El poeta esperó un momento, y después me dijo:

--Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregúntale, si quieres

saber más.

Yo le contesté:

--Interrógale tú mismo lo que creas que me interese, pues yo no podría:

tanto es lo que me aflige la compasión.

Por lo cual volvió él a empezar de este modo:

--A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu súplica

reclama, espíritu encarcelado, dígnate aún decirnos cómo se encierra el

alma en esos nudosos troncos, y dime además, si puedes, si hay alguna

que se desprenda de tales miembros.

Entonces el tronco suspiró, y aquel resoplido se convirtió en esta voz:

--Os contestaré brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de

donde se ha arrancado ella misma, Minos la envía al séptimo círculo.

Cae en la selva, sin que tenga designado sitio fijo, y allí donde la

lanza la fortuna, germina cual grano de espelta. Brota primero como

un retoño, y luego se convierte en planta silvestre: las Arpías, al

devorar sus hojas, le causan dolor, y abren paso por donde ese dolor

se exhale. Como las demás almas, iremos a recoger nuestros despojos;

pero sin que ninguna de nosotras pueda revestirse con ellos, porque no

sería justo volver a tener lo que uno se ha quitado voluntariamente.

Los arrastraremos hasta aquí; y en este lúgubre bosque estará cada uno

de nuestros cuerpos suspendido en el mismo endrino donde sufre tal

tormento su alma.

Prestábamos aún atención a aquel tronco, creyendo que añadiría algo

más, cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que

siente venir el jabalí y los perros hacia el sitio donde está apostado,

que juntamente oye el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y

he aquí que aparecen a nuestra izquierda dos infelices, desnudos y

lacerados, huyendo tan precipitadamente, que rompían todas las ramas

de la selva. El de delante: "¡Acude, acude, muerte!," decía; y el

otro, que no corría tanto: "Lano, tus piernas no eran tan ágiles en el

combate del Toppo." Y sin duda, faltándole el aliento, hizo un grupo de

sí y de un arbusto.

Detrás de ellos estaba la selva llena de perras negras, ávidas y

corriendo cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar

terribles dentelladas a aquél que se ocultó, y después de despedazarle,

se llevaron sus miembros palpitantes. Mi Guía me tomó entonces de

la mano, y llevóme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus

sangrientas heridas:

--¡Oh, Jacobo de San Andrés!--decía--. ¿De qué te ha servido tomarme

por refugio? ¿Tengo yo la culpa de tu vida criminal?

Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:

--¿Quién fuiste tú que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan

quejumbrosas palabras?

A lo que contestó:

--¡Oh, almas, que habéis venido a contemplar el lamentable estrago

que me ha separado así de mis hojas!, recogedlas al pie del triste

arbusto. Yo fuí de la ciudad que cambió su primer patrón por San Juan

Bautista;[13] por cuya razón aquél la contristará siempre con su

terrible arte: y a no ser porque en el puente del Arno se conserva

todavía alguna imagen suya, fuera en vano todo el trabajo de aquellos

ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas que de ella dejó

Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca.

[13] Florencia, cuyo antiguo patrón era el dios Marte.

Su estatua ecuestre se conservaba aún en 1337 en el

Ponte-Vecchio, de donde la arrancó, juntamente con un trozo

del puente, una avenida del Arno.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOCUARTO_

Enternecido por el amor patrio, reuní las hojas dispersas, y las

devolví a aquel que ya se había callado. Desde allí nos dirigimos al

punto en que se divide el segundo recinto del tercero, y donde se ve

el terrible poder de la justicia divina. Para explicar mejor las cosas

nuevas que allí vi, diré que llegamos a un arenal, que rechaza toda

planta de su superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda,

así como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies

quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio

estaba cubierto de una arena tan árida y espesa, como la que oprimieron

los pies de Catón en otro tiempo. ¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe

temerte todo aquél que lea lo que se presentó a mis ojos! Vi numerosos

grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecían

cumplir sentencias diversas. Unas yacían de espaldas sobre el suelo;

otras estaban sentadas en confuso montón; otras andaban continuamente.

Las que daban la vuelta al círculo eran más numerosas, y en menor

número las que yacían para sufrir algún tormento; pero éstas tenían

la lengua más suelta para quejarse. Llovían lentamente en el arenal

grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve que en los Alpes caen

cuando no sopla el viento. Así como Alejandro vió en las ardientes

comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el

suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas que las

pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado estaba,

así descendía el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la

yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras

manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas

continuamente renovadas. Yo empecé a decir:

--Maestro, tú que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que

nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime,

¿quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y

yace tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?

Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:

--Tal cual fuí en vida, soy después de muerto. Aun cuando Júpiter

cansara a su herrero, de quien tomó en su cólera el agudo rayo que me

hirió el último día de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a

todos los negros obreros del Mongibelo, gritando: "Ayúdame, ayúdame,

buen Vulcano," según hizo en el combate de Flegra, y me asaeteara con

todas sus fuerzas, no lograría vengarse de mí cumplidamente.

Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo lo había oído

expresarse de aquel modo:

--¡Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo.

No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.

Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:

--Ese fué uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreció a

Dios, y aun parece seguir despreciándole, sin que se note que le

ruegue; pero, como le he dicho, su mismo despecho es el más digno

premio debido a su corazón. Ahora, sígueme, y cuida de no poner tus

pies sobre la abrasada arena; camina siempre arrimado al bosque.

Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un

riachuelo, cuyo rojo color aún me horripila. Cual sale del Bulicame[14]

el arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, así corría aquel

riachuelo por la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados,

por lo que pensé que por ellas debía andar.

[14] Manantial de aguas minerales calientes, a dos millas

de Viterbo. De él salía un riachuelo con el cual se formaba

un baño, al que acudían toda clase de enfermos, y más abajo

tomaban y se repartían sus aguas le peccatrici, las mujeres

públicas.

--Entre todas las cosas que te he enseñado, desde que entramos por la

puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto

otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas.

Tales fueron las palabras de mi Guía; por lo que le supliqué se

explicase más claramente, ya que había excitado mi curiosidad.

--En medio del mar existe un país arruinado--me dijo entonces--, que se

llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fué virtuoso:

en él hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fué delicioso por

sus aguas y su frondosidad, y hoy está desierto, como todas las cosas

antiguas. Rea lo escogió por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo

mejor, cuando lloraba, hacía que se produjesen grandes ruidos. En el

interior del monte se mantiene en pie un gran anciano, que está de

espaldas hacia Damieta, con la mirada fija en Roma como en un espejo.

Su cabeza es formada de oro fino, y de plata pura son los brazos y el

pecho; después es de bronce hasta la entrepierna, y de allí para abajo,

es todo de hierro escogido, excepto el pie derecho, que es de barro

cocido, y se afirma sobre éste más que sobre el otro. Cada parte, menos

la formada de oro, está surcada por una hendedura que mana lágrimas,

las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se dirige hacia

este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y el

Flegetón; después descienden por este estrecho conducto, hasta el punto

donde no se puede bajar más, y allí forman el Cocito: ya verás lo que

es este lago; por eso no te lo describo ahora.

Yo le contesté:

--Si ese riachuelo se deriva así de nuestro mundo, ¿por qué se deja ver

únicamente al margen de este bosque?

Y él a mí:

--Tú sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho,

descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado aún la

vuelta a todo el círculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa

nueva, no debe pintarse la admiración en tu rostro.

Le repliqué:

--Maestro, ¿dónde están el Flegetón y el Leteo? Del uno no dices nada,

y del otro sólo me dices que lo origina esa lluvia de lágrimas.

--Me agradan todas tus preguntas--contestó--: pero el hervor de esa

agua roja debiera haberte servido de contestación a una de ellas.

Verás el Leteo; pero fuera de este abismo, allá donde van las almas a

lavarse, cuando, arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas.

Después añadió:

--Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir

detrás de mí: sus márgenes nos ofrecen un camino; pues no son

ardientes, y sobre ellas se extinguen todas las brasas.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOQUINTO_

Nos pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas petrificadas:

el vapor del arroyuelo formaba sobre él una niebla, que preservaba del

fuego las ondas y los ribazos. Así como los flamencos que habitan entre

Gante y Brujas, temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques

para contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del Brenta

para defender sus ciudades y castillos, antes que el Chiarentana sienta

el calor, de un modo semejante eran formados aquellos ribazos; pero su

constructor, quienquiera que fuese, no los había hecho tan altos ni tan

gruesos.

Nos hallábamos ya tan lejos de la selva, que no me habría sido posible

descubrirla, por más que volviese atrás la vista, cuando encontramos

una legión de almas, que venía a lo largo del ribazo: cada cual de

ellas me miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos

a la escasa luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las

pestañas, como hace un sastre viejo para enfilar la aguja.

Examinado de este modo por aquellas almas, fuí conocido por una de

ellas, que me cogió el vestido, exclamando:

--¡Qué maravilla!

