Brásidas y Pérdicas se apoderan de algunas tierras de Arrabeo, y al
saber que los ilirios iban contra ellos, se separan. -- Abandonado
Brásidas de Pérdicas y los suyos, huye de los ilirios. -- Pérdicas y
Brásidas llegan a ser enemigos.
Entretanto, Brásidas y Pérdicas partieron a la guerra contra Arrabeo
a tierra de Lincesta, Pérdicas con un ejército de macedonios y
otros griegos que habitan aquella tierra, y Brásidas con los demás
peloponesios que tenía consigo, algunos calcídeos y acantios, y otros
de las ciudades confederadas; de manera que de gente de a pie tenían
todos hasta tres mil hombres, y de a caballo, entre macedonios y
calcídeos, cerca de mil, sin un gran número de bárbaros que les seguían.
Al llegar a los dominios de Arrabeo y saber que los lincestas habían
establecido su campamento, hicieron ellos lo mismo, y plantaron su
campo enfrente de los contrarios, cada cual en un cerro. La infantería
estaba en lo alto y la caballería en lo llano, y los caballos salieron
primero a escaramuzar en un raso que estaba entre los dos cerros,
comenzando el combate. Sin tardar, Brásidas y Pérdicas hicieron bajar
su infantería y que se uniera a la caballería para combatir a los
enemigos. Viendo esto los lincestas, hicieron lo mismo, y se trabó una
empeñada lucha que duró gran rato; mas los lincestas fueron al fin
batidos, y se pusieron en huida. Muchos murieron en el combate, y todos
los demás se acogieron a la montaña.
Brásidas y Pérdicas levantaron después trofeo en señal de victoria,
y estuvieron en el campo dos o tres días esperando a los ilirios que
Pérdicas había cogido a sueldo para que lo ayudasen. Transcurrido
este término, Pérdicas quería que caminasen adelante para tomar las
ciudades y villas de Arrabeo; mas Brásidas, que sospechaba que la
armada de los atenienses llegara entretanto y venciese a los de Mende,
y viendo asimismo que los ilirios tardaban en llegar, opinó volverse.
Estando en esta diferencia, tuvieron nuevas de que los ilirios les
habían burlado, pasando al servicio de Arrabeo; por lo cual, temiendo
su llegada, porque era gente belicosa, opinaron ambos volver atrás,
aunque no de acuerdo en el camino que habían de tomar; de manera que,
venida la noche, se apartaron uno de otro sin resolver lo que debían
de hacer. Pérdicas se retiró a su campo, que estaba un poco apartado
del real de Brásidas. En la noche siguiente, los macedonios y los
bárbaros, que estaban en el campo de Pérdicas, por temor a la llegada
de los ilirios, cuya fama de valientes era mucho mayor que la cosa,
según suele suceder en los grandes ejércitos, partieron del campo sin
pedir licencia y ocultamente, volviendo a sus casas. Aunque Pérdicas
al principio no supo nada de su propósito, después de determinarlo
fueron a él y le obligaron a que partiese con ellos antes de verse con
Brásidas, que tenía el campo bien lejos del suyo. Cuando Brásidas, al
día siguiente por la mañana, supo que los macedonios se habían ido, y
que los ilirios y Arrabeo iban con su ejército contra él, ordenó el
suyo en forma de escuadrón cuadrado, encerró a los soldados armados
a la ligera en medio del escuadrón, y así les mandó caminar con
intención de irse retirando, y él con trescientos infantes, los más
mozos y valientes de todos, se quedó en la retaguardia para sostener
el ímpetu de los corredores del campo enemigo que fuesen a dar sobre
él, entretenerlos y ganar tiempo mientras la otra banda de su ejército
caminaba adelante con determinación de retirarse a la postre todos; y
antes que los enemigos llegasen, habló a los suyos, para animarles, con
este breve razonamiento:
«Varones peloponesios: Si no sospechase que estáis temerosos de ver
que nuestros compañeros de guerra nos han dejado solos y desamparados,
y que los bárbaros, nuestros enemigos, vienen contra nosotros en gran
multitud, no curaría de amonestaros y de enseñar lo que os cumple
hacer, como lo hago al presente; mas porque veo que por estas dos
cosas, que son grandes e importantes, estáis algo turbados, os diré
brevemente lo que me parece en este caso, y es que, ante todas las
cosas, os conviene mostraros valientes y animosos, no confiando tanto
en la ayuda de vuestros amigos y aliados cuanto en vuestra sola virtud
y esfuerzo. Y no os espante la multitud de los enemigos, pues sois
nacidos y criados en una ciudad donde pocos mandan a muchos y no muchos
a pocos, y el mando y autoridad lo han adquirido venciendo muchas veces
en la guerra. En cuanto a estos bárbaros, que teméis por no haberlos
experimentado, sabed que no son tan terribles como pensáis, lo cual
podéis muy bien conocer por la prueba que hicisteis en aquellos, contra
quien habéis combatido en favor de los macedonios, y también por la
fama que comúnmente hay de ellos, y por lo que yo puedo entender por
conjeturas.
»Los que piensan que aquellos contra quien van son más fuertes y
mejores guerreros que ellos, cuando conocen la verdad por experiencia,
van con mayor ánimo y osadía contra ellos; por consiguiente si los
enemigos tienen alguna virtud o esfuerzo encubierto de que no seamos
advertidos, les acometeremos más fuertemente, y con más osadía, pero
los que vienen contra nosotros podrían poner temor a gente que no los
conociese, por ser tan gran multitud, espantosa de ver, y más horrible
de oír por el ruido que hacen y los alaridos que dan, y el menear y
sacudir las armas, que todas son maneras de amenazas. Mas cuando vienen
a combatir contra gente que no se espanta de esto no se muestran tales
como parecen, pues no tienen por afrenta huir cuando se ven en aprieto
como nosotros, ni saben guardar la ordenanza. Tienen por tanta honra
huir como acometer, por lo cual no se debe estimar en nada su osadía,
que quien tiene en su mano combatir o evitar el combate, siempre halla
alguna buena excusa para salvarse. Si estos bárbaros creen más seguro
espantarnos de lejos con sus voces y alaridos, sin exponerse a peligro
de batalla, que venir con nosotros a las manos, porque de otra suerte
antes vendrían al combate que hacer todas esas amenazas, juzgad el
temor que se les puede tener, grande de ver y oír, pero muy pequeño
al pelear. Si sostenéis su ímpetu cuando acometan, y os retiráis paso
a paso en buen orden, muy pronto estaréis a salvo en lugar seguro, y
conoceréis por experiencia para lo venidero, que la natural condición
de estos bárbaros es dar de lejos grandes alaridos y amenazar, pero que
mostrando osadía los que están dispuestos a recibirlos cuando se les
acercan, y combaten a la par, muestran su valentía en los pies más que
en las manos, procurando huir lo más que pueden para salvarse.»
Cuando Brásidas arengó a su gente con este breve razonamiento, les
mandó caminar puestos en orden de batalla, y retirándose poco a
poco. Viendo esto los bárbaros, les siguieron a toda prisa haciendo
gran ruido, y con grandes alaridos según su costumbre, pensando que
huirían sus contrarios por este medio y esperando atacarles en el
camino y dispersarlos. Mas cuando vieron que a sus corredores que iban
a escaramuzar delante de cualquier parte del ejército, los griegos
les hacían buena resistencia y que Brásidas con la banda de soldados
escogidos sostenía el ímpetu de los otros que cargaban sobre ellos, se
asustaron grandemente. Habiendo los griegos resistido el primer ímpetu
rechazaron más fácilmente los otros, y cuando los bárbaros cesaban
de acometerles iban retirándose poco a poco hacia la montaña, de tal
manera, que cuando Brásidas y los que venían con él llegaron a lo
llano, la banda de los bárbaros encargada de seguirles se halló atrás
bien lejos de ellos, porque los otros bárbaros iban en persecución
de los macedonios rezagados del ejército de Pérdicas que huía, y a
todos los que alcanzaban fuera del tropel los mataban sin ninguna
misericordia.
Entonces Brásidas, viendo que no se podía salvar, sino por un paso
estrecho que estaba a la entrada de la tierra de Arrabeo entre dos
cerros, determinó tomarlo, y los bárbaros acudieron a ocupar la entrada
pensando atajarle y encerrarle allí. Mas como Brásidas comprendiese
su designio, mandó a los trescientos soldados que con él estaban, que
lo más pronto que pudiesen sin guardar orden, fuesen hacia uno de los
cerros el que le pareció más fuerte, y procurasen tomarlo antes que
los enemigos se pudiesen reunir allí en mayor número, y señorearse de
él. Hiciéronlo así los soldados tan valerosamente y tan pronto, que al
llegar lanzaron de él a los bárbaros que habían ya ganado la cumbre,
y por este medio el resto del ejército de Brásidas pudo fácilmente
ganar el paso, porque los bárbaros viendo huir a los suyos arrojados
del cerro, y también que los griegos habían ya ganado el paso para
salvarse, no cuidaron de seguirles más adelante.
Aquel mismo día llegó Brásidas a la ciudad de Arnisa, que era del
señorío de Pérdicas, y los de su ejército por despecho e ira que
tenían de que los macedonios de Pérdicas fueron los primeros en partir
desamparándoles, al encontrar alguna yunta de bueyes o carruaje dejado
en el camino, como sucede cuando se va huyendo, mayormente si es de
noche, los desuncían y los mataban, y tomaban lo que les parecía del
bagaje.
Pérdicas pudo conocer en ello que Brásidas le era enemigo, y desde
entonces mudó la voluntad y afición que tenía a los lacedemonios,
aunque no lo mostró del todo por temor a los atenienses, y en adelante
procuró por todos los medios que él pudo, tratar con estos, y apartarse
de la amistad de los peloponesios.