--Endereza tus piernas, y levántate, hermano--repuso--; no te engañes:

como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido

comprender aquellas palabras evangélicas que dicen "neque nubent," bien

puedes ver por qué hablo así. Véte ya: no quiero que te detengas por

más tiempo; que tu permanencia aquí da treguas a mi llanto, con el que

acelero lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que

se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya

pervertido con su ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMO_

Mal resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para complacer a

aquel espíritu, retiré del agua, contra mi gusto, la esponja de la

curiosidad no saturada. Púseme en marcha, y mi Guía se encaminó por

los únicos parajes que había expeditos a lo largo de la escarpa del

monte, andando como quien va por una muralla pegado a los merlones;

porque aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal que

se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte

hacia fuera. ¡Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e

insaciable haces más presas que todas las demás fieras! ¡Oh Cielo, en

cuyas revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las

cosas y las condiciones humanas!, ¿cuándo vendrá el que haga huír a esa

loba?

Ibamos caminando con pasos lentos y contados, y yo ponía toda

mi atención en las sombras, escuchándolas piadosamente llorar y

lamentarse; cuando por ventura oí exclamar con dolorida voz, semejante

a la de una mujer próxima a su alumbramiento: "¡Dulce María!" Y en

seguida: "Fuiste tan pobre como se puede ver por aquel establo donde

depusiste tu santo fruto." A continuación oí: "¡Oh buen Fabricio!,

preferiste ser pobre y virtuoso, antes que poseer grandes riquezas

cayendo en el vicio." Estas palabras me eran tan agradables, que me

adelanté para conocer el espíritu de quien al parecer procedían. Este

seguía hablando de los donativos que hizo Nicolás a las doncellas para

conducir su juventud por la senda del honor.[73]

[73] San Nicolás, obispo de Mira, dotó a tres doncellas que

a causa de su pobreza se veían en peligro de llevar una vida

deshonesta.

--¡Oh alma, que recuerdas tan benéficas acciones! Dime quién fuiste--le

pregunté--, y por qué eres la única que reitera esas dignas alabanzas.

Tus palabras no quedarán sin recompensa, si vuelvo al mundo para

concluir el corto camino de aquella vida que vuela a su término.

--Te lo diré--me contestó--, no porque espere consuelo alguno que

proceda de allá, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber

muerto. Yo fuí raíz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la

tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se coge en ella ningún

fruto bueno. Pero si Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto

tomarían venganza; y yo se la pido a Aquél que lo juzga todo. En el

mundo me llamé Hugo Capeto: de mí descienden los Felipes y los Luises,

que en estos últimos tiempos rigen la Francia. Hijo fuí de un carnicero

de París. Cuando faltaron los antiguos reyes, salvo uno que se revistió

de paños grises, empuñé las riendas del gobierno del reino, y en

mi nueva posición adquirí tal poder y tantos amigos, que la corona

vacante fué colocada en la cabeza de mi hijo, en quien comienza la

estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran adquisición

de los Estados provenzales no quitó la vergüenza a mi familia, ésta

valió poco, mas en cambio no hizo daño; pero allí dió principio a sus

rapiñas, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse,

usurpó el Ponthieu, la Normandía y la Gascuña. Carlos fué a Italia,

y para enmendarse, hizo una víctima de Conradino, y después envió al

Cielo a Tomás, también para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano,

en que saldrá de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a sí

mismo y a los suyos.[74] Sale de ella sin armas, y sólo con la lanza

con que luchó Judas; y la maneja de modo que abre con ella y vacía

el vientre de Florencia. En esta ocasión no adquirirá comarcas, sino

pecados y oprobio, tanto más gravosos para él, cuanto más leve le

parezca semejante daño. Veo al otro que ya salió, y cayó prisionero

en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como hacen los

corsarios con sus esclavas. ¡Oh avaricia! ¿Qué más puedes hacer, cuando

te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia

carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a

la flor de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona

de su vicario, véole otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la

hiel y vinagre, y le veo morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel

al nuevo Pilatos, que no le basta eso, y sin dictar sentencia, lleva

hasta el templo sus codiciosos deseos. ¡Oh Señor mío! ¿Cuándo tendré

la dicha de contemplar la venganza que, oculta en tus arcanos, te hace

agradable tu ira? En cuanto a lo que yo decía de la única Esposa del

Espíritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia mí para obtener

alguna explicación, te diré que esto forma parte de nuestras oraciones

durante el día; mas luego que anochece, recitamos en su lugar ejemplos

contrarios. Entonces recordamos a Pigmalión, a quien su pasión por el

oro hizo traidor, ladrón y parricida; y la miseria del avaro Midas,

consecuencia de su petición desmesurada, que será siempre motivo de

burla. Recuérdese también al insensato Acham, y cómo robó los despojos

del enemigo, de suerte que aun aquí parece que le persiga la ira de

Josué. Después acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que

pisotearon a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre

de Polinéstor, que mató a Polidoro. Por último, gritamos: "¡Oh Craso!

Dinos, pues no lo ignoras, qué sabor tiene el oro." A veces hablamos

unos en alta voz, otros en voz baja, según la afección que a ello nos

estimula con más o menos fuerza. Por lo demás, no era yo sólo quien

antes recordaba los buenos ejemplos de que nos ocupamos durante el día;

pero no había cerca de aquí otro que levantara la voz.

[74] Carlos de Valois. El destierro de Dante provino

principalmente de la ida de este príncipe a Florencia, enviado

por el papa Bonifacio VIII en calidad de mediador entre los

dos partidos en que estaba dividida la ciudad.

Nos habíamos separado ya de aquel espíritu, y procurábamos avanzar por

el camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como

si se hundiera; por lo cual me sobrecogió un frío, sólo comparable

al que siente aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan

fuertemente Delos, antes que Latona anidase en ella para dar a luz los

dos ojos del Cielo.[75] Después resonó por todos los ámbitos de la

montaña tal grito, que el Maestro se acercó a mí diciendo:

--No vaciles, mientras yo te guíe.

[75] Cuéntase que la isla de Delos, en el Archipiélago,

temblaba y se movía, hasta que Latona, refugiándose en ella,

dió a luz a Apolo y Diana, representados por la Mitología en

el Sol y la Luna, que Dante llama aquí los dos ojos del Cielo.

"Gloria in excelsis Deo," decían todos, según comprendí por las voces

que salían de los puntos cercanos, desde donde era posible oirlas.

Nos quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera

vez oyeron aquel canto, hasta que cesó el temblor, y acabó el himno.

Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que

yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado

llanto. Si la memoria no me es infiel, jamás la ignorancia de una cosa

incitó con tanto empeño mi deseo de saber, como entonces, pensando en

lo ocurrido: y como, por la premura de nuestra marcha, no me atreví a

preguntar, ni por mí mismo podía comprender nada, caminaba tímido y

pensativo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOPRIMERO_

Me atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella

agua que pidió como gracia la joven samaritana; excitábame la prisa de

seguir a mi jefe por el obstruído sendero, y me afligía el espectáculo

del justo castigo. En esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo

a dos hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro, así

se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros mirando a sus

plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella, cuando

nos dirigió la palabra diciéndonos:

--Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.

Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que

convenía a aquel saludo. Después le dijo:

--¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de

verdad que me relega a un destierro perpetuo!

--¡Cómo!--exclamó el espíritu--; ¿pues por qué vais tan de prisa, si

sois sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quien os ha

guiado hasta aquí por su escala?

Mi Doctor contestó:

--Si miras las señales que lleva éste y trazas al Angel, podrás ver que

tiene el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila

de noche y de día no había terminado aún la husada que le corresponde,

y que Cloto prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es

hermana tuya y mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede

ver como nosotros. Por esta razón fuí yo sacado de la vasta garganta

del Infierno para enseñarle el camino, y se lo enseñaré hasta donde

mi ciencia pueda guiarle. Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué

dió antes el monte tales sacudidas, y por qué hasta en sus húmedos

fundamentos parecían gritar a la vez todas las almas?

Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó como en una aguja con el ojo de

mi deseo, de tal suerte, que bastó la esperanza para mitigar mi sed de

saber. Aquél empezó de esta manera:

--Nada sucede en la religiosa montaña, que esté fuera del orden o del

uso establecido. Este sitio está libre de toda conmoción; y la que

habéis sentido sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe

digno de sí mismo, y no de otra causa. Porque no llueve, ni graniza,

ni nieva, ni cae escarcha ni rocío más acá de la puerta de las tres

pequeñas gradas. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni se ven

relámpagos, ni a la hija de Taumante, que allá abajo cambia con

frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a mayor altura de

la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas

el vicario de Pedro. Quizá temblará el monte poco o mucho más abajo

de allí; pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en

qué consiste que aquí no ha temblado nunca. Unicamente se estremece

cuando algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para

subir, acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es

la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándole

en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo

ineficaz de subir al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de

satisfacer a la justicia divina, pues ésta le impone por el castigo el

mismo afán que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansión de

dolor más de quinientos años, no he tenido hasta este momento la libre

voluntad de pasar a otra mejor: por eso has sentido el terremoto, y a

los piadosos espíritus alabando por la montaña a aquel Señor, que los

admitirá pronto en su seno.

Así habló; y como el hombre goza tanto más en beber, cuanta mayor sed

tiene, no sabré decir el contento que me dió. Mi sabio Guía le dijo:

--Ahora veo la red en que estáis prendidos, y de qué manera os libráis

de ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis.

Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste, y por qué has

estado tendido durante tantos siglos: permíteme que lo deduzca de tus

palabras.

--En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo

Rey, vengó las heridas por donde salió la sangre que había vendido

Judas--respondió aquel espíritu--, estaba yo allá abajo llevando el

nombre que más dura y honra más, bastante famoso, pero todavía sin

fe. Fué tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo

a sí Roma, donde merecí que coronaran de mirto mis sienes. Aun me

llama Estacio la gente que allí vive: canté a Tebas, y después al gran

Aquiles; pero caí en el camino llevando mi segunda carga. Encendieron

mi ardor las chispas de la divina llama que han inflamado a más de mil.

Hablo de la "Eneida," la cual fué mi madre y mi nodriza en poesía: nada

escribí sin ella que tuviera el menor peso; y pasaría gustoso un año

más en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo cuando vivió

Virgilio.

Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí, con un

ademán, que tácitamente decía: "Cállate;" pero la voluntad no lo puede

todo; porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de que

proceden, que en los hombres más sinceros se manifiestan sin querer:

así es que yo me sonreí, como quien muestra estar en inteligencia con

otro; por lo cual la sombra se calló, y me miró a los ojos, que es

donde más se refleja el pensamiento.

--¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu grande obra!--dijo--; más

¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?

Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro

me pedía que hablase; por lo cual suspiré, y fuí comprendido.

--Puedes hablar sin temor--me dijo mi Maestro--; habla y dile lo que

pregunta con tanto empeño.

Contesté, pues:

--Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa; pero quiero

causarte mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es

aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los

actos de los hombres y de los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía

otra causa, deséchala como errónea, que sólo procedía de las palabras

que pronunciaste con respecto a él.

Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero

éste le dijo:

--Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.

Y él, levantándose, contestó:

--Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me

inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un

cuerpo sólido.

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOSEGUNDO_

Ya el ángel se había quedado detrás de nosotros; el ángel que nos

dirigió hacia el sexto círculo, después de haber borrado una de las

manchas de mi frente; y nos había dicho que son bienaventurados los que

cifran sus deseos en la justicia, pero su voz expresó esta sentencia

con la palabra "sitiunt" sin pronunciar la otra. Yo andaba por allí

más ligero que por las otras aberturas, de modo que sin ningún trabajo

seguía hacia arriba a los veloces espíritus. Entonces Virgilio empezó a

decir:

--El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con

tal que su llama se dé a conocer. Desde la hora en que Juvenal bajó

entre nosotros al Limbo del Infierno, y me manifestó tu afecto hacia

mí, mi benevolencia para contigo fué la mayor que sentirse puede por

una persona a quien no se ha visto nunca: así es que ahora me parecen

cortas estas escaleras. Pero dime, y, como amigo, perdona si la

demasiada confianza afloja el freno de mi lengua, en el concepto de

que también deseo que como amigo me hables: ¿cómo pudo encontrar la

avaricia un lugar en tu corazón, a pesar del recto sentido que con tu

diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto grado?

Estas palabras hicieron sonreír desde luego a Estacio; después

respondió:

--Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces,

en efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas

presunciones, porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees,

según me prueba tu pregunta, que yo fuí avaro en la otra vida, quizá

por haberme visto en el círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que

la avaricia estuvo muy lejos de mí, y que mis excesos en contrario han

sido castigados por millares de lunas. Y si no hubiera sido porque me

apliqué el oportuno remedio, cuando medité los versos en que exclamas,

casi irritado contra la humana naturaleza: "¡Oh execrable hambre del

oro!, ¿adónde no conduces al insaciable apetito de los mortales?," me

vería dando vueltas por el círculo donde se lanzan pesos. Entonces

calculé que, por abrir demasiado las alas, podían llegar a gastarse mis

manos, y me arrepentí tanto de aquél como de los otros males. ¡Cuántos

resucitarán con los cabellos rapados, por la ignorancia en que están

de que la prodigalidad sea un pecado, y que les impide arrepentirse,

ya durante su vida, ya en el término de ella! Y sabe que la culpa

diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente con el

mismo pecado: así es que si he permanecido purificándome entre los que

lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.

El Cantor de las "Bucólicas" dijo entonces:

--Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de

Yocasta, no creo, a juzgar por los acentos en que Clío te hizo

prorrumpir, que te contase entre los suyos la Fe, sin la cual no basta

obrar bien. Si así es, ¿qué sol o qué luz ha disipado tus tinieblas de

tal modo, que te permitiera elevar tus velas hacia el Pescador?

Y el otro contestó:

--Tú me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego

me iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el

que camina de noche llevando tras de sí una luz, que a él no le sirve,

pero alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se

renueva, vuelve la justicia con los primeros tiempos del género humano,

y una nueva progenie desciende del cielo." Por ti fuí poeta, por ti

cristiano; mas para que veas mejor lo que te pinto, extenderé las manos

a fin de darle más colorido. Ya estaba el mundo lleno de la verdadera

creencia, sembrada por los mensajeros del eterno reino, y tus palabras,

antes citadas, concordaban con la doctrina de los nuevos apóstoles; por

lo cual yo me acostumbré a visitarlos: después me parecieron rodeados

de tal santidad, que cuando Domiciano los persiguió, corrieron mis

lágrimas mezcladas con las suyas. Mientras viví, les socorrí; sus

rectas costumbres me hicieron despreciar todas las otras sectas, y

antes que, en mi poema, condujese a los griegos ante los ríos de Tebas,

había recibido el bautismo; pero por miedo fuí cristiano en secreto,

y durante largo tiempo me mostré pagano. Esta timidez me ha hecho

recorrer el cuarto círculo durante más de cuatro siglos. Y ahora, pues

tenemos más tiempo del que necesitamos para subir por nuestro camino,

dime tú, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano bien,

dónde están nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrón, si es

que lo sabes. Dime si están condenados y en qué círculo.

--Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos--respondió mi Guía--,

estamos en el primer círculo de la ciega prisión con aquel Griego[76]

a quien lactaron las Musas más que a otro alguno: muchas veces hablamos

del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Allí están

con nosotros Eurípides, Anacreonte, Simónides, Agatón, y otros muchos

griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú

cantaste, se ve allí a Antígona, a Deifila, Argía e Ismene, tan triste

como antes. Está también la que enseñó la Langía, la hija de Tiresias,

y Tetis, y Deidamia con sus hermanas.

[76] Homero.

Los dos poetas habían guardado silencio, mirando de nuevo con atención

en torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las

cuatro esclavas del día habían quedado atrás, y la quinta estaba en

el timón del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta,

cuando mi Guía dijo:

--Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla

del círculo, para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos hacer.

Esta costumbre fué nuestra guía, y emprendimos el camino sin titubear,

una vez que a ello asintió la otra alma virtuosa. Ellos iban delante

y yo detrás, solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la

inteligencia de la poesía. Pero pronto interrumpió tan dulce coloquio

la vista de un árbol, que encontramos en medio del camino, cargado de

manzanas olorosas; y así como el abeto, elevándose hacia el cielo,

va disminuyendo de rama en rama, aquél iba disminuyendo por su parte

inferior, con objeto, según creo, de que nadie suba a él. Por el lado

en que estaba cerrado nuestro camino, caía de la alta roca un agua

cristalina, que se esparcía por las hojas superiores.

Los dos Poetas se acercaron al árbol, cuando exclamó una voz entre

el follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Después dijo:

"María pensaba más en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que

en su boca que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas

se contentaron con el agua por toda bebida, y Daniel despreció los

manjares y adquirió la ciencia. El primer siglo fué tan bello como el

oro; el hambre hacía más sabrosas las bellotas, y la sed convertía en

néctar cualquier arroyuelo. En miel y langostas consistió el alimento

del Bautista en el Desierto: esto le da más gloria, y le hace tan

grande como lo patentiza el Evangelio."

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOTERCERO_

Mientras tenía mi vista fija en el verde follaje, como suele hacer

quien pierde el tiempo detrás de un pájaro, el que era para mí más que

un padre, decía:

--Hijo mío, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede debe

emplearse más útilmente.

Volví el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios,

los cuales hablaban tan bien, que escuchándolos no sentía en el andar

cansancio alguno; cuando se oyó cantar llorando: "Labia mea, Dómine,"

de un modo que hizo nacer en mí placer y dolor.

--¡Oh dulce Padre!, ¿qué es lo que oigo?--empecé a decir.

Y él dijo:

--Son las sombras, que van quizá deshaciendo el nudo de sus deudas.

Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien

no conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de

nosotros, pero con paso más rápido, una turba de espíritus, callados

y piadosos, que pasaban adelante mirándonos. Todos ellos tenían los

ojos hundidos y apagados, la faz pálida, y tan demacrada, que a través

de la piel se notaba la forma de los huesos. No creo que Erisictón se

viese reducido a una piel tan seca cuando más tuvo que temer el hambre.

Yo decía, pensando entre mí: "He aquí cómo debía estar la nación que

perdió a Jerusalén, cuando María llegó a devorar a su propio hijo."

Sus ojos parecían anillos sin piedras; los que en el rostro del hombre

leen Homo, hubieran conocido allí con facilidad la M[77]. ¿Quién

creería, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel salto de

agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo estaba

asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conocía la causa de

su demacración y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad

de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra, y me miró fijamente;

después de lo cual exclamó en alta voz:

--¿Qué gracia es ésta que se me concede?

[77] Algunos teólogos y predicadores místicos de la Edad Media

pretendían que Dios había escrito de propio puño las palabras

Homo Dei en el rostro humano. Como a causa de su flacura,

quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan hundidos en

la cabeza, claramente podía verse la M, formada por la nariz,

las cejas y las mejillas.

Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo

que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió

en mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el

de Forese.

--¡Ah!--me dijo--; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me

decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad

con respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no

pararé hasta que me lo digas.

--Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos

deseos de llanto--le respondí viéndole tan desfigurado--; pero dime,

por Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra

cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está

poseído de otro deseo.

Me contestó:

La Divina Comedia · 第 15 / 28 段