la santa rueda, y aún no había dado una vuelta entera, cuando otra la
encerró en un círculo, uniendo movimiento a movimiento y canto a canto:
y eran éstos tales que, articulados por los dulces órganos de aquellos
espíritus, sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas,
tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos
paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando
Juno envía a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo
de la voz de aquella ninfa[137] que consumió el amor, como el Sol
consume los vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres,
a causa del pacto que Dios hizo con Noé, de que el mundo no volverá
a sufrir otro diluvio, de igual suerte aquellas dos guirnaldas de
sempiternas rosas daban vueltas en torno de nosotros, correspondiendo
en todo la guirnalda exterior a la interior. Cuando cesaron simultánea
y unánimemente las danzas y los fulgurantes y mutuos destellos de
aquellas luces gozosas y placenteras, semejantes a los ojos que se
abren y se cierran al mismo tiempo, dóciles a la voluntad del que los
mueve, del seno de una de las nuevas luces salió una voz,[138] la cual
hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja hacia el polo:
aquella voz empezó a decir:
[137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumió,
quedando únicamente su voz. Entiéndase: naciendo el arco
exterior de la reflexión de los rayos del arco menor
concéntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexión de la
voz.
[138] San Buenaventura.
--El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien
se habla tan bien del mío.[139] Es justo que donde se hace mención del
uno, se haga también del otro; pues habiendo militado ambos por una
misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo,
al que tan caro costó armar de nuevo, seguía su enseña lento, receloso
y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudió en ayuda de
su milicia, que se hallaba en peligro, no porque ésta fuera digna de
ello, sino por un efecto de su gracia; y según se ha dicho, socorrió
a su Esposa con dos campeones, ante cuyas obras y palabras se reunió
el descarriado pueblo. En aquella parte donde el dulce céfiro acude a
hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste Europa,[140] no
muy lejos de los embates de las olas, tras de las cuales, por su larga
extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la
afortunada Calahorra, bajo la protección del grande escudo, en que el
león está subyugado y subyuga a su vez. En ella nació el apasionado
amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y
cruel para sus enemigos. Apenas fué creada, su alma se llenó de virtud
tan viva, que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el dón de
profecía. Cuando se celebraron los esponsales entre él y la fe en la
sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que dió por
él su asentimiento vió en sueños el admirable fruto que debía salir
de él y de sus herederos; y para que fuese más visible lo que ya era,
descendió del cielo un espíritu, y le dió el nombre de Aquél que le
poseía por completo. Domingo se llamó; y habló de él como del labrador
que Cristo escogió para que le ayudase a cultivar su huerto. Pareció
en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer deseo que se
manifestó en él fué el de seguir el primer consejo de Cristo. Muchas
veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo, como
diciendo: "He venido para esto." ¡Oh padre verdaderamente Feliz!, ¡oh
madre verdaderamente Juana!, si la interpretación de sus nombres es
la que se les da. En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por
esa vanidad mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense
y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero maná; entonces se puso
a custodiar la viña que pierde en breve su verdura, si el viñador
es malo; y habiendo acudido a la Sede, que en otro tiempo fué más
benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya,
sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidió la facultad de
dispensar dos o tres por seis; no pidió el primer beneficio vacante;
"non decimas, quæ sunt pauperum Dei;" sino que pidió licencia para
combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de que
nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Después, con su
doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión
apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su
ímpetu atacó con más vigor los retoños de la herejía allí donde era
mayor la resistencia. De él salieron en breve varios arroyos, con los
que se regó el jardín católico, de modo que sus arbustos adquirieron
más vida. Si tal fué una de las ruedas del carro en que se defendió la
Santa Iglesia, venciendo en el campo las discordias civiles, bastante
debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de que te ha hablado
Tomás con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado
por la parte superior de la circunferencia de esta última rueda está
abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien.
La familia que seguía fielmente las huellas de Francisco ha cambiado
tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él ponía los talones:
pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando
la cizaña se queje de que no se la lleve al granero. Convengo en que
quien examinase hoja por hoja nuestro libro aún encontraría una página
en que leería: "Yo soy el que acostumbro;" pero no procederá de Casale
ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen el rigor de la
regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el alma de
Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse siempre
los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustín están
aquí: éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el
cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San Víctor,
y Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por
sus doce libros; el profeta Natán, y el metropolitano Crisóstomo, y
Anselmo, y aquel Donato que se dignó poner su mano en la primera de las
artes.[141] Aquí está también Rabano, y a mi lado brilla Joaquín, abad
de Calabria, que estuvo dotado de espíritu profético. He debido alabar
a aquel gran paladín de la Iglesia, por moverme a ello la ardiente
simpatía y las discretas palabras de fray Tomás, que, así como a mí,
han conmovido a todas estas almas.
[139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo
Tomás habló tan bien de mi jefe San Francisco.
[140] En España.
[141] La Gramática.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOTERCIO_
Quien deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagínese (y, mientras
hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en fuerte roca) las
quince estrellas, que en diversas regiones iluminan el cielo con tanta
viveza, que vencen toda la densidad del aire: imagínese aquel Carro, al
cual le basta el espacio de nuestro cielo para girar de noche y día,
sin desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la punta del
eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que estas
estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que formó
la hija de Minos cuando sintió el frío de la muerte:[142] figúrese uno
de ellos despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos
girando de manera que vayan en sentido inverso; y así tendrá como una
sombra de la verdadera constelación y de la doble danza que circulaba
en el sitio donde yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a
lo que acostumbramos a ver, como el lento curso del Chiana es inferior
al movimiento del más alto y veloz de los cielos. Allí se cantaba,
no a Baco ni Peán, sino a tres Personas en una Naturaleza Divina, y
ésta y la humana en una sola Persona. Tan luego como en las danzas
y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas santas luces se
fijaron en nosotros, felicitándose de pasar de uno a otro cuidado.
Después rompió el silencio de los espíritus acordes la luz que me había
referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:
[142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el
cielo dos constelaciones dispuestas en círculo, como aquella
corona en que al morir Ariadna, hija de Minos, hizo que se
convirtiera la guirnalda de flores que adornaba su cabeza.
--Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el
dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte. Tú
crees que en el pecho de donde fué sacada la costilla para formar
la hermosa boca cuyo paladar costó caro a todo el mundo, y en aquel
otro que, atravesado de una lanzada, satisfizo tanto, que venció el
peso de toda culpa cometida antes y después, el gran poder creador
de uno y otro infundió cuanta ciencia es asequible a la naturaleza
humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar que
el bienaventurado que está contenido en la quinta luz[143] fué sin
segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a
exponerte, y verás cómo tu creencia y mis palabras son con respecto a
la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del círculo.
Lo que no muere, y lo que puede morir, no es más que un destello de
la idea que nuestro Señor engendra por efecto de su bondad; porque
aquella viva luz que sale del radiante Padre, y no se separa de él
ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad,
comunica su irradiación a nueve cielos, como transmitida de espejo en
espejo, pero permaneciendo una eternamente. De allí desciende hasta las
últimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados, que
últimamente sólo produce breves contingencias. Por estas contingencias
entiendo las cosas engendradas, que el Cielo en su movimiento produce
con germen o sin él. La materia de éstas, y la mano que le da forma,
no causan siempre los mismos efectos; por lo cual dichas cosas, que
llevan el sello de la idea divina, aparecen más o menos perfectas.
De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé frutos buenos o
malos, y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la materia
fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese también en su virtud
suprema, la luz de la idea divina se mostraría en todo su esplendor.
Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en
sus obras al artista que domina prácticamente su arte, y cuya mano
tiembla. Si, pues, el ferviente amor dispone la materia, e imprime en
ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes
alcanzan la perfección. Así es como fué hecha la tierra digna de toda
perfección animal, y así es cómo concibió la Virgen. Por lo tanto,
apruebo tu opinión, porque la humana naturaleza no fué ni será jamás
lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese ahora
adelante, empezarías por exclamar: "¿Cómo es, pues, que aquél no tuvo
igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quién
era, y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he
hablado de modo que no hayas podido comprender que aquél fué un rey,
que pidió la sabiduría, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber
cuál es el número de los motores celestiales; o si lo necesario con
lo contingente produce lo necesario; o bien "si est dare primum motum
esse," ni si en un semicírculo puede colocarse un triángulo que no
tenga un ángulo recto: así pues, si has comprendido bien lo que he
dicho y lo que digo, conocerás que la sabiduría real era la ciencia sin
par en que se clavaba la flecha de mi intención. Si claramente miras,
verás que la palabra "Ascendió" sólo hacía referencia a los reyes,
que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con esta
distinción; y así podrás conservar tu creencia sobre el primer padre
y nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo,
para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el
no que no distingues con claridad; pues necio es entre los necios el
que sin distinción afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque
acontece a menudo que una opinión precipitada se extravía, y después
el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la
verdad, sin conocer el arte de encontrarla, hace el viaje peor que en
vano, porque no vuelve tal como fué; de lo cual son en el mundo pruebas
ostensibles Parménides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y
no sabían adónde. Así hicieron Sabelio y Arrio, y aquellos necios que
fueron como espadas para las Escrituras, torciendo el recto sentido de
sus palabras. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el
que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas; porque he visto
primero el zarzal áspero y punzante durante todo el invierno, y luego
cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar el mar recta
y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del puerto. No crean
doña Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno robando, y a otro
haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de Dios, porque
aquél puede elevarse y éste caer.
