fué emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes
lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria, que permitió en sus leyes
todo lo que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyección
en que vivía. Es Semíramis, de quien se lee que sucedió a Nino y fué
su esposa y reinó en la tierra en donde impera el Sultán. La otra es
la que se mató por amor y quebrantó la fe prometida a las cenizas de
Siqueo. Después sigue la lasciva Cleopatra. Ve también a Helena, que
dió lugar a tan funestos tiempos; y ve al gran Aquiles, que al fin tuvo
que combatir por el amor. Ve a París y a Tristán....
Y a más de mil sombras me fué enseñando y designando con el dedo, a
quienes Amor había hecho salir de esta vida. Cuando oí a mi sabio
nombrar las antiguas damas y los caballeros, me sentí dominado por la
piedad y quedé como aturdido. Empecé a decir:
--Poeta, quisiera hablar a aquellas dos almas que van juntas y parecen
más ligeras que las otras impelidas por el viento.
Y él me contestó:
--Espera que estén más cerca de nosotros: y entonces ruégales, por el
amor que las conduce, que se dirijan hacia ti.
Tan pronto como el viento las impulsó hacia nosotros, alcé la voz
diciendo:
--¡Oh almas atormentadas!, venid a hablarnos, si otro no se opone a
ello.
Así como dos palomas, excitadas por sus deseos, se dirigen con las alas
abiertas y firmes hacia el dulce nido, llevadas en el aire por una
misma voluntad, así salieron aquellas dos almas de entre la multitud
donde estaba Dido, dirigiéndose hacia nosotros a través del aire
malsano, atraídas por mi eficaz y afectuoso llamamiento.
--¡Oh sér gracioso y benigno, que vienes a visitar enmedio de este aire
negruzco a los que hemos teñido el mundo de sangre! Si fuéramos amados
por el Rey del universo, le rogaríamos por tu tranquilidad, ya que te
compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade oír y decir,
te lo diremos y escucharemos con gusto mientras que siga el viento tan
tranquilo como ahora. La tierra donde nací está situada en la costa
donde desemboca el Po con todos sus afluentes para descansar en el mar.
Amor, que se apodera pronto de un corazón gentil, hizo que éste se
prendara de aquel hermoso cuerpo que me fué arrebatado de un modo que
aún me atormenta. Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo
que me entregara vivamente al placer de que se embriagaba éste, que,
como ves, no me abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte.
Caína[7] espera al que nos arrancó la vida.
[7] La primera de las cuatro divisiones concéntricas del
último círculo del Infierno, en donde son castigados los
traidores y los matadores de sus propios consanguíneos. Véase
el canto trigésimo segundo.
Tales fueron las palabras de las dos sombras. Al oír a aquellas almas
atormentadas, bajé la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el
poeta me dijo:
--¿En qué piensas?
--¡Ah!--exclamé al contestarle--; ¡cuán dulces pensamientos, cuántos
deseos les han conducido a doloroso tránsito!
Después me dirigí hacia ellos, diciéndoles:
--Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas
lágrimas. Pero dime: en tiempo de los dulces suspiros ¿cómo os permitió
Amor conocer vuestros secretos deseos?
Ella me contestó:
--No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y
eso lo sabe bien tu Maestro. Pero si tienes tanto deseo de conocer cuál
fué el principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora
a la vez. Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y
de qué modo cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar
sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran
muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje
fué el que decidió de nosotros. Cuando leímos que la deseada sonrisa de
la amada fué interrumpida por el beso del amante, éste, que jamás se ha
de separar de mí, me besó tembloroso en la boca: el libro y quien lo
escribió fué para nosotros otro Galeoto; aquel día ya no leímos más.
Mientras que un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo, que,
movido de compasión, desfallecí como si me muriera, y caí como cae un
cuerpo inanimado.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO SEXTO_
Al recobrar los sentidos, que perdí por la tristeza y la compasión
que me causó la suerte de los dos cuñados, vi en derredor mío nuevos
tormentos y nuevas almas atormentadas doquier iba y doquier me volvía o
miraba. Me encuentro en el tercer círculo; en el de la lluvia eterna,
maldita, fría y densa, que cae siempre igualmente copiosa y con la
misma fuerza. Espesos granizos, agua negruzca y nieve descienden en
turbión a través de las tinieblas; la tierra, al recibirlos, exhala
un olor pestífero. Cerbero, fiera cruel y monstruosa, ladra con sus
tres fauces de perro contra los condenados que están allí sumergidos.
Tiene los ojos rojos, los pelos negros y cerdosos, el vientre ancho y
las patas guarnecidas de uñas que clava en los espíritus, les desgarra
la piel y les descuartiza. La lluvia les hace aullar como perros; los
miserables condenados forman entre sí una muralla con sus costados
y se revuelven sin cesar. Cuando nos descubrió Cerbero, el gran
gusano abrió las bocas enseñándonos sus colmillos; todos sus miembros
estaban agitados. Entonces mi guía extendió las manos, cogió tierra,
y la arrojó a puñados en las fauces ávidas de la fiera. Y del mismo
modo que un perro se deshace ladrando al tener hambre, y se apacigua
cuando muerde su presa, ocupado tan sólo en devorarla, así también el
demonio Cerbero cerró sus impuras bocas, cuyos ladridos causaban tal
aturdimiento a las almas que quisieran quedarse sordas. Pasamos por
encima de las sombras derribadas por la incesante lluvia, poniendo
nuestros pies sobre sus fantasmas, que parecían cuerpos humanos. Todas
yacían por el suelo, excepto una que se levantó con presteza para
sentarse, cuando nos vió pasar ante ella.
--¡Oh, tú, que has venido a este Infierno!--me dijo--; reconóceme si
puedes. Tú fuiste hecho, antes que yo deshecho.
Yo le contesté:
--La angustia que te atormenta es quizá causa de que no me acuerde de
ti; me parece que no te he visto nunca. Pero dime, ¿quién eres tú, que
a tan triste lugar has sido conducido, y condenado a un suplicio, que
si hay otro mayor, no será por cierto tan desagradable?
Contestóme:
--Tu ciudad, tan llena hoy de envidia, que ya colma la medida, me vió
en su seno en vida más serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad,
me llamasteis Ciacco. Por el reprensible pecado de la gula, me veo,
como ves, sufriendo esta lluvia. Yo no soy aquí la única alma triste;
todas las demás están condenadas a igual pena por la misma causa.
Y no pronunció una palabra más. Yo le respondí:
--Ciacco, tu martirio me conmueve tanto, que me hace verter lágrimas;
pero dime, si es que lo sabes: ¿en qué pararán los habitantes de esa
ciudad tan dividida en facciones? ¿Hay algún justo entre ellos? Dime
por qué razón se ha introducido en ella la discordia.
Me contestó:
--Después de grandes debates, llegarán a verter su sangre, y el partido
salvaje arrojará al otro partido causándole grandes pérdidas. Luego
será preciso que el partido vencedor sucumba al cabo de tres años,
y que el vencido se eleve, merced a la ayuda de aquel que ahora es
neutral. Esta facción llevará la frente erguida por mucho tiempo,
teniendo bajo su férreo yugo a la otra, por más que ésta se lamente y
avergüence. Aun hay dos justos, pero nadie les escucha: la soberbia,
la envidia y la avaricia son las tres chispas que han inflamado los
corazones.
Aquí dió Ciacco fin a su lamentable discurso, y yo le dije:
--Todavía quiero que me informes, y me concedas algunas palabras. Dime
dónde están, y dame a conocer a Farinata y al Tegghiaio, que fueron tan
dignos, a Jacobo Rusticucci, Arigo y Mosca, y a otros que a hacer bien
consagraron su ingenio, pues siento un gran deseo de saber si están
entre las dulzuras del Cielo o entre las amarguras del Infierno.
A lo que me contestó:
--Están entre almas más perversas; otros pecados los han arrojado a un
círculo más profundo: si bajas hasta allí, podrás verlos. Pero cuando
vuelvas al dulce mundo, te ruego que hagas porque en él se renueve mi
recuerdo: y no te digo ni te respondo más.
Entonces torció los ojos que había tenido fijos; miróme un momento, y
luego inclinó la cabeza, y volvió a caer entre los demás ciegos. Mi
guía me dijo:
--Ya no volverá a levantarse hasta que se oiga el sonido de la angélica
trompeta; cuando venga la potestad enemiga del pecado. Cada cual
encontrará entonces su triste tumba; recobrará sus carnes y su figura;
y oirá el juicio que debe resonar por toda una eternidad.
Así fuimos atravesando aquella impura mezcla de sombras y de lluvia,
con paso lento, razonando un poco sobre la vida futura. Por lo cual
dije:
--Maestro, ¿estos tormentos serán mayores después de la gran sentencia,
o bien menores, o seguirán siendo tan dolorosos?
Y él a mí:
--Acuérdate de tu ciencia, que pretende que cuanto más perfecta es una
cosa, tanto mayor bien o dolor experimenta. Aunque esta raza maldita
no debe jamás llegar a la verdadera perfección, espera ser después del
juicio más perfecta que ahora.
Caminando por la vía que gira alrededor del círculo, continuamos
hablando de otras cosas que no refiero, y llegamos al sitio donde se
desciende: allí encontramos a Plutón, el gran enemigo.
[Ilustración]
[Ilustración]
_CANTO SEPTIMO_
"Pape satán, pape satán aleppe"[8] comenzó a gritar Plutón con ronca
voz. Y aquel sabio gentil, que lo supo todo, para animarme, dijo:
[8] Pape, interjección griega y latina, que significa
sorpresa; aleppe, lo mismo que aleph (o Ioseph), voz hebraica,
equivalente a jefe, príncipe, etc. La frase, truncada por
reticencia, quiere decir: "¡Cómo, Satanás; cómo, Satanás,
príncipe del Infierno!... ¿Un audaz mortal se atreve a entrar
aquí?"--Fraticelli.
--No te inquiete el temor; pues a pesar de su poder, no te impedirá que
desciendas a este círculo.
Después, volviéndose hacia aquel rostro hinchado de ira, le dijo:
--Calla, lobo maldito: consúmete interiormente con tu propia rabia. No
sin razón venimos al profundo infierno; pues así lo han dispuesto allá
arriba, donde Miguel castigó la soberbia rebelión.
Como las velas, hinchadas por el viento, caen derribadas cuando el
mástil se rompe, del mismo modo cayó al suelo aquella fiera cruel. Así
bajamos a la cuarta cavidad, aproximándonos más a la dolorosa orilla
que encierra en sí todo el mal del universo. ¡Ah, justicia de Dios!,
¿quién, si no tú, puede amontonar tantas penas y trabajos como allí
vi? ¿Por qué nos desgarran así nuestras propias faltas? Como una ola
se estrella contra otra ola en el escollo de Caribdis, así chocan uno
contra otro los condenados. Allí vi más condenados que en ninguna
otra parte, los cuales formados en dos filas, se lanzaban de la una
a la otra enormes pesos con todo el esfuerzo de su pecho, gritando
fuertemente: dábanse grandes golpes, y después se volvían cada cual
hacia atrás, exclamando: "¿Por qué guardas? ¿Por qué derrochas?" De
esta suerte iban girando por aquel tétrico círculo, yendo desde un
extremo a su opuesto, y repitiendo a gritos su injurioso estribillo.
Después, cuando cada cual había llegado al centro de su círculo, se
volvían todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.
Yo, que tenía el corazón conmovido de lástima, dije:
--Maestro mío, indícame qué gente es ésta. Todos esos tonsurados que
vemos a nuestra izquierda ¿han sido clérigos?
Y él me respondió:
--Erró la mente de todos en la primera vida, y no supieron gastar
razonablemente: así lo manifiestan claramente sus aullidos cuando
llegan a los dos puntos del círculo que los separa de los que siguieron
camino opuesto. Esos que no tienen cabellos que cubran su cabeza,
fueron clérigos, papas y cardenales, a quienes subyugó la avaricia.
Y yo:
--Maestro, entre todos ésos, bien deberá haber algunos a quienes yo
conozca y a quienes tan inmundos hizo este vicio.
Y él a mí:
--En vano esforzarás tu imaginación: la vida sórdida que los hizo
deformes, hace que hoy sean obscuros y desconocidos. Continuarán
chocando entre sí eternamente; y saldrán éstos del sepulcro con los
puños cerrados, y aquéllos con el cabello rapado. Por haber gastado
mal y guardado mal, han perdido el Paraíso, y se ven condenados a ese
eterno combate, que no necesito pintarte con palabras escogidas. Ahí
podrás ver, hijo mío, cuán rápidamente pasa el soplo de los bienes de
la Fortuna, por los que la raza humana se enorgullece y querella. Todo
el oro que existe bajo la Luna, y todo lo que ha existido, no puede dar
un momento de reposo a una sola de esas almas fatigadas.
--Maestro--le dije entonces--, enséñame cuál es esa Fortuna de que me
hablas, y que así tiene entre sus manos los bienes del mundo.
Y él a mí:
--¡Oh necias criaturas! ¡Cuán grande es la ignorancia que os extravía!
Quiero que te alimentes con mis lecciones. Aquél, cuya sabiduría
es superior a todo, hizo los cielos y les dió un guía, de modo que
toda parte brilla para toda parte, distribuyendo la luz por igual;
con el esplendor del mundo hizo lo mismo, y le dió una guía, que
administrándolo todo, hiciera pasar de tiempo en tiempo las vanas
riquezas de una a otra familia, de una a otra nación, a pesar de los
obstáculos que crean la prudencia y previsión humanas. He aquí por qué,
mientras una nación impera, otra languidece, según el juicio de Aquél
que está oculto, como la serpiente en la hierba. Vuestro saber no puedo
contrastarla; porque provee, juzga y prosigue su reinado, como el suyo
cada una de las otras deidades. Sus transformaciones no tienen tregua;
la necesidad la obliga a ser rápida; por eso se cambia todo en el mundo
con tanta frecuencia. Tal es esa a quien tan a menudo vituperan los
mismos que deberían ensalzarla, y de quien blasfeman y maldicen sin
razón. Pero ella es feliz, y no oye esas maldiciones: contenta entre
las primeras criaturas, prosigue su obra y goza en su beatitud. Bajemos
ahora donde existen mayores y más lamentables males: ya descienden
todas las estrellas que salían cuando me puse en marcha, y nos está
prohibido retrasarnos mucho.
Atravesamos el círculo hasta la otra orilla, sobre un hirviente
manantial, que vierte sus aguas en un arroyo que le debe su origen
y cuyas aguas son más bien obscuras que azuladas; y bajamos por un
camino distinto, siguiendo el curso de tan tenebrosas ondas. Cuando
aquel arroyo ha llegado al pie de la playa gris e infecta, forma una
laguna llamada Estigia; y yo, que miraba atentamente, vi algunas almas
encenagadas en aquel pantano, completamente desnudas y de irritado
semblante. Se golpeaban no sólo con las manos, sino con la cabeza,
con el pecho, con los pies, arrancándose la carne a pedazos con los
dientes. Díjome el buen Maestro:
--Hijo, contempla las almas de los que han sido dominados por la ira:
quiero además que sepas que bajo esta agua hay una raza condenada
que suspira, y la hace hervir en la superficie, como te lo indican
tus miradas en cuantos sitios se fijan. Metidos en el lodo, dicen:
"Estuvimos siempre tristes bajo aquel aire dulce que alegra el
Sol, llevando en nuestro interior una tétrica humareda: ahora nos
entristecemos también en medio de este negro cieno." Estas palabras
salen del fondo de su garganta, como si formaran gárgaras, no pudiendo
pronunciar una sola íntegra.
Así fuimos describiendo un gran arco alrededor del fétido pantano,
entre la playa seca y el agua, vueltos los ojos hacia los que se
atragantaban con el fango, hasta que al fin llegamos al pie de una
torre.
[Ilustración]
_CANTO OCTAVO_
Digo, continuando, que mucho antes de llegar al pie de la elevada
torre, nuestros ojos se fijaron en su parte más alta, a causa de dos
lucecitas que allí vimos, y otra que correspondía a estas dos, pero
desde tan lejos, que apenas podía distinguirse. Entonces, dirigiéndome
hacia el mar de toda ciencia, dije:
--¿Qué significan esas llamas? ¿Qué responde aquella otra, y quiénes
son los que hacen esas señales?
Respondióme:
--Sobre esas aguas fangosas puedes ver lo que ha de venir, si es que no
te lo ocultan los vapores del pantano.
Jamás cuerda alguna despidió una flecha que corriese por el aire con
tanta velocidad, como una navecilla que vi surcando las aguas en
nuestra dirección, gobernada por un solo remero que gritaba: "¿Has
llegado ya, alma vil?"
--Flegias, Flegias, gritas en vano esta vez--dijo mi Señor--; no nos
tendrás en tu poder más tiempo que el necesario para pasar la laguna.
Flegias, conteniendo su cólera, hizo lo que un hombre a quien descubren
que ha sido víctima de un engaño, ocasionándole esto un dolor profundo.
