resplandece en unas partes más y en otras menos. Yo estuve en el
cielo que recibe mayor suma de su luz, y vi tales cosas, que ni sabe
ni puede referirlas el que desciende de allá arriba; porque nuestra
inteligencia, al acercarse al fin de sus deseos, profundiza tanto, que
la memoria no puede volver atrás. Sin embargo, todo cuanto mi mente
haya podido atesorar de lo concerniente al reino santo, será en lo
sucesivo objeto de mi cántico.
¡Oh buen Apolo! Haz de mí para este último trabajo un vaso lleno de tu
valor, tal como lo exiges para conceder tu laurel amado; pues si hasta
aquí tuve bastante con una cima del Parnaso, ahora necesito las dos
para entrar en el resto de mi carrera. Entra en mi seno, e inspírame el
aliento de que estabas poseído cuando sacaste los miembros de Marsias
fuera de su piel.
¡Oh divina virtud! Si te prestas a mí, de modo que yo pueda poner de
manifiesto la sombra del reino bienaventurado estampada en mi cabeza,
me verás acudir a tu árbol querido y coronarme entonces de aquellas
hojas; pues el asunto de mi canto y tu favor me harán digno de ello.
Tan pocas veces, ¡oh Padre!, se recoge el lauro del triunfo, ya como
César, ya como poeta (por culpa y vergüenza de la humana voluntad), que
cuando alguno arde en deseos de alcanzarlo, el follaje penéico debería
difundir la alegría en la feliz deidad délfica. A una pequeña chispa
sigue una gran llama: quizá después de mí habrá quien ruegue con mejor
voz para que responda Cirra.
La lámpara del mundo se presenta a los mortales por diferentes
aberturas; pero cuando se deja ver por aquella en que se unen cuatro
círculos formando tres cruces, entonces sale con mejor curso y con
mejor estrella, y modela y sella más a su modo la cera de nuestro
mundo. Por aquella abertura se había hecho allí de día, y aquí de
noche: casi todo aquel hemisferio estaba ya blanco, y la otra parte
negra, cuando vi a Beatriz vuelta hacia el lado izquierdo, mirando
al Sol; jamás lo ha mirado un águila con tanta fijeza. Y así como un
segundo rayo sale del primero, y se remonta a lo alto, semejante al
peregrino que quiere volverse, así la acción de Beatriz, penetrando
por mis ojos en mi imaginación, originó la mía, y fijé los ojos en
el Sol contra nuestra costumbre. Muchas cosas son allí permitidas a
nuestras facultades, que no lo son aquí, por ser aquel lugar creado
para residencia propia de la especie humana. Me fué imposible mirar
por mucho tiempo al Sol; pero no tan poco, que no le viera centellear
en torno suyo, como el hierro que sale candente del fuego; y de pronto
me pareció que un nuevo día se unía al día, como si Aquél que puede
hubiese adornado el Cielo con otro Sol.
Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fijé mis ojos en
ella, desviándolos de allá arriba: contemplándola, me transformé
interiormente, como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar
compañero de los otros Dioses. No es posible significar con palabras el
acto de pasar a un grado superior la naturaleza humana; pero baste el
citado ejemplo a quien la gracia divina reserve tal experiencia.
¡Oh Amor, que gobiernas el cielo! Tú, que me elevaste con tu luz, sabes
si yo era entonces solamente aquella parte de mí que primero creaste.
Cuando la rotación de los cielos, que eternizas por el deseo que estos
tienen de poseerte, atrajo mi atención con su armonía, que regularizas
y distribuyes, me pareció que entonces se encendía con la llama del Sol
tanto espacio del cielo, que ni las lluvias ni los ríos han ocasionado
jamás tan extenso lago. La novedad de los sonidos y tan gran resplandor
me abrasaron de tal modo en el deseo de conocer su causa, que jamás he
sentido tan punzante aguijón. Así es que Ella, que veía mi interior
como yo mismo, abrió su boca para calmar mi excitado ánimo, antes que
yo la abriera para preguntarle, y empezó a decir:
--Tú mismo te atontas con tus falsas ideas, de tal modo que no ves lo
que verías si las hubieras desechado. No estás ya en la Tierra, según
te figuras: el rayo, huyendo de la región donde se forma, no corre tan
velozmente como tú asciendes hacia ella.
Si vi desvanecida mi primera duda, gracias a sus palabras sonrientes y
breves, me vi en cambio más envuelto en otra nueva, y dije:
--Ya me contemplo con placer libre de mi primitiva admiración; mas
ahora me asombra cómo es que puedo atravesar por entre estos cuerpos
leves.
Por lo cual Beatriz, lanzando un piadoso suspiro, dirigió hacia mí sus
ojos con aquel aspecto de que se reviste la madre al oír un desvarío de
su hijo, y repuso:
--Todas las cosas guardan un orden entre sí; y este orden es la forma,
que hace al universo semejante a Dios. Aquí ven las altas criaturas el
signo de la eterna sabiduría, que es el fin para que se ha creado el
orden antedicho. En el de que hablo, todas las naturalezas propenden y,
según su diversa esencia, se aproximan más o menos a su principio. Así
es que se dirigen a diferentes puertos por el gran mar del sér, y cada
una con el instinto que se le concedió para que la lleve al suyo. Este
instinto es el que conduce al fuego hacia la Luna; el que promueve los
primeros movimientos del corazón de los mortales, y el que concentra y
hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no tan sólo contra
las criaturas desprovistas de inteligencia, sino contra las que tienen
inteligencia y amor. La Providencia, que todo lo ordena, hace con su
luz que esté tranquilo el cielo en el que gira aquél que tiene mayo
velocidad: allí es donde ahora, como a sitio designado, nos lleva la
virtud de la cuerda de aquel arco que dirige todo cuanto despide hacia
un objeto agradable. Bien es verdad que, así como la forma no guarda
muchas veces armonía con las intenciones del arte, porque la materia
es sorda para contestar, así de esta dirección se desvía tal vez la
criatura, que tiene el poder de inclinarse hacia otro lado, por más
que esté impulsada de aquel modo, y cae (como se puede ver caer el
fuego desde una nube), si su primer impulso la tuerce hacia la Tierra
por un falso placer. No debes, pues, a lo que pienso, admirarte más
de tu ascensión, que de ver a un río descender desde lo alto de una
montaña hasta su base. Lo maravilloso en ti sería que, libre de todo
obstáculo, te hubieras sentado abajo, como lo sería el que la viva
llama permaneciese quieta y apegada a la Tierra.
Dicho esto, elevó sus ojos al Cielo.
[Ilustración]
_CANTO SEGUNDO_
¡Oh vosotros, que, deseosos de escucharme, habéis seguido en una
pequeña barca tras de mi bajel que navega cantando, virad para ver de
nuevo vuestras playas! No os internéis en el piélago, porque quizá,
perdiéndome yo, quedaríais perdidos. El agua por donde sigo no fué
jamás recorrida; Minerva sopla en mi vela, Apolo me conduce y las
nueve Musas me enseñan las Osas. Y vosotros los que, en corto número,
levantasteis ha tiempo las miradas hacia el pan de los ángeles, del
cual se vivo aquí pero sin que nadie quede harto, bien podéis dirigir
vuestra nave por el alta mar, siguiendo mi estela sobre el agua que
se reúne en breve. Aquellos gloriosos héroes que pasaron a Colcos
no se admiraron cuando vieron a Jasón convertido en boyero, como os
admiraréis ahora vosotros. La innata y perpetua sed del deiforme reino
nos hacía ir tan veloces como veloz veis al mismo cielo. Beatriz miraba
hacia arriba, y yo la miraba a ella; y quizá en menos tiempo del en
que se coloca un dardo, y se despide del arco y vuela, me vi llegado
a un punto donde una cosa admirable atrajo mis miradas: por lo cual,
Aquélla para quien no podían estar ocultos mis sentimientos, vuelta
hacia mí tan agradable como bella, me dijo:
--Eleva tu agradecida mente hacia Dios, que nos ha transportado a la
primera estrella.
