El Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus primeros rayos

sobre la ciudad en que se derramó la sangre de su Hacedor: el Ebro caía

bajo el alto signo de Libra, y las ondas del Ganges eran caldeadas al

empezar la hora de nona; de modo que donde estábamos terminaba el día,

cuando nos divisó placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama

se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz bastante más

viva que la nuestra. Después dijo:

--No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes:

entrad en él, y no os hagáis sordas al cántico que llegará hasta

vosotras.

Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oirle

como aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas

mirando al fuego, y se representaron vivamente en mi imaginación los

cuerpos humanos que había visto arder. Mis buenos Guías se volvieron

hacia mí, y Virgilio me dijo:

--Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento; pero no la muerte.

Acuérdate, acuérdate... y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué

no haré ahora que estoy más cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque

estuvieras mil años en medio de esa llama, no perderías un solo

cabello; y si acaso crees que te engaño, ponte cerca de ella, y como

prueba, aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón,

pues, depón todo temor; vuélvete hacia aquí, y pasa adelante con

seguridad.

Yo, sin embargo, permanecí inmóvil aun en contra de mi conciencia.

Cuando vió que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:

--Hijo mío, repara en que entre Beatriz y tú sólo existe ese obstáculo.

Así como al oír el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abrió

los ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos

rojos, así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía,

al oír el nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la

cabeza, dijo:

--¡Cómo! ¿Queremos permanecer aquí?

Y se sonrió, como se sonríe al niño a quien se conquista con una fruta.

Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante

todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás

de mí. Cuando estuve dentro, habríame arrojado, para refrescarme, en

medio del vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que allí se

sentía. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y

diciendo: "Ya me parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba

al otro lado; y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego

por el sitio donde está la subida.

--"Venite, benedicti patris mei"--se oyó en medio de una luz que allí

había, tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar.--El Sol se

va--añadió--, y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso

antes que el horizonte se obscurezca.

El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente, y yo

interrumpía delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo.

Habíamos subido pocos escalones, cuando mis sabios Guías y yo, por mi

sombra que se desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba

el Sol; y antes de que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte

el mismo aspecto, y de que la noche se esparciera por todas partes,

cada uno de nosotros hizo de un escalón su lecho; porque la naturaleza

del monte, más bien que nuestro deseo, nos impedía subir. Como las

cabras que antes de haber satisfecho su apetito van veloces y atrevidas

por los picos de los montes, y una vez saciado éste, se quedan rumiando

tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el

pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor

que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para preservarlo de

que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces nosotros

tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos

lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas

que había fuera de allí; pero por aquel reducido espacio veía yo las

estrellas más claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta

suerte y contemplándolas me sorprendió el sueño; el sueño que muchas

veces predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, según creo, en que

Citerea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba

desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaña, me parecía ver

entre sueños una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una

pradera, y decía cantando: "Sepa todo aquel que preguntó mi nombre, que

yo soy Lía, y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme

una guirnalda. Para agradarme delante del espejo, me adorno aquí; pero

mi hermana Raquel no se separa jamás del suyo, y permanece todo el día

sentada ante él. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a

mí adornarme con mis propias manos: ella se satisface con mirar, yo con

obrar." Ya, ante los esplendores que preceden al día, tanto más gratos

a los peregrinos, cuanto más cerca de su patria se albergan al volver a

ella, huían por todas partes las tinieblas, y con ellas mi sueño; por

lo cual me levanté, y vi a mis grandes Maestros levantados también.

La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los

mortales, hoy calmará tu hambre.

Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que

me causaron un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno.

Acrecentóse tanto en mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a

cada paso que daba sentía crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida

toda la escalera, estuvimos en la última grada, Virgilio fijó en mí sus

ojos y dijo:

--Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mío, y has llegado a un

sitio donde no puedo ver nada más por mí mismo. Con ingenio y con arte

te he conducido hasta aquí: en adelante sírvate de guía tu voluntad;

fuera estás de los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol

que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que

se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de

alegría los hermosos ojos que, entre lágrimas, me hicieron acudir en tu

socorro, puedes sentarte, y puedes pasear entre esas flores. No esperes

ya mis palabras, ni mis consejos: tu albedrío es ya libre, recto y

sano, y sería una falta no obrar según lo que él te dicte. Así, pues,

ensalzándote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88]

[88] Tu albedrío es ya libre; recto y sano, por el

esclarecimiento de tu razón y el dominio de tus pasiones:

por lo tanto te hago señor de ti mismo, en lo tocante a la

dirección civil (corona), y a la espiritual (mitra).

