los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el
borde izquierdo del carro, vi yo, cuando me volví al oír mi nombre,
que aquí se consigna por necesidad, a la Dama que se me apareció
anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus
ojos hacia mí de la parte acá del río. Aunque el velo que descendía
de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva, no permitiese que se
distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continuó
de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras más
calurosas para lo último:
--Mírame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, ¿Cómo te has dignado
subir a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?
Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero viéndome reflejado
en ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fué la vergüenza que abatió
mi frente. Parecióme Beatriz tan terrible como una madre irritada a su
hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guardó silencio,
y los ángeles cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero
no pasaron de "pedes meos." Así como la nieve se congela y endurece
al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los árboles que crecen
sobre el dorso de Italia; y luego se licúa por sí misma, en cuanto
la tierra que pierde la sombra envía su aliento, semejante al fuego
que derrite una vela; así me quedé sin lágrimas ni suspiros antes que
cantasen aquéllos cuyas notas responden siempre a la armonía de las
esferas celestiales: mas cuando comprendí por sus dulces palabras que
se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: "Mujer, ¿por qué así
le maltratas?," el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en suspiros
y agua, y junto con mi angustia, salió del pecho por la boca y por los
ojos. Estando Ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del
carro, dirigió de este modo sus palabras a las compasivas substancias:
--Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el
sueño os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino: así
pues, responderé con más cuidado, a fin de que me comprenda el que
allí llora, y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente
por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia
algún fin, según la virtud de la estrella que la acompaña, sino también
por la abundancia de la gracia divina (cuya lluvia desciende de tan
altos vapores, que no puede alcanzarlos nuestra vista), fué tal ése
en su edad temprana por natural disposición, que todos los buenos
hábitos habrían producido en él admirables efectos; pero el terreno
mal sembrado e inculto se hace tanto más maligno y salvaje, cuanto
mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo le sostuve con mi
presencia: mostrándole mis ojos juveniles, le llevaba conmigo en
dirección del camino recto; pero tan pronto como estuve en el umbral
de la segunda edad, y cambié de vida, ése se separó de mí y se entregó
a otros amores. Cuando subí desde la carne al espíritu, y hube crecido
en belleza y virtud, fuí para él menos querida y menos agradable.
Encaminó sus pasos por una vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes
del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa: ni siquiera me
ha valido impetrar para él inspiraciones, por medio de las cuales le
llamaba en sueños o de otros modos, según el poco caso que de ellas ha
hecho. Tan abajo cayó, que todos mis medios eran ya insuficientes para
salvarle, si no le mostraba las razas condenadas. Por él he visitado el
umbral de los muertos, y dirigí mis ruegos y mis lágrimas al que le ha
conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto decreto de Dios, si
pasara el Leteo y gustara tales manjares sin haber pagado alguna parte
de la penitencia que hace verter lágrimas.
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_
¡Oh tú, que estás a la otra parte del sagrado río!--Empezó de nuevo a
decir, continuando sin demora, y dirigiéndome de punta sus palabras,
que aun de filo me habían parecido tan acerbas--; di, di si esto es
verdad--; a tal acusación es preciso que tu confesión corresponda.
Estaba yo tan confuso, que mi voz conmovida se extinguió antes de salir
de sus órganos. Ella esperó un momento, y después dijo:
--¿En qué piensas? Respóndeme, pues todavía las aguas del Leteo no han
borrado tus tristes recuerdos.
La confusión y el miedo reunidos me arrancaron de la boca un "sí" tan
débil, que fué menester el auxilio de la vista para entenderlo. Así
como se rompe una ballesta por estar demasiado tirantes la cuerda y
el arco, de modo que la flecha da con menos fuerza en el blanco, así
yo, quebrantado bajo el peso de tan grave cargo, prorrumpí en lágrimas
y suspiros, y la voz enflaquecida vino a expirar entre mis labios.
Entonces Ella me dijo:
--En medio de los saludables deseos procedentes de mí, que te
impulsaban a amar el bien, más allá del cual no hay nada a que aspirar,
¿qué fosos insuperables o qué cadenas has encontrado para perder de
tal modo la esperanza de pasar adelante? ¿Y qué ventajas o atractivos
descubriste en el aspecto de los otros bienes, para que debieras rondar
en torno de ellos?
Después de haber exhalado un amargo suspiro, apenas tuve bastante voz
para responder; voz que mis labios formaron con trabajo. Llorando dije:
--Las cosas presentes con sus falsos placeres desviaron mis pasos,
apenas se me ocultó vuestro rostro.
Ella me respondió:
--Aunque callases o negases lo mismo que ahora confiesas, no por eso tu
falta sería menos conocida: ¡tal es el Juez que la sabe! Pero cuando la
confesión del pecado sale de la propia boca del pecador, la rueda se
vuelve en nuestro tribunal contra el filo de la espada. Sin embargo,
para que más te aproveche la vergüenza de tu error, y para que otra
vez seas más fuerte al oír las sirenas, depón la causa de tu llanto y
escucha: de este modo sabrás que mi carne sepultada debía encaminarte
en una dirección totalmente contraria. El arte o la naturaleza no te
presentaron jamás una cosa tan agradable como los bellos miembros en
que estuve contenida, miembros que ahora son polvo de la tierra. Y si
el sumo placer de verme te faltó por mi muerte, ¿qué cosa mortal debía
excitar después tus deseos? A la primera herida que te causaron las
cosas falaces del mundo, debiste elevar tus ojos al cielo, siguiéndome
a mí, que no era ya como ellas. No debían abatirse tus alas para
esperar allí nuevos golpes, o bien alguna doncellita u otra cualquiera
vanidad de tan corta duración. El tierno pajarillo cae en dos o tres
asechanzas; pero ante los ojos de los ya cubiertos de pluma en vano se
despliegan las redes, en vano se lanzan flechas.
Yo estaba como los niños que, mudos de vergüenza y con los ojos fijos
en el suelo, escuchan en pie, reconociendo sus faltas, y arrepentidos.
Ella continuó:
--Ya que te muestras tan contrito por lo que has oído, alza la barba, y
sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate
de los vientos boreales, o bien al de aquel que viene del país de
Jarba, de la que, al oír su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y
cuando dió el nombre de barba a mi rostro, bien conocí el veneno que
encerraban sus palabras. Por fin, cuando alcé la faz, advertí que las
primeras criaturas habían cesado de esparcir flores, y mis miradas,
poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una
sola persona con dos naturalezas. Cubierta con su velo, y al otro lado
de la verde orilla, parecióme que se vencía a sí misma en su primitiva
belleza, mucho más de lo que vencía a las demás mujeres cuando vivía
en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto, que de
todas las cosas mortales la que más me desvió de su amor me fué la
más odiosa: el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que
caí desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquélla que fué la
causa de ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir
las cosas exteriores, vi por encima de mí a la Dama que antes había
encontrado sola, y la oí decir:
--¡Agárrate, agárrate a mí!
Habíame sumergido en el río hasta la garganta, e impeliéndome tras
ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera.
Cuando estuve cerca de la dichosa orilla, oí tan dulcemente "Asperges
me," que no sabría recordarlo, cuanto menos escribirlo. La hermosa
Dama abrió sus brazos, rodeó con ellos mi cabeza, y me sumergió de modo
que hube de beber el agua. Después me sacó fuera, y mojado como estaba
me presentó a las cuatro bellas bailarinas, cada una de las cuales
extendió sobre mí su brazo.
--Aquí somos ninfas, y en el Cielo estrellas: antes de que Beatriz
descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te
conduciremos ante sus ojos; pero las tres del otro lado, que ven más
a fondo, aguzarán los tuyos para que percibas la plácida luz que hay
dentro de ellos.
Así me dijeron cantando; y después me llevaron hacia el pecho del
Grifo, donde estaba Beatriz vuelta hacia nosotros. En seguida añadieron:
--No economices tus miradas: te hemos puesto delante de las esmeraldas,
desde donde Amor te lanzó un día sus dardos.
Mil deseos más ardorosos que la llama atrajeron mis ojos hacia aquellos
ojos brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el Sol en
un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo, ya
de otro. Piensa, lector, si yo estaría maravillado al ver tal objeto
permanecer inalterable en sí mismo, y transformándose en su imagen
reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba
de aquel alimento que, satisfaciéndola, la hacía más deseosa de él,
aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarquía más
elevada, se adelantaron danzando al compás de sus angélicos cantares.
--Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu
fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la
gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza
que le ocultas.
¡Oh esplendor de viva luz eterna! ¿Quién es el que habiendo palidecido
a la sombra del Parnaso, o bebido en su fuente, no tendría la mente
ofuscada, al intentar representarte tal cual apareciste allí donde el
cielo te circundaba, resonando con su acostumbrada armonía, cuando al
aire libre te descubriste?
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_
Estaban mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez años,
que tenía embotados los otros sentidos, encontrando además aquéllos por
todas partes obstáculos que no les permitían cuidarse de ninguna otra
cosa; así es que la santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes.
Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia
la izquierda, porque les oía decir: "Mira demasiado fijamente;" y la
disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos
por los rayos del Sol, me dejó por algún tiempo sin vista; mas cuando
se repusieron los míos ante otro pequeño resplandor (y digo pequeño,
comparándolo con la gran luz de que me había separado forzosamente), vi
que el glorioso ejército se había vuelto hacia la derecha, recibiendo
en el rostro los rayos del Sol y los de las siete llamas. Así como
para salvarse una cohorte, se retira cobijada bajo los escudos, y se
vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su
evolución, así la milicia del reino celestial que precedía al carro
desfiló toda antes de que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las
mujeres se volvieron a colocar cerca de las ruedas, y el Grifo puso en
movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agitó ninguna de
sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el río, Estacio y yo
seguíamos a la rueda que describió al girar el arco menor. Caminando de
esta suerte a través de la alta selva deshabitada por culpa de aquella
que creyó a la serpiente, ajustaba mis pasos al cántico de los ángeles.
Una flecha despedida del arco recorre quizá en tres veces el espacio
que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí que todos murmuraban:
"¡Adán!" En seguida rodearon un árbol enteramente despojado de hojas
y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extendía a medida que el
árbol se elevaba, sería, a causa de su altura, admirada por los indios
en sus selvas.
--¡Bendito seas, oh Grifo, que con tu pico no arrancaste nada de este
tronco dulce al gusto, después que, por haberlo probado, se inclinó al
mal el apetito humano!
Así exclamaron todos en derredor del árbol robusto; y el animal de
doble naturaleza respondió:
--De ese modo se conserva la semilla de toda justicia.
Y volviéndose al timón de que había tirado, lo condujo al pie de la
planta viuda de sus hojas, y dejó atado a ella el carro que era de
ella. Así como nuestras plantas se ponen turgentes cuando la gran luz
desciende mezclada con aquella que irradia detrás de los celestes
Peces, y luego se reviste cada una con su propio color antes que el
Sol guíe sus caballos bajo otra estrella, de igual modo se renovó el
árbol cuyas ramas estaban antes tan desnudas, adquiriendo colores menos
vivos que los de la rosa, pero más que los de la violeta. Yo no pude
entender, ni aquí abajo se canta, el himno que aquella gente entonó
entonces, ni tampoco pude oír todo el canto hasta el fin. Si me fuera
posible describir cómo se adormecieron aquellos desapiadados ojos
que tan cara pagaron su excesiva vigilancia, oyendo las aventuras de
Siringa, representaría, como un pintor que copia un modelo, el modo
como me dormí; pero hágalo quienquiera que sepa figurar bien el sueño.
Paso, pues, al momento en que me desperté, y digo que un resplandor
desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que me gritaba una
voz: "Levántate; ¿qué haces?" Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos
a ver las florecitas del manzano, que hace a los ángeles codiciosos
de su fruta y perpetuas las bodas en el cielo; y aterrados por el
esplendor divino, volvieron en sí al oír la palabra que ha interrumpido
sueños mayores, y vieron su compañía mermada por la ausencia de
Moisés y Elías, y cambiada la túnica de su Maestro, así desperté yo,
viendo inclinada sobre mí a aquella compasiva mujer que había guiado
anteriormente mis pasos por el río; lleno de inquietud dije:
--¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
--Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol.
Mira la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba tras el
Grifo, entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fué más difusa su respuesta; porque se hallaba otra vez ante
mis ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa.
Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí
para custodiar el carro que vi atar a la biforme fiera. En torno suyo
formaban un círculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas
luces que no puede apagar el Aquilón ni el Austro.
--Poco tiempo habitarás esta selva, y serás eternamente conmigo
ciudadano de aquella Roma donde Cristo es romano. Por lo tanto, fija
tus ojos en este carro para bien del mundo que vive mal, y cuando
vuelvas a él, escribe lo que has visto.
Así habló Beatriz; y yo, enteramente sumiso a sus órdenes, puse mi
mente y mis ojos donde ella quiso. Nunca tan velozmente partió el
rayo de condensada nube, cuando cae del más remoto confín del aire,
como vi yo al ave de Júpiter precipitarse y bajar por el árbol,
rompiendo su corteza, ya que no las flores y hojas nuevas: y con toda
su fuerza hirió al carro, y le hizo vacilar, como nave combatida por
la tempestad, que las olas derriban, ora a babor, ora a estribor. Vi
luego introducirse en el carro triunfal una zorra, que parecía no haber
tomado jamás ningún buen alimento: pero reprendiéndole mi Dama sus feas
culpas, la obligó a huír tan precipitadamente como lo permitieron sus
descarnados huesos. En seguida, por donde mismo había venido antes,
vi al águila descender a la caja del carro, y dejarla cubierta de sus
plumas: y semejante a la voz que sale de un corazón contristado, salió
del cielo una voz que dijo: "¡Ay, navecilla mía, cuán mal cargada
estás!" Después me pareció que se abría la tierra entre las dos
ruedas, y vi salir un dragón que hincó su maligna cola en el carro, y
retirándola luego como la avispa su aguijón, se llevó consigo una parte
del fondo, y se alejó muy contento. Lo que quedó del carro, como la
tierra fértil que se cubre de grama, se cubrió de la pluma ofrecida por
el águila quizá con intención casta y benigna; y de ella se cubrieron
una y otra rueda y la lanza en menos tiempo del que mantiene un suspiro
la boca abierta. Transformado de esta suerte el edificio santo,
salieron de sus diversas partes varias cabezas, tres de ellas sobre la
lanza, y las restantes una en cada ángulo. Las primeras tenían cuernos
como los bueyes; pero las otras sólo tenían un cuerno por frente: jamás
se han visto semejantes monstruos.
Tan segura como una fortaleza sobre una alta montaña, vi sentada en
el carro a una prostituta desenvuelta, paseando sus miradas en torno
suyo. Y como para impedir que se la quitaran, vi un gigante colocado
en pie junto a ella, y ambos se besaban de vez en cuando; más habiendo
ella vuelto hacia mí sus ojos codiciosos y errantes, el feroz amante
la azotó desde la cabeza a los pies. Después, lleno de suspicacia y
de cruel ira, desató el monstruoso carro, y lo arrastró tan lejos por
la selva, que tras de ella se ocultaron a mi vista la prostituta y la
nueva fiera.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOTERCIO_
Las mujeres comenzaron llorosas una dulce salmodia, cantando
alternativamente, ya las tres, ya las cuatro: "Deus, venerunt
gentes."[103] Y Beatriz, suspirando compasiva, las escuchaba tan
abatida, que poco más lo estuvo María al pie de la Cruz. Pero cuando
las otras vírgenes le dieron ocasión de hablar, poniéndose en pie,
respondió encendida como el fuego:
--"Modicum, et non videbitis me; et iterum," mis queridas hermanas,
"modicum, et vos videbitis me."[104]
[103] Cantan, alternando, los versículos del salmo LXXVIII,
que el poeta aplica en este lugar a las desventuras de la
Iglesia cristiana.
[104] "Dentro de poco no me veréis: pero dentro de otro poco
me veréis." Palabras de Jesús, en el Evangelio de San Juan,
prediciendo su próxima muerte y su resurrección.
Después reunió ante sí a todas siete, y con sólo un ademán, nos hizo
marchar tras ellas a mí, a la Dama, y al sabio que quedó en nuestra
compañía. Así se alejaba, y no creo que hubiese dado diez pasos,
cuando hirió mis ojos con sus ojos, y con aspecto tranquilo me dijo:
--Ven más de prisa, de modo que si hablo contigo, estés dispuesto a
escucharme.
Cuando estuve cerca de ella, como debía, añadió:
--Hermano, ¿por qué, viniendo conmigo, no te atreves a preguntarme algo?
Me sucedió lo que a aquellos que, por excesiva reverencia, al hablar
con sus superiores, no pueden hacer salir con viveza las palabras de
entre sus dientes, y contesté balbuceando:
--Señora, vos conocéis mis necesidades y lo que les conviene.
Contestóme:
--Quiero que en adelante te despojes de ese temor y esa vergüenza, para
que no hables como hombre que sueña. Sabe que el vaso que rompió la
serpiente fué y no es; pero crea el culpable que la venganza de Dios no
se vence con sortilegios. El águila que dejó sus plumas en el carro,
convirtiéndolo en un monstruo y después en una presa, no estará siempre
sin herederos; pues veo ciertamente, y por eso lo refiero, algunas
estrellas ya cercanas a un tiempo seguro de todo obstáculo y de todo
impedimento, en el cual un quinientos diez y cinco,[105] enviado por
Dios, destruirá a la ramera, y a aquel gigante que con ella delinque.
