Continué, pues, andando solo hasta el extremo del séptimo círculo,

donde gemían aquellos desgraciados. El dolor brotaba de sus ojos,

mientras acá y allá se defendían con las manos, ya de las pavesas, ya

de la candente arena, como los perros, en el estío, rechazan con las

patas o con el hocico las pulgas, moscas o tábanos, que les molestan.

Mirando atentamente el rostro de muchos de aquellos a quienes azota

el doloroso fuego, no conocí a ninguno; pero observé que del cuello

de cada cual pendía una bolsa de cierto color, marcada con un signo,

en cuya contemplación parecían deleitarse sus miradas. Aproximándome

más para examinar mejor, vi en una bolsa amarilla una figura azul, que

tenía toda la apariencia de un león. Después, prosiguiendo el curso de

mis observaciones, vi otra, roja como la sangre, que ostentaba una oca

más blanca que la leche. Uno de ellos, en cuya bolsa blanca figuraba

una puerca preñada, de color azul, me dijo:

--¿Qué haces en esta fosa? Véte; y puesto que aún vives, sabe que mi

vecino Vitaliano debe sentarse aquí a mi izquierda. Yo soy paduano,

en medio de estos florentinos, que muchas veces me atruenan los oídos

gritando: "Venga el caballero soberano, que llevará la bolsa con los

tres picos."

Después torció la boca, y sacó la lengua como el buey que se lame las

narices. Y yo, temiendo que mi tardanza incomodase a aquél que me

había encargado que estuviera allí poco tiempo, volví la espalda a tan

miserables almas. Encontré a mi Guía, que había saltado ya sobre la

grupa del feroz animal, y me dijo:

--Ahora sé fuerte y atrevido. Por aquí no se baja sino por escaleras de

esta clase: monta delante; quiero quedarme entre ti y la cola, a fin de

que ésta no pueda hacerte daño alguno.

Al oír estas palabras, me quedé como aquel que, presintiendo el frío de

la cuartana, tiene ya las uñas pálidas, y tiembla con todo su cuerpo

tan sólo al mirar la sombra; pero su sentido amenazador me produjo la

vergüenza que da ánimo a un servidor delante de un buen amo. Me coloqué

sobre las anchas espaldas de la fiera, y quise decir: "Ten cuidado de

sostenerme;" pero, contra lo que esperaba, me faltó la voz; si bien él,

que ya anteriormente me había socorrido en todos los peligros, apenas

monté, me estrechó y me sostuvo entre sus brazos. Después dijo:

--Gerión, ponte ya en marcha, trazando anchos círculos y descendiendo

lentamente: piensa en la nueva carga que llevas.

Aquel animal fué retrocediendo como la barca que se aleja de la orilla,

y cuando sintió todos sus movimientos en libertad, revolvió la cola

hacia donde antes tenía el pecho, y extendiéndola, la agitó como

una anguila, atrayéndose el aire con las garras. No creo que Faetón

tuviera tanto miedo, cuando abandonó las riendas, por lo cual se

abrasó el cielo, como se puede ver todavía; ni el desgraciado Icaro,

cuando, derritiéndose la cera, sintió que las alas se desprendían de su

cintura, al mismo tiempo que su padre le gritaba: "Mal camino llevas,"

como el que yo sentí, al verme en el aire por toda partes, y alejado

de mi vista todo, excepto la fiera. Esta empezó a marchar, nadando

lentamente, girando y descendiendo; pero yo no podía apercibirme

más que del viento que sentía en mi rostro y en la parte inferior

de mi cuerpo. Empecé a oír hacia la derecha el horrible estrépito

que producían las aguas en el abismo; por lo cual incliné la cabeza

y dirigí mis miradas hacia abajo, causándome un gran miedo aquel

precipicio; porque vi llamas y percibí lamentos, que me obligaron a

encogerme tembloroso. Entonces observé, pues no lo había reparado

antes, que descendíamos dando vueltas, como me lo hizo notar la

proximidad de los grandes dolores, amontonados por doquier en torno

nuestro. Como el halcón, que ha permanecido volando largo tiempo sin

ver reclamo ni pájaro alguno, hace exclamar al halconero: "¡Eh! ¿Ya

bajas?," y efectivamente desciende cansado de las alturas donde trazaba

cien rápidos círculos, posándose lejos del que lo amaestró, desdeñoso

e iracundo, así nos dejó Gerión en el fondo del abismo, al pie de una

desmoronada roca; y libre de nuestras personas, se alejó como la saeta

despedida por la cuerda.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOOCTAVO_

