del agua, hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo
vi más de mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la
Estigia a pie enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso, extendiendo
con frecuencia la siniestra mano hacia delante, y sólo este trabajo
parecía cansarle. Bien comprendí que era un mensajero del Cielo, y
volvíme hacia el Maestro; pero éste me indicó que permaneciese quieto y
me inclinara. ¡Ah!, ¡cuán desdeñoso me pareció aquel enviado celeste!
Llegó a la puerta, y la abrió con una varita sin encontrar obstáculo.
--¡Oh demonios arrojados del Cielo, raza despreciable!--empezó a
decir en el horrible umbral--; ¿cómo habéis podido conservar vuestra
arrogancia? ¿Por qué os resistís contra esa voluntad, que no deja nunca
de conseguir su intento, y que ha aumentado tantas veces vuestros
dolores? ¿De qué os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero,
si bien lo recordáis, tiene aún el cuello y el hocico pelados.
Entonces se volvió hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra,
semejante a un hombre a quien preocupan y apremian otros cuidados, que
no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados
en las palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de
Dite. Entramos en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba
conocer la suerte de los que estaban encerrados en aquella fortaleza,
luego que estuve dentro, empecé a dirigir escudriñadoras miradas en
torno mío, y vi por todos lados un gran campo lleno de dolor y de
crueles tormentos. Como en los alrededores de Arlés, donde se estanca
el Ródano, o como en Pola, cerca del Quarnero, que encierra a Italia
y baña sus fronteras, vense antiguos sepulcros, que hacen montuoso el
terreno, así también aquí se elevaban sepulcros por todas partes; con
la diferencia de que su aspecto era más terrible, por estar envueltos
entre un mar de llamas, que los encendían enteramente, más que lo fué
nunca el hierro en ningún arte. Todas sus losas estaban levantadas, y
del interior de aquéllos salían tristes lamentos, parecidos a los de
los míseros ajusticiados. Entonces le pregunté a mi Maestro:
--¿Qué clase de gente es ésa, que sepultada en aquellas arcas, se da a
conocer por sus dolientes suspiros?
A lo que me respondió:
--Son los heresiarcas, con sus secuaces de todas sectas: esas tumbas
están mucho más llenas de lo que puedes figurarte. Ahí está sepultado
cada cual con su semejante, y las tumbas arden más o menos.
Después, dirigiéndose hacia la derecha, pasamos por entre los sepulcros
y las altas murallas.
[Ilustración]
_CANTO DECIMO_
Mi maestro avanzó por un estrecho sendero, entre los muros de la ciudad
y las tumbas de los condenados, y yo seguí tras él.
--¡Oh suma virtud--exclamé--que me conduces a tu placer por los
círculos impíos! Háblame y satisface mis deseos. ¿Podré ver la gente
que yace en esos sepulcros? Todas las losas están levantadas, y no hay
nadie que vigile.
Respondióme:
--Todos quedarán cerrados, cuando hayan vuelto de Josafat las almas con
los cuerpos que han dejado allá arriba. Epicuro y todos sus sectarios,
que pretenden que el alma muere con el cuerpo, tienen su cementerio
hacia esta parte. Así, que pronto contestarán aquí dentro a la pregunta
que me haces, y al deseo que me ocultas.
Yo le repliqué:
--Buen Guía, si acaso te oculto mi corazón, es por hablar poco, a lo
cual no es la primera vez que me has predispuesto con tus advertencias.
--¡Oh Toscano, que vas por la ciudad del fuego hablando modestamente!,
dígnate detenerte en este sitio. Tu modo de hablar revela claramente el
noble país al que quizá fuí yo funesto.
Tales palabras salieron súbitamente de una de aquellas arcas, haciendo
que me aproximara con temor a mi Guía. Este me dijo:
--Vuélvete: ¿qué haces? Mira a Farinata, que se ha levantado en su
tumba, y a quien puedes contemplar desde la cintura a la cabeza.
Yo tenía ya mis miradas fijas en las suyas: él erguía su pecho y su
cabeza en ademán de despreciar al Infierno. Entonces mi Guía, con
mano animosa y pronta, me impelió hacia él a través de los sepulcros,
diciéndome: "Háblale con claridad."
En cuanto estuve al pie de su tumba, examinóme un momento; y después,
con acento un tanto desdeñoso, me preguntó:
--¿Quiénes fueron tus antepasados?
