--Mira cómo me desgarro: mira cuán estropeado está Mahoma. Allí va

delante de mí llorando, con la cabeza abierta desde el cráneo hasta la

barba, y todos los que aquí ves, vivieron; mas por haber diseminado

el escándalo y el cisma en la tierra, están hendidos del mismo modo.

En pos de nosotros viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando

tajos con su afilada espada a cuantos alcanza entre esta multitud de

pecadores, luego que hemos dado una vuelta por esta lamentable fosa;

porque nuestras heridas se cierran antes de volvernos a encontrar con

aquel demonio. Pero tú, que estás husmeando desde lo alto del escollo,

quizá para demorar tu marcha hacia el suplicio que te haya sido

impuesto por tus culpas, ¿quién eres?

--Ni la muerte le alcanzó aún, ni le traen aquí sus culpas para que sea

atormentado--contestó mi Maestro--, sino que ha venido para conocer

todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de

los círculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te

estoy hablando.

Al oír estas palabras, más de cien condenados se detuvieron en la fosa

para contemplarme, haciéndoles olvidar la sorpresa su martirio.

--Pues bien, tú que tal vez dentro de poco volverás a ver el sol, di a

fray Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aquí muy pronto, debe

proveerse de víveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el

hambre y la nieve, difícil le será al novarés vencerle.

Mahoma me dijo estas palabras después de haber levantado un pie para

alejarse; cuando cesó de hablar, lo fijó en el suelo y partió.

Otro, que tenía la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las

cejas, y una oreja solamente, se quedó mirándome asombrado con los

demás espíritus, y abriendo antes que ellos su boca, exteriormente

rodeada de sangre por todas partes, dijo:

--¡Oh, tú a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi allá arriba,

en la tierra latina, si es que no me engaña una gran semejanza!,

acuérdate de Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa

llanura que declina desde Vercelli a Marcabó; y haz saber a los dos

mejores de Fano, a messer Guido y Angiolello, que si la previsión no es

aquí vana, serán arrojados fuera de su bajel, y ahogados cerca de la

Católica por la traición de un tirano desleal. Desde la isla de Chipre

a la de Mallorca no habrá visto jamás Neptuno una felonía tan grande,

llevada a cabo por piratas, ni por corsarios griegos. Aquel traidor,

que ve solamente con un ojo, y que gobierna el país que no quisiera

haber visto uno que está aquí conmigo, les invitará a parlamentar con

él, y después hará de modo que no necesiten conjurar con sus votos y

oraciones el viento de Focara.

Yo le dije:

--Si quieres que lleve noticias tuyas allá arriba, muéstrame y declara

quién es ése que deplora haber visto aquel país.

Entonces puso su mano sobre la mandíbula de uno de sus compañeros, y le

abrió la boca exclamando:

--Héle aquí; pero no habla.

Era aquel que, desterrado de Roma, ahogó la duda en el corazón de

César, afirmando que el que está preparado, se perjudica en aplazar

la realización de una empresa. ¡Oh! ¡Cuán acorbardado me parecía con

su lengua cortada en la garganta aquel Curión, que tan audaz fué para

hablar!

Otro, que tenía las manos cortadas, levantando sus muñones al aire

sombrío, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, gritó:

--Acuérdate también de Mosca, que dijo, ¡desventurado!: "Cosa hecha

está concluída." Palabras que fueron el origen de las discordias

civiles de los toscanos.

--¡Y de la muerte de tu raza!--exclamé yo.

Entonces él, acumulando dolor sobre dolor, se alejó como una persona

triste y demente.

Continué examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevería a

referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia;

esa buena compañera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el

corazón del hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo,

un cuerpo sin cabeza, andando como los demás que formaban aquella

triste grey: asida por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna,

llevaba en una mano su cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando:

"¡Ay de mí!" Servíase de sí mismo como de una lámpara, y eran dos en

uno y uno en dos: cómo puede ser esto, sólo lo sabe Aquél que nos

gobierna. Cuando llegó al pie del puente, levantó en alto su brazo con

la cabeza para acercarnos más sus palabras, que fueron éstas:

--Mira mi tormento cruel, tú que, aunque estás vivo, vas contemplando

los muertos: ve si puede haber alguno tan grande como éste. Y para que

puedas dar noticias mías, sabe que yo soy Bertrán de Born, aquel que

dió tan malos consejos al rey joven. Yo armé al padre y al hijo uno

contra otro: no hizo más Aquitofel con sus perversas instigaciones a

David y Absalón. Por haber dividido a personas tan unidas, llevo ¡ay

de mí! mi cabeza separada de su principio, que queda encerrado en este

tronco: así se observa conmigo la pena del talión.

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMONONO_

El espectáculo de aquella multitud de precitos y de sus diversas

heridas, de tal modo henchía de lágrimas mis ojos, que hubiera deseado

detenerme para llorar. Pero Virgilio me dijo:

--¿Qué miras ahora? ¿Por qué tu vista se obstina en contemplar ahí

abajo esas sombras tristes y mutiladas? Tú no has hecho eso en las

otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa que la fosa tiene

veintidós millas de circunferencia. La luna está ya debajo de nosotros:

el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y aún nos queda por ver

más de lo que has visto.

--Si hubieses considerado atentamente--le respondí--la causa que me

obligaba a mirar, quizá hubieras permitido que me detuviera aquí un

poco.

Mi Guía se alejaba ya, mientras yo iba tras de él contestándole y

añadiendo:

--Dentro de aquella cueva donde tenía los ojos tan fijos, creo que

había un espíritu de mi familia llorando el delito que se castiga ahí

con tan graves penas.

Entonces me contestó el Maestro:

--No se ocupe ya más tu pensamiento en la suerte de ese espíritu;

piensa en otra cosa, y quédese él donde está. Le he visto al pie del

puente señalarte y amenazarte airadamente con el dedo, y oí que le

llamaban Geri del Bello; pero tú estabas tan distraído con el que

gobernó a Altaforte, que como no miraste hacia donde él estaba, se

marchó.

--¡Oh, mi Guía!--dije yo--Su violenta muerte, que no ha sido aún

vengada por ninguno de nosotros, partícipes de la ofensa, le ha

indignado: he aquí por qué, según presumo, se ha ido sin hablarme; y

esto es causa de que me inspire más compasión.

Así continuamos hablando hasta el primer punto del peñasco, desde

donde se distinguiría la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella

más claridad. Cuando estuvimos colocados sobre el último recinto de

Malebolge, de manera que los transfigurados que contenía pudieran

aparecer a nuestra vista, hirieron mis oídos diversos lamentos que cual

agudas flechas me traspasaron el corazón; por lo cual tuve que cubrirme

las orejas con ambas manos. Si entre los meses de julio y septiembre

los hospitales de la Valdichiana y los enfermos de las Marismas y

de Cerdeña estuvieran reunidos en una sola fosa, esta acumulación

formaría un espectáculo tan doloroso como el que ví en aquella, de la

cual se exhalaba la misma pestilencia que la que despiden los miembros

gangrenados. Descendimos hacia la izquierda por la última orilla del

largo peñasco, y entonces pude distinguir mejor la profundidad de aquel

abismo, donde la infalible Justicia, ministro del Altísimo, castiga a

los falsarios que apunta en su registro.

No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de

Egina, cuando se inficionó tanto el aire, que perecieron todos los

animales hasta el miserable gusano, habiendo salido después los

habitantes de aquella isla de la raza de las hormigas, según aseguran

los poetas, como causaba el ver a los espíritus languidecer en tristes

montones por aquel obscuro valle. Cuál yacía tendido sobre el vientre,

cuál sobre las espaldas unos de otros; y alguno andaba a rastras por el

triste camino.

Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y

escuchando a los enfermos, que no podían sostener sus cuerpos. Vi dos

de ellos sentados y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las

tejas para cocerlas, y llenos de pústulas desde la cabeza hasta los

pies. Nunca he visto criado alguno, a quien espera su amo o que vela a

pesar suyo, tan diligente en remover la almohaza, como lo era cada uno

de aquellos condenados para rascarse con frecuencia y calmar así la

terrible rabia de su comezón, que no tenía otro remedio. Se arrancaban

con las uñas las pústulas, como el cuchillo arranca las escamas del

escaro o de otro pescado que las tenga más grandes.

--¡Oh tú, que con los dedos te desarmas--dijo mi Guía a uno de ellos--,

y que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algún latino

entre los que están aquí, y ¡ojalá puedan tus uñas bastarte eternamente

para ese trabajo!

--Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes--respondió uno de

ellos llorando--; pero ¿quién eres tú, que preguntas por nosotros?

Y el Guía repuso:

--Soy un espíritu que he descendido con este sér viviente de grado en

grado, y tengo el encargo de enseñarle el Infierno.

Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una

de ellas se volvió temblando hacia mí, juntamente con otras que lo

oyeron, aunque no se dirigía a ellas la contestación. El buen Maestro

se me acercó diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que él lo permitía,

empecé de este modo:

--Así vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer

mundo, y antes bien dure por muchos años; decidme quiénes sois y de qué

nación: no tengáis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida

vuestro insoportable y vergonzoso suplicio.

--Yo fuí de Arezzo--respondió uno--, y Alberto de Siena me condenó a

las llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha traído al

Infierno.[37] Es cierto que le dije chanceándome: "Yo sabría elevarme

por el aire volando;" y él, que era curioso y de cortos alcances, quiso

que yo le enseñase aquel arte: y tan sólo porque no le convertí en

Dédalo, me hizo quemar por mandato de uno que le tenía por hijo; pero

Minos, que no puede equivocarse, me condenó a la última de las diez

fosas por haberme dedicado a la alquimia en el mundo.

[37] Dícese que éste fué cierto Griffolino, alquimista, que

alabándose de conocer el arte de volar, prometió enseñárselo a

un sienés llamado Alberto, el cual al principio le creyó; pero

habiendo advertido después el engaño, le acusó ante el obispo

de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fué condenado

por dicho obispo a ser quemado vivo, como nigromante.

Yo dije al Poeta:

--¿Hubo jamás un pueblo tan vano como el sienés? Seguramente no lo es

tanto, ni con mucho, el pueblo francés.

Entonces el otro leproso, que me oyó, contestó a mis palabras:

--Exceptúa a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo,

que fué el primero que descubrió la rica usanza del clavo de especia,

en la ciudad donde hoy es tan común su uso. Exceptúa también la

sociedad en que malgastó Caccia de Asciano sus viñas y sus bosques, y

en la que Abbagliato demostró hasta donde llegaba su juicio. Mas para

que sepas quién es el que de este modo te secunda contra los sieneses,

fija en mí tus ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que

tienes de conocerme, y podrás ver que soy la sombra de Capocchio, el

que falsificó los metales por medio de la alquimia: y debes recordar,

si eres efectivamente el que pienso, que fuí por naturaleza un buen

imitador.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMO_

En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada

contra la sangre tebana, como lo demostró más de una vez, Atamas se

volvió tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de

la mano a sus dos hijos, exclamó: "Tendamos las redes de modo que yo

coja a su paso la leona con sus cachorros;" y extendiendo después las

desapiadadas manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le

hizo dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se

ahogó con el hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de

los troyanos, que a todo se atrevían, hasta que el reino fué destruído

juntamente con el rey, la triste Hécuba, miserable y cautiva, después

de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en

la orilla del mar quedó con el corazón tan desgarrado, que, fuera de

sí, empezó a ladrar como un perro; de tal modo la había trastornado el

dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta

crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales,

como la que vi en dos sombras desnudas y pálidas, que corrían

mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas

alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal modo, que tirando

de él, le hizo arañar con su vientre el duro suelo. El aretino, que

quedó temblando, me dijo:

--Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.

--¡Oh!--le dije yo--: no temas decirme quién es la otra sombra que va

con él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes

en el cuerpo.

Me contestó:

--Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fué amante de su padre

contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfrazó

bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse

Buoso Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su

lugar, y dictando las cláusulas del testamento.[38]

[38] Gianni Schicchi acometió la empresa de suplantar la

persona de Buoso Donati, muerto sin testar; para lo cual se

metió en la cama de éste, y fingiendo que estaba cercano a la

muerte, testó e instituyó por heredero a Simón Donati, hijo de

Buoso, y como legado, dejó a Gianni Schicchi, es decir, a sí

mismo, la mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada

Madona Tonina. Dante dice: della Torma por desprecio.

Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales

había tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los

otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido

el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada

hidropesía, que, a causa de los humores convertidos en maligna

sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro

no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta,

pareciéndose al hético que, cuando está sediento, dirige uno de sus

labios hacia la barba y otro hacia la nariz.

--¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este

mundo miserable!--nos dijo--: mirad y estad atentos al infortunio de

maese Adam: yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y

ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua.

Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden

hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están

ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal

que descarna mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve

del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar más suspiros.

Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el busto del

Bautista, por lo cual dejé en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo

viese aquí el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su

hermano, no cambiaría el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la

fuente Branda. Una de ellas está ya aquí dentro, si es cierto lo que

dicen las coléricas sombras de los que giran por estos sitios; pero

¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese

yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya me habría

internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a pesar

de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media

milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos me

indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.

A mi vez lo dije:

--¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en

el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?

--Aquí los encontré--respondióme--, cuando bajé a este abismo; y desde

entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno

es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de

Troya: por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.

Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le

golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como

un tambor. Maese Adam le dió a su vez en el rostro con su puño, que no

parecía menos duro, diciéndole:

--Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de

mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.

A lo que aquél replicó:

--Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto; pero lo

tenías mucho más cuando acuñabas moneda.

El hidrópico repuso:

--Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te

incitaron a que dijeses la verdad.

--Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño--dijo

Sinón--; y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más

que ninguno otro demonio.

--Acuérdate, perjuro, del caballo--replicó aquel que tenía el vientre

hinchado--; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu

delito.

--Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu

lengua--contestó el Griego--, y el agua podrida que eleva tu vientre

como una barrera ante tus ojos.

Entonces el monedero replicó:

--También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo

sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza;

no te harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.

Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:

--Sigue, sigue contemplándolos aún; que poco me falta para reírme de ti.

Cuando le oí hablarme con ira, me volví hacia él tan abochornado, que

aún conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su

desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente que sea

sueño lo que ya lo es, así estaba yo, sin poder proferir una palabra,

por más que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me

excusaba, no creía hacerlo así.

--Con menos vergüenza habría bastante para borrar una falta mayor que

la tuya--me dijo el Maestro--: consuélate; y si acaso vuelve a suceder

que te reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que

estoy siempre a tu lado; porque querer oír eso es querer una bajeza.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO TRIGESIMOPRIMERO_

La misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis mejillas,

me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar que la lanza de

Aquiles y de su padre solía ocasionar primero un disfavor, y luego un

buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, andando,

sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. Allí no

era de día ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante

de mí: pero oí resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habría

impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo

la dirección que aquel ruido traía, se fijaron totalmente en un solo

punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, después de

la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdió el fruto de su santa

empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareció

ver muchas torres elevadas, por lo que dije:

--Maestro, ¿qué tierra es ésta?

Me respondió:

--Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo

que te imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a

la vista la distancia: así pues, aprieta el paso.

Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:

--Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause

tanta extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los

cuales están metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.

Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco

las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de

igual modo, y a medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa

y obscura, conforme nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi

error se disipaba y crecía mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona

de torres su recinto amurallado, así, por el borde que rodea el pozo,

se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles

gigantes, a quienes amenaza todavía Júpiter desde el cielo, cuando

truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de

uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo

de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandonó

el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a Marte

tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y

ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia

y su discreción; porque donde la fuerza del ingenio se une a la

malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.

Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en

Roma[39], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte

que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo

bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar

a su cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos

desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la

capa.

[39] Piña de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana;

en tiempo de Dante estaba en la plaza de la antigua basílica

de San Pedro en el Vaticano, y ahora en la sala del gran nicho

de Bramante en el jardín que rodean los Museos, llamado por

esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez

palmos, pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte

superior, medía unos quince.

"Raphel mai amech isabi almi"[40], empezó a gritar la fiera boca, en la

cual no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:

--Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con

ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y

encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe

tu enorme pecho.

[40] Según Fraticelli, cada una de estas cinco extrañas

palabras pertenece a diferente lengua; la primera al hebreo,

y las otras a cuatro de los principales dialectos derivados

de aquélla. Esta opinión parece confirmarla Dante, cuando

dice más abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;"

el que por haber querido construir la torre de Babel,

produjo la confusión e hizo que en el mundo no se hable una

sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versión del

abate José Venturi (aunque éste dice que las palabras son

siriacas), significarían ¡Poder de Dios! ¿Por qué estoy en

esta profundidad? Vuelve atrás: escóndete: pero perteneciendo

a varias lenguas, sería como si traducidas en español,

latín, alemán, francés e italiano, dijésemos: ¡Pardiez!--cur

ego--hier--Va-t-en:--fascondi.

Después me dijo:

El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve

obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no

lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje

de los demás, ni nadie conoce el suyo.

Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un

tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más

grande y fiero. No podré decir quién fué capaz de sujetarle; pero sí

que tenía ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás

con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dándole cinco

vueltas en la parte del cuerpo que salía fuera del pozo.

--Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter--dijo mi

Guía--, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto,

y dió muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los

Dioses: los brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.

Y yo le dije:

--Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que

es el desmesurado Briareo.

A lo que contestó:

--Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos

conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho

más lejos, y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.

El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia

como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que

nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara

para ello el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde

estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo

menos cinco alas.[41]

[41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento

sesenta y ocho milímetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos

treinta palmos.

La Divina Comedia · 第 8 / 28 段