Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el

tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no podía parecerme

obscuro. La hermosa criatura venía en nuestra dirección, vestida de

blanco, y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abrió los

brazos y después las alas, diciendo:

--Venid; cerca de aquí están las gradas, y puede subirse fácilmente por

ellas. ¡Qué pocos acuden a esta invitación! ¡Oh raza humana, nacida

para remontar el vuelo!, ¿por qué el menor soplo de viento te hace caer?

Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y allí agitó sus alas

sobre mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad mi camino.

Así como, para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha

y más arriba del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad[64], se

modera la rápida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro

tiempo, cuando estaban seguros los registros y las marcas oficiales,

así también aquí, de un modo semejante, se templa la aspereza de la

escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro círculo; pero

es preciso pasar rasando por ambos lados con las altas rocas. Mientras

nos internábamos en aquella angostura, oímos voces que cantaban "Beati

pauperes spiritu," de tal manera, que no podía expresarse con palabras.

¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aquí

se entra oyendo cánticos, y allá horribles lamentos. Subíamos ya por la

escalera santa, y me parecía ir más ligero por ella, que antes iba por

el camino llano; lo que me obligó a exclamar:

--Maestro, dime: ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir

apenas cansancio alguno?

[64] Florencia.

Respondióme:

--Cuando las P, que aún quedan en tu frente casi borradas, hayan

desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecerán tan

sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán

un placer en moverse.

Al oír esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben,

pero lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con

ayuda de la mano, la cual busca y encuentra, y desempeña el oficio que

no es posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano

derecha, sólo encontré seis de las letras que el Angel de las llaves

había grabado en mi frente; y al ver lo que yo hacía, se sonrió mi

Maestro.

[Ilustración]

_CANTO DECIMO TERCIO_

Habíamos llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se

adelgaza la montaña destinada a la purificación de los que suben por

ella. También allí la ciñe en derredor un rellano como el primero, sólo

que el arco de su circunferencia se repliega más pronto: en él no hay

esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el camino

presentan al desnudo el color lívido de la piedra.

--Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de

seguir--decía el Poeta--, temo que tardaremos mucho en decidirnos.

Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho

el centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.

--¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino!

Condúcenos--decía--como conviene ser conducido por este lugar. Tú das

calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre

de guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.

Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa

voluntad, un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando

sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que,

hablando, invitaban cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La

primera voz que pasó volando decía distintamente: "Vinum non habent!"

y se alejó, repitiéndolo por detrás de nosotros. Antes que dejara de

percibirse enteramente a causa de la distancia, pasó otra gritando: "Yo

soy Orestes;" y tampoco se detuvo.

--¡Oh Padre!--dije yo--; ¿qué voces son esas?

Y mientras esto preguntaba, oímos una tercera que decía: "Amad a los

que os han hecho daño." El buen Maestro me contestó:

--En este círculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas

del azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir

diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que

llegues al paso del perdón. Pero fija bien tus miradas a través del

aire, y verás algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose

todas a lo largo de la roca.

Entonces abrí los ojos más que antes; miré hacia delante, y vi sombras

con mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que

hubimos avanzado algo más, oí exclamar: "¡María, ruega por nosotros!"

"¡Miguel, y Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista

en la Tierra un hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasión

hacia lo que vi en seguida; pues cuando llegué junto a las almas, y

pude observar sus actos claramente, brotó de mis ojos un gran dolor.

Me parecían cubiertas de vil cilicio; cada cual sostenía a otra con la

espalda, y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos, a

quienes falta la subsistencia, se colocan en los Perdones, y solicitan

el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la

del otro, para excitar más pronto la compasión, no por medio de sus

palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del mismo modo

que el sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del Cielo no

quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus

párpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los

gavilanes salvajes para domesticarlos.

Mientras iba andando, me parecía inferir una ofensa, viendo a otros sin

ser visto de ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero.

Bien sabía él lo que quería significar mi silencio; así es que no

esperó mi pregunta, sino que me dijo:

--Habla, y sé breve y sensato.

Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde

se podía caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil: hacia mi

otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta

fuerza las lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con

ellas sus mejillas. Me dirigí a ellas y les dije:

--¡Oh gente segura de ver la más alta luz del cielo, único fin a que

aspira vuestro deseo! Así la gracia disipe pronto las impurezas de

vuestra conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro

el río de vuestra mente, decidme (que me será muy dulce y grato) si

entre vosotras hay algún alma que sea latina, a quien quizá podrá serle

útil que yo la conozca.