Parecíame que se extendiese sobre nosotros una nube lúcida, densa,
sólida y bruñida, como un diamante herido por los rayos del Sol.
La eterna margarita nos recibió dentro de sí, como el agua que,
permaneciendo unida, recibe un rayo de luz. Si yo era cuerpo, y si en
la Tierra no se concibe cómo una dimensión pueda admitir a otra, según
debe suceder si un cuerpo penetra en otro, debería abrasarnos mucho
más el deseo de contemplar aquella esencia, en que se ve cómo Dios y
nuestra naturaleza se unieron. Allí se verá esto que creemos por la fe;
pero sin demostración alguna, pues será conocido por sí mismo, como la
primera verdad en que el hombre cree. Yo respondí:
--Señora, con tanto reconocimiento como cabe en mí, doy gracias a Aquél
que me ha alejado del mundo mortal. Pero decidme: ¿qué son las obscuras
señales de este cuerpo, que allá abajo en la Tierra dan ocasión a
algunos para inventar patrañas sobre Caín?[106]
[106] Las manchas de la Luna, que, según el vulgo, eran Caín
con un haz de leña.
Sonrióse un poco, y después me dijo:
--Si la opinión de los mortales se extravía donde la llave de los
sentidos no puede abrir, no deberían en verdad punzarte desde ahora
las flechas de la admiración; pues ves que, si la razón sigue a los
sentidos, debe tener muy cortas las alas; pero dime qué es lo que tú
piensas con respecto a esto.
Le contesté:
--Lo que aquí arriba me parece de diferente forma, creo que debe ser
producido por cuerpos enrarecidos y por cuerpos densos.
Ella repuso:
--Verás de un modo cierto que tu creencia está basada en una idea
falsa, si escuchas bien el argumento que voy a oponerte. La octava
esfera os muestra muchas luces, las cuales puede verse que presentan
aspectos diferentes así en calidad como en cantidad. Si esto fuera
efecto solamente del enrarecimiento y la densidad, en todas ellas
habría una sola e idéntica virtud, aunque distribuida en más o menos
abundancia y proporcionalmente a sus respectivas masas. Siendo diversas
las virtudes, necesariamente han de ser fruto de principios formales;
y éstos, menos uno, quedarían destruídos por tu raciocinio. Además,
si el enrarecimiento fuese la causa de aquellas manchas acerca de las
cuales me preguntas, entonces o el planeta estaría en algunos puntos
privado de su materia de parte a parte, o bien del modo que en un
cuerpo alternan lo graso y magro, así el volumen de éste se compondría
de hojas diferentes. Si fuese cierto lo primero, se manifestaría en
los eclipses de Sol, porque la luz de éste pasaría a través de la
Luna, como atraviesa por cualquier cuerpo enrarecido. Esto no es así:
por lo tanto hemos de examinar el otro supuesto; y si llego también
a anularlo, verás demostrado lo falso de tu opinión. Si ese cuerpo
enrarecido no llega de un lado a otro de la Luna, es preciso que
termine en algún punto donde su contrario no deje pasar la luz, y que
el otro rayo reverbere desde allí, como el color se refleja en un
cristal que está forrado de estaño. Pero tú dirás que el rayo aparece
aquí más obscuro que en otras partes, porque se refracta desde mayor
profundidad. De esta réplica puede librarte la experiencia, si haces
uso de ella alguna vez, por ser la fuente de donde manan los arroyos
de vuestras artes. Toma tres espejos: coloca dos de ellos delante de ti
a igual distancia, y el otro un poco más lejos: después fija tus ojos
entre los dos primeros. Vuelto así hacia ellos, dispon que a tu espalda
se eleve una luz que ilumine los tres espejos, y vuelva a ti reflejada
por todos: entonces, aun cuando la luz reflejada sea menos intensa
en el más distante, verás que resplandece igualmente en los tres.
Desvanecido ya el primer error de tu entendimiento, como a impulso de
los cálidos rayos se desvanecen el color y el frío primitivos de la
nieve, quiero mostrarte ahora una luz tan viva, que apenas aparezca
sentirás sus destellos. Dentro del Cielo de la divina paz se mueve un
cuerpo, en cuya virtud reside el ser de todo su contenido. El Cielo
siguiente, que tiene tantas estrellas, distribuye aquel sér entre
diversas esencias, distintas de él y que en él están contenidas. Los
demás cielos, por varios y diferentes modos, disponen para sus fines
aquellas cosas distintas que hay en cada uno, y sus influencias. Estos
órganos del mundo van así descendiendo de grado en grado, como ahora
ves, de suerte que adquieren del superior la virtud que comunican al
inferior. Repara bien cómo voy por este camino hacia la verdad que
deseas, a fin de que después sepas por ti solo vencer toda dificultad.
El movimiento y la virtud de las sagradas esferas deben proceder de
los bienaventurados motores, como del artífice procede la obra del
martillo. Aquel cielo, al que tantas luces hermosean, recibe forma
y virtud de la inteligencia profunda que lo mueve, y se transforma
en su sello. Y así como el alma dentro de vuestro polvo se extiende
a los diferentes miembros, aptos para distintas facultades, así la
inteligencia despliega por las estrellas su bondad multiplicada,
girando sobre su unidad. Cada virtud se une de distinto modo con el
precioso cuerpo a quien vivifica, y en el cual se infunde como en
vosotros la vida. Por la plácida naturaleza de donde se deriva, esa
virtud mezclada a los cuerpos celestes brilla en ellos, como la alegría
en una pupila ardiente. De ella procede la diferencia que se observa
de luz a luz, y no de los cuerpos densos y enrarecidos; ella es el
principio formal que produce lo obscuro y lo claro, según su bondad.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO TERCERO_
Aquel Sol que primeramente abrasó de amor mi corazón[107] me había
descubierto, con sus pruebas y refutaciones, el dulce aspecto de una
hermosa verdad; y yo, para confesarme desengañado y persuadido, levanté
la cabeza, tanto como era necesario a fin de declararlo resueltamente.
Pero apareció una visión, la cual haciéndose perceptible me atrajo
de tal modo hacia sí, que ya no me acordé de mi confesión. Así como
a través de cristales tersos y transparentes o de aguas nítidas y
tranquilas, aunque no tan profundas que se obscurezca el fondo,
llegan a nuestra vista las imágenes tan debilitadas, que una perla en
una frente blanca no la distinguirían más débilmente nuestros ojos,
así vi yo muchos rostros prontos a hablarme; por lo cual caí en el
error contrario a aquel que inflamó el amor entre un hombre y una
fuente.[108] En cuanto las distinguí, creyendo que fuesen imágenes
reflejadas en un espejo, volví los ojos para ver los cuerpos a que
correspondían; y como nada vi, los dirigí de nuevo hacia delante,
fijándolos en mi dulce Guía, que sonriéndose despedía vívidos destellos
de sus santos ojos.
[107] Beatriz.
[108] Alude a la fábula de Narciso.
--No te asombres porque me sonría de tu pueril pensamiento--me dijo--;
pues no se apoya todavía tu pie sobre la verdad, y como de costumbre,
te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas substancias,
relegadas aquí por haber faltado a su votos. Por consiguiente, habla
con ellas, y oye y cree lo que te digan; pues la verdadera luz que las
regocija no permite que se tuerzan sus pasos.
Y yo me dirigí a la sombra que parecía más dispuesta a hablar, y empecé
a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor.
--¡Oh espíritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna
sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me
será muy grato que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.
