gloria, cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil
leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus
hermanos, aún hay quien crea que habrías asegurado la victoria a los
hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condúcenos al fondo en donde
el frío endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo:
este que ves puede dar lo que aquí se desea: por tanto, inclínate y no
tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu fama en el mundo; pues vive,
y espera gozar aún de larga vida, si la gracia no lo llama a sí antes
de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas
manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando
Virgilio se sintió agarrar, me dijo: "Acércate para que yo te tome."
Y en seguida me abrazó de modo, que los dos juntos formábamos un solo
fardo.
Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que está inclinada, cuando
pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a
derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fué para
mí tan terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino.
Pero él nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer
y a Judas; y sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como
el mástil de un navío.
[42] Torre inclinada de Bolonia, llamada así del nombre de
sus constructores, Felipe y Odón de Garisendi (año de 1110),
y que hoy se llama la Torre Mozza por haberla mandado truncar
en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene 130 pies de
elevación. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que
se inclina, mirando arriba cuando pasa una nube en sentido
contrario a su inclinación, le parece que la torre va a caerse.
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOSEGUNDO_
Si poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para describir el
sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresaría
mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo,
me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse
como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de
describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de
mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar a Tebas,
para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes
malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es
tan duro hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o
cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde
tenía los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro,
oí que me decían: "Cuidado cómo andas: procura no pisar las cabezas de
nuestros infelices y torturados hermanos." Volvíme al oír esto, y vi
delante de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de
vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno,
ni el Tanais allá, bajo el frío cielo, cubren su curso de un velo tan
denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran caído el
Tabernick o el Pietrapana, no habrían causado el menor estallido. Y a
la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en
la estación en que la villana sueña que espiga, así estaban aquellas
sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde
aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que
la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo: su
boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la
tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno
mío, miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que
sus cabellos se mezclaban.
--Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos--dije
yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que
estaban preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados; pero el
frío congeló en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna
grapa unió jamás tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual
ambos condenados se entrechocaron como dos carneros: tanta fué la ira
que los dominó. Y otro, a quien el frío había hecho perder las orejas,
me dijo, sin levantar la cabeza:
--¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te
diré que el valle por donde corre el Bisenzio fué de su padre Alberto
y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda
la Caína, no encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el
hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe
el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide
con su cabeza ver más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni: si eres
toscano, bien sabrás quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe
que yo soy Camiccione de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas
harán aparecer menos graves las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde
entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados.
Y mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la
gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé
si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre
aquellas cabezas, dí un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de
ellas, que me dijo llorando:
--¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de
Monteaperto, ¿por qué me molestas?
Entonces dije yo:
--Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda:
en seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
--¿Quien eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
--Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en
el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes
demasiado fuertes, ¿quién eres?
--Yo estoy vivo--fué mi respuesta--; y puede serte grato, si fama
deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
--Deseo todo lo contrario: véte de aquí, y no me causes más molestia,
pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
--Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
--Aunque me repeles, ni te diré quien soy, ni verás mi rostro, por más
que me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado
más de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en
el hielo, cuando otro condenado gritó: "¿Qué tienes, Bocca? ¿No te
basta castañetear los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te
atormenta?"
--Ahora--dije--ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu
eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
--Véte pronto--repuso--, y cuenta lo que quieras; pero si sales de
aquí, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta,
y que está llorando el dinero que recibió de los franceses: "Yo
vi, podrás decir, a Buoso de Duera, allí donde los pecadores están
helados." Si te preguntan por los demás que están aquí, a tu lado
tienes al de Becchería, cuya garganta segó Florencia. Creo que más allá
está Gianni de Soldanieri con Ganelón y Tebaldello, el que entregó a
Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una
misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser
el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima
clavó sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con
la nuca. No mordió con más furor Tideo las sienes de Menalipo, que
aquél roía el cráneo de su enemigo y las demás cosas inherentes al
mismo.
--¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que
tienes al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello--le
pregunté--bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo
yo qué crimen es el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi
lengua no llega antes a secarse.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOTERCIO_
Aquel pecador apartó su boca de tan horrible alimento, limpiándosela en
los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego
empezó a hablar de esta manera:
--Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazón,
sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras
deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me
verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé quién eres, ni de qué
medios te has valido para llegar hasta aquí; pero al oírte, me pareces
efectivamente florentino. Has de saber que yo fuí el conde Ugolino,
y éste el arzobispo Ruggieri: ahora te diré por qué lo trato así. No
es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos,
y fiándome de él, fuí preso y muerto después. Pero te contaré lo
que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fué mi muerte, y
comprenderás cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la
torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía
serán encerrados otros, me había permitido ver por su hendedura ya
muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que descorrió para mí el velo
del porvenir. Ruggieri se me aparecía como señor y caudillo, cazando el
lobo y los lobeznos en el monte que impide a los pisanos ver la ciudad
de Luca. Se había hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los
Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos, diligentes y
amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos después de
una corta carrera, y creí ver que aquéllos les desgarraban los costados
con sus agudas presas. Cuando desperté antes de la aurora, oí llorar
entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían pan. Bien
cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba
a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus
lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían
traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había
tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible
torre, por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo
no podía llorar, porque el dolor me tenía como petrificado: lloraban
ellos, y mi Anselmito dijo: "¿Qué tienes, padre, que así nos miras?"
