margen; y entonces descubrí la fosa, y vi una espantosa masa de
serpientes, de tan diferentes especies, que su recuerdo me hiela
todavía la sangre. Deje la Libia de envanecerse con sus arenas; que
si produce quelidras, yáculos y faras, cencros y anfisbenas, ni en
ella, ni en toda la Etiopía con el país que está sobre el mar Rojo,
existieron jamás tantas ni tan nocivas pestilencias como en este lugar.
A través de aquella espantosa y cruel multitud de reptiles corrían
gentes desnudas y aterrorizadas, sin esperanza de encontrar refugio ni
heliotropo.[32] Tenían las manos atadas a la espalda con sierpes, las
cuales, formando nudos por encima, les hincaban la cola y la cabeza en
los riñones. Y he aquí que uno de aquellos desgraciados, que estaba
cerca de nosotros, fué mordido por una serpiente en el punto en que
el cuello se une a los hombros; y en el breve tiempo que se necesita
para escribir una O y una I, se incendió, ardió y cayó reducido a
cenizas. Pero apenas quedó consumido en el suelo, reuniéronse aquéllas
por sí mismas, y súbitamente se rehizo aquel espíritu como estaba
antes. Así dicen los grandes sabios que muere el Fénix, y renace cuando
está cercano a su quinto siglo: no se alimenta de hierba ni de trigo
durante su vida, sino de amomo y lágrimas de incienso, y su último nido
está formado con nardo y mirra. Y como aquel que cae y no sabe cómo,
a impulsos del demonio que lo arroja en el suelo o de algún accidente
producido por su temperamento enfermizo, cuando se levanta, se queda
asombrado de la cruel angustia que ha sufrido y suspira al mirar en
torno suyo, así se levantó el pecador ante nosotros. ¡Oh, cuán severa
es la justicia de Dios, que hace estallar su cólera por medio de tales
golpes! Mi Guía le preguntó después quién era, y él le contestó:
--Yo caí hace poco tiempo desde Toscana en este horrible abismo. La
vida salvaje me agradó más que la humana; fuí lo mismo que un mulo: soy
Vanni Fucci, el bestia, y Pistoya fué mi digno cubil.
[32] Agata de color verde obscuro con manchas rojizas, a
la que se atribuían virtudes milagrosas contra toda clase
de veneno y especialmente contra las mordeduras de las
serpientes, y que tenía además la de hacer invisible al que la
llevaba.
Entonces dije a mi Guía:
--Dile que no huya, y pregúntale qué delito le ha precipitado aquí;
pues yo le conocí ya hombre colérico y sanguinario.
El pecador, que me oyó, no se ocultó, sino que dirigió hacia mí
atentamente su mirada, y se cubrió el rostro de triste vergüenza.
Después dijo:
--Siento más que me hayas encontrado en la miseria en que me ves, de lo
que sentí verme privado de la vida; pero no puedo negarme a satisfacer
tus preguntas. Estoy sumido aquí, porque robé en la sacristía los
hermosos ornamentos, de cuyo delito fué otro acusado falsamente.
Mas para que no te goces en mi desgracia, si acaso llegas a salir
de estos lugares sombríos, abre tus oídos a mi anuncio, y escucha:
primeramente, Pistoya quedará despoblada de Negros; después Florencia
renovará sus habitantes y su forma de gobierno; Marte hará salir
del valle de Magra un vapor, que envuelto en sombrías nieblas y en
tempestad impetuosa y terrible, se desencadenará sobre el campo Piceno;
y allí, desgarrándose de repente la nube, aniquilará todos los Blancos.
Te he dicho esto para que te cause dolor.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOQUINTO_
Al terminar estas palabras, el ladrón alzó ambas manos haciendo un
gesto indecente y exclamando: "Toma, Dios, esto es para tí." Desde
entonces fuí amigo de las serpientes; porque una de ellas se le enroscó
en el cuello como diciendo: "No quiero que hables más:" y otra se
agarró a sus brazos, sujetándolos de tal modo, que no le era posible
al condenado hacer ningún movimiento. ¡Ah, Pistoya, Pistoya! ¿Cómo no
decides reducirte tú misma a cenizas, y dejar de existir, pues que tus
hijos son peores que sus antepasados? En todos los círculos del obscuro
Infierno no he visto espíritu tan soberbio ante Dios, a no ser aquel
que cayó desde los muros de Tebas. El ladrón huyó sin decir una palabra
más. Entonces vi un Centauro lleno de ira, que acudía gritando: "¿Dónde
está, dónde está el soberbio?" No creo que contengan las Marismas
tanto reptil como llevaba el Centauro sobre su grupa hasta el sitio en
que empezaba la forma humana: sobre sus espaldas, detrás de la nuca,
descansaba un dragón con las alas abiertas, el cual abrasaba cuanto
salía a su encuentro. Mi Maestro dijo:
--Ese monstruo es Caco, el que al pie de las rocas del monte Aventino
formó más de una vez un lago de sangre. No va por el mismo camino que
sus hermanos, porque robó fraudulentamente el gran rebaño que pacía en
las inmediaciones del sitio que había escogido por vivienda: pero sus
inicuos hechos acabaron por fin bajo la clava de Hércules, que si le
dió cien golpes con ella, aquél no llegó a sentir el décimo.
Mientras así hablaba Virgilio, Caco desapareció, al mismo tiempo que se
acercaban tres espíritus por debajo del margen donde estábamos, lo cual
no advertimos ni mi Guía ni yo, hasta que les oímos gritar: "¿Quiénes
sois?" Cesó entonces nuestra conversación, y nos fijamos solamente en
ellos. Yo no les conocía; pero sucedió, como suele acontecer algunas
veces, que el uno tuvo necesidad de llamar al otro, diciéndole:
"Cianfa, ¿dónde te has metido?" Y yo, a fin de que estuviese atento mi
Guía, me puse el dedo desde la nariz a la barba. Ahora, lector, si se
te hace difícil creer lo que te voy a decir, no será extraño, porque
yo que lo vi, apenas lo creo. Mientras estaba contemplando a aquellos
espíritus, se lanzó una serpiente con seis patas sobre uno de ellos,
agarrándosele enteramente. Con las patas de enmedio le oprimió el
vientre; con las de delante le sujetó los brazos, y después le mordió
en ambas mejillas. Extendiendo en seguida las patas de detrás sobre sus
muslos, le pasó la cola por entre los dos, y se la mantuvo apretada
contra los riñones. Nunca se agarró tan fuertemente la hiedra al
árbol, como la horrible fiera adaptó sus miembros a los del culpable:
después una y otro se confundieron, como si fuesen de blanda cera, y
mezclaron tan bien sus colores, que ninguno de ambos parecía ya lo
que antes había sido. Así con el ardor del fuego se extiende sobre el
papel un color obscuro, que no es negro, y sin embargo deja de ser
blanco. Los otros dos condenados le miraban, exclamando cada cual:
"¡Ay, Angel,[33] cómo cambias! No eres ya uno ni dos." Las dos cabezas
se habían convertido en una, y aparecían dos figuras mezcladas en una
sola faz, quedando en ella confundidas entrambas. De los cuatro brazos
se hicieron dos: los muslos y las piernas, el vientre y el tronco se
convirtieron en miembros nunca vistos. Quedó borrado todo su primitivo
aspecto: aquella imagen transformada parecía dos y ninguna de las
anteriores; y en tal estado se alejaba a pasos lentos.
[33] Agnolo Bruneleschi, florentino.
Como el lagarto, que bajo el ardor de los días caniculares, cuando
cambia de maleza, parece un rayo al atravesar el camino, tal parecía,
dirigiéndose hacia el vientre de los otros dos espíritus, una pequeña
serpiente irritada, lívida y negra como grano de pimienta. Picó a uno
de ellos en aquella parte del cuerpo por donde nos alimentamos antes de
nacer, y después cayó a sus pies quedando tendida. El herido la miró
sin decir nada; y permaneció inmóvil, en pie y bostezando, como si le
hubiera sorprendido el sueño o la fiebre. El y la serpiente se miraban,
y el uno por la herida y la otra por la boca, lanzaban un denso humo
que llegaba a confundirse. Calle Lucano al referir las miserias de
Sabello y de Nasidio, y escuche atentamente lo que describo aquí: calle
Ovidio al ocuparse de Cadmo y Aretusa; que si, en su poema, convirtió
a aquél en serpiente y a éste en fuente, no le envidio. Ovidio no
transformó jamás dos naturalezas frente a frente, de tal modo que
sus formas cambiaran también de materia. El hombre y la serpiente se
correspondieron de tal suerte, que cuando ésta abrió su cola en forma
de horquilla, el herido juntó sus dos pies. Las piernas y los muslos
de éste se estrecharon tanto, que en poco tiempo no quedaron vestigios
de su natural separación. La cola hendida de la serpiente tomaba la
figura que desaparecía en el hombre, y su piel se hacía blanda al
paso que dura la de aquél. Vi entrar los brazos del condenado en los
sobacos; y las dos patas de la fiera, que eran cortas, se alargaban
tanto cuanto aquéllos se encogían. Las patas de detrás de aquélla,
retorciéndose, formaban el miembro que el hombre oculta, y el del
miserable dividióse en dos patas. Mientras que el humo daba el color de
la serpiente al hombre y viceversa, y hacía salir en aquélla el pelo
que quitaba a éste, el uno, es decir, la fiera transformada en hombre,
se levantó, y cayó el otro; pero sin dejar de lanzarse miradas feroces,
ante las cuales cada uno de ellos cambiaba de rostro. El que estaba en
pie lo encogió hacia las sienes, y de la carne excedente se le formaron
las orejas en sus lisos carrillos. La parte del hocico de la serpiente
que no se replegó en la cabeza quedó fuera formando la nariz del rostro
humano, y abultó al propio tiempo convenientemente los labios. El que
estaba en el suelo extendió su boca hacia delante, e hizo entrar sus
orejas en la cabeza, como el caracol hace con sus cuernos; y la lengua,
que estaba antes unida y dispuesta a hablar, se hendió, al paso que
se unía la lengua hendida del reptil, dejando de lanzar humo. El alma
que se había convertido en serpiente huyó silbando por la fosa; y el
otro, hablando detrás de ella, le escupía. Volvióle después sus recién
formadas espaldas, y dijo al otro condenado: "Quiero que Buoso se
arrastre por este camino como yo lo he hecho." De tal suerte vi yo, en
la séptima fosa, cambiarse y metamorfosearse dos naturalezas; y si mi
lenguaje no es florido, sírvame de excusa la novedad del caso.
Aunque mis ojos estuviesen turbados y mi espíritu aturdido, no pudieron
huír las otras dos sombras tan ocultamente, que yo no conociese a
Puccio Sciancato, el único de los tres espíritus de los llegados
anteriormente que no había cambiado de forma: el otro era aquel que tú
lloras, ¡oh Gaville![34]
[34] Para mayor claridad, nótese bien que Dante ve primero
tres espíritus: Agnolo Brunelleschi, Buoso Donati y Puccio
Sciancato. Luego viene Cianfa en forma de serpiente con
seis patas, se arroja sobre Brunelleschi, y los dos se
convierten en un solo monstruo, que se va con pasos lentos.
Llega después, en forma de serpiente lívida y negra, Guercio
Cavalcante: pica a Buoso, le transforma en serpiente y él se
vuelve hombre: Buoso huye silbando. Quedan solos en escena
Puccio Sciancato, que no ha sufrido transformación, y "aquel a
quien llora Gaville;" es decir, Guercio Cavalcante.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOSEXTO_
Alégrate, Florencia, pues eres tan grande, que tu nombre vuela por
mar y tierra, y es famoso en todo el infierno. Entre los ladrones he
encontrado cinco de tus nobles ciudadanos; lo cual me avergüenza, y
a tí no te honra mucho. Pero, si es verdad lo que se sueña cerca del
amanecer, dentro de poco tiempo conocerás lo que contra ti desean, no
ya otros pueblos, sino Prato: y si este mal se hubiese ya cumplido, no
sería prematuro. ¡Así viniese hoy lo que ha de suceder, pues tanto más
me contristará, cuanto más viejo me vuelva!
Partimos; y por los mismos escalones de las rocas que nos habían
servido para bajar, subió mi Guía, tirando de mí. Prosiguiendo la ruta
solitaria a través de los picos y rocas del escollo, no era posible
mover un pie sin el auxilio de la mano. Entonces me afligí, como me
aflijo ahora, cuando pienso en lo que vi; y refreno mi espíritu más
de lo que acostumbro, para que no aventure tanto que deje de guiarlo
la virtud; porque, si mi buena estrella u otra influencia mejor me ha
dado algún ingenio, no quiero yo mismo envidiármelo. Así como en la
estación en que aquel que ilumina al mundo nos oculta menos su faz,
el campesino que reposa en la colina a la hora en que el mosquito
reemplaza a la mosca, ve por el valle las luciérnagas que corren por
el sitio donde vendimia y ara, así también vi resplandecer infinitas
llamas en la octava fosa, en cuanto estuve en el punto desde donde
se distinguía su fondo. Y como aquel a quien los osos ayudaron en su
venganza[35] vió partir el carro de Elías, cuando los caballos subían
erguidos al cielo, de tal modo que no pudiendo sus ojos seguirle,
sólo distinguían una ligera llama elevándose como débil nubecilla,
así también noté que se agitaban aquéllas en la abertura de la fosa,
encerrando cada una un pecador, pero sin manifestar lo que ocultaban.
Yo estaba sobre el puente, tan absorto en la contemplación de aquel
espectáculo, que, a no haberme agarrado a un trozo de roca, hubiera
caído sin ser empujado. Mi Guía, que me vió tan atento, me dijo:
--Dentro del fuego están los espíritus, cada uno revestido de la llama
que le abrasa.
[35] Colocados en una misma pira los cadáveres de los hermanos
Eteocles y Polinyces, que se habían dado muerte el uno al
otro, la llama descubría, bifurcándose, que se odiaban aun
después de muertos.
--¡Oh, Maestro!--respondí;--tus palabras han hecho que me cerciore de
lo que veo; pero ya lo había pensado así y quería decírtelo. Mas dime:
¿quién está en aquella llama que se divide en su parte superior, y
parece salir de la pira donde fueron puestos Eteocles y su hermano?
Me contestó:
--Allí dentro están torturados Ulises y Diomedes: juntos sufren aquí
un mismo castigo, como juntos se entregaron a la ira. En esa llama
se llora también el engaño del caballo de madera, que fué la puerta
por donde salió la noble estirpe de los romanos. Llórase también el
artificio por el que Deidamia, aun después de muerta, se lamenta de
Aquiles, y se sufre además el castigo por el robo del Paladión.
--Si es que pueden hablar en medio de las llamas--dije yo--, Maestro,
te pido y te suplico, y así mi súplica valga por mil, que me permitas
esperar que esa llama dividida llegue hasta aquí: mira cómo, arrastrado
por mi deseo, me abalanzo hacia ella.
A lo que me contestó:
Tu súplica es digna de alabanza, y yo la acojo; pero haz que tu lengua
se reprima, y déjame a mí hablar; pues comprendo lo que quieres, y
quizás ellos, siendo griegos, se desdeñarían de contestarte.
Cuando la llama estuvo cerca de nosotros, y mi Guía juzgó el lugar y el
momento favorables, le oí expresarse en estos términos:
--¡Oh vosotros, que sois dos en un mismo fuego! Si he merecido vuestra
gracia durante mi vida, si he merecido de vosotros poco o mucho, cuando
escribí mi gran poema en el mundo, no os alejéis; antes bien dígame uno
de vosotros dónde fué a morir, llevado de su valor.
La punta más elevada de la antigua llama empezó a oscilar murmurando
como la que agita el viento; después, dirigiendo a uno y otro lado su
extremidad, empezó a lanzar algunos sonidos, como si fuera una lengua
que hablara, y dijo:
--Cuando me separé de Circe, que me tuvo oculto más de un año en Gaeta,
antes de que Eneas le diera este nombre, ni las dulzuras paternales,
ni la piedad debida a un padre anciano, ni el amor mutuo que debía
hacer dichosa a Penélope, pudieron vencer el ardiente deseo que yo tuve
de conocer el mundo, los vicios y las virtudes de los humanos, sino
que me lancé por el abierto mar sólo con un navío, y con los pocos
compañeros que nunca me abandonaron. Vi entrambas costas, por un lado
hasta España, por otro hasta Marruecos, y la isla de los Sardos y las
demás que baña en torno aquel mar. Mis compañeros y yo nos habíamos
vuelto viejos y pesados cuando llegamos a la estrecha garganta donde
plantó Hércules las dos columnas para que ningún hombre pasase más
adelante. Dejé a Sevilla a mi derecha, como había dejado ya a Ceuta a
mi izquierda. "¡Oh hermanos, dije, que habéis llegado al Occidente a
través de cien mil peligros!, ya que tan poco os resta de vida, no os
neguéis a conocer el mundo sin habitantes, que se encuentra siguiendo
al Sol. Pensad en vuestro origen; vosotros no habéis nacido para vivir
como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia." Con esta corta
arenga infundí en mis compañeros tal deseo de continuar el viaje, que
apenas los hubiera podido detener después. Y volviendo la popa hacia
el Oriente, de nuestros remos hicimos alas para seguir tan desatentado
viaje, inclinándonos siempre hacia la izquierda. La noche veía ya
brillar todas las estrellas del otro polo, y estaba el nuestro tan bajo
que apenas parecía salir fuera de la superficie de las aguas. Cinco
veces se había encendido y otras tantas apagado la luz de la luna desde
que entramos en aquel gran mar, cuando apareció una montaña obscurecida
por la distancia, la cual me pareció la más alta de cuantas había
visto hasta entonces. Nos causó alegría, pero nuestro gozo se trocó
bien pronto en llanto; pues de aquella tierra se levantó un torbellino
que chocó contra la proa de nuestro buque: tres veces lo hizo girar
juntamente con las encrespadas ondas, y a la cuarta levantó la popa y
sumergió la proa como plugo al Otro, hasta que el mar volvió a unirse
sobre nosotros.
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOSEPTIMO_
Habíase quedado derecha e inmóvil la llama para no decir nada más, y ya
se iba alejando de nosotros, con permiso del dulce poeta, cuando otra
que seguía detrás nos hizo volver la vista hacia su punta, a causa del
confuso rumor que salía de ella. Como el toro de Sicilia que, lanzando
por primer mugido el llanto del que lo había trabajado con su lima (lo
cual fué justo), bramaba con las voces de los torturados en él de tal
suerte, que a pesar de estar construído de bronce, parecía realmente
traspasado de dolor, así también las palabras lastimeras del espíritu
contenido en la llama, no encontrando en toda la extensión de ella
ninguna abertura por donde salir, se convertían en el lenguaje del
fuego; pero cuando consiguieron llegar a su punta, comunicándole a ésta
el movimiento que la lengua les había dado al pasar, oímos decir:
--¡Oh tú, a quien me dirijo, y que hace poco hablabas en lombardo,
diciendo: "Véte ya, no te detengo más!" Aun cuando yo haya llegado
tarde, no te pese permanecer hablando conmigo; pues a mí no me pesa,
no obstante que estoy ardiendo.[36] Si acabas de caer en este mundo
lóbrego desde la dulce tierra latina, donde he cometido todas mis
faltas, dime si los romañolos están en paz o en guerra; pues fuí de las
montañas que se elevan entre Urbino y el yugo de que el Tíber se desata.
[36] Este espíritu es el conde Guido de Montefeltro.
Yo escuchaba aún atento e inclinado, cuando mi Guía me tocó, diciendo:
--Habla tú, ese es latino.
Y yo, que tenía la respuesta preparada, empecé a hablarle así sin
tardanza:
--¡Oh alma, que te escondes ahí debajo! Tu Romanía no está ni estuvo
nunca sin guerra en el corazón de sus tiranos; pero al venir no he
dejado guerra manifiesta: Ravena está como hace muchos años: el águila
de Polenta anida allí, y cubre aún a Cervia con sus alas. La tierra que
sostuvo tan larga prueba, y contiene sangrientos montones de cadáveres
franceses, se encuentra en poder de las garras verdes; y el mastín
viejo y el joven de Verrucchio, que tanto daño hicieron a Montagna,
siguen ensangrentando sus dientes donde acostumbran. La ciudad del
Lamone y la del Santerno están dirigidas por el leoncillo de blanco
cubil, que del verano al invierno cambia de partido; y aquella que está
bañada por el Savio, vive entre la tiranía y la libertad, así como se
asienta entre la llanura y la montaña. Ahora te ruego que me digas
quién eres: no seas más duro de lo que lo han sido otros; así pueda tu
nombre durar eternamente en el mundo.
Cuando el fuego hubo producido su acostumbrado rumor, movió de una
parte a otra su aguda punta, y después habló así:
Si yo creyera que dirijo mi respuesta a una persona que debe volver al
mundo, esta llama dejaría de agitarse; pero como ninguno pudo salir
jamás de esta profundidad, si es cierto lo que he oído, te responderé
sin temor a la infamia. Yo fuí hombre de guerra y luego franciscano,
creyendo que con este hábito expiaría mis faltas; y mi creencia hubiera
tenido ciertamente efecto, si el gran Sacerdote, a quien deseo todo
mal, no me hubiese hecho incurrir en mis primeras faltas. Quiero que
tú sepas cómo y por qué. Mientras conservé la forma de carne y hueso
que mi madre me dió, mis acciones no fueron de león, sino de zorra. Yo
conocí toda clase de astucias, todas las asechanzas, y las practiqué
tan bien, que su fama resonó hasta en el último confín del mundo.
Cuando me ví cercano a la edad en que cada cual debería cargar las
velas y recoger las cuerdas, lo que antes me agradaba me disgustó
entonces; y arrepentido, confesé mis culpas, retirándome al claustro.
Entonces ¡ay, infeliz de mí! pude haberme salvado: pero el príncipe
de los nuevos fariseos estaba en guerra cerca de Letrán (y no con los
sarracenos ni con los judíos, pues todos sus enemigos eran cristianos,
y ninguno de ellos había ido a conquistar a Acre, ni a comerciar en
la tierra del Sultán): no tuvo en cuenta su dignidad suprema ni las
sagradas órdenes de que estaba investido, ni vió en mí aquel cordón que
solía enflaquecer a los que lo llevaban; sino que, así como Constantino
llamó a Silvestre en el monte Soracto, para que le curase la lepra, así
también me llamó aquél para que le curara su orgullosa fiebre: pidióme
consejo, y yo me callé, porque sus palabras me parecieron las de un
hombre ebrio. Después añadió: "No abrigue tu corazón temor alguno: te
absuelvo de antemano; pero me has de decir cómo podré echar por tierra
los muros de Preneste. Yo puedo abrir y cerrar el cielo, como sabes;
porque son dos las llaves a que no tuvo mucho apego mi antecesor."
Estos graves argumentos me impresionaron, y pensando que sería peor
callar que hablar, dije: "Padre, puesto que tú me lavas del pecado en
que voy a incurrir, para triunfar en tu alto solio, debes prometer
mucho y cumplir poco de lo que prometas." Cuando ocurrió mi muerte, fué
Francisco a buscarme; pero uno de los negros querubines le dijo: "No
puedes llevártelo; no me prives de lo que es mío: éste debe bajar a lo
profundo entre mis condenados, por haber aconsejado el fraude, desde
cuya falta le tengo cogido por los cabellos. No es posible absolver al
que no se arrepiente, como tampoco es posible arrepentirse y querer el
pecado al mismo tiempo, pues la contradicción no lo consiente." ¡Ay de
mí, desdichado! ¡Cómo me aterré cuando me agarró, diciendo: "¡Acaso no
creerías que fuera yo tan lógico!" Me condujo ante Minos, el cual se
ciñó ocho veces la cola en derredor de su duro cuerpo, y mordiéndosela
con gran rabia, dijo: "Ese debe estar entre los culpables que esconde
el fuego." He aquí por qué estoy sepultado donde me ves, y por qué gimo
al llevar este vestido.
Cuando hubo acabado de hablar, se alejó la plañidora llama, torciendo y
agitando su aguda punta. Mi Guía y yo seguimos adelante, a través del
escollo, hasta llegar al otro arco que cubre el foso donde se castiga a
los que cargaron su conciencia introduciendo la discordia.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO VIGESIMOCTAVO_
¿Quién podría jamás, ni aún con palabras sin medida, por más que lo
intentase muchas veces, describir toda la sangre y las heridas que vi
entonces? No existe ciertamente lengua alguna que pueda expresar, ni
entendimiento que retenga, lo que apenas cabe en la imaginación. Si
pudiera reunirse toda la gente que derramó su sangre en la infortunada
tierra de la Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella
prolongada guerra en que se recogió tan gran botín de anillos, como
refiere Tito Livio y no se equivoca, con la que sufrió tan rudos golpes
por contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se
recogen aún, tanto en Ceperano, donde cada habitante fué un traidor,
como en Tagliacozzo, donde el viejo Allard venció sin armas, y fuera
posible que todos los combatientes mencionados enseñaran sus miembros
rotos y traspasados, ni aun así tendría una idea del aspecto horrible
que presentaba la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del
fondo no se vacía tanto como un espíritu que ví hendido desde la barba
hasta la parte inferior del vientre; sus intestinos le colgaban por
las piernas: se veía el corazón en movimiento y el triste saco donde
se convierte en excremento todo cuanto se come. Mientras le estaba
contemplando atentamente, me miró, y con las manos se abrió el pecho,
diciendo: