Los generales atenienses Hipócrates y Demóstenes emprenden la campaña
contra los beocios y son vencidos con grandes pérdidas.
Al principio del invierno siguiente[97], Hipócrates y Demóstenes,
capitanes de los atenienses, acordaron seguir su empresa contra
los beocios, yendo Demóstenes con su armada al puerto de Sifas, e
Hipócrates con el ejército a Delio, según antes dijimos. Por error de
cuenta en los días no llegaron el señalado a estos lugares, arribando
Demóstenes a Sifas el primero con muchas naves de los acarnanios y
otros aliados. Descubrió su empresa un focense llamado Nicómaco, que
dio aviso a los lacedemonios, y estos advirtieron a los beocios, todos
los cuales se pusieron en armas, y antes que Hipócrates hiciese daño
alguno en la tierra, acudieron al socorro de Sifas y Queronea. Viendo
los moradores de las ciudades que habían hecho los tratos con los
atenienses que la conspiración estaba descubierta, no se atrevieron a
innovar cosa alguna.
Después que los beocios volvieron a sus casas, Hipócrates armó a todos
los ciudadanos y moradores de Atenas y a los extranjeros que en ella
había; fue directamente a Delio y puso cerco al templo de Apolo de
esta manera. Primeramente hizo un gran foso en torno del circuito
del templo y un baluarte de tierra a manera de muro, plantando en él
muchas estacas; además del muro construyó reparos alrededor de ladrillo
y piedra que tomaban de las casas más cercanas. Bajo de los reparos
hicieron sus torres y bastiones, de modo que no quedó nada del templo
sin cercar, porque no había otro edificio alguno en torno de él, pues
un pórtico que antiguamente allí estaba, se arruinó poco tiempo antes.
El cerco lo hicieron en dos días y medio, no tardando en llegar más de
tres días.
Hecho esto, el ejército se retiró ocho estadios más adentro de la
tierra, como si volviera al punto de partida; los soldados armados a la
ligera, que eran muchos, salieron del campamento, y todos los otros se
desarmaron y estuvieron reposando en los lugares cercanos. Demóstenes
con alguna gente de guerra se quedó en Delio para guardar los parapetos
y acabar lo que quedaba de la obra.
En estos mismos días los beocios se juntaron en Tanagra, y dudaban si
acometerían o no a los atenienses, porque de once gobernadores de la
tierra que eran, diez decían que no lo debían hacer, a causa de que
los atenienses aún no habían entrado en Beocia, pues el lugar donde
descansaban desarmados estaba en los confines de Oropo. Pero el tebano
Pagondas, uno de los gobernadores, y Ariántidas, hijo de Lisimáquidas,
que era el principal de aquella asamblea y caudillo de toda la gente
de guerra, fueron de contraria opinión, sobre todo Pagondas, el cual,
juzgando que era mejor probar fortuna combatiendo que esperar, arengó
a todas las compañías de los beocios para que no dejasen las armas,
sino que fuesen contra los atenienses y les presentaran batalla,
pronunciando al efecto el siguiente discurso:
«Varones beocios, no me parece conveniente a ninguno de los que
tenéis mando y gobierno pensar de veras que no debamos pelear con los
atenienses si no los hallamos dentro de nuestra tierra, porque habiendo
hecho sus fuertes y preparado sus municiones y reparos en Beocia, y
partiendo de los lugares cercanos con intención de asolarla, no hay
duda de que les debemos tener por enemigos en cualquier parte que los
hallemos, pues de cualquiera que vengan declaran serlo ellos nuestros
en las obras que realizan.
»Si alguno de vosotros ha opinado antes que no debemos pelear contra
ellos, mude de opinión, pues se debe guardar igual respeto a los que
tienen lo suyo y quieren ocupar lo ajeno, por codicia de tener más,
como a los que quieren acometer a otros y les toman su tierra, y
si habéis aprendido de vuestros mayores a lanzar a los enemigos de
vuestra tierra de cerca o de lejos, mejor lo debéis hacer ahora contra
los atenienses que son vuestros vecinos por ser iguales a ellos, que
contra los más lejanos. Que si estos atenienses procuran y trabajan por
sujetar a servidumbre aun a los que están lejos de ellos, razón tenemos
para exponernos a todo peligro hasta el último extremo contra los que
son nuestros enemigos tan cercanos, poniendo ante los ojos el ejemplo
de los eubeos y de una gran parte de Grecia, viendo como a todos estos
han sujetado, y considerando que si los otros vecinos contienden sobre
los límites y términos, para nosotros, si somos vencidos, no habrá
término ni lindero alguno en toda nuestra tierra, que si entran en ella
por fuerza hay peligro de que toda la ocupen mejor que la de los otros
vecinos, por ser más cercanos. La costumbre de los que confiados en sus
fuerzas hacen guerra a sus vecinos como al presente los atenienses,
es acometer antes a los que están en reposo y solo procuran defender
su tierra, que a los que son bastantes para oponérseles cuando les
quisieren atacar, y también si ven ocasión para ello comenzar la
guerra, según lo sabemos por experiencia, porque después que los
vencimos en la jornada de Queronea, cuando ocupaban nuestro país por
nuestras sediciones y discordias, siempre hemos poseído esta tierra de
Beocia segura y en paz. De ello debemos tener memoria los que somos
de aquel tiempo; siendo ahora como entonces, y los más jóvenes, hijos
y descendientes de aquellos varones buenos y esforzados, procurar
corresponder a sus virtudes y no dejar perder la gloria y honra que
ganaron sus antepasados.
»Tengamos además confianza en que nos será propicio el dios cuyo templo
con gran desacato han cercado, y consideremos que los sacrificios
hechos nos dan esperanza cierta de victoria. Trabajemos, pues, para
demostrar a los atenienses que si han ganado por fuerza alguna cosa de
las que codiciaban fue contra gente que no sabía ni podía defenderse;
mas cuando emprendieron algo contra los que están acostumbrados por su
virtud y esfuerzo a defender su tierra y libertad, y a no querer quitar
injustamente la libertad a los otros, no lo han logrado sin pelear.»
Con estas razones persuadió Pagondas a los beocios para que fuesen
contra los atenienses, y en seguida levantó su campo yendo en su busca,
aunque era avanzado el día, y asentó el real cerca del campo enemigo
junto a un pequeño cerro que estaba en medio e impedía se vieran unos
a otros; allí puso su gente en orden de batalla para combatir a los
atenienses.
Volvamos a Hipócrates, que había quedado en Delio, y que, avisado de
que los beocios habían salido con gran ímpetu del pueblo, mandó a los
suyos que saliesen al campo, se armasen y tuviesen todo dispuesto.
Poco después llegó él con toda su gente, excepto trescientos hombres
de armas que dejó en Delio para guarda de los reparos y para que
acudiesen en socorro del otro ejército, si fuese menester, al tiempo de
la batalla.
Los beocios enviaron delante algunos corredores para perturbar el
orden a los enemigos, subieron a lo alto de la montaña y pusiéronse a
vista de todos ellos, apercibidos al combate. Eran en junto siete mil
bien armados de gruesas armas, más de diez mil armados a la ligera
y cerca de mil quinientos de a caballo. Tenían ordenadas sus tropas
de esta manera: la infantería, a saber, los tebanos y sus aliados en
la derecha, en medio estaban los de Haliarto, Coronea, Copas y todos
los demás que habitan alrededor de la laguna; a la izquierda los de
Tanagra, Tespias y Orcómeno, y en ambos extremos los de a caballo;
de los soldados armados a la ligera con lanza y escudo, en cada ala
veinticinco, y los restantes, según se hallaron por suerte.
Los atenienses tenían puesta su gente en este orden: los hombres de a
pie, bien armados, en lo cual eran iguales a los enemigos, hicieron
un escuadrón espeso de ocho hombres por hileras, y con ellos venían
los de a caballo, pues soldados armados a la ligera no los tenían por
entonces ni en su ejército ni en la ciudad; porque los que al principio
fueron con ellos en esta empresa, que eran mucho más en número que los
contrarios, aunque gran parte sin armas, por ser los más labradores
cogidos en el campo y extranjeros, volvieron pronto a sus casas, y no
se hallaron en el campo sino muy pocos.
Puestos todos en orden de batalla de ambas partes y esperando la seña
para el ataque, Hipócrates, capitán de los atenienses que llegó en
aquel momento, arengó a los suyos de esta manera:
«Varones atenienses, para hombres esforzados y animosos como vosotros,
no hay necesidad de largo discurso, sino que bastan pocas palabras, más
por traeros a la memoria quién sois, que por mandaros lo que habéis de
hacer. No imaginéis que con causa injusta venís a poneros en peligro en
tierra ajena; porque la guerra que hacemos en esta, es por seguridad de
la nuestra, y si somos vencedores, no volverán jamás los peloponesios
a acometernos en nuestro territorio, viéndose sin caballería, de que
siempre los proveen estos beocios. Así, pues, ganando con una batalla
esta tierra, libraréis la vuestra de males y daños en adelante. Entrad
con esforzado ánimo en la batalla como es digno y conveniente a la
patria que cada cual de vosotros se gloría y alaba de que sea la señora
de toda Grecia, imitando la virtud y el valor de vuestros antepasados,
los cuales, después que vencieron a estos beocios en una batalla junto
a Enófita, fueron señores de su tierra por algún tiempo.»
Con estas razones iba Hipócrates amonestando a su gente, rodeándolos
conforme iban puestos en orden, y apercibidos para pelear, hasta que
llegó en medio de ellos.
Los beocios, por orden de Pagondas, dieron la señal para comenzar la
batalla tocando sus trompetas y clarines, y en tropel descendieron
todos de la montaña con grande ímpetu. Al ver el ataque Hipócrates,
hizo también marchar a los suyos y que les saliesen delante a buen
trote, siendo los primeros en el encuentro. Y aunque los postreros
no pudieron llegar tan pronto a herir, fueron tan trabajados como
los otros por causa de los arroyos que tenían que pasar. Trabada
la batalla, todos peleaban fuertemente, defendiéndose a pie quedo
amparados con sus escudos y rodelas; la izquierda de los beocios fue
rota y dispersada por los atenienses, hasta los del centro pasaron
adelante para batir a los tespios que estaban enfrente de ellos, y
del primer encuentro mataron muchos. Quedaron todos cerrados en un
escuadrón unos contra otros, hiriendo y matando a los tespios, que se
defendían valerosamente. En este encuentro resultaron muchos atenienses
muertos por sus mismos compañeros, porque, queriendo cercar y atajar
a los enemigos, se metían en medio de ellos y se mezclaban los unos
con los otros, de manera que no se podían conocer. La izquierda de
los beocios fue, pues, vencida y desbaratada por los atenienses, y
los que se salvaron se acogieron a la derecha, en la cual venían los
tebanos que peleaban animosamente, de tal manera, que rompieron a los
atenienses dispersándolos y siguiéndoles al alcance por algún rato. En
esta situación, aconteció que dos compañías de gente de a caballo que
Pagondas había enviado en ayuda de la izquierda, cargaron, cubiertas
por un cerro, con gran furia, y cuando llegaron a vista de los
atenienses que seguían al alcance de los fugitivos, creyendo estos que
aquel era nuevo socorro que acudía a los beocios, cobraron tanto miedo
que se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los otros atenienses,
así de una parte como de la otra, unos hacia la mar por la parte de
Delio, otros hacia tierra de Oropo, otros hacia el monte Parnes y otros
a diversos lugares donde esperaban poderse salvar. Muchos de ellos
fueron muertos por los beocios, sobre todo por los de a caballo, así de
la gente de la tierra como de los locros, que al tiempo de la batalla
acudieron en su ayuda hasta que llegó la noche que los separó, siendo
esta causa de que se salvaran muchos.
Al día siguiente, los que llegaron a Oropo y Delos, dejaron allí gente
de guarnición, y volvieron por mar a sus casas.
Los beocios, por memoria de esta victoria, levantaron un trofeo en
el mismo lugar donde había sido la batalla. Después enterraron sus
muertos, despojaron a los enemigos, y, dejando allí alguna gente de
guarda, partieron para Tanagra, donde dispusieron las cosas necesarias
para ir en busca de los atenienses que estaban en Delio, a los cuales
enviaron primero un trompeta, quien encontrando en el camino al de
los atenienses, que iba a pedir sus muertos, le dijo que no pasase
adelante y fuera con él, porque no harían nada de lo que iba a pedir
hasta que él volviera, y así lo hizo. Al llegar el trompeta de los
beocios donde estaban los atenienses, díjoles el mensaje que traía, que
era asegurarles que habían obrado injustamente y traspasado las leyes
humanas de los griegos, por los cuales está prohibido a todos los que
entran en la tierra de otros tocar a los templos; que no obstante
esto, los atenienses habían cercado el templo de Delio, y metido dentro
su gente de guerra, violándolo y haciendo en él todas las profanaciones
que se acostumbran a hacer fuera de él; que habían tomado el agua
consagrada, no siendo lícito tocarla a otros que a los sacerdotes para
los sacrificios, y la empleaban y se servían de ella para otros usos,
por lo cual les requerían, así de parte del dios Apolo como de la suya,
llamando e invocando para esto todos los dioses que tienen en guarda
aquel lugar, y principalmente tomando al dios Apolo por testigo, que
partiesen de aquel sitio con todo su bagaje.
Los atenienses dijeron a esto que darían la respuesta a los beocios por
medio del trompeta que les enviarían. Este les respondió de su parte
que no habían hecho cosa ilícita ni profana en el templo, ni la harían
en adelante, si no fuesen obligados a ello, porque no habían ido con
tal intención sino para hacer guerra contra los que quisiesen ofender
al templo, lo que les era lícito por las leyes de Grecia, conforme a
las cuales es permitido que los que tienen el mando y señorío de alguna
tierra, sea grande o pequeña, tengan asimismo en su poder los templos
para hacer continuar los sacrificios y ceremonias acostumbradas en
cuanto fuere posible; y que siguiendo estas leyes los mismos beocios y
los otros griegos cuando han ganado alguna tierra o lugar por guerra, y
echando de ella a los moradores, tienen los templos que antes eran de
los habitantes por suyos propios; por tanto, los atenienses ejercerían
este derecho en aquella tierra que deseaban poseer como suya. En cuanto
a lo del agua del templo, dijeron que si la habían tomado, no fue por
desacato a la religión, sino que, yendo allí para vengarse de los que
les habían talado su tierra, fueron obligados por necesidad a tomar el
agua para los usos necesarios, y que, por derecho de guerra, a los que
se ven en algún apuro, es justo y conveniente que Dios les perdone lo
que hacen, porque en tal caso hay recurso a los dioses y a sus aras
para alcanzar perdón de los yerros que no se cometen voluntariamente,
y son estimados por malos y pecadores a los dioses los que yerran y
pecan por su voluntad y a sabiendas, no los que hacen alguna cosa por
necesidad. Decían también que eran mucho más impíos y malos para con
los dioses los que por dar los cuerpos de los muertos quieren adquirir
los templos, que los que forzados contra su voluntad toman de estos las
cosas necesarias para sus usos, siendo lícito tomarlas. Asimismo les
declararon que no partirían de la tierra de Beocia porque pretendían
estar donde estaban con buen derecho, y no por fuerza; por tanto,
pedían mandasen darles sus muertos, según su derecho y costumbre de
Grecia.
A esta demanda respondieron los beocios que si los atenienses entendían
estar en tierra de Beocia, partiesen en paz de ella con todas sus
cosas; y si pretendían estar en su propia tierra, ellos sabían bien
lo que habían de hacer, pues la tierra de Oropo, donde habían sido
muertos, era de la jurisdicción de los atenienses, por lo cual, no
teniendo los beocios sus muertos contra su voluntad, no estaban
obligados a devolvérselos; antes era más razonable que partiesen de su
tierra, y entonces les darían lo que demandaban. Con esta respuesta
partió el trompeta de los atenienses, sin convenir cosa alguna.
Poco después los beocios mandaron ir del golfo Melieo algunos tiradores
y honderos con dos mil infantes muy buenos que los corintios les habían
enviado después de la batalla, y alguna otra gente de socorro de los
peloponesios, que era la que había vuelto de Nisea con los megarenses.
Con este ejército partieron de allí, y asentaron su campo delante de
Delio, donde trabajaron por combatir los fuertes y reparos de los
atenienses con diversos ingenios y artefactos de guerra, y, entre
otros, con uno que fue causa de la toma de Delio, el cual estaba hecho
en esta manera.
Aserraron por la mitad a lo largo una viga, acanalaron cada media, de
manera que, juntas, formaban hueco como flauta; de uno de los extremos
salía un hierro hueco, y vuelto hacia abajo como pico, y de este
estaba colgado de unas cadenas un caldero de cobre lleno de brasas,
de pez y de azufre. Llevando sobre ruedas esta máquina, la juntaron
con el muro por la parte que casi todo estaba formado con madera y
sarmientos. Puesta allí, y soplando con grandes fuelles, por el agujero
del otro extremo de la viga pasó el aire por el hueco, y volviendo por
el pico de hierro, soplaba en el caldero, de manera que la llama grande
que salía de él incendió el muro, de tal modo, que no pudiendo estar
en él los que le defendían, huyeron, y tomadas las defensas, entraron
los beocios en la ciudad, prendieron cerca de doscientos de los que
la defendían y mataron a muchos; los demás se salvaron acogiéndose a
las naves que estaban en el puerto. Así recobraron el templo de Delio
diez y siete días después de la batalla. Poco tiempo después volvió
el trompeta de los atenienses, que no sabía nada de esta presa, a los
beocios para pedirles los muertos, y se los dieron, sin hablarle más de
lo que le habían dicho la primera vez.
Fueron los que se hallaron muertos, así en la batalla como en la
toma de Delio, de parte de los beocios cerca de quinientos, y de la
de los atenienses cerca de mil, y entre otros Hipócrates, uno de sus
capitanes, sin los soldados armados a la ligera y la gente de servicio
del campo, que murieron en gran número. Después de esta batalla,
Demóstenes, que había partido por mar para tomar Sifas, viendo que
no podía salir con la empresa, sacó de sus naves hasta cuatrocientos
hombres, así de los agreos y acarnanios como de los atenienses que
tenía consigo, y con ellos arribó a tierra de Sición; mas antes que
pudiesen desembarcar todos, los sicionios, que se habían reunido para
defender su patria, les acometieron y dispersaron, e hicieron huir
hasta meterlos dentro de sus naves, matando y prendiendo a muchos.