--Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad

tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte--empezó a

decir--; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su

tierra circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fuí

llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y

tuve para con los míos un amor que aquí se purifica.

--¡Oh!--le contesté--; no estuve nunca en vuestro país; pero ¿a qué

parte de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra

casa da tal renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene

noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda

llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde

la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas

costumbres y excelente carácter la colocan en tan privilegiado puesto,

que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella

va por el recto sendero despreciando el torcido.

El replicó:

--Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio

que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te

será clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser

las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la

Providencia.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO NONO_

La concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su dulce

amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente

de rica pedrería colocada en la forma del frío animal que sacude a la

gente con la cola;[57] y ya por el lugar donde nos hallábamos había

dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba

hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán,

vencido del sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados

los cinco.

A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes

endechas, quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro

espíritu, más libre de los lazos de la carne y menos asediado de

pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecióme ver entre

sueños un águila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas

abiertas y preparada a bajar, y creía estar allí donde Ganimedes

abandonó a los suyos, cuando fué arrebatado a la celestial asamblea.

Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la costumbre de cazar

aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe de levantar en

alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando algunas

vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera

del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me

quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpió súbitamente mi

sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno

suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su

madre, robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la

isla de Scyros, de donde le sacaron después los griegos, como me

sobresalté yo, apenas huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido

como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba únicamente

mi Protector; el Sol había salido hacía ya más de dos horas, y yo me

hallaba con la cara vuelta hacia el mar.

[57] La esposa de Titón es la Aurora, y su frente aparecía

coronada en las estrellas que forman el signo de Piscis.

--No temas--dijo mi Señor--; tranquilízate, que estamos en buen lugar.

Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado

ya junto al Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor;

y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el

alba que precede al día, cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre

las flores que allá abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo:

"Yo soy Lucía: déjame coger a ese que duerme, y haré que recorra más

ágilmente su camino." Sordello se quedó con las otras nobles sombras;

ella te cogió, y cuando fué de día, se vino hacia arriba y yo seguí sus

huellas: aquí te dejó, habiéndome antes designado con sus bellos ojos

aquella entrada abierta; y después, ella y tu sueño desaparecieron al

mismo tiempo.

Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y

cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad;

y viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo

seguí tras él hacia lo alto.

Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire,

pues, si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos

hasta llegar al sitio que antes me había parecido ser una rotura,

semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se

subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no

había proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez más los

ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro,

que no podía fijar en él mi vista. Tenía en la mano una espada desnuda,

que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intentó

fijar en ella mis miradas.

--Decidme desde ahí: ¿qué queréis?--empezó a decir.--¿Dónde está el que

os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.

--Una dama del Cielo, enterada de estas cosas--le respondió mi

Maestro--, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."

--Ella guía felizmente vuestros pasos--replicó el cortés portero--.

Llegad, pues, y subid nuestras gradas.

Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y

terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que

el color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada

a lo largo y de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me

parecía de un pórfido tan rojo como la sangre que brota de las venas.

Sobre este último tenía ambas plantas el Angel de Dios, el cual estaba

sentado en el umbral, que me pareció formado de diamante. Mi Guía me

condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:

--Pide humildemente que se abra la cerradura.

Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que

abriese, pero antes me dí tres golpes en el pecho. Con la punta de su

espada me trazó siete veces en la frente la letra P[58], y dijo:

--Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.

[58] Símbolo de los siete pecados capitales.

En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la

ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y

la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo

en la puerta lo que yo deseaba.

--Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la

cerradura--nos dijo--, esta entrada no se abre. Una de ellas es más

preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir,

porque es la que mueve el resorte. Pedro me las dió, previniéndome que

más bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada,

siempre que los pecadores se prosternen a mis pies.

Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:

--Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.

Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que

son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se

mostró tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fué arrojado de

ésta el buen Metelo, por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento

al primer ruido, y me pareció oír voces que cantaban al son de dulces

acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía,

como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado

del órgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las

palabras.

[Ilustración]

_CANTO DECIMO_

Cuando hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas

veces, porque la mala inclinación de las pasiones lo impide, haciendo

aparecer recta la vía tortuosa, conocí por el ruido que acababa de

cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, ¿qué excusa

hubiera sido digna de tal falta? Subíamos por la hendedura de una roca,

la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.

--Aquí--dijo mi Guía--, es preciso que tengamos alguna precaución,

acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta

hendedura.

Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su

lecho para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto

camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el

paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y

ambos inciertos de la dirección que debíamos seguir, en un rellano más

solitario que sendero a través del desierto. Desde el borde exterior

hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel

rellano sólo tendría de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta

donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha,

parecíame siempre igual esta especie de cornisa. Aún no habíamos dado

un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo interior y escueto,

por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y adornado de tan

preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en

presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel que bajó a

la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y abrió

las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció

a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido,

que no parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba

diciendo: "Ave;" porque también estaba allí representada la que dió

vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían

impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como

aparece una figura sellada en la cera.

--No fijes tu atención en un solo punto--me dijo el querido Maestro--,

que me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.

Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis

pasos, vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para

examinarla mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella.

Estaban tallados en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo

el Arca santa, por la cual es temible desempeñar un cargo que Dios no

ha confiado. Delante de ella veíase alguna gente, dividida en siete

coros, que a dos de mis sentidos hacía decir: a uno, "sí canta," y a

otro, "no canta." En igual discordancia ponía a mi vista y a mi olfato

el humo del incienso que estaba allí representado. El humilde Salmista,

danzando y saltando, precedía al vaso bendito; y en aquella ocasión

era más y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que había

enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Moví mis

pies más allá del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca

otra historia que resaltaba después de Micol. Allí estaba escrita en

piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya insigne virtud movió a

Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano.

Asida al freno de su caballo se veía a una viuda, penetrada de dolor y

deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una considerable multitud

de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al viento las águilas de

oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía decir: "Señor,

véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazón;" y él

responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona

a quien impacienta su mismo dolor: "Señor mío, ¿y si no vuelves?" Y él:

"Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien

que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?" Y él

por último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes

de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene."

Aquel que no vió jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo

para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido.

Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta

humildad, más que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era

su Artífice, el poeta murmuraba:

--Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos

conducirán a las gradas superiores.

Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan

ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!,

que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere

que se paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas

penas, sino a lo que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y

peor resultado, no pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo

empecé a decir:

--Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas,

ni sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.

Me contestó:

--La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal

modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira

allí fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas

peñas, y podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.

¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la

vista del entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No

observáis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa,

que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por

qué se engríe soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos

insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como,

para sostener un piso o un techo, se ve a veces por ménsula una figura

cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su

esfuerzo, produce verdadera aflicción en quien la mira, del mismo modo

vi yo a aquellas almas cuando las examiné con cuidado. Es cierto que

estaban más o menos contraídas, según era mayor o menor el peso que

soportaban; pero aun la que más paciente y aliviada se mostraba en sus

movimientos parecía decir llorando: "No puedo más."

[Ilustración]

_CANTO UNDECIMO_

"¡Oh padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no circunscrito a

ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros

efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, así como

se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos

la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos,

a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia

nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando

Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan

cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que

más se afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual

el mal que nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a

nuestros méritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente

se abate, contra el antiguo adversario, sino líbranos de él, que la

instiga de tantos modos. No hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última

súplica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por

los que tras de nosotros quedan."

De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje,

iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces

cree uno llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas

caminaban alrededor del primer círculo, a fin de purificarse de las

vanidades del mundo. Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué

no podrán decir y hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad

reúnen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que

del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las

estrelladas esferas.

--¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso,

de modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo:

mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más

de un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que

viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que

va revestido.

No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a

éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:

--Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un

sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera

este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la

cabeza baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le

conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fuí latino e hijo

de un gran toscano: mi padre fué Guillermo Aldobrandeschi; no sé si

habréis oído alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes

acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando

en nuestra madre común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres,

que este desprecio causó mi muerte, como saben los sieneses, y como

sabe en Campagnatico todo el que habla. Yo soy Umberto; y no es a mí

solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que también ha acarreado

la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la

precisión de soportar aquí este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya

que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos.

Al oirle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba,

se volvió bajo el peso que lo agobiaba: me vió, conocióme, y me llamó,

teniendo los ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado

junto a ellos.

--¡Oh!--le dije--; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel

arte que llaman de iluminar en París?

--Hermano--me dijo--: más agradan los dibujos que ilumina Francisco

Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él.

No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de

sobresalir en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí

se paga la pena; y estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar,

volví mi alma a Dios. ¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco

dura tu lozano verdor, cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía

Cimabue ser árbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al

que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aquél:

de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la

lengua[59], y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido.

