--¡Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante

Aquél que te hizo! Oirás cosas maravillosas si quieres seguirme.

--Te seguiré cuanto me está permitido--me contestó--; y si el humo

impide que nos veamos, el oído nos aproximará a falta de la vista.

Empecé, pues, de esta manera:

--Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he

llegado hasta aquí a través de las penas del Infierno. Y si Dios me ha

acogido en su gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por

un medio tan distinto de lo usual, no me ocultes quién fuiste antes de

morir, sino dímelo: dime también si voy bien por aquí hacia la subida,

y tus palabras nos servirán de guía.

--Fuí lombardo, y me llamé Marco: conocí el mundo; y amé aquella virtud

hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en

derechura por donde vas.

Así respondió, añadiendo después:

--Te suplico que ruegues por mí cuando estés arriba.

A lo que le contesté:

--Por mi fe te prometo que haré lo que me pides; pero me veo envuelto

en una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla,

más ahora se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he

oído en otra parte, me certifican un mismo hecho. El mundo está, pues,

exhausto de toda virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de

maldad; pero te ruego que me digas la causa, de modo que yo pueda verla

y mostrarla a los demás; pues unos la hacen depender del cielo, y otros

de aquí abajo.

Antes de contestar exhaló un profundo suspiro, que terminó en un ¡ay!

doloroso, y después dijo:

--Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que tú vienes de él.

Vosotros los vivos hacéis estribar toda causa en el cielo, como si

él imprimiera por necesidad su movimiento a todas las cosas. Si así

fuese, quedaría destruído en vosotros el libre albedrío, y no sería

justo que se retribuyera el bien con goces y alegrías, y el mal con

llanto y luto. El cielo inicia vuestros movimientos: no quiero decir

todos; pero, aunque así lo dijese, os ha dado luz para distinguir el

bien y el mal. Os ha dado también el libre albedrío, que aun cuando

se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo, después

lo vence todo, si persevera en el buen propósito. A mayor fuerza y a

naturaleza mejor estáis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea

vuestro espíritu, que no está bajo el dominio del cielo. Así pues,

si el mundo se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que

en vosotros debe buscarse, y ahora te lo probaré con toda veracidad.

Sale el alma de manos de su Creador, que la acaricia antes de que

exista, semejante al niño que entre el llanto y la risa balbucea; y

es entonces una simplecilla, que nada sabe, y solamente movida por el

instinto de la felicidad, se inclina gustosa hacia lo que la contenta

y regocija. Desde luego siente placer en los bienes más mezquinos;

pero en esto se engaña, y corre tras ellos, si no tiene guía o freno

que tuerza su inclinación. Por eso es necesario establecer leyes que

sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre

de la verdadera ciudad. Las leyes existen; pero ¿quién se cuida de su

cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede

rumiar, pero no tiene la pezuña hendida; por lo cual, viendo todo el

rebaño a su pastor cebarse únicamente en aquellos bienes de que él es

tan codicioso, se apacienta de lo mismo y no pide más. Bien puedes ver,

por esto, que en el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea

culpable, y no en que vuestra naturaleza esté corrompida. Roma, que

hizo bueno al mundo, solía tener dos soles, que hacían ver uno y otro

camino, el del mundo y el de Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido

al otro, y la espada se ha unido al báculo pastoral: así juntos, por

fuerza deben ir las cosas de mala manera; porque estando unidos, no se

temen mutuamente. Si no me prestas crédito, pon mientes en la espiga;

pues toda hierba se conoce por su semilla. En el país que bañan el Po

y el Adigio solía encontrase valor y cortesía, antes de que Federico

tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a aquellas

provincias por vergüenza de hablar con hombres probos, puede pasar por

ellas, seguro de que no hallará ninguno. Bien es verdad que aun existen

allí tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna, y

les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son éstos Conrado

de Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman

al estilo francés el lombardo sencillo. En el día la Iglesia de Roma,

para confundir en sí dos gobiernos, cae en el lodo ensuciándose a sí

misma y a su carga.

--¡Oh Marco mío!--dije yo--; razonas bien: y ahora comprendo por qué

fueron excluídos de heredar los hijos de Leví. Pero ¿qué Gerardo es ése

a quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es

un reproche para este siglo salvaje?

--O tus palabras me engañan, o me tientan--respondióme--; porque,

a pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen

Gerardo. Yo no le conozco ningún sobrenombre, a no ser que lo tome de

su hija Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros más. Mira el

albor que ya clarea, brillando a través del humo: me es preciso partir

antes de que aparezca el Angel que está allí.

Así dijo, y no quiso escuchar más.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOSEPTIMO_

Lector, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los Alpes, de

modo que no vieses a través de ella sino como el topo a través de la

membrana que cubre sus ojos, recuerda cuán débilmente penetra el globo

solar por entre los húmedos y densos vapores, cuando éstos empiezan a

enrarecerse, y tu imaginación podrá fácilmente figurarse cómo volví yo

a ver el Sol, que estaba ya próximo a su ocaso. Así pues, caminando al

igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la nube de humo a los rayos

luminosos, que ya se habían extinguido en la falda de la montaña.

¡Oh fantasía, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros

mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en

torno suyo! ¿Quién te anima cuando no recibes impresión alguna de los

sentidos? sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que

desciende por sí misma, o por la voluntad divina que nos la envía. En

mi imaginación aparecieron las huellas de la impiedad de aquélla, que

se transformó en el pájaro que más se deleita cantando. Entonces mi

espíritu se reconcentró tanto en sí mismo, que no llegaba hasta él

ninguna cosa exterior. Después descendió a mi exaltada fantasía la

imagen desdeñosa y fiera de un crucificado, a quien veía morir de aquel

modo. Junto a él estaban el grande Asuero, Esther su esposa, y el justo

Mardoqueo, que fué tan recto en sus obras y en sus palabras. Cuando se

desvaneció por sí misma aquella visión, como una burbuja a la que falta

el agua de que estaba formada, surgió a mi imaginación una doncella

que, llorando desconsolada, decía: "¡Oh Reina!, ¿por qué tu cólera

te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a Lavinia: sin

embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu pérdida antes

que la de otro."

Así como se interrumpe el sueño, cuando una nueva luz hiere de

improviso nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita

antes de morir enteramente, así terminaron mis visiones tan pronto

como me dió en el rostro una claridad mucho mayor de la que estamos

acostumbrados a ver. Me volví a uno y otro lado para examinar el sitio

en que me encontraba, cuando oí una voz que decía: "Por aquí se sube."

Aquella voz hizo que me olvidase de todo, y despertó en mí tan vivo

deseo de mirar quién era el que hablaba, que no habría descansado hasta

averiguarlo; pero me faltó allí la facultad de ver, como sucede cuando

el Sol nos deslumbra y se vela a nuestros ojos con el esplendor de sus

rayos.

--Este--me dijo mi Maestro--es un espíritu divino, que se oculta en

su propia luz, y que nos indica la vía para ir arriba, sin que se

lo roguemos. Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues

el que ve una necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara

malignamente a rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben

aprestarse a obedecer tan cortés invitación: apresurémonos, pues, a

subir antes que obscurezca, porque después no podríamos hacerlo hasta

la nueva aurora.

Así dijo mi Guía, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una

escalera: en cuanto estuve en la primera grada, sentí junto a mí como

un movimiento de alas, que aventaba mi rostro, y oí decir: "Beati

pacifici," que carecen de pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados

sobre nosotros los últimos rayos a quienes sigue la noche, que las

estrellas aparecían por muchas partes. "¡Oh valor mío!, ¿por qué así

me abandonas?," decía yo entre mí, sintiendo que me flaqueaban las

piernas. Nos encontrábamos donde concluía la escalera, y estábamos

parados, como la nave que llega a la playa: escuché un momento por si

oía algo en el nuevo círculo; y después, dirigiéndome hacia mi Maestro,

le dije:

--Dulce Padre mío, ¿qué ofensa se purifica en el círculo en que

estamos? Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras.

Me contestó:

--El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aquí se reintegra:

aquí se castiga al tardo remero. Para que lo entiendas más claramente,

dirige tu pensamiento hacia mí, y recogerás algún buen fruto de nuestra

detención. Hijo mío--empezó a decir--, ni el Creador, ni criatura

alguna carecieron jamás de amor, bien sea natural o racional, según

te consta. El natural no se equivocó nunca: el otro puede errar, por

dirigirse a un mal objeto, por exceso o por falta de fervor. Mientras

se dirige a los principales bienes, y se modera en su afecto a los

secundarios, no puede ser causa de censurable deleite; pero cuando se

inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor solicitud de la

que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador. De aquí

puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud, y

de toda acción que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede

nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas

están preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningún

ser creado pueda existir por sí solo, ni separado del Sér primero,

es imposible todo sentimiento que tienda a odiar a éste. Resulta,

pues, si mi deducción es lógica, que el mal que se desea es contra el

prójimo; y este amor nace de tres modos en vuestro frágil barro. Hay

quien espera elevarse sobre la ruina de su vecino, y sólo por esto

desea que se derrumbe desde la altura de su grandeza; hay quien teme

perder mando, gracia, honor y fama ante la elevación de otro, y esto

le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en fin, hay quien,

por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que arde en

sed de venganza, y únicamente piensa en hacer daño a su contrario. Este

triforme amor es el que hemos visto llorar en los círculos inferiores.

Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden

ni medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que

se recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si

vuestro amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este

círculo os da el debido castigo, aun después de vuestro arrepentimiento

en vida. Existe otro bien que no hace al hombre dichoso: no es la

felicidad, no es la buena esencia, el fruto y la raíz de todo bien.

El amor que se entrega demasiado a ese bien, se castiga en los tres

círculos superiores a éste; pero no te diré el modo cómo está hecha

esta división, a fin de que tú lo averigües.

[Ilustración]

_CANTO DECIMOCTAVO_

El gran doctor había terminado su razonamiento, y miraba atentamente a

mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo, que me sentía excitado

por una nueva sed, callaba exteriormente, pero decía en mi interior:

"Quizá le cansen mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que

adivinó el tímido deseo que no me atrevía a descubrir, hablando, me dió

aliento para hablar; por lo que le dije:

--Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne

claramente cuanto tu razón abarca o describe: por eso te ruego, dulce

y querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y

mala acción.

--Dirige hacia mí--me dijo--las penetrantes miradas de tu inteligencia

y te será manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guías.

El alma, que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia

todo lo agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse

en acción. Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie

de un objeto exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal

modo que induce a vuestro ánimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si

al hacerlo se abandona a él, ese abandono es amor, y ese amor es la

naturaleza que de nuevo se une a vosotros, por efecto del placer.

Después, así como el fuego se dirige hacia lo alto, a causa de su

forma, que ha sido hecha para subir allá donde más se conserva en su

materia primitiva, así también el alma apasionada se entrega al deseo,

que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la

cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cuánto se oculta la verdad

a los que afirman que todo amor tiene en sí algo de laudable, quizá

porque creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos

estampados en cera son buenos, por más que la cera lo sea.

--Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido--le respondí--,

me han descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de

nuevas dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las

cosas exteriores, sin que el alma proceda de otro modo, ésta no tendrá

ningún mérito en seguir un camino recto o tortuoso.

Respondióme:

--Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razón: respecto a lo

demás, espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda

forma substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo

está unida a ella, contiene una virtud que le es particular; la cual,

sin las obras, no se siente, ni se demuestra sino por los efectos, como

la vida de la planta por su verde follaje. El hombre ignora de dónde

proceden el conocimiento de las ideas primarias y el afecto a las cosas

que primeramente apetece, los cuales existen en vosotros como en las

abejas la inclinación a fabricar miel: en estos primeros deseos no

cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos se agregan todos los

demás deseos, es innata en vosotros la virtud que aconseja, y que debe

custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el principio de

donde sacáis la ocasión de contraer méritos, según que acoge o rechaza

los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al fondo de

las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al mundo

doctrinas morales. Supongamos, pues, que nazca por fuerza necesaria

todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenéis la potestad de

contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre

albedrío; y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello.

La Luna, que salió tarde y casi a media noche, hacía que nos parecieran

más escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corría

contra el cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante

de Roma le ve caer entre Córcega y Cerdeña; y la Sombra gentil, por

quien Piétola goza de más fama que la ciudad de Mantua, se hallaba

descargada del peso de mis preguntas: por lo cual yo, que había

recibido claras y sólidas razones con respecto a todas ellas, estaba

como el hombre que sorprendido por el sueño no piensa en nada. Pero

esta soñolencia me fué desvanecida de improviso por mucha gente que

avanzaba ya detrás de nosotros; y así como en otro tiempo el Ismeno y

el Asopo vieron correr de noche por sus orillas una muchedumbre furiosa

de tebanos para tener propicio a Baco, así avanzaban por aquel círculo,

según pude ver, los que eran estimulados por una buena voluntad y un

justo amor. En breve llegaron hasta nosotros; porque toda aquella gran

turba venía corriendo, y los dos de delante gritaban llorando: "María

se dirigió con suma celeridad a la montaña; y César, por subyugar a

Ilerda, voló a Marsella, y después pasó a España." "Pronto, pronto,

exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se pierda por poco

amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga reverdecer la

gracia."

--¡Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quizá la

negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien!

Este, que vive aún (y no os engaño), quiere ir allá arriba en cuanto el

Sol brille de nuevo: decidnos, pues, dónde está la subida.

Tales fueron las palabras de mi Guía; y uno de aquellos espíritus dijo:

--Ven tras de nosotros, y la encontrarás. Estamos tan deseosos de

avanzar, que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos

por justo castigo te parece una descortesía. Yo fuí abad en San Zenón

de Verona, durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todavía se

lamenta Milán. Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorará

por aquel monasterio, entristeciéndole el poder que allí tuvo; porque

en lugar de su verdadero pastor, ha puesto en él a un hijo suyo, malo

de cuerpo, peor aún del espíritu, y nacido de mal consorcio.

No sé si dijo más, o si se calló; tan lejos se encontraba ya de

nosotros; pero esto es lo que oí, y me pareció bien retenerlo en la

memoria. Y aquél que era el socorro de todas mis necesidades dijo:

--Vuélvete hacia aquí; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza.

Estos iban diciendo detrás de todos: "La nación por quien se abrió

el mar, murió antes de que sus descendientes viesen el Jordán;[68] y

aquella gente que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo

de Anquises, se ofreció por sí misma a una vida sin gloria."[69]

[68] El pueblo hebreo.

[69] Los troyanos.

En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que

ya no podíamos verlas, me asaltó una nueva idea, de la que nacieron

otras varias; y mi imaginación empezó a divagar de tal modo de una a

otra, que por alucinación cerré los ojos, y mi pensamiento se trocó

pronto en sueño.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMONONO_

A la hora en que el calor del día, vencido por la tierra y por Saturno

acaso, no puede ya templar el frío de la Luna; cuando los geománticos

ven, antes del alba, elevarse en Oriente "su mayor fortuna"[70] por

aquel camino que para ella permanece poco tiempo obscuro, se me

apareció en sueños una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos,

manca y de amarillento color. Yo la miraba; y así como el Sol reanima

los miembros entorpecidos por el frío de la noche, de igual suerte mi

mirada hacía expedita su lengua, y erguía su cuerpo en poco tiempo,

colorándole el marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la

lengua suelta, empezó a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera

podido separar mi atención de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce

Sirena, que distraigo a los marineros en medio del mar; tanto es el

placer que hago sentir. Con mi canto aparté a Ulises de su camino

inseguro; y el que conmigo se aviene, rara vez se va; de tal modo le

fascino." Aun no se había cerrado su boca, cuando apareció a mi lado

una mujer santa, pronta a confundirla: "¡Oh Virgilio, Virgilio! ¿Quién

es ésa?," decía con altivez; y él se acercaba con los ojos fijos

solamente en aquella honesta mujer. Cogió a la otra, y desgarrando

sus vestiduras, la descubrió por delante y me mostró su vientre. La

pestilencia que de él salía me despertó. Volví los ojos y el buen

Virgilio me dijo:

Lo menos te he llamado tres veces: levántate y ven; busquemos la

abertura por donde has de entrar.

[70] Los geománticos solían trazar figuras de puntos hechos

a la ventura, y cuando resultaba una parecida a la de las

estrellas que forman lo último del signo Acuario y el

principio del de Piscis, la llamaban su mayor fortuna.

Me levanté: todos los círculos del sagrado monte estaban ya inundados

por la luz del día, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra

espalda. Mientras le seguía, llevaba yo la frente como aquel a quien

abruman los pensamientos, que de sí mismo hace un arco de puente,

cuando oí decir: "Venid, por aquí se pasa." Estas palabras fueron

pronunciadas con un tono suave y benigno, como no se oye en esta región

mortal. Con las alas abiertas, que parecían de cisne, el que nos había

hablado así nos dirigió hacia arriba por entre las dos laderas del

áspero peñasco. Movió después sus plumas, y aventó mi frente, afirmando

que son bienaventurados "qui lugent," porque sus almas serán ricas de

consuelo.

--¿Qué tienes, que sólo miras hacia el suelo?--me preguntó mi Guía,

cuando estuvimos poco más arriba del Angel.

Y yo le contesté:

--Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visión reciente, la

cual me atrae hacia sí, de suerte que no puedo eximirme de pensar en

ella.

--¿Has visto--me dijo--la antigua hechicera, causante única del llanto

que más arriba de donde estamos se vierte? ¿Has visto cómo el hombre

puede desprenderse de ella? Bástete, pues, eso, y apresura el paso;

vuelve tus ojos al reclamo de las magníficas esferas, que hace girar el

Rey eterno.

Como el halcón, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del

cazador y tiende el vuelo, atraído por el deseo de la presa, lo mismo

hice yo, recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a

los que suben, sin detenerme hasta llegar al punto donde se camina

en redondo. Cuando hube salido al quinto círculo, vi algunas almas,

que lloraban tendidas en el suelo boca abajo; y las oí exclamar con

tan fuertes suspiros, que apenas se entendían las palabras: "Adhæsit

pavimento anima mea."[71]

[71] Palabras del salmo CXVIII, con las que aquellas almas

expresan el apego que tuvieron a los cosas terrenas.

--¡Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la

resignación y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas.

--Si venís libres de yacer aquí con nosotros, y queréis encontrar más

pronto la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera

del círculo.

Tal fué la súplica del Poeta, y tal la contestación que le dieron algo

más adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las

palabras cuál era el que había hablado: volví entonces los ojos hacia

mi Señor, quien con un gesto complaciente consintió en lo que pedía

la expresión de mi deseo. Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqué

a aquella criatura, que había llamado mi atención con sus palabras,

diciéndole:

--Espíritu, en quien el llanto madura la expiación, sin la cual no se

puede llegar hasta Dios, suspende un momento por mí tu mayor cuidado.

Dime quién fuiste, y por qué tenéis todos la espalda vuelta hacia

arriba, y si quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde

salí vivo.

Me respondió:

--Sabrás por qué ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia

él; pero antes "scias quod ego fui successor Petri."[72] Entre Sesti

y Chiavari se interna un hermoso río, de cuyo nombre toma origen el

título de mi sangre. Un mes y poco más pude experimentar cuán pesado es

el gran manto al que lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga

parece una pluma. Mi conversión ¡ay de mí! fué tardía; pero cuando

fuí elegido Pastor romano, conocí lo engañosa que es la vida. Vi que

ni aun allí reposaba el corazón, no siendo posible subir a más altura

en aquella vida mortal: así es que me inflamó el amor de la eterna.

Hasta entonces fuí una alma miserable, alejada de Dios, y completamente

avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo que hace la avaricia,

se manifiesta aquí con la pena que sufren las almas echadas boca abajo;

pena mas amarga que ninguna otra. Así como nuestros ojos, fijos en las

cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo modo la

justicia los sumerge aquí en el suelo. Así como la avaricia extinguió

en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron vanas

nuestras obras, así también la justicia nos tiene aquí oprimidos,

atados de pies y manos, e inmóviles y extendidos mientras plazca al

justo Señor.

[72] "Sabe que yo fuí sucesor de Pedro." Este es Ottobon de

Fieschi, conde de Lavagna, pontífice con el nombre de Adriano

V, que reinó un mes y nueve días: murió en 1276.

Yo me había arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el

espíritu advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me

dijo:

--¿Por qué te inclinas al suelo de ese modo?

Le contesté:

--Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.

La Divina Comedia · 第 14 / 28 段