--El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me

es mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y

el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando

que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta

alegría, aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una

semilla dulce puede salir un fruto amargo.

Esto le dije, y él me contestó:

--Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que

preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento

y alegría a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia

sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta

por sí misma, no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino

también a la conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual,

todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un

fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese

así, el cielo sobre que caminas produciría sus efectos de tal modo, que

no serían obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir

que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y

defectuoso también el Sér primero, que no las hizo perfectas. ¿Quieres

que te aclare más esta verdad?

--No es menester--contesté--; pues considero imposible que la

naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.

El Alma continuó:

--Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no

viviera en sociedad?

--Sí--repuse--; y no pregunto la razón de eso.

--¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente

modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro

escribió la verdad.

Así, procediendo de una en otra deducción, llegó a ésta; y después

concluyó:

--Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes;

por lo cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel

que perdió a su hijo, al volar éste por el aire.[122] La influencia

de los círculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace

bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aquí proviene

que Esaú se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino

descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La

naturaleza engendrada sería siempre semejante a la naturaleza que

engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya

delante lo que antes detrás; mas para que sepas que me complazco en

instruirte, quiero proveerte aún de un corolario. La naturaleza es

siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente

esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo

se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto

mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que

nació para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador:

así es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto.

[122] Uno nace, como Solón, a propósito para dar leyes a los

pueblos; otro, como Jerjes, para regir imperios; otro, como

Melquisedec, para el sacerdocio, y otro, como Dédalo, para

la industria.--Estas diferentes aptitudes con que nacen los

hombres las infunden los influjos celestes, según el poeta,

pero sin distinguir de clases ni de jerarquías.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO NONO_

Cuando tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me

refirió los fraudes de que había de ser víctima su descendencia, pero

añadió: "Calla, y deja transcurrir los años." Así es que yo no puedo

decir más, sino que tras de vuestros daños vendrá el llanto originado

por un justo castigo.

La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como

hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías,

que apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la

vanidad vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores

se dirigió hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo

de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como

antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.

--¡Oh espíritu bienaventurado!--dije--; satisface cuanto antes mi

anhelo, y pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.

Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes

cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés

con otro:

--En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada

entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una

colina no muy alta, de donde descendió una llamarada que causó un

gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz:

Cunizza fué llamada; y aquí brillo, porque me venció la luz de esta

estrella; pero con alegría me perdono a mí misma la causa de mi muerte,

y no me pesa, lo cual quizá parecerá difícil de comprender a vuestro

vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una espléndida y preciosa joya de

nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria

se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves si el hombre

debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra

una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita

entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento

los males de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus

habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de

la laguna que baña a Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen

hay quien domina y va con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen

las redes que han de cogerle. También llorará Feltro la felonía de su

impío pastor, que será tal, que ninguno por otra semejante ha sido

encerrado en Malta. Será necesario un recipiente muy ancho para recibir

la sangre ferraresa, y cansado quedará el que quiera pesar onza a onza

la que derramará tan cortés sacerdote por mostrarse hombre de partido,

siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal

país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros llamáis Tronos, de

donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así es que

tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.

[123] Ricardo de Cammino, que fué muerto por instigación de

Altiniero del Calzoni.

Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar

en la órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba

ya en mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan

resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol.

Allá arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros

produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se

obscurece cada vez más, a medida que se entristece su espíritu.

--Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El--exclamé--, ¡oh feliz

espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues,

¿por qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas

llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas,

no satisface mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si

viera en tu interior como tú ves en el mío.

Entonces contestó con estas palabras:

--El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que

circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las

desacordes playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se

convierte en meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle,

entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovés

del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se

asienta Bugia y la tierra de donde fuí, en cuyo puerto se vertió un

día la sangre de sus habitantes.[124] Folco me llamó aquella gente,

que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recibí yo su

influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la edad, no ardieron

cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo

y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón, ni

Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay

arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a

la memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus

influjos. Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas

creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra

directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos

todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve

más adelante mis instrucciones. Tú quieres saber quién está en esa

luz que centellea cerca de mí, como un rayo de Sol en el agua pura y

cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida

a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más eminente. Ascendió

a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo,

antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo.

Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El

alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras

hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria

del Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero

en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas

lágrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a

las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por

eso están abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo

se estudian las Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A

eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a

Nazareth, allí donde Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás

sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que

siguió a Pedro, pronto se verán libres del adulterio.