Mi guía saltó a la barca y me hizo entrar en ella tras él; pero aquélla
no pareció ir cargada hasta que recibió mi peso. En cuanto ambos
estuvimos dentro, la antigua proa partió trazando en el agua una estela
más profunda de lo que solía cuando llevaba otros pasajeros. Mientras
recorríamos aquel canal de agua estancada, se me presentó una sombra
llena de lodo, y me preguntó:
--¿Quién eres tú, que vienes antes de tiempo?
A lo que contesté:
--Si he venido, no es para permanecer aquí; mas dime ¿quién eres tú,
que tan sucio estás?
Respondióme:
--Ya ves que soy uno de los que lloran.
Y yo a él:
--¡Permanece, pues, entre el llanto y la desolación, espíritu maldito!
Te conozco aunque estés tan enlodado.
Entonces extendió sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro le
rechazó diciendo:
--Véte de aquí con los otros perros.
En seguida rodeó mi cuello con sus brazos, me besó en el rostro y me
dijo:
--Alma desdeñosa, ¡bendita aquella que te llevó en su seno! Ese que
ves fué en el mundo una persona soberbia; ninguna virtud ha honrado su
memoria, por lo que su sombra está siempre furiosa. ¡Cuántos se tienen
allá arriba por grandes reyes, que se verán sumidos como cerdos en este
pantano, sin dejar en pos de sí más que horribles desprecios!
Y yo:
--Maestro, antes de salir de este lago, desearía en gran manera ver a
ese pecador sumergido en el fango.
Y él a mí:
--Antes de que veas la orilla, quedarás satisfecho: convendrá que goces
de ese deseo.
Poco después, le vi acometido de tal modo por las demás sombras
cenagosas, que aún alabo a Dios y le doy gracias por ello. Todas
gritaban: "¡A Felipe Argenti!" Este florentino, espíritu orgulloso,
se revolvía contra sí mismo, destrozándose con sus dientes. Dejémosle
allí, pues no pienso ocuparme más de él. Después vino a herir mis oídos
un lamento doloroso, por lo cual miré con más atención en torno mío. El
buen Maestro me dijo:
--Hijo mío, ya estamos cerca de la ciudad que se llama Dite; sus
habitantes pecaron gravemente y son muy numerosos.
Y yo le respondí:
--Ya distingo en el fondo del valle sus torres bermejas, como si
salieran de entre llamas.
A lo cual me contestó:
--El fuego eterno que interiormente las abrasa, les comunica el rojo
color que ves en ese bajo infierno.
Al fin entramos en los profundos fosos que ciñen aquella desolada
tierra: las murallas me parecían de hierro. Llegamos, no sin haber
dado antes un gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en
alta voz: "Salid, he aquí la entrada." Vi sobre las puertas más de
mil espíritus, caídos del cielo como una lluvia, que decían con ira:
"¿Quién es ése que sin haber muerto anda por el reino de los muertos?"
Mi sabio Maestro hizo un ademán expresando que quería hablarles en
secreto. Entonces contuvieron un poco su cólera y respondieron: "Ven
tú solo, y que se vaya aquel que tan audazmente entró en este reino.
Que se vuelva solo por el camino que ha emprendido locamente: que
lo intente, si sabe; porque tú, que le has guiado por esta obscura
comarca, te has de quedar aquí."
Juzga, lector, si estaría yo tranquilo al oír aquellas palabras
malditas: no creí volver nunca a la tierra.
--¡Oh, mi guía querido!, tú que más de siete veces me has devuelto la
tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado,
no me dejes, le dije, tan abatido: si nos está prohibido avanzar más,
volvamos inmediatamente sobre nuestros pasos.
Y aquel señor que allí me había llevado me dijo:
--No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto.
Aguárdame aquí: reanima tu abatido espíritu y alimenta una grata
esperanza, que yo no te dejaré en este bajo mundo.
En seguida se fué el dulce Padre, y me dejó solo. Permanecí en una gran
incertidumbre, agitándose el sí y el no en mi cabeza.