--¡Oh hermano mío!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera

ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que haya peregrinado en

vida por Italia.

Estas palabras creí percibir en respuesta a las mías, algo más

adelante del sitio en que me encontraba; por lo cual me hice oír de

nuevo más allá. Entre las demás sombras vi una que parecía estar a la

expectativa; y si alguien pregunta cómo podía insinuarse, le diré que

levantando en alto la barba, como hacen los ciegos.

--Espíritu--le dije--, que te abates para subir, si eres aquel que me

ha respondido, dame cuenta de tu país y de tu nombre.

--Yo fuí sienesa--respondió--, y estoy aquí con estos otros purificando

mi vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe

concedérsenos. No fuí sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me

alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no

creas que te engaño, oye si fuí tan necia como te digo. Descendía ya

por la pendiente de mis años, cuando mis conciudadanos se encontraron

cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo

mismo que El quería. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio

al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento,

que ningún otro puede igualársele. Mientras tanto elevaba al cielo mi

atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo

engañado en invierno por algunos días apacibles. Hacia el fin de mi

vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría comenzado a pagar mi

deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente

en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó de mí, movido

de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de esa suerte

de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas

respirando?

--También estarán mis ojos cosidos aquí--le dije--, pero por poco

tiempo; pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha

sido pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo;

pues ya siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que

allí están.

Ella me preguntó:

--¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees

volver abajo?

Contestéle:

--Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo

cual dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún

los pies mortales.

--¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída--repuso--, y una gran señal

de que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus

oraciones; y te suplico por aquello que más desees, que si vuelves a

pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes.

Los verás entre aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa

esperanza, más descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá;

pero los almirantes perderán más aún.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOCUARTO_

¿Quién es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de que la

muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y cierra los ojos según

su voluntad?

--Ignoro quién sea; pero sé que no va solo: pregúntale tú que estás más

próximo a él, y acógele con dulzura, de modo que le hagas hablar.

Así razonaban a mi derecha dos espíritus, apoyado uno contra otro:

después levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de

ellos:

--¡Oh alma que, encerrada aún en tu cuerpo, te encaminas hacia el

Cielo! Consuélanos por caridad, y dinos de dónde vienes y quién eres;

pues la gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que

produce una cosa que no ha existido jamás.

Yo les contesté:

--Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en

Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de

este río he recibido mi persona: deciros quién soy yo, sería hablar en

vano, porque mi nombre aún no es muy conocido.

--Si he penetrado bien tu entendimiento con el mío--me respondió el

que me había preguntado--, hablas del Arno.

Y el otro le dijo:

--¿Por qué oculta el nombre de aquel río, como se hace con una cosa

horrible?

Y la sombra a quien le preguntaban esto respondió como debía:

--No lo sé; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle;

porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que está

desprendido el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo

será más) hasta el punto en que restituye lo que el cielo ha sacado

del mar, a quien deben los ríos el caudal que va con ellos, todos

sus pobladores, enemistados con la virtud, la persiguen como a una

serpiente, ya sea por desventura del país, o ya por una mala costumbre

que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes de aquel mísero

valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los haya

apacentado. Aquel río lleva primero su débil curso por entre sucios

puercos, más dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para

uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, más

rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdén el

hocico. Va descendiendo, y cuanto más acrecienta su caudal, tanto más

encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada

fosa: bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las

engañosas zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar

de decirlo, aunque haya quien me oiga; y le convendrá a ése, con tal

que se acuerde de lo que un espíritu de verdad me revela. Veo a tu

sobrino, que se convierte en cazador cruel de aquellos lobos sobre

la orilla del feroz río, y a todos los atemoriza. Vende por dinero

su carne, aun estando viva: después los mata como si fuesen bueyes

viejos, y quita a muchos la vida y a sí mismo el honor. Ensangrentado

sale de la triste selva, dejándola de tal modo, que de aquí a mil años

no volverá a su estado primitivo[65].

[65] En los puercos, perros, lobos y zorras de que habla

en este párrafo ha simbolizado Dante respectivamente a los

casentinos, aretinos, güelfos florentinos y pisanos. El

cazador a que se alude es Fulcieri da Calboli, que, siendo

en 1302 potestad de Florencia, fué inducido por los Negros

a perseguir a los Blancos, a muchos de los cuales puso por

dinero en manos de sus enemigos.

Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha,

venga de donde quiera el peligro que le amenace, así vi yo turbarse y

entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo

recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de

la otra excitaban en mí el deseo de saber sus nombres: híceles entre

ruegos esta pregunta; por lo cual, el espíritu que antes me había

hablado repuso:

--Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres

hacer por mí; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia

en ti, no dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido

del Duca: de tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía

un hombre feliz, hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro.

Por eso ahora siego la mies de mi simiente.--¡Oh raza humana!, ¿por

qué pones tu corazón en lo que requiere una posesión exclusiva? Este

es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido

después ningún heredero de sus virtudes. Y no es sólo su descendencia

la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy

despojada de los bienes que entrañan la verdad y subliman el ánimo;

pues dentro de esos límites todo el terreno está cubierto de plantas

venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a meter en cultivo.

¿Dónde está el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y

Guido de Carpigna? ¡Oh, romañoles, raza bastardeada! ¿Cuándo nacerá

en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará raíces otro

Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante

semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar a Guido

de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico

Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi,

casas ambas que están hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no

te asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes

y agasajos que inspiraban amor y cortesía, allí donde han llegado a ser

tan depravados los corazones. ¡Oh Brettinoro! ¿por qué no desapareciste

cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no

ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el

contrario, hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empeña en procrear

tales condes. Los Pagani se portarán bien cuando huya el Demonio; pero

no tanto que consigan dejar de sí un recuerdo puro. ¡Oh Ugolino de

Fantoli!, tu nombre está bien seguro; pues no es de esperar que haya

quien, degenerando, pueda obscurecerlo. Pero déjame, ¡oh Toscano!; que

ahora me son más gratas las lágrimas que las palabras: tanto es lo que

me ha oprimido la mente nuestra conversación.

Sabíamos que aquellas almas queridas nos oían andar; y pues que

callaban, debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que

andando nos encontramos solos, llegó directamente a nosotros una

voz, que hendió el aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre

debe darme la muerte;" y huyó como el trueno que se aleja, cuando

de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oirla, percibimos

otra, la cual retumbó con gran estrépito, semejante al trueno que

sigue inmediatamente al relámpago: "Yo soy Aglauro, que me convertí en

piedra." Entonces, para unirme más al Poeta, dí un paso hacia atrás y

no hacia adelante. Ya se había calmado el aire por todas partes, cuando

él me dijo:

--Aquel fué el duro freno que debería contener al hombre en sus

límites; pero mordéis tan fácilmente el cebo, que os atrae con su

anzuelo el antiguo adversario, sirviendoos de poco el freno o el

reclamo. El cielo os llama y gira en torno vuestro mostrándoos sus

eternas bellezas, y sin embargo, vuestras miradas se dirijen hacia la

Tierra; por lo cual os castiga Aquél que lo ve todo.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOQUINTO_

Caminando ya el Sol hacia la noche, parecía quedarle por recorrer

tanto espacio como el que media entre el principio del día y el punto

donde aquel señala el término de la hora de tercia en la esfera, que,

cual niño inquieto, se mueve continuamente: allí era ya la tarde, y

aquí media noche. Los rayos solares nos herían de lleno en el rostro,

porque habíamos dado tal vuelta en derredor de la montaña, que

íbamos directamente hacia el Ocaso; cuando sentí que el resplandor

deslumbraba mis ojos mucho más que antes; y siéndome desconocida la

causa, me quedé estupefacto: levanté las manos, y me formé con ellas

una sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el

exceso de luz. Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo

luminoso, elevándose al lado opuesto de idéntica manera que desciende,

y desviándose por ambas partes a igual distancia de la caída de la

piedra, según demuestran la experiencia y el arte, así me pareció ser

herido por una luz que delante de mí se reflejaba; por lo cual aparté

de ella presurosamente los ojos.

--¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga,

resguardar mi vista--dije--, y que parece venir hacia nosotros?

--No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todavía--me

respondió--: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que

suba. En breve, no sólo podrás contemplar estas cosas sin molestia,

sino que te serán tanto más deleitables, cuanto más dispuesta se halle

tu naturaleza a sentirlas.

Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo:

"Entrad por aquí a una escalera, que es menos empinada que las otras."

Subíamos ya, dejando en pos de nosotros aquel círculo, cuando oímos

cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocíjate tú que

vences." Mi maestro y yo ascendíamos solos, y yo pensaba entretanto

sacar provecho de sus palabras; por lo que, dirigiéndome a él, le

pregunté:

--¿Qué quiso decir el espíritu de la Romanía al hablar de lo que

requiere una posesión exclusiva?

