
como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía de
tan gran peso, que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los
Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado
después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de
la Pressa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se
veían ya los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados
la guarnición y el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la
Comadreja, e ilustres los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli,
y los que se avergüenzan al recuerdo de la medida. El tronco de que
nacieron los Calfucci era ya grande, y ya habían sido promovidos a las
sillas curules los Sizii y los Arrigucci. ¡Oh! ¡cuán fuertes he visto a
aquéllos, que han sido destruídos por su soberbia! Y sin embargo, las
bolas de oro[148] con sus altos hechos hacían florecer a Florencia;
así como también los padres de aquellos que siempre que está vacante
vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La
presuntuosa familia[149] que persigue como un dragón al que huye, y se
humilla como un cordero ante el que le enseña los dientes o la bolsa,
venía ya engrandeciéndose; pero su origen era bajo: por esto no agradó
a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con ella. Los
Caponsacco habían descendido ya de Fiésole, y habitaban en el Mercado,
y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa
increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad, se
entraba por una puerta que debía su nombre a la familia de la Pera.
Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre
y cuya gloria se renuevan en la fiesta de Santo Tomás, recibieron
de él sus títulos de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha
colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un
círculo de oro. Ya los Gualterotti y los Importuni vivían tranquilos
en el Borgo, y más lo habrían estado sin nuevos vecinos. La casa de
que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destruído
y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos.
¡Oh Buondelmonte!, ¡cuán mal hiciste en no aliarte con ella por medio
del matrimonio para consuelo de los demás! Muchos de los que hoy están
tristes estarían alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la primera
vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra
rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus
últimos días de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a
Florencia en medio de tan gran reposo, que no tenía motivo para llorar.
Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás
el lirio fué llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo
a causa de las discordias.
[148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenían
bolas de oro.
[149] Los Adimari, uno de los cuales perjudicó mucho a Dante.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOSEPTIMO_
Estaba yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los padres sean
un poco condescendientes con sus hijos, cuando acudió a Climene para
cerciorarse de lo que acerca de él había oído; y bien lo conocían
Beatriz y aquella luz que por mí había cambiado antes de sitio; por lo
cual me dijo mi Dama:
--Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con
la fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por
tus palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de
que otros te den de beber.
--¡Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto
a quien todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes
antes de que sean en sí, como ven las inteligencias terrestres que dos
ángulos obtusos no pueden caber en un triángulo! Mientras acompañado
de Virgilio subía yo por el monte donde se curan las almas, y cuando
bajaba por el mundo de los muertos, se me dijeron palabras graves
acerca de mi vida futura; y aunque me considere como un tetrágono ante
los golpes de la desgracia, quisiera saber cuál es la suerte que me
está reservada; pues el dardo previsto hiere con menos fuerza.
Así dije a la misma luz que me había hablado antes, manifestando mi
deseo como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mío, encerrado y
patente a un mismo tiempo en su esplendor risueño, me contestó, no en
los términos ambiguos con que eran engañados los necios gentiles antes
de que fuese inmolado el Cordero de Dios que redimió los pecados, sino
con palabras claras y en latín correcto:
--Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los límites de
vuestra materia, están todas presentes a la vista de Dios. De aquí
no se infiere, sin embargo, su necesidad, sino como es preciso que
se pinte en los ojos de quien la mira, la nave que desciende por una
corriente. Desde la mente divina llega a mi vista, como a los oídos la
dulce armonía del órgano, el tiempo que para ti se prepara. Del mismo
modo que Hipólito partió de Atenas por la crueldad y perfidia de su
madrastra, tendrás que salir de Florencia. Esto es lo que se quiere, y
lo que se busca y pronto será hecho por los que lo meditan allá donde
diariamente se vende a Cristo. Las culpas caerán sobre los vencidos,
como es costumbre; pero el castigo dará testimonio de la verdad, que
lo envía al que lo merece. Tú abandonarás todas las cosas que más
entrañablemente amas, y este es el primer dardo que arroja el arco del
destierro. Tú probarás cuán amargo es el pan ajeno, y cuán duro camino
el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo que más
gravará tus espaldas será la compañía estúpida y malvada con la cual
caerás en este valle; porque ingrata, loca e impía, se revolverá contra
tí; si bien poco después, ella y no tú, verá destrozada su frente.
Su conducta probará su bestialidad, de suerte que para ti será más
laudable haberte separado completamente de ella. Tu primer refugio y
tu primer albergue serán la cortesía del Gran Lombardo, que sobre la
escala lleva el ave santa,[150] el cual te mirará tan benignamente, que
entre ambos el dar precederá al pedir, al contrario de lo que sucede
entre los demás. Sí, verás a aquel que al nacer fué tan inspirado por
esta fuerte estrella, que sus hechos serán siempre admirados. Los
pueblos no han reparado en él aún a causa de su corta edad, pues sólo
hace nueve años que giran en derredor suyo estas esferas. Pero antes de
que el Gascón engañe al gran Enrique,[151] aparecerán los destellos de
su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias
serán tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrán dejar de
referirlas. Espera en él y en sus beneficios; por él muchos hombres
serán transformados, y los ricos y los pobres cambiarán de condición.
Lleva grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de él; pero no lo
manifiestes a nadie.
[150] Can el Grande, señor de Verona.
[151] El papa Clemente V, de Gascuña, después de haber
promovido al imperio a Enrique VII, favoreció a sus enemigos.
Y me refirió después cosas, que parecerán increíbles aun a aquellos que
las presencien. Después añadió:
--Hijo mío, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho;
tales las asechanzas que se te ocultarán por pocos años. No quiero, sin
embargo, que odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongará más
aún de lo que tarde el castigo de su perfidia.
Cuando, por su silencio, demostró el alma santa que había concluído de
poner la trama en la tela que le presenté urdida, empecé a decir, como
el que en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y
amante:
--Bien veo, padre mío, cómo corre el tiempo hacia mí para darme uno de
esos golpes, tanto más graves, cuanto más desprevenido se vive; por lo
cual es bueno que me arme de previsión, a fin de que, si se me priva
del lugar que más quiero, no pierda los demás por causa de mis versos.
Allá abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya
hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo,
de luz en luz, he oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos
de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo
perder la fama entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo.
La luz en que sonreía el tesoro que yo había encontrado allí, empezó
por brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y después
respondió:
--Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena
encontrará aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti
toda mentira manifiesta por completo tu visión, y deja que se rasque
el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por
primera vez, dejará un alimento vivificante cuando sea digerida. Tu
grito hará lo que el viento, que azota más las más elevadas cumbres, lo
cual no será una pequeña prueba de honor. Por eso tan sólo se te han
mostrado en estas esferas, en el monte y en el doloroso valle las almas
que han gozado de cierto renombre; porque el ánimo del que escucha no
fija su atención ni presta fe a ejemplos sacados de una raíz oculta y
desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten claramente.
[Ilustración]
_CANTO DECIMOCTAVO_
Aquel espíritu bienaventurado se recreaba ya en sus reflexiones, y yo
saboreaba las mías, atemperando lo amargo con lo dulce, cuando la Dama
que me conducía hasta Dios me dijo:
--Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aquél que alivia
todas las contrariedades.
Yo me volví hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar
cuál fué el amor que vi entonces en sus santos ojos; no sólo porque
desconfíe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo
que es superior a ella, si otro poder no le ayuda. Sólo puedo decir
con respecto a este punto que, contemplándola, mi ánimo se vió libre
de todo otro deseo: pues el placer eterno, que irradiaba directamente
sobre Beatriz, me hacía dichoso al verlo reflejado en su hermoso
rostro. Pero ella, desviándome de esta contemplación con la luz de una
sonrisa, me dijo:
--Vuélvete y escucha; que no está solamente en mis ojos el paraíso.
Así como algunas veces se ve la pasión en la fisonomía, si aquélla
es tanta que el alma entera le está sometida, del mismo modo en los
destellos del fulgor santo, hacia el cual me volví, conocí el deseo de
continuar nuestra plática. Y en efecto, empezó diciendo:
--En esta quinta rama del árbol que recibe la vida por la copa, y
fructifica siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los
espíritus que allá abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran
renombre, que toda musa se enriquecería con sus acciones: mira los
brazos de la cruz, y los que te iré nombrando harán en ellos lo que el
relámpago en la nube.
Apenas nombró a Josué, vi pasar un fulgor por la cruz, y el oír
pronunciar aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fué todo uno. Al
nombre del Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de
su alegría. Del mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando,
mi atenta mirada siguió a dos luces, como sigue la vista el vuelo
del halcón. Después pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo
y Rinoardo, el duque Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el
alma que me había hablado se movió del mismo modo y se reunió a los
anteriores, demostrándome lo artista que era entre los cantores del
cielo.
Volvíme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer,
bien por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos,
tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a
su anterior aspecto. Y así como el hombre que obra bien, por el mayor
placer que siente, advierte de día en día el aumento de su virtud, así
yo, viendo más resplandeciente aquel milagro de belleza, reparé que se
había hecho más extenso el círculo de mi rotación juntamente con el
cielo; y en breve espacio de tiempo que muda de color el rostro de una
doncella cuando depone el peso de la vergüenza, presentóse a mis ojos,
al volverme, una transmutación semejante, por efecto de la blancura
de la sexta y templada estrella, que me había recibido en su interior.
Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella
existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así como las aves
que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio donde
encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras
veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas
criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus
movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; después,
representando uno de aquellos caracteres, se detenían un momento y
guardaban silencio.
[152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de
la frase: Diligite justitiam qui judicatis terram; que se lee
en la Sagrada Escritura.
¡Oh divina Pegásea,[153] que glorificas y prolongas la vida de los
ingenios, haciendo que perpetúen la memoria de las ciudades y de los
reinos! Ilumíname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he
visto, y de que aparezca tu poder en estos cortos versos.
[153] La musa Calíope.
Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y
yo observé aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite
justitiam" fué el primer verbo y el primer nombre que representaron;
"qui judicatis terram" fueron las últimas palabras. Después, en la M
del quinto vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de
Júpiter en aquel punto parecía de plata moteada de oro. Entonces vi
descender otras luces sobre la parte superior de la M y detenerse allí
cantando, según creo, el bien que hacia sí las atrae. Después, así como
del choque de dos tizones ardientes salen innumerables chispas, de
donde los necios deducen augurios, parecióme que se elevaban más de
mil luces, remontándose unas más y otras menos, según las distribuye el
Sol que las enciende; y cuando cada cual quedó fijo en su puesto, vi
que aquellas luces formaban distintamente la cabeza y el cuello de un
águila. Aquel que pinta esto no tiene quien le guíe, antes bien él guía
todas las cosas, y de él procede esa virtud que mueve a los animales
a dar una forma apropiada a sus nidos. Los demás bienaventurados, que
anteriormente parecían contentarse con formar sobre la M una corona de
lises, por medio de un pequeño movimiento concluyeron la figura del
águila.
--¡Oh dulce estrella!, ¡cuántas y qué resplandecientes almas me
demostraron allí que nuestra justicia es un efecto del cielo que tú
adornas! Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de
tu fuerza, que repare de dónde sale el humo que obscurece tus rayos, a
fin de que se irrite otra vez contra los compradores y vendedores del
templo que se fortificó con los milagros y la sangre de los mártires.
¡Oh milicia celestial a quien contemplo! Ruega por los que existen en
la Tierra extraviados por el mal ejemplo. Era ya antigua costumbre
hacer la guerra con la espada; hoy se hace arrebatando por doquiera
el pan que a nadie niega nuestro piadoso Padre. Pero tú, que escribes
solamente para borrar, piensa que aún están vivos Pedro y Pablo, los
cuales murieron por la viña que de tal modo echas a perder. Con razón
puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aquél que quiso vivir
solo, y que a consecuencia de un baile fué arrastrado al martirio,[154]
que no conozco al Pescador ni a Pablo."
[154] San Juan Bautista.
[Ilustración]
_CANTO DECIMONONO_
Ante mi aparecía, con las alas abiertas, la bella imagen que en su
dulce fruición hacía dichosas a las almas reunidas. Cada una de éstas
parecía un pequeño rubí, en el que brillaba tan encendido un rayo
de Sol, que reflejaba a mis ojos la imagen del mismo Sol. Y lo que
necesito describir ahora no lo anunció la voz jamás, ni lo escribió la
tinta, ni lo concibió la imaginación. Porque vi, y aun oí hablar al
pico del águila y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intención
era decir: "Nos" y "Nuestro." Y empezó así:
--Por haber sido justo y piadoso estoy aquí exaltado hasta esta gloria,
que no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dejé tal memoria de
mí, que los hombres más perversos la recomiendan, pero no siguen su
ejemplo.
Así como de muchas brasas sale un solo calor, así también de aquella
imagen, formada por muchos amores, salía una sola voz. Entonces
respondí:
--¡Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me
hacéis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras
al gran ayuno que me ha tenido hambriento durante largo tiempo, por
no encontrar en la Tierra alimento alguno. Bien sé que, si la justicia
divina se refleja en otras esferas como en un espejo, en la vuestra no
se ve a través de un velo. Sabéis cuán atento me preparo a escucharos;
sabéis también cuál es aquella duda que para mí se convierte en tan
antiguo ayuno.
Así como el halcón a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate
las alas en señal de contento, demostrando sus deseos e irguiéndose con
gallardía, lo mismo ví hacer al águila que estaba formada de alabanzas
de la divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se
deleita allá arriba. Después comenzó de esta suerte: