IX.

Los atenienses intentan tomar a Mégara por inteligencias que tenían con

algunos habitantes; pero los lacedemonios socorren esta ciudad.

En este verano[94] los megarenses, fatigados de la guerra con los

atenienses, que todos los años hacían correrías en su tierra, como

también de los robos y tropelías de algunos de sus conciudadanos

echados de la ciudad por sus sediciones, y refugiados en Pegas,

acordaron llamar a los emigrados para evitar que la ciudad se perdiese

por sus bandos, y viendo los amigos de los desterrados que la cosa se

dilataba y enfriaba, hicieron nueva instancia para que se conferenciase

con aquellos. Entonces los gobernadores y personas principales de la

ciudad, considerando que el pueblo no estaba para poder sufrir más

largo tiempo los males y daños de estos bandos y sediciones, trataron

con los capitanes atenienses, que eran Hipócrates, hijo de Arifrón, y

Demóstenes, hijo de Alcístenes, para entregarles la ciudad, pensando

que les sería menos perjudicial esto que recibir dentro de ella a los

desterrados. Acordaron con los capitanes que primeramente tomasen

la gran muralla que llega desde la ciudad hasta Nisea donde está su

puerto, muralla de ocho estadios de larga[95] para estorbar desde allí

el paso a los peloponesios que vinieran en socorro desde el punto donde

tenían guarnición con este objeto, y tras esto que ganasen la fortaleza

que está en lo alto de Mégara en un cerro, lo cual les parecía bien

fácil de hacer.

Así acordado, prepararon las cosas necesarias de una parte y de la otra

para ponerlo en ejecución, y los atenienses fueron aquella noche a

una isla cercana a la ciudad, nombrada Minoa, con seiscientos hombres

bien armados al mando de Hipócrates, y de allí a un foso junto al cual

estaba un horno donde cocían ladrillo para reparar los muros de la

villa. De la otra parte Demóstenes se había emboscado junto al templo

de Marte, que está más cerca de la ciudad, con los soldados plateenses

armados a la ligera y otros aventureros, sin que persona lo supiese,

excepto los participantes del trato, y antes que fuese de día salieron

los plateenses de su emboscada para ejecutar su empresa al abrir las

puertas de la ciudad, lo cual tenían concertado mucho tiempo antes

con los ciudadanos que tramaban la traición. Los ciudadanos tenían

costumbre, como gente que vivía de robos y latrocinios, sacar de noche,

con consentimiento de los guardas de aquella muralla, un barco encima

de un carro, el cual echaban en el agua del foso de la muralla, y desde

allí salía al mar. Antes que amaneciese, y después de robar en la mar

durante la noche lo que habían podido, volvían a meter el barco por

la misma puerta. Hacían esto a fin de que los atenienses que tenían

guarnición en la isla de Minoa no supieran los latrocinios, por no

ver ningún navío en su puerto. Puesto el barco encima del carro, y

estando la puerta abierta, según acostumbraban, cuando le metían, los

atenienses salieron de su celada para apoderarse de la puerta antes

que pudiesen volverla a cerrar, según había sido acordado con los de

la villa, cómplices en la traición, y prendieron o mataron a los que

guardaban la puerta. Los plateenses y los aventureros que estaban con

Demóstenes fueron los primeros en ganarla y entraron por la parte donde

al presente se ve puesto un trofeo en señal de victoria, echando de

allí a la guarnición de los peloponesios que, oyendo el ruido, había

llegado en socorro. Entretanto acudieron los atenienses muy bien

armados, siendo admitidos por los plateenses sus compañeros. A la

entrada, los peloponesios les resistieron con todo su poder, desde lo

alto en los muros aunque por ser menos en número murieron muchos, y los

demás se retiraron temiendo ser presos, porque aún no era bien de día,

y también porque veían que algunos de la ciudad peleaban contra ellos,

los participantes en la traición, y pensaban que todos los ciudadanos

estaban con sus enemigos; pero más de veras lo creyeron por lo que hizo

el trompeta de los atenienses de propio impulso, y fue pregonar que a

todos los megarenses que se quisiesen rendir a los atenienses y dejaran

las armas les salvarían las vidas, y no recibirían daño alguno en sus

haciendas. Al oír los peloponesios este pregón se retiraron todos,

huyendo a Nisea por suponer que los ciudadanos, como los atenienses,

iban contra ellos.