Y yo, mientras me tendía los brazos, miré atentamente su abrasado

rostro, de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fué

imposible conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la mía contesté:

--¿Vos aquí, "ser" Brunetto?

Y él repuso:

--¡Oh hijo mío!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrás

contigo, y deja que se adelanten las demás almas.

Yo le dije:

--Os lo ruego cuanto me es posible; y si queréis que nos sentemos, lo

haré, si así le place a éste con quien voy.

--¡Oh hijo mío!--replicó--; cualquiera de nosotros que se detenga un

momento, queda después cien años sufriendo esta lluvia, sin poder

esquivar el fuego que le abrasa. Así, pues, sigue adelante; yo caminaré

a tu lado, y luego me reuniré a mi mesnada, que va llorando sus eternos

tormentos.

No me atreví a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con él;

pero tenía la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empezó de este

modo:

--¿Cuál es la suerte o el destino que te trae aquí abajo antes de tu

última hora? ¿Y quién es ése que te enseña el camino?

--Allá arriba, en la vida serena--le respondí--, me extravié en un

valle antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de mañana le volví la

espalda; y cuando retrocedía otra vez hacia él, se me apareció ése, y

me volvió al verdadero camino por esta vía.

A lo que me contestó:

--Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto,

dado que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto

tan pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habría dado

alientos para proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo,

que en otro tiempo descendió de Fiésole, y que aun conserva algo de

la aspereza de sus montañas y de sus rocas, será tu enemigo, por lo

mismo que prodigarás el bien; lo cual es natural, pues no conviene que

madure el dulce higo entre ásperos serbales. Una antigua fama les da en

el mundo el nombre de ciegos; raza avara, envidiosa y soberbia: ¡que

sus malas costumbres no te manchen nunca! La fortuna te reserva tanto

honor, que los dos partidos anhelarán poseerte; pero la hierba estará

lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas forraje de sus mismos

cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que todavía sale alguna

de entre su estiércol, en la que reviva la santa semilla de aquellos

romanos que quedaron después de construído aquel nido de perversidad.

--Si todos mis deseos se hubiesen realizado--le respondí--, no

estaríais vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija

en mi mente, y ahora me contrista verla así, vuestra querida, buena y

paternal imagen, cuando me enseñabais en el mundo cómo el hombre se

inmortaliza: me creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar

con mis palabras el agradecimiento que os profeso. Conservo grabado

en la memoria cuanto me referís acerca de mi destino, para hacerlo

explicar con otro texto por una Dama que lo sabrá hacer, si consigo

llegar hasta ella. Solamente deseo manifestaros que estoy dispuesto a

correr todos los azares de la Fortuna con tal que mi conciencia no me

remuerda nada. No es la vez primera que he oído semejante predicción; y

así, mueva su rueda la Fortuna como le plazca, y el campesino su azada.

Entonces mi Maestro se volvió hacia la derecha, me miró, y después me

dijo:

--Bien escucha quien bien retiene.

No por eso dejé de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntándole

quiénes eran sus más notables y eminentes compañeros, me contestó:

--Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto

a los otros, vale más callar; que para tanta conversación el tiempo

es corto. Sabe, pues, que todos ellos fueron clérigos y literatos de

gran fama, y el mismo pecado los contaminó a todos en el mundo. Con

aquella turba desolada va Prisciano, como también Francisco de Accorso;

y si desearas conocer a tan inmunda caterva, podrías ver a aquel

que por el Siervo de los siervos de Dios fué trasladado del Arno al

Bacchiglione,[15] donde dejó sus mal extendidos miembros. Más te diría;

pero no puedo avanzar ni hablar más, porque ya veo salir nuevo humo de

la arena. Vienen almas con las cuales no debo estar. Te recomiendo mi

"Tesoro,"[16] en el que aún vive mi memoria, y no pido nada más.

[15] Andrés de Mozzi, que fué desposeído del obispado de

Florencia a causa de sus vicios, y trasladado después al de

Vicenza, por donde pasa el Bacchiglione.

[16] Título de la obra principal de Brunetto Latini, escrita

en francés. El "Tesoro" fué publicado en su lengua original

por Chabaille (París, 1863), y traducido al italiano por Bono

Giamboni (Bolonia, 1878-83, 4 vols.).

Después se volvió con los otros, del mismo modo que los que, en la

campiña de Verona, disputan a la carrera el palio verde, pareciéndose

en el correr a los que vencen y no a los vencidos.

