XI.

Los acantios, persuadidos por Brásidas, dejan el partido de los

atenienses y toman el de los peloponesios.

Después de esto, en el mismo verano[96], antes de las vendimias,

Brásidas, con los calcídeos que tenía consigo, fue a hacer guerra

contra los de la ciudad de Acanto, colonia y pueblo de Andros, cuyos

ciudadanos tenían grandes bandos y estaban en gran porfía de si le

recibirían o no en la ciudad, los del partido de los calcídeos de una

parte, y los del pueblo de otra. Mas por estar los frutos aún por coger

en los campos y por temor de que fuesen destruidos, los del pueblo, a

persuasión de Brásidas, consintieron que entrase en la ciudad solo y

hablase lo que quisiese, y que después de oído determinarían lo que

bien les pareciese. Entró, fue al Senado, donde los del pueblo estaban

en asamblea y pronunció delante de todos un discurso muy bueno,

como él sabía hacerlo, por ser lacedemonio sabio y prudente, hablando

de esta manera:

«Varones acantios, la causa de que yo con este ejército que veis

hayamos sido aquí enviados por los lacedemonios es la misma que desde

el principio dijimos cuando declaramos la guerra a los atenienses, a

saber, librar Grecia de la servidumbre a estos. Si venimos engañados

con la esperanza de poderlos vencer más pronto sin que vosotros os

expongáis a peligro, no se nos debe culpar, pues hasta ahora no habéis

recibido daño alguno por nuestra tardanza, y venimos ahora cuando

podemos para, juntamente con vosotros, destruir a los atenienses con

todas nuestras fuerzas y poder. Pero me asusta ver que me cerréis

las puertas, donde yo, por el contrario, pensaba ser recibido con

alegría, y que en gran manera desearíais mi venida, pues nosotros los

lacedemonios, pensando, por las cosas pasadas que hemos hecho por

vosotros, venir aquí como amigos verdaderos, y que deseaban nuestra

venida, tomamos esta jornada sin temor a los trabajos y peligros que

arrostrábamos pasando por tan largos caminos y tierras extrañas,

solamente por mostraros la buena voluntad que os tenemos.

»Si tenéis otro pensamiento contra nosotros, y queréis resistir a los

que procuran vuestra libertad y la de toda Grecia, haréislo malamente,

así porque impediréis vuestra propia libertad como porque daréis mal

ejemplo a los otros para que no nos quieran acoger en sus tierras, y

sería poco honroso a los de esta ciudad, tenidos por hombres sabios

y prudentes, que viniendo yo a ellos primero que a otros, no quieran

recibirme. No puedo imaginar que tengáis motivo o razón para hacerlo

si no es por sospechas de que la libertad que yo os procuro es fingida

y falsa, o que nosotros los lacedemonios no somos bastante poderosos

para defenderos contra los atenienses si os atacan. De esto a mi ver

no debéis tener ningún temor, pues cuando yo vine en socorro de Nisea

con este ejército, no osaron pelear contra mí, ni es verosímil que

puedan enviar ahora aquí tan gran ejército por tierra como entonces

enviaron allí por mar. En cuanto al otro punto, yo os aseguro que no

fui aquí enviado de parte de los lacedemonios para hacer daño a Grecia

sino para darle libertad, habiendo primeramente hecho juramento solemne

en manos de los cónsules y gobernadores de los lacedemonios de dejar

vivir en libertad y seguir sus leyes a todos aquellos que pudiese

atraer a nuestra amistad y alianza. Por tanto, debéis saber que no vine

aquí para atraeros por fuerza o engaño a nuestra parte y devoción,

sino antes por el contrario, para sacaros de la servidumbre de los

atenienses y ser nuestros compañeros en esta guerra contra ellos.

Debéis tener, por tanto, confianza en mí, y fiar en lo que digo, de que

solo para defenderos vine con todo el poder que veis.

