XII.

Los generales atenienses Hipócrates y Demóstenes emprenden la campaña

contra los beocios y son vencidos con grandes pérdidas.

Al principio del invierno siguiente[97], Hipócrates y Demóstenes,

capitanes de los atenienses, acordaron seguir su empresa contra

los beocios, yendo Demóstenes con su armada al puerto de Sifas, e

Hipócrates con el ejército a Delio, según antes dijimos. Por error de

cuenta en los días no llegaron el señalado a estos lugares, arribando

Demóstenes a Sifas el primero con muchas naves de los acarnanios y

otros aliados. Descubrió su empresa un focense llamado Nicómaco, que

dio aviso a los lacedemonios, y estos advirtieron a los beocios, todos

los cuales se pusieron en armas, y antes que Hipócrates hiciese daño

alguno en la tierra, acudieron al socorro de Sifas y Queronea. Viendo

los moradores de las ciudades que habían hecho los tratos con los

atenienses que la conspiración estaba descubierta, no se atrevieron a

innovar cosa alguna.

Después que los beocios volvieron a sus casas, Hipócrates armó a todos

los ciudadanos y moradores de Atenas y a los extranjeros que en ella

había; fue directamente a Delio y puso cerco al templo de Apolo de

esta manera. Primeramente hizo un gran foso en torno del circuito

del templo y un baluarte de tierra a manera de muro, plantando en él

muchas estacas; además del muro construyó reparos alrededor de ladrillo

y piedra que tomaban de las casas más cercanas. Bajo de los reparos

hicieron sus torres y bastiones, de modo que no quedó nada del templo

sin cercar, porque no había otro edificio alguno en torno de él, pues

un pórtico que antiguamente allí estaba, se arruinó poco tiempo antes.

El cerco lo hicieron en dos días y medio, no tardando en llegar más de

tres días.

Hecho esto, el ejército se retiró ocho estadios más adentro de la

tierra, como si volviera al punto de partida; los soldados armados a la

ligera, que eran muchos, salieron del campamento, y todos los otros se

desarmaron y estuvieron reposando en los lugares cercanos. Demóstenes

con alguna gente de guerra se quedó en Delio para guardar los parapetos

y acabar lo que quedaba de la obra.

En estos mismos días los beocios se juntaron en Tanagra, y dudaban si

acometerían o no a los atenienses, porque de once gobernadores de la

tierra que eran, diez decían que no lo debían hacer, a causa de que

los atenienses aún no habían entrado en Beocia, pues el lugar donde

descansaban desarmados estaba en los confines de Oropo. Pero el tebano

Pagondas, uno de los gobernadores, y Ariántidas, hijo de Lisimáquidas,

que era el principal de aquella asamblea y caudillo de toda la gente

de guerra, fueron de contraria opinión, sobre todo Pagondas, el cual,

juzgando que era mejor probar fortuna combatiendo que esperar, arengó

a todas las compañías de los beocios para que no dejasen las armas,

sino que fuesen contra los atenienses y les presentaran batalla,

pronunciando al efecto el siguiente discurso:

«Varones beocios, no me parece conveniente a ninguno de los que

tenéis mando y gobierno pensar de veras que no debamos pelear con los

atenienses si no los hallamos dentro de nuestra tierra, porque habiendo

hecho sus fuertes y preparado sus municiones y reparos en Beocia, y

partiendo de los lugares cercanos con intención de asolarla, no hay

duda de que les debemos tener por enemigos en cualquier parte que los

hallemos, pues de cualquiera que vengan declaran serlo ellos nuestros

en las obras que realizan.

»Si alguno de vosotros ha opinado antes que no debemos pelear contra

ellos, mude de opinión, pues se debe guardar igual respeto a los que

tienen lo suyo y quieren ocupar lo ajeno, por codicia de tener más,

como a los que quieren acometer a otros y les toman su tierra, y

si habéis aprendido de vuestros mayores a lanzar a los enemigos de

vuestra tierra de cerca o de lejos, mejor lo debéis hacer ahora contra

los atenienses que son vuestros vecinos por ser iguales a ellos, que

contra los más lejanos. Que si estos atenienses procuran y trabajan por

sujetar a servidumbre aun a los que están lejos de ellos, razón tenemos

para exponernos a todo peligro hasta el último extremo contra los que

son nuestros enemigos tan cercanos, poniendo ante los ojos el ejemplo

de los eubeos y de una gran parte de Grecia, viendo como a todos estos

han sujetado, y considerando que si los otros vecinos contienden sobre

los límites y términos, para nosotros, si somos vencidos, no habrá

término ni lindero alguno en toda nuestra tierra, que si entran en ella

por fuerza hay peligro de que toda la ocupen mejor que la de los otros

vecinos, por ser más cercanos. La costumbre de los que confiados en sus

fuerzas hacen guerra a sus vecinos como al presente los atenienses,

es acometer antes a los que están en reposo y solo procuran defender

su tierra, que a los que son bastantes para oponérseles cuando les

quisieren atacar, y también si ven ocasión para ello comenzar la

guerra, según lo sabemos por experiencia, porque después que los

vencimos en la jornada de Queronea, cuando ocupaban nuestro país por

nuestras sediciones y discordias, siempre hemos poseído esta tierra de

Beocia segura y en paz. De ello debemos tener memoria los que somos

de aquel tiempo; siendo ahora como entonces, y los más jóvenes, hijos

y descendientes de aquellos varones buenos y esforzados, procurar

corresponder a sus virtudes y no dejar perder la gloria y honra que

ganaron sus antepasados.

»Tengamos además confianza en que nos será propicio el dios cuyo templo

con gran desacato han cercado, y consideremos que los sacrificios

hechos nos dan esperanza cierta de victoria. Trabajemos, pues, para

demostrar a los atenienses que si han ganado por fuerza alguna cosa de

las que codiciaban fue contra gente que no sabía ni podía defenderse;

mas cuando emprendieron algo contra los que están acostumbrados por su

virtud y esfuerzo a defender su tierra y libertad, y a no querer quitar

injustamente la libertad a los otros, no lo han logrado sin pelear.»

Con estas razones persuadió Pagondas a los beocios para que fuesen

contra los atenienses, y en seguida levantó su campo yendo en su busca,

aunque era avanzado el día, y asentó el real cerca del campo enemigo

junto a un pequeño cerro que estaba en medio e impedía se vieran unos

a otros; allí puso su gente en orden de batalla para combatir a los

atenienses.

Volvamos a Hipócrates, que había quedado en Delio, y que, avisado de

que los beocios habían salido con gran ímpetu del pueblo, mandó a los

suyos que saliesen al campo, se armasen y tuviesen todo dispuesto.

Poco después llegó él con toda su gente, excepto trescientos hombres

de armas que dejó en Delio para guarda de los reparos y para que

acudiesen en socorro del otro ejército, si fuese menester, al tiempo de

la batalla.

Los beocios enviaron delante algunos corredores para perturbar el

orden a los enemigos, subieron a lo alto de la montaña y pusiéronse a

vista de todos ellos, apercibidos al combate. Eran en junto siete mil

bien armados de gruesas armas, más de diez mil armados a la ligera

y cerca de mil quinientos de a caballo. Tenían ordenadas sus tropas

de esta manera: la infantería, a saber, los tebanos y sus aliados en

la derecha, en medio estaban los de Haliarto, Coronea, Copas y todos

los demás que habitan alrededor de la laguna; a la izquierda los de

Tanagra, Tespias y Orcómeno, y en ambos extremos los de a caballo;

de los soldados armados a la ligera con lanza y escudo, en cada ala

veinticinco, y los restantes, según se hallaron por suerte.

Los atenienses tenían puesta su gente en este orden: los hombres de a

pie, bien armados, en lo cual eran iguales a los enemigos, hicieron

un escuadrón espeso de ocho hombres por hileras, y con ellos venían

los de a caballo, pues soldados armados a la ligera no los tenían por

entonces ni en su ejército ni en la ciudad; porque los que al principio

fueron con ellos en esta empresa, que eran mucho más en número que los

contrarios, aunque gran parte sin armas, por ser los más labradores

cogidos en el campo y extranjeros, volvieron pronto a sus casas, y no

se hallaron en el campo sino muy pocos.

Puestos todos en orden de batalla de ambas partes y esperando la seña

para el ataque, Hipócrates, capitán de los atenienses que llegó en

aquel momento, arengó a los suyos de esta manera:

«Varones atenienses, para hombres esforzados y animosos como vosotros,

no hay necesidad de largo discurso, sino que bastan pocas palabras, más

por traeros a la memoria quién sois, que por mandaros lo que habéis de

hacer. No imaginéis que con causa injusta venís a poneros en peligro en

tierra ajena; porque la guerra que hacemos en esta, es por seguridad de

la nuestra, y si somos vencedores, no volverán jamás los peloponesios

a acometernos en nuestro territorio, viéndose sin caballería, de que

siempre los proveen estos beocios. Así, pues, ganando con una batalla

esta tierra, libraréis la vuestra de males y daños en adelante. Entrad

con esforzado ánimo en la batalla como es digno y conveniente a la

patria que cada cual de vosotros se gloría y alaba de que sea la señora

de toda Grecia, imitando la virtud y el valor de vuestros antepasados,

los cuales, después que vencieron a estos beocios en una batalla junto

a Enófita, fueron señores de su tierra por algún tiempo.»