A lo que contestó pronta y con risueños ojos:
--Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo
como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte. Yo fuí en el
mundo una virgen religiosa; y si tu mente me contempla bien, no me
ocultará a tus recuerdos el ser hoy la más bella, sino que reconocerás
que yo soy Piccarda: colocada aquí con estos otros bienaventurados,
soy como ellos bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos
a quienes sólo inflama el amor del Espíritu Santo, se regocijan en el
orden designado por él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece
tan bajo, porque descuidamos nuestros votos, y en parte no fueron
observados.
A lo que le contesté:
--En vuestros admirables rostros resplandece no sé qué de divino, que
cambia el primer aspecto que de vosotras se ha conservado. Por eso no
fuí más presto en recordar; pero ahora viene en mi ayuda lo que tú me
dices, de suerte que me es más fácil reconocerte. Mas dime: vosotras
que sois aquí felices ¿deseáis estar en otro lugar más elevado para ver
más o para haceros más amigas?
Sonrióse un poco mirando a las otras sombras, y en seguida me respondió
tan placentera, que parecía arder en el primer fuego del amor:
--Hermano, la virtud de la caridad calma nuestra voluntad, y esa virtud
nos hace querer solamente lo que tenemos, y no apetecer nada más. Si
deseáramos estar más elevadas, nuestro anhelo estaría en desacuerdo
con la voluntad de Aquél que nos reúne aquí; desacuerdo que no admiten
las esferas celestiales, como verás si consideras bien que aquí es
condición necesaria estar unidas a Dios por medio de la caridad, y
la naturaleza de esta misma caridad. También es esencial a nuestra
existencia bienaventurada uniformar la propia voluntad a la de Dios, de
modo que nuestras mismas voluntades se refundan en una. Así es que al
estar como estamos distribuídas de grado en grado por este reino, place
a todo él, porque place al Rey cuya voluntad forma la nuestra. En su
voluntad está nuestra paz; ella es el mar adonde va a parar todo lo que
ha creado, o lo que hace la naturaleza.
Entonces comprendí claramente por qué en el Cielo todo es Paraíso, por
más que la gracia del Supremo Bien no llueva en todas partes por igual.
Pero, así como suele suceder que un manjar nos sacie, y que sintamos
aún apetito por otro, de suerte que pedimos éste y rechazamos aquél,
así hice yo con el gesto y la palabra para saber por ella cuál fué el
tejido cuya lanzadera no continuó manejando hasta el fin.
--Una virtud perfecta, un mérito eminente colocan en un cielo más alto
a una mujer[109]--me dijo--, según cuya regla se lleva allá abajo en
vuestro mundo el hábito y el velo monacal, a fin de que hasta la muerte
se viva noche y día con aquel esposo, a quien es grato todo voto que la
caridad hace conforme a su deseo. Por seguirla, huí del mundo jovencita
aún, y me encerré en su hábito, y prometí observar la regla de su
orden. Posteriormente, algunos hombres, más habituados al mal que al
bien, me arrebataron de la dulce clausura. ¡Dios sabe cuál fué después
mi vida!... Lo que digo de mí, entiende que lo digo asimismo de esta
otra alma esplendente que te se muestra a mi derecha, y en quien brilla
toda la luz de nuestra esfera: monja fué, y también le arrebataron
de la cabeza la sombra de las sagradas tocas; pero cuando volvió al
mundo, contra su gusto y contra ley, no se despojó jamás del velo de su
corazón. Esa es la luz de la gran Constanza, que del segundo príncipe
poderoso de la casa de Suabia engendró al tercero, última potencia de
esta raza.
[109] Santa Clara, a cuya orden pertenecía Piccarda.
Así me habló y empezó después a cantar "Ave María," y cantando
desapareció, como una cosa pesada a través del agua profunda. Mi vista,
que la siguió tanto cuanto le fué posible, después que la perdió,
se volvió hacia el objeto de su mayor deseo, y se fijó enteramente
en Beatriz; pero ésta lanzó tales fulgores sobre mi mirada, que no
los pude sufrir en el primer momento, por cuya causa tardé más en
preguntarle.