Y quizá mi predicción obscura, como los oráculos de Temis y de la
Esfinge, no te persuade, porque, como ellos, ofusca el entendimiento;
pero en breve los hechos serán las Náyades que resuelvan este difícil
enigma, sin temor por los ganados y los trigos. Anota estas palabras,
y tales como salen de mis labios enséñaselas a los que viven con
aquella vida que no es más que una rápida carrera hacia la muerte:
acuérdate además, cuando las escribas, de no ocultar cómo has visto
la planta, que ha sido robada dos veces. Quien la despoja o la rompe
ofende con una blasfemia de hecho a Dios, que la hizo santa sólo para
su uso. Por haber mordido su fruto, la primera alma aguardó en el dolor
y en el deseo durante cinco mil años y más al que en sí mismo castigó
aquel bocado. Tu espíritu está adormecido, si no comprende que sólo por
una causa singular es aquel árbol tan alto, y tan anchurosa su copa: y
si los vanos pensamientos no hubiesen sido alrededor de tu mente como
las aguas del Elsa, y el placer que te causaron no la hubiera manchado
como Píramo manchó la mora, sólo por tantas circunstancias reconocerías
moralmente la justicia de Dios en la prohibición de tocar aquel árbol.
Mas como veo tu inteligencia petrificada y tan obscurecida por el
pecado, que te deslumbra el brillo de mis palabras, quiero que te las
lleves, si no escritas, al menos estampadas en ti mismo, por aquel
motivo que el peregrino lleva el bordón rodeado de palmas.
[105] Esto es, un DXV, letras que transportadas equivalen a un
DVX, o Capitán, o, como otros quieren, iniciales abreviativas
de Dante Xristi Vertagus, Domini Xristi Vicarius, Dominus
Xristi Victor o Vitor, etc.
Le contesté:
--Así como la cera conserva inalterable la imagen que en ella imprime
el sello, del mismo modo la vuestra ha quedado grabada en mi cerebro.
Pero ¿por qué vuestra deseada palabra se eleva tanto sobre mi
entendimiento, que cuanto más procura comprenderla menos lo consigue?
--Para que conozcas--dijo--aquella escuela que has seguido, y cómo ha
de poder su doctrina seguir a mis palabras; y veas que vuestro camino
se separa tanto del divino, cuanto de la Tierra dista el cielo que gira
más velozmente a la mayor altura.
Entonces le respondí:
--No recuerdo haberme alejado jamás de vos, ni me remuerde por ello la
conciencia.
--Es que tú no puedes recordarlo--me dijo sonriéndose--; acuérdate de
que has bebido las aguas del Leteo; y si del humo se deduce el fuego,
de ese olvido se infiere claramente que tu voluntad, ocupada en otras
cosas, era culpable. Pero en adelante serán mis palabras tan desnudas
cuanto es preciso descubrirlas a tu rudo entendimiento.
El Sol, más resplandeciente y con pasos más lentos, atravesaba el
círculo del Meridiano, que cambia de posición según de donde se mira,
cuando al extremo de una opaca umbría, semejante a las que se ven bajo
las verdes hojas y las negruzcas ramas por donde llevan los Alpes sus
fríos riachuelos, se detuvieron las siete mujeres, como se detiene la
tropa que va de avanzada, si encuentra alguna novedad en su camino.
Ante ellas me pareció ver salir el Tigris y el Eufrates de un mismo
manantial, y como amigos separarse lentamente.
--¡Oh luz!, ¡oh gloria de la raza humana! ¿Qué agua es esta que mana de
una misma fuente, y dividida, se aleja una de otra?
A tal pregunta se me contestó:
--Ruega a Matilde que te lo diga.
Y la hermosa Dama respondió como aquel que se disculpa:
--Ya le he dicho esta y otras varias cosas; y estoy segura de que el
agua del Leteo no se las ha hecho olvidar.
Beatriz añadió:
--Quizá un interés mayor, de esos que muchas veces quitan la memoria,
ha obscurecido su mente con respecto a los demás objetos. Pero mira
el Eunoe, que por allí se desliza; condúcele hacia él, y según
acostumbras, reanima su amortecida virtud.
Como una alma gentil que de nada se excusa, sino que adapta su voluntad
a la de los otros en cuanto se la dan a conocer por medio de alguna
seña, de igual suerte se puso en marcha la bella Dama en cuanto estuve
a su lado, y dijo a Estacio con su gracia femenil:
--Ven con él.
Lector, si dispusiera de mayor espacio para escribir, cantaría en parte
la dulzura de las aguas de que no me habría saciado nunca; pero como
están ya llenos todos los papeles dispuestos para este segundo cántico,
el freno del arte no me deja ir más allá.
Volví de aquellas sacrosantas ondas tan reanimado como las plantas
nuevas, renovadas con nuevas hojas, purificado y dispuesto para subir a
las estrellas.
[Ilustración]
_PARAISO_
[Ilustración]
_CANTO PRIMERO_