[Ilustración]

_CANTO DECIMOSEXTO_

Encontrábame ya en un sitio donde se oía el rimbombar del agua que

caía en el otro recinto, rumor semejante al zumbido que producen las

abejas en sus colmenas, cuando a un tiempo y corriendo se separaron

tres sombras de entre una multitud que pasaba sobre la lluvia del

áspero martirio. Vinieron hacia nosotros, gritando cada cual: "Detente,

tú, que, a juzgar por tus vestidos, eres hijo de nuestra depravada

tierra." ¡Ah!, ¡qué de llagas antiguas y recientes vi en sus miembros,

producidas por las llamas! Su recuerdo me contrista todavía. A sus

gritos se detuvo mi Maestro; volvió el rostro hacia mí, y me dijo:

--Espera aquí si quieres ser cortés con esos; aunque si no fuese por el

fuego que lanza sus rayos sobre este lugar, te diría que, mejor que a

ellos la prisa de venir, te estaría a ti la de correr a su encuentro.

Las sombras volvieron de nuevo a sus exclamaciones luego que nos

detuvimos, y cuando llegaron adonde estábamos, empezaron las tres a

dar vueltas formando un círculo. Y como solían hacer los gladiadores

desnudos y untados de aceite, que antes de venir a las manos buscaba

cada cual la oportunidad de lanzarse con ventaja sobre su contrario,

del mismo modo cada una de aquellas sombras dirigía su rostro hacia mí,

girando sin cesar, de suerte que tenían vuelto el cuello en distinta

dirección de la que seguían sus pies.

--Aunque la miseria de este suelo movedizo y nuestro llagado y sucio

aspecto haga que nosotros y nuestros ruegos seamos despreciables,

comenzó a decir una de ellas, nuestra fama debe incitar a tu corazón a

decirnos quién eres tú, que sientas con tal seguridad los pies vivos

en el Infierno. Este que ves tan desnudo y destrozado, y cuyas huellas

voy siguiendo, fué de un rango mucho más elevado de lo que te figuras.

Nieto fué de la púdica Gualdrata,[17] se llamó Guido Guerra, y durante

su vida hizo tanto con su talento, como con su espada: el otro, que

tras de mí oprime la arena, es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz debería

ser agradecida en el mundo; y yo, que sufro el mismo tormento que

ellos, fuí Jacobo Rusticucci, y por cierto que nadie me causó más daño

que mi fiera mujer.

[17] Bellísima y honesta doncella, hija de Bellicion Berti, la

cual, al mostrarse el emperador Otón IV deseoso de besarla,

se volvió hacia su padre diciendo: "Nadie me ha da besar,

excepto aquel a quien dé la mano de esposa." Se casó con el

conde Guido, de familia germánica, del cual descendieron los

condes Guidi, señores de Casentino. De este matrimonio nació

Marcovaldo, que fué padre de Guido Guerra, valiente caballero

y hombre de gran prudencia y talento, a quien se debió la

victoria en la batalla de Benavento.

Si hubiese podido estar al abrigo del fuego, me habría lanzado hacia

los de abajo, y creo que mi Maestro lo hubiera tolerado; pero como

estaba expuesto a abrasarme y cocerme, el miedo venció la buena

intención que me impelía a abrazarlos. Así les dije:

--Vuestra situación no me ha inspirado desprecio, sino un dolor que

tardará en desaparecer; esto es lo que he sentido desde el momento

que mi Señor me dijo algunas palabras, por las cuales comprendí que

era gente de vuestra calidad la que hacia nosotros venía. De vuestra

tierra soy; y siempre he retenido y escuchado con gusto vuestros actos

y vuestros honrados nombres. Dejo las amarguras, y voy en busca de los

sabrosos frutos que me ha prometido mi sincero Guía; pero antes me es

preciso bajar hasta el centro.

--Así tu alma permanezca unida a tus miembros por mucho tiempo--repuso

aquél--, y así también resplandezca tu fama después de la muerte,

ruégote nos digas si la gentileza y el valor habitan aún en nuestra

ciudad, como solían, o si se han desterrado por completo; porque

Guillermo Borsiere, que gime hace poco tiempo entre nosotros, y va allí

con los demás compañeros, nos atormenta con sus relatos.

--¡Los advenedizos y las rápidas fortunas han engendrado en ti,

Florencia, tanto orgullo e inmoderación, que tú misma te lamentas ya

por esa causa!

Así exclamé con el rostro levantado; y las tres sombras, oyendo esta

respuesta, se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se

tienen por verdaderas.

--¡Si tan poco te cuesta en otras ocasiones satisfacer las preguntas de

cualquiera--respondieron todos--, dichoso tú que dices lo que sientes!

