Así, de un puente a otro, y hablando de cosas que mi comedia no se

cuida de referir, fuimos avanzando y llegamos a lo alto del quinto,

donde nos detuvimos para ver la otra hondonada de Malebolge y otras

vanas lágrimas, y la vi maravillosamente obscura. Así como en el

arsenal de los venecianos hierve en el invierno la pez tenaz, destinada

a reparar los buques averiados que no pueden navegar, y al mismo tiempo

que uno construye su embarcación, otro calafatea los costados de la que

ha hecho ya muchos viajes; otro recorre la proa, otro la popa; quién

hace remos; quién retuerce las cuerdas; quiénes, por fin, reparan el

palo de mesana y el mayor; de igual suerte, y no por medio del fuego,

sino por la voluntad divina, hervía allá abajo una resina espesa, que

se pegaba a la orilla por todas partes. Yo la veía, pero sin percibir

en ella más que las burbujas que producía el hervor, hinchándose toda y

volviendo a caer desplomada. Mientras la contemplaba fijamente, mi Guía

me atrajo hacia sí desde el sitio en que me encontraba, diciéndome:

"Ten cuidado, ten cuidado." Entonces me volví como el hombre que ansía

ver aquello de que le conviene huír, y a quien asalta un temor tan

grande y repentino, que ni para mirar detiene su fuga; y vi detrás de

nosotros un negro diablo, que venía corriendo por el puente. ¡Oh! ¡Cuán

feroz era su aspecto, y qué amenazador me parecía con sus alas abiertas

y sus ligeros pies! Sobre sus hombros, altos y angulosos, llevaba a

cuestas un pecador, a quien tenía agarrado por ambos jarretes. Desde

nuestro puente dijo:

--¡Oh! Malebranche, ved aquí uno de los ancianos de Santa Zita: ponedle

debajo; que yo me vuelvo otra vez a aquella tierra, que está tan bien

provista de ellos. Allí todos son bribones, excepto Bonturo; y por

dinero, de un "no" hacen un "ita."[25]

[25] Solíase antiguamente, en los testimonios públicos,

escribir el ita de los latinos por signo de afirmación, y el

no por signo de negación.

Le arrojó abajo, y se volvió por la dura roca tan de prisa, que jamás

ha habido mastín suelto que haya perseguido a un ladrón con tanta

ligereza. El pecador se hundió y volvió a subir hecho un arco; pero los

demonios, que estaban resguardados por el puente, gritaban:

--Aquí no está el Santo Rostro; aquí se nada de diferente modo que en

el Serchio. Si no quieres probar nuestros garfios, no salgas de la pez.

Después le pincharon con más de cien harpones, diciéndole:

--Es forzoso que bailes aquí a cubierto, de modo que, si puedes,

prevariques ocultamente.

No de otra suerte hacen los cocineros que sus marmitones sumerjan en

la caldera las viandas por medio de grandes tenedores, para que no

sobrenaden.

--A fin de que no adviertan que estás aquí--me dijo el buen Maestro--,

ocúltate detrás de una roca, que te sirva de abrigo; y aunque se me

haga alguna ofensa, no temas nada; pues ya conozco estas cosas por

haber estado otra vez entre estas almas venales.

En seguida pasó al otro lado del puente, y cuando llegó a la sexta

orilla, tuvo necesidad de mostrar su intrepidez. Con el furor y el

ímpetu con que salen los perros tras el pobre que de pronto pide

limosna donde se detiene, así salieron los demonios de debajo del

puente, volviendo todos contra él sus harpones; pero les gritó:

--Que ninguno de vosotros se atreva. Antes que me punce vuestra

orquilla, adelántese uno que me oiga, y después medite si debe

perdonarme.

Todos gritaron:

--Vé, Malacoda.

Por lo cual uno de ellos se puso en marcha, mientras los otros

permanecían quietos, y se adelantó diciendo:

--¿Qué te podrá salvar de nuestras garras?

--¿Crees tú, Malacoda, que a no ser por la voluntad divina y por tener

el destino propicio--dijo mi Maestro--, me hubieras visto llegar aquí,

sano y salvo, a pesar de todas vuestras armas? Déjame pasar, porque en

el cielo quieren que enseñe a otro este camino salvaje.

Entonces quedó tan abatido el orgullo del demonio, que dejó caer el

harpón a sus plantas, y dijo a los otros:

--Que no se le haga daño.

Y mi guía a mí:

--¡Oh tú, que estás agazapado tras de las rocas del puente! Ya puedes

llegar a mí con toda seguridad.

Entonces eché a andar, y me acerqué a él con prontitud; pero los

diablos avanzaron, de modo que yo temí que no observaran lo pactado:

así vi temblar en otro tiempo a los que por capitulación salían de

Caprona, viéndose entre tantos enemigos. Me acerqué cuanto pude a mi

Guía, y no separaba mis ojos del rostro de aquéllos, que no era nada

bueno. Bajaban ellos sus garfios, y: "¿Quiéres que le pinche en la

rabadilla?," decía uno de ellos a los otros. Y respondían: "Sí, sí

clávale." Pero aquel demonio, que estaba conversando con mi Guía, se

volvió de repente, y gritó: "Quieto, quieto, Scarmiglione." Después nos

dijo:

--Por este escollo no podréis ir más lejos, pues el sexto arco yace

destrozado en el fondo. Si os place ir más adelante, seguid esta

costa escarpada: cerca veréis otro escollo por el que podréis pasar.

Ayer, cinco horas más tarde que en este momento, se cumplieron mil

doscientos sesenta y seis años desde que se rompió aquí el camino.[26]

Voy a enviar hacia allá varios de los míos para que observen si algún

condenado procura sacar la cabeza al aire: id con ellos, que no os

harán daño.

[26] Ayer, Viernes, a las tres de la tarde, quiere decir el

diablo (pues se supone que habla a las diez de la mañana del

Sábado Santo), se cumplieron 1266 años desde que se rompió

este puente, a consecuencia de un terremoto, en el momento de

la muerte de Jesucristo.

--Adelante, Alichino y Calcabrina--empezó a decir--; y tú también,

Cagnazzo; Barbariccia guiará a los diez. Vengan además Libicocco, y

Draghignazzo; Ciriatto, el de los grandes colmillos, y Graffiacane, y

Farfarello, y el loco de Rubicantondad en torno de la pez hirviente:

éstos deben llegar salvos hasta el otro escollo, que atraviesa

enteramente sobre la fosa.[27]

[27] He aquí traducidos los nombres de los doce diablos

que Dante menciona en este canto: Malebranche, malas

garras.--Malacoda, cola maldita.--Scarmiglione, que

arranca los cabellos.--Alichino, que hace inclinar a los

otros.--Calcabrina, que pisa el rocío.--Cagnazzo, perro

malo.--Barbariccia, el de la barba erizada.--Libicocco, deseo

ardiente.--Draghignazzo, veneno de dragón.--Ciriatto-Sannuto,

colmillo de jabalí.--Graffiaccane, perro que

araña.--Rubicante, inflamado. Todas estas versiones son de

Landino.

--¡Oh Maestro! ¿Qué es lo que veo?--dije--; si conoces el camino, vamos

sin escolta; yo, por mí, no la solicito. Si eres tan prudente como de

costumbre, ¿no ves que rechinan los dientes, y se hacen guiños que nos

amenazan algún mal?

--No quiero que te espantes--me contestó--; deja que rechinen los

dientes a su gusto. Si lo hacen, es por los desgraciados que están

hirviendo.

Se pusieron en camino por la margen izquierda; pero cada uno de

aquéllos de antemano se habían mordido la lengua en señal de

inteligencia con su jefe, y éste se sirvió de su ano a guisa de

trompeta.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VEGISIMOSEGUNDO_

He visto alguna vez a la caballería levantar el campo, empezar el

combate, pasar revista, y a veces batirse en retirada; he visto ¡oh,

aretinos! hacer excursiones por vuestra tierra y saquearla; he visto

luchar en los torneos y correr en las justas, ya al sonido de las

trompetas, ya al de las campanas, al ruido de los tambores, con las

señales de los castillos, y con todo el aparato nacional y extranjero;

pero lo que no he visto nunca es que tan extraño instrumento de viento

haya indicado la marcha a jinetes ni peones; jamás, ni en la tierra,

ni en los cielos, guió semejante faro a ningún buque. Marchábamos

juntamente con los diez demonios (¡oh terrible compañía!); pero en la

iglesia con los santos, y en la taberna con los borrachos. Sin embargo,

mi atención estaba concentrada en la pez para distinguir todo lo que

contenía la fosa y los que se abrasaban dentro de ella. Así como saltan

los delfines fuera del agua, indicando a los marinos que precavan la

nave de la tempestad, así también algunos condenados, para aliviar su

tormento, sacaban la espalda y la volvían a esconder más rápidos que

el relámpago; y lo mismo que en un charco las ranas sacan la cabeza a

flor de agua, aunque teniendo dentro de ella sus patas y el resto del

cuerpo, así estaban por todas partes los pecadores; pero en cuanto

Barbariccia se aproximaba, volvían a sumergirse en aquel hervidero.

Yo vi, y aun se estremece por ello mi corazón, a uno de aquellos que

había tardado más tiempo en hundirse, como sucede con las ranas, que

una queda fuera del agua, mientras otra se zambulle; y Graffiacane, que

estaba más cerca de él, le enganchó por los cabellos enviscados de pez,

y lo sacó fuera como si fuese una nutria. Yo sabía el nombre de todos

aquellos demonios, por haberme hecho cargo de ellos cuando los eligió

Malacoda. "Rubicante, plántale encima tu garfio y desuéllalo," gritaban

a un tiempo todos aquellos malditos. Yo dije:

--Maestro mío, si puedes, procura saber quién es ese desgraciado que ha

caído en manos de sus adversarios.

Mi Guía se le acercó, y le preguntó de dónde era, a lo que respondió:

--Yo nací en el reino de Navarra. Mi madre me puso al servicio de un

señor: ella me había engendrado de un pródigo, que se destruyó a sí

mismo y disipó su fortuna. Después fuí favorito del buen rey Tebaldo, y

me lancé a comerciar con sus favores; crimen de que doy cuenta en este

horno.

Y Ciriatto, a quien salía de cada lado de la boca un colmillo como el

de un jabalí, le hizo sentir lo bien que uno de ellos hería. Entre

malos gatos había caído aquel ratón; porque Barbariccia lo sujetó entre

sus brazos, diciendo: "Quedaos ahí mientras que yo le ensarto." Y

volviendo el rostro hacia mi Maestro, añadió: "Pregúntale aún si deseas

saber más, antes que otros lo destrocen."

Mi Guía preguntó:

--Dime, pues, si entre los otros culpables que están sumergidos en esa

pez, conoces algunos que sean latinos.

A lo que contestó:

--Acabo de separarme de uno que fué de allí cerca. ¡Así estuviera, como

él, bajo la pez; no temería ahora ni las garras ni los garfios!

Y Libicocco: "Ya hemos tenido demasiada paciencia," dijo; y le enganchó

por el brazo con su harpón, arrancándole de un golpe todo el antebrazo.

Draghignazzo quiso también cogerle por las piernas; pero su Decurión

se volvió hacia todos ellos lanzando una mirada furiosa. Cuando se

hubieron calmado un poco, mi Guía no tardó en preguntar a aquel que

estaba contemplando su herida:

--¿Quién es ése de quien dices que te has separado, por tu desgracia,

para salir a flote?

Y le respondió:

--Es el hermano Gomita, aquel de Gallura, vaso de iniquidad, que tuvo

en su poder a los enemigos de su señor, e hizo de modo que todos

le alabasen. Aceptó su oro y los dejó libres, según él mismo dice;

y con respecto a los empleos, no fué un pequeño, sino un soberano

prevaricador. Con él conversa a menudo don Miguel Zanche de Logodoro, y

sus lenguas no se cansan nunca de hablar de las cosas de Cerdeña. ¡Ay

de mí! Ved a ese otro cómo aprieta los dientes. Aun hablaría más, pero

temo que se prepare a rascarme la tiña.

El gran jefe de los demonios se dirigió a Farfarelo, que movía sus ojos

en todas direcciones buscando donde herir, y le dijo: "Quítate de ahí,

pájaro malvado."

--Si queréis ver u oír a toscanos y lombardos--empezó a decir en

seguida el desgraciado pecador--, haré que vengan. Pero que esas

malditas garras se mantengan un poco apartadas, a fin de que ellos

no teman sus venganzas: yo, sentándome en este mismo sitio, por uno

que soy haré venir siete, silbando como acostumbramos cuando uno de

nosotros saca la cabeza fuera de la pez.

Al oír estas palabras, Gagnazzo levantó el hocico meneando la cabeza,

y dijo: "¡Oigan el medio malicioso de que se ha valido para volver

a sumergirse!" A lo cual contestó aquél, que tenía abundancia de

estratagemas: "¡En verdad que soy muy malicioso, cuando expongo a los

míos a mayores tormentos!" No pudo contenerse Alichino, y en contra de

lo dicho por los otros, respondió: "Si te arrojas en la pez, no correré

al galope detrás de ti, sino que emplearé mis alas para ello. Te damos

de ventaja la escarpa, y el ribazo por defensa, y veamos si tú solo

vales más que todos nosotros."

¡Oh tú, que lees esto, ahora verás un nuevo juego! Todos los demonios

se volvieron hacia la pendiente opuesta, y el primero de ellos, el que

se había mostrado más renitente. El navarro aprovechó bien el tiempo;

fijó sus pies en el suelo, y precipitándose de un solo salto, se puso

al abrigo de los malos propósitos de aquéllos. Contristados se quedaron

los demonios ante esta treta, pero mucho más el que tuvo la culpa de

ella; por lo cual se lanzó tras de él gritando: "Ya te tengo." Pero

de poco le valió, porque sus alas no pudieron igualar en velocidad

al espanto de Ciampolo: éste se lanzó en la pez, y aquél cambió la

dirección de su vuelo, llevando el pecho hacia arriba.

No de otro modo se sumerge instantáneamente el pato cuando el halcón se

aproxima, y éste se remonta furioso y fatigado. Calcabrina, irritado

contra Lichino por aquel engaño, echó a volar tras él, deseoso de

que el pecador se escapara para tener un motivo de querella. Y

cuando hubo desaparecido el prevaricador, volvió sus garras contra

su compañero, y se aferró con él sobre el mismo estanque. Pero éste,

gavilán adiestrado, hizo uso también de las suyas, y los dos cayeron

en medio de la pez hirviente. El calor los separó bien pronto;

pero todo su esfuerzo para remontarse era en vano, porque sus alas

estaban enviscadas. Barbariccia, descontento como los demás, hizo

volar a cuatro desde la otra parte con todos sus harpones, y bajando

rápidamente hacia el sitio designado, tendieron sus garfios a los dos

demonios, que estaban medio cocidos en la superficie de aquella fosa.

Nosotros los dejamos allí enredados de aquella manera.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOTERCERO_

Solos, en silencio y sin escolta, íbamos uno tras otro, como

acostumbran ir los frailes menores. La riña que acabábamos de

presenciar me trajo a la memoria la fábula de Esopo, en que habló

de la rana y del topo; pues las partículas "mo" e "issa"[28] no son

tan semejantes como estos dos hechos, si atentamente se consideran

el principio y el fin de entrambos. Y como un pensamiento procede

rápidamente de otro, de éste nació uno nuevo, que redobló mi primitivo

espanto. Yo pensaba así: "Esos demonios han sido engañados por nuestra

causa, y con tanto daño y escarnio, que les creo muy ofendidos. Si a

la malevolencia se añade la ira, nos van a perseguir con más crueldad

que el perro que sujeta a la liebre por el cuello." Ya sentía que

se erizaban mis cabellos a causa del temor, y miraba hacia atrás

atentamente, por lo que dije:

--Maestro, si no nos ocultas a los dos prontamente, temo a los demonios

que vienen detrás de nosotros; y tan así me lo imagino, que ya me

parece que los oigo.

[28] Mo e issa, voces que significan ahora en lombardo. Mo,

del latín modo, que es ahora; issa, elipsis del latín hac,

ipsa hora, es también ahora.

A lo que él contestó:

--Si yo fuera un espejo, no verías en mí tu imagen tan pronto como veo

en tu interior. En este momento se cruzaban tus pensamientos con los

míos bajo la misma faz y aspecto, de suerte que he deducido de ambos un

solo consejo. Si es cierto que la cuesta que hay a nuestra derecha está

tan inclinada, que nos permita bajar a la sexta fosa, huiremos de la

caza que imaginamos.

Apenas había concluído de decirme su parecer, cuando vi venir a los

demonios con las alas extendidas y muy cerca de nosotros, queriendo

cogernos. Mi Guía me agarró súbitamente, como una madre que, despertada

por el ruido y viendo brillar las llamas cerca de ella, coge a su hijo

y huye, y teniendo más cuidado de él que de sí misma, no se detiene ni

aun a ponerse una camisa. Desde lo alto de la calzada, se deslizó de

espaldas por la pendiente roca, uno de cuyos lados divide la quinta

de la sexta fosa. Jamás corrió tan rápida el agua por la canal de un

molino, cuando más se acerca a las paletas de la rueda, como descendió

por aquel declive mi Maestro, llevándome sobre su pecho, cual si

fuese hijo suyo y no su compañero. Apenas tocaron sus pies al suelo

del profundo abismo, cuando los demonios aparecieron en la roca sobre

nuestras cabezas: pero ya no nos inspiraban temor; porque la alta

Providencia que los había designado para ministros de la quinta fosa,

les quitó la facultad de separarse de allí. Abajo encontramos unas

gentes pintadas, que giraban en torno con bastante lentitud, llorosas

y con los semblantes fatigados y abatidos. Llevaban capas con capuchas

echadas sobre los ojos, por el estilo de las que llevan los monjes

de Colonia.[29] Aquellas capas eran doradas por de fuera, de modo que

deslumbraban; pero por dentro eran todas de plomo, y tan pesadas, que

las de Federico a su lado parecían de paja.[30] ¡Oh manto fatigoso por

toda la eternidad! Nos volvimos aún hacia la izquierda, y anduvimos

con aquellas almas, escuchando sus tristes lamentos. Pero las sombras,

rendidas por el peso, caminaban tan despacio, que a cada paso que

dábamos cambiábamos de compañero. Yo dije a mi Guía:

--Procura encontrar a alguno que sea conocido por su nombre o por sus

hechos; y mira al efecto en derredor tuyo mientras andas.

[29] Cuéntase que hubo en Colonia un abad tan ambicioso e

insolente, que pidió permiso al Papa para que sus monjes

pudieran usar capas de escarlata, cintos, espuelas y estribos

de plata sobredorada. Esta petición desagradó tanto al

Pontífice, que dispuso que en adelante el abad y sus monjes

usaran capas negras y mal hechas, y cintos y estribos de

madera.

[30] El emperador Federico II encerraba a los culpables de

lesa majestad en capas de plomo, y luego los arrojaba al fuego.

Y uno de ellos, que entendió el idioma toscano, exclamó detrás de

nosotros:

Detened vuestros pasos, vosotros que tanto corréis a través del aire

sombrío: quizá podrás obtener de mí lo que solicitas.

En seguida mi Guía se volvió y me dijo:

--Espera, y modera tu paso hasta igualar al suyo.

Me detuve, y vi dos de aquéllos, que en sus miradas demostraban gran

deseo de estar conmigo; pero su carga y lo estrecho del camino les

hacían tardar. Cuando se me hubieron reunido, me miraron con torvos

ojos y sin hablarme: después se volvieron uno a otros diciéndose: "Ese

parece vivo, a juzgar por el movimiento de su garganta; pero si están

muertos, ¿por qué privilegio no llevan nuestra pesada capa?" Después

me dijeron:

--¡Oh toscano, que has venido a la mansión de los tristes hipócritas!,

dígnate decirnos quién eres.

Les contesté:

--Nací y crecí junto a la orilla del hermoso Arno, en la gran ciudad,

y conservo el cuerpo que he tenido siempre. Pero vosotros, a quienes,

según veo, cae tan doloroso llanto gota a gota por las mejillas,

¿quiénes sois, y qué pena padecéis que tanto se hace ver?

Uno de ellos me respondió:

--¡Ay de mí! Estas doradas capas son de plomo, y tan gruesas, que su

peso nos hace gemir como cargadas balanzas. Fuimos hermanos Gozosos[31]

y boloñeses. Yo me llamé Catalano y éste Loderingo. Tu ciudad nos

nombró magistrados, como suele elegirse a un hombre neutral para

conservar la paz; y la conservamos tan bien como puede verse aún cerca

del Gardingo.

[31] Hermanos de una orden de caballería instituída para

combatir contra los infieles y los que violaran la justicia.

Se les llamó Gaudenti (gozosos) por la vida licenciosa que

llevaron.

Yo repuse: "¡Oh hermanos! Vuestros males..." Pero no pude continuar;

porque vi en el suelo a uno crucificado en tres palos. En cuanto

me vió, se retorció, haciendo agitar su barba con la fuerza de los

suspiros; y el hermano Catalano, que lo advirtió, me dijo:

--Ese que estás mirando crucificado aconsejó a los fariseos que era

necesario hacer sufrir a un hombre el martirio por el pueblo. Está

atravesado y desnudo sobre el camino, como ves; y es preciso que sienta

lo que pesa cada uno de los que pasan. Su suegro está condenado a igual

suplicio en esta fosa, así como los demás del Consejo que fué para los

judíos origen de tantas desgracias.

Entonces vi a Virgilio que contemplaba con asombro a aquel que estaba

tan vilmente crucificado en el eterno destierro. Luego se dirigió al

fraile en estos términos:

--¿Queríais decirnos si hacia la derecha hay alguna abertura por donde

podamos salir los dos, sin obligar a los ángeles negros a que nos

saquen de este abismo?

Aquel respondió:

--Más cerca de aquí de lo que esperas, se levanta una peña que parte

del gran círculo y atraviesa todas las terribles fosas; pero está

cortada en ésta y no continúa sobre ella. Podréis subir por las ruinas

que existen en el declive de su falda y cubren el fondo.

Mi Guía permaneció un momento con la cabeza inclinada, y después dijo:

--¡Cómo nos ha engañado aquel que ensarta con su garfio a los pecadores!

Y el fraile repuso:

--He oído referir en Bolonia los numerosos vicios del demonio, entre

los cuales no era el menor el de ser falso y padre de la mentira.

Entonces mi Guía se alejó precipitadamente con el rostro inmutado por

la cólera; y en consecuencia, me alejé también de aquellas almas que

soportaban tanto peso, y seguí las huellas de los pies queridos.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOCUARTO_

En la época del año nuevo en que templa el sol su cabellera bajo el

Acuario, y en que ya las noches van igualándose con los días; cuando

la escarcha imita en la tierra, aunque por poco tiempo, el color de

su blanca hermana, el campesino que carece de forraje, se levanta,

mira, y al ver blanco el campo se golpea el muslo, vuelve a su casa,

y se lamenta continuamente como el desgraciado que no sabe qué hacer;

pero torna luego a mirar, y recobra la esperanza, viendo que la tierra

ha cambiado de aspecto en pocas horas, y entonces coge su cayado y

sale a apacentar sus ovejas: así mi Maestro me llenó de inquietud

cuando vi tan turbado su rostro, y así también aplicó pronto remedio

a mi mal; porque al llegar al derruído puente, se volvió hacia mí con

aquel amable aspecto que tenía cuando le vi al pie del monte. Después

de haber pensado la determinación que había de tomar, contemplando

antes con cuidado las ruinas, abrió sus brazos, cogióme por detrás, y

como aquel que trabaja, pensando siempre en la labor que emprenderá

en seguida, del mismo modo, elevándome sobre la cima de una roca,

contemplaba otra diciendo:

--Agárrate bien a ésa, pero tantea primero si tal cual es podrá

sostenerte.

Aquel no era un camino a propósito para los que iban con capa; pues

apenas podíamos, Virgilio tan ágil, y yo sostenido por él, trepar de

piedra en piedra. Y a no ser porque en aquel recinto era más corto el

camino que en otro alguno, no sé lo que a él le habría sucedido, pero

a mí me hubiera vencido el cansancio. Mas como Malebolge va siempre en

declive hasta la boca del profundísimo pozo, cada fosa que se recorre

presenta un margen que se eleva y otro que desciende. Llegamos por fin

al extremo en que se destaca la última piedra. Cuando estuve sobre

ella, de tal modo me faltaba el aliento, que no podía más; así es que

me senté en cuanto nos detuvimos.

--Ahora es preciso que sacudas tu pereza--me dijo el Maestro--; que

no se alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de

colchas: y el que sin gloria consume su vida, deja en pos de sí el

mismo vestigio que el humo en el aire o la espuma en el agua. Ea,

pues, levántate; domina la fatiga con el alma, que vence todos los

obstáculos, mientras no se envilece con la pesadez del cuerpo. Tenemos

que subir todavía una escala mucho más larga; pues no basta haber

atravesado por entre los espíritus infernales. Si me entiendes, deben

reanimarte mis palabras.

Levantéme entonces, demostrando más resolución de la que verdaderamente

sentía en mi interior, y dije:

--Vamos, ya me siento fuerte y atrevido.

Echamos a andar por el escollo, que era áspero, estrecho y escabroso, y

más pendiente que el anterior. Iba hablando para disimular mi flaqueza,

cuando oí una voz que salía de la otra fosa, articulando palabras

ininteligibles. No sé lo que dijo, a pesar de encontrarme en la cima

del arco que por allí pasa; mas el que hablaba parecía conmovido por

la ira. Yo me había inclinado; pero los ojos de un vivo no podían

distinguir el fondo a través de aquella obscuridad; por lo cual dije:

--Maestro, haz por llegar al otro recinto, y descendamos este muro,

porque desde aquí oigo y no comprendo nada; miro hacia abajo y nada veo.

--Te responderé--me dijo--haciendo lo que deseas; que las peticiones

justas deben satisfacerse en silencio.

La Divina Comedia · 第 6 / 28 段