[124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio César.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMO_

El inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el amor

que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto orden todo

cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que no es posible a

nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas. Eleva, pues, lector,

conmigo tus ojos hacia las altas esferas, por aquella parte en que un

movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de

aquel Maestro, que la ama tanto en su interior, que jamás separa de

ella sus miradas. Observa cómo desde allí se desvía el círculo oblicuo,

conductor de los planetas, para satisfacer al mundo que le llama. Y

si el camino de aquéllos no fuese inclinado, más de una influencia en

el cielo sería vana, y como muerta aquí abajo toda potencia. Y si al

girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría mucho que

desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector, permanece

tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aquí sólo

se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio.

Te he puesto delante el alimento; tómalo ya por ti mismo, porque el

asunto de que escribo reclama para sí todos mis cuidados.

El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la

virtud del Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con

aquella parte de que te he hablado antes, por las espirales en que

cada día se nos presenta más temprano. Yo estaba en él, sin haber

notado mi ascensión, sino como nota el hombre una idea después que

se le ocurre. ¡Oh Beatriz! ¡Cuán esplendorosa no debía de estar por

sí misma, ella que de tal modo me hacía pasar de bien a mejor tan

súbitamente, que su acción no se sujetaba al transcurso del tiempo!

Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo que aparecía,

no por medio de colores, sino de luz, jamás pudiera imaginarse, aun

cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el arte y

todos sus recursos; pero puede creérseme, y debe desearse verlo. Y

si nuestra fantasía no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues

nadie ha visto un resplandor que supere al del Sol. Como él era allí la

cuarta familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos,

mostrándole cómo engendra al Hijo, y cómo procede el Espíritu. Y

Beatriz exclamó:

--Da gracias, da gracias al Sol de los ángeles, que por su bondad te ha

elevado a este Sol sensible.

[125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que allí

estaban. Los llama cuarta familia, porque se le aparecen en

el cuarto cielo. Estos son las almas de los doctores de la

Iglesia.

Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a

entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el

mío al oír aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor,

que Beatriz se eclipsó en el olvido. No le desagradó; antes por el

contrario, se sonrió; y el esplendor de sus ojos sonrientes dividió en

muchos mi pensamiento absorto en uno solo. Vi muchos espíritus vivos y

triunfantes, más gratos aún por su voz que relucientes a la vista, los

cuales, tomándonos por centro, nos formaron una corona de sí mismos.

No de otro modo vemos a veces a la hija de Latona rodeada de un cerco,

cuando el aire, impregnado de vapores, retiene las substancias de que

aquél se compone. En la corte del cielo, de donde vuelvo, se encuentran

muchas joyas, tan raras y bellas, que no es posible hallarlas fuera de

aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de aquellos fulgores:

el que no se provea de alas para volar hasta allí, espere tener

noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.

Después que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron

tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los

fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar

el baile, se detienen escuchando con atención, hasta que han conocido

cuáles son las nuevas notas. Y oí que del interior de una de aquellas

luces salían estas palabras:

--Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor,

y que después crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que

te conduce hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende

sin volver a subir de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su

redoma se vería en el mismo estado de violencia en que está el agua

impedida de correr hasta el mar. Tú quieres saber de qué flores se

compone esta guirnalda, que acaricia en torno a la hermosa Dama que

te da ánimo para subir al cielo. Yo fuí uno de los corderos del santo

rebaño que condujo Domingo por el camino en que el alma se fortifica

si no se extravía. Este, que está el más próximo a mi derecha, fué mi

maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Tomás de Aquino.

Si quieres saber quiénes son los demás, sigue mis palabras con tus

miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro

esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan útil por sus escritos

a uno y otro fuero, que mereció el Paraíso. El otro que le sigue fué

Pedro,[126] que, como la pobre viuda, ofreció su tesoro a la Santa

Iglesia. La quinta luz,[127] que es la más bella entre nosotros, se

abrasa en tal amor, que todo el mundo tiene abajo sed de sus noticias.

Dentro de ella está el alto espíritu, donde se albergó tan profunda

sabiduría, que si la verdad es verdad, ninguno otro ascendió a tanto

saber. Después contempla la luz de aquel cirio, que ha sido el que

en vida vió mejor la naturaleza y el ministerio de los ángeles.[128]

En aquella diminuta luz sonríe el abogado de los tiempos cristianos,

cuya doctrina aprovechó Agustín.[129] Si diriges ahora la mirada de

tu entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener

sed de conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del

soberano Bien el alma santa que pone de manifiesto las falacias del

mundo a quien atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fué

separada yace en Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro

ha venido a disfrutar de esta paz celestial. Ve más allá fulgurar el

ardiente espíritu de Isidoro, el de Beda y el de Ricardo,[131] que en

sus contemplaciones fué más que hombre. Esa, de quien se separa tu

mirada para fijarse en mí, es la luz de un espíritu que, considerando

tranquilamente la vanidad del mundo, deseó morir. Es la luz eterna de

Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja,

excitó la envidia por sus verdaderos silogismos.