Sin embargo, no lloré ni respondí una palabra en todo aquel día, ni
en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbró el mundo. Cuando
entró en la dolorosa prisión uno de sus débiles rayos, y consideré
en aquellos cuatro rostros el aspecto que debía tener el mío, empecé
a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo hacía
obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: "Padre,
nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a nosotros: tú nos diste
estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas." Entonces me calmé
para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente permanecimos
mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando llegamos al
cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: "Padre mío, ¿por qué
no me auxilias?" Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi yo caer
los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fuí a
tientas buscando a cada cual, llamándolos durante tres días después de
estar muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a
coger el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como
los de un perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país
donde el "si" suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte,
muévanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del
Arno, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el
conde Ugolino fué acusado de haber vendido tus castillos, no debiste
someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh
nueva Tebas!, la inocencia de Ugucción y del Brigata, y la de los otros
dos que ya he nombrado.
Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros
condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia
arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al
salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la
angustia; porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una
visera de cristal, llenan debajo de los párpados toda la cavidad del
ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran frío, había perdido toda
sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareció qué sentía
algún viento, por lo cual dije:
--Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo
vapor?
A lo cual me contestó:
--Pronto llegarás a un sitio donde tus ojos te darán la respuesta,
viendo la causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
--¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto!
Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el
dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de
nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
--Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese
consuelo, véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
--Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan
mala fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
[43] Alberigo de Manfredi, señor de Faenza, que ingresó en la
orden de los hermanos Gozosos, se había enemistado con sus
parientes. Un día, fingiendo reconciliarse con ellos, les
invitó a un gran banquete, y en el momento de servirse los
postres, les hizo asesinar. De aquí tuvo origen el proverbio
italiano: "Ese ha probado la fruta de Alberigo."
--¡Oh!--le dije--; ¿también tú has muerto?
--No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba--repuso--; esta Ptolomea
tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella
antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me
arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un
alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su
cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que
llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna;
y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra
que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas
de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el cual hace ya muchos
años que fué encerrado aquí.
--Yo creo--le dije--que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto
aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
--Aun no había caído Miguel Zanche--repuso aquél--en la fosa de
Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca
d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de
uno de sus parientes, que fué cómplice de su traición. Extiende ahora
la mano y ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fué una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres, y llenos
de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con
el peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por
sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su
cuerpo aparece aún vivo en el mundo.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO TRIGESIMOCUARTO_
"Vexilla regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira
adelante--dijo mi Maestro,--a ver si lo distingues.
[44] "Los estandartes del rey de los Infiernos
avanzan."--Imitación del primer verso del himno que entona
la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aquí aplica
irónicamente Virgilio hablando de Lucifer.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento,
cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro
hemisferio, así me pareció ver a gran distancia un artificio semejante;
y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me
encogí detrás de mi Guía. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos)
en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de
hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas,
otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas con los pies hacia abajo,
y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando
mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente para enseñarme la
criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el paso, e hizo
que me detuviera.
--He ahí a Dite--me dijo--, y he aquí el lugar donde es preciso que te
armes de fortaleza.
No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no
quiero escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni
vivo: piensa por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería
viéndome así privado de la vida sin estar muerto. El emperador del
doloroso reino salía fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi
estatura era más proporcionada a la de un gigante, que la de uno de
éstos a la longitud de los brazos de Lucifer: juzga, pues, cuál deba
ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fué tan bello como
deforme es hoy, y osó levantar sus ojos contra su Creador, de él debe
proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto asombro me causó, al ver
que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color
bermejo: los otros dos se unían a éste sobre el medio de los hombros,
y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la
derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda
tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de
cada rostro salían dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de
tal pájaro; y no he visto jamás velas de buque comparables a ellas:
no tenían plumas, pues eran por el estilo de las del murciélago; y se
agitaban de manera que producían tres vientos, con los cuales se helaba
todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas
corrían sus lágrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes
de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que
hacía tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufría el de
adelante no eran nada en comparación de los rasguños que le causaban
las garras de Lucifer, dejándole a veces las espaldas enteramente
desolladas.
[45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres
partes del mundo entonces conocidas. El rojo o bermejo, los
europeos; el entre blanco y amarillo, los asiáticos; el negro,
los africanos.--Los tres vientos de que habla luego simbolizan
tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la
soberbia, la envidia y la avaricia.
--El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba--dijo el
Maestro--es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la
boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos,
que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es
Bruto; mira cómo se retuerce sin decir una palabra: el otro, que tan
membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de
partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar
favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las
velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre
el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en
que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas,
mi Guía, con fatiga y con angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél
tenía las zancas, y se agarró al pelo como un hombre que sube, de modo
que creí que volvíamos al Infierno.
--Sosténte bien--me dijo jadeando como un hombre cansado--; que por
esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendedura de una roca, y me sentó sobre el
borde de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis
ojos, creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía
las piernas en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que
no sabe qué punto es aquel por donde yo había pasado.
--Levántate--me dijo el Maestro--; la ruta es larga, el camino malo, y
ya el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio,
sino una caverna de mal piso y escasa de luz.
--Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío,--le dije al ponerme
en pie--, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo,
y cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan
pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
--¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me
cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te
encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto
hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás
bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo
cuyo más alto punto fué muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado.
Tienes los pies sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a
la Judesca. Aquí amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos
hemos servido como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo
que antes. Por esta parte cayó del cielo; y la tierra, que antes se
mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo,
y se retiró hacia nuestro hemisferio; y quizá también huyendo de él,
dejó aquí este vacío la que aparece por acá formando un elevado monte.
Hay allá abajo una cavidad que se aleja tanto de Lucifer cuanta es la
extensión de su tumba; cavidad que no puede reconocerse por la vista,
sino por el rumor de un arroyuelo, que desciende por el cauce de un
peñasco que ha perforado con su curso sinuoso y poco pendiente. Mi Guía
y yo entramos en aquel camino oculto, para volver al mundo luminoso;
y sin concedernos el menor descanso, subimos, él delante y yo detrás,
hasta que pude ver por una abertura redonda las bellezas que contiene
el Cielo, y por allí salimos para volver a ver las estrellas.
[Ilustración]
_PURGATORIO_
[Ilustración]
_CANTO PRIMERO_
Ahora la navecilla de mi ingenio, que deja en pos de sí un mar
tan cruel, desplegará las velas para navegar por mejores aguas; y
cantaré aquel segundo reino, donde se purifica el espíritu humano,
y se hace digno de subir al Cielo. Resucite aquí, pues, la muerta
poseía, ¡oh santas Musas!, pues que soy vuestro; y realce Calíope mi
canto, acompañándolo con aquella voz que produjo tal efecto en las
desgraciadas Urracas, que desesperaron de alcanzar su perdón.[46]
[46] Las nueve hijas de Piero, rey de Pella en Macedonia,
que habiendo desafiado a las Musas, fueron vencidas y
transformadas en urracas. Las mismas Musas son llamadas
Piérides.
Un suave color de zafiro oriental, contenido en el sereno aspecto del
aire puro hasta el primer cielo, reapareció delicioso a mi vista en
cuanto salí de la atmósfera muerta, que me había contristado los ojos
y el corazón. El bello planeta que convida a amar hacía sonreír todo
el Oriente, desvaneciendo al signo de Piscis, que seguía en pos de él.
Me volví a la derecha, y dirigiendo mi espíritu hacia el otro polo,
distinguí cuatro estrellas únicamente vistas por los primeros humanos.
El cielo parecía gozar con sus resplandores. ¡Oh Septentrión, sitio
verdaderamente viudo, pues que te ves privado de admirarlas! Cuando
cesé en su contemplación, volvíme un tanto hacia el otro polo, de donde
el Carro había desaparecido, y vi cerca de mí un anciano solo, y digno,
por su aspecto, de tanta veneración, que un padre no puede inspirarla
mayor a su hijo. Llevaba una larga barba, canosa como sus cabellos,
que le caía hasta el pecho, dividida en dos mechones. Los rayos de las
cuatro luces santas rodeaban de tal resplandor su rostro, que lo veía
como si hubiese tenido el Sol ante mis ojos.
--¿Quiénes sois vosotros que, contra el curso del tenebroso río,
habéis huído de la prisión eterna?--dijo el anciano, agitando su barba
venerable--. ¿Quién os ha guiado, o quién os ha servido de antorcha
para salir de la profunda noche, que hace sea continuamente negro el
valle infernal? ¿Así se han quebrantado las leyes del abismo? ¿O se ha
dado quizás en el Cielo un nuevo decreto, que os permite, a pesar de
estar condenados, venir a mis grutas?
Entonces mi Guía me indicó, por medio de sus palabras, de sus gestos
y sus miradas, que debía mostrarme respetuoso, doblar la rodilla e
inclinar la vista. Después le respondió: