cubierto algún tanto de aquel color que hace a veces al hombre digno
de perdón. En tanto, de través por la cuesta venían hacia nosotros
algunas almas entonando, versículo a versículo, el "Miserere." Cuando
observaron que yo no daba paso al través de mi cuerpo a los rayos
solares, cambiaron su canto en un "¡Oh!" ronco y prolongado: y dos de
ellas, a guisa de mensajeros, corrieron a nuestro encuentro, diciendo:
--Hacednos sabedores de vuestra condición.
Mi Maestro contestó:
--Podéis iros y referir a los que os han enviado, que el cuerpo de éste
es de verdadera carne. Si se han detenido, según me figuro, por ver
su sombra, bastante tienen con tal respuesta: hónrenle, porque podrá
serles grato.
Jamás he visto a prima noche los vapores encendidos, ni a puesta del
Sol las exhalaciones de Agosto, hendir el Cielo sereno tan rápidamente
como corrieron aquellas almas hacia sus compañeras; y una vez allí,
regresaron adonde estábamos, juntas con las demás, como escuadrón que
corre a rienda suelta.
--Esa gente que se agolpa hacia nosotros es numerosa--dijo el Poeta--,
y vienen a dirigirte alguna súplica: tú, sin embargo, sigue adelante, y
escucha mientras andas.
--¡Oh alma, que, para llegar a la felicidad, vas con los miembros con
que naciste!--venían gritando--: modera un poco tu paso. Repara si has
conocido a alguno de nosotros, de quien puedas llevar allá noticias.
¡Ah! ¿Por qué te vas? ¿Por qué no te detienes? Todos hemos terminado
nuestros días por muerte violenta, y fuimos pecadores hasta la última
hora: entonces la luz del Cielo iluminó nuestra razón tan bien, que,
arrepentidos y perdonados, abandonamos la vida en la gracia de Dios,
que nos abrasa por el gran deseo que tenemos de verle.
Yo les contesté:
--Aun cuando no reconozco las desfiguradas facciones de ninguno de
vosotros, no obstante, si deseáis de mí algo que me sea posible,
espíritus bien nacidos, yo lo haré por aquella paz que se me hace
buscar de mundo en mundo, siguiendo los pasos de este Guía.
Uno de ellos empezó diciendo:
--Todos confiamos en tu benevolencia sin necesidad de que lo jures,
a no ser que la impotencia destruya tu buena voluntad. Yo, que hablo
solo antes que los demás, te ruego que si ves alguna vez aquel país que
se extiende entre la Romanía y el de Carlos,[49] me concedas en Fano
el dón de tus preces, a fin de que los buenos rueguen allí por mí, de
modo que yo pueda purgar mis graves pecados. De allí fuí yo: pero las
profundas heridas por donde salió la sangre en la que me asentaba, me
fueron hechas en el territorio de los Antenóridas,[50] donde creía
encontrarme más seguro. El de Este lo ordenó, porque me odiaba mucho
más de lo que le permitía la justicia; pero si yo hubiese huído hacia
la Mira, cuando llegué a Oriaco, aún estaría allá donde se respira:
corrí al pantano, donde las cañas y el lodo me embarazaron tanto, que
caí, y vi formarse en tierra un lago con la sangre de mis venas.
[49] La Marca de Ancona, gobernada por Carlos de Anjou.
[50] Padua, fundada por Antenor.
Después me dijo otro:
--¡Ay! Así se cumpla el deseo que te conduce a esta elevada montaña,
dígnate auxiliar al mío con obras de piedad. Yo fuí de Montefeltro, y
soy Buonconte. Ni Juana ni los otros se cuidan de mí; por lo cual voy
entre éstos con la cabeza baja.
Le pregunté:
--¿Qué violencia o qué aventura te sacó fuera de Campaldino, que no se
supo nunca donde está tu sepultura?
--¡Oh!--me respondió--; al pie del Casentino corre un río llamado
Archiano, que nace en el Apenino encima del Ermo. Allí donde pierde
su nombre, llegué yo con el cuello atravesado, huyendo a pie y
ensangrentando la llanura. Allí perdí la vista, y mi última palabra fué
el nombre de María; allí caí, y no quedó más que mi carne. Te diré la
verdad, y tú la referirás entre los vivos: el ángel de Dios me cogió,
y el del Infierno gritaba: "¡Oh tú, venido del Cielo! ¿Por qué me lo
quitas? Te llevas la parte eterna de éste por una pequeña lágrima que
me le arrebata; pero yo trataré de diferente modo la otra parte."