Con estas razones iba Hipócrates amonestando a su gente, rodeándolos

conforme iban puestos en orden, y apercibidos para pelear, hasta que

llegó en medio de ellos.

Los beocios, por orden de Pagondas, dieron la señal para comenzar la

batalla tocando sus trompetas y clarines, y en tropel descendieron

todos de la montaña con grande ímpetu. Al ver el ataque Hipócrates,

hizo también marchar a los suyos y que les saliesen delante a buen

trote, siendo los primeros en el encuentro. Y aunque los postreros

no pudieron llegar tan pronto a herir, fueron tan trabajados como

los otros por causa de los arroyos que tenían que pasar. Trabada

la batalla, todos peleaban fuertemente, defendiéndose a pie quedo

amparados con sus escudos y rodelas; la izquierda de los beocios fue

rota y dispersada por los atenienses, hasta los del centro pasaron

adelante para batir a los tespios que estaban enfrente de ellos, y

del primer encuentro mataron muchos. Quedaron todos cerrados en un

escuadrón unos contra otros, hiriendo y matando a los tespios, que se

defendían valerosamente. En este encuentro resultaron muchos atenienses

muertos por sus mismos compañeros, porque, queriendo cercar y atajar

a los enemigos, se metían en medio de ellos y se mezclaban los unos

con los otros, de manera que no se podían conocer. La izquierda de

los beocios fue, pues, vencida y desbaratada por los atenienses, y

los que se salvaron se acogieron a la derecha, en la cual venían los

tebanos que peleaban animosamente, de tal manera, que rompieron a los

atenienses dispersándolos y siguiéndoles al alcance por algún rato. En

esta situación, aconteció que dos compañías de gente de a caballo que

Pagondas había enviado en ayuda de la izquierda, cargaron, cubiertas

por un cerro, con gran furia, y cuando llegaron a vista de los

atenienses que seguían al alcance de los fugitivos, creyendo estos que

aquel era nuevo socorro que acudía a los beocios, cobraron tanto miedo

que se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los otros atenienses,

así de una parte como de la otra, unos hacia la mar por la parte de

Delio, otros hacia tierra de Oropo, otros hacia el monte Parnes y otros

a diversos lugares donde esperaban poderse salvar. Muchos de ellos

fueron muertos por los beocios, sobre todo por los de a caballo, así de

la gente de la tierra como de los locros, que al tiempo de la batalla

acudieron en su ayuda hasta que llegó la noche que los separó, siendo

esta causa de que se salvaran muchos.

Al día siguiente, los que llegaron a Oropo y Delos, dejaron allí gente

de guarnición, y volvieron por mar a sus casas.

Los beocios, por memoria de esta victoria, levantaron un trofeo en

el mismo lugar donde había sido la batalla. Después enterraron sus

muertos, despojaron a los enemigos, y, dejando allí alguna gente de

guarda, partieron para Tanagra, donde dispusieron las cosas necesarias

para ir en busca de los atenienses que estaban en Delio, a los cuales

enviaron primero un trompeta, quien encontrando en el camino al de

los atenienses, que iba a pedir sus muertos, le dijo que no pasase

adelante y fuera con él, porque no harían nada de lo que iba a pedir

hasta que él volviera, y así lo hizo. Al llegar el trompeta de los

beocios donde estaban los atenienses, díjoles el mensaje que traía, que

era asegurarles que habían obrado injustamente y traspasado las leyes

humanas de los griegos, por los cuales está prohibido a todos los que

entran en la tierra de otros tocar a los templos; que no obstante

esto, los atenienses habían cercado el templo de Delio, y metido dentro

su gente de guerra, violándolo y haciendo en él todas las profanaciones

que se acostumbran a hacer fuera de él; que habían tomado el agua

consagrada, no siendo lícito tocarla a otros que a los sacerdotes para

los sacrificios, y la empleaban y se servían de ella para otros usos,

por lo cual les requerían, así de parte del dios Apolo como de la suya,

llamando e invocando para esto todos los dioses que tienen en guarda

aquel lugar, y principalmente tomando al dios Apolo por testigo, que

partiesen de aquel sitio con todo su bagaje.

Los atenienses dijeron a esto que darían la respuesta a los beocios por

medio del trompeta que les enviarían. Este les respondió de su parte

que no habían hecho cosa ilícita ni profana en el templo, ni la harían

en adelante, si no fuesen obligados a ello, porque no habían ido con

tal intención sino para hacer guerra contra los que quisiesen ofender

al templo, lo que les era lícito por las leyes de Grecia, conforme a

las cuales es permitido que los que tienen el mando y señorío de alguna

tierra, sea grande o pequeña, tengan asimismo en su poder los templos

para hacer continuar los sacrificios y ceremonias acostumbradas en

cuanto fuere posible; y que siguiendo estas leyes los mismos beocios y

los otros griegos cuando han ganado alguna tierra o lugar por guerra, y

echando de ella a los moradores, tienen los templos que antes eran de

los habitantes por suyos propios; por tanto, los atenienses ejercerían

este derecho en aquella tierra que deseaban poseer como suya. En cuanto

a lo del agua del templo, dijeron que si la habían tomado, no fue por

desacato a la religión, sino que, yendo allí para vengarse de los que

les habían talado su tierra, fueron obligados por necesidad a tomar el

agua para los usos necesarios, y que, por derecho de guerra, a los que

se ven en algún apuro, es justo y conveniente que Dios les perdone lo

que hacen, porque en tal caso hay recurso a los dioses y a sus aras

para alcanzar perdón de los yerros que no se cometen voluntariamente,

y son estimados por malos y pecadores a los dioses los que yerran y

pecan por su voluntad y a sabiendas, no los que hacen alguna cosa por

necesidad. Decían también que eran mucho más impíos y malos para con

los dioses los que por dar los cuerpos de los muertos quieren adquirir

los templos, que los que forzados contra su voluntad toman de estos las

cosas necesarias para sus usos, siendo lícito tomarlas. Asimismo les

declararon que no partirían de la tierra de Beocia porque pretendían

estar donde estaban con buen derecho, y no por fuerza; por tanto,

pedían mandasen darles sus muertos, según su derecho y costumbre de

Grecia.

A esta demanda respondieron los beocios que si los atenienses entendían

estar en tierra de Beocia, partiesen en paz de ella con todas sus

cosas; y si pretendían estar en su propia tierra, ellos sabían bien

lo que habían de hacer, pues la tierra de Oropo, donde habían sido

muertos, era de la jurisdicción de los atenienses, por lo cual, no

teniendo los beocios sus muertos contra su voluntad, no estaban

obligados a devolvérselos; antes era más razonable que partiesen de su

tierra, y entonces les darían lo que demandaban. Con esta respuesta

partió el trompeta de los atenienses, sin convenir cosa alguna.

Poco después los beocios mandaron ir del golfo Melieo algunos tiradores

y honderos con dos mil infantes muy buenos que los corintios les habían

enviado después de la batalla, y alguna otra gente de socorro de los

peloponesios, que era la que había vuelto de Nisea con los megarenses.

Con este ejército partieron de allí, y asentaron su campo delante de

Delio, donde trabajaron por combatir los fuertes y reparos de los

atenienses con diversos ingenios y artefactos de guerra, y, entre

otros, con uno que fue causa de la toma de Delio, el cual estaba hecho

en esta manera.

Aserraron por la mitad a lo largo una viga, acanalaron cada media, de

manera que, juntas, formaban hueco como flauta; de uno de los extremos

salía un hierro hueco, y vuelto hacia abajo como pico, y de este

estaba colgado de unas cadenas un caldero de cobre lleno de brasas,

de pez y de azufre. Llevando sobre ruedas esta máquina, la juntaron

con el muro por la parte que casi todo estaba formado con madera y

sarmientos. Puesta allí, y soplando con grandes fuelles, por el agujero

del otro extremo de la viga pasó el aire por el hueco, y volviendo por

el pico de hierro, soplaba en el caldero, de manera que la llama grande

que salía de él incendió el muro, de tal modo, que no pudiendo estar

en él los que le defendían, huyeron, y tomadas las defensas, entraron

los beocios en la ciudad, prendieron cerca de doscientos de los que

la defendían y mataron a muchos; los demás se salvaron acogiéndose a

las naves que estaban en el puerto. Así recobraron el templo de Delio

diez y siete días después de la batalla. Poco tiempo después volvió

el trompeta de los atenienses, que no sabía nada de esta presa, a los

beocios para pedirles los muertos, y se los dieron, sin hablarle más de

lo que le habían dicho la primera vez.

Fueron los que se hallaron muertos, así en la batalla como en la

toma de Delio, de parte de los beocios cerca de quinientos, y de la

de los atenienses cerca de mil, y entre otros Hipócrates, uno de sus

capitanes, sin los soldados armados a la ligera y la gente de servicio

del campo, que murieron en gran número. Después de esta batalla,

Demóstenes, que había partido por mar para tomar Sifas, viendo que

no podía salir con la empresa, sacó de sus naves hasta cuatrocientos

hombres, así de los agreos y acarnanios como de los atenienses que

tenía consigo, y con ellos arribó a tierra de Sición; mas antes que

pudiesen desembarcar todos, los sicionios, que se habían reunido para

defender su patria, les acometieron y dispersaron, e hicieron huir

hasta meterlos dentro de sus naves, matando y prendiendo a muchos.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 79 / 90 题