--¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama t

Produced by Carlos Colón, The University of Toronto and

the Online Distributed Proofreading Team at

http://www.pgdp.net (This file was produced from images

generously made available by The Internet Archive)

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

_LA DIVINA COMEDIA_

_DANTE ALIGHIERI_

_La Divina Comedia_

[Ilustración]

_Universidad Nacional

de México._

1921

[Ilustración]

"_LA COMMEDIA_"

¿Que es pues la Comedia? La edad medieval realizada como arte, a pesar

del autor y de los contemporáneos. ¡Y notad qué cosa tan grande es

ésta! La edad media no era un mundo artístico, antes lo contrario del

arte. La religión era misticismo; la filosofía, escolástica. La primera

excomulgaba el arte, quemaba las imágenes, avezaba a los espíritus a

desasirse de lo real. La otra vivía de abstracciones y de fórmulas y

de citas, aguzando el entendimiento y llevándole a sutilizar acerca

de los nombres y de los vacuas generalidades llamadas _esencias_. Los

espíritus eran atraídos hacia lo general, más dispuestos a idealizar

que a realizar: y esto es precisamente lo contrario del arte. En los

poetas sencillos hallamos la realidad tosca e informe, como en los

misterios, en las visiones y en las leyendas. En los poetas doctos

encontramos una forma crudamente didascálica o figurativa y alegórica.

El arte no había nacido aún. Existía la imagen; pero no la realidad con

su libertad y carácter.

Dante toma de los misterios la comedia del alma y hace de esta historia

el centro de una visión suya del otro mundo. Toda esta representación

no es más que sentido literal; la visión es alegórica, los personajes

son imágenes y no personas; todo lo que es activo en su espíritu lo

lleva hacia la figura y no hacia lo figurado. Su naturaleza poética,

arrastrada a pesar suyo a las abstracciones teológicas y escolásticas,

se rebela y puebla su cerebro de fantasmas, obligándolo a concretar,

a materializar y a dar forma a lo que es más espiritual e impalpable,

aún a Dios mismo. Aquel mundo literal lo hechiza, lo persigue, lo

asedia y no descansa hasta que recibe de él su forma definitiva; y ya

no es letra, sino espíritu; ya no es imagen, sino realidad; un mundo

en sí cabal e inteligible, perfectamente realizado. Visión y alegoría,

tratado o leyenda, crónicas, historias, loores, himnos, misticismo y

escolástica, todas las formas literarias y toda la cultura de la época

están aquí encerradas y animadas en este gran misterio del alma y de la

humanidad: poema universal en que se reflejan todos los pueblos y todos

los siglos que constituyen la edad media.

Más este mundo artístico, nacido de una contradicción entre la

intención del poeta y su obra, no es acabadamente armónico, no es

poesía pura. La falsa conciencia poética perturba la obra de aquella

espontaneidad genial, y pone en ella un no sé qué de inseguro y de

no acabado, una mezcla y crudeza de colores. El pensamiento, en su

desnudez escolástica; o exornado con imágenes que sin embargo no bastan

a vencer su abstracción, tiene demasiada importancia. Sus figuras

alegóricas recuerdan en ocasiones a los monstruos orientales más que

a la serena belleza griega: lo mismo las entidades abstractas que los

personajes conscientes y libres. A menudo, preocupado por el segundo

sentido que tiene en mientes, agrega pormenores extraños a la imagen,

lo que perturba y distrae al lector, interrumpiéndole el libre vuelo

de la fantasía. La presencia constante de otro sentido que aligera

la representación y a veces la penetra, menoscaba la claridad y la

armonía. Aún el estilo, enmarañado de cuando en cuando con asuntos

lejanos y sutiles pierde su claridad y se torna confuso y turbio. No es

un templo griego sino una catedral gótica, llena de vastas sombras, en

donde pugnan elementos contrarios, que no han sido bien armonizados. A

veces es tosco; otras, delicado. En ocasiones, poeta docto y en otras,

popular. Ora pierde de vista a la verdad y se entrega a sutilezas, ora

la intuye rápidamente y la expresa con sencillez. Ya es un cronista

burdo, ya un pintor acabado. Cuándo se pierde en cuestiones abstractas;

cuándo, en medio de ellas, hace germinar la vida. Aquí desciende

a cosas pueriles, allá se remonta a excelsitudes sobrehumanas. Al

ocuparse en un silogismo brilla la luz de una imagen; mientras

teologiza estalla la flama del sentimiento. En ratos os halláis ante

una fría alegoría y repentinamente sentís a la carne estremecerse con

ella. Su credulidad nos hace hoy sonreír; luego su audacia nos llenará

de asombro. Fué un pequeño mundo donde se reflejaba toda la existencia

de entonces.

Los elementos contrarios que fermentaban en una sociedad en estado

aún de formación contendían en él, sin que se diera cuenta de ello.

Si miráis sus aspiraciones encontraréis que en ellas todo es armonía.

Filósofo, piensa en el reino de la ciencia y de la virtud; cristiano,

contempla el reino de Dios; patriota, suspira por el reino de la

justicia y de la paz; poeta, sueña una forma toda luz, proporción y

armonía, _lo bello stile_; su autor es Virgilio. Mientras más grande

era la barbarie y la ignorancia, mayor su aspiración hacia un mundo

armónico y concorde. Mas el poeta se halla rodeado por esta burda

realidad, por esas formas discordes; se apesadumbra y le falta la

serenidad del artista y saca de su fantasía un mundo del arte, en gran

parte realizado, pero donde se encuentra aún las asperezas de una

materia domeñada imperfectamente.

* * * * *

Penetremos en este mundo, mirémoslo e interroguémoslo. Porque un

argumento no es _tabula rasa_, donde podamos escribir a nuestro antojo,

sino mármol entallado, que tiene en sí mismo su concepto y las leyes

de su desarrollo. La virtud mayor del genio consiste en entender su

argumento, ser uno con él, apartando todo lo que le sea extraño. Es

necesario apasionarse por él, vivir dentro de él, constituirse en

su alma o su conciencia. De modo semejante el crítico en lugar de

imponerse reglas abstractas y juzgar con el mismo criterio la _Comedia_

y la _Ilíada_, la _Gerusalemme_ y el _Orlando Furioso_, debe estudiar

el mundo creado por el poeta, interrogarlo, indagar su naturaleza que

contiene forzosamente su poética o sean las leyes orgánicas de su

formación, su concepto, su forma, su génesis, su estilo. ¿Qué cosa es

el otro mundo?