Tú sabes bien cómo se condensa en el aire ese húmedo vapor, que se
convierte en lluvia en cuanto sube hasta donde le sorprende el frío:
pues bien, el demonio, juntando a su entendimiento aquella malevolencia
que sólo procura hacer daño, con el poder inherente a su naturaleza,
agitó el vapor y el viento. En cuanto se extinguió el día, cubrió de
nieblas el valle desde Pratomagno hasta el Apenino, e hizo tan denso
aquel cielo, que el espeso aire se convirtió en agua: cayó la lluvia,
y el agua que la tierra no pudo absorber fué a parar a los barrancos,
y uniéndose a la de los torrentes, se precipitó hacia el río real con
tal rapidez, que nada podía contenerla. El Archiano furioso encontró
mi cuerpo helado en su embocadura, lo arrastró hacia el Arno, y separó
mis brazos que había puesto en cruz sobre el pecho cuando me venció
el dolor. Después de haberme volteado por sus orillas y su fondo, me
cubrió y rodeó con la arena que había hecho desprenderse de los campos.
--¡Ah!, cuando vuelvas al mundo, y hayas descansado de tu largo
viaje--continuó un tercer espíritu, luego que hubo acabado de hablar
el segundo--, acuérdate de mí, que soy la Pía.[51] Siena me hizo, y las
Marismas me deshicieron: bien lo sabe aquel que, siendo ya viuda, me
puso en el dedo su anillo enriquecido de piedras preciosas.
[51]Pía de Tolomei, natural de Siena, casó con Nello o
Paganello Pannocchieschi, señor del castillo della Pietra, en
la Marisma Toscana, el cual, creyéndola infiel, le dió muerte,
en 1295, mandando, según refiere algún comentarista, arrojarla
por una ventana.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO SEXTO_
Cuando, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que
pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces
con sentimiento el modo de que debió haberse valido para ganar: con el
ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás
y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; éste no
se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano,
que por ello deja de atosigarle, librándose así de los empujones de
la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre
de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a
mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino que
recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro
que se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos
extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que dió ocasión de
demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso,
y a aquella alma separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como
ella misma decía, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y
bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras
esté por acá, si no quiere verse colocada entre peores compañeros.
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para
que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su
purificación, empecé a decir:
--Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que
desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y
sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su
esperanza? ¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
--Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá
fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto
juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un
instante lo que deben satisfacer los que aquí están relegados; y allí,
donde senté tal máxima, la oración no tenía la virtud de borrar las
faltas, porque el objeto de aquélla estaba alejado de Dios. No te
detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca
aquélla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrándole la verdad. No
sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien verás risueña y feliz
sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
--Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como
antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
--Avanzaremos hoy tanto como podamos--me respondió--; pero el camino
es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba,
verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos
rayos no quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil
y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos
enseñará el camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa
estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no
nos decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente
como el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos
enseñase la subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta,
quiso informarse acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al
empezar mi Guía a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como
concentrada en sí misma, corrió hacia él desde el sitio en que se
encontraba, diciendo: "¡Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra."
Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de
una gran tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al
dulce nombre de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar
a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y
se destrozan entre sí aquellos a quienes guarda una misma muralla y un
mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y después
contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué
vale que Justiniano te enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza
sería menor sin ese mismo freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas,
y dejar al César en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha
prescrito! Mirad cuán arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido
castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus
riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la abandonas, al verla tan indómita
y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre
el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo y evidente, que sirva
también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que tú y tu padre,
alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede desierto el
jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los
Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos
poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus
nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a
ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César
mío! ¿Por qué no estás en mi compañía?" Ven y contempla cuán grande es
el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros,
ven a avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo
Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos
hacia otra parte tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese
modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algún gran bien
que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia
está llena de tiranos; y el hombre más ruin, al ingresar en un partido,
se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no
habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos
que tienen la justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla,
porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene
en la punta de sus labios. Muchos rehusan los cargos públicos; pero tu
pueblo responde solícito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto."
Alégrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas
tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo
demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas
leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo de vivir
bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los
que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas
veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de
monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si
quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella
enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y
procura hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO SEPTIMO_
Después de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces corteses y
halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco atrás, y dijo:
--¿Quiénes sois?
--Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se
hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir hasta
Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por
otra culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le
asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es,"
así se quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente
hacia él, y le abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
--¡Oh gloria de los latinos--dijo--, por quién nuestra lengua demostró
cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué
gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras,
dime si vienes del Infierno, y de qué recinto.