A poco rato, cerca del alba, tomada la muralla que llega hasta el

puerto, hubo gran tumulto en la ciudad, porque los comprometidos en

la traición decían que convenía abrir las puertas, y atacar a los

atenienses, en lo cual estaba de acuerdo el pueblo. La intención de los

conspiradores era que los atenienses entrasen cuando las puertas fuesen

abiertas, porque así lo habían acordado, y a fin de ser conocidos

entre los otros, y que a la entrada no se les hiciese mal ninguno,

habían concertado que por señal se untarían con aceite. Parecíales muy

provechoso abrir las puertas, porque se hallaban juntos cuatro mil

hombres de a pie muy bien armados y seiscientos caballos atenienses que

habían venido la noche antes y estaban preparados para entrar. Cuando

los untados con aceite acudieron a las puertas para hacerlas abrir, uno

de ellos descubrió la traición a los que nada sabían, produciéndose

con esto gran tumulto, juntándose allí de todas partes de la ciudad, y

opinando que no se abriesen las puertas, porque tampoco otras veces lo

habían hecho cuando los atenienses se presentaron delante de la ciudad,

aunque entonces los ciudadanos eran más poderosos; que no debían poner

la ciudad en un peligro tan manifiesto, y que si algunos querían hacer

lo contrario debían desde luego pelear contra aquellos. Decían esto

sin aparentar que supiesen la traición, sino como aviso y buen consejo

para evitar los daños y peligros venideros. Los que así opinaban, que

eran los más, se apoderaron de las puertas e impidieron abrirlas, y por

consiguiente, que los traidores ejecutaran su traición.

Viendo los atenienses que no les abrían las puertas, pensaron que

debía haber algún impedimento, y conociendo que eran muy pocos para

cercar la ciudad fueron contra el lugar de Nisea, y le cercaron de

muralla y baluarte, porque les parecía que, si podían tomarlo antes

de ser socorrido, fácilmente después tomarían la ciudad de Mégara

por tratos. Con este propósito hicieron venir a toda prisa maestros

y obreros de Atenas, y hierro y otros materiales necesarios para la

obra, y en muy poco tiempo acabaron el muro, comenzándole desde la

punta del que habían tomado de la parte de Mégara, y desde allí le

continuaron por los dos lados de Nisea hasta dentro la mar, cercándole

de foso, porque cuando unos trabajaban en el muro, otros lo hacían en

los fosos. Tomaban la piedra, el ladrillo y la madera para la obra de

los arrabales, cortando los árboles del rededor, y donde había falta de

materiales lo henchían de tierra con estacas de madera. De las casas

que estaban fuera de la villa, quitadas las techumbres, se servían como

de torres y almenas. Toda esta obra la hicieron en dos días.

Viendo esto los que estaban dentro de Nisea, y también que carecían

de vituallas para sostener el cerco, porque las provisiones se las

llevaban de la ciudad diariamente, considerando también que no tenían

esperanza alguna de ser socorridos pronto por los peloponesios,

y pensando además que todos los megarenses estaban contra ellos,

capitularon con los atenienses, entregándoles las armas, yéndose con

cierta suma de dinero cada uno, y quedando a merced de aquellos los

lacedemonios y otros extranjeros que se hallaban dentro del lugar. De

esta manera partieron los de Nisea, y los atenienses, habiendo ganado

el lugar y roto el muro largo que lo unía a la ciudad de Mégara, se

prepararon a sitiar esta.

Sucedió entonces que Brásidas, hijo del lacedemonio Télide, estaba

hacia Corinto y Sición reuniendo gente para Tracia, el cual, sabida la

tomada de los muros de Mégara, y sospechando que los lacedemonios de

Nisea se viesen en peligro, envió un mensaje a los beocios con toda

diligencia y les mandó que en seguida se le unieran con toda la gente

que pudiesen en Tripodisco, lugar de tierra de Mégara junto al monte de

Gerania. A este lugar llegó él con dos mil setecientos corintios bien

armados, cuatrocientos de Fliunte y setecientos de Sición, además de la

otra gente de guerra que tenía juntada sin saber aún la toma de Nisea.

Cuando lo supo en Tripodisco, antes de que los enemigos fuesen avisados

de su estancia, porque había llegado de noche, partió con cuatrocientos

hombres de guerra, los mejores de su ejército, derechamente a la

ciudad de Mégara, fingiendo que quería tomar el lugar de Nisea; pero

su principal intento era entrar en Mégara si podía, y fortificarla. Al

llegar a las puertas de la ciudad rogó a los megarenses que le dejaran

entrar, dándoles esperanza de cobrar en seguida a Nisea, pero los

dos bandos de los ciudadanos temían su venida, uno por sospechar que

volviera a meter a los desterrados expulsando a ellos, y los amigos

de los desterrados por temor de que los otros, para impedirlo, se

armasen contra ellos, y aprovechando sus diferencias los atenienses,

que estaban cerca, tomasen la ciudad. Todos opinaron no recibir en la

ciudad a Brásidas sino esperar a ver quién alcanzaba la victoria, los

atenienses o los peloponesios: porque los parciales de cada parte se

querían declarar por el vencedor.

Como Brásidas viese que no había medio de entrar en la ciudad se retiró

uniéndose a lo restante de su ejército, y el mismo día, antes de que

amaneciese, se le unieron los beocios, quienes, antes de recibir

las cartas de Brásidas, sabida la llegada de los atenienses, habían

salido con todo su poder a socorrer a los megarenses, porque tenían

el peligro de estos por común a todos, y cuando, en tierra de Platea,

recibieron la carta de Brásidas estuvieron más seguros, y así enviaron

mil doscientos hombres de a pie y seiscientos de a caballo de socorro a

Brásidas; los demás volvieron cada cual a su casa. Brásidas reunió con

ellos cerca de seis mil hombres.

Los atenienses estaban puestos en orden de batalla junto a Nisea,

excepto los soldados armados a la ligera que, dispersos en los

campos, fueron acometidos y desbaratados por los caballos beocios,

persiguiéndoles hasta la orilla de la mar, antes que los atenienses

supiesen la llegada de los beocios, porque jamás hasta entonces habían

ido en socorro de los megarenses, y no sospecharon que fuesen.

Cuando los vieron salieron contra ellos, y se trabó una batalla que

duró gran rato entre los de a caballo, sin que se pudiese juzgar

quién llevaba lo mejor de ella, aunque de la parte de los beocios fue

muerto el capitán y algunos otros que se atrevieron a llegar hasta

los muros de Nisea. Por esto los atenienses, después de devolverles

los muertos para sepultarlos, levantaron trofeo en señal de victoria,

aunque esta quedó indecisa, retirándose los beocios a su campo y los

atenienses a Nisea. Pasado esto, Brásidas escogió un lugar muy a su

propósito junto a la mar y cerca de Mégara, y allí asentó su campo,

esperando que los atenienses lo acometieran, porque le parecía que

los de la ciudad estaban a la mira de quién llevaba lo mejor, y que

estando allí tan cerca podría pelear desde su campo sin acometer a los

enemigos ni ponerse en peligro, y de esta suerte ganar la victoria.

Respecto a los de Mégara, parecíale haber hecho demasiado, porque, de

no llegar tan oportunamente, los ciudadanos no se hubieran atrevido a

combatir a los atenienses, perdiendo la ciudad. Mas viendo el socorro

que les había llegado y que los atenienses no se atrevían a acometer,

parecía a Brásidas que los megarenses recibirían a él y a su ejército

dentro de la ciudad, y que sin derramamiento de sangre y sin peligro

conseguiría el objeto a que había venido, según después aconteció,

porque los atenienses, puestos en orden de batalla, permanecieron junto

a los muros con la misma intención que los peloponesios, de no pelear

sin que les acometieran, creyendo que tenían más razón ellos que los

otros para no comenzar la batalla, por haber ganado muchas victorias

antes, y que si aventuraban esta y la perdían, siendo muchos menos en

número que los enemigos, sucedería, o que tomasen estos la ciudad,

o que los vencidos perdiesen la mayor parte de su ejército. También

tenían por cierto que los peloponesios comenzarían la batalla, porque

eran de diversas ciudades y diferentes en opiniones, no teniendo la

paciencia de esperar como ellos, que eran todos atenienses. Habiendo

esperado algún tiempo unos y otros, se retiraron todos, los atenienses

a Nisea, y los peloponesios al lugar de donde habían partido. Viendo

entonces los megarenses que eran amigos de los desterrados, que los

atenienses no osaban acometer a los lacedemonios, cobraron ánimo, y

con los principales de la ciudad, abrieron las puertas a Brásidas como

vencedor, conferenciando con él, por lo cual los del bando contrario

concibieron gran temor.

Poco tiempo después la gente de guerra que había acudido en socorro de

Brásidas, por su orden, volvieron cada cual a su tierra, y él se fue a

Corinto y también los atenienses a su patria.

Los megarenses que habían sido de la conjuración para hacer venir a los

atenienses, al ver que se iban, y que estaban descubiertos, partieron

secretamente de la ciudad, y los del bando contrario llamaron a los

que estaban desterrados en Pegas, con juramento de que no conservarían

memoria de las injurias pasadas, sino que todos de acuerdo mirarían por

el bien de la ciudad. Pero poco tiempo después, siendo estos elegidos

gobernadores y jueces, cuando revistaron al pueblo, reconociendo las

armas de los que habían sido principales parciales de los atenienses,

prendieron hasta el número de ciento, y los mandaron matar por juicio

del pueblo, al cual indujeron a que los condenase a muerte. De esta

suerte el gobierno de la ciudad fue convertido en oligarquía, que es

mando de pocos ciudadanos con el favor del pueblo, el cual estado,

aunque producto de sediciones, duró mucho tiempo.

Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2) · 第 76 / 90 题