El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un

lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de

sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil años, separando

de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el

"pappo" y el "dindi"[60]? Ese espacio de tiempo, comparado con la

eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto

al círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la

Toscana resonó el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y

ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Señor cuando fué

destruída la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como

prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba,

que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus

tiernos tallos.

[59] Guido Guinicelli, poeta de Bolonia, y Guido Cavalcanti,

otro célebre poeta florentino, hijo de Cavalcante: éste hizo

olvidar la fama del primero; murió en 1301.

[60] Voces con las que designaban los niños al pan y al

dinero. Quiere decir: Al cabo de mil años, que son nada

comparados con la eternidad, tu fama no será mayor si mueres

viejo, que si hubieses muerto en la infancia.

Le contesté:

--Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y

abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?

--Es--me respondió--Provenzano Salvani--; está aquí, porque tuvo la

presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado

y continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda

paga quien allá se ha mostrado demasiado audaz.

Le repliqué:

--Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de

la vida, permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser

que le ayude una ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber

transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se

le ha permitido a ése venir aquí?

--Cuando vivía en medio de su mayor gloria--dijo--, se presentó en

la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un

amigo suyo[61] del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se

portó de modo que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te

hablo en términos obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que

tus conciudadanos obren de modo que te permitirán penetrar el sentido

de mis palabras. Esta acción le ha valido traspasar los límites del

Purgatorio.

[61] Para librar a un amigo suyo, un tal Vigna, que sólo

mediante la suma de diez mil florines de oro podía salir de la

cárcel, donde lo tenía Carlos I, rey de Pulla, se presentó en

la plaza de Siena a pedir limosna, tembloroso y angustiado.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DUODECIMO_

Unidos, como bueyes bajo el yugo, íbamos aquella alma cargada y yo,

mientras lo permitió mi amado pedagogo; pero cuando dijo: "Déjale, y

sigue, que aquí conviene que cada cual dé cuanto impulso pueda a su

barca con la vela y con los remos," erguí mi cuerpo como debe andar

el hombre, por más que mis pensamientos continuaran siendo humildes y

sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los pasos de mi

Maestro, y ambos hacíamos alarde de nuestra agilidad, cuando él me dijo:

--Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te

convendrá ver el suelo en que se asientan tus plantas.

Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo

que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria,

por lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo,

que sólo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más

propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano

de aquella vía que avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel

que fué creado más noble que las demás criaturas, cayendo desde el

cielo como un rayo[62]. Veía en otro lado a Briareo, herido por el

dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimiéndolo con el peso de

su helado cuerpo. Veía a Timbreo[63], a Palas y a Marte, armados aún

y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de

los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con ojos

extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él. ¡Oh Níobe,

con cuán desolados ojos te veía representada en el camino entre tus

siete y siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí,

atravesado con tu propia espada y muerto en Gelboé, que desde entonces

no volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía,

¡oh loca Aracnea!, ya medio convertida en araña, y triste sobre los

rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam!

Allí no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de

espanto y conducido en un carro, huyendo antes que otros te expulsasen

de tu reino. Mostrábase además en aquel duro pavimento de qué modo

Alcmeón hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cómo los hijos

de Sennaquerib se arrojaron sobre su padre dentro del templo, dejándole

allí muerto; la destrucción y el cruel estrago que hizo Tamiris, cuando

dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella;"

y la derrota de los asirios, después de la muerte de Holofernes, y el

destrozo de sus restos fugitivos. Veíase a Troya convertida en cenizas

y en ruinas. ¡Oh Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable te representaba

la escultura que allí se distinguía! ¿Quién fué el maestro, cuyo pincel

o buril trazó tales sombras y actitudes, que causarían admiración al

más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos, y los vivos

realmente vivos. El que presenció los hechos no vió mejor que yo la

verdad de cuanto fuí pisando mientras anduve inclinado. Así, pues,

hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no

inclinéis el rostro de modo que podáis ver el mal sendero.

[62] Luzbel.

[63] Apolo.

Habíamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho

más adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espíritu creyera,

cuando aquel que siempre andaba cuidadoso, empezó a decir:

--Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He allí un

ángel, que se prepara a venir hacia nosotros, y ve también que se

retira del servicio del día la sexta esclava. Reviste de reverencia tu

rostro y tu actitud, a fin de que le plazca conducirnos más arriba:

piensa en que este día no volverá jamás a lucir.

La Divina Comedia · 第 12 / 28 段