Es el problema del destino humano resuelto, la explicación del misterio

del alma, el fin de la historia del hombre, el mundo perfecto, lo

eterno presente, la inmutable necesidad. En la naturaleza ya no ocurre

el accidente; en el hombre ya no hay libertad. La naturaleza está

predeterminada y fijada por una lógica preconcebida según la idea

moral. Lo real y lo ideal se vuelven idénticos; la apariencia y la

sustancia son una misma cosa. El hombre ya no tiene libre albedrío:

está ahí fijo e inmóvil como la naturaleza. Toda acción ha cesado;

se ha roto todo vínculo que une a los hombres en la tierra; patria,

familia, riquezas, dignidad, costumbres. No existe sucesión ni

desenvolvimiento, ni principio, ni fin; falta la narración, el drama.

El individuo desaparece en el género. El carácter, la personalidad

no tiene modo de manifestarse. Eterno dolor, gozo eterno, sin eco,

sin variación, sin contraste ni grado. No hay epopeya porque falta

la acción; no hay drama porque falta la libertad; la lírica es la

inmutable y monótona expresión de una sola aria; queda la existencia en

su inmóvil manera de ser, la descripción de la naturaleza y del hombre.

¿Qué cosa es, pues, el otro mundo--con relación al arte? Visión,

contemplación, descripción: una historia natural.

Más en esta visión penetra la leyenda o el misterio porque dentro está

representada la comedia o redención del alma en su peregrinaje desde

lo humano a lo divino, _da Fiorenza in popol giusto e sano_. Tiene

pues la apariencia de un drama que se desarrolla en el otro mundo, y

sus actores son Dante, Virgilio, Catón, Estacio, el demonio, Matilde,

Beatriz, San Pedro, San Bernardo, la Virgen, Dios; drama alegórico como

lo es la comedia del alma, _Commedia dell'anima_. Digo _apariencia

de un drama_, porque la santificación no nace del obrar sino del

contemplar, y Dante contempla, no obra, y los otros adoctrinan,

enseñan. El drama, en consecuencia, se desvanece en la contemplación.

Así concebido, este mundo era el de los misterios y las leyendas y

se convertía en mundo teológico-escolástico en manos de los doctos.

Dante lo ha realizado, lo ha hecho existir en el arte; ha creado esa

naturaleza y ese hombre. Y si su mundo no es perfectamente artístico,

la falta no es de él sino que aquel mundo en donde el hombre es

naturaleza y la naturaleza, ciencia, y del cual se ha desterrado a lo

accidental y a la libertad, los dos grandes factores de la vida real y

del arte.

Si Dante hubiera sido fraile o filósofo, apartado de la vida real, se

habría encerrado en esas formas y en esa alegoría sin salir de ellas.

Mas Dante, al entrar en el reino de los muertos lleva consigo todas

las pasiones de los vivos, y las preocupaciones terrenas. Descuida

ser un símbolo o una figura alegórica, y es Dante, la más potente

individualidad de aquel tiempo, en la cual está compendiada toda la

vida de la época, con sus abstracciones, sus éxtasis, sus pasiones

impetuosas, su refinamiento y su barbarie. A la vista de un ser

viviente y al oír sus palabras, las almas renacen por un instante,

sienten de nuevo la antigua vida, se tornan hombres; en lo eterno

vuelve a aparecer el tiempo; en el seno de lo porvenir, vive y se

mueve Italia, y más bien aún, la Europa de aquel siglo. Así la poesía

abarca toda la vida, cielo y tierra, tiempo y eternidad, lo humano y

lo divino; y el poema sobrenatural conviértese en humano y terreno, con

la marca del hombre y del tiempo. Reaparece la naturaleza terrenal como

oposición o parangón o remembranza. Reaparece el accidente y el tiempo,

la historia y la sociedad en su vida exterior e interna; apunta la

tradición virgiliana con Roma por capital del mundo y con la monarquía

preestablecida; y dentro de este marco magnífico, pasa ante nuestros

ojos la historia de la época: Bonifacio VIII, Roberto, Felipe el

hermoso, Carlos de Valois, los Cerchi y los Donati, la nueva Florencia

y la antigua, la historia de Italia, y la historia de Dante, sus iras,

sus odios, sus venganzas, sus amores, sus predilecciones.

Así se integra la vida; el otro mundo sale de su abstracción doctrinal

y mística; cielo y tierra se confunden; síntesis viviente de esta

inmensa comprensión, Dante es espectador, actor y juez. La vida,

contemplada desde el otro mundo adquiere nuevas actitudes, sensaciones

e impresiones. El otro mundo visto desde la tierra, se reviste de sus

pasiones e intereses. Y resulta de todo una concepción originalísima,

una naturaleza nueva y un hombre nuevo. Son dos mundos omnipresentes,

en reciprocidad de acción, que se suceden, se alternan, se cruzan,

se compenetran, se explican y se iluminan mutuamente, en perpetua

vuelta. Su unidad no reside en un protagonista, ni en una acción, ni

en un fin abstracto y extraño a la materia; está en la misma materia;

unidad interior e impersonal, viviente, indivisible; unidad orgánica

cuyos instantes se suceden en el espíritu del poeta, no como agregación

mecánica de partes separables, sino compenetrados e identificados

como en la vida. Esta unidad enérgica y armoniosa se halla en la

naturaleza misma de los dos mundos, materialmente diversos, pero que

no constituyen sino una misma cosa en la unidad de la conciencia.

Cielo y tierra son términos correlativos; no es posible el uno sin el

otro. Lo puramente real y lo puramente ideal son dos abstracciones;

cada cosa real lleva consigo su ideal; todo hombre porta su infierno y

su paraíso; todo hombre encierra en su pecho a los dioses del Olimpo:

el escéptico puede negar el infierno, pero no suprimir la conciencia.

Puesto que estos dos mundos son la vida misma en sus dos aspectos, en

el seno de esta unidad se desenvuelve el dualismo más vivaz, mejor

dicho, antagonismo: el otro mundo hace de los cuerpos sombras; sombras

son los afectos, las grandezas y las pompas; mas en esas sombras aún

se estremece la carne, se agita el deseo, resuenan las imprecaciones

terrenales que llegan hasta la tranquila bóveda del cielo. Los hombres

con sus pasiones, vicios y virtudes quedan eternizados como estatuas,

en la misma actitud y expresión de odio, de desdén y de amor en que han

sido sorprendidos por el artista; pero mientras el otro mundo hace de

la tierra algo eterno, transportándola a su centro y poniéndole delante

la imagen de lo infinito, descubre lo vano y la nada; los hombres son

los mismos en un escenario distinto, que es su ironía. Esta unidad y

dualidad que salen del fondo mismo de la situación brilla a la luz

del día en las más variadas formas; a veces en un apóstrofe, en un

discurso, en un gesto, en una acción; ya en la naturaleza, ya en el

hombre; en esta unidad queda comprendida la mayor variedad, y no es

fácil encontrar una obra artística cuyos límites sean tan precisos y

tan vastos. Nada hay en el argumento que constriña al poeta a preferir

a tal personaje, a cierta época o acción; él escoge toda la historia,

todos los aspectos bajo los cuales aparece la humanidad; y puede

abandonarse libremente a sus iras y opiniones e intercalar en el plan

general fines particulares sin que la unidad se dañe. Todo esto da a su

universo una acabada realidad poética, y es patente en la permanente

unidad, todo lo que surge del ser humano, del libre albedrío y de lo

casual y el moverse con vario juego todos los contrastes y lo necesario

unido con el libre albedrío y el destino con la casualidad.

En resumen, ¿qué clase de poesía es ésta? contiene materia épica y no

es epopeya; hay una situación lírica y no es lírica; posee una trama

dramática y no es drama. Trátase de una de aquellas construcciones

gigantescas y primitivas, verdaderas enciclopedias, biblias nacionales;

no de un género más bien que de otro, sino de un todo que contiene en

embrión toda la materia y todas las formas poéticas, el germen de todo

desarrollo ulterior. Por lo tanto ningún género de poesía sobresale

y es explicado; el uno entra en el otro y se perfecciona en él de la

misma manera que los dos mundos se identifican y no se puede decir:

aquí está uno de ellos y allá el otro; así los diversos géneros están

unidos de manera que nadie puede señalar los confines que los dividen y

aún menos decir: esto es absolutamente épico y esto, dramático.

Es el contenido universal del cual todas las poesías no son más que

fragmentos; el _poema sacro_; la eterna geometría y la eterna lógica

de la creación encarnada en los tres mundos cristianos; la ciudad de

Dios, en la que se refleja la ciudad del hombre con toda su realidad de

determinado lugar y época; la esfera inmóvil del mundo teológico, en la

cual alientan tempestuosamente todas las pasiones humanas.

La idea que anima esta vasta construcción y le infunde vida y la

desarrolla, es el concepto de la salvación, el camino que lleva al alma

del mal al bien, del error a la verdad, de la anarquía a la ley, de

lo múltiple a lo uno. Es el concepto cristiano y moderno de la unidad

de Dios sustituída a la pluralidad pagana. Si este concepto fuera

solamente algo exterior, explicado en su abstracción doctrinal, como

pensamiento, o presentado en forma alegórica, la imagen no bastaría

para engendrar una obra de arte. Pero el concepto no es sólo externo

sino interno; no es únicamente del significado y la ciencia de aquel

mundo, obra de filósofo y de crítico, sino principio activo, como en

el hombre y en la naturaleza, que construye y forma ese mundo y le da

una historia y un desarrollo. Este principio activo puede llamarse

en su abstracción lo verdadero o el bien, o la virtud, o la ley;

como realidad viva y activa es el espíritu, que tiene por contrario

a la materia o la carne, donde se halla como en prisión o como en

un _vasello_ de donde se esfuerza por salir. Así, pues, la vida es

un antagonismo, una batalla entre el espíritu y la carne, entre Dios

y el demonio. Su historia es la victoria progresiva del espíritu, su

conciencia y albedrío, bajo las formas en que vive sutilizándose,

descorporificándose, idealizándose hasta Dios, espíritu absoluto,

la Verdad, la Bondad, la Unidad, el último Ideal. La concepción

dantesca, el espíritu que anima su mundo es, pues, la progresiva

disolución de las formas, un constante ascender desde la carne al

espíritu, la emancipación de la materia y del sentido mediante la

expiación y el dolor, el choque entre lo satánico y lo divino, el

infierno y el paraíso. Homero transporta a los dioses a la tierra

y los materializa; Dante transporta a los hombres al otro mundo y

los espiritualiza. La materia no es más que apariencia; lo que sólo

existe es el espíritu; los hombres son sombras; las acciones humanas

se reproducen como fantasmas en el dominio de la memoria; la tierra

misma es un recuerdo que fluctúa como una visión; lo real, lo presente

es el espíritu infinito; todo lo demás es _vanita che par persona_.

Todo se va acrisolando progresivamente; el velo se torna cada vez más

transparente; el _Infierno_ es la sede de la materia, el dominio de

la carne y del pecado; lo terrenal no solamente es remembranza sino

presente; el castigo no logra modificar los caracteres y las pasiones;

el pecado y lo terreno se perpetúan en el otro mundo y se inmovilizan

en esas almas incapaces de arrepentimiento; pecado eterno, pena eterna.

En el _Purgatorio_ cesan las tinieblas y brilla el sol, la luz de la

inteligencia, el espíritu; lo mundano es un penoso recuerdo que el

penitente procura olvidar; y el espíritu, separándose de lo corpóreo,

tiende a la completa posesión de sí, a la salvación. En el _Paraíso_

la persona humana desaparece y todas las formas se desvanecen y se

elevan en la luz; a medida que se asciende, y mientras más se idealiza

esta gloriosa transfiguración hasta llegar a la presencia de Dios,

el espíritu absoluto, la forma se desvanece y no persiste más que el

sentimiento:

_....Tutta cessa

Mia visione, ed ancor mi distilla

Nel cuor lo dolce che nacque da essa.

Cosi la neve al sol si disigilla;

Cosi al vento nelle foglie lievi

Si perdea la sentenzia di Sibilla._

Este concepto comprende todo lo que se puede saber y toda la historia;

no sólo construye y desarrolla el mundo dantesco sino que lo halláis

siempre vivo en el camino intelectual e histórico de la vida, bajo

todas las formas, en todos los problemas que se presentan al poeta,

en religión, en filosofía, en política, en moral; y así se concreta y

cumple en todas las direcciones de la vida. En religión, es el camino

de la letra al espíritu, del símbolo a la idea, del Viejo al Nuevo

Testamento; en la ciencia, el tránsito de la ignorancia y del error a

la religión y de la razón a la revelación; en moral, el paso del mal

al bien, del odio al amor mediante la expiación; en política, la senda

que conduce de la anarquía a la unidad. Sometido a las condiciones de

espacio y de tiempo, vuélvese historia; tal hombre, tal pueblo, tal

siglo. En religión, está ante la Iglesia Romana, ante el papado, que

el poeta quiere emancipar de los intereses y pasiones terrenales y

retornar a su fin espiritual; en filosofía, encuentra la ciencia vulgar

y la ciencia de la verdad en el paraíso; en moral, os halláis delante

de las pasiones, las discordias, las culpas y los vicios de la edad

bárbara de la cual os sentís poco a poco alejados en vuestro camino

hacia el sumo bien; en política, es la Italia anárquica y ensangrentada

que el poeta aspira a traer a la paz y concordia en la unidad del

imperio. De este modo un mismo concepto anima el todo, en la forma, en

el pensamiento y en la historia. Pero comprensión más vasta y concorde

no había salido jamás de mente humana. Algunos encuentran en la

_Comedia_ el otro mundo, considerando lo demás como una intrusión, casi

como una profanación; Edgard Quinet se siente _choqué_ de ver como las

pasiones del poeta le siguen hasta el paraíso; otros descubren en él un

mundo político que no es más que una representación figurada. Llaman

a este poema _religioso_ o _político_, _didascálico_ o _moral_; lo

reducen a querellas de católicos y protestantes, a disputas de güelfos

y gibelinos. No miran desde la cumbre del monte sino desde la llanura y

toman por el todo lo que encuentran en la línea recta del camino. Cada

uno se forja un pequeño mundo y dice: este es el mundo de Dante. Y el

mundo de Dante contiene en sí todos esos mundos. Es el mundo universal

de la edad media realizado en el arte.

_FRANCESCO DE SANCTIS._

(Tomado de la _STORIA DELLA LETTERATURA ITALIANA_, Volume I.)

_INFIERNO_

[Ilustración]

_CANTO PRIMERO_

A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva obscura,

por haberme apartado del camino recto. ¡Ah! Cuán penoso me sería

decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo

renueva mi pavor, pavor tan amargo, que la muerte no lo es tanto. Pero

antes de hablar del bien que allí encontré, revelaré las demás cosas

que he visto. No sé decir fijamente cómo entré allí; tan adormecido

estaba cuando abandoné el verdadero camino. Pero al llegar al pie de

una cuesta, donde terminaba el valle que me había llenado de miedo el

corazón, miré hacia arriba, y vi su cima revestida ya de los rayos del

planeta que nos guía con seguridad por todos los senderos. Entonces

se calmó algún tanto el miedo que había permanecido en el lago de mi

corazón durante la noche que pasé con tanta angustia; y del mismo modo

que aquel que, saliendo anhelante fuera del piélago, al llegar a la

playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla, así mi

espíritu, fugitivo aún, se volvió hacia atrás para mirar el lugar de

que no salió nunca nadie vivo. Después de haber dado algún reposo a mi

fatigado cuerpo, continué subiendo por la solitaria playa, procurando

afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera más bajo. Al principio

de la cuesta, aparecióseme una pantera ágil, de rápidos movimientos

y cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino que

interceptaba de tal modo mi camino, que me volví muchas veces para

retroceder. Era a tiempo que apuntaba el día, y el sol subía rodeado de

aquellas estrellas que estaban con él cuando el amor divino imprimió el

primer movimiento a todas las cosas bellas. Hora y estación tan dulces

me daban motivo para augurar bien de aquella fiera de pintada piel.

Pero no tanto que no me infundiera terror el aspecto de un león que a

su vez se me apareció: figuróseme que venía contra mí, con la cabeza

alta y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle.

Siguió a éste una loba que, en medio de su demacración, parecía cargada

de deseos; loba que ha obligado a vivir miserable a mucha gente. El

fuego que despedían sus ojos me causó tal turbación, que perdí la

esperanza de llegar a la cima. Y así como el que gustoso atesora y se

entristece y llora con todos sus pensamientos cuando llega el momento

en que sufre una pérdida, así me hizo padecer aquella inquieta fiera,

que, viniendo a mi encuentro, poco a poco me repelía hacia donde el sol

se calla. Mientras yo retrocedía hacia el valle, se presentó a mi vista

uno, que por su prolongado silencio parecía mudo. Cuando le vi en aquel

gran desierto:

--Piedad de mí--le grité--quienquiera que seas, sombra u hombre

verdadero.

Respondióme:

No soy ya hombre, pero lo he sido; mis padres fueron lombardos y ambos

tuvieron a Mantua por patria. Nací "sub Julio," aunque algo tarde,

y vi a Roma bajo el mando del buen Augusto en tiempo de los dioses

falsos y engañosos. Poeta fuí, y canté a aquel justo hijo de Anquises,

que volvió de Troya después del incendio de la soberbia Ilión. Pero,

¿por qué te entregas de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al

delicioso monte, que es causa y principio de todo goce?

--¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho

raudal de elocuencia?--le respondí ruboroso. ¡Ah!, ¡honor y antorcha

de los demás poetas! Válganme para contigo el prolongado estudio y el

grande amor con que he leído y meditado tu obra. Tú eres mi maestro y

mi autor predilecto; tú solo eres aquél de quien he imitado el bello

estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera debido a la cual

retrocedía; líbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se

estremecen mis venas y late con precipitación mi pulso.

--Te conviene seguir otra ruta--respondió al verme llorar--, si quieres

huír de este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir

en tales lamentaciones no deja pasar a nadie por su camino, sino que

se opone a ello matando al que a tanto se atreve. Su instinto es tan

malvado y cruel, que nunca ve satisfechos sus ambiciosos deseos, y

después de comer tiene más hambre que antes. Muchos son los animales

a quienes se une, y serán aun muchos más hasta que venga el Lebrel[1]

y la haga morir entre dolores. Este no se alimentará de tierra ni de

peltre, sino de sabiduría, de amor y de virtud, y su patria estará

entre Feltro y Feltro. Será la salvación de esta humilde Italia, por

quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Euríalo y Turno y Niso.

Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en

el infierno, de donde en otro tiempo la hizo salir la envidia. Ahora,

por tu bien, pienso y veo claramente que debes seguirme: yo seré tu

guía, y te sacaré de aquí para llevarte a un lugar eterno, donde oirás

aullidos desesperados; verás los espíritus dolientes de los antiguos

condenados, que llaman a gritos a la segunda muerte; verás también a

los que están contentos entre las llamas, porque esperan, cuando llegue

la ocasión, tener un puesto entre los bienaventurados. Si quieres, en

seguida, subir hasta ellos, te acompañará en este viaje un alma más

digna que yo, te dejaré con ella cuando yo parta; pues el Emperador que

reina en las alturas no quiere que por mediación mía se entre en su

ciudad, porque fuí rebelde a su ley. El impera en todas partes y reina

arriba; arriba está su ciudad y su alto solio: ¡Oh! ¡Feliz el elegido

para su reino!

[1] Can Grande della Scala, señor de Verona y bienhechor de

Dante.

Y yo le contesté:

--Poeta, te requiero por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas

huír de este mal y de otro peor; condúceme adonde has dicho, para que

yo vea la puerta de San Pedro y a los que, según dices, están tan

desolados.

Entonces se puso en marcha, y yo seguí tras él.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO SEGUNDO_

El día terminaba; la atmósfera obscura de la noche invitaba a descansar

de sus fatigas a los seres animados que existen sobre la tierra, y yo

solo me preparaba a sostener los combates del camino y de las cosas

dignas de compasión, que mi memoria trazará sin equivocarse. ¡Oh

Musas!, ¡oh alto ingenio!, venid en mi ayuda: ¡oh mente, que escribiste

lo que ví!, ahora aparecerá tu nobleza.

Yo comencé:

--Poeta, que me guías, mira si mi virtud es bastante fuerte antes de

aventurarme en tan profundo viaje. Tú dices que el padre de Silvio,

aun corruptible, pasó al siglo inmortal y pasó sensiblemente. Si el

adversario de todo mal le fué favorable, debióse a los grandes efectos

que de él debían sobrevenir; y el por qué no parece injusto a un hombre

de talento; pues en el Empíreo fué elegido para ser el padre de la

fecunda Roma y de su imperio: el uno y la otra, a decir verdad, fueron

establecidos en favor del sitio santo en donde reside el sucesor del

gran Pedro. Durante este viaje, por el que le elogias, oyó cosas que

presagiaron su victoria y el manto papal. Después el Vaso de elección

fué transportado hasta el cielo para dar más firmeza a la fe, que es

el principio del camino de la salvación. Pero yo ¿por qué he de ir?,

¿quién me lo permite? Yo no soy Eneas, ni San Pablo: ante nadie, ni

ante mí mismo, me creo digno de tal honor. Porque si me lanzo a tal

empresa, temo por mi loco empeño. Puesto que eres sabio, comprenderás

las razones que me callo.

Y como aquel que no quiere ya lo que quería, y asaltado de una nueva

idea, cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que había

comenzado, así me sucedía en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza

de pensar, abandoné la empresa que había empezado con tanto ardor.

--Si he comprendido bien tus palabras--respondió aquella sombra

magnánima--, tu alma está traspasada de espanto, el cual se apodera

frecuentemente del hombre, y tanto, que le retrae de una empresa

honrosa, como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera,

cuando se introduce en la obscuridad. Para librarte de ese temor, te

diré por qué he venido, y lo que vi en el primer momento en que me

moviste a compasión. Yo estaba entre los que se hallan en suspenso,

y me llamó una dama tan bienaventurada y tan bella, que le rogué me

diera sus órdenes. Brillaban sus ojos más que la estrella, y empezó a

decirme con voz angelical, en su lengua: "¡Oh alma cortés Mantuana,

cuya fama dura aún en el mundo y durará mientras su movimiento se

prolongue! Mi amigo, que no lo es de la ventura, se ve tan embarazado

en la playa desierta, que en medio del camino el miedo le ha hecho

retroceder; y temo (por lo que he oído de él en el Cielo) que se haya

extraviado ya, y que yo haya acudido tarde en su socorro. Vé, pues, y

con tus elocuentes palabras, y con lo que se necesita para sacarle de

su apuro, auxíliale tan bien, que yo quede consolada. Yo soy Beatriz,

la que te hace marchar; vengo de un sitio adonde deseo volver: amor

me impele, y es el que me hace hablar. Cuando vuelva a estar delante

de mi Señor, le hablaré de ti bien y con frecuencia." Calló entonces,

y yo repuse: "¡Oh mujer de virtud única, por quien la especie humana

excede en dignidad a todos los seres contenidos bajo aquel Cielo que

tiene los círculos más pequeños! Tanto me place tu orden, que si ya

te hubiera obedecido, creería haber tardado: no tienes necesidad de

expresarme más tus deseos. Mas dime: ¿por qué causa no temes descender

al fondo de este centro desde lo alto de esos inmensos lugares, adonde

ardes en deseos de volver?" "Puesto que tanto quieres saber, te diré

brevemente, respondióme, por qué no temo venir a este abismo. Sólo

deben temerse las cosas que pueden redundar en perjuicio de otros;

pero no aquellas que no inspiran este temor. Por la merced de Dios,

estoy hecha de tal suerte, que no me alcanzan vuestras miserias, ni

puede prender en mí la llama de este incendio. Hay en el Cielo una dama

gentil,[2] que se conduele del obstáculo opuesto al que te envío, y

que mitiga el duro juicio de la justicia divina. Ella se ha dirigido a

Lucía[3] con sus ruegos, y le ha dicho: "Tu fiel amigo tiene necesidad

de ti, y te lo recomiendo." Lucía, enemiga de todo corazón cruel, se ha

conmovido e ido al lugar donde yo me encontraba, sentada al lado de la

antigua Raquel. Y me ha dicho: "Beatriz, verdadera alabanza de Dios,

¿no socorres a aquél que te amó tanto, y que por ti salió de la vulgar

esfera? ¿No oyes su queja conmovedora? ¿No ves la muerte contra quien

combate sobre ese río, más formidable que el mismo mar?" En el mundo no

ha habido jamás una persona más pronta en correr hacia un beneficio ni

en huír de un peligro, que yo, en cuanto oí tales palabras. Descendí

desde mi dichoso puesto, fiándome en esa elocuente palabra que te

honra, y que honra a cuantos la han oído." Después de haberme hablado

de este modo, volvió llorando hacia mí sus ojos brillantes, con lo que

me hizo partir más presuroso. Y me he dirigido a ti tal como ha sido

su voluntad, y te he preservado de aquella fiera que te cerraba el

camino más corto de la hermosa montaña. Pero ¿qué tienes?, ¿por qué te

suspendes?, ¿por qué abrigas tanta cobardía en tu corazón?, ¿por qué no

tienes atrevimiento ni valor, cuando tres mujeres benditas cuidan de ti

en la corte celestial, y mis palabras te prometen tanto bien?

[2] La clemencia divina.

[3] La gracia divina, o más bien, la gracia que ilumina.

Y así como las florecillas, inclinadas y cerradas por la escarcha, se

abren erguidas en cuanto el Sol las ilumina, así creció mi abatido

ánimo, e inundó tal aliento mi corazón, que exclamé como un hombre

decidido:

--¡Oh! ¡Cuán piadosa es la que me ha socorrido! ¡Y tú, alma

bienhechora, que has obedecido con tal prontitud las palabras de verdad

que ella te ha dicho! Con las tuyas has preparado mi corazón de tal

suerte, y le has comunicado tanto deseo de emprender el gran viaje, que

vuelvo a abrigar mi primer propósito. Vé, pues; que una sola voluntad

nos dirija: tú eres mi guía, mi señor, mi maestro.

Así le dije, y en cuanto echó a andar, entré por el camino profundo y

salvaje.

[Ilustración]

_CANTO TERCERO_

"Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor;

por mi se va hacia la raza condenada: la justicia animó a mi sublime

arquitecto; me hizo la divina potestad, la suprema sabiduría y el

primer amor. Antes que yo no hubo nada creado, a excepción de lo

eterno, y yo duro eternamente. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad

toda esperanza!"

Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una

puerta, por lo cual exclamé:

--Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.

Y él, como hombre lleno de prudencia, me contestó:

--Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda

cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la

dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.

Y después de haber puesto su mano en la mía con rostro alegre, que me

reanimó, me introdujo en medio de las cosas secretas. Allí, bajo un

cielo sin estrellas, resonaban suspiros, quejas y profundos gemidos,

de suerte que al escucharlos comencé a llorar. Diversas lenguas,

horribles blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, voces altas y

roncas, acompañadas de palmadas, producían un tumulto que va rodando

siempre por aquel espacio eternamente obscuro, como la arena impelida

por un torbellino. Yo, que estaba horrorizado, dije:

--Maestro, ¿qué es lo que oigo, y qué gente es ésa, que parece

doblegada por el dolor?

Me respondió:

--Esta miserable suerte está reservada a las tristes almas de aquellos

que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio: están confundidas

entre el perverso coro de los ángeles que no fueron rebeldes ni fieles

a Dios, sino que sólo vivieron para sí. El Cielo los lanzó de su

seno por no ser menos hermoso; pero el profundo Infierno no quiere

recibirlos por la gloria que con ello podrían reportar los demás

culpables.

Y yo repuse:

--Maestro, ¿qué cruel dolor les hace lamentarse tanto?

A lo que me contestó:

--Te lo diré brevemente. Estos no esperan morir; y su ceguedad es

tanta, que se muestran envidiosos de cualquier otra suerte. El mundo

no conserva ningún recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los

desdeñan: no hablemos más de ellos, míralos y pasa adelante.

Y yo, fijándome más, vi una bandera que iba ondeando tan de prisa, que

parecía desdeñosa del menor reposo: tras ella venía tanta muchedumbre,

que no hubiera creído que la muerte destruyera tan gran número.

Después de haber reconocido a algunos, miré más fijamente, y vi la

sombra de aquel que por cobardía hizo la gran renuncia[4]. Comprendí

inmediatamente y adquirí la certeza de que aquella turba era la de los

ruines que se hicieron desagradables a los ojos de Dios y a los de

sus enemigos. Aquellos desgraciados, que no vivieron nunca, estaban

desnudos, y eran molestados sin tregua por las picaduras de las moscas

y de las avispas que allí había; las cuales hacían correr por su rostro

la sangre, que mezclada con sus lágrimas, era recogida a sus pies por

asquerosos gusanos.

[4] Según algunos comentadores, éste debe ser Esaú, que

renunció a su derecho de primogenitura; según otros,

Diocleciano, que abdicó el imperio; según Venturini, el papa

Celestino V, y otros creen que el que hizo la gran renuncia es

Pilatos.

Habiendo dirigido mis miradas a otra parte, vi nuevas almas a la orilla

de un gran río, por lo cual, dije:

--Maestro, dígnate manifestarme quiénes son y por qué ley parecen ésos

tan prontos a atravesar el río, según puedo ver a favor de esta débil

claridad.

Y él me respondió:

--Te lo diré cuando pongamos nuestros pies sobre la triste orilla del

Aqueronte.

Entonces, avergonzado y con los ojos bajos, temiendo que le disgustasen

mis preguntas, me abstuve de hablar hasta que llegamos al río. En

aquel momento vimos un anciano cubierto de canas, que se dirigía

hacia nosotros en una barquichuela, gritando: "¡Ay de vosotras, almas

perversas! No esperéis ver nunca el Cielo. Vengo para conduciros a la

otra orilla, donde reinan eternas tinieblas, en medio del calor y del

frío. Y tú, alma viva, que estás aquí, aléjate de entre esas que están

muertas." Pero cuando vió que yo no me movía, dijo: "Llegarás a la

playa por otra orilla, por otro puerto, mas no por aquí: para llevarte

se necesita una barca más ligera."

Y mi guía le dijo:

--Carón, no te irrites. Así se ha dispuesto allí donde se puede todo lo

que se quiere; y no preguntes más.

Entonces se aquietaron las velludas mejillas del barquero de las

lívidas lagunas, que tenía círculos de llamas alrededor de sus ojos.

Pero aquellas almas, que estaban desnudas y fatigadas, no bien oyeron

tan terribles palabras, cambiaron de color, rechinando los dientes,

blasfemando de Dios, de sus padres, de la especie humana, del sitio y

del día de su nacimiento, de la prole de su prole y de su descendencia:

después se retiraron todas juntas, llorando fuertemente, hacia la

orilla maldita en donde se espera a todo aquel que no teme a Dios.

El demonio Carón, con ojos de ascuas, haciendo una señal, las fué

reuniendo, golpeando con su remo a las que se rezagaban; y así como

en otoño van cayendo las hojas una tras otra, hasta que las ramas han

devuelto a la tierra todos sus despojos, del mismo modo los malvados

hijos de Adán se lanzaban uno a uno desde la orilla, a aquella señal,

como pájaros que acuden al reclamo. De esta suerte se fueron alejando

por las negras ondas; pero antes de que hubieran saltado en la orilla

opuesta, se reunió otra nueva muchedumbre en la que aquéllas habían

dejado.

--Hijo mío--me dijo el cortés Maestro--, los que mueren en la cólera

de Dios acuden aquí de todos los países, y se apresuran a atravesar

el río, espoleados de tal suerte por la justicia divina, que su temor

se convierte en deseo. Por aquí no pasa nunca un alma pura; por lo

cual, si Carón se irrita contra ti, ya conoces ahora el motivo de sus

desdeñosas palabras.

Apenas hubo terminado, tembló tan fuertemente la sombría campiña,

que el recuerdo del espanto que sentí aún me inunda la frente de

sudor. De aquella tierra de lágrimas salió un viento que produjo

rojizos relámpagos, haciéndome perder el sentido y caer como un hombre

sorprendido por el sueño.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO CUARTO_

Interrumpió mi profundo sueño un trueno tan fuerte, que me estremecí

como hombre a quien se despierta a la fuerza: me levanté, y dirigiendo

una mirada en derredor mío, fijé la vista para reconocer el lugar donde

me hallaba. Vime junto al borde del triste valle, abismo de dolor, en

que resuenan infinitos ayes, semejantes a truenos. El abismo era tan

profundo, obscuro y nebuloso, que en vano fijaba mis ojos en su fondo,

pues no distinguía cosa alguna.

--Ahora descendamos allá abajo, al tenebroso mundo--me dijo el poeta

muy pálido--: yo iré el primero; tú el segundo.

Yo, que había advertido su palidez, le respondí:

--¿Cómo he de ir yo, si tú, que sueles desvanecer mis incertidumbres,

te atemorizas?

Y él repuso:

--La angustia de los desgraciados que están ahí bajo, refleja en mi

rostro una piedad que tú tomas por terror. Vamos, pues; que la longitud

del camino exige que nos apresuremos.

Y sin decir más, penetró y me hizo entrar en el primer círculo que

rodea el abismo. Allí, según pude advertir, no se oían quejas, sino

sólo suspiros, que hacían temblar la eterna bóveda, y que procedían

de la pena sin tormento de una inmensa multitud de hombres, mujeres y

niños. El buen Maestro me dijo:

--¿No me preguntas qué espíritus son los que estamos viendo? Quiero,

pues, que sepas, antes de seguir adelante, que éstos no pecaron; y

si contrajeron en su vida algunos méritos, no es bastante, pues no

recibieron el agua del bautismo, que es la puerta de la Fe que forma

tu creencia. Y si vivieron antes del cristianismo, no adoraron a Dios

como debían: yo también soy uno de ellos. Por tal falta, y no por otra

culpa, estamos condenados, consistiendo nuestra pena en vivir con el

deseo sin esperanza.

Un gran dolor afligió mi corazón cuando oí esto, porque conocí personas

de mucho valor que estaban suspensas en el Limbo.

--Dime, Maestro y señor mío--le pregunté para afirmarme más en esta

Fe que triunfa de todo error;--¿alguna de esas almas ha podido, bien

por sus méritos o por los de otros, salir del Limbo y alcanzar la

bienaventuranza?

Y él, que comprendió mis palabras encubiertas y obscuras, repuso:

--Yo era recién llegado a este sitio, cuando vi venir a un Sér

poderoso, coronado con la señal de la victoria. Hizo salir de aquí

el alma del primer padre, y la de Abel su hijo, y la de Noé; la del

legislador Moisés, tan obediente; la del patriarca Abraham, y la del

rey David; a Israel, con su padre y con sus hijos, y a Raquel por

quien aquél hizo tanto,[5] y a otros muchos, a quienes otorgó la

bienaventuranza; pues debes saber que, antes de ellos, no se salvaban

las almas humanas.

[5] Se refiere a Jacobo o Israel, que por casarse con Raquel

sirvió al padre de ella catorce años.

Mientras así hablaba, no dejábamos de andar; pero seguíamos atravesando

siempre la selva, esto es, la selva que formaban los espíritus

apiñados. Aun no estábamos muy lejos de la entrada del abismo, cuando

vi un resplandor que triunfaba del hemisferio de las tinieblas: nos

encontrábamos todavía a bastante distancia, pero no a tanta que no

pudiera yo distinguir que aquel sitio estaba ocupado por personas

dignas.

--Oh tú, que honras toda ciencia y todo arte, ¿quiénes son ésos, cuyo

valimiento debe ser tanto, que así están separados de los demás?

Y él a mí:

--La hermosa fama que aún se conserva de ellos en el mundo que habitas,

les hace acreedores a esta gracia del cielo, que de tal suerte los

distingue.

Entonces oí una voz que decía: "¡Honrad al sublime poeta; regresa

su sombra, que se había separado de nosotros!" Cuando calló la voz,

vi venir a nuestro encuentro cuatro grandes sombras, cuyo rostro no

manifestaba tristeza ni alegría. El buen maestro empezó a decirme:

--Mira aquel que tiene una espada en la mano, y viene a la cabeza de

los tres como su señor. Ese es Homero, poeta soberano: el otro es el

satírico Horacio, Ovidio es el tercero y el último Lucano. Cada cual

merece, como yo, el nombre que antes pronunciaron unánimes; me honran y

hacen bien.

De este modo vi reunida la hermosa escuela de aquel príncipe del

sublime cántico, que vuela como el águila sobre todos los demás.

Después de haber estado conversando entre sí un rato, se volvieron

hacia mí dirigiéndome un amistoso saludo, que hizo sonreír a mi

Maestro; y me honraron aún más, puesto que me admitieron en su

compañía, de suerte que fuí el sexto entre aquellos grandes genios.

Así seguimos hasta donde estaba la luz, hablando de cosas que es

bueno callar, como bueno era hablar de ellas en el sitio en que nos

encontrábamos. Llegamos al pie de un noble castillo, rodeado siete

veces de altas murallas, y defendido alrededor por un bello riachuelo.

Pasamos sobre éste como sobre tierra firme; y atravesando siete puertas

con aquellos sabios, llegamos a un prado de fresca verdura. Allí había

personajes de mirada tranquila y grave, cuyo semblante revelaba una

grande autoridad: hablaban poco y con voz suave. Nos retiramos luego

hacia un extremo de la pradera; a un sitio despejado, alto y luminoso,

desde donde podían verse todas aquellas almas. Allí, en pie sobre

el verde esmalte, me fueron señalados los grandes espíritus, cuya

contemplación me hizo estremecer de alegría. Allí vi a Electra con

muchos de sus compañeros, entre los que conocí a Héctor y a Eneas;

después a César, armado, con sus ojos de ave de rapiña. Vi en otra

parte a Camila y a Pentesilea, y vi al Rey Latino, que estaba sentado

al lado de su hija Lavinia; vi a aquel Bruto, que arrojó a Tarquino de

Roma; a Lucrecia también, a Julia, a Marcia y a Cornelia, y a Saladino,

que estaba solo y separado de los demás. Habiendo levantado después la

vista, vi al maestro de los que saben,[6] sentado entre su filosófica

familia. Todos le admiran, todos le honran: vi además a Sócrates y

Platón, que estaban más próximos a aquél que los demás; a Demócrito,

que pretende que el mundo ha tenido por origen la casualidad; a

Diógenes, a Anaxágoras y a Tales, a Empédocles, a Heráclito y a Zenón:

vi al buen observador de la cualidad, es decir, a Dioscórides, y vi a

Orfeo, a Tulio y a Lino, y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, a

Tolomeo, Hipócrates, Avicena y Galeno, y a Averroes, que hizo el gran

comentario. No me es posible mencionarlos a todos, porque me arrastra

el largo tema que he de seguir y muchas veces las palabras son breves

para el asunto. Bien pronto la compañía de seis queda reducida a dos:

mi sabio guía me conduce por otro camino fuera de aquella inmovilidad

hacia una aura temblorosa, y llego a un punto privado totalmente de luz.

[6] El filósofo Aristóteles.

[Ilustración]

[Ilustración]

_CANTO QUINTO_

Así descendí del primer círculo al segundo, que contiene menos espacio,

pero mucho más dolor, y dolor punzante, que origina desgarradores

gritos. Allí estaba el horrible Minos que, rechinando los dientes,

examina las culpas de los que entran; juzga y da a comprender sus

órdenes por medio de las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se

presenta ante él un alma pecadora, y le confiesa todas sus culpas,

aquel gran conocedor de los pecados ve qué lugar del infierno debe

ocupar y se lo designa, ciñéndose al cuerpo la cola tantas veces

cuantas sea el número del círculo a que debe ser enviada. Ante él están

siempre muchas almas, acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y

escuchan, y después son arrojadas al abismo.

--¡Oh, tú, que vienes a la mansión del dolor!--me gritó Minos cuando

me vió, suspendiendo sus terribles funciones--; mira cómo entras y de

quién te fías: no te alucine lo anchuroso de la entrada.

Entonces mi guía le preguntó:

--¿Por qué gritas? No te opongas a su viaje ordenado por el destino:

así lo han dispuesto allí donde se puede lo que se quiere; y no

preguntes más.

Empezaron a dejarse oír voces plañideras: y llegué a un sitio donde

hirieron mis oídos grandes lamentos. Entrábamos en un lugar que carecía

de luz, y que rugía como el mar tempestuoso cuando está combatido

por vientos contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca,

envuelve en su torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas

continuamente, y les agita y les molesta: cuando se encuentran ante la

ruinosa valla que los encierra, allí son los gritos, los llantos y los

lamentos, y las blasfemias contra la virtud divina. Supe que estaban

condenados a semejante tormento los pecadores carnales que sometieron

la razón a sus lascivos apetitos; y así como los estorninos vuelan en

grandes y compactas bandadas en la estación de los fríos, así aquel

torbellino arrastra a los espíritus malvados llevándolos de acá para

allá, de arriba abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener

un momento de reposo, ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo

que las grullas van lanzando sus tristes acentos, formando todas una

prolongada hilera en el aire, así también vi venir, exhalando gemidos,

a las sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunté:

--Maestro, ¿qué almas son ésas a quienes de tal suerte castiga ese aire

negro?

La Divina Comedia · 第 1 / 28 段