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOCTAVO_

Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina

floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del nuevo día, dejé sin

esperar más el borde del monte y marché lentamente a través del campo,

cuyo suelo por todas partes despedía gratos aromas. Un aura blanda e

invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento

suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trémulas

hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero

sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por

esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues

antes bien, llenas de alegría, saludaban a las primeras auras, cantando

entre las hojas, que acompañaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un

susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares

del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el Sirocco.

Ya me habían transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua

selva, que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando

vi interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la

izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que

brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más

puras, parecerían turbias comparadas con aquellas, que no ocultan nada,

aunque corran obscurecidas bajo una perpetua sombra, que no da paso

nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos, y atravesé

con la vista aquel riachuelo, para admirar la gran variedad de sus

frescas arboledas, cuando se me apareció, como aparece súbitamente una

cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pensamiento, una

mujer sola, que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que

estaba esmaltado todo su camino.

--¡Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de

dar crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón; dígnate

adelantarte--le dije--hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda

comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde

estaba Proserpina, y cómo era cuando la perdió su madre, y ella perdió

sus lozanas flores.

Así como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados

al suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se

volvió aquélla hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas,

semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis

súplicas aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía

de su canto, y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo

en el sitio donde las hierbas son bañadas por las ondas del lindo

riachuelo, me concedió el favor de levantar sus ojos. No creo que

saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus, cuando su hijo la

hirió inconsideradamente. Ella se sonreía desde la orilla derecha,

cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra produce

sin necesidad de simiente. El río nos separaba a la distancia de tres

pasos; pero el Helesponto por donde pasó Jerjes, cuyo ejemplo sirve aún

de freno a todo orgullo humano, no fué tan odioso a Leandro, por el

impetuoso movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era

aquél para mí por no abrirme paso.

--Sois recién llegados--dijo ella--; y quizá porque me sonrío en este

sitio escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y

hasta alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que

puede disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y tú, que vas delante

y me has rogado que hable, dime si quieres oír otra cosa, que yo

responderé con presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.

--El agua--le dije--y el rumor de la floresta impugnan en mi interior

una nueva creencia sobre una cosa que he oído y que es contraria a esta.

A lo que ella contestó:

--Te diré cómo procede de su causa eso que te admira, y disiparé la

nube que te ciega. El Sumo Bien, que se complace sólo en sí mismo, hizo

al hombre bueno y apto para el bien, y le dió este sitio como arras en

señal de eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneció aquí poco

tiempo: por sus culpas cambió su honesta risa y su dulce pasatiempo en

llanto y en tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas

más abajo por las exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen

cuanto pueden tras del calor, no molestasen al hombre, se elevó este

monte hacia el cielo tanto como has visto, y está libre de todas ellas

desde el punto donde se cierra su puerta. Ahora bien, como el aire gira

en torno de la tierra con la primera bóveda movible del cielo, si el

círculo no es interrumpido por algún punto, un movimiento semejante

viene a repercutir en esta altura, que está libre de toda perturbación

en medio del aire puro, produciendo este ruido en la selva, porque

es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud generativa

al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo;