Hay un lugar en el Infierno, llamado Malebolge,[18] construído todo

de piedra y de color ferruginoso, como la cerca que lo rodea. En el

centro mismo de aquella funesta planicie se abre un pozo bastante

ancho y profundo, de cuya estructura me ocuparé en su lugar. El

espacio que queda entre el pozo y el pie de la dura cerca es redondo,

y está dividido en diez valles, o recintos cerrados, semejantes a los

numerosos fosos que rodean a un castillo para defensa de las murallas;

y así como estos fosos tienen puentes que van desde el umbral de la

puerta a su otro extremo, del mismo modo aquí avanzaban desde la base

de la montaña algunas rocas, que atravesando las márgenes y los fosos,

llegaban hasta el pozo central, y allí se reunían quedando truncadas.

Tal era el sitio donde nos encontramos cuando descendimos de la grupa

de Gerión: el Poeta echó a andar hacia la izquierda, y yo seguí tras

él. A mi derecha vi nuevas causas de conmiseración, nuevos tormentos y

nuevos burladores, que llenaban la primera fosa. En el fondo estaban

desnudos los pecadores; los del centro acá venían de frente a nosotros;

y los de esta parte afuera seguían nuestra misma dirección, pero con

paso más veloz. Como en el año del Jubileo, a causa de la afluencia

de gente que atraviesa el puente de San Angelo, los romanos han

determinado que todos los que se dirijan al castillo y vayan hacia San

Pedro pasen por un lado, y por el otro los que van hacia el monte, así

vi, por uno y otro lado de la negra roca, cornudos demonios con grandes

látigos, que azotaban cruelmente las espaldas de los condenados. ¡Oh!

¡Cómo les hacían mover las piernas al primer golpe! Ninguno aguardaba

el segundo ni el tercero. Mientras yo andaba, mis ojos se encontraron

con los de un pecador, y dije en seguida: "No es la primera vez que

veo a ése." Por lo que me detuve a observarlo mejor: mi dulce Guía

se detuvo al mismo tiempo, y aun me permitió retroceder un tanto. El

azotado creyó ocultarse bajando la cabeza; mas le sirvió de poco, pues

le dije:

[18] "Malebolge," fosas malditas. Vocablo dantesco compuesto

de "bolge," bolsas, alforjas, y "male" malditas.

--Tú, que fijas los ojos en el suelo, si no son falsas las facciones

que llevas, eres Venedico Caccianimico. Pero ¿qué es lo que te ha

traído a tan picantes salsas?

A lo que me contestó:

--Lo digo con repugnancia; pero cedo a tu claro lenguaje, que me hace

recordar el mundo de otro tiempo. Yo fuí aquel que obligó a la bella

Ghisola a satisfacer los deseos del Marqués, cuéntese como se quiera la

tal historia. Y no soy el único boloñés que llora aquí; antes bien este

sitio está tan lleno de ellos, que no hay en el día entre el Savena y

el Reno tantas lenguas que digan "sipa,"[19] como en esta fosa; y si

quieres una prueba de lo que te digo, recuerda nuestra codicia notoria.

[19] En la provincia de Bolonia, situada entre los ríos

Savena y Reno, para decir sia o sí, decían sipa o sipó. En el

día pronuncian: se pó, que viene a ser el c'est bon de los

franceses.

Mientras así hablaba, un demonio le pegó un latigazo, diciéndole:

"Anda, rufián; que aquí no hay mujeres que se vendan."

Me reuní a mi Guía; y a los pocos pasos llegamos a un punto de donde

salía una roca de la montaña. Subimos por ella ligeramente, y volviendo

a la derecha sobre su áspero dorso, salimos de aquel eterno recinto.

Luego que llegamos al sitio en que aquel peñasco se ahueca por debajo a

modo de puente, para dar paso a los condenados, mi Guía me dijo:

--Detente, y haz que en ti se fijen las miradas de esos otros

malnacidos, cuyos rostros no has visto aún, porque han caminado hasta

ahora en nuestra misma dirección.

