--¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina--dije en seguida--, cuyas

palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez

más! No es tan profunda mi afección, que baste a devolveros gracia

por gracia; pero que responda por mí Aquél que todo lo ve y lo puede.

Bien veo que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha, si no

la ilumina aquella Verdad, fuera de la cual no se difunde ninguna

otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera

en su cubil; y puedo indudablemente conseguirla; de lo contrario,

todos nuestros deseos serían vanos. De este deseo de saber nace,

como un retoño, la duda al pie de la verdad; siendo esto un impulso

de la naturaleza que guía de grado en grado nuestra inteligencia al

conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima,

Señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra verdad que

encuentro obscura. Quiero saber si el hombre puede satisfaceros, con

respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones

que no sean pocas en vuestra balanza.

Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan

divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé como

anonadado con los ojos bajos.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO QUINTO_

Si te parezco más radiante en el fuego de este amor de lo que suele

verse en la tierra, hasta el punto de superar la fuerza de tus ojos,

no debes asombrarte, porque esto procede de una vista perfecta, que,

distinguiendo bien los objetos, se dirige con más rapidez hacia el

bien. Veo claramente cómo resplandece ya en tu inteligencia la eterna

luz, que contemplada una sola vez enciende un perpetuo amor. Y si otra

cosa seduce el vuestro, sólo es un vestigio mal conocido del resplandor

que aquí brilla. Tú quieres saber si con otras buenas acciones puede

satisfacerse el voto no cumplido, de modo que el alma esté segura de

todo debate con la justicia divina.

Así empezó Beatriz este canto, y como hombre que no interrumpe su

razonamiento, continuó de este modo su santa enseñanza:

--El mayor dón que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos,

como más conforme a su bondad, y el que más aprecia, fué el del libre

albedrío de que estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas

inteligentes. Ahora conocerás, si raciocinas según este principio,

el alto valor del voto, si éste es tal que Dios consienta cuando tú

consientes; porque al cerrarse el pacto entre Dios y el hombre, se le

sacrifica ese tesoro de que hablo, y se le sacrifica por su propio

acto. Así, pues, ¿qué se podrá dar en cambio de esto? Si crees que

puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras

hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues,

la importancia del punto principal: pero como la Santa Iglesia da

sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te

he descubierto, es preciso que continúes sentado un poco a la mesa,

porque el pesado alimento que has tomado requiere alguna ayuda para

ser digerido. Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti

mismo, pues no proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas

son necesarias en la esencia de este sacrificio: una es la materia

del voto, y otra el pacto que se forma con Dios. Este último no se

borra jamás, si no es observado, y acerca de ello te he hablado antes

en términos precisos. Por esta causa fué necesario que los Hebreos

continuasen ofreciendo, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada,

como debes saber. Respecto a la que te he dado a conocer como materia

del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en

otra materia: pero que ninguno por su propia autoridad mude el fardo de

su espalda, sin la vuelta de la llave blanca y de la llave amarilla:

crea que todo cambio es insensato, si la cosa abandonada no se contiene

en la elegida, como el cuatro está contenido en el seis. Todo lo que

pese tanto por su valor, que incline hacia su lado la balanza, no

puede reemplazarse con otra cosa. Que los mortales no tomen a broma

el voto. Sed fieles, y al comprometeros no seáis ciegos como lo fué

Jephté en su primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: "Hice

mal," que hacer otra cosa peor al cumplir su voto: tan insensato como

a él puedes suponer al gran jefe de los Griegos,[110] quien obligó a

Ifigenia a llorar su hermoso rostro, e hizo llorar por ella a sabios

e ignorantes, cuando oyeron hablar de tal sacrificio. Cristianos,

sed más pausados en vuestras acciones; no seáis como la pluma a todo

viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis el Antiguo y el

Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía: baste esto

para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal,

sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de

vosotros entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche

de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.

[110] Agamenón.

Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante

hacia aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la

mudanza de su semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que

tenía ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el

blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, así corríamos

hacia el segundo reino[111]. Allí vi yo tan contenta a mi Dama

cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvió

más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió, ¿cuánto

más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos

transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden

solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su

pasto, así vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros,

y a cada cual de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará

nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocíase

su júbilo por el claro fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál

sería tu impaciente anhelo de saber, si lo que aquí empieza no siguiese

adelante, y por ti comprenderás cuánto sería mi deseo de conocer la

condición de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista.

[111] Al cielo de Mercurio.

--¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos

del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos!

Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo:

así, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes

saciarte según tu deseo.

Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:

--Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.

--Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus

ojos, para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por

qué ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los

mortales con los rayos de otro.

Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado;

por lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que

el Sol, que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor

ha destruído los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa

figura se ocultó a causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada

de aquel modo me contestó como se verá en el canto siguiente.

[Ilustración]

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_CANTO SEXTO_

Después que Constantino volvió el águila contra el curso del Cielo que

antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien años y

más permaneció el ave de Dios en el extremo de Europa, próxima a los

montes de que primitivamente había salido; y bajo la sombra de las

sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en mano, hasta

que en estos cambios llegó a las mías. César fuí; soy Justiniano,

que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo,

suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme

dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y

no más, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito,

que fué Sumo Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe;

yo le creí, y ahora veo claramente cuanto él me decía, así como tú

ves en toda contradicción una parte falsa y otra verdadera. En cuanto

caminé al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la

grande obra, y me dediqué completamente a ella: confié las armas a

mi Belisario, a quien se unió de tal modo la diestra del cielo, que

ésta fué para mí una señal de que debía descansar en él. Aquí termina,

pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condición me obliga

a añadir algunas explicaciones. Para que veas con cuán poca razón se

levantan contra la sacrosanta enseña los que se la apropian y los

que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho digna de

reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el imperio. Tú

sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de trescientos

años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres[112].

Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta

el dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo

que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro,

contra otros príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y

Quintio que recibió un sobrenombre por su descuidada cabellera[113],

los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco

en admirar. El abatió el orgullo de los árabes que tras de Aníbal

pasaron las rocas alpestres de donde tú, Po, te desprendes. A su sombra

triunfaron, siendo aún muy jóvenes, Escipión y Pompeyo; y su dominio

pareció amargo a aquella colina bajo la cual naciste[114]. Después,

cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado

sereno de que es modelo, César tomó aquel signo por la voluntad del

pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el

Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que afluyen al

Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el Rubicón

fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni la

pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a

Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo

se sintió el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había

salido, y el sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con

detrimento de Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego

se dirigió hacia vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo

que aquel signo hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran

Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa.

También llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de

un áspid muerte cruel y súbita. Con él corrió en seguida al mar Rojo;

con él estableció en el mundo paz tan grande que se cerró el templo

de Jano. Pero lo que el signo de que hablo había hecho antes, y lo

que debía hacer después por el reino mortal que le está sometido, es

en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto

puro se le considera después en manos del tercer César; porque la

viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a

quien me refiero, la gloria de vengar la cólera divina[115]. Admírate,

pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar

venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo

mordió a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas,

acudió a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado

más arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males.

El uno opone a la enseña común las amarillas lises, y el otro se la

apropia, no pensando más que en su partido, de suerte que es difícil

comprender cuál comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a

cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a los que ponen

un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la

abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces

leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos

las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por

las lises. Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus,

que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su

honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos

desviándose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se

eleven también con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la

medida de las recompensas con nuestros méritos, porque no la vemos

mayor ni menor que éstos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo

en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse éste a ninguna malicia.

Diversas voces despiden dulce armonía; así también los diversos grados

de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía entre estas

esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo[116],

cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los Provenzales

que se declararon en contra suya no se han reído por mucho tiempo;

porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios

que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas

fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante

peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a

pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo

cual partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su

corazón al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo

que ahora le ensalza.

[112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que

éstos fueron vencidos por aquéllos, quedando Alba sujeta al

dominio romano.

[113] Cincinato.

[114] Alude a la destrucción de Fiésole, ocasionada por haber

dado asilo esta ciudad a Catilina. En su lugar fué edificada

Florencia, donde nació Dante.

[115] El emperador Tiberio.

[116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su

peregrinación a Santiago de Galicia, llegó a Provenza y se

acomodó en casa del conde Raimundo Berenguer. Administrando

los bienes de éste, los acrecentó de tal modo que lo que valía

diez valió después doce, lo que fué causa de que cuatro hijas

del Conde se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con

Raimundo por algunos barones envidiosos, se separó de él, y

fué mendigando su vida.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO SEPTIMO_

"Gloria a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu claridad

sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este

reino." Así oí que cantaba, volviéndose hacia su esfera, aquella

substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras

emprendieron su danza, y cual centellas velocísimas se me ocultaron con

su repentino alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi

Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que

se apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE,[117] me hacía

inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que

yo estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que

haría feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:

[117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia

que le causaba sólo el oír pronunciar una sílaba de aquel

nombre, le tenía con la cabeza baja y sin atreverse a hablar.

--Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente

castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu:

escucha, pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran

verdad. Por no haber soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre

que no nació[118], al condenarse, condenó a toda su descendencia; por

lo cual la especie humana yació enferma por muchos siglos en medio de

un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dignó descender adonde,

por un sólo acto de su eterno amor, unió a sí en persona la naturaleza,

que se había alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que

digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fué creada, era

sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del Paraíso, porque

se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la

Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por

esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero tampoco

hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufrió,

y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho

produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios

y a los Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el

Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un

tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente

comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse

libre. Tú dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por

qué Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redención." Este

decreto, hermano, está velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no

haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina

mucho este punto, y se le comprende poco, te diré por qué fué elegido

aquel medio como el más digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo

rencor, ardiendo en sí misma centellea de tal modo, que hace brotar

las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra

cooperación no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez

impreso. Lo que sin cooperación procede de ella es completamente libre,

porque no está sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y

cuanto más se le asemeja, más le place, pues el amor divino que irradia

sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece más.

La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le

falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el pecado es

el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo

cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no

llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres

por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su

germen, se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y

no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún

camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad,

perdonara el pecado, o porque el hombre por sí mismo redimiera su

falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y está

tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no podía jamás, en sus

límites naturales, dar satisfacción, por no poder después humillarse

con su obediencia tanto cuanto pretendió elevarse con su desobediencia;

y esta es la causa porque el hombre fué exceptuado de poder dar

satisfacción por sí mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al

hombre a la vida sempiterna por sus propias vías, bien por una, o bien

por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata al obrero, cuanto más

representa la bondad del corazón de donde ha salido, la divina bondad,

que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder por todas sus

vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última noche

no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico, de

cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí

mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más

liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás

medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se

hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus

deseos, vuelvo atrás, a fin de aclararte algún punto de modo que lo

veas como yo. Tú dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la

tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas

cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho

es cierto, deberían estar al abrigo de la corrupción." Los ángeles,

hermano, y el país libre y puro en que estás, pueden decirse creados

tales como son, en su eterno sér; pero los elementos que has nombrado,

y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una

potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos: creada

fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran

en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de

la complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero

vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora

de sí de modo que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra

resurrección, si reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando

fueron creados los primeros padres.

[118] Adán.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO OCTAVO_

Solía creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella

Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto

las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban

por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que también honraban

a Dione y a Cupido, a aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de

quien decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta que he

citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira

placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera[119].

[119] Ya cuando va tras de él y se llama Espero, ya cuando va

delante y se llama Lucífero, de cuya palabra hemos hecho los

españoles lucero.

Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su

interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve

la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la

una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo

modo vi en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo

más o menos ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones

eternas. De fría nube no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos

tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese

visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la

órbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los

que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca

me ha abandonado el deseo de volverlo a oír. Entonces se acercó uno de

ellos a nosotros, y empezó a decir solo:

--Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en

nosotros. Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la

misma órbita, con el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que

aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el

tercer cielo con vuestra inteligencia"[120], y estamos tan llenos de

amor, que por agradarte, no nos será menos dulce un momento de reposo.

[120] Así comienza una canción de Dante en el Convito.

Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella

les dió la seguridad de su contentamiento, los volví hacia la

resplandeciente alma que tanto se me había ofrecido, y:

--Di, ¿quién fuiste?--fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.

¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa

del nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me

dijo:

--Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera

permanecido más en él, no habrían sucedido muchos de los males que

allí suceden. La alegría que despide en torno mío estos fulgores, me

cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has

amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado

allá abajo más tiempo, te habría dado en prueba de mi amor algo más

que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baña el Ródano después

de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para

recibirme por su señor; así como también aquella punta de la Ausonia

que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el

Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la

corona de aquella tierra que riega el Danubio después de abandonar las

riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios

Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más violencia,

se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre

que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por

mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a

los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera!

¡muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara

pobreza de Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en

verdad, proveer por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no

tenga más carga de la que pueda soportar. Su índole, que de liberal se

ha hecho avara, necesitaría ministros que no se cuidasen sólo de llenar

sus arcas.

[121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo

de Carlos II.

La Divina Comedia · 第 20 / 28 段