--Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y

la planta que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de

esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado

desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aquí por

medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el

agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo

de comer y beber, y más de una vez se repite nuestra pena mientras

damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo;

porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que condujo

a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la

sangre de sus venas.

--Forese--repliqué--, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor

vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar

concluyó en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor

que nos reconcilia con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía

encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara.

Respondióme:

--Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber

el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros

me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros

círculos. Mi viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y

agradable a Dios, cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia

de Cerdeña tiene mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la

he dejado. ¡Oh caro hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista

se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en

el cual se prohibirá desde el púlpito a las descaradas florentinas ir

enseñando los pechos, ¿Qué mujeres bárbaras ni sarracenas ha habido

jamás, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras

restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impúdicas

estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendría ya la

boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña, serán

entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela

con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que,

no sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la

luz del Sol.

Entonces le dije:

--Si recuerdas lo que tú y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deberá

serte doloroso. De aquella vida me sacó el otro día ese que va delante

de mí, cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le designé el

Sol). Ese sabio me ha guiado a través de la profunda noche por entre

los verdaderos muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su

auxilio me ha sostenido hasta aquí en las cuestas y recodos del monte,

que hace que seáis rectos vosotros a quienes tan torcidos hizo el

mundo. Me ha dicho que me acompañaría hasta dejarme donde está Beatriz:

allí es preciso que me quede sin él. Virgilio es ese que me habló así

(y se lo indiqué con el dedo); el otro es aquella sombra por quien hubo

hace poco tales sacudimientos en todos los ámbitos de vuestro monte,

que de sí la despide.

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOCUARTO_

Ni la conversación detenía nuestra marcha, ni ésta a aquélla, sino que,

a pesar de ir hablando, caminábamos de prisa, como la nave impelida

por un viento favorable. Las sombras, que parecían cosas doblemente

muertas, noticiosas de que yo estaba vivo, mostraban su admiración por

las hondas cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:

--Esa sombra, quizá por causa del otro, se dirige arriba más lentamente

de lo que lo haría. Pero dime, si acaso lo sabes, dónde está Piccarda,

y si entre esta gente que así me mira veo alguna persona digna de

llamar mi atención.

--Mi hermana, que no sé lo que fué más, si hermosa o buena, ostenta ya

su triunfal corona en el alto Olimpo.

Esto dijo primero, y luego añadió:

--Aquí no está prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que

es alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo señaló con el

dedo) es Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de más allá,

más apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia:

fué natural de Tours, y ahora expía con el ayuno las anguilas del

Bolsena y la garnacha[78].

[78] El papa Martín IV, natural de Tours. Fué hombre de bien,

y muy amigo de la casa de Francia. Dado a la gula, hacía morir

las anguilas del lago de Bolsena, ahogándolas en vino blanco

generoso y dulce (garnacha), y después de bien guisadas, las

comía con afán.

Otros muchos me fué citando uno a uno, y todos parecían contentos de

que se les nombrase; pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado.

Vi mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a

Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido

con el roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo

para beber en Forli con menos sed, fué tal que nunca se sintió saciado.

Pero, como aquel que mira, y después simpatiza más con uno que con

otro, así me pasó con el de Luca, que parecía querer decirme algo.

Murmuraba entre dientes; y yo le oía no sé qué de Gentucca donde él

sentía el castigo que tanto le devoraba.

[79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de

Ravena.

--¡Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de

modo que yo te entienda, y satisfácenos a los dos con tu conversación.

El empezó a decir:

--Existe una mujer que no lleva el velo todavía, la cual hará que te

agrade mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. Tú irás allá con

esta predicción, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya

te lo pondrá en claro la realidad de los hechos. Pero dime: ¿no estoy

viendo al que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan así:

"Donne, ch'avete intelleto d'Amore"[80]

[80] Así empieza una bellísima canción de Dante, que puede

verse en La Vida Nueva.