[126] Pedro Lombardo, llamado el =Maestro de las sentencias=.

En el proemio de su obra dice modestamente que con ella hacía

un pequeño dón a la Iglesia, como la viuda de que habla San

Lucas, cap. XXI.

[127] El rey Salomón.

[128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: =De

coelesti hierarchia=.

[129] Paulo Orosio, que escribió contra los idólatras siete

libros de historia, y los dedicó a San Agustín.

[130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos,

y que está sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo

de oro, en Pavía.

[131] Canónigo regular de San Víctor, escocés.

[132] Seguier, profesor de Filosofía y Ciencias, que enseñaba

en la rue du Fouarre, de París, donde estaban las escuelas.

En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de

Dios principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y

cuyas ruedas mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta

que ese oye "tin tin" con notas tan dulces, que el espíritu felizmente

dispuesto se inflama de amor; así vi yo en la gloriosa esfera moverse y

responder las voces a las voces con una armonía tan llena de dulzura,

que sólo puede conocerse allá donde la dicha se eterniza.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO UNDECIMO_

¡Oh insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones

que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras

alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los

aforismos de la medicina; y éstos seguían el sacerdocio, y aquéllos

se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer

en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se

consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los

placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo,

libre de todas estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo,

donde tan gloriosamente fuí acogido. Después que cada uno de aquellos

espíritus hubo vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan

inmóvil como la bujía de un candelero, la luz[133] que me había hablado

anteriormente se hizo más esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí

una voz que comenzó a decir de esta manera:

[133] Santo Tomás de Aquino.

--Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo

modo, mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos.

Tú dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y

ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié

antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras:

"Ningún otro ascendió." En cuanto a éstas, es preciso hacer una

distinción. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en

que se abisma la mirada de todo sér creado antes de penetrar en el

fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que con su bendita sangre

se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de sí

misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes, que para

entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fué todo seráfico en

su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con

la luz de los querubines.[134] Hablaré de uno solo; pues elogiando a

cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus

obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende

del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un

alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el frío por la

parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y

Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rápida, vino al

mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces cuando asoma sobre las

márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Asís, pues

diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele Oriente. Aun

no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenzó a hacer

que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud; pues siendo

todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por inclinarse

a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y

ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola

después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido,[136]

permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo

solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir

cómo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con

Amiclates, cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante

y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María

estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado

obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son

Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su

amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos

a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fué el primero que se

descalzó para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le parecía

llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh verdadero bien! Egidio se

descalza, se descalza también Silvestre por seguir al Esposo; tanto es

lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre y maestro

con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde cordón; y sin

que una vil cobardía le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro

Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifestó

con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien recibió

la primera aprobación de su orden. Luego que fué aumentado en torno

suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las

glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó

de nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste,

sediento del martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la

doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente

poco dispuesta a la conversión, para no permanecer inactivo, volvió a

recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre

el Tíber y el Arno, recibió de Cristo el último sello, que sus miembros

llevaron durante dos años. Cuando plugo a Aquél que le había elegido

para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereció por haberse

humillado, recomendó a sus hermanos, como a herederos legítimos, el

cuidado de su más querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el

seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su

reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura. Piensa

ahora cuál fué el digno colega de Francisco, encargado de mantener

la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fué,

pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él manda,

puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha vuelto

tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por

distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas,

más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo

el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se

necesita mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son

obscuras, si me has escuchado con atención, y si tu mente recuerda

lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque

habrás visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenderás la

distinción que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se

extravía."

[134] Los dos grandes jefes que debían guiar a la Iglesia,

el uno hacia la caridad por el espíritu de pobreza, el otro

a la mayor fidelidad por medio de la predicación, son,

respectivamente, San Francisco de Asís, modelo de amor

seráfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por

su sabiduría.

[135] La Pobreza.

[136] Jesucristo.

[Ilustración]

_CANTO DUODECIMO_

La Divina Comedia · 第 21 / 28 段