y la otra tierra, según que es apta por sí misma o por su cielo,

concibe y produce diversos árboles de diferentes especies. Una vez oído

esto, no te parecerá ya maravilloso que haya plantas que broten sin

semillas aparentes. Debes saber, además, que la santa campiña en que te

encuentras está llena de toda clase de semillas, y encierra frutos que

allá abajo no se cogen. El agua que ves no brota de ninguna vena que

sea renovada por los vapores que el frío del cielo convierte en lluvia,

como un río que adquiere o pierde caudal, sino que sale de una fuente

invariable y segura, que recibe de la voluntad de Dios cuanto derrama

por dos partes. Por esta desciende con una virtud que borra la memoria

del pecado; por la otra renueva la de toda buena acción. Aquí se llama

Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus efectos si no se bebe

aquí primero que allí: su sabor supera a todos los demás. Aunque tu

sed esté ya bastante mitigada sin necesidad de más explicaciones mías,

por una gracia especial, aún te daré un corolario; y no creo que mis

palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis promesas. Los

que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz, quizá

soñaron en el Parnaso este sitio. Aquí fué inocente el origen de la

raza humana; aquí la primavera y los frutos son eternos: este es el

verdadero néctar de que todos hablan.

Entonces me volví completamente hacia mis Poetas y vi que habían

acogido con una sonrisa esta última explicación: después dirigí de

nuevo mis ojos hacia la bella Dama.

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMONONO_

Después de aquellas últimas palabras, continuó cantando cual mujer

enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"[89]: y a la manera de

las ninfas, que andaban solas por las umbrías selvas, complaciéndose

unas en huír del Sol, y otras en verle, púsose a caminar por la orilla

contra la corriente del río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos

pasos con los míos. Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento,

cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo

que me encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la

Dama enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he

aquí que por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito,

que dudé si había sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto

brilla, y aquél duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre

mí: "¿Qué será esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía,

por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues

que allí, donde obedecían la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas

formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningún velo; cuando si

hubiera permanecido resignado bajo él, habría yo gozado más pronto, y

luego eternamente aquellas inefables delicias.

[89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta

sunt peccata: palabras del segundo Salmo penitencial, con las

cuales la Dama congratula a Dante por verle limpio de las

manchas de los siete pecados. Esta Dama representa, según

algunos comentadores, la Iglesia católica.

Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplación de tantas

primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire,

semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las

verdes ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en

un canto claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he

soportado por vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en

cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso

que Helicón derrame para mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude

a poner en versos cosas apenas concebibles.

Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro[90], engañado por la

gran distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando

me hube aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido

no perdía ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la

facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran

candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles

llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho más clara

que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volví lleno de

admiración al buen Virgilio, y él me respondió con una mirada no

menos llena de asombro. Después fijé de nuevo mi atención en los altos

candelabros, los cuales avanzaban en nuestra dirección tan lentamente

que una recién desposada los habría vencido en celeridad. La Dama me

gritó:

--¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas

en lo que viene tras de ellas?

[90] Según unos comentadores, los siete dones del Espíritu

Santo; según otros, los siete sacramentos.

Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos

personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado

jamás en el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba

la parte izquierda de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en

un espejo. Cuando desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente

el río me separaba de aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las

llamas caminando hacia adelante, dejando tras de sí pintado el aire

con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas

se veían claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol

hace su arco y Delia su cinturón. Aquellas listas se extendían por el

cielo más allá de lo que alcanzaba mi vista, y según me pareció, las

de los extremos distaban entre sí diez pasos una de otra[92]. Bajo el

hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro

ancianos coronados de azucenas[93]. Todos cantaban: "Bendita tú eres

entre las hijas de Adán, y benditas sean eternamente tus bellezas."

Después que las flores y las frescas hierbecillas que había en la otra

ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus elegidos,

así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de

los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes

hojas[94]. Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos,

como serían los de Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en

describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto

futuro, que no puedo ser ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel,

que los pinta tales como los vió acudir de las frías regiones, con

el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los

encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí si se exceptúa que,

en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él. El espacio

que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos

ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la

lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara

ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se

elevaban tanto, que se las perdía de vista: la parte de su cuerpo que

era ave tenía los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos

manchados de rojo. Ni Escipión el Africano, ni aun Augusto, hicieron

jamás recrearse a Roma en la contemplación de un carro tan bello, y aun

comparado con él, sería pobre aquel carro del Sol, que desviándose de

su camino, fué abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando

Júpiter fué misteriosamente justo.

[91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que

creyeron en la venida de Jesucristo.

[92] Estos diez pasos figuran, según todos los comentadores,

los diez mandamientos.

[93] Símbolos de los libros del Antiguo Testamento.