Le contesté:

--Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso

tal como él me dicta dentro del alma.

--¡Oh hermano!--exclamó.--Ahora veo el nudo que al Notario, a

Guittone[81] y a mí nos impidió llegar al dulce y nuevo estilo que

oigo. Bien veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta,

lo cual no han hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone

remontarse a mayor altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.

[81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de

Arezzo, poetas mediocres.

Dichas estas palabras, se calló como si estuviese satisfecho.

Así como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman

a veces una bandada en el aire, y luego vuelan rápidamente marchando

en hilera, de igual suerte todas las almas que allí estaban, volviendo

el rostro, aceleraron el paso, ligeras por su demacración y por su

deseo: y al modo que un hombre cansado de correr deja ir delante a sus

compañeros, y sigue lentamente hasta que cesa la agitación de su pecho,

así Forese dejó pasar a la grey santa, y continuó conmigo su camino

diciéndome:

--¿Cuándo te volveré a ver?

--No sé cuánto he de vivir--le respondí--; pero no será tan pronto mi

regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el

sitio donde fuí colocado para vivir se despoja de día en día y cada vez

más del bien, y parece destinado a una triste ruina.

--Vé, pues--repuso--; que ya estoy viendo al que tiene la mayor

culpa de esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle

donde nadie se excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va

más rápido, aumentando siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y

abandona el cuerpo vilmente destrozado. Esas esferas no darán muchas

vueltas (y dirigió sus ojos al cielo) sin que sea claro para ti lo que

mis palabras no pueden ampliar más. Ahora te dejo; porque el tiempo es

caro en este reino, y yo pierdo mucho caminando a tu lado.

[82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los

Negros, y principal causante de los males de Florencia. Forese

no nombra a Corso, porque es su hermano.

Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrón que

avanza, a fin de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo

y con mayores pasos se apartó de nosotros aquel espíritu, y yo quedé

en el camino con aquellos dos que fueron tan grandes generales del

mundo. Cuando estuvo tan retirado de nosotros, que mis ojos no podían

seguirle, así como tampoco podía mi mente alcanzar el sentido de sus

palabras, observé no muy lejos las ramas frescas y cargadas de frutas

de otro manzano, por haberme vuelto entonces hacia aquel lado. Y vi

debajo de él muchas almas que alzaban las manos y gritaban no sé qué en

dirección del follaje, como los niños que, codiciando impotentes alguna

cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan les responda, y antes al

contrario, para excitar más sus deseos, tiene elevado y sin ocultar lo

que causa su anhelo. Después se marcharon como desengañadas, y nosotros

nos acercamos entonces al gran árbol, que rechaza tantos ruegos y

tantas lágrimas.

"Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol, cuyo

fruto fué mordido por Eva, y éste es un retoño de aquél." Así decía no

sé quién entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos

adelante, estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva

el monte. "Acordaos, decía la voz, de los malditos formados en las

nubes, que, repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83].

Acordaos de los hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que

Gedeón no los quiso por compañeros cuando descendió de las colinas

cerca de Madián." De este modo, arrimados a una de las orillas,

pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula,

seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Después,

entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adelantamos mil

pasos y aun más, reflexionando cada cual y sin hablar. "¿Qué vais

pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una voz, que me hizo

estremecer, como sucede a los animales tímidos y asustadizos. Levanté

la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un horno vidrios o

metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que decía: "Si queréis

llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por aquí va

el que quiere ir en paz." Su aspecto me había deslumbrado la vista;

por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se

guía por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un

viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera

del alba, impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sentí

moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía,

oyendo decir: "Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia,

que la inclinación a comer no enciende en sus corazones desmesurados

deseos, y sólo tienen el hambre que es razonable."

[83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion

con una nube, llenos de vino, intentaron robar la esposa

de Piritóo en medio del convite nupcial, por lo cual Teseo

los mató. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de

caballo.

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOQUINTO_

Era la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues el sol había

dejado el círculo meridional al Tauro, y la noche al Escorpión: por lo

cual, así como el hombre a quien estimula el aguijón de la necesidad,

no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de

igual suerte entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante

de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a separarse a

los que la suben. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas deseosa

de volar, y no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega nuevamente,

lo mismo hacía yo llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se

inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que

se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado

Padre no dejó de decirme:

--Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.

Entonces abrí la boca con seguridad, y empecé a decir:

--¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?

--Si te acordaras de cómo se consumió Meleagre al consumirse un

tizón--respondió--, no te sería ahora tan difícil comprender esto; y

si considerases cómo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del

espejo, te parecería blando lo que te parece duro. Mas para que tu

deseo quede satisfecho, aquí tienes a Estacio, a quien pido y suplico

que sea el médico de tus heridas.

--Si estando tú presente, le descubro los arcanos de la eterna

justicia--respondió Estacio--, sírvame de disculpa el no poder negarte

nada.

Luego empezó diciendo:

--Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darán

luz sobre el punto de que hablas. La sangre más pura, que nunca es

absorbida por las sedientas venas y que sobra, como el resto de los

alimentos que se retiran de la mesa, adquiere en el corazón una virtud

tan apta para formar todos los miembros humanos, como la que tiene para

transformarse en ellos la que va por las venas. Todavía más depurada,

desciende a un punto que es mejor callar que nombrar, de donde se

destila después sobre la sangre de otro ser en vaso natural. Aquí se

mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la impresión, la otra a

producirla por efecto de la perfección del lugar de que procede; y

apenas están juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar,

coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unírsele

como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de

una planta, pero con la diferencia de que aquélla está en vías de

formación, mientras que la otra ha llegado ya a su término, continúa

obrando de tal modo, que luego se mueve y siente como la esponja

marina, y en seguida emprende la organización de las potencias, de la

cual es el germen. Hijo mío, la virtud que procede del corazón del

padre, y desde la cual atiende la naturaleza a todos los miembros, ora

se ensancha, y ora se prolonga; mas no ves todavía cómo el feto, de

animal pasa a ser racional: este punto es tal, que uno más sabio que tú

incurrió con su doctrina en el error de separar del alma el intelecto

posible, porque no vió que éste tuviese ningún órgano especial adecuado

a sus funciones. Abre tu corazón a la verdad que te presento, y sabe

que, en cuanto está concluído el organismo del cerebro del feto, el

Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la

naturaleza, y le infunde un nuevo espíritu, lleno de virtud, que atrae

a su substancia lo que allí encuentra de activo, y se convierte en

un alma sola, que vive, y siente, y se refleja sobre sí misma: a fin

de que te causen menos admiración mis palabras, considera el calor

del Sol, que se transforma en vino, uniéndose al humor que sale de la

vid. Cuando Laquesis no tiene ya lino, el alma se separa del cuerpo,

llevándose virtualmente consigo sus potencias divinas y humanas:

todas las facultades sensitivas quedan como mudas; pero la memoria,

el entendimiento y la voluntad son en su acción mucho más sutiles que

antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente por sí misma a una

de las orillas, donde conoce el camino que le está reservado. En cuanto

se encuentra circunscrita en él, la virtud informativa irradia en

torno, del mismo modo que cuando vivía en sus miembros; y así como el

aire, cuando el tiempo está lluvioso, se presenta adornado de distintos

colores por los rayos del Sol que en él se reflejan, de igual suerte el

aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que

está allí detenida; y semejante después a la llama que sigue en todos

sus movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espíritu. Por

fin, como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y

en esa forma organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la

vista. En virtud de este cuerpo aéreo hablamos, reímos, derramamos

lágrimas y suspiramos, como habrás podido observar por el monte. Según

como los deseos y los demás afectos nos impresionan, la sombra toma

diferentes figuras: tal es la causa de lo que te admira.

