Los acantios, persuadidos por Brásidas, dejan el partido de los
atenienses y toman el de los peloponesios.
Después de esto, en el mismo verano[96], antes de las vendimias,
Brásidas, con los calcídeos que tenía consigo, fue a hacer guerra
contra los de la ciudad de Acanto, colonia y pueblo de Andros, cuyos
ciudadanos tenían grandes bandos y estaban en gran porfía de si le
recibirían o no en la ciudad, los del partido de los calcídeos de una
parte, y los del pueblo de otra. Mas por estar los frutos aún por coger
en los campos y por temor de que fuesen destruidos, los del pueblo, a
persuasión de Brásidas, consintieron que entrase en la ciudad solo y
hablase lo que quisiese, y que después de oído determinarían lo que
bien les pareciese. Entró, fue al Senado, donde los del pueblo estaban
en asamblea y pronunció delante de todos un discurso muy bueno,
como él sabía hacerlo, por ser lacedemonio sabio y prudente, hablando
de esta manera:
«Varones acantios, la causa de que yo con este ejército que veis
hayamos sido aquí enviados por los lacedemonios es la misma que desde
el principio dijimos cuando declaramos la guerra a los atenienses, a
saber, librar Grecia de la servidumbre a estos. Si venimos engañados
con la esperanza de poderlos vencer más pronto sin que vosotros os
expongáis a peligro, no se nos debe culpar, pues hasta ahora no habéis
recibido daño alguno por nuestra tardanza, y venimos ahora cuando
podemos para, juntamente con vosotros, destruir a los atenienses con
todas nuestras fuerzas y poder. Pero me asusta ver que me cerréis
las puertas, donde yo, por el contrario, pensaba ser recibido con
alegría, y que en gran manera desearíais mi venida, pues nosotros los
lacedemonios, pensando, por las cosas pasadas que hemos hecho por
vosotros, venir aquí como amigos verdaderos, y que deseaban nuestra
venida, tomamos esta jornada sin temor a los trabajos y peligros que
arrostrábamos pasando por tan largos caminos y tierras extrañas,
solamente por mostraros la buena voluntad que os tenemos.
»Si tenéis otro pensamiento contra nosotros, y queréis resistir a los
que procuran vuestra libertad y la de toda Grecia, haréislo malamente,
así porque impediréis vuestra propia libertad como porque daréis mal
ejemplo a los otros para que no nos quieran acoger en sus tierras, y
sería poco honroso a los de esta ciudad, tenidos por hombres sabios
y prudentes, que viniendo yo a ellos primero que a otros, no quieran
recibirme. No puedo imaginar que tengáis motivo o razón para hacerlo
si no es por sospechas de que la libertad que yo os procuro es fingida
y falsa, o que nosotros los lacedemonios no somos bastante poderosos
para defenderos contra los atenienses si os atacan. De esto a mi ver
no debéis tener ningún temor, pues cuando yo vine en socorro de Nisea
con este ejército, no osaron pelear contra mí, ni es verosímil que
puedan enviar ahora aquí tan gran ejército por tierra como entonces
enviaron allí por mar. En cuanto al otro punto, yo os aseguro que no
fui aquí enviado de parte de los lacedemonios para hacer daño a Grecia
sino para darle libertad, habiendo primeramente hecho juramento solemne
en manos de los cónsules y gobernadores de los lacedemonios de dejar
vivir en libertad y seguir sus leyes a todos aquellos que pudiese
atraer a nuestra amistad y alianza. Por tanto, debéis saber que no vine
aquí para atraeros por fuerza o engaño a nuestra parte y devoción,
sino antes por el contrario, para sacaros de la servidumbre de los
atenienses y ser nuestros compañeros en esta guerra contra ellos.
Debéis tener, por tanto, confianza en mí, y fiar en lo que digo, de que
solo para defenderos vine con todo el poder que veis.
»Si alguien pone dificultad en esto, temiendo que quiera dar el
gobierno de la villa a alguno de vosotros, quiero que tenga más
confianza y seguridad que los demás, porque os certifico que no he
venido a provocar sedición o discordia, y me parecería no poneros en
verdadera libertad, si trocando vuestra antigua forma y costumbre
de vivir quisiese sujetar el pueblo a la dominación de algunos
particulares, o estos a la sujeción del pueblo, pues sé muy bien que
tal mando os sería más odioso que el de los extraños. Ni a nosotros
los lacedemonios se debería agradecer el trabajo que tomáramos por
vosotros, antes en lugar de la honra y gloria que esperábamos, seríamos
acreedores de vituperio, y nos podrían culpar del mismo vicio de
tiranía que imputamos a los atenienses, siendo más digno de reprensión
en nosotros que en ellos, por lo que nos preciamos de la virtud de no
emplear fraude ni engaño como ellos usan. Porque si el vicio del engaño
es cosa fea y torpe en todos los hombres, mucho más lo es en los que
tienen mayor dignidad y mucho más reprensible que la violencia, pues
esta se hace por virtud del poder que la fortuna da a unos sobre otros,
y el engaño procede de pura malicia y sinrazón, debiendo evitarlo los
que tratamos grandes negocios.
»Tampoco quiero que fiéis tanto en mis juramentos como en lo que está a
vuestra vista, y que las obras correspondan a las palabras según pide
la razón, y os dije al principio. Mas si, habiendo oído este discurso
mío, os excusáis diciendo que no podéis hacer lo que pedimos y que nos
pedís como amigos que partamos de vuestra tierra sin haceros daño,
pretendiendo que no gozaréis sin perjuicio esta libertad que se debe
ofrecer a los que la puedan ejercitar sin riesgo, y que ninguno ha de
ser obligado a tomarla por fuerza y contra su voluntad, yo declaro
delante de los dioses patrones de esta ciudad que, habiendo venido
por vuestro bien, no he podido aprovechar nada con vosotros por buenas
razones; que procuraré, destruyendo vuestras tierras, obligaros a ello
por fuerza, teniendo por cierto que lo hago con buena y justa causa,
por dos razones: la primera por el bien de los lacedemonios, para que
no reciban, por amor a vosotros, si os dejan en el estado presente,
el perjuicio del dinero que dais a los atenienses sus contrarios, y
la segunda por el bien universal de todos los griegos, a fin de que,
por vosotros solos, no sean impedidos de recobrar su libertad, que si
no fuese por esto, bien sabemos que no deberíamos obligar a nadie a
gozar de libertad. No pretendemos dominio sobre vosotros sino solamente
libraros del yugo de los atenienses. Os ofenderíamos si restituyendo a
los otros en su derecho y libertad, os dejásemos solos obstinados en
el mal. Por tanto, varones acantios, tomad buen consejo en vuestros
negocios y mostrad a los otros griegos el camino de recobrar su
libertad ganando la gloria y honra perpetua de haber sido los primeros
y principales para ello como para evitar el daño que sufrirán vuestras
haciendas, y también para dar a esa vuestra ciudad renombre glorioso
como es el de independiente y libre.»
Después que Brásidas pronunció este discurso al pueblo, todos los
acantios discutieron largamente sobre la materia, y al fin dieron sus
votos secretos, siendo la mayor parte de opinión que se debían apartar
de la alianza con los atenienses, así por las razones y persuasiones de
Brásidas, como por temor de perder los bienes y haciendas que tenían
en los campos. Habiendo recibido primeramente juramento a Brásidas de
que tenía comisión de los lacedemonios de poner en libertad a todos
los que se le rindiesen, y dejarles vivir conforme a sus leyes y
costumbres, admitieron a él y a su ejército dentro de la ciudad, y lo
mismo hicieron pocos días después los de Estagira, que es otra colonia
de Andros.
Estas cosas fueron hechas en aquel verano.