No pude oír lo que les propuso; pero habló poco tiempo con ellos, y
todos a una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con
las puertas en el rostro a mi Señor, que se quedó fuera, y se dirigió
lentamente hacia donde yo estaba. Tenía los ojos inclinados, sin dar
señales de atrevimiento, y decía entre suspiros: "¿Quién me ha impedido
la entrada en la mansión de los dolores?" Y dirigiéndose a mí:
--Si estoy irritado--me dijo--, no te inquietes; yo saldré victorioso
de esta prueba, cualesquiera que sean los que se opongan a nuestra
entrada. Su temeridad no es nueva: ya la demostraron ante una puerta
menos secreta, que se encuentra todavía sin cerradura. Ya has visto
sobre ella la inscripción de muerte. Pero más acá de esa puerta,
descendiendo la montaña y pasando por los círculos sin necesidad de
guía, viene uno que nos abrirá la ciudad.
[Ilustración]
_CANTO NONO_
Aquel color que el miedo pintó en mi rostro cuando vi a mi guía
retroceder, hizo que en el suyo se desvaneciera más pronto la palidez
insólita, púsose atento, como un hombre que escucha, porque las miradas
no podían penetrar a través del denso aire y de la espesa niebla.
--Sin embargo, debemos vencer en esta lucha--empezó a decir--; ¡si
no!... pero se nos ha prometido... ¡Oh!, ¡cuánto tarda el otro en
llegar![9]
[9] Si no... Esta reticencia expresa el temor y la duda, que
inmediatamente desecha Virgilio por respeto al Sér Supremo.
Quiere decir: "¡Si no... viniese ayuda del cielo!... Pero,
¿qué digo? Se me ha prometido... y no puede faltar." Se
refiere a la llegada del ángel.
Yo vi bien que ocultaba lo que había comenzado a decir bajo otra idea
que le asaltó después, y que estas últimas palabras eran diferentes
de las primeras: sin embargo, su discurso me causó espanto, porque me
parecía descubrir en sus entrecortadas frases un sentido peor del que
en realidad tenían.
--¿Ha bajado alguna vez al fondo de este triste abismo algún espíritu
del primer círculo, cuya sola pena es la de perder la esperanza?--le
pregunté.
A lo que me respondió:
--Rara vez sucede que alguno recorra el camino por donde yo voy. Es
cierto que tuve que bajar aquí otra vez a causa de los conjuros de la
cruel Erictón, que llamaba las almas a sus cuerpos, hacía poco tiempo
que mi carne estaba despojada de su alma, cuando me hizo traspasar esas
murallas para sacar un espíritu del círculo de Judas. Este círculo es
el más profundo, el más obscuro y el más lejano del Cielo que lo mueve
todo. Conozco bien el camino; por lo cual debes estar tranquilo. Esta
laguna, que exhala tan gran fetidez, ciñe en torno la ciudad del dolor,
donde ya no podremos entrar sin justa indignación.
Dijo además otras cosas, que no he podido retener en mi memoria, porque
me hallaba absorto, mirando la alta torre de ardiente cúspide, donde
vi de improviso aparecer rápidamente tres furias infernales, tintas en
sangre, las cuales tenían movimientos y miembros femeniles. Estaban
ceñidas de hidras verdosas, y tenían por cabellos pequeñas serpientes y
cerastas, que ceñían sus horribles sienes. Y aquél que conocía muy bien
a las siervas de la Reina del dolor eterno:
--Mira--me dijo--, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera;
la que llora a la derecha es Alecton, y la del centro es Tisifona.
Después calló. Las furias se desgarraban el pecho con sus uñas; se
golpeaban con las manos, y daban tan fuertes gritos, que por temor me
acerqué más al poeta. "Venga Medusa, y le convertiremos en piedra,
decían todas mirando hacia abajo: mal hemos vengado la entrada del
audaz Teseo."
--Vuélvete y cúbrete los ojos con las manos, porque si apareciese la
Gorgona, y la vieses, no podrías jamás volver arriba.
Así me dijo el Maestro, volviéndome él mismo; y no fiándose de mis
manos, me tapó los ojos con las suyas. ¡Oh vosotros, que gozáis de sano
entendimiento; descubrid la doctrina que se oculta bajo el velo de tan
extraños versos!
Oíase a través de las turbias ondas un gran ruido, lleno de horror, que
hacía retemblar las dos orillas, asemejándose a un viento impetuoso,
impelido por contrarios ardores, que se ensaña en las selvas, y sin
tregua las ramas rompe y desgaja, y las arroja fuera; y marchando
polvoroso y soberbio, hace huír a las fieras y a los pastores. Me
descubrió los ojos, y me dijo:
--Ahora dirige el nervio de tu vista sobre esa antigua espuma, hacia el
sitio en que el humo es más maligno.