Mas, si sales de estos lugares, obscuros, y vuelves a ver las hermosas

estrellas, cuando te plazca decir: "Estuve allí," haz que los hombres

hablen de nosotros.

En seguida rompieron el círculo, y huyeron tan de prisa, que sus

piernas parecían alas. No podría decirse "amén" tan pronto como ellos

desaparecieron: por lo cual mi Maestro determinó que nos fuésemos. Yo

le seguía, y a los pocos pasos advertí que el ruido del agua estaba

tan próximo, que aun hablando alto apenas nos hubieran oído. Como

aquel río que sigue su propio curso desde el monte Veso hacia levante

por la izquierda del Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de

precipitarse en un lecho más bajo, y perdiendo este nombre en Forli, y

formando después una cascada, ruge sobre San Benedetto en los Alpes,

donde un millar de hombres debiera hallar su retiro, así en la parte

inferior de una roca escarpada, oímos resonar tan fuertemente aquella

agua teñida de sangre, que me habría hecho ensordecer en poco tiempo.

Tenía yo una cuerda ceñida al cuerpo, con la cual había esperado

apoderarme de la pantera de pintada piel: cuando me la desaté, según

me lo había ordenado mi Guía, se la presenté arrollada y replegada:

entonces se volvió hacia la derecha, y desde una distancia considerable

de la orilla, la arrojó en aquel abismo profundo. "Preciso es, decía

yo entre mí, que alguna novedad responda a esa nueva señal, cuyo

efecto espera con tanta atención mi Maestro." ¡Oh!; ¡qué circunspectos

deberían ser los hombres ante los que, no solamente ven sus actos, sino

que, con la inteligencia, leen en el fondo de su pensamiento! Mi Guía

me dijo:

--Pronto vendrá de arriba lo que espero, y pronto también es preciso

que descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con claridad.

El hombre debe, siempre que pueda, cerrar sus labios antes de decir una

verdad, que tenga visos de mentira; porque se expone a avergonzarse sin

tener culpa. Pero ahora no puedo callarme, y te juro, ¡oh lector!, por

los versos de esta comedia, a la que deseo la mayor aceptación, que vi

venir nadando por el aire denso y obscuro una figura, que causaría

espanto al corazón más entero; la cual se asemejaba al buzo que vuelve

del fondo adonde bajó acaso a desprender el ancla que está afianzada a

un escollo, u otro cualquier objeto escondido en el mar, y que extiende

hacia arriba los brazos, al mismo tiempo que encoge sus piernas.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO DECIMOSEPTIMO_

He ahí la fiera de aguzada cola, que traspasa las montañas, y rompe los

muros y las armas: he ahí la que corrompe al mundo entero.

Así empezó a hablarme mi Maestro, e hizo a aquélla una seña,

indicándole que se dirigiera hacia la margen de piedra donde nos

encontrábamos. Y aquella inmunda imagen del fraude, llegó a nosotros, y

adelantó la cabeza y el cuerpo, pero no puso la cola sobre la orilla.

Su rostro era el de un varón justo, tan bondadosa era su apariencia

exterior, y el resto del cuerpo el de una serpiente. Tenía dos garras

llenas de vello hasta los sobacos, y la espalda, el pecho y los

costados salpicados de tal modo de lazos y escudos, que no ha habido

tela turca ni tártara tan rica en colores, no pudiendo compararse

tampoco a aquéllos los de las telas de Aracnea. Como se ven muchas

veces las barcas en la orilla, mitad en el agua y mitad en tierra, o

como en el país de los glotones tudescos el castor se prepara a hacer

la guerra a los peces, así la detestable fiera se mantenía sobre el

cerco de piedra que circunda la arenosa llanura, agitando su cola

en el vacío, y levantando el venenoso dardo de que tenía armada su

extremidad, como la de un escorpión. Mi Guía me dijo:

--Ahora conviene que dirijamos nuestros pasos hacia la perversa fiera

que allí está tendida.

Por lo cual descendimos por la derecha, y dimos diez pasos sobre la

extremidad del margen, procurando evitar la arena abrasada y las

llamas: cuando llegamos donde la fiera se encontraba, vi a corta

distancia sobre la arena mucha gente sentada al borde del abismo. Allí

me dijo mi Maestro:

--A fin de que adquieras una completa experiencia de lo que es este

recinto, anda y examina la condición de aquellas almas, pero que sea

corta tu conferencia. Mientras vuelves, hablaré con esta fiera, para

que nos preste sus fuertes espaldas.

La Divina Comedia · 第 4 / 28 段