Rómpese la tregua por tomar Brásidas las ciudades de Escíone y
de Mende, valiéndose de la rebelión de sus habitantes contra los
atenienses.
En estos días, mientras se trataba de la tregua y se ratificaba el
convenio, la ciudad de Escíone, asentada cerca de Palene, se rebeló a
los atenienses, y se entregó a Brásidas so color de que los escionios
decían ser de Pelene, naturales de tierra de Peloponeso, y que sus
antepasados cuando volvieron de la guerra de Troya por mar, una
tempestad les arrojó a aquellas partes, y allí pararon y habitaron la
tierra. Al saber Brásidas su rebelión, partió hacia ellos de noche,
en un barco ligero, mandando ir por delante una nave grande, a fin de
que si encontraba algún navío de guerra de enemigos más poderoso que
el suyo, la nave grande le pudiese socorrer, y si se encontraba con
alguna que no fuese mayor que esta, probablemente acometería antes al
barco grande que al pequeño, y durante el combate él se salvaría en
el barco pequeño. Con este propósito, arribó a Escíone, sin encontrar
ningún barco, y, al llegar, reunió a los del pueblo y habloles en
la misma forma y sustancia que lo había hecho a los de Acanto y de
Torone, elogiándoles mucho más que a los otros; porque, aunque los
atenienses hubiesen tomado a la sazón la tierra de Palene y su estrecho
lo tuviesen controlado por Potidea, haciendo que los escionios fuesen
como isleños, tenían, sin embargo, propósito de ponerse en libertad y
fuera de la servidumbre de los atenienses por sus propias fuerzas, y
sin esperar que la necesidad les diese a conocer su propio bien; por
cuya osadía y magnanimidad les juzgaba hombres buenos, esforzados y
suficientes para emprender otro mayor hecho que aquel, si ocurriese.
Manifestó esperanzas de que serían siempre buenos y leales amigos de
los lacedemonios, y siempre honrados y apreciados por estos.
Con estas palabras y otras semejantes alentados, los escionios cobraron
más ánimo, de tal manera, que todos de un acuerdo, así los que al
principio les parecía la cosa mal, como los que la hallaban buena,
determinaron soportar la guerra contra los atenienses en caso que se
les hiciera; y además de otras muchas honras que hicieron a Brásidas,
le pusieron una corona de oro en la cabeza como a libertador de
Grecia, y como a hombre privado y su amigo y bienhechor, le dieron una
guirnalda de flores, y le visitaban en su residencia, cual hacen con
los vencedores en alguna batalla.
Brásidas no paró mucho allí; dejándoles pequeña guarnición, volvió al
punto de donde había partido, y a los pocos días fue con más grueso
ejército, con intención de ganar si podía, con la ayuda de los
escionios, las ciudades de Mende y Potidea, antes que los atenienses
fueran a socorrerlas, como sospechaba que harían. Mas habiendo ya
comenzado los tratos e inteligencias para ello, antes de ponerlas en
ejecución llegaron a él en una galera, Aristónimo de parte de los
atenienses, y Ateneo de la de los lacedemonios, que le notificaron
la tregua, por lo cual Brásidas volvió a Torone, y los embajadores
con él, y en este lugar le declararon más cumplidamente el tenor del
tratado de las treguas, que fue aceptado y aprobado por todos los
aliados y confederados que moraban en la Tracia. Aristónimo, aunque
aprobase el contrato en todo y por todo, decía que los de Escíone no
estaban comprendidos en él, porque se habían rebelado después de la
fecha de las treguas, lo cual contradecía Brásidas, queriendo sostener
que lo hicieron antes, y, en efecto, dijo que no devolvería aquella
ciudad, quedando la cuestión en suspenso. Cuando Aristónimo volvió
a Atenas, y dijo todo lo ocurrido, los atenienses fueron de opinión
de comenzar la guerra contra los escionios, y para ella dispusieron
las cosas necesarias. Sabido esto por los lacedemonios, enviáronles
un embajador para demostrarles que faltaban a las treguas, y que sin
razón querían recobrar la ciudad de Escíone, por lo que les decía
Brásidas, su capitán, y que si atacaban a la ciudad, los lacedemonios
y sus aliados la defenderían; pero si querían someter la cuestión a
juicio, lo aceptarían satisfechos. A esto respondieron los atenienses
que no querían aventurar su estado en contienda de juicio, y que
estaban resueltos a ir contra los escionios lo más pronto que pudiesen,
sabiendo que si los de las islas se querían rebelar, los lacedemonios
no les podrían socorrer por tierra; y a la verdad, los atenienses
tenían razón en este asunto, porque era cierto que la rebelión de los
escionios había sido dos días después de la conclusión del tratado de
treguas; por lo tanto, la mayoría del pueblo fue de opinión, siguiendo
el parecer de Cleón, de decretar la toma de la ciudad de Escíone y
matar a los habitantes, preparándose todos para ejecutarlo.
Entretanto, la ciudad de Mende se rebeló también a los atenienses.
Esta ciudad está en tierra de Palene, habitada y fundada por los
eretrieos, la cual Brásidas recibió también en amistad como las otras,
persuadiéndose que lo podía hacer con buen derecho, aunque se hubiese
rebelado durante el término de la tregua, pues los atenienses faltaban
a ella.
La razón por que los de Mende se animaron a rebelarse, fue porque
conocían la voluntad de Brásidas, tomando por ejemplo y experiencia a
los escionios, a quienes no había querido desamparar; y considerando
que los que habían tramado aquella rebelión, pocos en número al
empezar a realizarla, habían ganado la voluntad de los más, aunque no
pensaban poderlo hacer. Sabedores los atenienses de esta rebelión,
se enfurecieron mucho más, y preparáronse para ir a destruir ambas
ciudades rebeldes; pero mientras tanto Brásidas mandó sacar las mujeres
y los niños de las ciudades y los hizo pasar a la de Olinto, en tierra
de Calcídica, dejando para guarda de las ciudades quinientos soldados
peloponesios y otros tantos calcídeos, todos bien armados, al mando
de Polidámidas, los cuales, esperando a los atenienses, trabajaban en
fortificar las dos ciudades lo mejor que pudiesen.