[143] El rey Salomón.
[144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de
poco cacúmen.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOCUARTO_
El agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a la
circunferencia o de ésta al centro, según que la agiten por dentro o
por fuera. Ocurrióseme de pronto esto que digo en cuanto calló el alma
gloriosa de Santo Tomás, por la semejanza que nacía de sus palabras y
de las de Beatriz, a quien plugo decir, después de aquél:
--Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el
pensamiento, llegar a la raíz de otra verdad. Decidle si la luz con que
se adorna vuestra substancia permanecerá con vosotros eternamente tal
como es ahora; y si así es, decidle cómo podrá suceder que no os ofenda
la vista cuando os rehagáis visiblemente.
Así como en un arranque de alegría los que dan vueltas danzando elevan
la voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante
aquel ruego piadoso y expresivo, los santos círculos demostraron nuevo
gozo en su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que
haya de morir aquí abajo para vivir después en el cielo, no ha visto
el placer que la lluvia eterna de la sacrosanta luz produce en los
bienaventurados. Aquel uno y dos y tres que vive siempre, y siempre
reina en tres y dos y uno, no circunscrito y circunscribiéndolo todo,
era cantado tres veces por cada uno de aquellos espíritus con tal
melodía, que oírlos sería justa recompensa para todo mérito. Yo oí en
la luz más resplandeciente del menor círculo una voz modesta,[145]
quizá como la del Angel al dirigirse a María que respondió:
[145] La voz de Salomón, modesta como lo es la verdadera
sabiduría.
--Mientras dure la fiesta del Paraíso, otro tanto tiempo irradiará
nuestro amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde
al ardor que nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones;
y éstas son tanto más claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno
tiene según su valor. Cuando nos revistamos de la carne gloriosa y
santa, nuestra persona será mucho más grata a Dios y a nosotros, porque
estará completa: entonces se aumentará lo que de su gratuita luz nos
da el Sumo Bien, luz que nos permite contemplarle; y entonces deberá
aumentarse también nuestra santa visión, el ardor que ésta produce y el
rayo que del ardor desciende; pero así como el carbón que origina la
llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal modo que aparece
en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos rodea, será
vencido en apariencia por la carne, que todavía está cubierta por la
tierra; y un esplendor tan grande no podrá ofendernos, porque los
órganos del cuerpo serán bastante fuertes para todo lo que pueda
deleitarnos.
Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir "Amén,"
que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos
mortales; no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres,
y por los demás seres que les fueron queridos antes de convertirse
en sempiternas llamas. Y he aquí que en derredor de tales claridades
nació una nueva luz sobre la que allí había, semejante a un horizonte
luminoso; y así como al anochecer empiezan a entreverse en el Cielo
nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, así me pareció empezar
a ver allí nuevas substancias. ¡Oh verdadero centelleo del Espíritu
Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis ojos que,
vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan bella y
sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las demás
que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos recobraron
fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor gloria
sólo con mi Dama. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía
más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto
más elevado; y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón
ofrecí a Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se había
extinguido aún en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conocí que
éste había sido felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos
resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos,
que exclamé: "¡Oh Helios, cuánto los embelleces!"
