--No vine por mi deliberación, sino porque una mujer, descendida del

cielo, me ha rogado que acompañe y ayude a éste. Pero ya que es tu

voluntad que te expliquemos más ampliamente cuál sea nuestra verdadera

condición, la mía no puede rehusarte nada. Este no ha visto aún su

última noche; pero por su locura estuvo tan cerca de ello, que le

quedaba poquísimo tiempo de vida. Así es que, según he dicho, fuí

enviado a su encuentro para salvarle, y no había otro camino más

que este, por el cual me he aventurado. Hele dado a conocer todos

los réprobos, y ahora pretendo mostrarle aquellos espíritus que se

purifican bajo tu jurisdicción. Sería largo de referir el modo como

le he traído hasta aquí: de lo alto baja la virtud que me ayuda a

conducirle para verte y oírte. Dígnate, pues, acoger su llegada

benignamente: va buscando la libertad, que es tan amada, como lo sabe

el que por ella desprecia la vida. Bien lo sabes tú, que por ella no te

pareció amarga la muerte en Utica, donde dejaste tu cuerpo, que tanto

brillará en el gran día. No han sido revocados por nosotros los eternos

decretos; pues éste vive, y Minos no me tiene en su poder, sino que

pertenezco al círculo donde están los castos ojos de tu Marcia, que

parece rogarte aún, ¡oh santo corazón!, que la tengas por compañera

y por tuya. En nombre, pues, de su amor, accede a nuestra súplica, y

déjanos ir por tus siete reinos: le manifestaré mi agradecimiento hacia

ti si permites que allá abajo se pronuncie tu nombre.

--Marcia fué tan agradable a mis ojos mientras pertenecí a la

Tierra--dijo él entonces--, que obtuvo de mí cuantas gracias quiso;

ahora que habita a la otra parte del mal río, no puedo ya conmoverme a

causa de la ley que se me impuso cuando salí fuera de mi cuerpo. Pero

si una mujer del cielo te anima y te dirige, según dices, no tienes

necesidad de tan laudatorios ruegos; me basta conque me supliques en

su nombre. Vé, pues, y haz que ése se ciña con un junco sin hojas, y

lávale el rostro de modo que quede borrada en él toda mancha; porque no

conviene que se presente con la vista ofuscada ante el primer ministro,

que es de los del Paraíso. Esa pequeña isla que ves allá abajo

produce, en torno suyo y por donde la combaten las olas, juncos en su

tierra blanda y limosa. Ninguna clase de plantas que eche hojas o que

se endurezca puede existir ahí, porque le sería imposible doblegarse

a los embates de las olas. Después no volváis por esta parte; el sol

naciente os indicará el modo de encontrar la más fácil subida del monte.

Al decir esto desapareció. Me levanté sin hablar, me coloqué junto a mi

Guía, y fijé en él los ojos. Entonces empezó a hablarme de este modo:

--Hijo mío, sigue mis pasos: volvamos atrás; porque esta llanura va

descendiendo siempre hasta su último límite.

El alba vencía ya al aura matutina, que huía delante de ella, y desde

lejos pude distinguir las ondulaciones del mar. Ibamos por la llanura

solitaria, como el que busca la senda perdida, y cree caminar en vano

hasta que logra encontrarla. Cuando llegamos a un sitio en que el rocío

resiste al calor del sol, y protegido por la sombra, se desvanece poco

a poco, puso mi Maestro suavemente sus dos manos abiertas sobre la

fresca hierba; y yo, comprendiendo su intento, le presenté mis mejillas

cubiertas aún de lágrimas, y en las que por su mediación apareció de

nuevo el color de que las privó el Infierno.

Llegamos después a la playa desierta, que no vió nunca navegar por

sus aguas a hombre alguno capaz de salir de ellas. Allí me hizo un

cinturón, según la voluntad del otro; y, ¡oh maravilla!, cuando arrancó

la humilde planta, volvió otra a renacer súbitamente en el mismo sitio

de donde había arrancado aquélla.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO SEGUNDO_

Ya estaba el Sol tocando al horizonte, cuyo círculo meridiano cubre a

Jerusalén con su punto más elevado; y ya la noche, formando un arco

en oposición a él, salía fuera del Ganges con las Balanzas que se le

caen de las manos cuando supera en extensión al día; de modo que allí,

donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella

Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro. Estábamos

aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe

seguir, y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he

aquí que, así como, al amanecer, por efecto de los densos vapores, se

ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual

modo me apareció--¡ojalá pudiese verla otra vez!--una luz, la cual

venía tan rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a

su celeridad. Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar

a mi Guía, y al punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante;

distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber

lo que era, debajo de la cual se descubría poco a poco otro objeto

igualmente blanco. Aun no había pronunciado una palabra mi Maestro,

cuando se vió que las primeras formas blancas eran alas; y entonces,

habiendo conocido bien al gondolero, exclamó:

--Dobla, dobla pronto la rodilla: he aquí el ángel de Dios; une las

manos: nunca verás semejantes ministros del Señor. Mira cómo desdeña

los medios humanos, pues no necesita remo, ni otras velas que sus alas,

entre tan apartadas orillas. Mira cómo las tiene elevadas hacia el

cielo, agitando el aire con las eternas plumas, que no se mudan como el

cabello de los mortales.

Cuanto más se acercaba a nosotros el ave divina, más brillante

aparecía: por lo cual, no pudiendo resistir su resplandor mis ojos,

los incliné; y aquél se dirigió hacia la orilla en un esquife airoso

y ligero, que apenas se sumergía un poco en el agua. El celestial

barquero estaba en la popa, y la bienaventuranza parecía estar escrita

en su semblante. Más de cien espíritus, sentados en la barquilla,

cantaban a coro: "In exitu Israel de Ægipto" y todo lo demás que

sigue de este salmo. El ángel les hizo la señal de la santa cruz, a

cuya señal se arrojaron todos a la playa, y él se alejó con la misma

velocidad con que había venido. La turba que dejó allí parecía llena

de estupor en tal sitio, mirando y remirando en torno suyo, como el

que descubre cosas que no ha visto nunca. El Sol, que había arrojado

con sus brillante saetas al signo de Capricornio del centro del cielo,

irradiaba por todas partes el día, cuando los recién llegados alzaron

la frente hacia nosotros, diciéndonos:

--Si lo sabéis, indicadnos el camino que conduce a la montaña.

Virgilio respondió:

--¿Por ventura creéis que conocemos este sitio? Somos aquí tan nuevos

como vosotros, y hemos llegado a él poco antes por otro camino tan rudo

y áspero, que el subir esta montaña será para nosotros ahora cosa de

juego.

Las almas, que advirtieron, por mi respiración, que yo estaba aún

vivo, palidecieron de asombro; y así como se agolpa la gente en

derredor del mensajero coronado de olivo para oír sus noticias, sin

temor de empujarse y pisarse unos a otros, así se agolparon en torno

mío todas aquellas almas afortunadas, olvidando casi su deseo de ir a

embellecerse. Vi una de ellas, que se adelantó para abrazarme con tales

muestras de afecto, que me movió a hacer lo mismo con ella; pero, ¡oh

sombras vanas, excepto para la vista! Tres veces quise rodearla con mis

brazos, y otras tantas volvieron éstos a caer solos sobre mi pecho.

Creo que la admiración debió pintarse en mi rostro; porque la sombra

sonrió y se retiró; y yo, siguiéndola, continué avanzando. Me dijo con

voz suave que me detuviese; conocí entonces quién era, y habiéndole

rogado que se parase un momento para hablarme, respondióme:

--Lo mismo que te amaba con mi cuerpo mortal, te amo también

desprendido de él; por eso me detengo; pero tú ¿por qué vienes aquí?

--Casella mío, hago este viaje para volver al mundo de los vivos, donde

permanezco aún; pero a ti, ¿cómo es que se te ha negado por tanto

tiempo el venir a este sitio?

Me respondió:

--Si aquel que conduce a quien y cómo le place me ha negado muchas

veces este pasaje, no se ha cometido conmigo ninguna injusticia; porque

es justa la voluntad a quien obedece. En verdad, de tres meses a esta

parte ha recogido sin oposición a cuantos han querido entrar en su

nave: así es que yo, que me encontraba en la playa donde el Tíber se

mezcla con las saladas ondas del mar, fuí acogido benignamente por él.

A la embocadura de aquel río dirige ahora su vuelo; pues allí se reúnen

siempre los que no descienden hacia el Aqueronte.

Y yo dije:

--Si alguna nueva ley no te quita la memoria o el uso de aquellos

cantos amorosos, que solían calmar todos mis deseos, dígnate consolar

un poco mi alma, que viniendo aquí con su cuerpo, se ha angustiado

tanto.

"Amor, que dentro de mi mente habla,"[47] empezó él a cantar tan

dulcemente, que su dulzura aún resuena en mi corazón. Mi Maestro, y yo,

y las sombras que allí estaban, parecíamos tan contentos, como si no

tuviéramos otra cosa en que pensar. Estábamos absortos y atentos a sus

notas, cuando apareció el venerable anciano exclamando:

--¿Qué es esto, espíritus perezosos? ¿Qué negligencia, qué demora

es ésta? Corred al monte a purificaros de vuestros pecados, que no

permiten que Dios se os manifieste.

[47] "Amor, che nella mente mi ragiona"... Así empieza la

canción de Dante señalada con el número XV en "Il Canzionere"

anotado por Pedro Fraticelli (Florencia, 1911).

Del mismo modo que las palomas, cuando están reunidas en torno a su

alimento, cogiendo el grano y quietas, sin hacer oír sus acostumbrados

arrullos, si acontece algo que las asuste, abandonan súbitamente la

comida, porque las asalta un cuidado mayor, así vi yo aquellas almas

recién llegadas abandonar el canto y desbandarse por la costa, como

quien corre sin saber adónde va; y no menos rápidamente huimos también

nosotros.

[Ilustración]

_CANTO TERCERO_

Mientras la repentina fuga dispersaba por la campiña aquellas almas,

que se volvían hacia la montaña donde la razón divina las aguija, me

acerqué a mi fiel compañero; porque, ¿cómo hubiera podido sin él seguir

mi viaje?, ¿quién me habría sostenido al subir por la montaña? Me

pareció que mi Guía estaba por sí mismo arrepentido de su flaqueza. ¡Oh

conciencia digna y pura!, ¡qué amargo roedor es para ti la más pequeña

falta! Cuando sus pies cesaron de caminar con aquella precipitación

que se aviene mal con la majestad de la persona, mi mente, desechando

el pensamiento que la inquietaba, concentró su atención, como deseosa

de recibir las nuevas impresiones; y me puse a contemplar el monte más

alto de cuantos hacia el Cielo se elevan sobre las aguas. El Sol, que

a mis espaldas despedía su rubicunda luz, quedaba interceptado por mi

cuerpo, en el que se apoyaban sus rayos; y cuando vi que sólo delante

de mí se obscurecía la tierra, volvíme de lado, temeroso de haber sido

abandonado. Mi Protector entonces empezó a decirme, vuelto hacia mí:

--¿Por qué desconfías aún? ¿Crees que no estoy contigo, y que ya

no te guío? Ahora es ya por la tarde allá donde está sepultado el

cuerpo, dentro del cual hacía yo sombra. Nápoles lo posee, porque lo

han quitado de Brindis. Si, pues, ninguna sombra se proyecta delante

de mí, no debes admirarte de ello más que de ver cómo los cielos no

interceptan unos a otros el paso de sus luces. La Virtud divina hace

que semejantes cuerpos sean aptos para sufrir tormentos, calor y frío;

mas no ha querido revelarnos cómo opera tal maravilla. Insensato es

el que espera que nuestra razón pueda recorrer las infinitas vías de

que dispone el que es una substancia en tres personas. Seres humanos,

contentaos con el "quia;"[48] pues si os fuera dable verlo todo, no

habría sido necesario que pariese María; y habéis visto desearlo en

vano a tales hombres, que, a ser posible, hubieran satisfecho ese

deseo, el cual forma su eterno suplicio: hablo de Aristóteles, de

Platón y otros muchos.

[48] Según Aristóteles, la demostración es de dos clases: una

llamada propter quod, que es cuando los efectos se deducen

de las causas, y otra llamada quia, y es cuando las causas

se deducen de los efectos por lo cual este período debe

interpretarse del modo siguiente: Contentaos, ¡oh humanos!,

con las demostraciones que se pueden deducir de los efectos,

por los cuales se viene en conocimiento de sus causas, y no

pretendáis conocer más de lo que los hechos os demuestran: que

en las cosas que son superiores a la inteligencia humana y a

la fuerza de la razón, se ejercita la fe.

En este punto, inclinó la frente sin decir nada más, y quedó como

turbado. Llegamos en tanto al pie del monte, cuyas rocas encontramos

tan escarpadas, que las piernas más ágiles nos hubieran sido inútiles.

El camino más desierto, el más áspero entre Lerici y Turbía, es,

comparado con aquél, una rampa suave y anchurosa.

--¿Quién sabe ahora--dijo mi Maestro deteniendo sus pasos--hacia qué

mano es accesible la costa, de modo que pueda subir el que no tiene

alas?

Y mientras él tenía los ojos bajos, meditando qué camino seguiríamos,

y yo miraba hacia arriba alrededor de las rocas, apareció por la

izquierda una multitud de almas, que se dirigían hacia nosotros, aunque

no lo parecía; tanta era la lentitud con que caminaban.

--Levanta los ojos--dije a mi Maestro--; he aquí quien nos podrá

aconsejar, si es que no puedes aconsejarte a ti mismo.

Miróme entonces, y con rostro franco respondió:

--Vamos allá, pues ellos vienen muy despacio; y tú no pierdas la

esperanza, hijo querido.

Habríamos andado mil pasos, y aun distaba de nosotros aquella

muchedumbre tanto espacio cuanto podría recorrer una piedra lanzada por

un buen hondero, cuando se arrimaron todos a los duros peñascos de la

escarpada orilla, y permanecieron firmes y apretados entre sí, como se

detiene a mirar aquel que duda.

--¡Oh muertos en la gracia de Dios, espíritus ya elegidos!--empezó

a decir Virgilio--; por aquella paz que, según creo, esperáis todos

vosotros, decidme por qué parte declina esta montaña, de modo que sea

posible ascender a ella; pues al que mejor conoce el valor del tiempo,

le es más desagradable perderlo.

Como las ovejas que salen de su redil una a una, dos a dos y tres y

tres, mientras las otras se detienen tímidamente, inclinando hacia la

tierra sus ojos y su hocico, y lo mismo que hace la primera hacen las

demás, deteniéndose a su lado si se detiene, sencillas y tranquilas,

y sin darse cuenta de por qué lo hacen, así vi yo moverse para venir

hacia nosotros las primeras almas de aquella temerosa y afortunada

grey, de rostro púdico y de honesto continente. Cuando vieron que

la luz se interrumpía en el suelo a mi mano derecha, de modo que

se proyectaba la sombra desde mí a la gruta, se detuvieron y aun

retrocedieron algún tanto, y todos los que venían detrás, sin saber por

qué, hicieron lo mismo.

--Sin que me lo preguntéis, os confieso que este que aquí veis es

un cuerpo humano; por cuya causa la luz del Sol aparece cortada en

el suelo. No os asombréis; pero creed que si pretende trepar esta

escarpada costa, lo hace inducido por virtud celestial.

Así habló mi Maestro; y aquella noble multitud nos dijo:

--Pues volveos atrás y caminad delante de nosotros.

Y al mismo tiempo nos hacían señas con el dorso de las manos. Uno de

ellos exclamó:

--Quienquiera que seas, andando como vas, vuelve el rostro hacia mí, y

procura recordar si me has visto en el mundo alguna vez.

Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de

gentil aspecto; pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le

manifesté humildemente que no le había visto nunca, me dijo:

--¡Mira, pues!

Y enseñóme una herida en la parte superior de su pecho. Después añadió

sonriendo:

--Yo soy Manfredo, nieto de la emperatriz Constanza: por lo cual te

ruego, que cuando vuelvas a la Tierra, vayas a visitar a mi graciosa

hija, madre del honor de Sicilia y de Aragón, y le digas la verdad,

si es que se ha dicho lo contrario. Después de tener atravesado mi

cuerpo por dos heridas mortales, me volví llorando hacia Aquél, que

voluntariamente perdona. Mis pecados fueron horribles; pero la bondad

infinita tiene tan largos los brazos, que recibe a todo el que se

vuelve hacia ella. Si el Pastor de Cosenza, que fué enviado por

Clemente para darme caza, hubiese leído bien en aquella página de Dios,

mis huesos estarían aún en la cabeza del puente, cerca de Benevento,

bajo la salvaguardia de las pesadas piedras. Ahora los moja la lluvia;

el viento los impele fuera del reino, casi a la orilla del Verde, donde

los hizo transportar con cirios apagados. Pero por su maldición no

se pierde el amor de Dios de tal modo, que no vuelva nunca, mientras

reverdezca la flor de la esperanza. Es verdad que el que muere contumaz

para con la santa Iglesia, por más que al fin se arrepienta, debe estar

en la parte exterior de esta montaña un espacio de tiempo treinta

veces mayor del que vivió en contumacia, a menos que no se abrevie la

duración de este decreto merced a eficaces oraciones. Calcula, pues, lo

dichoso que puedes hacerme, revelando a mi buena Constanza cómo me has

visto, y la prohibición que pesa sobre mí, que puede alzarse por los

ruegos de los que existen allá arriba.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO CUARTO_

Cuando por efecto del placer o del dolor de que se siente afectada

alguna de nuestras facultades, el alma entera se concentra en esa

facultad, parece que no atienda a ninguna otra; y esto demuestra el

error de los que creen que en nosotros arde un alma sobre otra alma.

Por eso mismo, cuando se oye o ve alguna cosa que absorbe fuertemente

el alma en su contemplación, el tiempo se desliza sin que el hombre

se aperciba de ello; porque una es la facultad que escucha, y otra

la que cautiva por completo el alma: ésta está como atada; aquella

es libre. Yo adquirí una prueba de esta verdad oyendo y admirando a

aquel espíritu; pues había el Sol ascendido cincuenta grados sobre el

horizonte, sin que yo lo echase de ver, cuando llegamos a un punto en

que las almas exclamaron a una voz: "Aquí está el objeto de vuestra

demanda."

Cualquier portillo de los que suele tapar el aldeano con un manojo de

espinos, cuando maduran las uvas, es mayor que el sendero por donde

subimos solos mi Maestro y yo, cuando la multitud de almas se separó de

nosotros. Bastan los pies para ir a San Leo, para bajar a Noli, para

ascender hasta la elevada cumbre de Bismantua; pero aquí es preciso

que el hombre vuele: quiero decir, como volaba yo, conducido por las

ligeras alas y por las plumas de un gran deseo, detrás de Aquel que

reanimaba mi esperanza y me iluminaba. Ibamos subiendo por el sendero

excavado en el peñasco, cuyas quebradas rocas nos estrechaban por ambos

lados, y el suelo que pisábamos nos obligaba a ayudarnos con pies y

manos. Cuando llegamos a sitio descubierto, sobre el rellano de la alta

base del monte, dije:

--Maestro mío, ¿qué camino seguiremos?

Y él me contestó:

--No des ningún paso hacia abajo: prosigue subiendo detrás de mí hacia

la cima de este monte, hasta que se nos aparezca algún experto guía.

La cima era tan alta, que no podía alcanzarla la vista, y la subida

mucho más empinada que la línea que divide en dos partes el cuadrante.

Yo estaba ya cansado, y entonces exclamé:

--¡Oh amado Padre! Vuélvete, y mira que me quedo aquí solo, si no te

detienes.

--Hijo mío, haz por llegar hasta aquel punto--respondió mostrándome una

prominencia que rodeaba por aquel lado toda la montaña.

Sus palabras me aguijonearon de tal modo, que me esforcé cuanto

pude trepando hasta donde él estaba, tanto que puse mis plantas

sobre aquella especie de cornisa. Nos sentamos allí ambos, vueltos

hacia Levante, por cuyo lado habíamos subido; pues suele agradar la

contemplación del camino que uno ha hecho. Primeramente dirigí los ojos

al fondo, después los levanté hacia el Sol, y me admiraba de que éste

nos iluminase por la izquierda.

El Poeta observó que me quedaba estupefacto, mirando el carro de la

luz que iba a pasar entre nosotros y el Aquilón; por lo cual me dijo:

--Si Cástor y Pólux estuvieran en compañía de aquel espejo, que

ilumina al mundo tanto por arriba como por abajo, verías al Zodíaco

refulgente girar más próximo aún a las Osas, a no ser que saliese

fuera de su antiguo camino. Y si quieres comprender cómo puede suceder

esto, reconcentra tu pensamiento, y considera que el monte Sion está

situado sobre la Tierra, relativamente a éste, de modo que ambos

tienen un mismo horizonte y diferentes hemisferios; por lo cual, si tu

inteligencia te permite discernir con claridad, verás cómo el camino

que por su mal no supo recorrer Faetón, debe ir necesariamente por un

lado de este monte, al paso que va por el opuesto lado de aquel otro.

--En verdad. Maestro mío--le contesté--, nunca había visto tan

claramente como ahora distingo estas cosas, para cuya comprensión no

me parecía bastante apto mi ingenio. Por las razones que me has dado

entiendo que el círculo intermedio del primer móvil, llamado Ecuador

en alguna ciencia, y que permanece siempre entre el Sol y el invierno,

dista de aquí tanto hacia el Septentrión, cuanto los Hebreos lo veían

hacia la parte cálida. Pero, si te place, quisiera saber cuanto hemos

de andar aún; pues el monte se eleva más de lo que puede alcanzar mi

vista.

--Esta montaña es tal--me respondió--, que siempre cuesta trabajo

empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigoso.

Cuando te parezca tan suave, que subas ligeramente por ella como van

por el agua las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero:

espera, pues, a conseguirlo para descansar de tu fatiga. Y no respondo

más, pues sólo esto tengo por cierto.

Cuando hubo terminado de decir estas palabras, resonó cerca de nosotros

una voz que decía: "Quizá te veas precisado antes a sentarte." Al

sonido de aquella voz, volvímonos, y vimos a la izquierda un gran

peñasco, en el que no habíamos reparado antes ninguno de los dos.

Nos dirigimos hacia allí, donde estaban algunos espíritus reposando

a la sombra detrás del peñasco, como quien lo hace por indolencia.

Uno de ellos, que me parecía cansado, estaba sentado con las rodillas

abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.

--¡Oh amado Señor mío!--dije entonces--: contempla a ése, que se

muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.

Entonces se volvió hacia nosotros, y nos examinó, dirigiendo su mirada

por encima de los muslos, y diciendo:

--Vé, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.

Conocí entonces quién era; y aquella fatiga que agitaba todavía un poco

mi respiración, no me impidió acercarme a él. Cuando estuve a su lado,

alzó apenas la cabeza, diciendo:

--¿Has comprendido bien por qué el Sol dirige su carro por tu izquierda?

Sus perezosos movimientos y sus lacónicas palabras hicieron asomar una

sonrisa a mis labios; después dije:

--Belacqua, ahora ya no me conduelo de ti: pero dime, ¿por qué estás

aquí sentado? ¿Esperas algún guía, o es que has vuelto a tus antiguas

costumbres?

Contestóme:

--¡Oh, hermano! ¿Para qué he de ir arriba, si no ha de permitirme

llegar al sitio de la expiación el Angel de Dios, que está sentado a

su puerta? Antes que yo entre por ella, es necesario que el cielo dé

tantas vueltas en torno mío, cuantas dió en el transcurso de mi vida,

por haber aplazado los buenos suspiros hasta la hora de mi muerte; a no

ser que me auxilie una plegaria, que se eleve de un corazón que viva en

la gracia. ¿De qué sirven las demás, si no han de ser oídas en el cielo?

Ya el Poeta subía delante de mí diciendo:

--No te detengas más: mira que el Sol toca al Meridiano, y la Noche

cubre ya con su pie la costa de Marruecos.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO QUINTO_

Me había alejado ya de aquellas sombras, y seguía las huellas de mi

Guía, cuando detrás de mí, y señalándome con el dedo, gritó una de

ellas:

--Mirad; no se nota que el Sol brille a la izquierda de aquel de más

abajo, que marcha al parecer como un vivo.

Al oír estas palabras, volví la cabeza, y vi que las sombras miraban

con admiración, no solamente a mí, sino también a la luz interceptada

por mi cuerpo.

--¿Por qué se turba tanto tu ánimo--dijo el Maestro--, que así acortas

el paso? ¿Qué te importa lo que allí murmuran? Sígueme, y deja que

hable esa gente. Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega

jamás al embate de los vientos: el hombre en quien bulle pensamiento

sobre pensamiento, siempre aleja de sí el fin que se propone; porque el

uno debilita la actividad del otro.

La Divina Comedia · 第 10 / 28 段