Habíamos llegado ya al círculo de la última tortura, y nos dirigíamos

hacia la derecha, cuando llamó nuestra atención otro cuidado. Allí

la ladera de la montaña lanza llamas con ímpetu hacia el exterior, y

la orilla opuesta del camino da paso a un viento que, dirigiéndose

hacia arriba, la rechaza y aleja de sí. Por esta razón nos era preciso

caminar de uno en uno por el lado descubierto del camino, de modo

que si, por una parte, me causaba temor el fuego, por otra temía

despeñarme. Mi Jefe decía:

--En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco

bastaría para dar un mal paso.

Entonces oí cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summæ Deus

clementiæ"[84]; lo cual excitó en mí un deseo no menos ardiente de

volverme, y vi a varios espíritus andando por la llama: yo les miraba,

pero fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los

míos. Después de la última estrofa de aquel himno, gritaron en voz

alta: "Virum non cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en

voz baja. Terminado el himno, gritaron aún: "Diana corrió al bosque, y

arrojó de él a Hélice, que había gustado el veneno de Venus." Repetían

su canto, y citaban después ejemplos de mujeres y maridos que fueron

castos, como lo exigen la virtud y el matrimonio. Y de este modo, según

creo, continuarán durante todo el tiempo que los abrase el fuego; pues

con tal remedio y tales ejercicios ha de cicatrizarse la última llaga.

[84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines

del Sábado, y que cantan las almas que se purifican del vicio

de la lujuria, porque en él se pide a Dios la pureza.

[85] Palabras dichas por María al arcángel San Gabriel. Dante

continúa haciendo citar a las almas ejemplos contrarios a los

vicios de que se purifican. Enumeran los ejemplos en alta voz,

porque con ellos las almas se reprenden a sí mismas: el himno

lo cantan en voz baja, como una oración que dirigen a Dios.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOSEXTO_

Mientras que uno tras otro íbamos por el borde del camino, el buen

Maestro decía muchas veces: "Mira, y ten cuidado, pues ya estás

advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol, que irradiando por todo

el Occidente, cambiaba en blanco su color azulado. Con mi sombra hacía

parecer más roja la llama, y aquí también vi muchas almas que, andando,

fijaban su atención en tal indicio. Con este motivo se pusieron a

hablar de mí, y empezaron a decir: "Parece que éste no tenga un cuerpo

ficticio." Después se cercioraron, aproximándose a mí cuanto podían,

pero siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran.

--¡Oh tú, que vas en pos de los otros, no por ser el más lento, sino

quizá por respeto!, respóndeme a mí, a quien abrasan la sed y el fuego.

No soy yo el único que necesita tu respuesta, pues todos éstos tienen

mayor sed, que deseo de agua fresca el Indio y el Etíope. Dinos: ¿cómo

es que formas con tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no

hubieras caído aún en las redes de la muerte?

Así me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habría explicado en

el acto, si no hubiese atraído mi atención otra novedad que apareció

entonces. Por el centro del camino inflamado venía una multitud

de almas con el rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo

contemplarlas asombrado. Por ambas partes vi apresurarse todas las

sombras, y besarse unas a otras, sin detenerse, y contentándose con tan

breve agasajo; semejantes a las hormigas, que en medio de sus pardas

hileras, van a encontrarse cara a cara, quizá para darse noticias de su

viaje o de su botín. Una vez terminado el amistoso saludo, y antes de

dar el primer paso, cada una de ellas se ponía a gritar con todas sus

fuerzas, las recién llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las otras: "En la

vaca entró Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria." Después,

como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes Rifeos, y

parte hacia las ardientes arenas, huyendo éstas del hielo, y aquéllas

del Sol, así unas almas se iban y otras venían, volviendo a entonar

entre lágrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que más

necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a mí las mismas almas que

me habían preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces

había visto su deseo, empecé a decir:

--¡Oh almas seguras de llegar algún día al estado de paz! Mis miembros

no han quedado allá verdes ni maduros, sino que están aquí conmigo, con

su sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no

ser ciego nunca más: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para

mí esta gracia por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal.

Pero decidme, ¡así se logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja

el cielo que está más lleno de amor y por más ancho espacio se dilata!

Decidme, a fin de que yo pueda ponerlo por escrito, ¿quiénes sois, y

quién es aquella turba que se va en dirección contraria a la vuestra?

No de otra suerte se turba estupefacto el montañés, y enmudece absorto,

cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareció turbarse

cada una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual

se calma pronto en los corazones elevados, empezó a decirme la que

anteriormente me había preguntado:

--¡Dichoso tú, que sacas de nuestra actual mansión experiencia para

vivir mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el

pecado por el que César, en medio de su triunfo, oyó que se burlaban

de él y le llamaban reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;"

y reprendiéndose a sí mismos, como has oído, añaden al fuego que

les abrasa el que les produce su vergüenza. Nuestro pecado fué

hermafrodita; pero no habiendo observado la ley humana, y sí seguido

nuestro apetito al modo de las bestias, por eso, al separarnos de los

otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de aquélla, que se

bestializó en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras acciones y el

delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres conocer quiénes

somos, ni sabré decírtelos, ni tengo tiempo para ello. Satisfaré, sin

embargo, tu deseo diciéndote el mío: soy Guido Guinicelli, que me

purifico ya por haberme arrepentido antes de mi última hora.

Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las

tristes iras de Licurgo, así me lancé yo, pero sin atreverme a tanto,

cuando escuché nombrarse a sí mismo a mi padre, y al mejor de todos

los míos que jamás hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin oír

hablar, anduve pensativo largo trecho, contemplándolo, aunque sin poder

acercarme más a causa del fuego. Cuando me harté de mirarle, me ofrecí

de todo corazón a su servicio con aquellos juramentos que hacen creer

en las promesas. Me contestó:

--Dejas en mí, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que

el Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han

jurado la verdad, dime, ¿cuál es la causa del cariño que me demuestras

en tus frases y en tus miradas?

Le contesté:

--Vuestras dulces rimas, que harán preciosos los manuscritos que las

contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.

--¡Oh hermano!--replicó--; éste que te señalo con el dedo[86] (e

indicó un espíritu que iba delante de él), fué mejor obrero en su

lengua materna. Sobrepujó a todos en sus versos amorosos y en la

prosa de sus novelas; y deja hablar a los necios, que creen que el

Lemosín[87] es mejor que él; prestan más atención al ruido que a la

verdad, y así forman su juicio antes de dar oídos al arte o la razón.

Lo mismo hicieron muchos de los antiguos con respecto a Guittone,

colocándole, merced a sus gritos, en el primer lugar, hasta que lo ha

vencido la verdad con los méritos adquiridos por otras personas. Ahora,

si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro donde

Cristo es abad del colegio, díle por mí del "Padre nuestro" todo lo

que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no

tenemos el poder de pecar.

[86] Arnaldo Daniel, célebre poeta provenzal del siglo XII,

celebrado por Petrarca como gran maestro de amor y como el

primer poeta en lengua vulgar. Escribió novelas caballerescas

en prosa.

[87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges.

Luego, tal vez para hacer sitio a otro que venía en pos de él,

desapareció entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del

agua. Yo me adelanté un poco hacia el que me había designado, y le dije

que mi deseo preparaba a su nombre una grata acogida: él empezó a decir

donosamente:

--Me complace tanto vuestra cortés pregunta, que ni puedo ni quiero

ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste,

mis pasadas locuras, y veo, contento, el día que en adelante me espera.

Ahora os ruego, por esa virtud que os conduce a lo más alto de la

escala, que os acordéis de endulzar mi dolor.

Después se ocultó en el fuego que les purifica.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_

La Divina Comedia · 第 16 / 28 段