[94] Símbolos de los cuatro Evangelistas.

[95] Las alas son símbolo de la prontitud con que el Evangelio

recorrió el mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son

de la vigilancia que es necesaria para mantener pura la verdad

evangélica contra los sofismas de que se valen las pasiones.

Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha;

una de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro

del fuego: la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de

esmeralda: la tercera parecía nieve recién caída[96]. Tan pronto iba

a la cabeza la blanca, como la roja; y según el canto de ésta, así

las demás ajustaban el paso, avanzando lentas o rápidas. Hacia la

izquierda del carro venían gozosas otras cuatro vestidas de púrpura

asustando sus movimientos al de una de ellas, que tenía tres ojos

en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi

dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud,

venerable y reposada. Uno de ellos parecía ser de los discípulos de

aquel gran Hipócrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres

animados que le son más queridos;[98] el otro demostraba un cuidado

contrario, con una espada tan reluciente y aguda, que a través del río

me causó miedo.[99] Después vi otros cuatro de humilde apariencia;[100]

y detrás de todos venía un anciano solo y durmiendo, pero con la faz

inspirada.[101] Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro

primeros; pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras

flores coloradas; quien los hubiese visto desde algo lejos, habría

jurado que ardía una llama sobre sus sienes. Cuando el carro estuvo

frente a mí, se oyó un trueno; y aquellos dignos personajes, como si

se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron allí al mismo

tiempo que los candelabros.

[96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la

Esperanza, color de esmeralda, y la Caridad, color de fuego.

[97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia,

Fortaleza y Templanza. Se suponen tres ojos a la Prudencia:

con uno mira al pasado, para sacar un recuerdo provechoso;

con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una

determinación; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo

el mal y prepararse al bien.

[98] San Lucas.

[99] San Pablo.

[100] Los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores

de las Epístolas canónicas; y dice de humilde apariencia,

porque sus escritos son breves.

[101] S. Juan Apóstol, que cuando escribió el Apocalipsis,

estaba cercano a los noventa años.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMO_

Cuando se detuvo el septentrión del primer Cielo, que no conoció

nunca orto ni ocaso, ni más niebla que el velo que sobre él corrió el

pecado, y que allí enseñaba a cada cual su deber, como el septentrión

más bajo lo enseña al que dirige el timón para llegar al puerto, los

veraces personajes que iban entre el Grifo y los siete candelabros

se volvieron hacia el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno

de ellos como enviado del Cielo, exclamó tres veces cantando: "Veni,

sponsa, de Libano," y todos los demás cantaron lo mismo después de él.

Así como los bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final,

se levantarán con presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz

recobrada por fin, del mismo modo se elevaron sobre el carro divino,

"ad vocem tanti senis," cien ministros y mensajeros de la vida eterna.

Todos decían: "Benedictus qui venis," y después, esparciendo flores por

encima y alrededor, añadían: "Manibus o date lilia plenis."

Yo he visto, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada,

el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol

naciente cubierta de sombras, de suerte que a través de los vapores

que amortiguaban su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo

tiempo: del mismo modo, a través de una nube de flores que salía de

manos angelicales y caía sobre el carro y en torno suyo, se me apareció

una dama coronada de oliva sobre un velo blanco, cubierta de un verde

manto, y vestida del color de una vívida llama.[102] Mi espíritu, que

hacía largo tiempo no había quedado abatido, temblando de estupor en

su presencia, sin que mis ojos la reconocieran, sintió no obstante el

gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de

ella emanaba. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que me había

avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volví hacia la

izquierda, con el mismo respeto con que corre el niño hacia su madre,

cuando tiene miedo, o cuando está afligido, para decir a Virgilio:

"No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble;

reconozco las señales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos había

privado de sí; Virgilio, el dulcísimo padre, Virgilio, que me había

sido enviado por aquélla para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió

la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se bañaran en

triste llanto.

[102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de

fuego, que adornan a Beatriz, simbolizan las tres Virtudes

teologales: la corona de oliva indica la Sabiduría.

--¡Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se vaya,

pues es preciso que llores por otra herida!

La Divina Comedia · 第 17 / 28 段