Desde el vetusto puente contemplamos la larga fila que hacia nosotros

venía por la otra parte, y que era igualmente castigada por el látigo.

El buen Maestro me dijo, sin que yo le preguntara nada:

--Mira esa gran sombra que se acerca, y que, a pesar de su dolor, no

parece derramar ninguna lágrima. ¡Qué aspecto tan majestuoso conserva

aún! Ese es Jasón, que con su valor y su destreza robó en Cólquide el

vellocino de oro. Pasó por la isla de Lemnos, después que las audaces

y crueles mujeres de aquella isla dieron muerte a todos los habitantes

varones; y allí, con sus artificios y sus halagüeñas palabras, engañó

a la joven Hisipila, que antes había engañado a todas sus compañeras,

y la dejó encinta y abandonada; por tal culpa está condenado a tal

martirio, que es también la venganza de Medea. Con él van todos los que

han cometido igual clase de engaños: bástete, pues, saber esto de la

primera fosa, y de los que en ella son atormentados.

Nos encontrábamos ya en el punto donde el estrecho sendero se cruza con

el segundo margen, que sirve de apoyo para otro arco. Allí vimos a los

que se anidan en una nueva fosa, dando resoplidos con sus narices y

golpeándose con sus propias manos. Las orillas estaban incrustadas de

moho, producido por las emanaciones de abajo, que allí se condensan,

ofendiendo a la vista y al olfato. La fosa es tan profunda, que no se

puede ver el fondo, sino mirando desde la parte más alta del arco, que

lo domina perpendicularmente. Allí nos pusimos, y desde aquel punto

vimos en el foso unas gentes sumergidas en un estiércol, que parecía

salir de las letrinas humanas; y mientras tenía la vista fija allí

dentro, vi uno con la cabeza tan sucia de excremento, que no podía

saber si era clérigo o seglar. Aquella cabeza me dijo:

--¿Por qué te muestras tan ávido de mirarme a mí, con preferencia a los

otros que están tan sucios como yo?

Le respondí:

--Porque, si mal no recuerdo, te he visto otra vez con los cabellos

enjutos, y tú eres Alejo Interminelli de Luca; por eso te miro más que

a todos los otros.

Entonces, él, golpeándose la calabaza, exclamó:

--Aquí me han sumergido las lisonjas que no se cansó de prodigar mi

lengua.

Después de esto, mi Guía me dijo:

--Procura adelantar un poco la cabeza, a fin de que tus miradas

alcancen las facciones de aquella sucia esclava desmelenada, que se

desgarra las carnes con sus uñas llenas de inmundicia, y que tan pronto

se encoge como se estira. Esa es Thais, la prostituta, que cuando su

amante le preguntó: "¿Tengo grandes méritos a tus ojos?," ella le

contestó: "Sí, maravillosos." Y con esto queden saciadas nuestras

miradas.

[Ilustración]

_CANTO DECIMONONO_

¡Oh Simón el mago! ¡Oh miserables sectarios suyos, almas rapaces, que

prostituís a cambio de oro y plata las cosas de Dios, que deben ser las

esposas de la virtud! Ahora resonará la trompa para vosotros, puesto

que os encontráis en la tercera fosa.

Estábamos ya junto a ésta, subidos en aquella parte del escollo que

cae justamente sobre su centro. ¡Oh suma Sabiduría! ¡Cuán grande es el

arte que demuestras en el cielo, en la tierra y en el mundo maldito, y

con cuánta equidad se reparte tu virtud! Vi en los lados y en el fondo

la piedra lívida llena de pozuelos, todos redondos y de igual tamaño,

los cuales me parecieron ni más ni menos anchos que los que hay en mi

hermoso San Juan para servir de pilas bautismales; uno de éstos rompí

yo no ha muchos años, por salvar a un niño que dentro de él se ahogaba;

y baste lo que digo, para desengañar a todos.[20] Fuera de la boca

de cada uno de aquellos pozuelos salían los pies y las piernas de un

pecador, hasta el muslo, quedando dentro el resto del cuerpo. Ambos

pies estaban encendidos, por cuya razón se agitaban tan fuertemente

sus coyunturas, que hubieran roto sogas y cuerdas. Del mismo modo que

la llama suele recorrer la superficie de los objetos untados de grasa,

así el fuego flameaba desde el talón a la punta en los pies de los

condenados.

[20] Habiendo roto Dante una de las pilas bautismales de la

iglesia de San Juan en Florencia, para salvar a un niño que se

ahogaba, fué acusado de sacrilegio. Por esto hace constar aquí

que no lo hizo por desprecio a las cosas sagradas, sino por

amor a la humanidad.

--¿Quién es aquél, Maestro, que furioso agita los pies más que sus

otros compañeros--dije entonces--, y a quien corroe y deseca una llama

mucho más roja?

A lo cual me contestó:

--Si quieres que te conduzca por aquella parte de la escarpa que está

más cercana al fondo, él mismo te dirá quién es y cuáles son sus

crímenes.

Le respondí:

--Me parece bien todo lo que a ti te agrada: tú eres el dueño y sabes

que yo no me separo de tu voluntad, así como también conoces lo que me

callo.

Subimos entonces al cuarto margen; después volvimos y bajamos por la

izquierda hacia la estrecha y perforada fosa, sin que el buen Maestro

me hiciera separar de su lado, hasta haberme conducido junto al hoyo

de aquel que daba tantas señales de dolor con los movimientos de sus

piernas.

--¡Oh! Quienquiera que seas, tú, que tienes enterrada la parte superior

de tu cuerpo; alma triste, plantada como una estaca--empecé a decir--,

habla, si puedes.

Yo estaba como el fraile que confiesa al pérfido asesino, que, metido

en la tierra, le llama para que cese su muerte. Y él gritó:

--¿Estás ya aquí derecho, estás ya aquí derecho, Bonifacio?[21] Me

ha engañado en algunos años lo que está escrito. ¿Tan pronto te has

saciado de aquellos bienes, por los cuales no temiste apoderarte con

embustes de la hermosa Dama,[22] y gobernarla después indignamente?

[21] Esta sombra es la del papa Nicolás III, de la familia

de los Orsini de Roma, electo en 1277. Cree que quien le

interroga es el alma de Bonifacio VIII; y por eso dice:

"¿Estás ya aquí, Bonifacio?" Y añade en seguida: "Me ha

engañado en algunos años lo escrito." Es decir: El libro

profético, en que nosotros los condenados leemos lo futuro, me

ha engañado; porque, según él, tú debías morir en 1303, y no

en 1300.

[22] Según la Historia, esta opinión de Dante es exagerada.

Sin embargo, Celestino V dijo de Bonifacio VIII, que este papa

entró a reinar como un zorro, gobernó como un león y murió

como un perro.

Quedéme, al oír esto, como aquellos que, casi avergonzados de no haber

comprendido lo que se les ha dicho, no saben qué contestar. Entonces

Virgilio dijo:

--Respóndele pronto: "yo no soy, yo no soy el que tú crees."

Y yo contesté como se me ordenó. Por lo cual el espíritu retorció sus

pies; y luego, suspirando y con llorosa voz, me dijo:

--¿Pues qué es lo que me preguntas? Si te urge conocer quién soy, hasta

el punto de haber descendido para ello por todos estos peñascos, sabrás

que estuve investido del gran manto, y fuí verdadero hijo de la Osa,

tan codicioso, que, por aumentar la riqueza de los oseznos, embolsé

arriba todo el dinero que pude, y aquí mi alma. Bajo mi cabeza están

sepultados los demás papas, que antes de mí cometieron simonía, y se

hallan comprimidos a lo largo de este angosto agujero. Yo me hundiré

también luego que venga aquel que creí fueses tú, cuando te dirigí mi

súbita pregunta. Pero desde que mis pies se abrasan, y me encuentro

colocado al revés, ha transcurrido más tiempo del que él permanecerá

en este mismo sitio con los pies quemados; porque en pos de él vendrá

de poniente un pastor sin ley, por causa más repugnante, y ése deberá

cubrirnos a entrambos. Será un nuevo Jasón, parecido al de que se habla

en el libro de los Macabeos; y así como el rey de éste fué débil para

con él, así con el otro lo será el que rige la Francia.

No sé si en tal momento fué demasiada audacia la mía; pues le respondí

en estos términos:

--¡Eh!, dime: ¿cuánto dinero exigió Nuestro Señor de San Pedro, antes

de poner las llaves en su poder? En verdad que no le pidió más sino

que le siguiera. Ni Pedro ni los otros pidieron a Matías oro ni plata

cuando por suerte fué elegido en reemplazo del que perdió su alma

traidora. Permanece, pues, ahí, porque has sido castigado justamente, y

guarda bien la mal adquirida riqueza, que tan atrevido te hizo contra

Carlos. Y si no fuese porque aun me contiene el respeto a las llaves

soberanas, que poseíste en tu alegre vida, emplearía palabras mucho más

severas; porque vuestra avaricia contrista al mundo, pisoteando a los

buenos, y ensalzando a los malos. Pastores, a vosotros se refería el

Evangelista, cuando vió prostituída ante los reyes a la que se sienta

sobre las aguas; a la que nació con siete cabezas, y obtuvo autoridad

por sus diez cuernos, mientras la virtud agradó a su marido.[23] Os

habéis construído dioses de oro y plata: ¿qué diferencia, pues, existe

entre vosotros y los idólatras, sino la de que ellos adoran a uno y

vosotros adoráis a ciento? ¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dió

origen, no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de ti

recibió el primer papa que fué rico!

[23] Dante alude aquí a Roma, edificada sobre siete colinas,

a la que rendían obediencia muchos pueblos y naciones, y

permaneció constituída en gran poder y autoridad, mientras (su

marido) sus jefes fueron virtuosos: pero decayó en la opinión,

que por tanto tiempo había merecido y gozado, cuando la corte

romana prefirió a la virtud el oro y la plata, prostituyéndose

a los reyes de la tierra.

Mientras yo le hablaba con esta claridad, él, ya fuese a impulsos de

la ira, o porque le remordiese la conciencia, respingaba fuertemente

con ambas piernas. Creo que complací a mi Guía; porque escuchó siempre

con rostro satisfecho el sonido de mis palabras, expresadas con

sinceridad. Entonces me cogió con los dos brazos, y teniéndome en alto

bien afianzado sobre su pecho, volvió a subir por el camino por donde

habíamos descendido, sin dejar de estrecharme contra sí, hasta llegar a

la parte superior del puente que va de la cuarta a la quinta calzada.

Allí, depositó suavemente su querido fardo sobre el áspero y pelado

escollo, que hasta para las cabras sería un difícil sendero, desde

donde descubrí una nueva fosa.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMO_

Mis versos deben relatar un nuevo suplicio, el cual servirá de asunto

al vigésimo canto del primer cántico, que trata de los sumergidos

en el Infierno. Me hallaba ya dispuesto a contemplar el descubierto

fondo, que está bañado de lágrimas de angustia, cuando vi venir por la

fosa circular gentes que, llorando en silencio, caminaban con aquel

paso lento que llevan las letanías en el mundo. Cuando incliné más

hacia ellos mi mirada, me pareció que cada uno de aquellos condenados

estaba retorcido de un modo extraño desde la barba al principio del

pecho; pues tenían el rostro vuelto hacia las espaldas, y les era

preciso andar hacia atrás, porque habían perdido la facultad de ver por

delante. Quizá, por la fuerza de la perlesía, se encuentre un hombre

de tal manera contrahecho; pero yo no lo he visto ni creo que pueda

suceder. Ahora bien, lector, ¡así Dios te permita sacar fruto de esta

lectura! Considera por ti mismo si mis ojos podrían permanecer secos,

cuando vi de cerca nuestra humana figura tan torcida, que las lágrimas

le caían por la espina dorsal. Yo lloraba en verdad, apoyado contra

una de las rocas de la dura montaña, de suerte que mi Guía me dijo:

--¿Tú también eres de los insensatos? Aquí vive la piedad cuando está

bien muerta. ¿Quién es más criminal que el que se apasiona contemplando

la justicia divina? Levanta la cabeza, levántala y mira a aquel por

quién se abrió la tierra en presencia de los tebanos, que exclamaban:

"¿Adónde caes, Anfiarao? ¿Por qué abandonas la guerra?" Y no cesó

de caer en el Infierno hasta llegar a Minos, que se apodera de cada

culpable. Mira cómo ha convertido sus espaldas en pecho: por haber

querido ver demasiado hacia adelante, ahora mira hacia atrás, y sigue

un camino retrógrado. Mira a Tiresias, que mudó de aspecto cuando de

varón se convirtió en hembra, cambiando también todos su miembros,

y hubo de abatir con su vara las dos serpientes unidas, antes que

recobrara su pelo viril. El que acerca sus espaldas al vientre de aquél

es Aronte, que tuvo por morada una gruta de blancos mármoles en las

montañas de Luni, cultivadas por el carrarés que habita en su falda,

y desde allí no había nada que limitara su vista, cuando contemplaba

el mar o las estrellas. Aquella que, con los destrenzados cabellos,

cubre sus pechos, por lo cual se ocultan a tus miradas, y tiene en ese

lado de su cuerpo todas las partes velludas, fué Manto, que recorrió

muchas comarcas, hasta que se detuvo en el sitio donde yo nací; por

lo cual deseo que me prestes un poco de atención. Luego que su padre

salió de la vida, y fué esclavizada la ciudad de Baco,[24] Manto anduvo

errante por el mundo durante mucho tiempo. Allá arriba, en la bella

Italia, existe un lago al pie de los Alpes que ciñen la Alemania por

la parte superior del Tirol, el cual se llama Benaco. Mil corrientes,

y aun más, según creo, vienen a aumentar, entre Garda, Val-Camonica

y el Apenino, el agua que se estanca en dicho lago. En medio de éste

hay un sitio, donde el Pastor de Trento, y los de Verona y Brescia,

podrían dar su bendición si siguiesen aquel camino. En el punto donde

es más baja la orilla que le circunda, está situada Peschiera, bello

y fuerte castillo, a propósito para hacer frente a los de Brescia y a

los de Bérgamo. Allí afluye necesariamente toda el agua que no puede

estar contenida en el lago de Benaco, formando un río que corre entre

verdes praderas. En cuanto aquella agua sigue un curso propio, ya no se

llama Benaco, sino Mincio, hasta que llega a Governolo, donde desemboca

en el Po. No corre mucho sin que encuentre una hondonada, en la cual

se extiende y se estanca, y suele ser malsana en el estío. Pasando,

pues, por allí la feroz doncella, vió en medio del pantano una tierra

inculta y deshabitada. Se detuvo en ella con sus esclavas, para huír de

todo consorcio humano, y para ejercer su arte mágica, y allí vivió y

dejó sus restos mortales. Entonces los hombres, que estaban dispersos

por los alrededores, se reunieron en aquel sitio, que era fuerte a

causa del pantano que le circundaba: edificaron una ciudad sobre los

huesos de la difunta, y del nombre de la primera que había elegido

aquel sitio, la llamaron Mantua, sin consultar para ello al Destino. En

otro tiempo fueron sus habitantes más numerosos, antes de que Casalodi

se dejara engañar neciamente por Pinamonte. Te lo advierto a fin de

que, si oyes atribuir otro origen a mi patria, ninguna mentira pueda

obscurecer la verdad.

[24] Tebas, ciudad consagrada a Baco.

Le respondí:

--Maestro, tus razonamientos son para mí tan verídicos, y me obligan

a prestarles tanta fe, que cualesquiera otros me parecerían carbones

apagados. Pero dime si entre la gente que va pasando hay alguno digno

de notarse, pues eso solo ocupa mi alma.

Entonces me dijo:

--Aquél, cuya barba se extiende desde el rostro a sus morenas espaldas,

fué augur cuando la Grecia se quedó tan exhausta de varones, que apenas

los había en las cunas, y junto con Calcas dió la señal en Aulide para

cortar el primer cable. Se llamó Euripilo, y así lo nombra en algún

punto mi alta tragedia. Aquel otro que ves tan demacrado fué Miguel

Scott, que conoció perfectamente las imposturas del arte mágica. Mira a

Guido Bonatti, y ve allí a Asdente, que ahora desearía no haber dejado

su cuero y su bramante; pero se arrepiente demasiado tarde: contempla

las tristes que abandonaron la aguja, la lanzadera y el huso para

convertirse en adivinas, y para hacer maleficios con hierbas y con

figuras. Pero ven ahora, porque ya el astro en que se ve a Caín con las

espinas ocupa el confín de los dos hemisferios, y toca el mar más abajo

de Sevilla. La luna era ya redonda en la noche anterior; debes recordar

bien que no te molestó a veces por la selva umbría.

Así me hablaba y entre tanto íbamos caminando.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO VIGESIMOPRIMERO_

La Divina Comedia · 第 5 / 28 段