Yo, que deseaba obedecer, no le oculté nada, sino que se lo descubrí
todo; por lo cual arqueó un poco las cejas, y dijo:
--Fueron terribles contrarios míos, de mis parientes y de mi partido;
por eso los desterré dos veces.
--Si estuvieron desterrados--le contesté--, volvieron de todas partes
una y otra vez, arte que los vuestros no han aprendido.
Entonces, al lado de aquél, apareció a mi vista una sombra, que sólo
descubría hasta la barba, lo que me hace creer que estaba de rodillas.
Miró en torno mío, como deseando ver si estaba alguien conmigo; y
apenas se desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:
--Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta obscura
prisión, ¿dónde está mi hijo y por qué no se encuentra a tu lado?
Respondíle:
--No he venido por mí mismo: el que me espera allí me guía por estos
lugares: quizá vuestro Guido "tuvo" hacia él demasiado desdén.
Sus palabras y la clase de su suplicio me habían revelado ya el nombre
de aquella sombra: así es que mi respuesta fué precisa. Irguiéndose
repentinamente exclamó:
--¿Cómo dijiste "tuvo"? Pues qué, ¿no vive aún? ¿No hiere ya sus ojos
la dulce luz del día?
Cuando observó que yo tardaba en responderle, cayó de espaldas en su
tumba, y no volvió a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnánimo,
por quien yo estaba allí, no cambió de color, ni movió el cuello, ni
inclinó el cuerpo.
--El que no hayan aprendido bien ese arte--me dijo continuando la
conversación empezada--, me atormenta más que este lecho. Mas la deidad
que reina aquí no mostrará cincuenta veces su faz iluminada, sin que tú
conozcas lo difícil que es ese arte. Pero dime, así puedas volver al
dulce mundo, ¿por qué causa es ese pueblo tan desapiadado con los míos
en todas sus leyes?
A lo cual le contesté:
--El destrozo y la gran matanza que enrojeció el Arbia excita tales
discursos en nuestro templo.
Entonces movió la cabeza suspirando, y después dijo:
--No estaba yo allí solo; y en verdad, no sin razón me encontré en
aquel sitio con los demás; pero sí fuí el único que, cuando se trató de
destruir a Florencia, la defendí resueltamente.
--¡Ah!--le contesté--; ¡ojalá vuestra descendencia tenga paz y reposo!
Pero os ruego que deshagáis el nudo que ha enmarañado mi pensamiento.
Me parece, por lo que he oído, que prevéis lo que el tiempo ha de
traer, a pesar de que os suceda lo contrario con respecto a lo presente.
--Nosotros--dijo--somos como los que tienen la vista cansada, que
vemos las cosas distantes, gracias a una luz con que nos ilumina el
Guía soberano. Cuando las cosas están próximas o existen, nuestra
inteligencia es vana, y si otro no nos lo cuenta, nada sabemos de
los sucesos humanos; por lo cual puedes comprender que toda nuestra
inteligencia morirá el día en que se cierre la puerta del porvenir.
--Decid a ese que acaba de caer, que su hijo está aún entre los vivos.
Si antes no le respondí, hacedle saber que lo hice porque estaba
distraído con la duda que habéis aclarado.
Mi Maestro me llamaba ya, por cuya razón rogué más solícitamente al
espíritu que me dijera quién estaba con él.
--Estoy tendido entre más de mil--me respondió--; ahí dentro están el
segundo Federico y el Cardenal.[10] En cuanto a los demás, me callo.
[10] El emperador Federico II, siempre en guerra con los
Papas, contra los cuales escribió versos, fué excomulgado
por Gregorio IX e Inocencio IV, y murió en 1250.--Octaviano
degli Ubaldini, de Florencia y del partido gibelino, a pesar
de ser Cardenal, dijo una vez, que, si acaso tuviera alma, la
perdería por los gibelinos. Por esta razón los coloca Dante
entre los herejes.
Se ocultó después de decir esto, y yo dirigí mis pasos hacia el antiguo
poeta, pensando en aquellas palabras que me parecían amenazadoras. Se
puso en marcha, y mientras caminábamos, me dijo:
--¿Por qué estás tan turbado?
Y cuando satisfice su pregunta:
--Conserva en tu memoria lo que has oído contra ti--me ordenó aquel
sabio--; y ahora estáme atento.
Y levantando el dedo, prosiguió:
--Cuando estés ante la dulce mirada de aquella cuyos bellos ojos lo ven
todo, conocerás el porvenir que te espera.
En seguida se dirigió hacia la izquierda. Dejamos las murallas y fuimos
hacia el centro de la ciudad, por un sendero que conduce a un valle, el
cual exhalaba un hedor insoportable.
[Ilustración]
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_CANTO UNDECIMO_
A la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes piedras
rotas y acumuladas en círculo, llegamos hasta un montón de espíritus
más cruelmente atormentados. Allí, para preservarnos de las horribles
emanaciones y de la fetidez que despedía el profundo abismo, nos
pusimos al abrigo de la losa de un gran sepulcro, donde vi una
inscripción que decía: "Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino
arrastró lejos del camino recto."
--Es preciso que descendamos por aquí lentamente, a fin de acostumbrar
de antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y después no
tendremos necesidad de precavernos de él.
Así habló mi Maestro, y yo le dije:
--Busca algún recurso para que no perdamos el tiempo inútilmente.
A lo que me respondió:
--Ya ves que en ello pienso. Hijo mío--continuó--, en medio de estas
rocas hay tres círculos, que se estrechan gradualmente como los que has
dejado: todos están llenos de espíritus malditos; mas para que después
te baste con sólo verlos, oye cómo y por qué están aquí encerrados. La
injuria es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se
llega a este fin, que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de
la violencia, o bien por medio del fraude. Pero como el fraude es una
maldad propia del hombre, por eso es más desagradable a los ojos de
Dios, y por esta razón los fraudulentos están debajo, entregados a un
dolor más vivo. Todo el primer círculo lo ocupan los violentos, círculo
que está además construído y dividido en tres recintos; porque puede
cometerse violencia contra tres clases de seres: contra Dios, contra sí
mismo y contra el prójimo; y no sólo contra sus personas, sino también
contra sus bienes, como lo comprenderás por estas claras razones. Se
comete violencia contra el prójimo dándole la muerte o causándole
heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la ruina, del
incendio o de los latrocinios. De aquí resulta que los homicidas, los
que causan heridas, los incendiarios y los ladrones están atormentados
sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su
mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes: justo es, pues,
que purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor
suerte aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo,
juega, disipa sus bienes o llora donde debía haber estado alegre y
gozoso. Puede cometer violencia contra la Divinidad el que reniega de
ella y blasfema con el corazón, y el que desprecia la Naturaleza y sus
bondades. He aquí por qué el recinto más pequeño marca con su fuego a
Sodoma y a Cahors, y a todo el que, despreciando a Dios, le injuria
sin hablar, desde el fondo de su corazón. El hombre puede emplear el
fraude que produce remordimientos en todas las conciencias, ya con el
que de él se fía, ya también con el que desconfía de él. Este último
modo de usar del fraude parece que sólo quebranta los vínculos de amor,
que forma la Naturaleza; por esta causa están encadenados en el segundo
recinto los hipócritas, los aduladores, los hechiceros, los falsarios,
los ladrones, los simoníacos, los rufianes, los barateros y todos los
que se han manchado con semejantes e inmundos vicios. Por el primer
fraude no sólo se olvida el amor que establece la Naturaleza, sino
también el sentimiento que le sigue, y de donde nace la confianza: he
aquí por qué, en el círculo menor, donde está el centro de la Tierra y
donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado todo
aquel que ha cometido traición.
Le dije entonces:
--Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por
medio de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita;
pero dime: los que están arrojados en aquella laguna cenagosa, los que
agita el viento sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan
entre sí lanzando tan estridentes gritos, ¿por qué no son castigados en
la ciudad del fuego, si se han atraído la cólera de Dios? Y si no se la
han atraído, ¿por qué se ven atormentados de tal suerte?
Me contestó:
--¿Por qué tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, ¿o es
que tienes el pensamiento en otra parte? ¿No te acuerdas de aquellas
palabras de la Etica, que has estudiado, en las que se trata de las
tres inclinaciones que el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia
y la loca bestialidad, y de qué modo la incontinencia ofende menos
a Dios y produce menor censura? Si examinas bien esta sentencia,
acordándote de los que sufren su castigo fuera de aquí, conocerás
por qué están separados de esos felones, y por qué los atormenta la
justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos ofendida.
--¡Oh Sol, que sanas toda vista conturbada!--exclamé--: tal contento
me das cuando desarrollas tus ideas, que sólo por eso me es tan grato
dudar como saber. Vuelve atrás un momento, y explícame de qué modo
ofende la usura a la bondad divina: desvanece esta duda.
--La filosofía--me contestó--enseña en más de un punto al que la
estudia, que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y
en su arte; y si consultas bien tu Física, encontrarás, sin necesidad
de hojear muchas páginas, que el arte humano sigue cuanto puede a
la Naturaleza, como el discípulo a su maestro; de modo que aquél es
casi nieto de Dios. Partiendo, pues, de estos principios, sabrás si
recuerdas bien el Génesis, que es conveniente sacar de la vida la mayor
utilidad, y multiplicar el género humano. El usurero sigue otra vía;
desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y coloca su esperanza en otra
parte. Ahora sígueme; que me place avanzar. Los peces suben ya por el
horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde expira Coro, y lejos
de aquí el alto promontorio parece que desciende.
[Ilustración]
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_CANTO DUODECIMO_
El sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y, a causa
del que allí se hallaba, todas las miradas se apartarían de él con
horror. Como aquellas ruinas, cuyo flanco azota el río Adigio, más acá
de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde
la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca
tan hendida, que ningún paso hallaría el que estuviese sobre ellas, así
era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta
sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fué concebido
por una falsa vaca. Cuando nos vió, se mordió a sí mismo, como aquel a
quien abrasa la ira. Gritóle entonces mi Sabio:
--¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba,
en el mundo, te dió la muerte? Aléjate, monstruo; que éste no viene
amaestrado por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras
penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe
mortal, que huír no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo
el Minotauro; y mi prudente Maestro me gritó:
--Corre hacia el borde; mientras esté furioso, bueno es que desciendas.
Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por
primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me
dijo:
--Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial,
que he disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que bajé al
profundo Infierno aun no se habían desprendido estas piedras; pero un
poco antes (si no estoy equivocado) de que viniese aquél que arrebató
a Dite la gran presa del primer círculo, retembló el impuro valle tan
profundamente por todos sus ámbitos, que creí ver al universo sintiendo
aquel amor, por el cual otros creyeron que el mundo ha vuelto más de
una vez a sumirse en el caos; y entonces fué cuando esa antigua roca se
destrozó por tan diversas partes. Pero fija tus miradas en el valle;
pues ya estamos cerca del río de sangre, en el cual hierve todo el que
por medio de la violencia ha hecho daño a los demás.
¡Oh ciegos deseos! ¡Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo
en nuestra corta vida, y así nos sumerge en sangre hirviente por toda
una eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaña que
rodea toda la llanura, según me había dicho mi Guía, y entre el pie de
la roca y este foso corrían en fila muchos centauros armados de saetas,
del mismo modo que solían ir a cazar por el mundo. Al vernos descender,
se detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus
arcos y escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos gritó desde lejos:
--¿Qué tormento os está reservado a vosotros los que bajáis por esa
cuesta? Decidlo desde donde estáis, porque si no, disparo mi arco.
Mi Maestro respondió:
--Contestaremos a Quirón, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron
siempre por desgracia muy impetuosos.
Después me tocó y me dijo:
--Ese es Neso, el que murió por la hermosa Deyanira, y vengó por sí
mismo su muerte; el de enmedio, que inclina la cabeza sobre el pecho,
es el gran Quirón, que educó a Aquiles; el otro es el irascible Foló.
Alrededor del foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda
alma que sale de la sangre más de lo que le permiten sus culpas.
Nos fuimos aproximando a aquellos ágiles monstruos: Quirón cogió
una flecha, y con el regatón apartó las barbas hacia detrás de sus
quijadas. Cuando se descubrió la enorme boca, dijo a sus compañeros:
--¿Habéis observado que el de detrás mueve cuanto toca? Los pies de los
muertos no suelen hacer eso.
Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a él, y le llegaba al pecho,
donde las dos naturalezas se unen, repuso:
--Está en efecto vivo, y yo sólo debo enseñarle el sombrío valle: viene
a él por necesidad, y no por distracción. La que me ha encomendado este
nuevo oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es él un
ladrón, ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis
pasos en un camino tan salvaje, cédeme uno de los tuyos para que nos
acompañe, que nos indique un punto vadeable y lleve a éste sobre sus
ancas, pues no es espíritu que vaya por el aire.
Quirón se volvió hacia la derecha, y dijo a Neso:
--Vé, guíales; y si tropiezan con algún grupo de los nuestros, haz que
les abran paso.
Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de
las orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos
los ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran
Centauro dijo:
--Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí
se lloran las desapiadadas culpas: aquí está Alejandro, y el feroz
Dionisio, que tantos años de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella
frente que tiene el cabello tan negro es la de Azzolino, y la otra
que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este, que verdaderamente fué
asesinado en el mundo por su hijastro.
