Pierden los atenienses algunos barcos de guerra. -- Brásidas, general
de los lacedemonios pasa por tierra de Tracia con ayuda de Pérdicas,
rey de Macedonia, y de otros amigos de aquella comarca, para socorrer a
los calcídeos.
En este verano, habiendo los mitilenios determinado fortificar la
ciudad de Antandro, dos de los tres capitanes que los atenienses
enviaron para cobrar el tributo de las tierras de su señorío, Demódoco
y Arístides, que a la sazón se hallaban en el Helesponto, en ausencia
de Lámaco, que era el tercero, el cual había partido hacia la costa del
Ponto con diez navíos, celebraron consejo, y parecioles que era cosa de
peligro permitir a los mitilenios fortalecer a Antandro por temer les
ocurriese lo mismo que en Samos, donde los desterrados de la ciudad se
habían reunido, y con ayuda de los peloponesios, que les enviaron gente
de mar, hacían grandes daños a los de la ciudad y muchos beneficios a
los lacedemonios. Los dos capitanes partieron con su armada y gente de
guerra derechamente contra Antandro, y habiendo trabado pelea con los
de esta ciudad, que salieron contra ellos, los vencieron y tomaron la
plaza.
Poco tiempo después, Lámaco, que partió para la costa de Ponto,
entrando con su armada en el río Calete, que pasa por la tierra de
Heraclea, por súbita crecida del río, que ocasionó una tempestad en las
montañas, perdió todas sus naves, y volvió con su gente de guerra por
tierra, atravesando la región de Bitinia y de Tracia, situada en la
parte del mar en Asia, hasta la ciudad de Calcedón, a la boca del mar
de Ponto, que pertenece a los megarenses.
En este verano, Demóstenes, capitán de los atenienses, al partir de
Mégara, fue con cuarenta naves a Naupacto para dar fin a la empresa
que él e Hipócrates habían determinado hacer, juntamente con algunos
beocios, que era reducir el estado y gobernación de Beocia a señorío,
que es mando y gobierno de los del pueblo, como era el de Atenas, de lo
cual fue principal autor Pteodoro, un ciudadano de Tebas, desterrado, y
propuso ejecutarlo de esta manera:
Los beocios entregarían por traición a los atenienses una villa llamada
Sifas, en término de Tespias, en el golfo de Crisa, y otros les habían
de entregar la villa nombrada Queronea, tributaria de los orcomenios,
con ayuda de los desterrados de la ciudad de Orcómeno, que tenían a
sueldo algunos hombres de guerra peloponesios. Queronea está situada
en los confines de Beocia, frente a Fanoteo, en la región de Fócide,
habitada en parte por focenses. Los atenienses debían tomar el templo
de Apolo, en Delio, en tierra de Tanagra, a la parte de Eubea. Todas
estas empresas se habían de ejecutar en un día señalado para que los
beocios, al saber la toma de las villas y ciudades, y temiendo por
su seguridad, no acudieran a socorrer a los de Delio, pareciéndoles
a los atenienses que si podían cercar el templo de Delio con fuerte
muro, fácilmente pondrían en peligro todo el estado de Beocia, y si no
lo conseguían, a lo menos con el tiempo, teniendo gente de guarnición
en las villas y lugares, recorrerían y robarían la tierra. Además,
teniendo reunidos a los desterrados y otros naturales de aquella
comarca, podrían enviar mayor socorro a los que allí se acogiesen; y no
contando los beocios con armada bastante para defenderse y resistirles,
les dominarían.
La empresa se había de poner en ejecución de este modo: Hipócrates,
con infantería debía salir de Atenas en un día señalado y entrar por
tierra de Beocia, y Demóstenes, que había ido a Naupacto con cuarenta
naves para reclutar gente en Acarnania y otros lugares comarcanos,
volvería en el día señalado a Sifas, tomándola por la traición
convenida. Demóstenes reunió gran ejército, así de los eníadas como de
los otros acarnanios y aliados de los atenienses que habían acudido
de todas partes, y con él fue a Salintio y Agrea, donde esperaba más
gente, disponiendo las cosas necesarias para su empresa de Sifas el día
señalado.
Entretanto, Brásidas, capitán de los lacedemonios, que había partido
con mil y quinientos hombres de a pie para poner orden en las cosas
de Tracia, al llegar a Heraclea, en la región de Traquinia, pidió a
sus amigos y confederados que tenía en Tesalia que le acompañasen en
aquel camino para pasar seguro. Acudieron a su llamamiento Panero,
Doro, Hipolóquidas, Torilao y Estrófaco de Calcídica y algunos
otros tesalios, encontrándole en Melitea, en tierra de Acaya, y le
acompañaron. También se halló con ellos Nicónidas de Larisa, pariente
de Pérdicas, rey de Macedonia, para auxiliarle, que de otra suerte
fuera imposible a Brásidas pasar por Tesalia más que en ningún otro
tiempo, aunque siempre era peligroso el paso, tanto más yendo en
armas, y alarmando a los de la tierra, que estaban sospechosos, y
seguían el partido de los atenienses. Si Brásidas no fuera acompañado
por los principales de esta tierra que tienen por costumbre gobernar
los pueblos, más por fuerza y rigor que por justicia y autoridad, nunca
hubiera podido pasar; y aun con todo esto, se vio en harto trabajo con
ellos, porque los que seguían el partido de los atenienses se pusieron
delante, junto al río de Enípeo, para estorbarle el paso, diciendo
que les ultrajaba queriendo pasar sin licencia y salvoconducto; a lo
cual, los señores de la tierra que le acompañaban, les respondían que
ni Brásidas ni su gente querían pasar por fuerza y contra su voluntad;
sino que habiendo llegado de pronto a donde ellos estaban con sus
amigos, le debían dejar pasar, y también el mismo Brásidas les dijo
que él era su amigo; que pasaba por su tierra, no por ofenderles, sino
para ir contra los atenienses enemigos de los lacedemonios; que no
sabía por qué entre los tesalios y lacedemonios debiese haber enemistad
alguna que impidiera a los unos pasar por tierra de los otros; que ni
quería ni podría pasar contra su voluntad, pero que les rogaba no se
lo quisiesen estorbar; y al oír estas palabras le dejaron el paso. Los
que le acompañaban le aconsejaron que pasase lo más pronto posible por
la tierra que le quedaba que andar, sin pararse en parte alguna, a
fin de no dar tiempo a los otros vecinos de la tierra para juntarse y
crearle algún obstáculo. Así lo hizo, de suerte que el mismo día que
partió de Melitea fue hasta Fársalo, y alojó su ejército junto a la
ribera de Apidano. Desde allí fue a Facio, y después a Perrebia. En
este lugar le dejaron los que le habían acompañado, y se despidieron de
él. Los perrebios, que son del señorío de los tesalios, le acompañaren
hasta Dío, villa inmediata al monte Olimpo, en Macedonia, a la parte de
Tracia, sujeta al rey Pérdicas.
De esta manera pasó Brásidas la tierra de Tracia, antes que ninguno se
pudiese preparar para estorbarle el paso, y se unió al rey Pérdicas que
estaba en Calcídica, el cual y los otros tracios se habían apartado
de los atenienses, porque los veían prósperos y pujantes por mar y por
tierra, pero temiendo ser acometidos por ellos habían pedido socorro a
los peloponesios, y principalmente lo pidieron los calcídeos, porque
temían fueran primero contra ellos, y también porque entendían que las
otras ciudades comarcanas que no se habían rebelado a los atenienses
les eran hostiles, a causa de haberse ellos rebelado.
Pérdicas no se había declarado entonces del todo enemigo de los
atenienses, pero sospechaba de ellos por sus pasadas enemistades, y por
esta causa demandaba ayuda a los lacedemonios contra ellos, y también
contra Arrabeo, rey de los lincestas, que deseaba sujetar.
También hubo otro motivo para que saliera el ejército del Peloponeso,
y fue que, considerando los lacedemonios los desastres y desventuras
que les habían ocurrido, y que los atenienses continuaban la guerra
a menudo contra ellos en su tierra, les pareció que no había mejor
recurso para apartarlos de estas empresas que hacer alguna contra sus
amigos y confederados, sobre todo habiendo muchos que se ofrecían
a pagar los gastos de la expedición, y otros que solo esperaban la
llegada de los lacedemonios para rebelarse contra los atenienses.
Además, les impulsaba en gran manera el temor de que por la pérdida en
la jornada de Pilos sus hilotas o esclavos se rebelasen, y para más
seguridad, so color de la guerra, querían sacarlos fuera de su tierra
por ser muchos y mancebos. Sospechando de ellos mandaron pregonar que
los más valientes fuesen escogidos, y les diesen esperanza de libertad,
queriendo conocer sus intenciones. Fueron escogidos hasta dos mil y
llevados en procesión coronados de flores a los templos, según es
costumbre hacer con aquellos a quien quieren dar libertad, poco después
quitaron las vidas a todos, sin saber cómo, ni de qué manera fueron
muertos.
Por este mismo temor dieron a Brásidas setecientos hilotas y todos los
soldados que habían sacado a sueldo del Peloponeso. El mismo Brásidas
tenía ambición de hacer la campaña, y este fue el motivo principal de
enviarle, como también porque los calcídeos lo deseaban mucho, pues
tenía fama entre todos los de Esparta de ser hombre sabio, diligente
y solícito. En esta empresa adquirió gran prestigio, porque en todas
las partes por donde andaba se mostró tan sabio, justiciero y político
en todas sus cosas, que muchas villas y ciudades se le entregaron
voluntariamente, y algunas otras tomó por su habilidad y destreza, y
por traición. Los lacedemonios consiguieron lo que esperaban, a saber,
recobrar muchas de sus tierras, y rebelar otras de los atenienses,
manteniendo por algún tiempo la guerra fuera del Peloponeso. También
después, en la guerra entre atenienses y peloponesios en Sicilia, su
virtud y esfuerzo fue tan conocido y estimado, así por experiencia
como por relación verdadera de otros, que muchos de ellos que seguían
el partido de los atenienses deseaban dejarlo, y tomar el de los
peloponesios, porque viendo la rectitud y bondad que resplandecían en
él, presumían que todos los demás lacedemonios le eran semejantes.
Volviendo a lo que decíamos, cuando los atenienses supieron la llegada
de Brásidas a Tracia, declararon enemigo al rey Pérdicas, porque tenían
por cierto que había sido el instigador de la expedición, y en adelante
cuidaron más de guardar las tierras de sus confederados.
Al recibir Pérdicas el socorro de los peloponesios con Brásidas los
llevó juntamente con su ejército a hacer guerra contra Arrabeo, hijo
de Brómero, rey de los lincestas macedonios, que era vecino y muy
grande enemigo suyo, queriendo conquistar el reino y echarle de él,
si pudiese: pero al llegar a los confines de su tierra, Brásidas le
dijo que antes que comenzase la guerra quería hablarle para saber
si por buenas razones le atraía a la amistad de los lacedemonios,
porque el mismo Arrabeo por un trompeta le había declarado que de
las diferencias entre él y Pérdicas quería tomarle por mediador, y
atenerse a su arbitraje y sentencia. También le movió a esto que los
calcídeos, que deseaban llevar consigo a Brásidas para sus negocios
propios, le amonestaban no se ocupase en una guerra tan larga y difícil
por dar gusto a Pérdicas, mayormente sabiendo que los mensajeros que
este envió a Lacedemonia a pedir socorro habían prometido de su parte
hacer que muchos de sus vecinos se aliaran a los lacedemonios. Por
todo esto, Brásidas con justa causa le rogaba que tuviese por mejor
arreglar aquellas diferencias particulares para el bien público de los
lacedemonios y el suyo.
A Pérdicas no le pareció bien, diciendo que no había llamado a
Brásidas para que fuese juez de sus causas y diferencias, sino para
que le ayudase a destruir a sus enemigos, los que él le señalase, y
que Brásidas le hacía gran perjuicio queriendo favorecer a Arrabeo
contra él, pues él pagaba la mitad de los gastos de aquella guerra. No
obstante, Brásidas, contra la voluntad de Pérdicas, habló con Arrabeo,
y le persuadió con buenas razones a que se retirara con su ejército,
por lo cual Pérdicas en adelante, en lugar de pagar la mitad de los
gastos del ejército, pagó solo la tercera parte, teniendo por cierto
que Brásidas le había ofendido en lo de Arrabeo.