»Si alguien pone dificultad en esto, temiendo que quiera dar el

gobierno de la villa a alguno de vosotros, quiero que tenga más

confianza y seguridad que los demás, porque os certifico que no he

venido a provocar sedición o discordia, y me parecería no poneros en

verdadera libertad, si trocando vuestra antigua forma y costumbre

de vivir quisiese sujetar el pueblo a la dominación de algunos

particulares, o estos a la sujeción del pueblo, pues sé muy bien que

tal mando os sería más odioso que el de los extraños. Ni a nosotros

los lacedemonios se debería agradecer el trabajo que tomáramos por

vosotros, antes en lugar de la honra y gloria que esperábamos, seríamos

acreedores de vituperio, y nos podrían culpar del mismo vicio de

tiranía que imputamos a los atenienses, siendo más digno de reprensión

en nosotros que en ellos, por lo que nos preciamos de la virtud de no

emplear fraude ni engaño como ellos usan. Porque si el vicio del engaño

es cosa fea y torpe en todos los hombres, mucho más lo es en los que

tienen mayor dignidad y mucho más reprensible que la violencia, pues

esta se hace por virtud del poder que la fortuna da a unos sobre otros,

y el engaño procede de pura malicia y sinrazón, debiendo evitarlo los

que tratamos grandes negocios.

»Tampoco quiero que fiéis tanto en mis juramentos como en lo que está a

vuestra vista, y que las obras correspondan a las palabras según pide

la razón, y os dije al principio. Mas si, habiendo oído este discurso

mío, os excusáis diciendo que no podéis hacer lo que pedimos y que nos

pedís como amigos que partamos de vuestra tierra sin haceros daño,

pretendiendo que no gozaréis sin perjuicio esta libertad que se debe

ofrecer a los que la puedan ejercitar sin riesgo, y que ninguno ha de

ser obligado a tomarla por fuerza y contra su voluntad, yo declaro

delante de los dioses patrones de esta ciudad que, habiendo venido

por vuestro bien, no he podido aprovechar nada con vosotros por buenas

razones; que procuraré, destruyendo vuestras tierras, obligaros a ello

por fuerza, teniendo por cierto que lo hago con buena y justa causa,

por dos razones: la primera por el bien de los lacedemonios, para que

no reciban, por amor a vosotros, si os dejan en el estado presente,

el perjuicio del dinero que dais a los atenienses sus contrarios, y

la segunda por el bien universal de todos los griegos, a fin de que,

por vosotros solos, no sean impedidos de recobrar su libertad, que si

no fuese por esto, bien sabemos que no deberíamos obligar a nadie a

gozar de libertad. No pretendemos dominio sobre vosotros sino solamente

libraros del yugo de los atenienses. Os ofenderíamos si restituyendo a

los otros en su derecho y libertad, os dejásemos solos obstinados en

el mal. Por tanto, varones acantios, tomad buen consejo en vuestros

negocios y mostrad a los otros griegos el camino de recobrar su

libertad ganando la gloria y honra perpetua de haber sido los primeros

y principales para ello como para evitar el daño que sufrirán vuestras

haciendas, y también para dar a esa vuestra ciudad renombre glorioso

como es el de independiente y libre.»

Después que Brásidas pronunció este discurso al pueblo, todos los

acantios discutieron largamente sobre la materia, y al fin dieron sus

votos secretos, siendo la mayor parte de opinión que se debían apartar

de la alianza con los atenienses, así por las razones y persuasiones de

Brásidas, como por temor de perder los bienes y haciendas que tenían

en los campos. Habiendo recibido primeramente juramento a Brásidas de

que tenía comisión de los lacedemonios de poner en libertad a todos

los que se le rindiesen, y dejarles vivir conforme a sus leyes y

costumbres, admitieron a él y a su ejército dentro de la ciudad, y lo

mismo hicieron pocos días después los de Estagira, que es otra colonia

de Andros.

Estas cosas fueron hechas en aquel verano.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 78 / 90 题