[Ilustración]
_CANTO CUARTO_
Un hombre libre de elegir entre dos manjares igualmente distantes de
él y que exciten del mismo modo su apetito, moriría de hambre antes de
llevarse a la boca uno de ambos. De igual suerte permanecería inmóvil
un cordero entre dos hambrientos lobos, temiéndoles igualmente, o un
perro entre dos gamos. Por esta razón no me culpo ni me alabo de haber
callado, teniéndome en suspenso igualmente dos dudas; pues mi silencio
era necesario. Yo callaba; pero tenía pintado en el rostro mi deseo, y
en él aparecía más clara mi pregunta que si la hubiera expresado por
medio de palabras. Beatriz hizo lo que Daniel al librar a Nabucodonosor
de aquella cólera que le había hecho cruel injustamente, y me dijo:
--Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad
se liga a sí misma de tal suerte, que no se manifiesta con palabras.
Tú raciocinas así: si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón
la violencia ajena ha de disminuir la medida de mi mérito? También
te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las
estrellas, según la sentencia de Platón. Tales son las cuestiones
que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocuparé en lo
que tiene más hiel. El serafín que más goce de Dios, Moisés, Samuel,
cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, María misma, no
tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos
espíritus que aquí te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene
fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer
círculo, y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten
más o menos el Espíritu eterno. Aquí se te aparecieron, no porque les
haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en
la celestial la parte menos elevada. Así es preciso hablar a vuestro
espíritu, porque sólo comprende por medio de los sentidos lo que hace
después digno de la inteligencia. Por eso la Escritura, atemperándose
a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que
ella lo ve de otro modo; y la Santa Iglesia os representa bajo formas
humanas a Gabriel y a Miguel y al que sanó a Tobías. Lo que Timeo dice
acerca de las almas no es figurado, como aquí se ve, pues parece que
siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo
que se desprendió de ella cuando la naturaleza la unió a su forma. Tal
vez su opinión sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es
posible que la intención de éstas no sea irrisoria. Si quiere decir
que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o
en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco de
una verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el
mundo, haciendo que corriese a invocar a Júpiter, a Mercurio y a Marte.
La otra duda que te agita tiene menos veneno, porque su malignidad no
te podría alejar de mí. Que nuestra justicia parezca injusta a los
ojos de los mortales, es un argumento de fe y no de herética malicia;
pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te
dejaré satisfecho según deseas. Si hay verdadera violencia cuando el
que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas
almas no pueden servirse de ella como excusa; porque la voluntad, si
no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que naturalmente hace el
fuego, aunque la tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la
voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y así hicieron
aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad
hubiera sido firme, como lo fué la de Lorenzo sobre las parrillas, y
como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habría
vuelto al camino de donde las habían separado, en cuanto se vieron
libres; pero una voluntad tan sólida es muy rara. Por estas palabras,
si es que las has recogido como debes, queda destruído el argumento
que te hubiera importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra
dificultad ante tus ojos, y tal que por ti mismo no sabrías salir
de ella; antes bien te rendirías fatigado. He dado como cierto a tu
mente que el alma bienaventurada no podía mentir, porque está siempre
próxima a la primera Verdad; y luego habrás podido oír por Piccarda,
que Constanza había guardado su inclinación al velo, de manera que
parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que por huír de un
peligro, se hace con repugnancia aquello que no debería hacerse; como
Alcmeón, que, a instancias de su padre, mató a su propia madre, y por
no faltar a la piedad, se hizo desapiadado. Con respecto a este punto,
quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo,
resulta que no pueden excusarse las faltas. La voluntad en absoluto no
consiente el daño; pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena
oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho,
entiende que habla de la voluntad absoluta, y yo de la otra; de suerte
que ambas decíamos la verdad.
Tales fueron las ondulaciones del santo arroyo que salía de la fuente
de donde fluye toda verdad, y que aquietaron todos mis deseos.