Entonces me volví hacia el Poeta, el cual me dijo:
--Sea éste ahora tu primer guía; yo seré el segundo.
Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que
parecían sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y
nos mostró una sombra que estaba separada de las demás, diciendo:
Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón, que aún se ve honrado en
las orillas del Támesis.[11]
[11] Guido de Montfort. Para vengar la muerte de Simón, su
padre, muerto en Inglaterra por Eduardo, asesinó en 1271, en
una iglesia de Viterbo, a Enrique, hermano de aquél, mientras
el sacerdote elevaba la hostia. El corazón del asesinado fué
llevado en una copa a Londres, y colocado sobre una columna en
el puente del Támesis, para recordar a los ingleses la ofensa
que se les había hecho.
Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas
todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba
disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el
foso.
--Quiero que creas--me dijo el Centauro--que así como ves disminuir
la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor,
hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está
condenada a gemir. Allí es donde la justicia divina ha arrojado a
Atila, que fué su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente
arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a
Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los caminos.
Dicho esto, se volvió y repasó el vado.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO DECIMOTERCIO_
No había llegado aún Neso a la otra parte, cuando penetramos en un
bosque, que no estaba surcado por ningún sendero. El follaje no era
verde, sino de un color obscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas
y entrelazadas; no había frutas, sino espinas venenosas. No son tan
ásperas y espesas las selvas donde moran las fieras, que aborrecen los
sitios cultivados entre el Cecina y Corneto. Allí anidan las brutales
Arpías, que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste
presagio de un mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros
humanos, pies con garras, y el vientre cubierto de plumas: subidas en
los árboles, lanzan extraños lamentos.
Mi buen Maestro empezó a decirme:
--Antes de avanzar más, debes saber que te encuentras en el segundo
recinto, por el cual continuarás hasta que llegues a los terribles
arenales. Por tanto, mira con atención; y de este modo verás cosas, que
darán testimonio de mis palabras.
Por todas partes oía yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por
eso me detuve todo atemorizado. Creo que él creyó que yo creía que
aquellas voces eran de gente que se ocultaba de nosotros entre la
espesura; y así me dijo mi Maestro:
--Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, verás trocarse tus
pensamientos.
Entonces extendí la mano hacia delante, cogí una ramita de un gran
endrino, y su tronco exclamó:
--¿Por qué me tronchas?
Inmediatamente se tiñó de sangre, y volvió a exclamar:
--¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún sentimiento de piedad?
Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debería
haber sido más piadosa, aunque fuéramos almas de serpientes.
Cual de verde tizón que, encendido por uno de sus extremos, gotea y
chilla por el otro, a causa del aire que le atraviesa, así salían de
aquel tronco palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la
rama, y detenerme como hombre acobardado.
--Alma herida--respondió mi Sabio--; si él hubiera podido creer,
desde luego, que era verdad lo que ha leído en mis versos, no habría
extendido su mano hacia ti: el ser una cosa tan increíble me ha
obligado a aconsejarle que hiciese lo que ahora me está pesando. Pero
dile quién fuiste, a fin de que, en compensación, renueve tu fama en el
mundo, donde le es lícito volver.
El tronco respondió:
--Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar:
no llevéis a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros.
Yo soy aquél[12] que tuvo las dos llaves del corazón de Federico,
manejándolas tan suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos
aparté de su confianza, habiéndome dedicado con tanta fe a aquel
glorioso cargo, que perdí el sueño y la vida. La cortesana que no
ha separado nunca del palacio de César sus impúdicos ojos, peste
común y vicio de las cortes, inflamó contra mí todos los ánimos, y
los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a Augusto, que mis
dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en un arranque
de indignación, creyendo librarse del oprobio por medio de la muerte,
me hizo injusto contra mí mismo, siendo justo. Os juro, por las tiernas
raíces de este leño, que jamás fuí desleal a mi señor, tan digno de
ser honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en él mi
memoria, que yace aún bajo el golpe que le asestó la envidia.
[12] Pedro Desvignes, o Pedro della Vigna, jurisconsulto
de Capua; gozó por mucho tiempo el favor del emperador
Federico II, de quien era canciller y a quien inclinaba lo
mismo a la clemencia que a la severidad. Acusado de traición
por envidiosos cortesanos, le sacaron los ojos en 1246. Su
desesperación fué tal que se estrelló la cabeza contra los
muros de su calabozo.