Salpicados de grandes y pequeños luminares, lo mismo de Galaxia, cuya
blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los más
sabios, aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo
que produce la intersección de los cuadrantes en un círculo. Aquí el
ingenio es inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandecía Cristo
de suerte, que no puedo encontrar una comparación digna; pero el que
toma su cruz y sigue a Cristo me perdonará una vez más lo que omito,
cuando vea centellear a Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de
los brazos de la cruz y de arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban
vívidos destellos cada vez que se unían o pasaban más allá, tal como se
ven en la Tierra los átomos agitándose en línea recta o curva, ágiles
o lentos, cambiando sin cesar de aspecto, en el rayo de luz que corta
la sombra que el hombre, por medio de su inteligencia y de su arte,
se procura contra el Sol; y así como el laúd o el arpa forman con sus
numerosas cuerdas una dulce armonía, aun para el que no distingue
cada nota, del mismo modo aquellas luces que allí se me aparecieron
produjeron alrededor de la cruz una melodía, que me arrebataba a pesar
de no comprender el himno. Bien conocí que encerraba altas alabanzas,
porque llegaron hasta mí estas palabras: "Resucita y vence," pero como
el que oye sin entender. Y aquella melodía me arrobaba tanto, que hasta
entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vínculos.
Quizá parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo
a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplación se
calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda
belleza la imprimen mayor a medida que están más elevadas, y considere
que allí no me había vuelto aun hacia ellos, podrá excusarme de lo que
me acuso para excusarme, y conocerá que digo la verdad; pues el santo
placer de aquella mirada no está excluído aquí, supuesto que se hace
más puro a medida que nos elevamos.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOQUINTO_
La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas
aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad
inicua, impuso silencio a aquella dulce armonía e hizo reposar las
santas cuerdas que por la diestra de Dios están templadas. ¿Cómo se
habían de hacer sordas a súplicas justas aquellas substancias, que,
para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron
acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por
amor a cosas que no pueden durar eternamente, se desprende de aquel
amor. Como en noche serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo
y puro un repentino fuego, atrayendo las miradas hasta entonces
indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio, sólo que
ninguna desaparece de la parte donde aquél se enciende y dura poco, así
desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corrió un astro
de la constelación que aquí resplandece;[146] pero el diamante no se
separó de su ángulo, sino que siguió la faja luminosa, asemejándose a
una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos afectuosa que aquel
espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando reconoció a su hijo en
los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro mayor Poeta.
[146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta.
--¡Oh sangre mía!, ¡oh superabundante gracia de Dios! ¿Quién, como tú,
ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?
Así dijo aquella luz; por lo cual fijé en ella toda mi atención:
después volví el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte quedé
asombrado; pues en sus ojos brillaba tal sonrisa, que creí llegar con
los míos al fondo de mi gracia y de mi Paraíso. Luego aquel espíritu,
al que era tan grato ver y oír, añadió a sus primeras palabras cosas
que no comprendí; tan profundos fueron sus conceptos: no porque fuese
su intento el ocultármelos, sino por necesidad a causa de ser éstos
superiores a la inteligencia de los mortales. Cuando el arco de su
ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus palabras descendiesen
hasta el límite concedido a nuestra inteligencia, la primera cosa que
oí fué:
--Bendito seas Tú, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.
Y continuó diciendo:
--Hijo mío: gracias a ésa que te ha revestido de plumas para emprender
tan alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un
plácido y largo deseo de verte, originado en mí de haber leído tu
venida en el gran libro donde no se cambia jamás lo blanco en negro,
ni lo negro en blanco. Tú crees que tu pensamiento ha llegado hasta mí
por medio de aquel que es el primero, así como de la unidad, de todos
conocida, se forman el cinco y el seis; y por eso ni me preguntas
quién soy, ni por qué te parezco más gozoso que otro alguno de esta
alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en esta vida, los espíritus
que disfrutan, así de mayor como de menor gloria, miran en el espejo
en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin de que el
sagrado amor que observo con perpetua atención, y que excita en mí un
dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y
placentera, cuál es tu voluntad, cuál tu deseo, pues mi respuesta está
ya preparada.
Yo me volví hacia Beatriz; y ella, que me había oído antes de que yo
hablara, se sonrió de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo.
Después empecé de este modo:
--Desde que se os patentizó la Igualdad primera, el afecto y la
inteligencia tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en
ese Sol, que os ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales
ambas virtudes, que toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y
la voluntad de los mortales, por la razón que os es ya manifiesta,
vuelan con diferentes alas. Así es que yo, que soy mortal, me veo en
esta desigualdad, y únicamente puedo dar gracias con el corazón a tan
paternal acogida. Te suplico, pues, encarecidamente, ¡oh vivo topacio,
que enriqueces esa preciosa joya!, que me hagas sabedor de tu nombre.
--¡Oh vástago mío, en quien me complacía mientras te esperaba! Yo fuí
tu raíz.
De esta suerte dió principio a su respuesta. Después añadió: