XVI.

Rómpese la tregua por tomar Brásidas las ciudades de Escíone y

de Mende, valiéndose de la rebelión de sus habitantes contra los

atenienses.

En estos días, mientras se trataba de la tregua y se ratificaba el

convenio, la ciudad de Escíone, asentada cerca de Palene, se rebeló a

los atenienses, y se entregó a Brásidas so color de que los escionios

decían ser de Pelene, naturales de tierra de Peloponeso, y que sus

antepasados cuando volvieron de la guerra de Troya por mar, una

tempestad les arrojó a aquellas partes, y allí pararon y habitaron la

tierra. Al saber Brásidas su rebelión, partió hacia ellos de noche,

en un barco ligero, mandando ir por delante una nave grande, a fin de

que si encontraba algún navío de guerra de enemigos más poderoso que

el suyo, la nave grande le pudiese socorrer, y si se encontraba con

alguna que no fuese mayor que esta, probablemente acometería antes al

barco grande que al pequeño, y durante el combate él se salvaría en

el barco pequeño. Con este propósito, arribó a Escíone, sin encontrar

ningún barco, y, al llegar, reunió a los del pueblo y habloles en

la misma forma y sustancia que lo había hecho a los de Acanto y de

Torone, elogiándoles mucho más que a los otros; porque, aunque los

atenienses hubiesen tomado a la sazón la tierra de Palene y su estrecho

lo tuviesen controlado por Potidea, haciendo que los escionios fuesen

como isleños, tenían, sin embargo, propósito de ponerse en libertad y

fuera de la servidumbre de los atenienses por sus propias fuerzas, y

sin esperar que la necesidad les diese a conocer su propio bien; por

cuya osadía y magnanimidad les juzgaba hombres buenos, esforzados y

suficientes para emprender otro mayor hecho que aquel, si ocurriese.

Manifestó esperanzas de que serían siempre buenos y leales amigos de

los lacedemonios, y siempre honrados y apreciados por estos.

Con estas palabras y otras semejantes alentados, los escionios cobraron

más ánimo, de tal manera, que todos de un acuerdo, así los que al

principio les parecía la cosa mal, como los que la hallaban buena,

determinaron soportar la guerra contra los atenienses en caso que se

les hiciera; y además de otras muchas honras que hicieron a Brásidas,

le pusieron una corona de oro en la cabeza como a libertador de

Grecia, y como a hombre privado y su amigo y bienhechor, le dieron una

guirnalda de flores, y le visitaban en su residencia, cual hacen con

los vencedores en alguna batalla.

Brásidas no paró mucho allí; dejándoles pequeña guarnición, volvió al

punto de donde había partido, y a los pocos días fue con más grueso

ejército, con intención de ganar si podía, con la ayuda de los

escionios, las ciudades de Mende y Potidea, antes que los atenienses

fueran a socorrerlas, como sospechaba que harían. Mas habiendo ya

comenzado los tratos e inteligencias para ello, antes de ponerlas en

ejecución llegaron a él en una galera, Aristónimo de parte de los

atenienses, y Ateneo de la de los lacedemonios, que le notificaron

la tregua, por lo cual Brásidas volvió a Torone, y los embajadores

con él, y en este lugar le declararon más cumplidamente el tenor del

tratado de las treguas, que fue aceptado y aprobado por todos los

aliados y confederados que moraban en la Tracia. Aristónimo, aunque

aprobase el contrato en todo y por todo, decía que los de Escíone no

estaban comprendidos en él, porque se habían rebelado después de la

fecha de las treguas, lo cual contradecía Brásidas, queriendo sostener

que lo hicieron antes, y, en efecto, dijo que no devolvería aquella

ciudad, quedando la cuestión en suspenso. Cuando Aristónimo volvió

a Atenas, y dijo todo lo ocurrido, los atenienses fueron de opinión

de comenzar la guerra contra los escionios, y para ella dispusieron

las cosas necesarias. Sabido esto por los lacedemonios, enviáronles

un embajador para demostrarles que faltaban a las treguas, y que sin

razón querían recobrar la ciudad de Escíone, por lo que les decía

Brásidas, su capitán, y que si atacaban a la ciudad, los lacedemonios

y sus aliados la defenderían; pero si querían someter la cuestión a

juicio, lo aceptarían satisfechos. A esto respondieron los atenienses

que no querían aventurar su estado en contienda de juicio, y que

estaban resueltos a ir contra los escionios lo más pronto que pudiesen,

sabiendo que si los de las islas se querían rebelar, los lacedemonios

no les podrían socorrer por tierra; y a la verdad, los atenienses

tenían razón en este asunto, porque era cierto que la rebelión de los

escionios había sido dos días después de la conclusión del tratado de

treguas; por lo tanto, la mayoría del pueblo fue de opinión, siguiendo

el parecer de Cleón, de decretar la toma de la ciudad de Escíone y

matar a los habitantes, preparándose todos para ejecutarlo.

Entretanto, la ciudad de Mende se rebeló también a los atenienses.

Esta ciudad está en tierra de Palene, habitada y fundada por los

eretrieos, la cual Brásidas recibió también en amistad como las otras,

persuadiéndose que lo podía hacer con buen derecho, aunque se hubiese

rebelado durante el término de la tregua, pues los atenienses faltaban

a ella.

La razón por que los de Mende se animaron a rebelarse, fue porque

conocían la voluntad de Brásidas, tomando por ejemplo y experiencia a

los escionios, a quienes no había querido desamparar; y considerando

que los que habían tramado aquella rebelión, pocos en número al

empezar a realizarla, habían ganado la voluntad de los más, aunque no

pensaban poderlo hacer. Sabedores los atenienses de esta rebelión,

se enfurecieron mucho más, y preparáronse para ir a destruir ambas

ciudades rebeldes; pero mientras tanto Brásidas mandó sacar las mujeres

y los niños de las ciudades y los hizo pasar a la de Olinto, en tierra

de Calcídica, dejando para guarda de las ciudades quinientos soldados

peloponesios y otros tantos calcídeos, todos bien armados, al mando

de Polidámidas, los cuales, esperando a los atenienses, trabajaban en

fortificar las dos ciudades lo mejor que pudiesen.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 83 / 90 题