Respondióme:

--Ahora conoce el daño que causa su principal pecado: así, pues, no

debes admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar

por él; porque si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan

disminuirse dando a otros participación en ellos, la envidia excita

vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera

dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no abrigaríais tal temor en

vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí "lo nuestro," tanto mayor

es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto.

--Menos contento estoy que si me hubiese callado--dije--; y ahora

ofuscan más dudas mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuído

entre muchos haga más ricos a sus poseedores, que poseyéndolo unos

pocos?

A lo que me contestó:

--Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces

obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien

infinito e inefable que está arriba, se lanza hacia el amor, como un

rayo de luz a un cuerpo fúlgido, comunicándose tanto más cuanto mayor

es el ardor que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la

caridad a medida que ésta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor número

de almas se dirigen a él, tanto más amor hay allá arriba, y más allí se

ama, reflejándose este amor de una a otra alma como la luz entre dos

espejos. Si no te satisfacen mis razones, ya verás a Beatriz, y ella

acallará por completo ese deseo y cualquier otro que tengas. Avanza,

pues, para que pronto desaparezcan, como ya han desaparecido dos, esas

cinco señales, que sólo se borran por medio de lágrimas.

Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observé que habíamos

llegado al otro círculo; por lo cual, ocupado en pasear por él

mis anhelantes miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era

súbitamente arrebatado en éxtasis, y que veía un templo con muchas

personas, y una mujer a la entrada exclamando, en la dulce actitud de

una madre: "Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu Padre

y yo te buscábamos angustiados." Cuando se calló, desapareció lo que

antes se me había aparecido. Después se ofreció a mi vista otra, por

cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor, cuando

procede de un gran despecho contra otro; ésta decía: "Si eres señor de

la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los dioses, y en

la que toda ciencia destella[66], véngate de los atrevidos brazos que

abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!" Y este señor bondadoso y

clemente le respondía con rostro sereno: "¿Qué haremos con el que nos

quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Después vi a varios hombres

abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven[67], y diciéndose

a grandes gritos unos a otros: "¡Martirízale, martirízale!" Y le

contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya

le derribaba; pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo,

y rogando al Señor en medio de tal martirio y con aquel aspecto que

excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma

volvió de fuera a las cosas que fuera de ella son verdaderas, reconocí

mis errores que, sin embargo, no eran falsos. Mi Guía, que me veía

hacer lo que un hombre que sale de un sueño, me dijo:

--¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua

con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado

por el vino o por el sueño.

[66] El protomártir San Esteban.

[67] Atenas, por cuyo nombre trabaron gran contienda Neptuno y

Minerva.

--¡Oh amado Padre mío!--dije yo--; si me prestas atención, te diré lo

que se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban.

Y él a su vez:

--Aunque tuvieras cien máscaras que ocultaran tu rostro, adivinaría yo

hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado

para que no te excuses de abrir el corazón al agua de la paz, que

mana de la fuente eterna. Te he preguntado "¿qué tienes?," no porque

me dijeras lo que hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha

apoderado algún sopor de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen

fuerzas: es preciso estimular así a los perezosos, demasiado lentos en

emplear el tiempo de sus vigilias, cuando, una vez despiertos, recobran

el imperio de su voluntad.

Seguíamos nuestro camino, cuando ya obscurecía, mirando atentamente

lo más allá que podían nuestros ojos por entre los luminosos rayos

vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una

humareda obscura como la noche, sin que hubiese por allí un sitio donde

guarecerse de ella, y que nos privó del uso de la vista y del aire puro.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOSEXTO_

La obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo planeta

bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes hasta lo sumo, no

echarían sobre mi vista un velo tan denso como aquel humo que allí

nos envolvió; siendo tal la sensación de su punzante aspereza, que

no podían los ojos permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel

Acompañante se acercó a mí, ofreciéndome su hombro. Como va el ciego

detrás de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en algo que

le ofenda o acaso le origine la muerte, así caminaba yo a través de

aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Guía, que únicamente iba

diciendo: "Cuida de no separarte de mí." Oía yo voces, cada una de las

cuales parecía rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de

Dios, que quita los pecados. El principio de su oración era solamente

"Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con

tan igual tono, que parecía existir entre ellos una perfecta concordia.

--Maestro--dije--; ¿son espíritus esos que oigo?

--Lo has acertado--contestó--; van desatando el nudo de la ira.

--¿Quién eres tú, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como

si contaras aún el tiempo por calendas?

De esta suerte habló una voz; por lo cual el Maestro me dijo:

Responde, y pregúntale si por aquí se va arriba.

Entonces dije yo:

La Divina Comedia · 第 13 / 28 段