--He llegado hasta aquí pasando por todos los círculos del reino
del llanto--respondióle--; la virtud del cielo me guía, y con ella
vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido
la facultad de contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí
demasiado tarde. Allá abajo hay un lugar triste, no por los martirios,
sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, sólo
resuenan suspiros. Allí estoy yo con los inocentes párvulos, mordidos
por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado
original. Allí estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres
virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las
demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes, a fin de
que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio el
Purgatorio.
Sordello respondió:
--Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir
andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los
parajes hasta donde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día;
y no siendo posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en
buscar un buen abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas
almas: si quieres, te conduciré adonde están, seguro de que te agradará
conocerlas.
--¿Cómo es eso?--le contestó--. Quien quisiera subir de noche, ¿se
vería detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
--¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse
ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las
tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan,
contrarrestan la voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo
y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el día esté bajo el
horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
--Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte
estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
--Iremos--dijo aquella sombra--allá donde la cuesta forma una cavidad,
y esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado
de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden
más de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el
albayalde, el añil azul y brillante, y las esmeraldas recientemente
talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, serían vencidos
en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como
lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no había ostentado
solamente allí sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas
había formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. Allí vi
sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde
fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las
cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos había
conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
--No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se
oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones
y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el
mismo valle. Aquel que está sentado en el puesto más alto, que en su
actitud parece haberse descuidado de hacer lo que debía, y cuya boca
no se mueve para cantar con los demás, fué el emperador Rodolfo, que
pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que
tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su presencia conforta al
primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce
al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la infancia fué
mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien
enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con
tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y marchitando
la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el otro,
suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son
del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí
proviene el dolor que les aflige. Aquel que parece tan corpulento,[52]
y que canta acorde con el narigudo,[53] llevó ceñida la cuerda de toda
virtud; y si después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que
a su espalda se sienta,[54] bien habría pasado el valor de padre a
hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique
conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia.
Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues así lo quiere
Aquél que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis
palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con él; pues de
su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es
inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz y Margarita se
gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla vida,
sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido
mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros,
mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y
sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.
[52] Pedro III de Aragón.
[53] Carlos I, conde de Provenza y rey de Pulla.
[54] Alfonso III, primogénito de Pedro el Grande, que sucedió
a su padre, y sólo reinó seis años, muriendo en 1291.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO OCTAVO_
Era ya la hora en que se enternece el corazón de los navegantes, y
renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día
se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye
a lo lejos alguna campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando
dejé de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en
pie, hacía señas con la mano en ademán de que las otras la escuchasen.
Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si
dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan devotamente
y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir
fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir
la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto
sumamente fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio
contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y
descender al valle dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas
y privadas de sus puntas. Verdes como las tiernas hojas que acaban de
brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas,
verdes también, flotaban por detrás a merced del viento. El uno se posó
algo más arriba de donde estábamos; el otro descendió hacia el lado
opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distinguía
perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones,
se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva
fuerza de las impresiones.
--Ambos vienen del seno de María--dijo Sordello--para guardar el valle
contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y
helado de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello
continuó:
--Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y
hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré
abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El
aire iba ya obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los
míos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino
hacia mí, y yo me adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con
cuánto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso
saludo que no nos dirigiésemos; después me preguntó:
--¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de
las lejanas aguas?
--¡Ah!--le dije--; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares,
y estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy
preparándome para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como
hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia
Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven,
Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después,
dirigiéndose a mí, exclamó:
--Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su
primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá
de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde
se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya,
pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echará de menos
algún día. Por ella se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el
fuego del amor, si la vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora
que campea en las armas del Milanés no le proporcionará tan hermosa
sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.[55]
[55] No será tan honrosa su sepultura cuando muera enlazada
a la casa de los Visconti de Milán, como lo sería si hubiera
guardado fidelidad a la de los Visconti de Gallura. Los
primeros tenían una víbora en su escudo; los segundos un gallo.
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel
recto celo que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se
dirigían ávidos hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de
las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda más próximos al
eje. Mi Guía me preguntó:
--Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
--Aquellas tres antorchas[56], en cuya luz arde todo el polo hacia esta
parte.
[56] Las constelaciones del Eridano, de la Nave y del Pez de
oro.--Alegóricamente son las tres virtudes teologales.
Y él repuso:
--Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido
por aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro
adversario;" y extendió el dedo para que mirásemos hacia el sitio
que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle,
había una serpiente, que quizá era la que dió a Eva el amargo manjar.
Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores,
volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamiéndose el lomo como un
animal que se alisa la piel. No puedo decir cómo se movieron los
azores celestiales, pues no me fué posible distinguirlo; pero sí vi
a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendían el
aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a su puesto con
vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la llamó, no
dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.